BASTIAT, UN ECONOMISTA ACTUAL

Por Alberto Benegas Lynch (h)

A pesar de ser decimonónico, debido al contenido de sus escritos y conferencias es de una notable actualidad. La primera publicación de las obras completas de Frédéric Bastiat fue editada por Paul Paillottet y René V. Fontenay en París, en 1854. Sus libros y sus numerosos ensayos fueron objeto de sucesivas ediciones, la última de las cuales fue realizada en 1980 por la Universidad de París. En 1858 Francisco Pérez Romero tradujo por primera vez al español una de las obras de Bastiat.
Recién en 1964, en Estados Unidos, la editorial Van Nostrand de Princeton tradujo al inglés buena parte de sus obras, a partir de lo cual siguieron traducciones al italiano, al alemán y al chino.

La primera obra traducida al inglés incluye una introducción del premio Nobel en economía Friedrich A. von Hayek. Dicha obra se titula Selected Essays on Political Economy y en la introducción, entre otras cosas, Hayek dice lo siguiente: “Bastiat esgrimió argumentos contra las falacias más importantes de su tiempo… ninguna de estas ideas ha perdido influencia en nuestro tiempo. La única diferencia es que Bastiat, al discutirlas, estaba completamente del lado de los economistas profesionales y en contra de creencias populares explotadas por intereses creados, mientras que, propuestas similares, hoy, son propagadas por algunas escuelas de economistas y envueltas en un lenguaje ininteligible para el hombre común”.

La característica central de todos los escritos de Bastiat es su sencillez, su lenguaje directo y, al mismo tiempo, la notable fuerza de sus razonamientos. No pocos son los economistas profesionales que consideran que un trabajo serio debe incluir terminología estrafalaria, confusa y con asombrosa profusión de fórmulas matemáticas. En este sentido, Wilhelm Roepke dice en su obra Más allá de la oferta y la demanda que “Cuando uno trata de leer una revista económica de nuestros días, uno se pregunta si no estará en realidad leyendo una revista académica sobre química o hidráulica. Es tiempo de que hagamos un análisis crítico sobre estos temas. La economía no es una ciencia natural; es una ciencia moral y como tal se vincula al hombre como un ser espiritual y moral”. También Popper se refiere a los lenguajes oscuros pretendidamente científicos: “Cualquiera que no sepa expresarse de forma sencilla y con claridad no debería decir nada y seguir trabajando hasta que pudiera hacerlo” (En busca de un mundo mejor).

Charles Gide y Charles Rist en el primer tomo de su Historia de las doctrinas económicas se refieren elogiosamente a la trayectoria de Bastiat quien después de estudiar economía publicó en el Journal des Economistes editado por el prolífico Gustave de Molinari y estableció la Asociación de Librecambio en Bordeaux en 1841 y, poco después, en París, la Asociación Nacional del Librecambio a imitación de la Liga de Manchester fundada por su amigo Richard Cobden. Influyó decisivamente en los acontecimientos de su país y, en Italia, a través de Francesco Ferrara, profesor de la Universidad de Turín; Tulio Martello, profesor de la Universidad de Bolonia y el célebre Maffeo Pantaleoni. En Suecia, Johan August Gripenstedit fue discípulo de Bastiat (profesor de la Universidad de Lud y posteriormente fundador de la Sociedad de Economía en Estocolmo). También en Suecia fueron sus discípulos Axel Pennich y Karl Waern. Incluso en Prusia tuvo una fuerte influencia a través de John P. Smith, hijo de ingleses y profesor de historia económica de la Universidad de Göttingen.

En la aludida historia de Gide y Rist se apunta que, a pesar de los trabajos que escribieron autores socialistas como Proudhon y Lassalle en contra de Bastiat, “su mesura, su buen sentido, su claridad, dejan una impresión inolvidable; y no sé si aún hoy, sus Armonías económicas no es el mejor libro que pueda recomendarse al joven que por primera vez emprende el estudio de la economía política”.

