CONCENTRACIÓN DE RIQUEZA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Antes he escrito a raíz del libro de Thomas Piketty sobre las estructuras de capital en este siglo que corre y también sobre otro de sus libros que alude a las desigualdades. Dejo de lado las enormes y acaloradas controversias estadísticas que suscitaron las expuestas en el primer libro mencionado, principalmente desarrolladas, explicadas y severamente criticadas por Jean-Philipe Delsol, Hunter Lewis, Rachel Black, Anthony de Jasay, Robert T. Murphy, Daniel Bier y Louis Woodhill. En esta nota preriodística circunscribo mi atención en torno a dos aspectos cruciales.

 

En primer lugar, es importante subrayar que en un mercado abierto las desigualdades de ingresos corresponden a las preferencias de los consumidores. Si el oferente da en la tecla respecto a los gustos y necesidades de sus congéneres, obtendrá ganancias y si yerra incurrirá en quebrantos.

 

Por esto es que la llamada redistribución de ingresos se traduce inexorablemente en consumo de capital puesto que la correspondiente asignación de los siempre escasos factores de producción se destinan a campos distintos de los preferidos por la gente. Redistribuir significa volver a distribuir por la fuerza lo que pacíficamente ya habían distribuido los consumidores en el supermercado y afines.

 

Entonces, el delta o el diferencial de ingresos es simplemente lo que el público consumidor decide a través del plebiscito diario del mercado con sus compras y abstenciones de comprar. Es del todo contraproducente que los políticos prefieran la situación donde el diferencial sea menor con ingresos también menores para todos respecto a la situación en la que el delta es más grande pero los ingresos de todos resultan mayores. La envidia y la demagogia empujan a la primera de las situaciones descriptas en perjuicio de todos, especialmente de los más necesitados. Lo importante es que el promedio ponderado se eleve.

 

El segundo punto se refiere a las desigualdades de patrimonios para lo cual cabe el mismo razonamiento con el agregado de que los que se ubican en la cumbre de la escala son los mayores aportantes de la inversión total, lo cual es condición necesaria para que los ubicados en el nivel más bajo vean incrementar sus ingresos puesto que las tasas de capitalización son la única causa de aquellos incrementos.

 

A los efectos de lo que aquí decimos no resultan relevantes las controversias antes mencionadas en cuanto a los errores (y, en algunos caso, horrores) estadísticos. Sin duda que son importantes para ilustrar bien lo ocurrido pero, como queda dicho, no modifican las conclusiones de lo que sucede en un mercado abierto y competitivo. Cualquiera sea el resultado respecto a las desigualdades, es lo que demanda la gente que siempre recibe a cambio de su dinero valores que estima son mayores que lo entregado a cambio (de lo contrario no hubiera llevado a cabo la transacción).

 

Y desde luego que no es que los que están en el pico de la pirámide se llevan la riqueza a Marte, constituyen el motor principal del progreso de los que al momento son marginales. Es del todo incorrecto presentar las correspondientes transacciones como compatibles con la suma cero, es decir, como si lo que tienen unos es debido a que otros son despojados de lo que les pertenece. La riqueza es un concepto dinámico, el valor total está en permanente movimiento. No solo no son los mismos los que están en los diversos niveles de la pirámide, sino que, como decimos, el valor total se incrementa en sociedades libres.

 

Si seguimos el principio de Lavoisier en cuanto a que nada se crea, nada se pierde, todo se transforma, debemos enfatizar que el tema de la riqueza no alude a la cuantía de lo material sino al valor. Como hemos ilustrado en otra ocasión: el teléfono antiguo tenía mucho más materia que el moderno, sin embargo este último ofrece muchísimos más servicios. La materia del globo terráqueo en la antigüedad era la misma que la actual, sin embargo la riqueza hoy es infinitamente superior a la de antaño cuando la expectativa de vida era de corta edad, la medicina no podía enfrentar las dolencias comunes y las hambrunas eran moneda corriente en todos lados.

 

Muchos han sido los cálculos sobre los escasos centavos de aumento que resultarían de dividir entre la población los patrimonios de los más ricos en comparación con la formidable pérdida de ingresos debido a que la usina inversionista desaparece al arrancar recursos de aquellos que la gente consideraba más eficiente para administrarlos.

