El héroe de nuestra época: Edward Snowden

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 3/1/18 en:

 

Como tantas veces he consignado, no me gusta la expresión “héroe” porque está manchada de patrioterismo y atribuida generalmente a personas que en realidad han puesto palos en la rueda en las vidas de su prójimo. Por otra parte, Juan Bautista Alberdi escribió en su autobiografía que “la patria es una palabra de guerra, no de libertad” puesto que hay otras formas de expresarse menos pastosas para referirse al terruño de los padres. Fernando Savater también aclara el tema en su libro Contra las patrias.

El manoseo creciente de las palabras héroe y patria ha hecho que se desfiguren y trastoquen. La mayor parte de la gente relaciona esas expresiones con políticos y militares que en general han manipulado vidas y haciendas ajenas. La corrección a esta última interpretación proviene de una larga tradición que descubrí comienza de manera sistemática con el decimonónico Herbert Spencer en su libro titulado El exceso de legislación.

Los usos reiterados del héroe y la patria afloran en obras que encierran el germen de la destrucción de las libertades individuales como el “superhombre” y “la voluntad de poder” de Nietzsche o la noción totalitaria del “héroe” en Thomas Carlyle tan bien descripta por Jorge Luis Borges.

Difícil resulta concebir una visión más cavernaria, de más baja estofa, de mayor renunciamiento a la condición humana y de mayor énfasis y vehemencia para que se aniquile y disuelva la propia personalidad en manos de forajidos, energúmenos y megalómanos que, azuzados por poderes omnímodos, se arrogan la facultad de manejar lo ajeno, siempre en el contexto de cánticos sobre patriotas y héroes.

Habiendo dicho lo anterior, en esta nota con que abro el 2018 resalto la figura de un verdadero héroe alejado del sentido habitual para, en cambio, referirse al logro de hazañas extraordinarias en pos de la libertad y el respeto a los derechos del hombre. Se trata de Edward SnowdenRon Paul, el dirigente político estadounidense más liberal en el sentido clásico del término y tres veces candidato a la presidencia señaló en Fox Business que “Snowden es un héroe” y el Juez Andrew Napolitano en el programa televisivo Studio B también de Fox afirmó enfáticamente que “Edward Snowden es un héroe que pone al descubierto la trama infame de espionajes que vulneran nuestros valores y los principios de la Constitución” y concluyó que “los gobernantes que permiten semejantes políticas no merecen el cargo”.

He escrito antes sobre este tema a raíz del caso Assange pero hay otros aspectos a considerar en este nuevo episodio de espionaje puesto al descubierto por Snowden que fue realizado sin orden de juez competente y sin sustento en lugar de ajustarse a las advertencias de la cuarta enmienda de la Carta Magna estadounidense. En primer lugar, lo público no es privado especialmente en sociedades que se precian de contar con sistemas transparentes y que los actos de gobierno deben estar en conocimiento de los gobernados quienes se dice son los mandantes. Lo dicho no significa que en muy específicas circunstancias y de modo transitorio y provisional los gobiernos pueden mantener reserva sobre ciertos acontecimientos (como, por ejemplo, un plan de defensa que no debería divulgarse antes de su ejecución). En todo caso, la reserva mencionada es responsabilidad de quienes estiman debe mantenerse reservada la información correspondiente. En ningún caso puede imputarse a la función periodística la difusión de datos e informaciones una vez que estas llegan a las redacciones y, en el caso Snowden, tampoco puede imputársele delito cuando la fechoría fue llevada a cabo por el propio gobierno.

Viene a continuación otro asunto directamente vinculado con lo que analizamos y es el contrato de confidencialidad sea en el área privada o pública. Si un empleado de una empresa comercial asume el compromiso de no divulgar cierta información, no lo puede hacer. Lo contrario implica lesionar los derechos de la otra parte en el referido convenio. Idéntico razonamiento es del todo aplicable para el sector gubernamental. Cuando en los años cincuenta funcionarios gubernamentales estadounidenses (dicho sea de paso, pertenecientes al Departamento de Estado) se comprometían a ser leales con su país y, simultáneamente, le pasaban información confidencial a los rusos, incumplían con sus deberes elementales.