Por su parte, John Elliot Cairnes -el economista irlandés, profesor en la Universidad de Londres y autor de El carácter y el método lógico de la economía política– escribió sobre Bastiat un ensayo (recopilado en The Development of Economic Thought: Great Economists in Perspective de Henry W. Spiegel, ed.). Este ensayo es un estudio crítico de aspectos epistemológicos en los trabajos de Bastiat. Crítica en gran medida justificada pero debemos tener presente que el economista francés escribió antes de Carl Menger y mucho antes que Ludwig von Mises. De todos modos Cairnes escribe: “El nombre de Bastiat es de todos los economistas franceses, tal vez, el más familiar en este país [Inglaterra…] y ha sido afortunado de encontrar excelentes traductores de sus obras principales”.

Tengamos en cuenta que el primer ensayo de Bastiat fue publicado en 1844 y murió de tuberculosis en 1850. En sólo seis años produjo una obra asombrosamente amplia. En el trabajo mencionado Cairnes pondera un discurso de Bastiat titulado “Los productores de velas” donde con ironía aconseja que los gobernantes promulguen una disposición por la que se obliguen a tapiar de día las ventanas de toda la población “para proteger a los productores de velas de la competencia desleal del sol”.

En 1959 Dean Russell se doctoró en la Universidad de Ginebra con una tesis titulada Frédéric Bastiat: Ideas and Influences donde en las primeras líneas del capítulo primero transcribe la siguiente cita de Bastiat “El estado es aquella gran ficción por la que todos tratan de vivir a expensas del resto”. La tesis, originalmente escrita en francés, se tradujo al año siguiente al inglés y tuvo una amplia acogida y despertó gran curiosidad entre economistas estadounidenses lo cual, finalmente, despertó el interés para comenzar la antes referida traducción de sus obras en aquel idioma. Leonard E. Read -entonces presidente de la Foundation for Economic Education de New York- ha escrito respecto de Bastiat: “Creo que Bastiat es en realidad un contemporáneo porque, de hecho vive entre nosotros. Los frutos de su mente tan fértil son mejor conocidos hoy en los Estados Unidos por más gente incluso que en la época que escribió sus obras”. George Charles Roche escribió en 1971 un libro titulado Frédéric Bastiat, A Man Alone donde dibuja un mapa intelectual muy ajustado a la época y a la atmósfera en que actuó Bastiat y a su coraje para defender sus convicciones liberales.

En su ensayo titulado “Lo que se ve y lo que no se ve” explica uno de los puntos centrales del análisis económico cual es la capacidad de poner en contexto los efectos de las medidas adoptadas. Allí efectúa un pormenorizado análisis de la importancia para el economista de prestar debida atención a los efectos visibles y los que quedan en la trastienda así como lo resultados inmediatos y los mediatos.
Escribe que se suele sostener que si el estado no interviene a través de impuestos para destinar recursos a las actividades religiosas la gente practicará el ateísmo. Si no interviene para subsidiar alguna rama de la industria, esto quiere decir que se es enemigo de la industrialización. Se piensa que si el estado no subsidia a los artistas quiere decir que se patrocina la barbarie y así sucesivamente.

 

La editorial Simon & Schuster publicó en 1997 The Libertarian Reader: Classic & Contemporary Writings From LauTzu to Milton Friedman de David Boaz donde se destaca especialmente la obra más conocida de Bastiat, La Ley en donde el autor se detiene a desarrollar conceptos básicos de los marcos institucionales como puntos de referencia par los procesos de mercado y, asimismo, destaca los daños del positivismo jurídico y la necesidad de prestar atención a los mojones extramuros de la la ley promulgada por el legislador. Más adelante explica que existe la expoliación extra legal y la expoliación legal. Afirma que esta última resulta la más peligrosa porque se hace con el apoyo de la fuerza institucionalizada. Esta obra ha sido traducida a seis idiomas (fue traducida al español en 1958 por el Centro de Estudios sobre la Libertad de Buenos Aires y ahora hay una de Alianza Editorial de Madrid).

En su ensayo titulado “El balance comercial” nos relata una historia para ilustrar las confusiones que aparecen en relación con el tema. El cuento se refiere a un francés que compra vino en su país por valor de un millón de francos y lo transporta a Inglaterra donde lo vende por dos millones de francos con los que a su vez compra algodón que lleva de vuelta a Francia. Continúa el relato diciendo que otro comerciante francés compró vino por un millón de francos en su país y también lo transportó a Inglaterra pero pudo venderlo sólo por medio millón de francos en ese país, con lo que, según los burócratas de la aduana, el primero produjo un déficit en la balanza comercial mientras que el segundo contribuyó a mejorarla.