 

En consecuencia, el Gini Ratio que muestra la dispersión o concentración de ingresos no nos dice nada respecto a la inconveniencia de esa dispersión que la ser decidida por la gente es necesariamente conveniente y de modo que no resulta irrevocable sino que cambia a media que cambian los gustos y la calidad del servicio que se estima proveen los distintos oferentes.

 

Por supuesto que si no tiene lugar el mercado abierto y no se aplican marcos institucionales que respeten los derechos de las personas y, en su lugar, existen alianzas entre supuestos empresarios y el poder político, en ese caso las diferencias de ingresos y patrimonios resultante es consecuencia de la injusticia y la explotación tal como es la situación en gran medida en el denominado mundo libre (en Estados Unidos este proceso inicuo se ha intensificado a través de los bailouts por los que se subsidia a empresarios irresponsables e ineptos con los recursos de los trabajadores que no tienen poder de lobby). Debemos diferenciar claramente lo que son servicios en el ámbito del mercado libre de lo que son robos vía los acuerdos con el poder político que en sus resultados no son distintos de los asaltantes de bancos.

 

Peor aun si cabe, es el escandaloso robo de bienes públicos perpetrado por muchos gobernantes que marcan diferencias colosales de ingresos y patrimonios respecto a los de los gobernados, todo lo cual también significan deltas que son fruto de reiterados latrocinios que colocan a estos sátrapas en los lugares de las mayores fortunas del orbe y, paradójicamente, son los que más declaman sobre la necesidad de nivelar con lo que la hipocresía resulta superlativa.

 

Básicamente como consecuencia de la difusión de recientes estadísticas -no siempre verídicas como hemos apuntado- sobre porcentajes de riqueza que se estima concentrada en pocas manos se ha vuelto a la carga con la manía de la guillotina horizontal, es decir, con la manía del igualitarismo. Y una de las herramientas que se consideran más efectivas para tal fin (relanzadas por Piketty) es el impuesto progresivo (cuyo máximo difusor es hoy el candidato presidencial en Estados Unidos, Bernie Sanders).

 

Como es sabido, el impuesto proporcional significa que se mantiene la alícuota en todas las escalas de ingresos y patrimonios o en todos los niveles de gastos, lo cual se traduce en que los que ponen de manifiesto capacidades contributivas mayores pagan mayores tributos respecto a los de menor capacidad contributiva. Por su parte el impuesto progresivo,  como su nombre lo indica, significa que la alícuota progresa en la medida en que progresa la capacidad contributiva sea ésta directa o indirecta.

 

Pues los efectos más contundentes de la progresividad fiscal son, primero, que altera las posiciones patrimoniales relativas lo cual implica que las ubicaciones que la gente votó en el mercado de acuerdo a las preferencias de cada cual son contradichas por el referido gravamen lo cual significa derroche de capital. Segundo, el impuesto progresivo atenta contra la necesaria movilidad social ya que introduce vallas en el ascenso en la pirámide patrimonial. Tercero, este tipo de carga fiscal constituye un castigo para los más eficientes situación que contradice la idea de que debe alentarse la mayor eficiencia. Cuarto, el impuesto progresivo es en realidad regresivo ya que afecta los ingresos de los que menos tienen puesto que se compromete la inversión de los más pudientes. Quinto, este impuesto termina siendo un privilegio para los ricos que se colocaron en el vértice de la pirámide patrimonial antes de la implementación del gravamen quienes cuentan con una ventaja respecto a los actores sucesivos.

 

Por tanto, cuando se habla de posiciones porcentuales en cuanto a ingresos o patrimonios debe tenerse en cuenta que lo trascendente son los valores absolutos de estos guarismos a los efectos de percatarnos de las mejoras en todas las escalas cuando se opera en una sociedad abierta.

