LA LECCIÓN DEL PRINCIPITO Y LOS BIENES PÚBLICOS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

“¡Ah -exclamó el rey al divisar al principito- aquí tenemos un súbdito! El principito se preguntó ¿Cómo es posible que me reconozca si nunca me ha visto? Ignoraba que para los reyes el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos.”

 

Este pensamiento que estampa Antoine de Saint-Exupery hace a la esencia de buena parte de los gobernantes en funciones de nuestra época. No se trata de seres humanos que hay que garantizar sus derechos sino de súbitos que deben obedecer a rajatabla las ocurrencias de  sujetos arrogantes que en lugar de actuar como mandatarios proceden como mandantes iluminados que imponen sus caprichos a quienes están supuestos de proteger.

 

El fenómeno resulta en un juego macabro en el que candidatos a ocupar puestos políticos también anuncian sus esperpentos para manejar a los demás ni bien accedan al poder, incluso los que se las dan de profesionales y técnicos economistas que se suelen disputar la escena para exhibir sus planes para los demás, hasta con decimales en cuanto a los resultados de sus engendros.

 

Parece que pasó aquella fórmula de que “el mejor gobierno es el que menos gobierna” de los Padres Fundadores estadounidenses o de políticos argentinos como Leandro Alem que insistía en sostener aquello de “gobernad lo menos posible, porque mientras menos gobierno extraño tenga el hombre, más avanza la libertad.”

 

Ahora los políticos en funciones machacan con que introducen nuevas y más extensas legislaciones porque “se preocupan por la gente” y demás sandeces superlativas, sin percatarse que cada intromisión fuera de la protección a la vida, la libertad y la propiedad de las personas se está perjudicando grandemente el progreso de cada cual.

 

Los planificadores de vidas y haciendas ajenas no conciben la armonía de intereses que opera en libertad, donde cada uno para satisfacer su interés debe satisfacer los intereses del prójimo. En lugar de esto se estampan regulaciones que traban cuando no eliminan  la posibilidad de acuerdos libres y voluntarios entre las partes.

 

Con el argumento de abusos que no ocurren si los marcos institucionales son congruentes con el respeto recíproco, entronizan los peores abusos y tropelías al tiempo que generan conflictos irreparables de intereses.

 

Ilustro este problema con lo que se han dado en llamar “bienes públicos” que justificarían el comienzo de las irrupciones de los aparatos estatales en la vida de los ciudadanos. He escrito antes sobre este tema que ahora reproduzco parcialmente y de modo muy simplificado (a riesgo que el asunto quede trunco en una nota periodística por lo que, si se desea profundizar el tema, sugiero mi ensayo “Bienes públicos, externalidades y los free-riders: el argumento reconsiderado” publicado en Santiago de Chile, Estudios Públicos, No. 71, invierno de 1998).

 

Se dice que un bien público es aquel que produce efectos sobre quienes no han participado en la transacción. Es decir, aquellos que producen efectos para terceros o externalidades que no son susceptibles de internalizarse. En otros términos, aquellos bienes que se producen para todos o no se producen puesto que no se puede excluir a otros.

 

Por ejemplo, un bien público sería un perfume agradable que usa una persona y que otros disfrutan, mientras que un bien privado sería el uso del teléfono que sólo beneficia al usuario. Asimismo, los bienes públicos tienen la característica de la no-rivalidad, lo cual significa que el bien no disminuye por el hecho de que lo consuma un número mayor de personas.

 

En nuestro ejemplo, no se consume el perfume por el hecho de que un número mayor de personas aproveche el aroma. En consecuencia, los principios de no-exclusión y no-rivalidad caracterizan al bien público, lo cual, a su turno, significa que tienen lugar externalidades, es decir, como queda dicho, que gente se beneficia del bien sin haber contribuido a su financiación (free-riders) o también, en otros casos, gente que se perjudica (externalidades negativas o costos externos) situación ésta última en la que los free-riders son los emisores de externalidades.

 

Es importante distinguir una externalidad negativa de una lesión al derecho. Si una persona planta y cosecha determinado bien que requiere sombra la cual es proporcionada por un vecino como una externalidad positiva, el día que ese vecino decide talar parte de su bosque y, por tanto, le retira la sombra al referido productor, esto último significará una externalidad negativa pero no una lesión al derecho puesto que el agricultor de marras no tiene un derecho adquirido sobre la sombra que originalmente le proporcionaba su vecino. Si, en cambio, el agricultor fuese asaltado por su vecino, estaríamos frente a una lesión al derecho (lo mismo ocurriría con los decibeles o emisiones excesivas de monóxido de carbono, para citar los ejemplos clásicos).

 

En cualquier caso, en este contexto, se mantiene que los bienes públicos deben ser provistos por el gobierno, ya que de ese modo, se continúa diciendo, los beneficiarios de externalidades positivas financiarían el producto en cuestión vía los impuestos. Y, por tanto, no habría free-riders y, por ende, desaparecería esa “falla del mercado” (la producción de externalidades no internalizables).

 

En este mismo hilo argumental se sostiene que si el gobierno no provee ese bien, el mercado no lo produciría o, si lo hiciera, sería a niveles sub-óptimos, puesto que los productores particulares tenderán a sacar partida de la externalidad especulando con la posibilidad de constituirse en un free-rider (es decir, a la espera de que otro sea quien lo produzca y, por tanto, cargue con los gastos correspondientes). Del mismo modo, se ha sostenido que en caso de una externalidad negativa el gobierno debe compensar la acción del responsable (free-rider).

 

En otros términos, el bien público constituye el argumento central del intervencionismo estatal que resulta en el  contexto de la lección de “El Principito” con que abrimos esta nota, ya que en esta línea argumental, el gobierno produciría la cantidad óptima del bien en cuestión que sería financiado por todos a través de impuestos con lo cual se internalizaría la externalidad y no habría free-riders ni costos ni beneficios externos sin internalizar. Tal vez el resumen más claro de esta posición esté expresada por Marcun Olson quien sostiene que “Un estado es, ante todo, una organización que provee de bienes públicos a sus miembros, los ciudadanos”.

 

Una primera mirada a la producción de bienes y servicios obliga a concluir que muchos de los provistos por los gobiernos tienen las características de bienes privados (en nuestro ejemplo anterior, el servicio telefónico, también el correo, la aeronavegación, etc.) así como también muchos de los que producen externalidades no internalizables son provistos por el sector privado (nuestro ejemplo del perfume, los edificios elegantes, etc.).

 

En verdad la mayor parte de los bienes y servicios producen free-riders, desde educación hasta el diseño de las corbatas. David Friedman considera que sus libros han hecho mucho por la sociedad abierta, incluso para aquellos que no los han adquirido (free-riders) de lo cual no se desprende que el gobierno debe intervenir la industria editorial. El mismo autor muestra que en el caso de la protección privada, las agencias que quieren diferenciar a sus clientes colocan letreros en las casas de quienes pagan el servicio.

 

Robert Nozick explica que las externalidades positivas derivadas de, por ejemplo, el lenguaje y las instituciones no autoriza a que se nos obligue a pagar sumas de dinero por ello. Por su  parte, Murray N. Rothbard señala la contradicción que se suscita en torno al tema del free-rider: “Vamos ahora al problema de los beneficios externos, la justificación que exponen los economistas para la intervención gubernamental. Muchos escritores conceden que el mercado libre puede dejarse funcionar en aquellos casos en donde los individuos se benefician a sí mismos por sus acciones. Pero los actos humanos pueden frecuentemente, aun inadvertidamente, beneficiar a terceros. Uno pensaría que este es un motivo de regocijo, sin embargo los críticos sostienen que esto produce males en abundancia”. A continuación el mismo autor señala las posiciones contradictorias por parte de quienes sostienen que el gobierno debería intervenir: por un lado se sostiene que el mercado produce egoístas y, por ende, el estado debería mitigar el efecto correspondiente, por otro, se sostiene que el gobierno debe actuar allí donde hay beneficios para terceros.

 

Es que en realidad somos free-riders en muchos sentidos. Nuestras propias remuneraciones se deben  a la acumulación de capital que realizan otros. Más aún, hay casos en los cuales se desea expresamente que no se internalice la externalidad como puede ser el caso de una mujer atractiva, lo cual, de más está decir, tampoco justifica la intromisión gubernamental.

