ANÁLISIS CRÍTICO DE EROS Y CIVILIZACIÓN DE MARCUSE

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 24/10/21 en: http://gzanotti.blogspot.com/2021/10/analisis-critico-de-eros-y-civilizacion.html

EL ANÁLISIS DE MARCUSE EN EROS Y CIVILIZACIÓN [1].(Apéndice 2 de mi libro Un análisis filosófico y teológico de la filosofía de Sigmund Freud, Arjé, 2020) (https://www.amazon.com/-/es/Gabriel-Zanotti/dp/1733548394

1.      Introducción.

Tenemos en este libro de Marcuse al gran adversario de nuestra tesis. En efecto, Marcuse no niega nuestra interpretación de Freud, pero le agrega un “matiz”, una intentio lectoris que explica la interpretación marxista que Freud ha tenido a partir de los 60 (el libro es de 1953). El autor es muy honesto en aclarar que es su propio agregado conceptual, cosa que casi nunca se hace.

Ante todo, es imposible entender a Marcuse sin una mínima referencia a la Escuela de Frankfurt. La escuela de Frankurt es muy crítica de la Ilustración por cuanto esta última habría tenido una dialéctica intrínseca. Allí se ve la influencia de Hegel y Marx. “Dialéctica” porque el carácter emancipatorio del Iluminismo y la Revolución Francesa tiene una especie de contradicción implícita que lo lleva a su propia negación. La razón iluminista, que quiere liberar al hombre de las cadenas de la ignorancia y la opresión, conduce a una nueva forma de dominio (despótico): la razón instrumental, que sólo puede calcular y coloca al hombre y la naturaleza en una relación de medio con respecto a la productividad del capitalismo (alienación). Pero esta tesis está escrita en los 40[2], y sus autores no caen en ninguna ilusión de revolución al estilo soviético. Para ellos, el marxismo leninismo (salvan al Marx crítico de la alienación), el nazismo y el capitalismo industrial forman parte de la misma alienación y opresión, con la diferencia de que bajo la sociedad abundante del capitalismo el esclavo es anestesiado por el consumo. Por ende es una escuela pesimista. No es post-moderna, porque en su crítica a la razón iluminista hay un elogio, una nostalgia, de la idea de emancipación. Pero no hay solución ya para la dialéctica de la Ilustración. Al menos no para Horkheimer y Adorno. La versión optimista, donde Habermas rescata la razón comunicativa como lo NO alienante de la razón, fue posterior, de 1981.

Como habrá observado el lector, yo coincido con la crítica a la alienación que hace Freud y también con la que hace Eric Fromm[3]. Mi diferencia con Fromm (y otros autores que reiteran su postura) es que la alienación es una posibilidad inherente a la naturaleza humana (cosa que Fromm no negaría), que se puede dar en todos los sistemas sociales, pero no es un resultado necesario del capitalismo. El capitalismo tiene su propia forma de posibilidad de alienación, pero no es una consecuencia necesaria del sistema (la teoría de la plus valía es falsa[4]). Esa propia forma consiste en algo que ha diagnosticado muy bien Ortega[5]: la productividad y la elevación del nivel de vida de las masas produce en éstas una rebelión,  exigiendo esos beneficios como derechos gratis (el hombre masificado NO corresponde a un determinado nivel económico de vida en Ortega). En esa sobre-abundancia, procesos como la alienación descriptos por Freud en Psicología de las masas y análisis del yo y por Fromm como neurosis sado-masoquistas, no sólo son posibles sino lamentablemente habituales. Pero nada de ello es una dialéctica necesaria de la Historia.

Por lo demás, yo coincido en las críticas a la razón Iluminista. Pero no desde Hegel y Marx, sino desde Hayek,  Feyerabend, Husserl, Gadamer y el giro histórico de la filosofía de la ciencia (Kuhn, Lakatos y Feyerabend), todos ellos basados en la crítica de Popper al positivismo[6]. He sostenido que la superación entre la razón iluminista y el post-modernismo es la razón dialógica[7]. Por ende la Escuela de Frankfurt tiene razón en criticar a la razón no dialógica del Iluminismo, pero que lo haga basada en Hegel y Marx es precisamente su debilidad. Veremos cómo esa debilidad se traslada a Marcuse.

2.      Análisis crítico de la tesis principal del libro de Marcuse.

Nuevamente, con la falibilidad, que toda conjetura sobre la intentio auctoris de un autor, implica, trataremos de exponer al lector la tesis central de Marcuse y, al mismo tiempo, mostrando sus problemas. Por supuesto, tiene el lector el texto de Marcuse para llegar a sus propias conclusiones.

1.1. La importancia de su introducción.

Parte directamente Marcuse del malestar, del sufrimiento del ser humano, que, aunque Marcuse no lo cite ahora directamente, es el descripto por Freud en El Malestar en la cultura (un texto clave para la re-interpretación que hace Marcuse). Destaca la importancia de la cuestión:

 “…La proposición de Sigmund Freud acerca de que la civilización está basada en la subyugación de los instintos humanos ha sido pasada por alto. Su pregunta sobre si los sufrimientos infringidos de este modo a los individuos han valido la pena por los beneficios de la cultura no ha sido tomada muy seriamente –tanto más cuanto Freud mismo consideraba el proceso inevitable e irreversible”.

O sea, nuestro autor advierte que el problema planteado por Freud en El malestar en la cultura ha sido minimizado. El problema es si la pulsión de agresión –la pulsión de vida pasada por el narcisismo y la represión del Súper Yo- no es una bomba de tiempo, como un magna amenazante para la superficie “civilizada” que queda arriba. Nuestro autor transforma ello en pregunta. Pero se lamenta que no haya sido, como dijimos, tomada muy en serio, más porque Freud “…consideraba el proceso inevitable e irreversible”.

Para Marcuse hay algo latente en Freud, una especie de dialéctica en su sistema, porque si en serio es tan irreversible, ¿para qué preocuparse?:

“Si en realidad debe pertenecer a la esencia de la civilización como tal, la pregunta de Freud sobre el precio de la civilización carecería de sentido, porque no había otra alternativa”.

Aquí diagnosticamos el primer problema. Ese malestar es irreversible, tiene razón Freud, pero no por ello no hay que preocuparse por ello. Y ya hemos visto de qué modo se puede minimizar el problema, sin negar la gravedad: dar importancia el desarrollo de comercio, por el lado natural, y por el lado sobrenatural, y al Cristianismo como lo único que puede redimir a nuestro duro corazón. Pero ya veremos por qué el comercio no tiene nada de beneficioso para Marcuse.

Como dijimos, para Marcuse “hay algo” en Freud que da pie a resistirse a la salida freudiana de la “inevitabilidad”:

“Pero las propias teorías de Freud dan razones para rechazar su identificación de la civilización con la represión”.

Sí, puede ser que las teorías de Freud NO impliquen que la interpretación de Marcuse no sea una decodificación aberrante, pero de allí a decir que necesariamente es así, hay un gran paso. Freud en ningún momento, de manera coherente, deja de identificar a la civilización como el delicado producto de la interacción del Súper Yo con el Ello, y ya hemos visto que en “ello” tiene razón. La civilización no sería posible sin el Súper Yo. Ahora bien, la civilización no se identifica con el Súper Yo en el sentido de que la inteligencia y voluntad humanas no son en sí mismas un fruto de esa función psíquica que llamamos Súper Yo, pero luego del pecado original la inteligencia deriva fácilmente hacia la sola racionalidad instrumental y su voluntad puede perder casi el ejercicio del libre albedrío.

Lo que ocurre es que Marcuse niega que la civilización por la cual Freud está preocupado (ya hemos visto ese punto: la civilización e Freud es débil pero es un valor) sea la deseable: otra sería posible, si el eros pudiera canalizarse de otro modo en otra situación histórica:

“¿O esta interrelación es sólo el producto de una organización histórica específica de la existencia humana?”

Con esa pregunta, nuestro autor comienza a insinuar su tesis central: el malestar en la cultura –por el contexto de todo el texto- es el malestar en el capitalismo, pero el capitalismo puede ser superado…

“La idea de una civilización no represiva será discutida no como una especulación abstracta y utópica”.

O sea, “no” es una utopía considerar que el eros “no” se va a enfrentar con el Súper Yo de una sociedad capitalista, una vez superada esa sociedad. En esa “superación” hegeliano-marxista del capitalismo está parte del núcleo central del error de Marcuse.

Nuestro autor termina su introducción colocándose en el mismo nivel que este ensayo: la filosofía, y Freud como filósofo:

“El propósito de este ensayo es contribuir a la fiosofía del psicoanálisis, no al psicoanálisis en sí mismo”.

Perfecto, es nuestro mismo propósito.

“Freud desarrolló una teoría del hombre, una “psico-logía” en el sentido más estricto. Con esta teoría, Freud se situó a sí mismo en la gran tradición de la filosofía y bajo un criterio filosófico”.

Tiene razón. Hay en Freud una antropología filosófica (que antes se identificaba con la Psicología) que ya hemos visto que, aunque tendiente a ser hobbesiana, no es incompatible con el Cristianismo una vez que vemos a este último precisamente como el contrapeso de una psiquis humana debilitada por el pecado original, y que Freud tan sabiamente ha captado….

Y termina diciendo Marcuse:

“Freud separó conscientemente su filosofía de su ciencia; los neofreudianos han negado la mayor parte de la primera. En el terreo terapéutico tal negación puede estar perfectamente justificada. Sin embargo, ningún argumento terapéutico debe impedir el desarrollo de una construcción teórica que pretende, no curar la enfermedad individual, sino diagnosticar el desorden general”.

Este es un párrafo importante y denso. Primero, ¿es verdad que “Freud separó conscientemente su filosofía de su ciencia”?  Para muchos, esto convendría a la tesis de este libro, porque yo podría decir que la filosofía de Freud es errada pero su psicoanálisis no, y que un cristiano no debe estar cerrado a los aportes propiamente terapéuticos. Respetamos esa convicción. Pero no es la nuestra. Claro que no compartimos la filosofía iluminista y cuasi-hobbesiana de Freud in totum. Pero en esa visión lúgubre del ser humano hay una gran verdad no sólo “compatible” con el Cristianismo, sino que el Cristianismo la tiene en su raíz: el pecado original. Claro que el Cristianismo católico afirma que esa naturaleza no fue totalmente destruida por el pecado,  claro que el Cristianismo tiene en la redención una esperanza que Freud no podía tener (¿y quién la puede tener sin el Cristianismo?), pero negar ese “lado oscuro de la fuerza” convierte al cristiano en un ingenuo pelagiano (y hay muchos….).

Segundo: “…En el terreo terapéutico tal negación puede estar perfectamente justificada.”

¿Seguro? ¿Se puede aplicar la terapia psicoanalítica sin afirmar la tesis central del psiquismo originario como un perverso polimorfo?

Tercero: “…Sin embargo, ningún argumento terapéutico debe impedir el desarrollo de una construcción teórica que pretende, no curar la enfermedad individual, sino diagnosticar el desorden general”.

Allí coincidimos. Freud pudo haberse equivocado en diagnósticos, terapéuticas y métodos. Pero su construcción teórica general es apta para diagnosticar un desorden general (de tipo socio-cultural). Nuestra gran diferencia con Marcuse es que nuestro diagnóstico será diferente al de él….

1.2. Hace su entrada la interpretación marxista de la escasez.

En el primer capítulo y en el segundo, hasta la cita 29, Marcuse hace una muy buena reseña del sistema freudiano, enfatizando correctamente el tema de la horda primitiva y la represión[8] que el Súper Yo tiene que hacer a las pulsiones originarias. Pero ya a la mitad del capítulo II aparece la interpretación marxista de la escasez:

“…Detrás del principio de la realidad yace el hecho fundamental de la ananke o escasez (scarcity, Lebensnot), que significa que la lucha por la existencia se desarrolla en un mundo demasiado pobre para la satisfacción de las necesidades humanas sin una constante restricción, renuncia o retardo. En otras palabras, que, para ser posible la satisfacción necesita siempre un trabajo, arreglos y tareas más o menos penosos encaminados a procurar los medios para satisfacer esas necesidades. Por la duración del trabajo, que ocupa prácticamente la existencia entera del individuo maduro, el placer es «suspendido» y el dolor prevalece. Y puesto que los impulsos instintivos básicos luchan porque prevalezca el placer y no haya dolor, el principio del placer es incompatible con la realidad, y los instintos tienen que sobrellevar una regimentación represiva”.

Hasta ahí, Freud según Marcuse.