En su extenso trabajo titulado Acerca de la competencia Bastiat extiende la explicación de Adam Smith de “la mano invisible”. Explica como cada uno al buscar su interés personal va construyendo un orden que está más allá de las posibilidades de mentes individuales. Al mismo tiempo, en las transacciones libres y voluntarias cada uno obtiene beneficios, al contrario de lo que ocurre en sistemas de suma cero (para utilizar la terminología de la teoría de los juegos).
En su opúsculo titulado “Restricción al comercio internacional y desocupación tecnológica” Bastiat explica cómo la máquina y la adquisición de productos más baratos del exterior liberan trabajo humano para que sea aprovechado en áreas que hasta el momento resultaban inconcebibles debido, precisamente, a que estaba destinado a las tareas para las que se introducen nuevos productos y la nueva tecnología.

En enero de 1948 la Asamblea Nacional propuso un descuento provisorio en los salarios del medio por ciento con destino a sindicatos a lo que Bastiat y un grupo de colegas economistas se opusieron con vehemencia. No quiero pensar si vivieran en nuestra época en donde se acepta la inmoral figura de los “agentes de retención” que explotan a los trabajadores para que sindicalismos autoritarios puedan usufructuar de vergonzosos mercados cautivos que devienen en fortunas colosales y contar con escandalosos ingresos para las así llamadas “obras sociales”.

Bastiat resumió sus preocupaciones respecto del auge del nacionalismo en su breve paso por la Asamblea Nacional de su país del siguiente modo: “Si los bienes y servicios no pueden cruzar las fronteras, las cruzarán los ejércitos”. En resumen, como se ha visto, Bastiat es un economista de nuestra época. Constituye un buen ejemplo a seguir porque como se ha dicho “Debemos ser protagonistas de lo mejor y no espectadores de lo peor”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

AMENAZA A LA LIBERTAD DE PRENSA

Por Alberto Benegas Lynch (h). 

 

Ya hemos consignado que el gobierno de Donald Trump ha comenzado su gestión insultando a periodistas y echando algunos de conferencias de prensa de la Casa Blanca como si fuera dueño del lugar. En vez de señalar sus desacuerdos ha optado por sostener que son deshonestos y otros improperios . Ahora el gobierno anuncia que se está estudiando la posibilidad de citar a periodistas que hagan públicas informaciones que los gobernantes consideran  reservadas, lo cual contradice principios elementales de la libertad de prensa.

 

Dada la trascendencia del tema, nunca es suficiente insistir una y otra vez sobre la importancia de resguardar  lo que consigna el cuarto poder al efecto de hacer posible el debate abierto de ideas para avanzar en el conocimiento y limitar los abusos del poder. Jefferson sostenía que “frente a la alternativa de contar con un gobierno sin libertad de prensa y libertad de prensa sin gobierno, me inclino por los segundo”.

 

Hay autores que se pronuncian sobre diversos temas de interés general pero sus manifestaciones se reducen a un ámbito más o menos parroquial, sin embargo hay otros que emiten declaraciones, pronuncian conferencias o publican ensayos y sus palabras recorren casi instantáneamente el planeta. Este es el caso, por ejemplo, de Umberto Eco.

Son muchos los aspectos de gran interés que ha abordado Eco a través de su vida, pero destaco una conferencia en el Senado romano ante los miembros de ese cuerpo legislativo y directores de los periódicos más importantes de Italia sobre la función crítica del periodista. Este filósofo de la lengua apuntó que “La función del cuarto poder es, sin duda, la de controlar y criticar a los otros tres poderes” y también que “es garantía de salud para un país democrático que la prensa pueda cuestionarse a sí misma”.

A partir de esta premisa apuntada por Umberto Eco elaboraré en otras ocasiones sobre aspectos que estimo relevantes y que ahora vuelvo a resumir. Antes que nada es del caso subrayar que asistimos con alarma y gran preocupación al espectáculo lamentable en el que los dictadores electos y los de facto indefectiblemente la emprenden contra los medios y periodistas independientes, en verdad un pleonasmo ya que el “periodismo oficialista” deja de ser periodismo pero, dada la situación imperante, se hace necesario el adjetivo…a veces el antiperiodismo se autodenomina “periodismo militante”, una figura bochornosa pero que pone al descubierto la naturaleza vertical y militar del fenómeno.