 

Por otra parte, si se desea la internalización de la externalidad, ésta se llevará a cabo según sea el progreso tecnológico y en un contexto evolutivo tal cual ha ocurrido en los casos de la codificación de la televisión satelital y los censores en las ballenas. Respecto de la argumentación en cuanto a que los llamados bienes públicos deberían ser producidos por los gobiernos, como hemos mencionado, se sostiene que si éstos se fabricaran en el mercado estarían, en el mejor de los casos, sub-producidos. Pero debe tenerse en cuenta que para aludir a la “sub-producción” debe hacerse referencia a un parámetro y a un punto de comparación. En este sentido, es de gran importancia recordar la precisión que realiza el premio Nobel en economía James M. Buchanan respecto del concepto de eficiencia: “Si no hay criterio objetivo para el uso de los recursos que puedan asignarse para la producción como un medio de verificar indirectamente la eficiencia del proceso, entonces, mientras el intercambio sea abierto y mientras se excluya la fuerza y el fraude, el acuerdo logrado, por definición, será calificado como eficiente”.

 

Es que el proceso de mercado es la manifestación de millones de arreglos contractuales libres y voluntarios. Lo que desean las personas es lo que ponen de manifiesto a través de los pesos relativos que revelan en sus compras y abstenciones de comprar, por esto es que lo que desean hacer las personas con sus propiedades es, por definición, óptimo y lo sub-óptimo aparece en la medida en que las decisiones se apartan de esos requerimientos. Entonces, si existe coerción, la cantidad producida será necesariamente distinta de lo que hubiera elegido la gente si no se hubiera entrometido el gobierno.

 

La producción de determinados bienes y servicios podrá tener en cuenta, por un lado, el fastidio eventual que produce la existencia de free-riders y, por otro, el beneficio que reporta el bien o el servicio en cuestión y decidir en consecuencia. David Schmidtz explica que para realizar la producción de determinado bien puede llevarse a cabo un contrato en el que se garantiza que cada cuota-parte servirá para ese propósito siempre y cuando se llegue a la suma total requerida para el proyecto: “El propósito del contrato es garantizar a cada parte contratante que su contribución no será desperdiciada en un proyecto de bienes públicos que no cuenta con los recursos suficientes para llevarse a cabo”.

 

Es interesante hacer notar que cuando aludíamos al principio de la no-exclusión decíamos que, según Samuelson, una de las características del bien público es que se produce para todos o no se produce para ninguno: en esto, como dijimos, consiste el principio de no-exclusión. Pero como nos muestra Kenneth D. Goldin debemos analizar cuidadosamente qué significa en este contexto la palabra “todos” ya que “muy pocos bienes públicos están disponibles para todos los miembros del planeta”.

 

En última instancia, no parece haber un criterio para determinar en casos específicos qué bienes son públicos y cuáles son privados puesto que muchos de los considerados bienes públicos pueden ser “males” para ciertas personas dada la valorización subjetiva (lo que es un buen perfume para unos puede ser malo para otros e indiferente para quienes no tienen olfato).

 

En resumen, la lección de El Principito en el contexto de los llamados “bienes públicos” debe tomarse en cuenta para mitigar el desmedido avance del Leviatán.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

PETER PAN Y EL HOMBRE ENJAULADO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Desafortunadamente vivimos la época de la adoración a los aparatos estatales que todo lo abarcan, desde las relaciones comerciales, al deporte, casamientos y divorcios, el arte, los transportes, la comunicación, los sindicatos, los procesos educativos, la recreación y tantos otros ámbitos, mientras descuidan la seguridad y la justicia.

 

A esta altura del siglo xxi es hora de madurar y comprender que los espacios crecientes del adiposo Leviatán se traducen en disminuciones en las libertades de las personas. Peter Pan es un personaje de ficción que nunca creció, fabricado por el escritor escosés James Matthew Barrie en una obra estrenada en Londres en 1904. Esta inmadurez perpetua es lo que mantiene al hombre enjaulado,  es decir, privado de sus libertades.

 

En lugar del principio básico de la presunción de inocencia, se parte del principio de la presunción de sabiduría del gobernante y la ignorancia de la gente. Por el hecho de asumir funciones en el aparato estatal se estima que la persona se ha transformado en sabionda quien subestima a sus congéneres que no ocupan cargos oficiales. Una mutación en verdad asombrosa. Pero aun suponiendo que fuera así, esto en modo alguno justifica que la gente deba ser regenteada por los políticos en cuanto al manejo de sus vidas y sus haciendas. Constituye una falta de respeto, en todo caso si verdaderamente fueran sabiondos que compitan por vender sus servicios en el mercado.

 

En realidad aquel  procedimiento significa la concentración de ignorancia si es que hemos comprendido que el conocimiento,  por su misma naturaleza, está fragmentado y disperso en millones y millones de personas que con sus respectivas informaciones y talentos los transmiten a través de sus múltiples intercambios, lo cual es anulado cuando el planificador impone sus visiones desde el vértice del poder.

 

Lo más importante para entender la mente de los megalómanos es leer y releer un pensamiento clave de C. S. Lewis: “De todas las tiranías una ejercida para el bien de las víctimas suele ser la más opresiva. Puede ser mejor vivir bajo ladrones que hacerlo bajo la moral omnipotente de los otros. Los ladrones a veces descansan pero aquellos que nos tormentan para nuestro bien lo hacen sin descanso.” (God in the Dock).

 

Es realmente  notable los humos de los burócratas que se la creen en el sentido de su superioridad, pero como dice Erich Fromm “son débiles mentales puesto que necesitan del dominado para rellenar su esquelética personalidad” (en Man for Himself). No hay más que verlos como disfrutan de la foto y el micrófono, no por su solvencia moral sino por el apoyo de las botas que siempre están tras el poder político. El desbarranque es grande hoy en día, hasta las izquierdas le han dado la espalda a sus orígenes: el los inicios de la Revolución Francesa -antes de la contrarrevolución jacobina-  los que se sentaron a la izquierda del Rey era para significar que se oponían a los privilegios basados siempre en el uso de la fuerza, ahora resulta que las izquierdas pretenden aplastar con las botas los derechos de la gente a través de cúpulas hediondas.

 

En el entramado político hoy nos retrotraemos a las peores épocas de las monarquías absolutas en las que se consideraba que los derechos eran una gracia concedida por el autócrata del momento y no como la facultad de los seres humanos por el hecho de haber nacido y que constituyen su naturaleza y sus características como especies únicas de las conocidas que poseen libre albedrío y consecuentemente dignidad.

 

Del célebre pensamiento de los Padres Fundadores de Estados Unidos en cuanto a que “el mejor  gobierno es el que menos gobierna” hemos pasado a creer que “el mejor gobierno es el que más legisla” (y cuando un miembro del Parlamento no presenta la suficiente cantidad de leyes se considera que no cumple adecuadamente con su función). En este sentido, sería de interés que los integrantes del Poder Legislativo fueran como en sus inicios  honorarios como en la República de Venecia muchos cargos públicos porque trabajaban ad honorem mientras se dedicaban a su faenas particulares, pero actualmente se pegó lo de honorables mientras cobran dietas y convierten el Congreso en un gran negocio (y, a veces, un aguantadero para cubrir delitos de toda laya). Si se objetara la idea en base a posibles conflictos de intereses, habría que subrayar que no hay tal si se legisla para la generalidad centrado especialmente en el presupuesto y no como hoy se hace en todas direcciones.

 

Ya hemos consignado antes en línea con el pensamiento de Bruno Leoni (en La libertad y la ley) la propuesta de abrir de par en par la posibilidad de árbitros privados en el ámbito del Poder Judicial sin ninguna restricción ni regulación (incluso no necesitan ser abogados los participantes en las diversas instancias). También hemos subrayado el pasaje poco explorado de Montesquieu (en El espíritu de las leyes) aplicable al Ejecutivo en cuanto a que “el sufragio por sorteo está en la índole de la democracia” en consonancia con lo que luego destacó Karl Popper (en La sociedad abierta y sus enemigos) en su crítica a la noción del “filósofo rey” expuesta por Platón para poner en un primer plano las instituciones y en un segundo y muy relegado a las personas, al efecto de que “el gobierno haga el menor daño posible”. A lo que cabe agregar la idea debatida en la Asamblea Constituyente estadounidense en cuanto a la relevancia de contar con un Triunvirato en el Ejecutivo “para mitigar la idea presidencialista que se asemeja a los malsanos desvíos de una monarquía sin control”.

 

Si no usamos las neuronas para imaginar nuevos límites al poder político corremos el riesgo de que el planeta Tierra termine en un inmenso Gulag y paradójicamente en nombre de la democracia, una democracia desde luego falseada y convertida hoy en pura cleptocracia, es decir los gobiernos de ladrones de libertades, de propiedades y de sueños de vida.