Pero luego agrega:

“…Sin embargo, este argumento, que aparece mucho en la metapsicología de Freud, es falaz en tanto que se aplica al hecho bruto de la escasez, cuando en realidad es consecuencia de una organización específica de la escasez, y de una actitud existencial específica, reforzada por esta organización”.

Como vemos, Marcuse, siguiendo a Marx, no considera que la escasez sea una condición natural de la humanidad[9]. La escasez es más bien un modo específico de organización de la sociedad, que obviamente es la capitalista: “… La escasez prevaleciente ha sido organizada, a través de la civilización (aunque de muy diferentes maneras), de tal modo que no ha sido distribuida colectivamente de acuerdo con las necesidades individuales, ni la obtención de bienes ha sido organizada para satisfacer mejor las necesidades que se desarrollan en el individuo. En lugar de esto, la distribución de la escasez, lo mismo que el esfuerzo por superarla (la forma de trabajo), ha sido impuesta sobre los individuos —primero por medio de la mera violencia, subsecuentemente por una utilización del poder más racional—. Sin embargo, sin que importe cuan útil haya sido para el progreso del conjunto, esta racionalización permaneció como la razón de la dominación, y la conquista gradual de la escasez estaba inextricablemente unida con el interés de la dominación y conformada por él” (las itálicas son nuestras).

La clave de esa organización de la escasez es la dominación (no exclusiva del capitalismo). Eso lo lleva a una fundamental distinción: que estos  “intereses de la dominación” introducen “…controles adicionales sobre y por encima de aquellos indispensables para la asociación humana civilizada. Estos controles adicionales, que salen de las instituciones específicas de dominación son los que llamamos represión excedente”.

Esto es fundamental. La sociedad humana no implica el tipo específico de dominación que para Freud era simplemente la civilización. No, eso es fruto de una época, y en la época moderna, la “civilización” que Freud veía era el capitalismo industrial. Por eso nuestro autor había introducido antes esta fundamental distinción:

“…a) Represión excedente: las restricciones provocadas por la dominación social. Esta es diferenciada de la represión (básica): las «modificaciones» de los instintos necesarias para la perpetuación de la raza humana en la civilización.

b) Principio de actuación: la forma histórica prevaleciente del principio de la realidad.”

O sea, hay en la dominación (lo cual implica que podría haber una sociedad no dominante) una represión innecesaria, fruto de un modo específico histórico de organización de la escasez. Por eso esa represión es excedente. Y la “realidad” es una forma histórica, que podría ser superada y por ende también esa represión excedente correspondiente a esa forma histórica.

Ahora nos damos cuenta del maridaje entre marxismo y psicoanálisis que esto despertó, cosa que Freud explícitamente negó, como vimos[10]. Y lo hizo coherentemente: Freud se daba cuenta de que la escasez en toda sociedad humana no era fruto de una dominación, de una explotación, sino fruto de la natural indiferencia de la naturaleza física ante “lo humano”. Y en eso tiene razón. Marcuse ve, en cambio, una explotación, alienación y dominación, como ve Marx, que implica entonces que las formas concretas de usos y costumbres represivas sean el fruto del capitalismo industrial. Ello da como resultado una represión “excedente” que se podría evitar si se pudiera superar al capitalismo.

1.2.1.      Interludio: Cristianismo y escasez.

A fines de este libro es muy importante explicar que la visión marxista sobre la escasez es incompatible con el Cristianismo[11].

Podría parecer que no, porque a muchos cristianos les cuesta la escasez como tema económico. Acostumbrados, y bien, a la súper-abundancia de la Gracia de Dios (orden sobrenatural), que es tan infinita como su misericordia, suponen que eso sería trasladable al orden natural social, dependiendo ello de la bondad de los gobernantes. La escasez sería fruto del pecado personal de muchos, de la avaricia, de no saber compartir, pero una vez que esos pecados personales y sociales se terminen, el problema económico se solucionaría. Y muchos han relacionado ello con el marxismo, lo cual ha recibido una respuesta por parte de Juan Pablo II y Ratzinger, hoy muy olvidada[12].

Ello supone que la riqueza “está allí”, y que la escasez se produce por su mala distribución.

Pero ello no es compatible con el Cristianismo, a pesar de las apariencias.

La escasez es simplemente la radical indiferencia e insuficiente de la naturaleza física ante nuestro mundo humano de la vida. “Lo humano” se manifiesta históricamente en las diversas culturas, y en los artefactos que abarcan desde lo ritual, lo estético, lo técnico, etc., que no están dados naturalmente. Hay que producirlos. El modo humano de satisfacer sus necesidades biológicas, también implica artefactos y ritos que no están dados directamente. Y ello no depende de tal o cual cultural en particular, es así en todas. La diferencia entre necesidades naturales y culturales, o necesarias y superfluas, es también errónea. Un vaso para tomar agua es un producto cultural. Si ese vaso es necesario o superfluo, es un juicio ético, no económico. Económicamente, desde el arco y la flecha, hasta la nave espacial, nada de eso está dado por la naturaleza física.

Claro que antes del pecado original, el ser humano estaba protegido de algún modo de las inclemencias de esa naturaleza. Pero después de pecado original, el ser humano ha sido arrojado al mundo, en dos sentidos. Al mundo de nuestro pecado, por un lado, y al mundo como la naturaleza física (de la cual antes estábamos protegidos) por el otro. Esa naturaleza física, radicalmente insuficiente ante lo humano, ha sido creada así por Dios, y es esencialmente buena, porque todo lo creado por Dios es bueno. Que hayamos quedado expuestos ante la lluvia, el viento, los terremotos y las bacterias, es fruto del pecado original, pero ni el viento, ni la lluvia, ni el león que nos ataca tienen un ápice de mal. La escasez consecuente no es por ende fruto de ningún pecado personal. No es la avaricia ni la falta de caridad lo que produce la escasez, sino la radical insuficiencia de la naturaleza física ante lo humano. Por ende aunque haya cristianos con virtudes personales, naturales y sobrenaturales, de esas virtudes no saldrán necesariamente los bienes y servicios necesarios para la subsistencia. Dos santos pueden estar en un desierto, y excepto que Dios haga un milagro, si no tienen agua morirán de sed. Morirán santamente, sí, pero morirán. Ni el agua convertida en vino, ni los panes y peces multiplicados, ni el maná del cielo, son sistemas económicos. Son figuras de la superabundancia de la gracia de Dios. Los cristianos más que nadie deben saber que, después del pecado original, los bienes y servicios no están dados. NO están allí. Hay que producirlos, para lo cual es necesario y delicado proceso de ahorro, capital e inversión, cuyo desarrollo e instituciones ha llevado toda la historia de la humanidad. Las virtudes personales pueden hacer vivir heroicamente la escasez, pero no la eliminan. Y de igual modo los vicios y pecados personales pueden agravar la escasez, pero no son su causa. Después del pecado original, la escasez es una condición natural de la humanidad, que requiere una economía y una ética de la producción, distinta de la distribución. La escasez no es un fruto amargo del capitalismo que, una vez eliminado este, desaparecerá. Las ciudades estado de la Antigüedad padecían enormemente la escasez, sólo que para un grupo no era tanto problema porque tenían esclavos. Los muros y la autarquía no las ayudaban tampoco. En la Edad Media los señores podían no dedicarse a inter-cambiar porque sus siervos de la gleba los proveían de mucho de aquello que ellos mismos deberían proveerse, en el sentido de no depender de un sistema de señor-siervo. El avance de comercio no fue al avance de una ideología. Fue la conciencia progresiva de que la progresiva libertad del ser humano requería que todos entraran en relaciones contractuales unos con otros; que la otra opción era el robo o la donación, y que esa sociedad de propiedad y división del trabajo –única limitada esperanza, como hemos dicho, ante la pulsión de agresión- era la única manera de que la escasez no implicara la esclavitud de muchos en beneficio de unos pocos. Ningún otro sistema puede coordinar el infinito conocimiento disperso de millones y millones y millones de seres humanos conviviendo en paz. Y eso forma parte de la ley natural.

La escasez no es por ende fruto de una avaricia capitalista que se acabará cuando el cristianismo sea el cielo en La Tierra. El cristiano que piense así debe revisar su cristianismo. El Cristianismo no es ningún cielo en la Tierra ni ningún sistema social directo, aunque la redención tenga como consecuencia indirecta una mayor conciencia de la justicia incluso en este mundo. Y el cristiano que asume la teoría de la explotación de Marx no se da cuenta de que asume, como ya hemos visto, un grave error económico, que lo lleva a suponer una dialéctica intrínseca hegeliana en la sociedad humana, y eso es Hegel, panteísmo dinámico, pero no es Cristianismo. En la sociedad humana hay conflictos porque hay pecados, pero no porque cada etapa lleve en sí misma el origen de su propia negación. Esa dialéctica hegeliana es incompatible con la Creación (la verdad esencial del Judeo-Cristianismo). La negación del libre albedrío que ello conlleva tampoco es cristiano. La suposición de que, entonces, la guerra revolucionaria es el eje del progreso, tampoco es cristiana.

Soy plenamente consciente de que muchos cristianos no terminan de entender este punto. Pero, curiosamente, por eso no terminan de entender a Freud, donde toda cultura humana es una penosa evolución de nuestro Súper Yo para adaptarse precisamente a un principio de realidad, a una realidad donde la naturaleza física es inmisericorde con nosotros. La suposición de que luego de una revolución socialista todos seremos más felices, porque la escasez habrá desaparecido, y con ello la “represión excedente”, emanando así una libido más plena, es una peligrosa utopía que conduce a la disolución de esos delicados lazos de la civilización y a la vuelta de la horda primitiva donde lo único que existe es la agresión de todos contra todos.

1.3. Marcuse y su salida a la dialéctica del Iluminismo.

Nuestro autor no es tan pesimista como sus maestros. Cree encontrar una salida a la dominación en la liberación del Eros de su represión excedente. Es Freud, para él, el que está en la dialéctica de la razón sin darse cuenta.

“…Acaso ninguna otra obra suya muestra a Freud tan cerca de la gran tradición de la Ilustración; pero también ninguna otra lo muestra sucumbiendo con tanta claridad a la dialéctica de la Ilustración. En el presente período de la civilización, las ideas progresistas del racionalismo sólo pueden ser recuperadas si son formuladas de nuevo. La función de la ciencia y la religión han cambiado —al igual que su interrelación—. Dentro de la total movilización del hombre y la naturaleza que marca el período, la ciencia es uno de los instrumentos más destructivos —destructor de esa liberación del temor que en otra época prometió—.” (III, 73).

Esto es, inútil es que Freud denunciara a la religión como ilusión. Esa función emancipadora de la razón –que, como vimos, es en realidad una denuncia del pensamiento mágico- lleva a una civilización donde la ciencia ocupa el papel represivo “excedente” de la religión y con eso lleva al malestar de la cultura que terminará destruyendo a esa civilización.

Tiene razón Marcuse en denunciar que la religión ha sido sustituida por la ciencia, pero tiene razón sólo en el sentido que Feyerabend daría a la expresión: que el autoritarismo religioso ha sido sustituido por el autoritarismo científico[13], pero la religión en sí misma y la ciencia en sí misma no son autoritarias. Esto es, un pensamiento mágico religioso ha sido sustituido por otro pensamiento mágico de tipo científico, pero el pensamiento mágico es un modo de encarar a lo religioso y lo científico que no corresponden a la esencia de ambos enfoques de lo real.

Coherentemente con su postura –que la represión excedente del Eros es fruto del capitalismo, pero no de toda organización social- Marcuse va sentando las bases para su utopía, que él NO la considera tal:

“…la represión es en gran parte inconsciente y automática, y en cambio su grado sólo puede ser medido a la luz de la conciencia. La diferencia entre represión (filogenéticamente necesaria) y la represión excedente (23) puede proveer el criterio”

(Se refiere a la represión inicial filogenética del eros y la represión de una cultura de dominación).

“… Dentro de la estructura total de la personalidad reprimida, la represión excedente es esa porción que es el resultado de condiciones sociales específicas sostenidas por el interés específico de la dominación. El grado de esta represión excedente provee el nivel de medida: mientras más pequeña es, menos represivo es el momento de la civilización. La diferencia es equivalente a la que existe entre las fuentes biológicas e históricas del sufrimiento humano. De las tres «fuentes del sufrimiento humano» que Freud enumera —o sea, «la fuerza superior de la naturaleza; la disposición hacia la decadencia de nuestros cuerpos, y la imperfección de nuestros métodos para regular las relaciones humanas en la familia, la comunidad y el estado» (24)— por lo menos la primera y la última son en un sentido estricto fuentes históricas; la superioridad de la naturaleza y la organización de las relaciones humanas han cambiado esencialmente durante el desarrollo de la civilización. Consecuentemente la necesidad de la regresión, y del sufrimiento derivado de ella, varía con la madurez de la civilización, con el grado de dominio racional alcanzado sobre la naturaleza y la sociedad”.