 

La propiedad es una noción jurídica mientras que el patrimonio es una noción económica que responde a las valorizaciones de la gente. En la medida en que exista libertad y respeto a valores jurídicos elementales tiene lugar menor pobreza relativa y los mejores niveles de vida de los habitantes que se desenvuelven en los países en donde más se dan aquellas condiciones. Incluso, como es sabido, hay países que cuentan con grandiosas reservas de recursos naturales (como en África) y sin embargo sus habitantes son muy pobres, mientras que otros sin recursos naturales ofrecen a sus ciudadanos condiciones de vida de gran confort (como es el caso de Japón que es un cascote donde solo el veinte por ciento es habitable).

 

La institución de la propiedad privada resulta esencial para asignar recursos eficientemente. Como las necesidades son ilimitadas y los recursos para atenderlas son limitados, la asignación de derechos de propiedad es indispensable, puesto que “la tragedia de los comunes” (lo que es de todos no es de nadie) se produce debido a que los incentivos para mantener y producir son nulos.

 

Como una nota a pie de página consigno que Claude Robinson en su libro Understanding Profits muestra que la distribución promedio de las cien empresas estadounidenses de mayor facturación en el año en que ese autor tomó la muestra era de la siguiente manera: del 100% del producto de las ventas, el 43% iban a sufragar costos de producción directos que incluían publicidad, el 2.7% para amortizaciones, el 0.3% para intereses y otras cargas financieras, el 7.1% para impuestos, el 40.5% para sueldos de empleados, el 4% para dividendos y honorarios de directores y el 2.4% para reinversiones.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Para los pesimistas: no seremos perfectos pero estamos viviendo el período más moral de la historia

Por Martín Krause. Publicado el 27/6/15 en: http://bazar.ufm.edu/para-los-pesimistas-no-seremos-perfectos-pero-estamos-viviendo-el-periodo-mas-moral-de-la-historia/

 

Michael Shermer es columnista mensual de la revista Scientific American, profesor adjunto en Claremont Graduate University y Chapman University y autor del libro recientemente publicado “The Moral Arc: How Science and Reason lead Humanity toward Truth, Justice and Freedom”. El Cato Policy Report publica algunos extractos: http://www.cato.org/policy-report/januaryfebruary-2015/science-reason-moral-progress

Para Shermer estamos viviendo el período más moral de la historia. Algunas de las mejoras que destaca son las siguientes, clasificadas por áreas:

“- Gobernanza: la expansión de la democracia liberal y el declive de teocracias y autocracias

  • Economía: derechos de propiedad más amplios y libertad para comerciar bienes y servicios con otros sin restricciones opresivas
  • Derechos: a la vida, la propiedad, el matrimonio, la reproducción, el voto, de expresión, de culto, de reunión, de protesta, de autonomía y la búsqueda de la felicidad
  • Prosperidad: la explosión de la riqueza y la creciente prosperidad de más gente en muchos lugares distintos, y la reducción de la pobreza ya que el porcentaje de pobres en el mundo es el más bajo de la historia de la humanidad
  • Salud y longevidad: más gente en más lugares vive más tiempo, y vidas más saludables que en cualquier otro momento del pasado.
  • Guerra: un menor porcentaje de la población muere como resultado de conflictos violentos hoy que en cualquier otro momento desde el origen de nuestra especie
  • Esclavitud: ha sido declarada ilegal en todo el mundo y se practica en unos pocos lugares bajo forma de esclavitud sexual y laboral, formas que se busca eliminar.
  • Homicidio: las tasas han caído abruptamente de 100 asesinatos por cada 100.000 habitantes en la Edad Media a menos de 1 en la actualidad, en los países industriales de Occidente; la probabilidad de morir violentamente es la más baja de la historia
  • Violaciones y ataques sexuales: tienden a reducirse, aunque son muy prevalentes. Son ilegales en todos los países de Occidente y perseguidos en forma creciente.
  • Control judicial: la tortura y la pena de muerte han sido casi universalmente derogadas por los estados, y donde todavía son legales, se usan menos frecuentemente.
  • Igualdad ante la justicia: los ciudadanos son tratados más igualmente bajo la ley que en cualquier otro momento de la historia
  • Civilidad: la gente es más amable, más civilizada, y menos violenta que en cualquier otro momento anterior.