 

Es curiosa y alarmante la actitud pasiva de muchos que endosan la responsabilidad en otros para resolver problemas que a todos competen. Proceden como si estuvieran ubicados en una inmensa platea mirando el escenario donde aparecen personajes supuestamente encargados de solucionar entuertos. Con este procedimiento en gran medida está garantizado el fracaso puesto que de este modo todo el teatro se derrumbará. Para tener éxito cada uno, repito cada uno, debe contribuir con su granito de arena a enderezar las cosas puesto que cada cual está interesado en que se lo respete con total independencia de a que se dedique sea a la música, la literatura, la jardinería, la danza, la albañilería, pintura, la filosofía, el derecho, la economía, la historia, la ingeniería o lo que fuere. De allí es que los Padres Fundadores en Estados Unidos han insistido que “el costo de la libertad es la eterna vigilancia”.

 

Es sumamente peligrosa la actitud de aquellos que sostienen que solo les interesa su familia, su trabajo y la recreación personal. Esto no es original pero para lograrlo es menester que dediquen parte de su tiempo, de sus recursos o ambas cosas a contribuir a que se los respete, lo contrario es un suicidio.

 

Hacer las de Peter Pan conduce indefectiblemente a la jaula. Hoy en día con todas las amenazas a valores y principios de respeto recíproco debido al engrosamiento exponencial de los aparatos estatales, debemos subrayar que si todos los partidarios de la sociedad libre contribuyeran diariamente a rescatarse de la avalancha estatista, si eso fuera así decimos, no estaríamos ni remotamente en la situación en la que nos encontramos.

 

Otra vez sugiero los ateneos de lectura como un modo muy efectivo de contribuir a que se comprendan los fundamentos de la libertad. Reuniones en casas de familias de cinco o seis personas en las que uno expone por vez y los otros, habiendo leído el material propuesto, discuten, critican y elaboran sus propuestas. En base a un buen libro, este mecanismo genera notables efectos multiplicadores en la familia, el trabajo y en reuniones sociales. Sin duda que los medios más fértiles son la cátedra, el libro, el ensayo y el artículo, pero como queda dicho el ateneo de lectura ayuda enormemente a despejar dudas propias y ajenas y eventualmente al año siguiente cada uno de los miembros del ateneo original abren cinco o seis ateneos distintos y así sucesivamente.

 

Esta sugerencia va en línea con un consejo clave del marxista Antonio Gramsci: “tomen la cultura y la educación y el resto se da por añadidura”. Es así para todas las tradiciones de pensamiento. El decir que la educación es una faena a largo plazo demora la solución. Como he consignado en otras oportunidades es del caso citar a Mao Tse Tung en el sentido de que “las batallas más largas siempre comienzan con un primer paso”.

 

Dedicarse a los negocios personales no solo es legítimo sino que es necesario pero, entre otras cosas, precisamente, para preservar el negocio es indispensable asegurar un ámbito de respeto. La libertad de cada uno no es algo automático que viene del aire, procede de esfuerzos cotidianos para alimentarla. De allí es que autores como Benedetto Croce han consignado que la historia “es la hazaña de la libertad”.

 

Incluso hay quienes piensan que no debe criticarse que las cosas se enderezarán solas, que no debe juzgarse sin percibir que esto mismo constituye un juicio y que si los humanos no proceden en consecuencia nadie lo hará por ellos. La tiranía del statu quo, la pereza mental y el espíritu conservador en el peor sentido del término están presentes. Es imperioso el despertar a la realidad y contar con el coraje moral suficiente como para enfrentar los desafíos que las circunstancias nos presentan.

 

Por ahora en lo que va de la pulseada de la civilización los derechos proclamados y reconocidos por los Locke van perdiendo frente a los Russeau. Este último autor no solo es el artífice de la degradación de la democracia a manos de “la voluntad general” ilimitada (en el Contrato social) en contraposición a los Giovanni Sartori, sino que ha escrito que “En una palabra, quiero que la propiedad del Estado sea lo más extendida y poderosa y que la de los ciudadanos sean lo más reducida y débil que sea posible” (en Proyecto de Constitución para Córcega).

 

Anthony de Jasay ha escrito con toda razón que “Amamos la retórica de la libertad y nos abocamos en ese palabrerío más allá de la sobriedad y el buen gusto, pero está abierto a una seria duda si realmente aceptamos el contenido sustantivo de la libertad” (en “The Bitter Medicine of Freedom”). Como es archiconocido, ya Madame Roland antes de ser guillotinada se inclinó frente a la estatua de la libertad de la entonces Plaza de la Revolución (hoy Plaza de la Concordia) y sentenció: “Oh ! libertad cuantos crímenes se cometen en tu nombre”.

 

Solo en una mente liliputense cabe la idea que el hombre ha llegado a una instancia final de perfección. La perfección no está al alcance de los mortales. Estamos en estado de ebullición permanente en un contexto evolutivo. Mientras, siguen los estudios tendientes a refutar los argumentos del dilema del prisionero, de los bienes públicos, de los free riders, de la asimetría de la información, de los errores de comprensión respecto a la tragedia de los comunes y el interés personal smithiano en el denominado equilibro de Nash y los equívocos presentes en el teorema Kaldor-Hicks respecto a los balances sociales tan bien refutados por Robert Nozick. Mientras esto se desarrolla, debemos poner coto a los abusos del poder puesto que como reza el dictum de Acton “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

TIBOR MACHAN, UN FILÓSOFO DE LA LIBERTAD

Por Alberto Benegas Lynch (h). 

 

Lo conocí a Tibor (1939-2016) en un seminario patrocinado por Liberty Fund en San Pablo, luego impartimos juntos clase en la Universidad de Aix-en-Provence propuestos por el hoy tan celebrado Jacques Garello y finalmente lo invité a pronunciar conferencias en Buenos Aires cuando me desempeñaba como rector de ESEADE.

 

Muy buen orador, fogoso polemista y gran conversador, provisto de un excelente sentido del humor. Sus libros y ensayos son innumerables pero en  esta nota periodística me referiré a lo que estimo son las mejores contribuciones de las múltiples que poseo en mi biblioteca, que no son ni remotamente todas sus producciones.

 

En primero lugar su libro titulado Generosity. Virtue in Civil Society que abre de este modo: “La generosidad es una virtud moral que no puede florecer en un Estado Benefactor ni en ninguna otra situación  de economía planificada porque ser generoso implica que voluntariamente se ayuda a otros de diferentes maneras. Solo puede florecer en una sociedad libre” y a continuación apunta que “Los actos generosos requieren el derecho de propiedad” puesto que debe entregarse lo suyo y no a la fuerza lo de los demás. Escribe Machan que “muchos son los que alardean de generosidad, compasión, bondad y caridad pero resisten el establecimiento del derecho de propiedad” y más bien pretenden solidaridad con el fruto del trabajo ajeno arrancado compulsivamente. Gran hipocresía por cierto, un latrocinio disfrazado de filantropía.

 

En otra parte de esta obra, el autor sostiene que hay una diferencia abismal entre generosidad y altruismo que según el diccionario es hacer el bien a otros a costa del propio bien, lo cual es un contrasentido puesto que cuando se hace el bien al prójimo es precisamente y exclusivamente porque está en interés del sujeto actuante en verdad una tautología puesto que si no está en interés de quien procede de ese modo ¿en interés de quien será? En este sentido, estaba en interés de la Madre Teresa de Calcuta el cuidado de los leprosos y así sucesivamente.

 

En este contexto Tibor aclara que a su juicio el interés personal tiene dos significados, uno amplio que abarca todas las acciones sean estas correctas o malvadas y otra acepción que se circunscribe a las primeras, es decir, a las que le hacen bien a quien las lleva a cabo. Consigna que “el autobeneficio proviene de ser una persona moralmente  buena”, esto es, como queda dicho, los actos buenos hacen bien a quines las llevan a cabo en el sentido que actualizan sus potencialidades en busca del bien.

 

También el autor se refiere en este libro con algún detenimiento al precepto bíblico de “amar al prójimo como a ti mismo” donde concluye por otra vía lo que a continuación presento a título personal. El adverbio conjuntivo “como” puede traducirse en que sea mayor, menor o igual. Si fuera igual la persona sería indiferente lo cual paralizaría la acción (hasta que haya preferencia), si fuera mayor el beneficio del otro no tendría razón de ser el acto puesto quedaría amputado el motivo, la razón o la necesaria prioridad ya que solo opera si la satisfacción propia es más fuerte o mayor que la del prójimo puesto que constituye el punto de referencia: toda acción es en beneficio personal.