Y por ende el matrimonio monogámico es producto de esa dominación:

“…Históricamente, la reducción de Eros a la sexualidad procreativa monogámica (que completa la sumisión del principio del placer al principio de la realidad) es consumada sólo cuando el individuo ha llegado a ser un sujeto-objeto de trabajo en el aparato de su sociedad…”.

Pero de todo ello nos podremos librar cuando superada esta civilización, el Eros pueda liberarse de su represión excedente: en ese caso la sublimación de la libido no implicará que sea “cortada a su fin sexual”, sino que tendrá un carácter sexual aunque no necesariamente genital. Obviamente Marcuse no da una lista de cosas que en ese caso se podrán hacer SIN represión excedente, pero da a entender que mucho más que la sola utilización de la libido en el matrimonio monogámico:

“…el proceso que acabamos de bosquejar envuelve no solamente una liberación, sino también una transformación de la libido: de la sexualidad constreñida bajo la supremacía genital a la erotización de toda la personalidad. Es un esparcimiento antes que una explosión de la libido —un esparcimiento sobre las relaciones privadas y sociales que tiende un puente sobre la grieta mantenida entre ellas por un principio de la realidad represivo—. Esta transformación social que  permitiera el libre juego de las necesidades y facultades individuales”.

Lo cual NO es lo mismo que un “estallido” de la libido en una estructura de dominación:

“…el libre desarrollo de la libido transformada más allá de las instituciones del principio de actuación, difiere esencialmente de la liberación de la sexualidad constreñida dentro del dominio de estas instituciones. El último proceso hace estallar a la sexualidad suprimida; la libido sigue llevando la marca de la supresión y se manifiesta a sí misma bajo formas horribles bien conocidas en la historia de la civilización: en las orgías sadistas y masoquistas de las masas desesperadas, de las «élites sociales», de las hambrientas bandas de mercenarios, de los guardianes de las prisiones y los campos de concentración. Tal liberación de la sexualidad de salida a una necesidad periódica provocada por la intolerable frustración; fortalece antes que debilita las raíces del constreñimiento instintivo; consecuentemente, ha sido empleada una y otra vez como un pretexto para los regímenes supresivos”.

(O sea, luego de los “estallidos” de la libido, la represión excedente se hace más fuerte).

 “…En contraste –sigue Marcuse- el libre desarrollo de la libido transformada dentro de instituciones transformadas, al tiempo que erotizaría zonas, tiempo y relaciones convertidas en tabúes, minimizaría las manifestaciones de la mera sexualidad integrándolas dentro de un orden mucho más amplio, incluyendo el orden de trabajo. Dentro de este contexto, la sexualidad tiende a su propia sublimación: la libido no en reactivaría simplemente estados pre-civilizados e infantiles, sino que también transformaría el contenido perverso de estos estados”. (X, 177).

En resumen: Marcuse da una salida optimista al final lúgubre de El malestar en la cultura de Freud. Ese malestar es debido a la represión excedente del capitalismo. Superado este (Marcuse llama a la escasez “excusa” e “ideología”), la represión excedente será sustituida por una sublimación del Eros donde las relaciones que Freud llamaba de ternura serán también sexuales, aunque no necesariamente genitales, y llevadas de ese modo a un grado de desarrollo tal que impedirá ese malestar y ese estallido de la libido que consiste en la dialéctica de la civilización en la cual Freud se coloca a sí mismo.

1.4. Críticas adicionales a la utopía de Marcuse.

Tiene razón Marcuse en que la civilización analizada por Freud es inestable. Tiene razón que es apenas una capa de corteza terrestre arriba de un magna cuasi-ingobernable que explota cada tanto en lavas de terribles terremotos. Tiene razón Marcuse en que el matrimonio monogámico no es sublimación suficiente para la libido. Todo eso ha sido reconocido por Freud, quien por eso mismo no reboza de optimismo. Pero a Freud jamás se le ocurrió que ello tendría una salida en un estadio posterior de la humanidad, precisamente porque su pensamiento no estaba influenciado por la dialéctica hegeliano-marxista.

Para el inevitable conflicto del Eros después del pecado original, no hay “salida” social, sino la redención. Sólo la Gracia de Dios puede ir curando progresivamente –a veces de golpe en algunos- las heridas del proceso civilizatorio. Y sólo una sociedad comercial, desde un punto de vista natural, puede minimizar la pulsión de agresión. La utopía de Marcuse, de intentarse, llevaría a los individuos a nuevos engaños, a nuevas angustias existenciales, por lo que no se librarían de ningún modo del “estallido” de la libido. Pero, ¿por qué estamos hablando en modo potencial? Todo esto ya ha sucedido, en la medida en que muchos han pretendido vivir esta utopía…

Pero hay algo en lo cual Marcuse tiene razón: la sublimación del Eros en amor de ternura no es un “corte” a su fin sexual como si el amor de ternura no fuera en sí mismo sexual, aunque no genital. El intento de vivir nuestros afectos no esponsales fuera de toda influencia del Eros nos lleva a ser sujetos robóticos, fríos, sin ternura, y siempre temerosos de los razonables peligros que tiene la ternura, peligros que hay que enfrentar y saber manejar[14]. Gran parte de la energía que tienen nuestros afectos no esponsales, nuestros trabajos y nuestras capacidades artísticas, incluso nuestro amor a Dios, es energía sexual aunque cortada a la genitalidad reproductiva. No reconocerlo, no aceptarlo, no hacerlo consciente, lleva precisamente a no poder manejarlo, con todas las consecuencias que ese “no poder manejarlo” tienen y están a la vista sobre todo en creyentes que creen haber manejado bien su pulsión sexual.

2.      Mises previó estas utopías.

El gran crítico del socialismo en todas sus formas, Ludwig von Mises, que conocía bien a Freud y siempre lo elogió, diagnosticó estas utopías ya en 1922, en su clásico libro El socialismo[15]. Vale la pena citarlo in extenso. Ante todo fijémonos en los títulos: “Socialism and the sexual problem”.

Y sigue: “…Proposals  to transform the relations between the sexes have long gone hand in hand with plans for the socialization of the means of production. Marriage is to disappear along with private property, giving place to an arrangement more in harmony with the fundamental facts of sex. When man is liberated from the yoke of economic labour, love is to be iiberated from ali the economic trammels which have profaned  it. Socialism promises not only welfare -wealth for all – but universal happiness, in love as well. This part ofits programme has been the source of much ofits popularity. lt is significant that no other German socialist book was more widely read or more effective as propaganda than Bebel’s Woman and Socialism, which is dedicated above all to the message of free love. lt is not strange that many should feel the system of regulating sexual relations under which we live to be unsatisfactory. This system exerts a far reaching influence in diverting those sexual energies, which are at the bottom of so much human activity, from their purely sexual aspect to new purposes which cultural development has evolved. Great sacrifices have been made to build up this system and new sacrifices are always being made. There is a process which every individual must pass through in his own life ifhis sexual energies are to cast off the diffuse form they have in childhood and take their final mature shape. He must develop the inner psychic strength which impedes the flow of undifferentiated sexual energy and like a dam alters its direction. A part of the energy with which nature has endowed the sexual instinct is in this way turned from sexual to other purposes. Not everyone escapes unscathed from the stress and struggle of this change. Many succumb, many become neurotic or insane. Even the man who remains healthy and becomes a useful member of society is left with scars which an unfortunate accident may re-open. (Aquí es donde Mises cita a Freud: “…1 Freud, Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, Leipzig und Wien 1910, p. 38 et seq). And even though sex should become the source of his greatest happiness, it will also be the source of his deepest pain; its passing will tell him that age has come, and that he is doomed to go the way of all transient, earthly things. Thus sex, which seems ever and again to fool man by giving and denying, first making him happy and then plunging him back into misery, never lets him sink into inertia. Waking and dreaming man’s wishes turn upon sex. Those who sought to reform society could not have overlooked it. This was the more to be expected since many of them were them· selves neurotics suffering from an unhappy development of the sexual instinct. Fourier, for example, suffered from a grave psychosis. The sickness of a man whose sexual life is in the greatest disorder is evident in every line of his writings; it is a pity that nobody has undertaken to examine his life history by the psycho-analytic method. That the crazy absurdities of his books should have circulated so widely and won the highest commendation is due entirdy to the fact that they describe with morbid fantasy the erotic pleasures awaiting humanity in the paradise of the ‘phalanstere’. Utopianism presents all its ideals for the future as the reconstruction of a Golden Age which humanity has lost through its own fault. In the same way it pretends that it is demanding for sexual life only a retum to an original felicity. The poets of antiquity are no less eloquent in their praises of marvellous, bygone times of free love than when they speak of the saturnian ages when property did not exist. Marxism echoes the older Utopians. Marxism indeed seeks to combat marriage just as it seeks to justify the abolition of private property, by attempting to demonstrate its origin in history; just as it looked for reasons for abolishing the State in the fact that the State had not existed ‘from eternity’, that societies had lived without a vestige of ‘State and State power’.’ For the Marxist, historical research is merely a means of political agitation. Its use is to fumish him with weapons against the hateful bourgeois order of society. The main objection to this method is not that it puts forward frivolous, untenable theories without thoroughly examining the historical material, but that he smuggles an evaluation of this material into an exposition which pretends to be scientifi.c. Once upon a time, he says, there was a golden age. Then came one which was worse, but supportable. Finally, Capitalism arrived, and with it every imaginable evil. Thus Capitalism is damned in advance. lt can be granted only a single merit, that thanks to the excess of its abominations, the world is ripe for salvation by Socialism”. (Las negritas son nuestras, versión inglesa en https://mises.org/library/socialism-economic-and-sociological-analysis )

Nada más que agregar.


[1] Marcuse, H.: Eros y civilización, Ariel, Barcelona, 1981. El caso de Wilhelm Reich (La revolución sexual, para una estructura de carácter autónoma del hombre, La Gabia, México, 1974, el prólogo a la segunda edición es de 1936) es análogo pero no pasa por la densidad teorética de la Escuela de Frankfurt. Eliminado el capitalismo, eliminadas las represiones sexuales que tienen que ver con la imposición del matrimonio monogámico y heterosexual. Que eso haya sido confundido con Freud explica el origen de muchos malentendidos.

[2] Adorno y Horkheimer, La Dialéctica de la Ilustración, op.cit.

[3] Fromm, E.: op.cit.

[4] Es muy desconocida en ambientes filosóficos y psicológicos de refutación a la teoría marxista de la explotación de Eugen Bohm von Bawerk, de 1884, en su monumental obra Capital e interés (Capital and Interest, Libertarian Press, 1959, cap. VIII del libro I). Ello es grave porque filósofos y psicólogos habitualmente leen a Marx pero no a su contrapartida, que tiene además importantísimas implicaciones filosóficas. En efecto, la plus valía es en Marx su modo, desde la teoría económica, de explicar la dialéctica del capitalismo a la dictadura del proletariado. Desconociendo la refutación de Bohm Bawerk (y además Mises en “El Socialismo” de 1922) cualquiera queda adherido a dicha dialéctica sin darse cuenta.

[5] En su clásico La rebelión de las masas, Tecnos, Madrid, 2012.

[6] Popper, K.:   Teoría cuántica y el cisma en física; Tecnos, Madrid, 1985;  Búsqueda sin término; Tecnos, Madrid, 1985; Conjeturas y refutaciones; Paidós, Barcelona, 1983;  Conocimiento objetivo; Tecnos,Madrid, 1988;  La lógica de la investigación cientifica,Tecnos, Madrid, 1985;  Sociedad abierta; universo abierto; Tecnos, Madrid, 1984, y Replies To My Critics; in The Philosophy of Karl Popper, Part II; Edited by P. Arthur Schilpp Lasalle; Illinois, 1974.

[7] En La hermenéutica como el humano conocimiento, op.cit.