Concluye:

“Por siglos, el atraso moral describía mejor a nuestra especie, y cientos de millones de personas sufrieron en consecuencia. Pero entonces algo sucedió hace unos 500 años, la Revolución Científica alumbró la Era de la Razón y el Iluminismo, y esto cambió todo. En lugar de adivinar la verdad de la autoridad de algún viejo libro sagrado o tratado filosófico, la gente comenzó a explorar el libro de la naturaleza por su cuenta. En lugar de sacrificios humanos para calmar la ira de los dioses del clima, los naturalistas midieron las temperaturas, la presión barométrica y los vientos para crear las ciencias meteorológicas. Y en lugar de una pequeña elite que mantenía el poder manteniendo como analfabetos a la mayor parte de la población, a través de la ciencia y la educación la gente pudo ver por sí misma el poder y la corrupción que los sometía y comenzaron a liberarse de esas cadenas y a demandar derechos.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Pobreza vs desigualdad:

Por Gabriel Boragina. Publicado el 27/9/13 en http://www.accionhumana.com/

Es bastante frecuente que en la sociología político-económica los términos pobreza e igualdad se traten como sinónimos. Asimismo, ambas suelen relacionarse como un verdadero problema socio-político-económico. Sin embargo, darles este empleo sinónimo es bastante desacertado. La pobreza y la desigualdad son cosas distintas. También es incorrecto tratar ambos conceptos como “problemas sociales”, ya que si bien la pobreza si es efectivamente un problema -y por cierto muy severo-, la desigualdad -en cambio- no lo es. Intentaremos de ilustrar lo hasta aquí dicho con un ejemplo.

Supongamos que tenemos cuatro personas: A, B, C, y D. Imaginemos que A tiene una mansión, B posee una fábrica, C un caballo y D cinco gallinas. Lo primero que salta a la vista es que A, B, C y D son todos ellos desiguales entre sí, tanto en lo que respecta a sus propias personas como en lo que se refiere a sus bienes. Si A es Juan y B es Pedro, resulta evidente que Juan no es igual a Pedro.

En cuanto a sus posesiones, a pesar de tener bienes mas “valiosos” que los que poseen C y D, A y B son desiguales entre si y, recíprocamente, pese a tener bienes menos “valiosos” que los que poseen A y B; C y D también son desiguales entre sí. Considerada, ya sea en forma horizontal o vertical, en forma cruzada o directa, entre los cuatro existe la más completa desigualdad. Ahora bien, desde otro ángulo, puede decirse que C y D son “pobres” respecto de A y B, y que estos últimos son “ricos” respecto de los primeros, donde las mansiones y las fábricas se consideran “mayor riqueza” que los caballos y las gallinas.

Figurémonos ahora que el gobernante de la isla donde viven A, B, C, y D, (que llamaremos G) decide -en un emotivo acto de “justicia social”- “limar las desigualdades” entre los primeros, trasfiriendo -como hacen todos los gobiernos del mundo- la riqueza o los ingresos de los “ricos” en dirección hacia los “pobres”, para lo cual resuelve entregar media mansión de A a C, y media fábrica de B a D. Con lo que C pasará a tener un caballo y media mansión (que antes pertenecía a A) y D ahora tendrá en propiedad media fábrica y las cincos gallinas que antes poseía, en tanto que A sólo le quedará media mansión y a B media fábrica. ¿Ha eliminado o reducido G las desigualdades entre ellos? Obviamente la respuesta es no. Siguen siendo los cuatro tan desiguales como lo eran antes del reparto del “estado social” o “benefactor”. No obstante lo cual, ha habido un cambio significativo ¿cuál es? Podría decirse que ahora -a primera vista- A y B son más pobres que antes y C y D menos pobres que antes del reparto del “justiciero social”, pero si miramos más de cerca notaremos que media mansión no tiene utilidad alguna y -por lo tanto- ningún valor en el mercado, como no lo tiene medio auto, sino el coche completo. Lo mismo sucede con la media fábrica de B (y ahora de D) a ninguno de ellos le servirá para nada, porque lo útil y valioso era la fábrica entera y no las mitades divididas de ella. Ni media mansión le sirve para vivir a nadie, ni media fábrica le sirve para producir ni trabajar a nadie. Con lo que, en suma, los cuatro A-B-C y D han resultado hundidos todos ellos en la más absoluta pobreza. Moraleja: el redistribucionismo y las “políticas sociales de reparto” y de “justicia social” lo que redistribuyen y reparten es más miseria para todos. Pero, y esto es lo más relevante y significativo: no disminuyen las desigualdades, que ya existían antes, existen ahora y seguirán existiendo en el futuro, con o sin la intervención del gobierno. Lo que sí hizo el gobierno es agudizar las desigualdades entre los cuatro, y destruir la riqueza que existía antes de la intervención.