La libertad de expresión es la manifestación de la libertad de pensamiento lo cual se torna indispensable para la vida del ser humano cuya característica sobresaliente es precisamente la de pensar y, consecuentemente, para el progreso puesto que éste se basa en un proceso evolutivo que demanda debates abiertos, todo lo cual solo tiene lugar en libertad. Esa es la razón por la  que las Constituciones de las sociedades abiertas le atribuyen primordial importancia a la libertad de prensa y por la que los megalómanos tanto le temen a las voces que difieren con el discurso oficial.

Habiendo dicho esto, conviene precisar que hay reparticiones gubernamentales que muchas veces se dan por sentadas en regímenes democráticos pero que llevan la semilla de la destrucción del sistema, léase las agencias de noticias oficiales que sientan las bases para la manipulación de las pautas publicitarias, propaganda gubernamental y otras tropelías. En una sociedad abierta la publicidad oficial se terceriza sin necesidad de contar con una repartición estatal y les está vedado a los gobernantes participar en nada que esté relacionado con la prensa, tal como empresas de papel, el establecimiento de medios estatales, el mantenimiento de figuras inquisitoriales como la del “desacato” o la asignación de frecuencias radiales y televisivas puesto que el espectro electromagnético es susceptible de asignarse en propiedad y así liberarse de la fatídica figura de la concesión que siempre significan una peligrosa espada de Damocles.

Sin duda que la libertad de expresión para nada deshecha la posibilidad de que la Justicia proceda con las penas que estime necesario si se han vulnerado derechos, pero esto en ningún caso admite la censura previa. Solo los totalitarios y los brutos morales (que son sinónimos) pueden patrocinar la clausura de debates abiertos sobre todos los temas concebibles.

La función primordial del periodismo es la crítica al poder para así contribuir a mantener en brete a lo que siempre está en potencia de convertirse el un Leviatán que todo lo aplasta y engulle a su paso. Como nada al alcance de los mortales es perfecto, es deber del periodismo hurgar, escudriñar y poner al descubierto lo que se estima son desvíos de los gobiernos de su misión específica de garantizar y proteger los derechos de todos, así como también cualquier noticia referida a otros ámbitos que se estime pertinente comentar .

Esta plena libertad incluye el debate de ideas con quienes implícita o explícitamente proponen modificar el sistema, de lo contrario se provocaría un peligroso efecto boomerang (la noción opuesta llevaría a la siguiente pregunta, por cierto inquietante ¿en que momento se debiera prohibir la difusión de las ideas comunistas de Platón, en el aula, en la plaza pública o cuando se incluye parcial o totalmente en una plataforma partidaria?). Las únicas defensas de la sociedad abierta radican en la educación y las normas que surgen del consiguiente aprendizaje y discusión de valores y principios.

De la libertad de expresión se sigue la de asociación y de petición que deben minimizar las tensiones que eventualmente generen batifondos extremos y altos decibeles que afectan los derechos del vecino, lo cual en un sistema abierto se resuelve a través de fallos en competencia como mecanismo de descubrimiento del derecho y no como ingeniería legislativa y diseño arrogante.

Otra cuestión también controversial se refiere a la financiación de las campañas políticas. En esta materia, se ha dicho y repetido que deben limitarse las entregas de fondos a candidatos y partidos puesto que esos recursos pueden apuntar a que se les “devuelva favores” por parte de los vencedores en la contienda electoral. Esto así está mal planteado, las limitaciones a esas cópulas hediondas entre ladrones de guante blanco mal llamados empresarios y el poder, deben eliminarse vía marcos institucionales civilizados que no faculten a los gobiernos a encarar actividades más allá de la protección a los derechos y el establecimiento de justicia. La referida limitación es una restricción solapada a la libertad de prensa, del mismo modo que lo sería si se restringiera la publicidad de bienes y servicios en diversos medios orales y escritos.