[8] UNA ACLARACIÓN DE MARCUSE MUY IMPORTANTE: “… “represión” y “represivo” son usados en sentido no técnico para designar los procesos conscientes e inconscientes, externos e internos de restricción, contención y supresión”. (Introducción, final).  O sea: represión, como hemos aclarado desde el principio, es el proceso inicial del Super Yo desde el principio, re-direccionando, manera inconsciente, a la pulsión de vida. NO se refiere en Freud a los procesos de dominio consciente de las pulsiones de vida y agresión, donde interviene muy activamente el principio de realidad. Pero en Marcuse ese término hace también referencia a todos los usos y costumbres de una sociedad “civilizada”, o sea una pulsión ya “socializada”.

 

[10] En El malestar en la Cultura, punto V.

[11] Hemos tratado este tema varias veces: en Economía de Mercado y Doctrina Social de la Iglesia (Ed. de Belgrano, Buenos Aires, 1985), Antropología cristiana y economía de mercado, Unión Editorial, Madrid, 2011; Elementos de Economía Política, La Ley, Buenos Aires, 2007, con Martín Krause y Adrián Ravier, y Economía para sacerdotes, junto con Mario Silar, Instituto Acton, 2016.

[12] Instrucción Libertatis nuntius, 1984: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_19840806_theology-liberation_sp.html

[13] Feyerabend, P.: Tratado contra el método; Tecnos, Madrid, 1981; Adiós a la razón; [versión inglesa]; Tecnos, Madrid, 1992; La ciencia en una sociedad libre; Siglo XXI, 1982.

[14] Cuenta la leyenda que dos monjes iban caminando y al cruzar un río se encontraron con una bella mujer que intentaba cruzarlo también. El monje más joven se quedó medio paralizado, temeroso de la tentación que la bella dama le causaba. El monje más viejo le ofreció ayuda, la puso sobre sus hombros y luego la dejó en la otra orilla. El monje más joven preguntó al más viejo cómo se había atrevido a hacer eso. El anciano respondió: tú aún la llevas sobre tus hombros. Yo ya la dejé…. (Gracias Horacio Muñoz Larreta por esta referencia).

[15] Mises, L. von: Socialismo; Inst. Publicaciones Navales, Buenos Aires, 1978.

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises

Contradicciones de un llamado liberalismo de izquierda

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 9/10/2en: https://www.infobae.com/opinion/2021/10/09/contradicciones-de-un-llamado-liberalismo-de-izquierda/

Sostener que uno es partidario de las libertades políticas y negar las económicas se traduce en la contradictoria visión de protección del continente abandonando el contenido

Jean-François Revel

El lenguaje es principalmente para pensar y luego para comunicar nuestros pensamientos, si se recurre a terminología pastosa, pastosas serán nuestras conclusiones. No se trata aquí de mala voluntad ni de intenciones aviesas, descontamos los mejores propósitos pero es necesario aclarar algunos conceptos. Hace muchos años escribí sobre el tema pero ahora analizo con algunas reflexiones adicionales que estimo pertinentes en vista que se vuelve a la carga con aquello del supuesto “izquierdismo liberal”.

En primer lugar, debe subrayarse que las izquierdas son estatistas aunque hayan traicionado su origen ya que sus partidarios se ubicaron a la izquierda del rey en la Revolución Francesa representando la contracara del poder pero luego resulta que con el tiempo se aliaron al uso ilimitado de las botas, esto es al abuso del poder más allá de las estrictas limitaciones para proteger derechos. En todo caso, hoy la izquierda se opone abiertamente al espíritu liberal de antiestatismo y salvaguarda de las autonomías individuales.

Sostener que se es partidario de las libertades políticas y negar las económicas se traduce en la contradictoria visión de protección del continente abandonando el contenido. Pero es que el continente es precisamente para proteger el contenido. Nada significa la protección de derechos políticos si no se protege el uso y la disposición de lo propio. En resumen, se trata de una contradicción en los términos. Es el sí pero no.

Ocurre que no pocos de los que se autodenominan liberales de izquierda están recorriendo un camino que habitualmente parte del marxismo cuyo aspecto medular declarado así por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista de 1848, “pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada.” Este es el corazón del marxismo por más que intenten disimularlo los que se han dejado arrastrar y engañar por las fauces de Karl Marx. Estos personajes ahora en un tránsito lento y doloroso desde esos fangos pretenden salir de a poco utilizando lenguaje atrabiliario mezclando dos tradiciones diametralmente opuestas.

Por lo dicho es que pensadores como Ludwig von Mises han declarado que el eje central del liberalismo consiste en el respeto al derecho de propiedad privada. En 1920 este economista explicó que sin propiedad privada no hay posibilidad alguna de contar con precios puesto que son el reflejo de transacciones de derechos de propiedad y sin ellos no hay manera de saber como asignar los siempre escasos recursos. Como muchas veces he ilustrado, en esta situación no se puede saber si conviene construir caminos con oro o con asfalto y si alguien argumenta que con el metal aurífero esa fabricación se traduce en derroche es porque recordó los precios relativos antes de eliminarlos. Entonces sin propiedad privada no hay manera de llevar a cabo una evaluación de proyectos, de asentar una contabilidad ni de cálculo económico alguno. Es por ello que Mises demostró que estrictamente no hay tal cosa como economía socialista allí donde no es posible economizar.

Mal que les pese a los ex marxistas la economía es la rama del conocimiento que adolece de las mayores y más gruesas falacias, como ha dicho el premio Nobel en economía F. A. Hayek , es contraintuitiva, es decir, lo primero que pensamos en la materia está mal, es necesario volver a considerar detenidamente el asunto mirando con mucha atención los efectos a corto y largo plazo y, sobre todo, distinguir lo que se ve a primera vista de los que se sucede en la cadena causal.

Algunos distraídos le endilgan el adjetivo de economicistas a quienes se ocupan con detenimiento a explicar los muy distintos vericuetos de este territorio que es desafortunadamente el menos explorado. Esto no niega en absoluto la importancia fundamental de los aspectos éticos, filosóficos, epistemológicos, históricos y jurídicos que envuelven a la tradición de pensamiento liberal. Por eso es que se ha dicho y repetido hasta el cansancio que el liberalismo antes que nada es una concepción moral de respeto recíproco.

¿Qué les sucede entonces a los ex marxistas? Les parece que es un salto demasiado grande ir directamente al liberalismo por lo que necesitan un primer paso en ese adefesio que bautizaron como “liberalismo de izquierda”, al efecto de que el trago no resulte demasiado amargo en el reconocimiento de sus anteriores equivocaciones, pues como ha reconocido el ex marxista Bernard-Henri Lévy en su tan difundido Barbarism With a Human Face: “Aplíquese marxismo en cualquier país que se quiera y siempre encontrará un Gulag al final”. Como he escrito tantas veces, en lo personal, a juzgar por lo sucedido con muchos de mis condiscípulos en los dos doctorados que completé, hubiera sido trotskista o en el mejor de los casos keynesiano si no hubiera sido por la paciencia ilimitada de mi padre por mostrarme “otros lados de la biblioteca”.

Muchos de los ex marxistas están genuinamente preocupados por la condición social de los más vulnerables sin percatarse que el modo más rápido y efectivo de sacarlos de la pobreza es con el liberalismo que al abrir de par en par la energía creadora se maximizan las tasas de capitalización que constituyen la única causa de la elevación de salarios e ingresos en términos reales. Esa es la razón por la que son mayores en Alemania que en Uganda, no es que en el primer caso sean más generosos mientras que más amarretes en el segundo. No es tampoco asunto de recursos naturales, de climas ni de etnias. Japón es un cascote cuyo territorio es viable en un veinte por ciento, mientras que África contiene los mayores recursos naturales del planeta. Son marcos institucionales civilizados que respeten los derechos de las personas, por eso, como apunté con anterioridad, resulta muy alentador la difusión reciente de la larga tradición anglosajona de Law & Economics al efecto de comprender los estrechos lazos entre la economía y el derecho antes separados en nichos independientes que tanto daño han causado en lugar se sacar provecho de valiosas experiencias interdisciplinarias.

No se acaba de comprender que el mercado somos todos y que no es una cosa ni un lugar sino un proceso donde cada cual vota con sus compras y abstenciones de comprar lo cual va asignando factores de producción a los más eficientes para atender las necesidades de su prójimo. Y esto no tiene lugar por filantropía, es en interés directo de cada comerciante satisfacer las necesidades de terceros como el único camino en una sociedad libre al efecto de mejorar sus propios patrimonios. En este contexto, los principales enemigos del liberalismo son los empresarios prebendarios que se alían al poder de turno para explotar miserablemente a sus congéneres vía privilegios y mercados cautivos de distinta naturaleza. Son asaltantes de guante blanco que como no queda bien robarle las pertenecías a los vecinos a mano armada, hacen la faena con el apoyo de gobiernos con un disfraz legal.

Jean-François Revel que es un extraordinario ejemplo de quien revirtió completamente sus simpatías marxistas, en el prólogo que tuvo la generosidad de escribir para mi libro Las oligarquías reinantes consigna que la “imbricación de poder económico y de poder político es la principal fuente de corrupción en el mundo. Es por eso que la separación de la economía y el Estado es incluso más importante todavía que la separación entre la Iglesia y el Estado. Lo privado sin el mercado es tan catastrófico como la economía socialista.”

A los ex izquierdistas les quedan cicatrices como aquello de la “igualdad de oportunidades” sin ver que esa herramienta es absolutamente incompatible con la igualdad ante la ley. Como ya hemos ejemplificado antes, si juego al tenis con un profesional y me otorgan igualdad de oportunidades habrá, por ejemplo, que encadenarle una pierna al profesional del caso con lo que se habrá lesionado su derecho. Afortunadamente todos somos distintos en talentos, en fuerzas físicas y demás, en una sociedad libre las personas gozan de las mayores oportunidades posibles pero no iguales por las razones apuntadas. La igualdad es ante la ley no mediante ella y, dicho sea al pasar, reiteramos que este concepto vital está anclado a la idea de Justicia de “dar a cada uno lo suyo” y lo suyo remite nuevamente a la propiedad de cada cual.

Decimos que afortunadamente somos desiguales puesto que si los humanos fuéramos iguales se derrumbaría la división del trabajo y la consiguiente cooperación social: todos quisiéramos ser ingenieros y no habría panaderos, a todos nos gustaría la misma mujer y así sucesivamente…hasta la conversación resultaría en un tedio insoportable puesto que sería equivalente a la parla con el espejo.

En esta línea argumental es necesario contradecir la manía de la guillotina horizontal y entender que, como queda expresado, las desigualdades de rentas y patrimonios en un mercado abierto son consecuencia de las decisiones de la gente según cómo administre sus adquisiciones con lo que está de hecho premiando y estimulando a algunos y castigando a otros. El delta de ingresos y patrimonios o el Gini Ratio son irrelevantes en una sociedad libre, sólo describen las preferencias de la gente y para aprovechar los siempre escasos recursos es indispensable dejar inalteradas las decisiones del público consumidor. Y en este último sentido, es menester destacar la sandez de suponer que los consumidores se dejan embaucar por la publicidad lo cual de ser cierto podría convencerse a la gente a abandonar los automóviles y andar en monopatín o sustituir la electricidad y volver a las velas siempre y cuando se proceda con la suficiente dosis de publicidad (todo esto salvo los libros que patrocinan estas zonceras cuya publicidad sería “genuina”).

Por supuesto que el liberalismo está asentado en un proceso evolutivo ya que como ha enfatizado Karl Popper el conocimiento tiene la característica de la provisionalidad abierta a posibles refutaciones. De allí que sea tan ilustrativo y sabio el lema de la Royal Society de Londres: nullius in verba, a saber, que no hay palabras finales. Por eso son tan fértiles los debates también entre liberales ya que no somos una manada y detestamos el pensamiento único. Hay en este sentido muchos matices y discusiones que ayudan a vislumbrar otras perspectivas manteniendo el respeto recíproco como aspecto crucial de esta anti-ideología por excelencia, no en el sentido inocente del diccionario de conjunto de ideas ni siquiera en el sentido marxista de “falsa conciencia de clase” sino en el siendo más generalizado de algo cerrado, terminado e inexpugnable.

Es recomendable recordar que cuando se aplicó la Constitución liberal alberdiana nuestro país era la atracción universal puesto que los salarios e ingresos en términos reales eran muy superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España, la población se duplicaba cada diez años, teníamos todos los indicadores más relevantes similares o mejores que en Estados Unidos y nuestras exportaciones estaban a la altura de las de Canadá junto con maravillas culturales y educativas en todos los planos. Esto antes que nos azotara el estatismo peronista y sus imitadores con sus infames “conquistas sociales” que nos hundieron y nos siguen perjudicando machaconamente y empobreciendo en grados alarmantes.