No se redujo la pobreza sino que simplemente se le dio otra dirección diferente. Incluso si la mansión y la fábrica pasan íntegras a C y D, tendremos invariable desigualdad y a la vez más pobreza.

Por supuesto, A, B, C, y D pueden ser una, ciento, miles o millones de personas y, de la misma manera, las mansiones, fábricas, caballos y gallinas pueden ser 1, 100, 1000 o millones. Podrán ser aviones o frutas, buques o zapatos, o sus equivalentes en dinero. El resultado final siempre será el mismo, se traten de los bienes o servicios que se traten.

El verdadero problema social es la pobreza y no la desigualdad, y en tanto la pobreza tiene solución incrementando la riqueza existente mediante la producción, el ahorro y la capitalización del mismo como sólo lo hacen –y pueden hacerlo- los mercados libres, la desigualdad no constituye “problema” alguno, como acabamos de demostrarlo. La desigualdad sólo consiste en un dato de la realidad y nada más que eso. Es cierto que mesiánicos megalómanos pueden llegar a ver (y proclamar a) la desigualdad como “problema”, pero tarde o temprano habrán de convencerse que, si así quieren considerarlo, comprobarán que como tal, no tiene “solución” alguna. Y no tiene “solución” porque no es un “problema”. La “desigualdad” es meramente la excusa perfecta que tienen los envidiosos del éxito ajeno para tratar de arrebatarles por la fuerza o mediante artilugios político-legales, los bienes que los envidiados poseen en legítima ley.

Mientras los pretensos reformadores sociales de buena fe (de los de mala fe no hay nada que decir, excepto que parece ser que cada vez son más) no se concentren en la solución del verdadero problema que es la pobreza y -en cambio- erróneamente sigan enfocados en el falso de la desigualdad, la pobreza será cada vez mayor y más extendida en un mundo que fue, es y será siempre desigual. Y la solución a la pobreza es la creación de riqueza, la que sólo el mercado libre y el capitalismo garantizan.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. 

Desigualdad política y económica

Por Armando P. Ribas. Publicado el 16/4/13 en http://www.libertadyprogresonline.org/2013/04/16/desigualdad-politica-y-economica/

 Cada vez es más preocupante la mística ética de la desigualdad supuestamente causada por el capitalismo. Esa mística se constituye en el factor por antonomasia de la demagogia que lleva al poder al socialismo. Apartarse de ella aparece como el pecado capital del egoísmo frente a la virtud del altruismo. Esa parece la disyuntiva presente en el denominado mundo Occidental que virtualmente se considera como democracia capitalista. Tanto así que aun la crisis europea, indudablemente el resultado del estado de bienestar, basado en un gasto público insostenible, que diera lugar a una deuda impagable, se considera como la crisis del capitalismo.

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En un artículo reciente de Foreign  Affairs, “Desigualdad y Capitalismo”, Jerry Muller plantea que “el debate político en Estados Unidos y otras democracias capitalistas ha estado dominado por dos planteamientos: el crecimiento de la desigualdad y  la escalada de la intervención del gobierno para enfrentarla” Ya comenzamos mal, pues no se cuales son las democracias capitalistas a las que se refiere el autor. Pienso que ya cayó en el error de considerar a la Unión Europea capitalista, y me pregunto qué pensaría la Sra. Merkel de esta definición de su gobierno. Pero siguiendo con el planteo inicial, Mr. Muller comienza por reconocer que el capitalismo crea riqueza, pero que al mismo tiempo genera desigualdad.