También viene muy al caso mencionar el muy difundido caso de quien grita “¡fuego!” en un teatro colmado de gente cuando en verdad no hay tal incendio. Habitualmente se esgrime este ejemplo para concluir que hay límites a la libertad de expresión. Esto así está mal concebido si no se precisa el tema contractual vinculado a los derechos de propiedad que subyacen. En otros términos, el dueño del teatro y los espectadores se han comprometido, uno a ofrecer la función respectiva y los otros a presenciarlas lo cual no autoriza a ninguna de las dos partes a gritar nada ni a ninguna otra cosa como no sea el cumplir con lo contratado. En cambio, si en realidad hubiera un incendio cualquiera de las partes puede expresar la alarma que protege las vidas de los contratantes. No se trata entonces de una limitación al derecho la falsa alarma sino una obligación a ceñirse a lo estipulado.

De más está decir que la libertad de investigación periodística no puede lesionar derechos (nadie lo puede hacer en una sociedad civilizada) lo cual implica respetar el derecho a la intimidad. Este derecho consagrado en todas las Constituciones liberales, fue explicitado de modo detallado en 1890 por Samuel Warren y Louis Brandeis en un ensayo titulado “The Right to Privacy” (Harvard Law Review) y más adelante el célebre libro de Vance Pakard que bajo el título de La sociedad desnuda alude a todos los mecanismos y tecnologías gubernamentales y privadas que pueden utilizarse como invasivas (rayos láser, potentes máquinas fotográficas, telescopios y eventualmente aparatos que puedan captar ondas sonoras de la voz a grandes distancias) y las preguntas insolentes, formularios improcedentes y regulaciones invasivas por parte del Leviatán. Por razones de seguridad, la instalación de cámaras televisivas deben ser anunciadas por el instalador para dar la posibilidad de no transitar o visitar los lugares así vigilados. Por su parte, las llamadas cámaras ocultas en la mayor parte de las normativas penales no se aceptan como pruebas de un delito al ser recabadas por medio de otro delito.

Tal como escribe Milán Kundera en La insoportable levedad del ser “la persona que pierde su intimidad, lo pierde todo”. El derecho a la privacidad significa el resguardo a lo más caro del individuo, como consigna Santos Cifuentes en El derecho a la vida privada, constituye una extensión del derecho de propiedad. En la sociedad abierta, el sentido básico de resguardar ese sagrado derecho está dirigido principalmente aunque no exclusivamente contra los gobiernos.

Las personas tienen el derecho a resguardar sus personas, sus papeles, sus archivos en sus computadoras, sus correos electrónicos, sus casas y en general sus efectos contra requisitorias y revisaciones y que ninguna orden de Juez puede librarse sin causa probable de delito sustentada en el debido juramento y con la expresa descripción del lugar específico, los objetos y las personas a ser requisadas.

Afortunadamente han pasado los tiempos del Index Expurgatoris en el que papas pretendían restringir lecturas de libros, pero irrumpen en la escena comisarios que limitan o prohíben la importación de libros, dan manotazos a la producción y distribución de papel, interrumpen programas televisivos o, al decir del decimonónico Richard Cobden, establecen exorbitantes “impuestos al conocimiento”. La formidable invención de la imprenta por Pi Sheng en China y más adelante la contribución extraordinaria de Gutemberg, no han sido del todo aprovechadas, sino que a través de los tiempos se han interpuesto cortapisas de diverso tenor y magnitud pero en estos momentos han florecido (si esa fuera la palabra adecuada) megalómanos que arremeten con fuerza contra el periodismo.

Esto ocurre debido a la presunción del conocimiento de gobernantes que sin vestigio alguno de modestia, se autoproclaman sabedores de todo cuanto ocurre en el planeta, y se explayan en vehementes consejos a obligados y obsecuentes escuchas en imparables verborragias.

Dados los temas aquí brevemente expuestos —y que no pretenden agotar los vinculados a la libertad de prensa— considero que viene muy al caso reproducir una cita de la obra clásica de John Bury titulada Historia de la libertad de pensamiento: “El mundo mental del hombre corriente se compone de creencias aceptadas sin crítica y a las cuales se aferra firmemente […] Una nueva idea contradictoria respecto a las creencias que sustenta, significa la necesidad de ajustar su mente […] Las opiniones nuevas son consideradas tan peligrosas como molestas, y cualquiera que hace preguntas inconvenientes sobre el por qué y el para qué de principios aceptados, es considerado un elemento pernicioso”.

 

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.