Es de interés para los que todavía insisten en introducir algo de izquierda en el pastel liberal repasar la columna vertebral del espíritu de Alberdi quien lo resumió en el libro que explica nuestra Constitución fundadora a través de los siguientes dos pasajes vitales que debieran grabarse a fuego: “Si los derechos civiles del hombre pudiesen mantenerse por sí mismos al abrigo de todo ataque, es decir, si nadie atentara contra nuestra vida, persona, propiedad, libre acción, el gobierno del Estado sería inútil, su institución no tendría razón de existir” y también “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes le exigía a Alejandro: que no le hiciera sombra.”

El antes mencionado Hayek con razón nos informa que la tan cacareada “justicia social” alude a la antítesis de Justicia pues apunta que el adjetivo social unido a cualquier sustantivo lo convierte en su antónimo. Eso ocurre con “constitucionalismo social” que se traduce en textos inconstitucionales puesto que son cheques en blanco para que los aparatos estatales hagan lo que les plazca con las vidas y haciendas ajenas en lugar de establecer estrictos límites al poder, o “derechos sociales” que se traducen en pseudo derechos puesto que implican succionar el fruto del trabajo ajeno. En esta misma dirección, la “justicia social” solo puede tener dos acepciones: una flagrante redundancia puesto que la justicia no puede ser mineral ni vegetal, es siempre social o la interpretación corriente que significa sacarles a unos lo que les pertenece para entregarles a otros lo que no les pertenece, es decir, lo contrario de la Justicia.

En resumen, hago votos para que los amigos que se autodenominan liberales de izquierda junten fuerzas y hagan el recorrido final y se proclamen liberales a secas para dejar atrás contradicciones bien alejadas también de aquél otro invento inaudito de “neoliberalismo” con lo que no se identifica ningún liberal serio de nuestro tiempo. Es como ha escrito Mario Vargas Llosa “en mi vida que va siendo larga, me he encontrado con muchos liberales y con muchos más que no son liberales pero nunca con un neoliberal”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

En el último cuatrienio el peso perdió el 80% de su capacidad de compra

Por Enrique Blasco Garma. Publicado el 6/06/21 en: https://www.infobae.com/opinion/2021/06/06/en-el-ultimo-cuatrienio-el-peso-perdio-el-80-de-su-capacidad-de-compra/

Mientras en el mundo la inflación promedio fue en 2020 inferior al 1% anual, en América Latina se afirma la tendencia declinante, salvo en Venezuela y la Argentina donde se mantiene alta y creciente

Sostenía Adam Smith en su obra cumbre “La Riqueza de las Naciones”: “el pan, carne, cerveza, que consumes provienen de negociar tu coincidencia con la del propio interés de los proveedores, no de su bondad”.

Los intercambios voluntarios generan colaboraciones mutuas, aprendizajes y competencias. Tanto más amplia cuanto mayor libertad para elegir lo mejor para sí mismo, independientemente de discursos y opiniones ajenas. En contraste, las actividades dirigidas a la propia satisfacción, sin intermediarios, no generan valor; sólo atienden lo propio, particular. Los actos forzados siempre empobrecen.

Los ingresos miden los productos y trabajos entregados para satisfacer necesidades particulares. Los intercambios multiplican valores, pues cada parte, vendedor – comprador, obtiene algo que valora más que lo entregado a cambio. La ganancia es el valor añadido. La única y verdadera creación de riqueza proviene de las transacciones voluntarias.

El empleado recibe del empleador un monto de dinero por su entrega de trabajo; el primero aprecia más el dinero recibido que el trabajo suministrado; el empleador prefiere el trabajo obtenido al dinero pagado a cambio. Las transacciones repiten igual estructura. Uno entrega un bien, derecho activo; la otra entrega dinero a cambio.

Mientras, el Estado obra con imposiciones forzadas que, por convención, se valúan por los salarios y costos pagados, suponiendo erróneamente un beneficio similar.

Las normas aseguran los tratos. La Revolución Francesa impuso el Sistema Métrico decimal para superar disputas comerciales habituales. Hasta entonces, el patrón – superior jerárquico- definía lo entregado en cada trato particular. Habitualmente el menos encumbrado sufría maltratos.

Bancos centrales

Las naciones avanzan desarrollando instituciones, estándares precisos.

Los emisores de dinero son Bancos Centrales u oficinas independientes sujetos a controles de calidad. Mientras las medidas físicas se controlan con patrones objetivos, el valor del dinero se mide con precios, certeza de las emisiones y acreditaciones.Los emisores de dinero son Bancos Centrales u oficinas independientes sujetos a controles de calidad. Mientras las medidas físicas se controlan con patrones objetivos, el valor del dinero se mide con precios (Reuters)Los emisores de dinero son Bancos Centrales u oficinas independientes sujetos a controles de calidad. Mientras las medidas físicas se controlan con patrones objetivos, el valor del dinero se mide con precios (Reuters)

El conflicto aparece cuando el Estado imprime dinero para pagar sus gastos y no preserva su valor. Ante dos tensiones BCRA pierde su independencia, priorizando el programa de gastos por sobre la estabilidad de la moneda. Imprimir dinero para financiar al Tesoro deteriora su valor. Sobrará dinero y subirán los precios intentando quitar los excedentes. Emitiendo mas dinero del demandado, los precios subirán.

Mientras los gobiernos procuran que los productores compitan ofreciendo mejores bienes, el Estado evita la competencia de otros emisores. En donde infinidad de valores se fija en dólares, adoptar el dólar como moneda o unidad de transacción facilitaría intercambios.

Los precios inciertos reducen la información, tornando riesgosas las transacciones. Esto es menor comercio, menor multiplicación de valores, menores ingresos, menores libertades de trabas innecesarias. Liberar obstáculos artificiales aumenta los ingresos, esto es, las libertades de actuar. Libertades e ingresos corren juntos.

Sin precios estables, se pierde información, referencias, horizontes para intercambiar y los ingresos se comprimen. Los privados pierden. La causa de la inflación es la emisión de pesos superior a lo deseado. En lo inmediato, los precios pueden aumentar por mayores costos, sean sueldos, impuestos, tipo de cambio.

La inflación viene declinando en el mundo y promediaba menos del 1% anual en 2020. En América Latina, es cada vez menor, salvo en Venezuela y Argentina. En el cuatrienio último el peso redujo su valor en 80% del que mantenía en diciembre 2016. Los precios dejaron de iluminar las decisiones.

Convertibilidad fue la regla monetaria que se optó en los 90 para ajustar la cantidad de dinero a la demanda de la población, de forma automática. El Banco Central, con respaldo legislativo estableció una relación uno a uno entre el peso y el dólar. Cuando la gente deseaba más pesos, entregaban dólares, y el BCRA devolvía pesos. Cuando sobraban pesos, los privados los entregaban a cambio de dólares. No existiendo otra causa de emisión, la regla garantizaba la cotización del peso y certidumbre a los precios. Durante los diez años los precios estuvieron estables.

Inflación de regulaciones

La polución normativa traba, confunde, conlleva redistribuciones patrimoniales, empobrecimientos conjuntos. Los legisladores intentan ejercitar su poder modificando reglas. Los cambios de reglas forzadas, impuestas, confunden los intercambios voluntarios, y se refleja en la dinámica de los precios.

De igual modo, el riesgo argentino mide la enorme variabilidad en las obligaciones del Estado y las inversiones. Las inflaciones se retroalimentan. Para desviar culpas por alzas de precios, gobernantes dictan normas y cargan los aumentos de precios a comerciantes, empresarios, asalariados. Olvidan quien emite dinero.BLASCO FINDEBLASCO FINDE

Enseñando mejor razón, los deportes competitivos definen reglas mínimas y necesarias, estables, no cambian. Los espectadores vigilan prestamente, porque las alteraciones confundirían al juego.

Justicia es eficiencia. Las distintas miradas enriquecen y liberan negocios, con reglas iguales, estables, para todos los humanos, actos y tiempos. La aspiración de la Revolución Francesa. Justo no es lo que le parezca a un individuo singular, si no el mínimo común denominador. Regla de eficiencia, competencia. El metro patrón independiente de opiniones particulares. Si las reglas no fueran parejas, ¿cómo saber lo justo, eficaz?

Enrique Blasco Garma es Ph.D (cand) y MA in Economics University of Chicago. Licenciado en Economia, Universidad de Buenos Aires. Fue Economista del Centro de Investigaciones Institucionales y de Mercado de Argentina CIIMA/ESEADE. Profesor visitante a cargo del curso Sist. y Org. Financieros Internacionales, en la Maestria de Economia y C. Politicas, ESEADE.

Antecedentes pre-marxistas del impuesto progresivo

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2021/05/antecedentes-pre-marxistas-del-impuesto.html

“El mismo Seligman hace una historia de las diversas iniciativas que en los tiempos primitivos señalaron, aunque sea en forma de esbozo, un intento de materializar el impuesto progresivo. Y en este sentido recuerda el antecedente de Guicciardini, que, en el año 1549, en su obra La décima scala in Firénze, se ocupó ya del tema. Las tentativas se registraron también en los tiempos de la Revolución francesa, bajo cuyo imperio se sancionó una ley de limitación de las rentas. En Francia, precisamente, habían de señalarse los más serios intentos para llegar al impuesto progresivo, mereciendo recordarse a M. Dufay, verdadero paladín, quien en su obra L’impot progressiff sur le capital est sur le renta, dice: “La tributación debe mantener en un justo límite la apropiación particular de la riqueza producida, al menos indirectamente, por el trabajo de todos. Debe mantener entre los hombres cierta igualdad real, corrigiendo y atenuando los efectos del egoísmo individual y la extrema desigualdad natural. En otras palabras, concluye, la misión del impuesto es liberar el trabajo en lugar de estorbarlo y coartarlo, como ocurre en el presente. En consecuencia, debe él restar su excesivo poder al capital y dar al trabajo su poder social, que tiene hoy en grado insuficiente”.”[1]

Los franceses han sido histórica y tradicionalmente en su mayoría socialistas, o han tendido hacia esa ideología, a veces más, otras menos. Raras han sido las excepciones, entre las cuales es obligado citar al notable decimonónico Frederic Bastiat y, más modernamente, al notable Jacques Rueff, por supuesto entre otros. Ya hemos visto antes que, Marx y Engels ubicaron en el segundo lugar de importancia de su plan para imponer el comunismo a nivel mundial la creación de impuestos progresivos fuertes a las personas. Y ciertamente no creemos causal que la mayoría de los países del planeta hayan adoptado los mismos sin tener ninguna vinculación con el influjo marxista ejercido y expandido por todo el orbe, inclusive hasta nuestros días. Pero, desde luego, ni Marx ni Engels fueron precursores de este impuesto, ya los hubo antes que ellos.

En Francia siempre ha predominado -desde los tiempos de la Revolución Francesa en adelante- un socialismo de tipo gramsciano (por Antonio Gramsci, el célebre pensador marxista italiano) que propone la lenta pero persistente infiltración marxista por vías “no” violentas a través de la educación y diversos medios de comunicación social. Su paralelo en Inglaterra ha sido la sociedad Fabiana. Pero las ideas gramscianas y fabianas han tenido mayor repercusión y aprobación en Francia más que en otras partes.  Hoy están extendidas por todo el mundo.

Aceptan el marxismo en sus planteos básicos y fundamentales, y sólo discrepan en la metodología de implementación. De allí que, condenen la propiedad privada de rentas, capitales y patrimonios, y vean en los impuestos la manera más sutil y mejor implementada de expoliación. Mediante la doctrina de la “justicia social” cambiaron la palabra expoliación por expropiación, pero el artilugio es vano para quien lo medite superficialmente: se trata de lisa y llana expoliación. La ley impositiva pende como Espada de Damocles sobre la cabeza del “contribuyente” que vive en una constante amenaza entre pagar o ser severamente castigado.

Desconocen cómo funciona el mercado, y que este es el que mantiene “en un justo límite la apropiación particular de la riqueza producida” mediante el mecanismo de distribución de la misma que, conforme a los mandatos de los consumidores, el propio mercado cumple. Son los consumidores y no los productores los que determinan cuanta riqueza poseerá cada miembro de la comunidad. El impuesto no puede cumplir con esta función porque es contrario a su naturaleza, por eso lo más que puede hacer es destruirla. Esta ruina se consuma mediante la redistribución de rentas y patrimonios llevada a cabo por medio de instrumentos fiscales y otras vías de ataques a la propiedad privada.

