«Ahora nos falta independizarnos del fisco»

Por Belén Marty: Publicado el 10/7/16 en: http://cadenaba.com.ar/nota.php?Id=37732

 

Juan Bautista Alberdi solía decir que la Patria es libre en cuanto no depende del extranjero pero que el individuo no lo es en cuanto depende del Estado de un modo omnímodo y absoluto.

A 200 años de aquel día en el que el Congreso reunido en Tucumán declaró la independencia de las provincias unidas del reino de España y de cualquier otra dominación extranjera, los argentinos debemos, ahora, independizarnos del Estado argentino. Una segunda independencia que nos permita vivir (y no sobrevivir) sin su injerencia y peso sobre nuestro bolsillo y nuestras decisiones.

Independencia implica libertad del devorador fisco y de poder tomar nuestras decisiones sobre el qué hacer de nuestras vidas sin miedo a represalias. Libertad de poder disfrutar de nuestro fruto de trabajo. Libertad de la corrupción endémica que sacude a la política actual y salpica a nuestros funcionarios casi todas las semanas.

Necesitamos independizarnos de un Estado corrupto, enorme, laberíntico. Cuánto más grande su tamaño, menos libre es el ciudadano.

Políticos, sindicalistas con poder de choque, dirigentes y funcionarios con agendas personales, subsidios a empresas amigas del poder de turno, piqueteros, apropiándose del dinero de los contribuyentes para sus propios esquemas de poder. Todos quieren, buscan, anhelan saquear las arcas del Estado ya sea para sí mismos o para distribuirla como a ellos más les plazca. Un poquito por aquí y otro poquito por allá.

¿Y dónde está la moralidad de pagar impuestos? Mientras los políticos desembuchan palabras contra la evasión impositiva ellos malgastan fondos públicos diariamente. Despilfarran nuestro dinero descarada y discrecionalmente. Desde chiquitos nos cuentan que en la leyenda de Robin Hood, este les roba a los ricos para darle a los pobres cuando, en realidad, le roba a los recaudadores de impuestos y se los devuelve a los contribuyentes, dueños de esa riqueza que les había sido saqueada por el sirviente del rey.

¿Hay algo más inmoral que quitarle al trabajador el fruto del sudor de su frente?

Un informe del Instituto Argentino de Análisis Fiscal (Iaraf) precisó que una familia argentina con un solo trabajador debe trabajar no menos de 211 días (de un total de 365 que tiene el año) solamente para pagar impuestos. Añadió que para el año 2016 la carga fiscal está entre un 47,5% y el 57,9% del salario total de una familia. Para ello, tomaron en cuenta los impuestos directos (bienes personales, ganancias, etc.) e indirectos (IVA, etc.) y de tipo municipales, provinciales o nacionales.

«La presión tributaria actual es elevada en la Argentina, y creció de manera constante en los últimos 15 años», le dijo la economista del Iaraf Sofía Devalle al diario La Nación.

Tenemos sin dudas una de las peores presiones impositivas del mundo. El economista Diego Giacomini, director de Economía y Regiones precisó en este sentido en una columna que los argentinos «tenemos el récord de alícuota impositiva como porcentaje de sus ganancias (137,3%) más que duplicando el promedio de América latina y el Caribe (51,2%)». 

Otro economista, Iván Carrino, hizo una analogía para explicar los que son los impuestos en la productividad de un país. Para él, los impuestos son como una mochila para un maratonista. Imagínese usted lo complicado (y lento) que puede ser correr una maratón con una mochila. Cuánto mayor son los impuestos, mayor es esa mochila. Además, por supuesto, de la desventaja que implica correr contra alguien (otro país) que tiene una mochila muchísimo más liviana.

En mayo pasado el ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat-Gay, indicó que al Gobierno le «gustaría bajar los impuestos en el futuro», pero «no mientras la economía no crezca fuertemente». ¡Pero justamente es al revés! Un país logra crecer cuantos menos impuestos ponga sobre las empresas y sus ciudadanos.