Debo comenzar por decir que la desigualdad la creó la naturaleza, y solo fue a partir de lo que considero mal llamado capitalismo, que comenzó la creación de riqueza en el mundo. Como bien dijera Ayn Rand “el capitalismo no creó la pobreza sino que la heredó”. Muller señala, a mi juicio correctamente, que “la desigualdad que hoy existe no depende de la falta de oportunidades, sino de las distintas habilidades para explotar la oportunidad”.  No obstante que reconociera la verdadera causa de la desigualdad, insiste en la posibilidad de corregirla. Continúa el ataque al capitalismo y sostiene que la desigualdad y la inseguridad son el carácter perenne del capitalismo. Por tanto promueve la necesidad del reparto, que considera que ya se hace en Estados Unidos a través del Medicare y otros medios y en la Unión Europea vía el Estado de bienestar. En ese proyecto ignora la verdadera causa de la crisis económica actual. Crisis que en Estados Unidos ha sido causada por la violación de principios fundamentales del sistema, en tanto que en Europa es causada por el sistema.

Dado que Habemus Papa, creo procedente recordar las palabras de León XIII en su encíclica Rerum Novarum, publicada en 1891, y más tarde aparentemente olvidada o aun negada: “En la sociedad civil no pueden ser todos iguales, los altos y los bajos. Afánanse en verdad por ella los socialistas; pero vano es ese afán y contra la naturaleza misma de las cosas, porque ha puesto en los hombres la naturaleza misma grandísimas y muchísimas desigualdades. No son iguales los talentos de todos, ni igual el ingenio, ni la salud ni las fuerzas; y a la necesaria desigualdad de estas cosas sigue espontáneamente la desigualdad en la fortuna. La cual es por cierto conveniente a la utilidad de los particulares como de la comunidad”.

Perdón por la longitud de la cita pero la misma me parece trascendente al momento en que vivimos. León XIII no solo acepta el realismo del origen de la desigualdad, sino que al mismo tiempo ha aceptado el rol de la mano invisible tal como la describiera Adam Smith: “El individuo persiguiendo su propio interés frecuentemente promueve el de la sociedad más efectivamente que cuando el realmente intenta promoverlo”: Ya debiéramos haber aprendido que en la actualidad la desigualdad económica, se ha convertido en la mayor excusa moral para lograr la desigualdad política. Es decir el poder político absoluto para violar el derecho del hombre a la búsqueda de su propia felicidad. Ese principio fundamental de la libertad tal como lo expusiera John Locke. Consecuentemente viola el derecho de propiedad y crea la riqueza de la nueva clase-Chávez; Los Castro et al. y mayor pobreza en la sociedad.

Ya Alberdi se había percatado de esta realidad y al respecto escribió: “El egoísmo bien entendido de los ciudadanos, es solo un vicio para el egoísmo de los gobiernos que forman los estados”. Me atrevo a decir que fue en función de ese criterio que el principio del derecho del hombre a la búsqueda de su felicidad fuera reconocido subliminalmente el artículo 19 de la Constitución Nacional que dice:

Art 19. Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y la moral pública, ni perjudiquen a tercero, están solo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados. Ningún habitante de la Nación está obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohíbe”. Así surge la importancia del poder judicial para determinar que es la ley, y no se violen los derechos que garantiza la Constitución. Al respecto igualmente Alberdi dice: “La constitución debe dar garantías de que sus leyes orgánicas no serán excepciones derogatorias de los grandes principios consagrados por ella”. En los tiempos en que no se violaba la Constitución, la Argentina competía por los primeros lugares del mundo. Me atrevería a considerar que si el referéndum de las Malvinas hubiese sido hecho durante la presidencia de Roca Pellegrini et al, los kelpers habrían preferido ser argentinos. Pero llegó Perón en la búsqueda de la igualdad, desconociendo el derecho a la búsqueda de la felicidad, y a los hechos me remito.