Cuando alude al “trabajo de todos” quiere referirse a lo que Marx llamaba el “trabajo socialmente necesario” para producir cualquier cosa fincando el valor de las cosas en esa fórmula. Pero el valor de las cosas no surge del trabajo sino de su utilidad marginal, como hemos explicado en todas nuestras obras.

Paradójicamente para muchos, la “igualdad real” que busca el autor se obtiene a través del “egoísmo individual” como ya lo advirtiera en 1776 Adam Smith en su obra magna investigación sobre la causa y naturaleza de la riqueza de las naciones. No hay otra manera de acercarse a ella. Este egoísmo -para sorpresa de muchos ignorantes- es también la solución (como la historia lo ha demostrado donde se lo ha dejado actuar) a “la extrema desigualdad natural” y en cuanto a que “la misión del impuesto es liberar el trabajo en lugar de estorbarlo y coartarlo, como ocurre en el presente” es precisamente al revés, y plantea una misión imposible, porque el impuesto jamás ha podido, ni puede, ni podrá nunca liberar el trabajo. Esto es un absurdo. Y lo de “estorbarlo y coartarlo, como ocurre en el presente” es lo que ha sucedido en el pasado y sucederá en el futuro, por cuanto se quiere hacer del impuesto algo que es contrario a su naturaleza. El impuesto es un robo, y por más que se lo adorne con hermosas palabras, frases maravillosas, y los mejores deseos seguirá siendo lo que fue en el pasado y es en el presente: un despojo violento, una expoliación.

Respecto de que el impuesto “debe él restar su excesivo poder al capital y dar al trabajo su poder social, que tiene hoy en grado insuficiente” es una expresión poco feliz, porque al restar el poder del capital resta el del trabajo, habida cuenta que sin capital no hay trabajo, pero la ignorancia económica hace decir sandeces a muchos según se aprecia, como que el capital se “opone” al trabajo y viceversa lo que es algo a luces vista ridículo y pueril. “Combatir al capital” como dice la letra de la marcha peronista -tan celebrada por las masas hoy en día- es destruir el trabajo y multiplicar la pobreza, creando riqueza para los burócratas, sus familias y amigos.


[1] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15, letra I, Grupo 05.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

FEYERABEND Y EL CORONAVIRUS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 15/3/20 en: http://gzanotti.blogspot.com/2020/03/feyerabend-y-el-coronavirus.html

 

Feyerabend tiene muchas cosas difíciles de aceptar, pero una de ellas es su noción de “Nueva Ilustración”. No se la entiende o, si se la entiende, obviamente se la rechaza, porque mueve totalmente el piso de nuestro actual paradigma cultural.

Feyerabend explica que la Ilustración separó al Estado de las iglesias (ahora no entremos en la distinción entre laicismo o laicidad), y eso lo ve como positivo, como un camino a respetar las decisiones de las personas en temas importantes de su vida. (Repárese: “importantes”). Lo considera un signo de madurez. Claro, se podría debatir qué es la madurez. Tal vez se podría interpretar que luego de las guerras religiosas entre católicos y protestantes, Occidente “maduró” sacando a lo religioso del ámbito de la coacción del estado. Claro, en ese caso hay que “separar”, también, a la Revolución norteamericana de la Revolución Francesa, pero Feyerabend no repara en esa distinción. Solo le interesa señalar que Occidente enfrenta un nuevo tipo de inmadurez: dejar en manos de funcionarios estatales las decisiones personales que tengan que ver con “lo científico”. Antes era el inquisidor, ahora es el “experto”. Pero para Feyerabend, así como debe haber libertad ante lo religioso, debería haber libertad ante la ciencia.

Pero no, no la hay. Por eso las nociones de educación pública y salud pública son sacrosantas en el Occidente actual, porque ocupan el lugar cultural que antes ocupaba la religión única en el Sacro Imperio. Sacro imperio que te protegía del error religioso, del “contagio” de las religiones falsas, y ello con plena aceptación de casi todos. Ahora es el sacro imperio científico, donde el estado protege tu salud corporal de lo que la ciencia diga que es malo para ella. Porque antes protegía la salud del alma, ahora, la del cuerpo. Un cambio de paradigma importante. Pero una continuidad: en lo que un horizonte considere importante, fundamental, esencial, probado, conocido, etc., coerción, por tu bien y por el de los demás. Era el argumento de los inquisidores.

Lo que está sucediendo con el coronavirus va más allá del debate biológico. Hay algo más allá de su grado de mortalidad o su grado de contagio. Allí ya entraron discusiones interminables: que si es más o menos grave que otras enfermedades, (con las cuales convivimos diariamente sin ningún pánico porque ya las tenemos asumidas), etc. La cuestión cultural de fondo es otra: casi todos demandan al estado la salud física pública. Y además, en una cultura que no asume la muerte, que no habla de ella, que la patea para adelante, la creencia en que hay un nuevo virus fatal dando vueltas dispara todos nuestros más atávicos temores. Las dos cosas se mezclan. Ante el temor, fundado o no, ante el virus, todos llaman al estado, que hace lo que sabe hacer: prohibir para evitar el contagio, de igual modo que el Sacro Impero Cristiano te protegía del contagio de los infieles.

¿Tiene esto solución? No. Feyerabend demanda una nueva Ilustración, que separe a la ciencia del estado, pero obviamente ello es hoy imposible. Es como si alguien hubiera escrito en el s. XIII la declaración de libertad religiosa del Vaticano II. Ni siquiera se hubiera entendido de qué se estaba hablando.

Así están las cosas. Depositamos nuestra salud en manos de otros porque pensamos que la ciencia los habilita para ello. Ellos también lo piensan. Todos lo suponen. Es el horizonte actual. He allí la desesperación y el pánico. Ese es el horizonte que retroalimenta a medios, estado y ciudadanos. Así es y durante mucho, mucho tiempo, así será.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

El daño de la ideología

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 15/2/20 en: https://www.infobae.com/opinion/2020/02/15/contra-la-ideologia/

 

John Stuart Mill (National PortraitGallery)
John Stuart Mill (National PortraitGallery)

Lo cerrado, terminado, clausurado es la antítesis del espíritu liberal, que por definición trata de un proceso evolutivo de corroboraciones provisorias sujetas a refutaciones. Pues bien, la ideología en su acepción más generalizada es lo primero por ello se trata de una palabreja soez. No en el sentido inocente del diccionario de conjunto de ideas, ni siquiera en el sentido marxista de falsa conciencia de clase, sino, como queda dicho, en un puerto de llegada que lo contiene todo. Lo contrario a la apertura mental y consubstanciado con el fanatismo, el dogma y la telaraña mental. En este contexto es que el ideólogo constituye un bochorno.

Habiendo dicho esto es pertinente aludir a aquellos que pretenden ser ajenos a la ideología pero ahora en un sentido distinto de la interpretación corriente a la que hemos aludido. Es el disfraz para no estar sujetos a teorías ni esqueleto conceptual alguno. Se presentan como inmaculados, como impolutos, como incontaminados por ideas, valores, principios o convicciones. Es decir seres vacíos con lo cual en la práctica si son consistentes con lo que dicen no podrían afirmar ni negar nada. Son en verdad unos irresponsables. Son cobardes que no tienen el coraje de poner de manifiesto sus ideas que naturalmente afloran en cada cosa que dicen por más que pretendan ocultarlo. Esto está en una línea argumental equivalente de quienes sostienen que no debe juzgarse, cuando ese es precisamente un juicio.

Pero aquí viene el aspecto medular del asunto que el premio Nobel en Economía Friedrich Hayek lo expresa con rigor en su texto titulado The Facts in Social Sciences (que fue su conferencia en la Cambridge University Moral Sciences Club). Sostiene que las propiedades físicas que se observan desde afuera en las ciencias naturales conforman hechos de una naturaleza completamente distinta de lo que ocurre en las ciencias sociales donde lo visto desde afuera no dice nada, el asunto es la interpretación y la conjetura de los que se mira desde adentro de la acción humana, una mirada en este último caso donde se hace hincapié en el propósito que se estima tiene lugar. Las piedras y las rosas no tienen propósitos, es lo que se ve, sin embargo con los seres humanos se trata de interpretar los actos.

Por ello es que Hayek ha dicho que le resulta algo cómico aquello de que “los hechos hablan por sí solos”. En primer término, los hechos no hablan -lo hacen los seres humanos- y, además, en el caso de las ciencias sociales lo físico no es lo primordial se trata de indagar en motivos y razones de la acción. A diferencia con las ciencias naturales, en ciencias sociales simplemente con observar movimientos físicos no se concluye nada: es inexorable elaborar sobre el sentido de la acción. Dice Hayek en la antedicha conferencia: “Cuando nos preguntamos porqué las personas están haciendo tal o cual cosa estamos investigando algo que va más allá de lo físico que podemos observar”.

Por ejemplo, cuando se muestra una serie estadística en ciencias sociales se explicitan las causas para que las mismas ocurrieran y esto requiere interpretación en base a un esqueleto conceptual, de lo contrario serían solo números sin significado ni brújula. Y tengamos en cuenta que los correlatos no necesariamente significar nexos causales: por ejemplo, se ha mostrado correlación perfecta entre el promedio ponderado en largo de las polleras en Estados Unidos con la venta de papas en Australia de lo cual no se desprende relación causal alguna.

Lo dicho no significa que se descarta la interpretación en ciencias naturales; de lo que se trata es de subrayar que se miran los datos desde afuera en contraste con la acción humana que se miran en base a la introspección del observador en su calidad de ser humano. La Revolución Francesa no se explica por movimientos físicos de personas ni de cosas, se explica a través de interpretar los propósitos de quienes actuaban en aquellas trifulcas. Sin embargo, en ciencias naturales lo puramente físico no demanda interpretación de propósitos inexistentes.

También es necesario refutar aquella afirmación del positivismo epistemológico en cuanto a que para que una proposición resulte verdadera debe ser verificada empíricamente pero, por un lado, como explica Morris Cohen, esa misma proposición no es verificable empíricamente y, por otro, como enseña Karl Popper, nada en la ciencia es verificable solo es corroborable provisoriamente.

Entonces aquellos sujetos camuflados en vírgenes impolutas sin preconcepto alguno no podrían opinar de nada si no fuera por los antedichos andamiajes teóricos anteriores al suceso en cuestión. Muy distinto es el significado del prejuicio que alude a contar con una conclusión antes de haber estudiado el asunto entre manos.

Antes he escrito sobre el significado de la teoría y la práctica, pero es del caso resumir lo consignado. En los ámbitos donde se gesta la teoría es donde se crea todo lo que luego los llamados prácticos usan para muy diversos propósitos. Por su parte, los prácticos también requieren de trabajo intelectual, sólo que en otro plano: no en la producción de la idea, sino en su aplicación. Constituye un lugar de lo más común —casi groseramente vulgar— sostener que lo importante es el hombre práctico y que la teoría es algo etéreo, más o menos inútil, reservado para idealistas que sueñan con irrealidades. Esta concepción es de una irresponsabilidad a toda prueba y revela una estrechez mental digna de mejor causa. Todo, absolutamente todo lo que hoy disponemos y usamos es fruto de una teoría previa, es decir, de un sueño, de un ideal, de un proyecto aún no ejecutado. Nuestros zapatos, el avión, la televisión, la radio, Internet, el automóvil, el tipo de comida que ingerimos, las medicinas a las que recurrimos, los tipos de edificaciones, la iluminación, las herramientas, los fertilizantes, los plaguicidas, la biogenética, la siembra directa, los sistemas políticos, los regímenes económicos, etcétera. Todo eso y mucho más, una vez aplicado, parece una obviedad, pero era inexistente antes de concebirse como una idea en la mente de alguien.

John Stuart Mill escribió, con razón: “Toda idea nueva pasa por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción”. Seguramente, en épocas de las cavernas, a quienes estaban acostumbrados al uso del garrote les pareció una idea descabellada concebir el arco y la flecha y así sucesivamente con todos los grandes inventos e ideas progresistas de la humanidad. En tiempos en que se consideraba que la monarquía tenía origen divino, a la mayoría de las personas les resultó inaudito que algunos cuestionaran la idea y propusiera un régimen democrático.

Los llamados prácticos no son más que aquellos que se suben a la cresta de la ola ya formada por quienes previa y trabajosamente la concibieron. Desde luego que los prácticos también son necesarios, puesto que el objeto de la elaboración intelectual es ejecutar la idea, pero los que se burlan de los teóricos no parecen percatarse de que todo lo que hacen resulta de una deuda contraída con aquellos, pero al no ser capaces de crear nada nuevo se regodean en sus practicidades. Todo progreso implica correr el eje del debate, es decir, de imaginar y diseñar lo nuevo a efectos de ascender un paso en la dirección del mejoramiento. Al práctico le corren el piso los teóricos sin que aquel sea para nada responsable de ese corrimiento.