 

Decir que es mayor psicológicamente la ganancia que obtiene el otro al  amarlo carece de sentido ya que, como queda dicho, el punto de referencia o el mojón extramuros de la acción es el amor propio. Quien ama es porque le satisface ese amor (el que se odia a si mismo es incapaz de amar). Tal vez Santo Tomás aclare este punto al afirmar en la Suma Teológica que “amarás a tu prójimo como a ti mismo: por lo que se ve que el amor del hombre para consigo mismo es como un modelo del amor que se tiene a otro. Pero el modelo es mejor que lo moldeado. Luego el hombre por caridad debe amarse más a si mismo que al prójimo” (Sec. Sec., q. xxvi, art. iv). Entonces el amor a otro es inexorablemente menor en intensidad y preferencia al que se profesa a uno mismo que, por los motivos señalados, es prioritario y el motor de la acción.

 

Finalmente, por su parte, dice Machan que “aquellos que demandan generosidad, caridad, compasión o bondad en base a la coerción de los aparatos estatales – Estado Benefactor y socialismos varios- destrozan los fundamentos de las virtudes morales”.

 

Otro de sus libros lleva por título Human Rights and Human Liberties un título un tanto redundante por partida doble: primero porque los derechos y las libertades no pueden ser otra cosa que humanos y segundo porque hablar de derechos y libertades constituyen la cara y la contracara del mismo asunto. De todos modos, gran parte del contenido resulta sumamente esclarecedor (nunca hay acuerdo total con ningún escritor, incluso lo que uno mismo escribe visto a la distancia seguramente demandará modificaciones sea por la redacción, por el  contenido o por las dos cosas).

 

En todo caso es pertinente detenerse en uno de los epígrafes de lo obra que cita uno de los fallos de la Corte Suprema de Justicia estadounidense. La cita es consigna de modo incompleto en el libro al efecto de destacar lo más importante pero nosotros la transcribimos completa. Dice así: “El propósito de una Declaración de Derechos fue el de sustraer ciertos temas de las vicisitudes de las controversias y colocarlos más allá de las mayorías y de funcionarios y establecer principios legales aprobados por las Cortes. Los derechos a la vida, la libertad y la propiedad, a la libertad de expresión, a la libertad de prensa, a la libertad en las transacciones y de asociación y otros derechos fundamentales no deben someterse al voto; ellos no dependen de los resultados de ninguna elección” (West Virgina Board of Education v. Barnette, 1943, 319 US, 624, 638).

 

Este fallo se dice redactado por el juez Robert Jackson es de una trascendencia difícil de traducir en palabras ya que del concepto allí vertido pone de manifiesto el aspecto medular de una República. Pone de relieve lo que grandes constitucionalistas de nuestro tiempo han considerado es el eje central de la democracia.

 

Una de las razones más relevantes del declive de regímenes democráticos de la actualidad descansa en la incomprensión de la filosofía inherente en el antedicho dictamen de la Corte Suprema de Estados Unidos. Hoy en día la democracia ha degenerado en cleptocracia, a saber, el gobierno de los ladrones de libertades, de propiedades y de sueños de vida. Desde la Carta Magna en adelante, las constituciones han sido concebidas para establecer límites claros y precisos al poder político, en cambio en la actualidad las constituciones reformadas y la legislación que la acompaña son muestras de abuso de poder. Como se ha explicitado tantas veces, es imperioso introducir nuevas barreras al poder si no se quiere que el planeta termine en un inmenso Gulag en nombre de una supuesta democracia.

 

La obra de Tibor Machan es básicamente un análisis pormenorizado de los equívocos de Thomas Hobbes en cuanto a su aplicación desviada de la noción de derecho natural que desemboca en el establecimiento de una monarquía absoluta en un contexto de extremo positivismo legal en el que no hay puntos de referencia fuera de la legislación escrita, esto es, que no habría la noción de Justicia fuera de la norma positiva.

 

Asimismo, elabora una cuidadosa y contundente crítica a las teorías esbozadas por John Rawls en cuanto a su redistribución de ingresos basada en talentos naturales de modo desigual sin ver, entre otras cosas, que los talentos adquiridos son consecuencia de los naturales y que la susodicha redistribución altera la asignación de los siempre escasos recursos y, por tanto, empobrece de modo muy especial a los más necesitados. También el autor en gran medida se apoya en algunos aspectos del andamiaje conceptual de Robert Nozick en cuanto al establecimiento de un gobierno con poderes limitados a la protección de derechos, entendidos estos no como pseudoderechos que significan un asalto al bolsillo del prójimo.

 

Por su parte en otro de sus libros, Individual and their Rights se detiene a considerar al valor del individualismo como el respeto a las autonomías individuales en franca oposición al tratamiento de expresiones colectivistas que tratan a lo grupal como un antropomorfismo con lo que se deglute a los derechos de las personas, lo cual completa con un estudio riguroso de la historia de uno y otro concepto a través del tiempo. En una parte final, Machan analiza el fundamento de la institución de la propiedad privada desde la  perspectiva de muy diversos autores antiguos y contemporáneos.

 

Tibor ha editado y compilado muchos trabajos de gran valor. El ejemplo más sobresaliente es el muy citado The Libertarian Alternative. Como es sabido, la palabra “liberal” ha sido expropiada en Estados Unidos por los estatistas por lo que se ha inventado la expresión “libertarianismo” a disgusto por muchos que siguen definiéndose como liberales clásicos como Milton Friedman, Friedrich Hayek, Ludwig von Mises y muchos otros. En esta cuestión que puede aparecer como mero asunto semántico hay dos problemas de fondo que deben ser aclarados. En primer lugar, destacar que tras la batalla por las ideas hay una batalla del lenguaje. No se trata de simplemente mudar de palabra cuando esta es renegada por la mayoría o utilizada mal para seguir como si tal pues la nueva palabra será también expropiada o estigmatizada en el corto plazo. Por otra parte, quienes recurren a una nueva palabra para referirse a la libertad debido a que descubren otras facetas no parecen comprender que el liberalismo está siempre en ebullición y atento a nuevas contribuciones puesto que descansa en la ida de que el conocimiento tiene la característica de la provisonalidad abierto a refutaciones.

 

Por último menciono la extraordinaria obra titulada The Pseudo Science of B. F. Skinner donde Machan pone de relieve su mayor destreza al criticar el corazón de cuarenta trabajos de Skinner, muy especialmente el que lleva el sugestivo título de Beyond Freedom and Dignity. El objetivo de Machan consiste en la demolición de la tesis del materialismo filosófico (o determinismo físico para recurrir a terminología popperiana).

 

Así demuestra que los estados de conciencia, la psique o la mente con distintos de la materia, específicamente del cerebro y que sin esa cualidad no habría tal cosa como el libre alberdrío y, por ende, la propia libertad sería una mera ficción. Tampoco tendría sentido la responsabilidad individual ni la moral, ni las ideas autogeneradas,  ni las proposiciones verdaderas y las falsas. Los humanos seríamos como loros, más complejos pero loros al fin de cuentas. Skinner afirma que “la libertad del hombre quien es considerado responsable del comportamiento de su organismo biológico es solo una noción precientífica que sustituye a los tipos de causas que son descubiertas en el curso del análisis científico”. Lo mismo había dicho Sigmund Freud con anterioridad.

 

Desafortunadamente en nuestra época el materialismo o fatalismo descripto hacen estragos en la cultura, especialmente en el terreno de la psiquiatría, el derecho penal y en el campo económico el denominado neuroeconomics. Viene al caso subrayar que en la compilación antes referida uno de los autores centra su atención  en el asunto ahora considerado. Se trata de Nathaniel  Branden quien en un ensayo bajo el nombre de “Free Will, Moral Responsability and the Law” donde apunta que “El determinismo declara que aquello que el hombre hace, lo tenía que hacer, aquello en lo que cree, tenía que creerlo […] Pero si esto fuera cierto, ningún conocimiento conceptual resultaría posible para el hombre. Ninguna teoría podría reclamar mayor validez que otra, incluyendo la teoría del determinismo”.