Si esto es así, deberíamos aumentar los impuestos cada vez que la economía entra en recesión. ¿Y escucharon decir eso a algún economista serio? Obviamente no porque sería una locura y una falta de sentido común. Como bien explica la Tax Foundation de Estados Unidos existe una relación negativa entre el crecimiento económico de un país y su carga impositiva.

A los festejos por el bicentenario de nuestra independencia política de toda dominación extranjera nos estaría faltando la independencia de la dominación interna. Empecemos por disminuir el gasto público, para así disminuir entonces los impuestos y que sean los ciudadanos argentinos los que decidan a dónde quieren destinar el resultado de sus esfuerzos.

 

Por supuesto, esa tarea es mas difícil que comer torta frita sin engordar. Pedirle a un político que reduzca el gasto es pedirle que tire por la borda su capital político. A ningún político le conviene que se le reduzca la billetera estatal. Revindiquemos el poder del verdadero Robin Hood. Pero uno que tome mate. Ahí si festejemos tranquilos.

 

Belén Marty es Lic. en Comunicación por la Universidad Austral. Actualmente cursa el Master en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE. Conduce el programa radial “Los Violinistas del Titanic”, por Radio Palermo, 94,7 FM.

El origen de las normas y la propensión al intercambio, hasta en los monos.

Por Martín Krause. Publicado el 28/9/14 en: http://bazar.ufm.edu/el-origen-de-las-normas-y-la-propension-al-intercambio-hasta-en-los-monos/

 

Con los alumnos de OMMA-UFM en la Maestría de Economía, un interesante grupo con predominio de españoles y guatemaltecos, comenzamos a ver el papel de las normas en el funcionamiento de los mercados y la economía en general. Revisaremos la teoría y comenzamos ahora a considerar el libro. De su primer capítulo, destaco aquí la importancia de la normas:

“La convivencia pacífica en sociedad es posible porque seguimos ciertas normas, formales e informales, que nos permiten determinar cuál va a ser la conducta de los demás. En ausencia de ellas, la vida en sociedad sería difícil. El filósofo inglés Thomas Hobbes pensaba que se asemejaría al “estado de naturaleza” donde rigen la “ley de la selva” y el “sálvese quien pueda”.

No obstante, parece que nunca ha existido tal cosa como un “estado de naturaleza” donde el ser humano viviera sin normas pues éstas serían anteriores al hombre mismo. Y éste nunca vivió en un paraíso de independencia individual sino que siempre, desde su origen, formó parte de grupos. Los estudios antropológicos muestran que los derechos de propiedad existieron mucho antes que el desarrollo de la agricultura hace unos diez mil años, lapso que es tan sólo un breve momento en la historia del ser humano quien ha cazado y producido herramientas en pequeños grupos de familias o tribus por unos dos millones y medio de años. El origen del comercio se remonta a unos cien mil años atrás.

Nuestros esquemas de normas éticas habrían surgido, no como el fruto del uso de la razón, sino al compás con su desarrollo.[1] Ciertas visiones enfatizan la necesidad de un acto formal que de origen a la norma. Por ejemplo, Buchanan (2009, p. 26) plantea este ejemplo: Robin Hood y el Pequeño Juan se encuentran frente a frente en un puente donde solamente pasa uno de ellos. No habría ninguna regla “natural” que se pudiera invocar para quien sigue y quien se retira[2]. Sin embargo, esto es muy dudoso, a esa altura de la evolución es más que probable que existiera ya una norma que es generalmente reconocida como tal: la establecida por el propietario del puente, o por quien lo construyera, la del que llega primero al comienzo del puente, la del que viene del Norte, o de Sur, la del que va a la ciudad, o el que regresa, etc.

Las normas fueron desplazando a nuestras respuestas instintivas porque los individuos comenzaron a ver los resultados positivos que obtenían respetándolas. De la misma forma en que los animales comenzaron a desarrollar sus propios instintos de “posesión” o “territorio”, los seres humanos desarrollaron tempranas normas de propiedad, muy probablemente en relación a sus propios “territorios” o a sus herramientas y utensilios. Las bandas de cazadores no tenían desarrollado un concepto de propiedad sobre la tierra, pero sin duda respetaban distintos territorios y sabían muy bien de quién era cada herramienta y el derecho que tenía para usarla.[3]

Intercambio monos

La propensión al intercambio, según Vernon Smith, estaría presente incluso en los ancestros del ser humano. Si los seres humanos y los chimpancés modernos se separaron de nuestro ancestro común hace unos 5 a 6 millones de años, comparten, más que ningún otro primate no humano, una notable so­fisticación en su organización social y tienen una notable capacidad para involucrarse en actos de reciprocidad, tanto positiva como negativa. Smith llama “reciprocidad po­sitiva” al acto en que un individuo respondea los bienes o favores que otro le ha transferido previamente. Citando las investigaciones del biólogo holandés Frans de Waal comenta que el número de transferencias de comida entre chimpancés en una dirección se relacionaba positivamente con las transferencias en la dirección opuesta: “si A comparte mucho con B, entonces B, en general, comparte mucho con A, y si A comparte poco con C, entonces C también comparte poco con A”. También “el acicalamiento afecta el compartir posterior: la probabilidad de A de ob­tener comida de B mejoraba si antes A había acicalado a B duran­te el día” (De Waal, 1996).

 

[1] Dice Hayek (1990, p. 55):“La capacidad de aprender es más el fundamento que el logro de nuestra razón o de nuestro entendimiento. El hombre no viene al mundo dotado de sabiduría, racionalidad y bondad: es preciso enseñárselas, debe aprenderlas. No es la moral fruto de la razón, sino que fueron más bien esos procesos de interacción humana propiciadores del correspondiente ordenamiento moral los que facilitaron al hombre la paulatina aparición no sólo de la razón sino también de ese conjunto de facultades con las que solemos asociarla. El hombre devino inteligente porque dispuso previamente de ciertas tradiciones –que ciertamente hay que emplazar entre el instinto y la razón- a las que pudo ajustar su conducta. A su vez, ese conjunto de tradiciones no derivan de la capacidad humana de racionalizar la realidad, sino de hábitos de respuesta. Más que ayudarle a prever, se limitan a orientarle en cuanto a lo que en determinadas situaciones reales debe o no debe hacer.”

[2] Una vez que salimos de las actividades que son en gran medida (si no completamente) internas de las personas, estrictamente privadas en el sentido real de éste término, hay pocos límites ‘naturales’ que puedan lograr de manera convincente un acuerdo general”. “En ausencia de fronteras ‘naturales’ entre individuos en las actividades que puedan emprender, surge la necesidad de una estructura definitoria, una imputación entre personas, en sí misma, sea arbitraria”. (Buchanan 2009, p. 27).

[3]Comenta Vernon Smith (2004, p. 124): “La clave para entender nuestra vieja “propensión al trueque e intercambio” se encuentra, creo, en nuestra capacidad para la re­ciprocidad, que fue seleccionada evolucionariamente y que cons­tituye la base del intercambio social, mucho antes que hubiera co­mercio en el sentido económico convencional. Todos los humanos, en todas las culturas, intercambian favores. Aunque la forma en que se expresa culturalmente la reciprocidad es infinita­mente variable, desde un punto de vista funcional, la reciprocacidad es universal. Hacemos cosas beneficiosas para nuestros amigos e implícitamente esperamos que nuestros amigos hagan cosas bene­ficiosas para nosotros. Es más, esta condición define esencialmen­te la diferencia entre amigos y enemigos. Evitamos relacionarnos con aquellos que no reciprocan. Tú me invitas a comer y dos me­ses después yo te invito a comer. Te presto mi auto cuando el tu­yo está en el garage y luego tú me ofreces tus entradas para el fút­bol cuando estás de viaje. Las amistades no necesariamente están conscientes de “llevar cuentas” de sus reciprocidades mutuas y el hecho que estemos en una relación de intercambio es tan natural como inconsciente, por lo que, en la práctica, la damos por senta­da. Sin embargo, una vez que dos amigos toman conciencia de una asimetría en la reciprocidad, la amistad se ve amenazada. Más aún, a las personas que persistentemente tienen problemas en es­tablecer o mantener amistades se les califica de sociópatas subclí­nicos (personalidad antisocial), que no poseen la capacidad in­consciente y la intuición para la reciprocidad”.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).