Para citarlo nuevamente a Hayek en Los intelectuales y el socialismo: “Aquellos que se preocupan exclusivamente con lo que aparece como práctico dada la existente opinión pública del momento, constantemente han visto que incluso esa situación se ha convertido en políticamente imposible como resultado de un cambio en la opinión pública que ellos no han hecho nada por guiar”. La práctica será posible en una u otra dirección según sean las características de los teóricos que mueven el debate.

En esta instancia del proceso de evolución cultural, los políticos recurren a cierto tipo de discurso según estiman que la gente lo digerirá y aceptará. Pero la comprensión de tal o cual idea depende de lo que previamente se concibió en el mundo intelectual y su capacidad de influir en la opinión pública a través de sucesivos círculos concéntricos y efectos multiplicadores desde los cenáculos intelectuales hasta los medios masivos de comunicación.

En segundo lugar, en todos los órdenes de la vida, los prácticos son los free-riders (o, para emplear un argentinismo, los garroneros) de los teóricos. Esta afirmación no debe tomarse peyorativamente, puesto que, del mismo modo que todos usufructuamos de la creación de los teóricos, como queda dicho también sacamos ventajas de los que llevan la idea a la práctica. La inmensa mayoría de las cosas que usamos las debemos al ingenio de otros, casi nada de lo que usufructuamos lo entendemos ni lo podemos explicar. Por esto es que el empresario no es el indicado para defender el sistema de libre empresa, porque, como tal, no se ha adentrado en la filosofía liberal, ya que su habilidad estriba en realizar buenos arbitrajes (y, en general, si se lo deja, se alía con el poder para aplastar el sistema). El banquero no conoce el significado del dinero, el comerciante no puede fundamentar las bases del comercio, quienes compran y venden diariamente no saben acerca del rol de los precios, el telefonista no puede construir un teléfono, el especialista en marketing suele ignorar los fundamentos de los procesos de mercado, el piloto de avión no es capaz de fabricar una aeronave, los que pagan impuestos (y mucho menos los que recaudan) no registran las implicancias de la política fiscal, el ama de casa no conoce el mecanismo interno del microondas ni del refrigerador, y así sucesivamente. Tampoco es necesario que esos operadores conozcan aquello, en eso consiste precisamente la división del trabajo y la consiguiente cooperación social. Es necesario sí que cada uno sepa que los derechos de propiedad deben respetarse, para cuya comprensión deben aportar tiempo, recursos o ambas cosas si desean seguir en paz con su practicidad y para que el teórico pueda continuar en un clima de libertad con sus tareas creativas y así ensanchar el campo de actividad del práctico.

En tercer término, debe subrayarse que, sin duda, hay teorías efectivas y teorías equivocadas o sin un fundamento suficientemente sólido, pero en modo alguno se justifica mofarse de quienes realizan esfuerzos para concebir una teoría eficaz. Las teorías malas no dan resultado, las buenas logran el objetivo. En última instancia, como se ha dicho: “Nada hay más practico que una buena teoría”. Consciente o inconscientemente, detrás de toda acción hay una teoría; si esta es acertada, la práctica producirá buenos resultados, si es equivocada, las consecuencias del acto estarán rumbeadas en una dirección inconveniente respecto de las metas propuestas.

Los candados mentales y la inercia de lo conocido son los obstáculos más serios para introducir cambios. Como hemos señalado, no sólo no hay nada que objetar a la practicidad, sino que todos somos prácticos en el sentido de que aplicamos los medios que consideramos que corresponden para el logro de nuestras metas, pero tiene una connotación completamente distinta el práctico que se considera superior por el mero hecho de aplicar lo que otros concibieron y, todavía, reniega de ellos, los que, como queda dicho, hicieron posible la practicidad del práctico.

Afirmar que “una cosa es la teoría y otra es la práctica” es una de las perogrulladas más burdas que puedan declamarse, pero de ese hecho innegable no se desprende que la práctica sea de una mayor jerarquía que la teoría, porque parecería que así se pretende invertir la secuencia temporal y desconocer la dependencia de aquello respecto de esto último, lo cual no desconoce que la teoría es para ser aplicada, es decir, para llevarse a la práctica. Por eso resulta tan chocante y tragicómica la afirmación que pretende la descalificación al machacar aquello de: “Fulano es muy teórico” o el equivalente de: “Mengano es muy idealista” (bienvenidos los idealistas si sus ideales son nobles y bien fundamentadas).

En resumen, una cosa es el ideólogo que siempre fractura, obstaculiza y encoje el conocimiento con su cerrazón mental y otra son los irresponsables que creen que puede estudiarse algo sin un riguroso andamiaje conceptual pensando que “los hechos en materia social hablan por si mismos”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Marx, derechos y libertades

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 13/4/19 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/marx-derechos-y-libertades/

 

Karl Marx apoyó el liberalismo pero rechazó los derechos humanos de la Revolución Francesa. En ambos casos, lo hizo con la lógica antiliberal del socialismo.

Si un gran enemigo de la libertad defiende el liberalismo, hay que mirar el contexto. Si Marx aplaudió la extensión del capitalismo por el mundo no fue porque apreciara la economía de mercado sino porque rechazaba aún más las economías primitivas, y pensaba que el capitalismo era el necesario estadio previo al socialismo. Por eso respaldó a los librecambistas: “el sistema de libre comercio acelera la revolución social. Es solo en este sentido revolucionario, caballeros, que estoy a favor del libre comercio”. Del mismo modo, si llamó a no pagar impuestos desde la Neue Rheinsische Zeitung, no era para promover la libertad sino la agitación política.

Lo que Marx rechazaba de los derechos humanos era la idea moderna y liberal que separa al individuo del ciudadano. El Estado antiguo, en cambio, era universal: Aristóteles no distinguía entre hombre y ciudadano. El socialismo quiere volver a eso: al Estado total. En el Estado moderno y burgués la vida privada, la propiedad, los contratos y el comercio se independizan del Estado, con lo que los derechos adquieren forma de libertades y plantean un compromiso entre la política y la sociedad. Eso es lo que Marx rechazaba, como dice Stedman Jones: “Los derechos del hombre eran la expresión apenas disimulada del predominio de la propiedad privada y el individuo burgués en su relación con el Estado moderno”. Esa fue la razón, por cierto, del odio que los socialistas siempre tuvieron a las religiones judeocristianas: ellas también postulan la existencia de personas libres independientemente de su carácter de ciudadanas.

Lo que atrajo a Marx y a los socialistas posteriores fue un aspecto fundamental de la Revolución Francesa: el terrorismo revolucionario, la violencia como “partera de la nueva sociedad”, que arrasa con los derechos humanos. En suma, no les gusta 1789 sino el bienio 1792-93. No por azar Pablo Iglesias es admirador de Robespierre. Marx y Engels no querían la democracia pacífica sino la revolución planetaria, sin importar las víctimas que pudiera generar. Engels esperaba que “la próxima guerra mundial conducirá a la desaparición de la faz de la tierra no solo de las clases y dinastías reaccionarias, sino de todos los pueblos reaccionarios”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

PETER PAN Y EL HOMBRE ENJAULADO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Desafortunadamente vivimos la época de la adoración a los aparatos estatales que todo lo abarcan, desde las relaciones comerciales, al deporte, casamientos y divorcios, el arte, los transportes, la comunicación, los sindicatos, los procesos educativos, la recreación y tantos otros ámbitos, mientras descuidan la seguridad y la justicia.

 

A esta altura del siglo xxi es hora de madurar y comprender que los espacios crecientes del adiposo Leviatán se traducen en disminuciones en las libertades de las personas. Peter Pan es un personaje de ficción que nunca creció, fabricado por el escritor escosés James Matthew Barrie en una obra estrenada en Londres en 1904. Esta inmadurez perpetua es lo que mantiene al hombre enjaulado,  es decir, privado de sus libertades.

 

En lugar del principio básico de la presunción de inocencia, se parte del principio de la presunción de sabiduría del gobernante y la ignorancia de la gente. Por el hecho de asumir funciones en el aparato estatal se estima que la persona se ha transformado en sabionda quien subestima a sus congéneres que no ocupan cargos oficiales. Una mutación en verdad asombrosa. Pero aun suponiendo que fuera así, esto en modo alguno justifica que la gente deba ser regenteada por los políticos en cuanto al manejo de sus vidas y sus haciendas. Constituye una falta de respeto, en todo caso si verdaderamente fueran sabiondos que compitan por vender sus servicios en el mercado.

 

En realidad aquel  procedimiento significa la concentración de ignorancia si es que hemos comprendido que el conocimiento,  por su misma naturaleza, está fragmentado y disperso en millones y millones de personas que con sus respectivas informaciones y talentos los transmiten a través de sus múltiples intercambios, lo cual es anulado cuando el planificador impone sus visiones desde el vértice del poder.

 

Lo más importante para entender la mente de los megalómanos es leer y releer un pensamiento clave de C. S. Lewis: “De todas las tiranías una ejercida para el bien de las víctimas suele ser la más opresiva. Puede ser mejor vivir bajo ladrones que hacerlo bajo la moral omnipotente de los otros. Los ladrones a veces descansan pero aquellos que nos tormentan para nuestro bien lo hacen sin descanso.” (God in the Dock).

 

Es realmente  notable los humos de los burócratas que se la creen en el sentido de su superioridad, pero como dice Erich Fromm “son débiles mentales puesto que necesitan del dominado para rellenar su esquelética personalidad” (en Man for Himself). No hay más que verlos como disfrutan de la foto y el micrófono, no por su solvencia moral sino por el apoyo de las botas que siempre están tras el poder político. El desbarranque es grande hoy en día, hasta las izquierdas le han dado la espalda a sus orígenes: el los inicios de la Revolución Francesa -antes de la contrarrevolución jacobina-  los que se sentaron a la izquierda del Rey era para significar que se oponían a los privilegios basados siempre en el uso de la fuerza, ahora resulta que las izquierdas pretenden aplastar con las botas los derechos de la gente a través de cúpulas hediondas.

 

En el entramado político hoy nos retrotraemos a las peores épocas de las monarquías absolutas en las que se consideraba que los derechos eran una gracia concedida por el autócrata del momento y no como la facultad de los seres humanos por el hecho de haber nacido y que constituyen su naturaleza y sus características como especies únicas de las conocidas que poseen libre albedrío y consecuentemente dignidad.

 

Del célebre pensamiento de los Padres Fundadores de Estados Unidos en cuanto a que “el mejor  gobierno es el que menos gobierna” hemos pasado a creer que “el mejor gobierno es el que más legisla” (y cuando un miembro del Parlamento no presenta la suficiente cantidad de leyes se considera que no cumple adecuadamente con su función). En este sentido, sería de interés que los integrantes del Poder Legislativo fueran como en sus inicios  honorarios como en la República de Venecia muchos cargos públicos porque trabajaban ad honorem mientras se dedicaban a su faenas particulares, pero actualmente se pegó lo de honorables mientras cobran dietas y convierten el Congreso en un gran negocio (y, a veces, un aguantadero para cubrir delitos de toda laya). Si se objetara la idea en base a posibles conflictos de intereses, habría que subrayar que no hay tal si se legisla para la generalidad centrado especialmente en el presupuesto y no como hoy se hace en todas direcciones.

 

Ya hemos consignado antes en línea con el pensamiento de Bruno Leoni (en La libertad y la ley) la propuesta de abrir de par en par la posibilidad de árbitros privados en el ámbito del Poder Judicial sin ninguna restricción ni regulación (incluso no necesitan ser abogados los participantes en las diversas instancias). También hemos subrayado el pasaje poco explorado de Montesquieu (en El espíritu de las leyes) aplicable al Ejecutivo en cuanto a que “el sufragio por sorteo está en la índole de la democracia” en consonancia con lo que luego destacó Karl Popper (en La sociedad abierta y sus enemigos) en su crítica a la noción del “filósofo rey” expuesta por Platón para poner en un primer plano las instituciones y en un segundo y muy relegado a las personas, al efecto de que “el gobierno haga el menor daño posible”. A lo que cabe agregar la idea debatida en la Asamblea Constituyente estadounidense en cuanto a la relevancia de contar con un Triunvirato en el Ejecutivo “para mitigar la idea presidencialista que se asemeja a los malsanos desvíos de una monarquía sin control”.