 

En resumen, Tibor Machan ha contribuido a fortalecer las bases de una sociedad abierta con sus escritos y sus clases que recuerdan con tanto agradecimiento sus numerosos discípulos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

 

Zygmunt Bauman y la izquierda humanista: otra “utopía” racionalista que busca imponernos cierta sociedad

Por Martín Krause. Publicada el 16/1/17 en: http://bazar.ufm.edu/zygmunt-bauman-la-izquierda-humanista-otra-utopia-racionalista-busca-imponernos-cierta-sociedad/

 

El reciente fallecimiento del sociólogo Zygmunt Bauman ha desatado una cantidad de artículos homenajeando su pensamiento y su obra. Algunos han sido críticos. Esta nota también lo será, pero, aparentemente, desde una perspectiva diferente. Me referiré a un artículo publicado en La Nación por Mariano Schuster con el título “Zigmunt Bauman, por una izquierda humanista”.

Por ejemplo, dice Schuster que quienes lo han criticado son “los odiadores; los que, sin más ideas que las de la injuria, lo acusan de llevar hasta el paroxismo la condición líquida de estos tiempos, transformando sus propios trabajos en un objeto de compraventa. “No hay mayor contradicción que la de criticar el efecto perverso de las redes sociales y construir frases capaces de ser vulgarizadas y difundidas a través de ellas”, dicen, con saña, los envidiosos de siempre.”. En fin, no será mi caso, no me interesa eso.

Los críticos parecen señalar algo que no es menor, pero es incompleto: “se afilió al ultrasoviético Partido Obrero Unificado Polaco y fue funcionario del régimen comunista polaco. Fue sociólogo oficial, dedicado a defender con vehemencia aquello en lo que entonces creía: el marxismo-leninismo en la patética versión de dictadores como Wladyslaw Gomulka. Es cierto: trabajó como burócrata del servicio de inteligencia militar aunque afirmó no haber delatado nunca a nadie.”

Pero se alejó de esto, fue revisionista y, finalmente, forzado a abandonar su país, Polonia.

Mi comentario se va a centrar en que, su “revisión” del totalitarismo socialista fue muy pobre y limitada, ya que quiso mantener un cierto socialismo, como dice el título de la nota “humanista” que adolece de las mismas raíces anti-humanistas del modelo soviético que finalmente abandonó. Esas raíces se expresan en este párrafo de Schuster:

“En 1976, publicó una obra capital y, quizás por ello, algo silenciada y olvidada. Su título es Socialismo. Una utopía activa. Allí, trazó un mapa para una ideología con porvenir: la de una izquierda que se reencontraba con Babeuf y Gramsci, con Karl Korsch y Jean Jaurès. Una izquierda que confiaba en el progreso y la razón, pero también en la dimensión utópica y en la lucha por evitar la barbarie.”

El problema está en querer continuar con una “utopía” cuando tuvo varias décadas de habitar una de ellas y podría haberse dado cuenta de los estragos que se producen en la sociedad cuando un grupo de iluminados, por ‘el progreso y la razón’ buscan imponerle un modelo a todos los demás. Tal vez no llegó a leer al filósofo de Harvard, Robert Nozick, quien en Anarquía, Estado y Utopía, planteaba con muy buen criterio que la única utopía compatible con la libertad del ser humano sería una “meta-utopía” que permitiera a cada grupo afín de personas perseguir la utopía que deseara sin entrometerse en la vida de los demás, sin querer imponer la propia. La única condición sería garantizar el derecho a la salida de quien ya no quiera seguir perteneciendo a una de ellas. Es decir, los que están por la droga libre podrían juntarse y vivir en un entorno donde fuera libre, y los que quisieran que fuera ilegal lo mismo. Otro tanto con los abortistas y con los anti-abortistas. Y lo mismo con los socialistas, incluso los humanistas, quienes podrían juntarse y redistribuirse los ingresos entre sí hasta el cansancio.

Un mundo libre sería aquél en el que nadie me quiere imponer su utopía, por más que se considere humanista, sino que elijo la propia. El socialismo siempre ha usado esos adjetivos; recordemos que sus gobiernos eran “repúblicas democráticas”.

Dice la nota: “Vivimos, como decía Bauman, en la más completa incertidumbre. Nacen nuevos autoritarismos y se reproducen los viejos.” Bauman no parece haberse sacado del todo el que asumió de joven.

Por último, la nota afirma que Bauman admiraba a cuatro personas, una de ellas Borges. Será literariamente, no por su filosofía política, en las antípodas de las de Bauman. Recordemos tan sólo una frase de Borges:

“Sigo siendo discípulo de Spencer; no digamos el individuo contra el Estado, pero sí el individuo sin el Estado. “

Pilar Bravo & Mario Paoletti, Borges Verbal, (Buenos Aires: Emecé Editores, 1999), p. 168.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

EL ESTADO ES EL VECINO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Debe subrayarse con el mayor énfasis posible que cuando se dice que el Estado debe hacer tal o cual cosa son los miembros de la comunidad los que siempre y en toda circunstancia financian compulsivamente lo dicho con el fruto de sus respectivos trabajos. El elenco gobernante nunca pone nada de su peculio, más bien en no pocas oportunidades se lleva recursos públicos como si fueran de su pertenencia.

 

Hay una enorme hipocresía en todo esto, se parlotea como si el aparato estatal fuera un ente independiente y misterioso que genera recursos propios cuando en verdad todo lo que tiene lo ha succionado previamente de los bolsillos de la gente. Entonces, es más preciso, en lugar de insistir que el Estado debe financiar tal o cual cosa, decir que la gente debe hacerlo recurriendo a la fuerza para que lo lleve a cabo.

 

En la visión convencional desde Sidney y Locke hasta Robert Nozick, el monopolio de la fuerza que denominamos gobierno está circunscripto a la protección de los derechos de todos y lo demás no le incumbe ya que no debe jugar a un falso paternalismo. En lugar de declamar que el gobierno debe dedicarse a sacar recursos de la gente para entregárselos a otros (y frecuentemente quedarse con algunas diferencias), debería publicarse una lista voluntaria con los nombres de quienes consideran que hay que recaudar fondos y aportarlos directamente. No es pertinente recurrir a la tercera persona del plural para endosar el tema a otros sino utilizar la primera persona del singular y proceder en consecuencia y si quien propone el asunto no dispone de recursos suficientes que se ocupe de recabarlos.

 

Despegados de la referida visión convencional, ahora resulta que el aparato estatal debe inmiscuirse en todos los recovecos de la vida privada y administrar las haciendas ajenas como les venga en gana dando lugar a que mayorías circunstanciales se apoderen sin más de los bienes pertenecientes a las minorías con lo que la democracia degenera en mera cleptocracia.

 

Ahora como nunca antes los gobernantes sedientos de mayores ingresos se ponen de acuerdo entre ellos para dar caza a los patrimonios de la gente que pretende defender el resultado de sus denodados y legítimos esfuerzos a través de investigar cuentas bancarias e intentar eliminar el efectivo al efecto de martirizar a los gobernados. Todo por la creciente voracidad fiscal que incurre en procedimientos salvajes que en siglos no se han adoptado ni siquiera los sátrapas más extremos.

 

Y no se trata de los dineros malhabidos para lo cual muchos gobernantes constituyen un lamentable ejemplo de malversaciones, puesto que los fondos producto de quienes han atentado contra el derecho de otros deben ser castigados con todo el rigor necesario por la Justicia, en cambio, como queda dicho, se trata de dar caza al fruto del trabajo ajeno en base al llamado principio de nacionalidad en materia fiscal y otras manifestaciones de voracidad ilimitada que no contemplan que el principio de territorialidad es lo que corresponde y con la menor presión tributaria para cumplir con las funciones específicas de un gobierno republicano. Por su parte, los funcionarios de bancos privados operan según las omnicomprensivas disposiciones de la banca central con lo que esos funcionarios terminan siendo de facto empleados públicos en abierto contraste con lo que tradicionalmente ocurría con la banca privada. Hoy hasta puede esperarse que los llamados bancos privados bajen la persiana para que el sistema se quede con los depósitos de sus clientes tal como ha ocurrido en varios lares.

 

Todo esto no es en modo alguno hoy para proteger los derechos de la gente sino para conculcarlos en el contexto de una máquina infernal de gasto estatal, impuestos astronómicos y deuda pública sideral. Un Leviatán que todo lo atropella a su paso. Es imperioso reaccionar contra esta operación pinzas contra las libertades individuales antes de que la antiutopía orwellinana cierre su círculo fatal.

 

En otros términos, resulta que la gente debe proteger sus patrimonios de los constantes manotazos de los gobiernos en lugar de sentirse cubiertos en sus haciendas por la entidad que teóricamente se ha establecido para garantizar los derechos de los gobernados. Nos hemos retrotraído a la época de los faraones. El poder político en lugar de estar estrictamente limitado en sus funciones para garantizar Justicia y seguridad (lo cual en general no hace), ha avanzado en terrenos y jurisdicciones impropias de una sociedad abierta con lo que se ha arrogado facultades ilimitadas para entrometerse en las vidas y las propiedades de quienes en verdad se han convertido en súbditos, al tiempo que abandonan aquellas funciones primordiales.