Pero, el contrato de confidencialidad ¿tendría vigencia si uno se entera que la están por asesinar a su madre? ¿Son válidos los contratos contrarios al derecho? En el caso de Snowden, se trató de divulgar información sobre el ataque sistemático a la privacidad de ciudadanos pacíficos puesto que el Gran Hermano trasmite inseguridad además de arrancar la libertad y la protección elemental a los derechos individuales.

Cuando Snowden se comprometió a guardar secreto al ser contratado no tenía idea de los atropellos brutales a la privacidad de ciudadanos pacíficos que sus jefes perpetrarían en forma sistemática. La Constitución está por encima de toda norma, no puede alegarse derecho contra el derecho. Finalmente privó en la conciencia de Snowden, principios en gran medida influidos por algunas lecturas como autodidacta, por ejemplo, por La rebelión de Atlas de Ayn Rand tal como se pone en evidencia en la producción cinematográfica de Oliver Stone al tiempo que allí se expresa que todo el espionaje se debe al ansia de control gubernamental ya que “el terrorismo es solo la excusa”.

En todo caso, la denuncia de la invasión a la privacidad y la difusión de los documentos expuestos hace más clara aun la sentencia de Hannah Arendt en el sentido de que “Nadie ha puesto en duda que la verdad y la política están más bien en malos términos y nadie, que yo sepa, ha contado la veracidad entre las virtudes políticas”. Los llamados “secretos de estado” (y escribo estado con minúscula porque de lo contrario debería escribir individuo con mayúscula que es más apropiado), en la inmensa mayoría de los casos son para ocultar las fechorías de gobernantes inescrupulosos, lo cual viene ocurriendo desde Richelieu, Metternich, Talleyrand y Bismarck, prácticas que revirtió categóricamente Estados Unidos pero que, de un tiempo a esta parte, ha retomado costumbres insalubres de otras latitudes.

La encrucijada en la que se encuentra Edward Snowden es el resultado de la cobardía moral de todos los gobiernos a los que solicitó asilo desde su reducto en Hong Kong, requerimiento que fue denegado una y otra vez por temor a represalias de Estados Unidos o por convencimiento de que es lícito interferir en las comunicaciones telefónicas privadas y en los correos electrónicos también privados sin la expresa orden del juez de la causa. Lo último en lo que insistió antes de su actual paradero fue la posibilidad de exiliarse en Islandia para lo que un empresario privado había puesto a su disposición su avión para el traslado correspondiente en caso de accederse al pedido de asilo, lo cual, como queda dicho, no ocurrió. Paradójicamente y por la ojeriza del gobierno gangsteril de Putin para con Estados Unidos, Rusia finalmente le concedió cobijo.

Glenn Beck en su programa de televisión The Blaze también sostuvo que Edward Snowden “es un héroe” que hay que proteger contra las acciones criminales de energúmenos enquistados en Washington que traicionan los valores expuestos por los Padres Fundadores y que, por este camino, afirma el conductor, ciertos megalómanos con rostros demócratas terminarán con las libertades individuales.

En su libro Constitutional Chaos el antes mencionado Juez Napolitano concluye que es gravísimo lo que viene ocurriendo en Estados Unidos, donde el gobierno puede confiscar y encarcelar sin el debido proceso y espiar la correspondencia privada y escuchar conversaciones de inocentes sin intervención de la Justicia. Es por esto que Osama Bin Laden ha consignado que el triunfo de su ideología “inexorablemente tendrá lugar merced a la guerra antiterrorista por las restricciones a lo que en Occidente se denomina libertad” (citado por Michael Tanner).

Algunos trogloditas del Partido Republicano de la línea G.W. Bush siempre se mostraron indignados con Snowden, del mismo modo que defienden la emboscada inaceptable y repugnante de Guantánamo y suscriben la “preventiva” invasión militar por doquier. Es de esperar que finalmente prime la cordura y la mejor tradición del american way of life que hizo a esa nación el refugio de la libertad y el respeto recíproco y se abandonen procedimientos dignos del atropello terrorista.

Mike Stein lo entrevistó en KWAM 900 al profesor Mark Thornston sobre el tema que nos ocupa quien manifestó que “Snowden es un patriota que hizo lo correcto frente a la inmoralidad del espionaje” y que “esto es un balde de agua fría para la economía ya que la consiguiente inseguridad hará que muchas empresas, especialmente las tecnológicas, se muden a países más seguros”.

Nick Gillespie, de Reason TV, lo entrevistó vía teleconferencia a Snowden quien resaltó su espíritu antiautoritario y subrayó que siempre estará “del lado de la libertad” por lo que criticó a quienes consideran que “le deben lealtad al Estado” y aludió a la nula “dimensión moral” de sus circunstanciales contratantes gubernamentales.

La encrucijada que presento en esta nota es sobre un prófugo que difundió para bien de la humanidad más de doscientos documentos reservados que ponen al descubierto las tropelías de un Leviatán desbocado, una persona convertida en un paria puesto que la administración de Obama le canceló el pasaporte a Snowden. Estamos advertidos, no vaya a ser que lo escrito en 1952 por Taylor Caldwell como ficción en su The Devil´s Advocate se convierta en realidad respecto a que el gobierno estadounidense mute en un estado totalitario.

Tal como escribe Glenn Greenwald en su libro Snowden. Sin un lugar donde esconderse se trata de “los peligros de los secretos gubernamentales y la vulneración de las libertades civiles en nombre de la guerra contra el terrorismo” en cuyo contexto lo cita al propio Snowden: “fue entonces cuando comencé a ver realmente lo fácil que es separar el poder de la rendición de cuentas, y que cuanto más altos son los niveles de poder, menor es la supervisión y la obligación de asumir responsabilidades”.

Como bien ha declarado Snowden en un célebre reportaje para The New York Magazine habitualmente reproducido al cierre de la mencionada producción cinematográfica del controvertido Oliver Stone: “mi vida cambió para bien puesto que puedo ahora decir no lo que voy a hacer en el futuro sino lo que con orgullo hice en el pasado”…y somos muchos los que adherimos a esta conclusión con la frente alta por haberse denunciado al gobierno más poderoso del planeta por atropellar valores muy caros a la civilización.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es Asesor del Institute of Economic Affairs de Londres

EDWARD SNOWDEN EN LA ENCRUCIJADA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

El dirigente político estadounidense más liberal en el sentido clásico del término y dos veces candidato a la presidencia Ron Paul acaba de señalar en Fox Business el 11 de junio del corriente año que “Vivimos malos tiempos en el que los ciudadanos americanos [norteamericanos] no tienen derechos y pueden ser muertos. El caballero [Edward Snowden] está tratando de decir la verdad de lo que sucede” y más adelante subrayó que “No concibo ni por un minuto que sea un traidor [Edward Snowden]. Todos están preocupados sobre como lo condenarán por traidor y como lo matarán. Pero ¿qué decimos sobre los que destruyen nuestra Constitución? ¿que pensamos sobre las personas que asesinan a ciudadanos americanos [norteamericanos] sin juicio y asumen que esa es la ley de la nación? Es allí donde radica nuestro problema”.

 Y el Juez Andrew Napolitano en el programa televisivo Studio B el mismo día afirmó enfáticamente que “Edward Snowden es un héroe que pone al descubierto la trama infame de espionajes que vulneran nuestros valores y los principios de la Constitución” y concluyó que “los gobernantes que permiten semejantes políticas no merecen el cargo”, lo cual es apoyado también por muchos destacados miembros del Partido Demócrata quienes acaban de generar un feroz abucheo a la líder de la minoría en el Congreso Nancy Pelosi en National Netroots Political Conference en San José (California) el 23 de junio cuando pretendió apoyar las trapisondas de Obama en materia de seguridad.

 He escrito antes sobre este tema a raíz del caso Assange que es del caso reiterar.  En este nuevo episodio de espionaje sin orden de juez competente y sin un sustento claro puesto de manifiesto tal como indica la cuarta enmienda de la Carta Magna estadounidense, hay varios aspectos delicados a considerar. En primer lugar, lo público no es privado especialmente en sociedades que se precian de contar con sistemas transparentes y que los actos de  gobierno deben estar en conocimiento de los gobernados quienes se dice son los mandantes. Lo dicho no significa que en muy específicas circunstancias y de modo transitorio y provisional los gobiernos pueden mantener reserva sobre ciertos acontecimientos (como, por ejemplo, un plan de defensa que no debería divulgarse antes de su ejecución). En todo caso, la reserva mencionada es responsabilidad de quienes estiman debe mantenerse reservada la información correspondiente. En ningún caso puede imputarse a la función periodística la difusión de datos e informaciones una vez que estas llegan a las redacciones.

 Viene a continuación otro asunto directamente vinculado con lo que analizamos y es el contrato de confidencialidad sea en el área privada o pública. Si un empleado de una empresa comercial asume el compromiso de no divulgar cierta información, no lo puede hacer. Lo contrario implica lesionar los derechos de la otra parte en el referido convenio. Idéntico razonamiento es del todo aplicable para el sector gubernamental. Cuando en los años cincuenta funcionarios gubernamentales estadounidenses (dicho sea de paso, pertenecientes al Departamento de Estado) se comprometían a ser leales con su país y, simultáneamente, le pasaban información confidencial a los rusos, incumplían con sus deberes elementales.

Pero, el contrato de confidencialidad ¿tendría vigencia si uno se entera que la están por asesinar a su madre? ¿Son válidos los contratos contrarios al derecho? En el caso de Snowden, se trata de divulgar información sobre el ataque sistemático a la privacidad de ciudadanos pacíficos lo cual es permitido por legislaciones inconstitucionales como la aberrante “Patriot Act” en la que nuevamente se desconoce la célebre sentencia de Benjamin Franklin en cuanto a que “Aquellos que renuncian a libertades esenciales para obtener seguridad temporaria, no merecen ni la libertad ni la seguridad” puesto que el Gran Hermano trasmite inseguridad además de arrancar la libertad y la protección elemental a los derechos individuales.

Supongamos incluso que Snowden sabía de antemano -cuando se comprometió a guardar secreto- que se vulnerarían los derechos de ciudadanos inocentes y luego se arrepintió de haber incurrido en ese traspié, en este supuesto caso tampoco es condenable del hecho si quien juzga comprende que no puede alegarse derecho contra el derecho y, asimismo, adhiere a los valores y principios reiterados por los Padres Fundadores (tema sobre el cual me explayo en mi libro Estados Unidos contra Estados Unidos).

 Aunque no es la misma situación, es de interés recordar el caso de lo que se ha dado en denominar en la jerga periodística como “los Papeles del Pentágono” cuyos documentos del Departamento de Defensa de Estados Unidos fueron fotocopiados por Daniel Ellsberg con la ayuda de Anthony Russo y entregados primero a The New York Times y luego a The Washington Post que los publicaron en 1971, medios que alegando la Primera Enmienda de la libertad de prensa naturalmente no sufrieron ninguna sanción y los dos fotocopiadores clandestinos mencionados fueron sobreseídos por el Juez Federal William M. Bryne en 1973. Dichos documentos probaron gruesas y reiteradas  mentiras, patrañas y falsificaciones pavorosas de la administración de Lyndon Johnson sobre la guerra de Vietnam.

 En todo caso, considero de utilidad la difusión de los documentos expuestos para que resulte más claro aún lo escrito por  Hannah Arendt en el sentido de que “Nadie ha puesto en duda que la verdad y la política están más bien en malos términos y nadie, que yo sepa, ha contado la veracidad entre las virtudes políticas”. Los llamado “secretos de estado” (y escribo estado con minúscula porque de lo contrario debería escribir individuo con mayúscula que es más apropiado), en la inmensa mayoría de los casos son para ocultar las fechorías de gobernantes inescrupulosos, lo cual viene ocurriendo desde Richelieu, Metternich, Talleyrand y Bismarck, prácticas que revirtió categóricamente Estados Unidos pero que, de un tiempo a esta parte, ha retomado costumbres insalubres de otras latitudes.

 Ahora bien, no conozco la filosofía de Snowden solo sé que como es de dominio público dice defender los derechos de los norteamericanos que están siendo impune y sistemáticamente violados, pero no estimo relevantes las ideas de esta persona, lo crucial es que expuso públicamente un programa para que el Leviatán atropelle derechos de las personas. Incluso aun suponiendo que fuera comunista, la denuncia es cierta y sumamente peligrosa para el futuro de Estados Unidos y el mundo libre.

 La encrucijada en la que se encuentra Edward Snowden es que ha solicitado asilo en diversos países occidentales desde su reducto en Hong Kong, requerimiento que ha sido denegado una y otra vez por temor a represalias de Estados Unidos o por convencimiento de que es lícito interferir en las comunicaciones telefónicas privadas y en los correos electrónicos también privados sin la expresa orden del juez de la causa. Lo último en lo que insistió fue la posibilidad de exiliarse en Islandia para lo que un empresario privado había puesto a su disposición su avión para el traslado correspondiente en caso de accederse al pedido de marras, lo cual, como queda dicho, no ocurrió.

 Como es del conocimiento público el gobierno ruso facilita su eventual traslado desde ese país a Ecuador (situación no definida al cierre de esta columna). Estuvo considerando la posibilidad de viajar a Cuba como escala intermedia, gran paradoja puesto que se trata del Gulag que espía a todos sus habitantes a quienes se encarcela si se descubre que hay desacuerdos con los sátrapas de la isla-cárcel. El posible desembarco en Quito será otra paradoja ya que en ese país el gobierno persigue de modo implacable la poca libertad de prensa que aún queda (se acaba de promulgar la ley mordaza llamada “ley orgánica de comunicación”), además de conculcar otros derechos de la gente tal como ha explicado con tanta lucidez Gabriela Calderón. Funcionarios norteamericanos de alto rango le han trasmitido a Rafael Correa que si concreta el asilo, entre otras cosas, verá bloqueado al mercado estadounidense el ingreso de productos ecuatorianos como fruta, pescado y flores, todo lo cual agravaría la situación después que el enviado de Estados Unidos (Heather Hodges) fuera expulsado de Ecuador en abril de 2011, después de que Wikileaks puso en evidencia denuncias de ese enviado sobre corrupción de autoridades radicadas en Quito. También el patán venezolano que habla con los pajaritos espetó podría ofrecer asilo.

 Por las informaciones que nos llegan, conjeturamos que el ex funcionario norteamericano que ahora filtró alguna información reservada y se propone expandir su oferta al público ha debido recurrir a asesores legales de dudosa reputación pues otros profesionales tienden a excusarse frente a posibles consecuencias de enemistarse con burócratas estadounidenses. Independientemente de su postura intelectual y sus conductas personales, situación parecida sucede con el referido Assange que se encuentra asilado en Londres en la embajada de Ecuador.

 Si Snowden es comunista, filocomunista o un estatista consumado estará cómodo en su nuevo destino, si no es el caso vislumbrará un futuro incierto e incómodo, pero ¿cual sería la salida si alguno de nosotros tuviera el coraje de denunciar públicamente lo dicho? ¿someternos a la cacería monstruosa de los servicios de inteligencia estadounidenses y sus fuerzas parapoliciales con un final trágico o acceder a un refugio transitorio cuyo jefe lo hace como venganza a todo lo bueno que significa Estados Unidos?

 Glenn Beck en su programa de televisión The Blaze también acaba de sostener que Edward Snowden “es un héroe” que hay que proteger contra las acciones criminales de energúmenos enquistados en Washington que traicionan los valores expuestos por los Padres Fundadores y que, por este camino, afirma el conductor, ciertos megalómanos con rostros demócratas terminarán con las libertades individuales.

 En su libro Constitutional Chaos el antes mencionado Juez Andrew Napolitano concluye que es gravísimo lo que viene ocurriendo en Estados Unidos, donde el gobierno puede confiscar y encarcelar sin  el debido proceso y espiar la correspondencia privada y escuchar conversaciones de inocentes sin intervención de la Justicia. Es por esto que Osama Bin Laden ha consignado que el triunfo de su ideología “inexorablemente tendrá lugar merced a la guerra antiterrorista por las restricciones a lo que en Occidente se denomina libertad” (citado por Ivan Eland en The Empire has no Clothes. US Foregin Policy Exposed).

 Algunos trogloditas del Partido Republicano de la línea G.W. Bush están furiosos con Snowden, del mismo modo que defienden la emboscada inaceptable y repugnante de Guantánamo y suscriben la “preventiva” invasión militar por doquier. Es de esperar que prime la cordura y la mejor tradición del american way of life que hizo a esa nación el refugio de la libertad y el respeto recíproco y se abandonen procedimientos dignos del atropello terrorista (en “La Nación” de Buenos Aires me detuve en la crítica a métodos incompatibles con una sociedad abierta: “Para que sirven los servicios de inteligencia”, agosto 4 de 2006, donde distingo información de alarmante entrometimiento).

El 19 del corriente mes de junio Mike Stein lo entrevistó en KWAM 900 AM al profesor Mark Thornston sobre el tema que nos ocupa quien manifestó que “Snowden es un patriota que hizo lo correcto frente a la inmoralidad del espionaje” y que “esto es un balde de agua fría para la economía ya que la consiguiente inseguridad hará que muchas empresas, especialmente las tecnológicas, se muden a países más seguros”.

Con esta situación nos retrotraemos a las cavernas, en el segundo tomo de Historia de la vida privada compilada por Philippe Ariés y Georges Duby se lee que “los Medicis llegan a vigilar la correspondencia privada” también alegando seguridad del Estado. Muchas veces no se otorga el suficiente peso a este espionaje hasta que se pone en evidencia que personeros del aparato estatal concretamente estuvieron escuchando algunas de nuestras personales e íntimas conversaciones telefónicas o interfiriendo en nuestros correos electrónicos privados, en ese momento dejamos de mirar el tema como algo abstracto y lejano y nos invade el temor por las garras del Gran Hermano.

He aquí entonces la encrucijada que presento en esta nota para un prófugo que posee más de doscientos documentos reservados que ponen al descubierto las tropelías de un Leviatán desbocado, una persona convertida en un paria puesto que la administración de Obama acaba de cancelarle el pasaporte, no vaya a ser que lo escrito en 1952 por Taylor Caldwell como ficción en su The Devil´s  Advocate se convierta en realidad: “Siempre había una guerra. Siempre había un enemigo en alguna parte del mundo que había que aplastar […] Denle guerra a un nación y estará contenta de renunciar al sentimiento de libertad […] En los días en que América [del Norte] era una nación libre, sus padres deben haberles enseñado la larga tradición de libertad y orgullo en su país. Sus profesores tienen que haberles enseñado, y sus pastores, sus rabinos y sus sacerdotes. La bandera, en un momento, debe haber significado algo para ellos. La Constitución de los Estados Unidos, la Declaración de la Independencia: seguramente habría entre ellos quienes recordarán. ¿Por qué entonces permitieron que la Constitución se pusiera fuera de la ley? ¿Por qué desviaron sus miradas cuando sus artículos, uno por uno, fueron devorados por las ratas? ¿No hubo una sola hora en la que se sublevaron como hombres en sus corazones y levantaran la voz en protesta? […] Todo empezó tan casualmente, tan fácil y tantas palabras grandilocuentes. Comenzó con el uso odioso de la palabra `seguridad ` […] ¿Por qué han estado tan ansiosos de creer que cualquier gobierno resolvería los problemas por ellos, los cuales habían sido resueltos una y otra vez tan orgullosamente por sus padres?”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.