 Me pregunto entonces hasta cuándo vamos a seguir creyendo que el capitalismo es un sistema económico, producto del mercado, e ignorar que la economía es el resultado de un sistema político basado en una concepción antropológica y ética, e implementada vía un sistema jurídico basado en la Constitución. Es decir el Rule of Law. Los supuestos son la inmutabilidad de la naturaleza humana, el derecho a la búsqueda de la felicidad, la mano invisible y la necesidad de limitar el poder político a través de la separación de los poderes. Y en última instancia el rol fundamental del poder judicial para determinar qué es la ley y no se violen los derechos individuales que garantiza la Constitución.

Armando P. Ribas, se graduó en Derecho en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, en La Habana. Obtuvo un master en Derecho Comparado en la Southern Methodist University en Dallas, Texas. Es abogado, profesor de Filosofía Política, periodista, escritor e investigador y profesor en ESEADE.

 

Alfred l’Écoutant y el capitalismo

Por Carlos Rodríguez Braun. Publicado el 6/1/13 en http://www.libremercado.com/2013-01-06/carlos-rodriguez-braun-alfred-lecoutant-y-el-capitalismo-66960/

 Una muestra más del desconcierto que afecta a los jerarcas del PSOE la dio Alfred l’Écoutant cuando se definió como “anticapitalista radical”. Esperanza Aguirre lo criticó en ABC y el líder socialista publicó esta joya: “los socialdemócratas siempre hemos respetado el capitalismo productivo, el que crea puestos de trabajo y genera riqueza. Lamentablemente, la crisis actual la ha provocado otro tipo de capitalismo, quizá el que quiere defender la señora Aguirre: el capitalismo especulativo, que no crea riqueza más que para unos pocos, y tampoco crea puestos de trabajo, sino que los destruye. Me declaré contrario al capitalismo de casino, al que exige la supresión de controles para poder hacer de las suyas, al que estafa a honrados ciudadanos”.

La distinción entre lo productivo y lo improductivo, y la identificación de lo primero con lo tangible, fue muy popular entre los economistas de los siglos XVIII y XIX. Desde entonces ha quedado relegada a la demagogia política, que la ha convertido en aún más disparatada. No hay, en efecto, manera de hilvanar lógicamente una definición precisa de capitalismo productivo más allá de la burda estratagema de recurrir a sus resultados positivos. Es como cuando los comunistas dicen que los millones de asesinatos los cometió el “estalinismo”, de forma tal que si un comunista es malo, es estalinista, lo que supuestamente quiere decir que no es comunista. Algo parecido hace Alfred l’Écoutant al decir que el capitalismo bueno es el que crea empleo, o sea: el capitalismo bueno es el capitalismo bueno, y así podríamos seguir indefinidamente, porque es un camino que no conduce a ninguna parte. Si lo que quiso decir es la explicación clásica de que sólo es productivo lo tangible, es un disparate, porque los servicios, que no son tangibles, pueden ser productivos, desde la opinión de un consultor hasta el crédito de un banco, pasando por cualquier suerte de intermediación.

Alegar que la crisis ha sido ocasionada por otro capitalismo, obviamente privado, que no produce cosas físicas sino “especulación”, es otro error, porque la especulación (entendida como inversión excesiva y equivocada) fue promovida por entidades públicas, los bancos centrales, y se tradujo en cosas tan físicas como fábricas, aeropuertos, o torres de pisos. La crisis se produce a raíz de la política que gobierna el dinero y las finanzas, que, al revés de lo que desbarra el ilustre socialista, no sólo sí tienen controles sino que son de las actividades más controladas. Que pruebe él a montar un banco y verá dónde queda ese delirio de “la supresión de controles”. En cuanto a las estafas, todas han de ser perseguidas por la ley, pero sospecho que Alfred no quiso referirse a los políticos, que han estafado, mentido y usurpado crecientes porcentajes de los bienes de sus súbditos.

La noción de que algunos mercados son malvados “casinos” tiene también larga tradición entre las falacias económicas. Es patente que no son casinos, porque la característica esencial del casino es que la probabilidad de ganar o perder es conocida de antemano por los jugadores. Ningún mercado es así. El capitalismo de casino simplemente no existe.

Por último, la alusión a que Esperanza Aguirre tiene oscuros intereses que “quizá quiere defender”, demuestra que los prebostes de la izquierda son capaces de reunir en un párrafo todos los tópicos, los entrañables y también los siniestros.

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.