 

Se torna insoportable una sociedad que se constituye como un inmenso círculo donde todos tienen metidas las manos en los bolsillos del prójimo a través de los permanentes subsidios cruzados que disponen los gobiernos.

 

Resulta trascendental comprender que es un peligroso espejismo el sostener que puede atacarse impositivamente la inversión sin que eso afecte el nivel de vida de los más necesitados. Hay una conexión directa entre uno y otro plano de ingresos. Los salarios en términos reales dependen exclusivamente de las tasas de capitalización , es decir, de la inversión per capita. No es para nada el resultado de algún voluntarismo propuesto por un decreto gubernamental ni por el deseo de tal o cual empleador, todo lo cual resulta del todo irrelevante a los efectos del referido salario.

Cuando aumentan las tasas de capitalización se incrementa la productividad con lo que el mercado laboral está obligado a subir salarios si se quiere mantener el trabajo manual e intelectual en operaciones. Esta es la diferencia central entre países que progresan y países que se estancan o retroceden: maximizar el ahorro interno y el externo para lo cual se requiere contar con marcos institucionales que respeten el derecho de cada cual.

 

En la media en que se establezcan impuestos que gravan la capacidad contributiva de modo directo como los impuestos a las ganancias, a los bienes personales, a la trasmisión gratuita de bienes y similares se está amputando el volumen de inversiones con lo cual se está, simultáneamente, reduciendo salarios en términos reales. Paradójicamente, esta política nefasta se ejecuta en nombre de los pobres cuando, precisamente, se los está esquilmando.

 

Empeora la situación cuando los aparatos estatales se empeñan en redistribuir ingresos, esto es, volver a distribuir por la fuerza lo que se realizó previamente de modo voluntario en el supermercado y afines. La política redistribucionista intensifica el derroche de capital puesto que inexorablemente se dirige a campos distintos de los que se hubieran asignado si los arreglos contractuales se hubieran respetado.

 

A este cuadro de situación se agrega la manía de la guadaña que apunta al igualitarismo que aniquila todos los incentivos para contribuir al mejoramiento de las estructuras de capital y se exterminan las ventajas de la división del trabajo y la consecuente cooperación social. En lugar de aprovechar la bendición de que cada persona es diferente con lo cual se saca partida recíproca de diversos talentos y conocimientos, se pretende uniformar en la miseria, proyecto que de llevarse a cabo convierte hasta la simple conversación en un aburrimiento colosal.

 

En general no se comprende el significado del mercado y se lo asimila a una cosa lejana a la vida de las personas en lugar de percatarse que todos somos el mercado puesto que se trata ni más ni menos de las millones de transacciones que diariamente tienen lugar desde que nos levantamos a la mañana hasta que nos acostamos a la noche (y durante la noche puesto que la cama, las sábanas y las frazadas han sido objeto de transacciones, para no decir nada del propio domicilio sea fruto de un contrato de alquiler o de compra-venta). Por eso, cuando se alude peyorativamente al “fundamentalismo de mercado” no se percibe que es lo mismo que hablar del “fundamentalismo de lo que la gente desea”.

 

Probablemente nada haya más peligroso y contraproducente que las llamadas “conquistas sociales” que apuntan (por lo menos en la articulación de discursos en campañas electorales) a mejorar los ingresos de la gente por una simple resolución gubernamental. Si esto fuera posible, sin duda que habría que lanzar un jugoso decreto para hacernos a todos multimillonarios y no andarse con timideces. Lamentablemente las cosas no son de esta manera y los aumentos por decreto barren del mercado laboral a los que más necesitan el empleo. No hay coartadas posibles,  como queda dicho, la inversión es lo que permite elevar salarios.

 

Y no se trata de alegar sobre la “desigualdad en el poder de contratación” puesto que lo abultada o lo debilitada de las respectivas cuentas corrientes no cambian el resultado de los ingresos percibidos ya que, nuevamente reiteramos, se debe a las tasas de capitalización. No se trata tampoco de “estimular el consumo” ya que no puede consumirse lo que no se produjo y la mayor producción proviene en gran escala de abstenerse de consumir para ahorrar e invertir. No es posible poner el carro delante de los caballos. No se puede comenzar por el final.

 

No se diga tampoco que el Estado debe proceder en esta o aquella situación para demostrar “solidaridad”, lo cual es un verdadero insulto a la inteligencia ya que la muy encomiable actitud solidaria se sustenta en actos voluntarios realizados con recursos propios. El que le arranca la billetera a un vecino para entregársela a un menesteroso no ha llevado a cabo un acto caritativo sino que ha perpetrado un atraco.

 

En resumen, en lugar de embarcarse los gobiernos en reducir el astronómico gasto público, de abrogar regulaciones que asfixian a la gente, de eliminar y simplificar la maraña impositiva y reducir la presión tributaria y clausurar la posibilidad de la deuda pública externa al efecto de no comprometer patrimonios de futuras generaciones que no han participado en la elección del gobierno que contrajo la deuda y solo contraer la deuda pública interna indispensable, en lugar de todo ello decimos, los gobiernos se alían para exprimir a los gobernados de todas las maneras posibles, mientras los distintos tipos de corrupciones gubernamentales están a la orden del día ya que constituye una corrupción alarmante el mero hecho de la extralimitación del poder puesto que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

CONTRADICCIONES EN HOLLYWOOD

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Resulta extremadamente paradójico que los artistas y cantantes populares reciben remuneraciones extraordinarias por parte de sus públicos y fans, incluso cuando viajan a filmar o para recitales a otros países ponen como condiciones aspectos tales como que les lleven su automóvil preferido en avión, pasajes en primera clase y en los hospedajes que los reciban con champagne francés, agua mineral italiana,  sábanas de hilo egipcio, cuidado especial para sus mascotas y así sucesivamente, y, sin embargo, critican ácidamente a empresarios del comercio y la industria que, en un mercado abierto, obtienen sus ingresos también por el apoyo del consumidor.

 

Conceptualmente no hay diferencia entre el empresario que vende hamburguesas y el empresario del espectáculo, pero éstos últimos consideran que tienen derecho a mantener lo suyo pero no los comerciantes, industriales y financistas. Hay aquí una contradicción superlativa.

 

Janson Mattera en su libro Hollywood Hypocrites exhibe numerosos ejemplos de la señalada contradicción.  Nunca me gustó hacer reflexiones ad hominem puesto que la batalla es de ideas y no de personas, pero el referido libro ilustra la hipocresía mayúscula que en gran medida reina en Hollywood con ejemplos concretos de artistas de renombre.

 

Por las razones apuntadas, no voy a citar los múltiples ejemplos que ofrece Mattera en su obra, pero si es pertinente subrayar la insistencia de conocidos artistas en cuanto a la necesitad de controlar vidas y haciendas ajenas por parte del aparato estatal, siempre y cuando no los toque a ellos. Los críticos acérrimos del capitalismo reciben jugosos subsidios a la industria cinematográfica con el pretexto de que a todos hace bien porque promueven el turismo y otras linduras por el estilo. También viajan en sus jets privados, mientras despotrican contra el “calentamiento global” usan en vuelo cantidades enormes de recursos fósiles que emiten otro tanto de dióxido y monóxido de carbono.

 

El mismo autor describe la fastuosas vidas de los que amasan fortunas en Hollywood, sus palacios, sus caprichos siempre rodeados de valiosos cuadros, tapices y esculturas y vestidos con las últimas colecciones de Prada y Gucci, al tiempo que producen mucho del material destructivo respecto a los valores y principios de la sociedad libre. Nos muestra Janson Mattera que son en verdad muy pocos los artistas que defienden aquellos valores y principios por lo que son rechazados por buena parte de sus colegas.

 

Son actores y actrices que despotrican contra el capitalismo y sostienen que debe reemplazarse por un sistema “más espiritual” pero constantemente se hacen los glúteos y se estiran la cara con recursos quirúrgicos que provee el capitalismo, en el contexto de la multimillonaria producción, distribución y consumo capitalista de sus obras.

 

Ludwig von Mises en La mentalidad anticapitalista también se expide sobre el mismo asunto y concluye que “Las masas, cuyo nivel de vida ha elevado el capitalismo, abriéndole las puertas al ocio, quieren distraerse. El negocio del espectáculo es rentable. Los artistas y autores que gozan de mayor popularidad perciben ingresos excepcionales. Sin embargo, Hollywood y Broadway, los mayores centros de la industria del espectáculo, son viveros de estatismo”.

 

Mario Vargas Llosa subraya el mismo cinismo extremo en un formidable artículo en “El País” de Madrid a raíz de la tan difundida entrevista de Sean Penn -epígono de tanto sátrapa- al tristemente célebre criminal “Chapo” Guzmán.

 

¿Por qué ocurre este fenómeno? Considero que es por las mismas razones que sucede con el resto de los mortales, a saber, el desconocimiento de los fundamentos éticos, económicos y jurídicos de una sociedad abierta. El tema es primordialmente educativo. Si se observan de cerca las características de lo que se imparte en buena parte de las cátedras en centros de estudios, la bibliografía correspondiente, lo que en gran medida se dice y afirma en los medios de comunicación y las conversaciones en reuniones sociales, se comprobará que de esos ámbitos resulta sumamente difícil que aparezcan defensores del liberalismo.

 

Por supuesto que nada es inexorable, todo depende de lo que cada cual sea capaz de hacer cotidianamente. Es, desde luego, factible revertir esta situación, pero requiere mucha biblioteca y mucho esfuerzo para explicar aquellos valores y principios que sostienen la vida civilizada del respeto recíproco.

 

Como hemos apuntado antes, el problema también surge en el mundo empresario, no por el hecho de ser exitoso en los arbitrajes característicos del comercio se debe conocer las bases de una sociedad de hombres libres. Más aún, si los gobiernos le ofrecen privilegios al empresario, es muy común que los acepten con lo que se convierte en un enemigo mortal del sistema llamado de “libre empresa”.

 

Robert Nozick en su ensayo titulado “Why do Intellecutals Oppose Capitalism?” que aparece en su Socratic Puzzles nos recuerda que Hayek atribuye la aversión de muchos intelectuales al capitalismo porque no conciben que el proceso de mercado se sustenta en un orden espontáneo en el que el conocimiento está fraccionado y disperso entre millones de personas y es coordinado a través de los precios. Este enfoque los excede. No conciben que las cosas puedan tener lugar sin un plan deliberado de otros seres humanos que dirijan la situación. A esto Nozick agrega el resentimiento de los intelectuales hacia negociantes que obtienen mayores ingresos que ellos en faenas que estiman subalternas como la venta de medias y similares.

 

Estas explicaciones pueden extrapolarse con toda facilidad a los artistas hollywoodenses que miran con desdén a muchos de sus congéneres. En el fondo, todo se resume a la ignorancia supina del significado del capitalismo en cuyo contexto todos deben ser respetados en sus proyectos de vida sean éstos dedicados al espíritu o a lo crematístico siempre y cuando no lesionen iguales derechos de terceros.

 

Para los más sofisticados de la industria del cine y el teatro, el keynesianismo ha servido para encauzar en sus debidos carriles al mercado (entre otros, Gordon Summer -alias Sting- y Oliver Stone dixit), por lo que reitero lo dicho en otra oportunidad que no solo sirve para ciertos exponentes del arte sino para colegas economistas que no han buceado lo suficiente en las aguas profundas de la economía.

 

Los ejes centrales de la obra mas difundida de Keynes (Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, México, Fondo de Cultura Económica, 1936/1963) consisten en la alabanza del gasto estatal, el déficit fiscal y el recurrir a políticas monetarias inflacionistas para “reactivar la economía” y asegurar el “pleno empleo” en un contexto errado del concepto de deflación, así nos dice  en ese libro que “La prudencia financiera está expuesta a disminuir la demanda global y, por tanto, a perjudicar el bienestar”.

 

Tal vez uno los trabajos mas lúcidos sobre Keynes estén consignados en el noveno volumen de las obras completas del antes mencionado premio Nobel en Economía F.A. Hayek  (The University of Chicago Press) . Incluso en Estados Unidos irrumpió el keynesianismo mas crudo durante las presidencias de Roosevelt: eso era su “New Deal” que provocó un severo agravamiento de la crisis del treinta, generada por las anticipadas fórmulas de Keynes aplicadas ya en los Acuerdos de Génova y Bruselas donde se abandonó la disciplina monetaria.

 

En definitiva, Keynes apunta a “la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de escasez del capital”.     Resulta sumamente claro y específico lo que escribió como prólogo a la edición alemana de la obra mencionada, también en 1936, en plena época nazi: “La teoría de la producción global, que es la meta del presente libro, puede aplicarse mucho mas fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario que la producción y distribución de un determinado volumen de bienes obtenido en condiciones de libre concurrencia y un grado considerable de laissezfaire”.

 

Como es sabido, hay ríos de tinta explicando los errores de Keynes, pero, fuera de la obra señalada (a la que bien podrían agregarse los conocidos y muy difundidos libros de Henry Hazlitt y  de W. H. Hutt), hay dos ensayos que resultan de gran interés. Se tratan de “The Critical Flow on Keynes´s System” de Robert P. Murphy y “Dissent on Keynes: A Critical Appraisal of Keyneisn Economics” de Mark Skousen.

 

En el primero, el autor se detiene especialmente en el plano laboral donde muestra las consecuencias perniciosas de intentar derretir salarios en términos reales a través de la inflación monetaria en momentos en que hay consumo de capital manteniendo los salarios nominales inalterados, un engaño que se sugiere en lugar de permitir que los niveles se adaptan a la situación imperante sin introducir las alteraciones en los precios relativos que indefectiblemente provoca la inflación.

 

Por otra parte, destaca la incomprensión del fenómeno del desempleo de Keynes y, consecuentemente, su propuesta de encarar obras públicas que en definitiva significan detraer recursos del sector privado para faenas no productivas, lo cual se traducen en un empeoramiento en el nivel de vida de todos. En el segundo ensayo, Skousen describe las falacias de sostener que Keynes fue “el salvador del capitalismo” en lugar de su victimario, en el mismo contexto cuando actualmente se apunta a “la crisis del capitalismo” en lugar de percatarse que el sistema imperante consiste en el estatismo. En ese trabajo, el autor detalla los consejos del keynesianismo de controlar precios y salarios, al tiempo que propugna el deterioro del signo monetario, el déficit fiscal, el incremento del gasto público y, unas veces de facto y otras de jure, la nacionalización de empresas.

 

Tal vez estas reflexiones puedan ayudar a que cambie en algo lo que viene ocurriendo en general en la industria del cine cuyos representantes tienen tanto peso en la opinión pública mundial. No se trata de juzgar intenciones, aun suponiendo las mejores, los resultados, especialmente para los más necesitados, son nefastos. Sin duda que de modificarse esta situación, la cinematografía y el teatro pueden influir muy positivamente en la comprensión de lo que significa vivir en libertad, como que de hecho algunas de sus excelsas manifestaciones han contribuido grandemente a que se rechace toda forma de autoritarismo.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

A PROPÓSITO DE JOHN DOS PASSOS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Este escritor (1896-1970) es considerado uno de los más destacados de la literatura estadounidense del siglo veinte. Se apartó de la narrativa lineal para, tal como se ha indicado, incursionar en una especie de extrapolación del collage en pintura a la escritura al relatar historias simultáneas sin aparente conexión, lo cual se percibe especialmente en su Manhattan Transfer, justamente para describir muchas vidas y acontecimientos distintos de personas de muy diversos orígenes que buscaban un destino mejor en la Nueva York de la estatua de la libertad con las célebres, generosas y hospitalarias líneas de Emma Lazarus al pie.

 

Dos Passos comenzó siendo socialista en su juventud, tradición que abandonó a raíz de su viaje a la Unión Soviética tal como describe ese tránsito intelectual en sus memorias (Años inolvidables).

 

En este artículo me detendré a escudriñar dos de sus ensayos, “Pensamientos en un teatro de Roma” y, especialmente, “A Question of Elbow Room” (que no tiene una traducción exacta). Borges sostenía que hay escritos que no puede traducirse, por ejemplo, “estaba sentadita”. En nuestro caso, puede traducirse pero de manera parcial como “una cuestión de espacio vital” pero no es exacta (como se ha dicho, “it´s raining cats and dogs” puede traducirse como “llueve mucho” pero naturalmente no que “llueven gatos y perros” etc. Siempre hay que tener en cuenta lo consignado por Victoria Ocampo en cuanto a que “no se puede traducir a puro golpe de diccionario”).

 

En todo caso, comencemos con este último ensayo que nos ocupará más espacio que el primero donde el autor alude a la importancia del individualismo como respeto a las autonomías individuales y no como peyorativamente se lo suele entender, es decir, como la apología del aislamiento y la autarquía que en realidad es propugnada por los socialismos, intervencionismos y “proteccionistas”. Precisamente, el individualismo permite abrir de par en par las relaciones interindividuales para beneficio de las partes involucradas.

 

Nuestro autor destaca a Chaucer como pionero en su Cantebury Tales al centrar la atención en la individualidad de sus personajes, que según él cambió la forma de hacer literatura y atribuye esta tendencia a la evolución del derecho y al consiguiente respeto recíproco en las instituciones inglesas. Dos Passos define muy bien el “elbow room” como inseparable de la dignidad de la condición humana y de su necesaria libertad.

 

Se detiene a considerar lo que ha venido ocurriendo en el tradicional baluarte del mundo libre que poco a poco ha abandonado la filosofía jeffersionana del pensamiento independiente y la posibilidad que cada uno siga su camino, asumiendo la responsabilidad por sus actos, para en su lugar “enseñar a las personas a ajustarse a las demandas de la sociedad y del estado” y escribe que Jefferson “al igual que su contemporáneo escocés, Adam Smith, confiaba en los resultados del interés personal” que desde luego no incluye la lesión de iguales derechos.

 

Reitera que en Estados Unidos, “edificar un estado que permita el mayor ´elbow room´ parece un concepto obsoleto” tendencia que dice el autor deberíamos sustituir por “la pasión por el individualismo en lugar de la conformidad” y sostiene que aparentemente “el primer resultado de la comunicación masiva y la educación masiva ha sido el nivelar el pensamiento al más bajo común denominador, muy cerca del nivel del idiota”, cosa que desde luego no significa dejar de preocuparse por la extensión de ambas cosas las que Dos Passos admira cuando de excelencia se trata.

 

Por último, señala y advierte los riesgos de la votación mayoritaria ilimitada y en ese contexto lo cita a Thomas Maculay que en una carta a H. S. Randall dice que “Siempre he estado convencido que las instituciones puramente democráticas [ilimitadas en el proceso electoral respecto a los derechos de las minorías] tarde o temprano destrozarán la libertad o la civilización o más bien las dos”.

 

Como he apuntado antes,  Robert Nozick ha escrito que no hay tal cosa como “el bien social”, no cabe el antropomorfismo de lo social, no es una entidad con vida propia. Es la persona, el individuo, que piensa, siente y actúa. En el extremo, resulta tragicómico cuando se afirma que Inglaterra propuso tal o cual cosa a lo que le contestó África de esta o aquella manera, en lugar de precisar que fue fulano o mengano el que se expresó en un sentido o en otro.

 

Como queda dicho, la Escuela Escocesa, especialmente Adam Smith y Adam Ferguson, señalaron que en una sociedad abierta cada persona siguiendo su interés personal satisface los intereses de los demás con lo que crean un sistema de coordinación más complejo de lo que cualquier mente individual puede concebir. En libertad, las relaciones sociales se basan en la necesidad de satisfacer al prójimo como condición para mejorar la propia situación. Esto va desde las relaciones amorosas y la simple conversación a los negocios cotidianos de toda índole y especie.

 

Como también ha destacado Hume y tantos otros pensadores de fuste, el interés personal es la característica central de la condición humana, en verdad resulta en una tautología puesto que si no está en interés del sujeto actuante no habría acción posible. Todos las acciones -sean éstas sublimes o ruines- se basan en el interés personal. Los marcos institucionales de una sociedad libre apuntan a minimizar los actos que lesionan derechos, es decir, el fraude y la violencia.

 

Es el colectivismo el que bloquea y restringe los arreglos contractuales libres y voluntarios entre las partes que deja de lado el hecho que el conocimiento está fraccionado y está disperso entre millones de personas, para en cambio concentrar ignorancia al pretender la regimentación de la vida social.

 

En los procesos de mercado, es decir, en los procesos en que la gente contrata sin restricciones (siempre que no se lesionen derechos de terceros), los precios constituyen las señales e indicadores para poder operar. Cuando los aparatos estatales se inmiscuyen en estos delicados mecanismos, inevitablemente se producen desajustes y desórdenes de magnitud diversa. Como se ha subrayado reiteradamente, en la medida en que los precios no reflejan en libertad las recíprocas estructuras valorativas, se obstaculiza la evaluación de proyectos y la contabilidad y se oscurece la posibilidad de conocer el aprovechamiento o desaprovechamiento del siempre escaso capital.

 

El colectivismo -el ataque a la propiedad privada- conduce a lo que Garret Hardin bautizó ajustadamente como “la tragedia de los comunes”, a saber, lo que es de todos no es de nadie y se termina por destrozar el bien en cuestión. El colectivismo funde a las personas como si se trataran de una producción en serie de piezas amorfas que pueden manipularse como muñecos de arcilla, en cuyo contexto naturalmente el respeto desaparece.

 

Como queda expresado, el individualismo abre las puertas de par en par para que se lleven a cabo obras en colaboración, ese es el sentido por el que el hombre se inserta en sociedad (la autarquía nacionalista empobrece y embrutece). No es entonces para que lo dominen, sino para cooperar con otros produciendo ventajas recíprocas. El mismo mercado es una obra en colaboración así como lo es el lenguaje y tantas otras manifestaciones de la vida social.

 

No debe perderse de vista que los múltiples trabajos en colaboración remiten a la consideración y satisfacción del individuo. Por eso, cuando se dice que debe contemplarse el bien común y no la satisfacción individual se está incurriendo en un error conceptual. Como han explicado Michael Novak y Jorge García Venturini, el bien común es el bien que le es común a cada uno, es decir, el bien del conjunto es precisamente la satisfacción legítima de cada cual.

 

Prácticamente todo es el resultado de obras en colaboración: nuestras ideas son fruto de innumerables influencias de otros pensadores, no hay más que mirar una máquina de afeitar para imaginar los cientos de miles de personas que colaboraron, desde la fabricación del plástico, la combinación del metal, las cartas de crédito, los bancos, los transportes, los departamentos de marketing etc. Solo los megalómanos estiman que sus arrogantes decisiones son consecuencia de su sola voluntad y participación.

 

Arnold Toynbee en su crítica al colectivismo en Civilization on Trial escribe que “La proposición de que el individuo es una mera parte de un conjunto social puede ser cierta para los insectos, abejas, hormigas y termitas, pero no es verdad en el caso de seres humanos”.

 

En el segundo ensayo que mencionamos de Dos Passos refuta el mal llamado “Estado Benefactor” y concluye que “Una de las enseñanzas de la historia es que naciones enteras y tribus de hombres pueden ser aplastados por el peso imperial de instituciones que sus propios miembros han diseñado”. En esta línea argumental muestra la coincidencia entre el fascismo y el comunismo y apunta que todas las medidas totalitarias se llevan a cabo alegando “el bien de los trabajadores y campesinos. Es la base de lo que podríamos denominar la mentalidad Fidel Castro”.

 

Finalmente, subraya que el relativismo prevalente es uno de los más importantes causantes de la decadencia. Por nuestra parte, hemos escrito en otra ocasión que por el principio de no-contradicción, una proposición no pude corresponderse y no corresponderse simultáneamente con el objeto juzgado (el relativista toma como verdad su relativismo). También cabe destacar que, sin duda, todo lo que entendemos es subjetivo en el sentido de que es el sujeto que entiende, pero cuando hacemos referencia a la objetividad o a la verdad aludimos a las cosas, hechos, atributos y procesos que existen o tienen lugar independientemente de lo que opine el sujeto sobre aquellas ocurrencias y fenómenos que son ontológicamente autónomos. Lo antedicho en nada se contradice con el pluralismo y los diversos fines que persiguen las personas, dado que las apreciaciones subjetivas en nada se contraponen a la objetividad del mundo. Constituye un grosero non sequitur afirmar que del hecho de que las valorizaciones y gustos son diversos, se desprende la inexistencia de lo que es.

 

Recordemos que Ortega y Gasset en uno de sus trabajos más conocidos afirma que “la gente es nadie” ya que gente constituye un antropomorfismo,  de lo que se trata es de establecer relaciones interindividuales con quien nos plazca y que todas las personas son únicas por una sola vez en la historia de la humanidad. Escribe Ortega en ese artículo que “se juega frívolamente, confusamente, con las ideas de lo colectivo, lo social, el espíritu nacional, la clase, la raza […] Pero en el juego las cañas se ha ido volviendo lanzas. Tal vez, la mayor porción de las angustias que hoy pasa la humanidad provienen de él”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.