 

Si no usamos las neuronas para imaginar nuevos límites al poder político corremos el riesgo de que el planeta Tierra termine en un inmenso Gulag y paradójicamente en nombre de la democracia, una democracia desde luego falseada y convertida hoy en pura cleptocracia, es decir los gobiernos de ladrones de libertades, de propiedades y de sueños de vida.

 

Es curiosa y alarmante la actitud pasiva de muchos que endosan la responsabilidad en otros para resolver problemas que a todos competen. Proceden como si estuvieran ubicados en una inmensa platea mirando el escenario donde aparecen personajes supuestamente encargados de solucionar entuertos. Con este procedimiento en gran medida está garantizado el fracaso puesto que de este modo todo el teatro se derrumbará. Para tener éxito cada uno, repito cada uno, debe contribuir con su granito de arena a enderezar las cosas puesto que cada cual está interesado en que se lo respete con total independencia de a que se dedique sea a la música, la literatura, la jardinería, la danza, la albañilería, pintura, la filosofía, el derecho, la economía, la historia, la ingeniería o lo que fuere. De allí es que los Padres Fundadores en Estados Unidos han insistido que “el costo de la libertad es la eterna vigilancia”.

 

Es sumamente peligrosa la actitud de aquellos que sostienen que solo les interesa su familia, su trabajo y la recreación personal. Esto no es original pero para lograrlo es menester que dediquen parte de su tiempo, de sus recursos o ambas cosas a contribuir a que se los respete, lo contrario es un suicidio.

 

Hacer las de Peter Pan conduce indefectiblemente a la jaula. Hoy en día con todas las amenazas a valores y principios de respeto recíproco debido al engrosamiento exponencial de los aparatos estatales, debemos subrayar que si todos los partidarios de la sociedad libre contribuyeran diariamente a rescatarse de la avalancha estatista, si eso fuera así decimos, no estaríamos ni remotamente en la situación en la que nos encontramos.

 

Otra vez sugiero los ateneos de lectura como un modo muy efectivo de contribuir a que se comprendan los fundamentos de la libertad. Reuniones en casas de familias de cinco o seis personas en las que uno expone por vez y los otros, habiendo leído el material propuesto, discuten, critican y elaboran sus propuestas. En base a un buen libro, este mecanismo genera notables efectos multiplicadores en la familia, el trabajo y en reuniones sociales. Sin duda que los medios más fértiles son la cátedra, el libro, el ensayo y el artículo, pero como queda dicho el ateneo de lectura ayuda enormemente a despejar dudas propias y ajenas y eventualmente al año siguiente cada uno de los miembros del ateneo original abren cinco o seis ateneos distintos y así sucesivamente.

 

Esta sugerencia va en línea con un consejo clave del marxista Antonio Gramsci: “tomen la cultura y la educación y el resto se da por añadidura”. Es así para todas las tradiciones de pensamiento. El decir que la educación es una faena a largo plazo demora la solución. Como he consignado en otras oportunidades es del caso citar a Mao Tse Tung en el sentido de que “las batallas más largas siempre comienzan con un primer paso”.

 

Dedicarse a los negocios personales no solo es legítimo sino que es necesario pero, entre otras cosas, precisamente, para preservar el negocio es indispensable asegurar un ámbito de respeto. La libertad de cada uno no es algo automático que viene del aire, procede de esfuerzos cotidianos para alimentarla. De allí es que autores como Benedetto Croce han consignado que la historia “es la hazaña de la libertad”.

 

Incluso hay quienes piensan que no debe criticarse que las cosas se enderezarán solas, que no debe juzgarse sin percibir que esto mismo constituye un juicio y que si los humanos no proceden en consecuencia nadie lo hará por ellos. La tiranía del statu quo, la pereza mental y el espíritu conservador en el peor sentido del término están presentes. Es imperioso el despertar a la realidad y contar con el coraje moral suficiente como para enfrentar los desafíos que las circunstancias nos presentan.

 

Por ahora en lo que va de la pulseada de la civilización los derechos proclamados y reconocidos por los Locke van perdiendo frente a los Russeau. Este último autor no solo es el artífice de la degradación de la democracia a manos de “la voluntad general” ilimitada (en el Contrato social) en contraposición a los Giovanni Sartori, sino que ha escrito que “En una palabra, quiero que la propiedad del Estado sea lo más extendida y poderosa y que la de los ciudadanos sean lo más reducida y débil que sea posible” (en Proyecto de Constitución para Córcega).

 

Anthony de Jasay ha escrito con toda razón que “Amamos la retórica de la libertad y nos abocamos en ese palabrerío más allá de la sobriedad y el buen gusto, pero está abierto a una seria duda si realmente aceptamos el contenido sustantivo de la libertad” (en “The Bitter Medicine of Freedom”). Como es archiconocido, ya Madame Roland antes de ser guillotinada se inclinó frente a la estatua de la libertad de la entonces Plaza de la Revolución (hoy Plaza de la Concordia) y sentenció: “Oh ! libertad cuantos crímenes se cometen en tu nombre”.

 

Solo en una mente liliputense cabe la idea que el hombre ha llegado a una instancia final de perfección. La perfección no está al alcance de los mortales. Estamos en estado de ebullición permanente en un contexto evolutivo. Mientras, siguen los estudios tendientes a refutar los argumentos del dilema del prisionero, de los bienes públicos, de los free riders, de la asimetría de la información, de los errores de comprensión respecto a la tragedia de los comunes y el interés personal smithiano en el denominado equilibro de Nash y los equívocos presentes en el teorema Kaldor-Hicks respecto a los balances sociales tan bien refutados por Robert Nozick. Mientras esto se desarrolla, debemos poner coto a los abusos del poder puesto que como reza el dictum de Acton “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

MARXISMO CULTURAL Y ESCUELA DE FRANKFURT.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 19/8/18 en: http://gzanotti.blogspot.com/2018/08/marxismo-cultural-y-escuela-de-frankfurt.html

 

Nunca necesité basarme en nadie para hablar del marxismo cultural. Hace mucho que vengo diciendo que la teoría de la explotación de Marx es un horizonte de pre-comprensión generalizado, y es eso lo “cultural” según la hermenéutica.  Casi todos son marxistas sin darse cuente; lo más trágico es la cantidad significativa de intelectuales que dicen no serlo “excepto” en “la parte de verdad” de Marx, a saber, que el capitalismo es inexorablemente explotador.

Por lo tanto, los nuevos “colectivos explotados” que han surgido –los pueblos originarios, las mujeres, los gays, trans y lesbians, etc- son una nueva versión del marxismo cultural. Por eso siempre digo, sobre todo a mis amigos católicos que dicen no ser marxistas: si no estudias al individualismo metodológico, si no estudias la refutación de Bohm-Bawerk a la teoría marxista de la explotación, si no lees a Mises y Hayek al respecto, caerás en el marxismo de manera total, y, por supuesto, en las contradicciones más terribles con tu supuesto catolicismo.

Pero la Escuela de Frankfurt no tiene que ver con eso. El único que formó parte de un movimiento disolutivo de valores, con una interpretación ridícula de Freud, es Marcuse. Los fundadores, Adorno y Horkheimer, cuyo gran libro, La dialéctica de la Ilustración, es de 1944, no tienen nada que ver con un movimiento revolucionario estalinista. Para ellos la razón del Iluminismo tenía una dialéctica (Hegel) intrínseca: al querer emancipar a la humanidad, la oprime y la oprimió. Todo el resultado del Iluminismo, que para ellos es el capitalismo industrial, el nazi fascismo y la Unión Soviética, todo ello es una muestra de cómo la razón humana, pretendiendo liberar, se ha convertido en el monstruo opresor. Y no hay salida. No proponen ninguna revolución. La razón cayó en su propia negación, y listo. El único de ellos que propuso una salida fue su joven discípulo Habermas, quien en Teoría de la acción comunicativa (1984) habla del diálogo como el único resultado positivismo de la razón ilustrada.

Las advertencias de otro gran pensador de la Escuela de Frankfurt, E. Fromm, sobre la alienación, son importantísimas y deberían ser más estudiadas por los liberales, independientemente de que Fromm haya pensado que el capitalismo es intrínsecamente alienante. No, no lo es necesariamente, pero una sociedad liberal es una sociedad donde puede darse la alienación, lo cual explica por qué luego sus masas, alimentadas como los tripulantes de Wall – E, quieren cualquier cosa, votan cualquier cosa, tal cual diagnostica y predice Ortega en La rebelión de las masas.

Los liberales deberían dialogar más con la Escuela de Frankfurt, porque Hayek también fue un crítico acérrimo del abuso de la razón, de la Revolución Francesa, del Constructivismo. La gran ventaja de Hayek es que, al haber sido vacunado por Mises contra Hegel y Marx, pudo hacer una crítica de la razón ilustrada que no cayera en la condena al capitalismo de los frankfurtianos, porque Hayek pudo distinguir, como Popper, entre razón y razón crítica, entre el racionalismo y la razón que sabe sus límites. Feyerabend, otro gran libertario, saca las coherentes conclusiones de La Sociedad Abierta de Popper, y llega a la unión entre estado y ciencia como el gran error de la Ilustración, y propone la separación entre ciencia y estado como la Nueva Ilustración que aún no ha llegado en absoluto. Si los que leen aún con nostalgia a Adorno y Horkheimer leyeran a Feyerabend, verían que la razón no tiene una dialéctica intrínseca, sino que tiene una salida en una razón que se da cuenta de la profundidad de lo real, y que la ciencia es sólo uno de las perspectivas para su análisis.

 

Por ende hay que seguir denunciando al marxismo cultural pero con más respeto hacia Adorno y Horkheimer, quienes tenían, tal vez, una mejor interpretación de Marx que la que tuvieron Lenin, Stalin o Mao. Y encontrar en el tema de la alienación, y en las denuncias de Hayek y Feyerabend a la razón racionalista,  un muy buen punto de encuentro.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Gero von Randow y “Revoluciones”

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 17/7/18 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/expansion/gero-von-randow-y-revoluciones/

 

Aunque las revoluciones tienen una larga historia, habitualmente las asociamos a la política y a la Edad Contemporánea, desde la Ilustración. Suelen ser celebradas, pero las  más importantes del último siglo se hicieron en nombre del socialismo, y cien millones de inocentes cayeron víctimas de esa criatura paradigmática del racionalismo ilustrado —así empieza La Internacional: “Arriba, parias de la Tierra./En pie, famélica legión./Atruena la razón en marcha,/es el fin de la opresión”. En realidad, no se levantaron los parias, los pobres no hacen las revoluciones, el racionalismo causó desastres sin límite, y el comunismo se plasmó en tiranías criminales en todo el planeta.

Pero el socialismo ha conseguido sobreponerse a sus resultados, y se siguen apreciando sus objetivos. Lo refleja Gero von Randow en su libro Revoluciones. Cuando el pueblo se levanta (Turner). No defiende el comunismo, pero sí la revolución socialista: sostiene que su meta era la libertad, y enlaza alegremente la sanguinaria Revolución Francesa con la democracias modernas.

¿Deseaban la libertad, la igualdad y la fraternidad los que mataron a decenas de miles de personas en el Terror? La salida de Randow es reveladora: “Las revoluciones terminan siempre con una decepción, con el triunfo de la realidad sobre los sueños, de ahí la melancolía”. Parece rescatar a los revolucionarios por sus “sueños”, como si los de la razón no produjeran monstruos, y es chocante llamar “decepción” a millones de asesinados. Es como si se resistiera a admitir que muchas revoluciones germinaron de una semilla liberticida, sembrada por la arrogante pretensión de cambiar la sociedad racionalmente de arriba abajo.

Dice: “Uno puede dejarse fascinar por las revoluciones, pero son hermosas y terribles al tiempo. Sería mejor que no fueran necesarias”. ¿Necesarias?

Al final queda atrapado, no por el hecho revolucionario pero sí por la idea del cambio social: saluda a figuras como Pablo Iglesias, cuyas cochambrosas ideas antiliberales guardan una estrecha relación con las de los peores revolucionarios de la historia, empezando por Robespierre, cuya siniestra figura ha saludado el líder de Podemos.

Es cierto y triste que los revolucionarios sugestionen, justo al revés que los comerciantes, siendo así que los primeros derraman sangre y los segundos promueven la prosperidad. Ya lo dijo Tocqueville: “Nada es más opuesto a las costumbres revolucionarias que las costumbres de los negocios”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE