No, Estados Unidos no se convirtió en potencia gracias al proteccionismo

Por Iván Carrino. Publicado el 1/11/16 en: http://www.ivancarrino.com/no-estados-unidos-no-se-convirtio-en-potencia-gracias-al-proteccionismo/

 

En muchos debates suele afirmarse que, gracias a frenar las importaciones, Estados Unidos desarrolló su economía. Esta teoría no tiene sustento.

El debate sobre el libre comercio lleva casi dos siglos. En 1776, Adam Smith criticó los argumentos del mercantilismo reinante y el mundo comenzó a volcarse al libre intercambio de bienes y servicios.

Pero tras 240 años de crecimiento económico y de mejora en las condiciones de vida, el libre comercio no deja de ser un tema polémico. Donald Trump es tal vez quien más ha instalado el debate a nivel mundial. El excéntrico millonario argumenta que los tratados de libre comercio que firmaron los Estados Unidos están quitándoles el empleo a los norteamericanos.

Afirmaciones como las de Trump encuentran eco en un sinnúmero de políticos a través del globo.

En Argentina, el ex candidato presidencial Sergio Massa propuso recientemente que las importaciones se suspendieran por 120 días. Más acá en el tiempo, Ricardo Alfonsín, hijo del expresidente del mismo nombre, sugirió en su cuenta de Twitter que “ningún país en el mundo se ha desarrollado industrialmente, optando por el libre comercio” y que los países desarrollados se industrializaron gracias a las restricciones a la importación.

El argumento de Alfonsín no es nuevo. De hecho, es muy común escuchar que, antes de ser la primera potencia mundial, durante la segunda mitad del siglo XIX, Estados Unidos tenía una política marcadamente proteccionista. A renglón seguido, se sostiene que gracias ello el país se desarrolló.

¿Qué hay de cierto en esta teoría? ¿Es verdad que Estados Unidos, referente de las fronteras comerciales abiertas, fue proteccionista y que creció gracias a esa política?

La respuesta es negativa.

En un trabajo titulado “El Crecimiento y las Tarifas aduaneras en la Segunda Mitad del Siglo XIX”, Douglas Irwin, profesor de la Universidad de Dartmouth, investiga qué efectos tuvieron, sobre el desarrollo de la economía norteamericana, los altos aranceles proteccionistas existentes.

El profesor afirma:

“En la segunda mitad del Siglo XIX, los Estados Unidos experimentaron un rápido crecimiento económico y emergieron como un poder industrial a nivel global. Durante este período, también mantuvieron elevadas tarifas aduaneras que dejaron fuera de las fronteras a los productos manufacturados en el exterior.”

A pesar de reconocer la correlación, Irwin advierte que eso no quiere decir que el proteccionismo haya generado crecimiento. Correlación no es lo mismo que causalidad.

Para el autor, el crecimiento económico de la segunda mitad del Siglo XIX en Estados Unidos fue originado por el aumento en la cantidad de población y la mayor acumulación de capital. No por los aranceles.

Entre 1870 y 1913, el PBI per cápita de EEUU avanzó 1,8% por año, mucho más que el 1,0% de crecimiento de la más liberal Inglaterra. Sin embargo, en Estados Unidos la población creció 2,1% por año (contra 1,2% en Inglaterra), y el stock de capital no residencial avanzó 5,5% anual, mientras que en Inglaterra sólo lo hizo al 1,7%.

La mayor abundancia de capital y de recursos humanos lucen como elementos mucho más explicativos del mayor crecimiento económico que las trabas al comercio. Estas últimas, a lo sumo, pueden beneficiar a los sectores protegidos, pero no a toda la economía.

Un segundo punto que destaca Irwin es que la acumulación de capital no fue consecuencia del proteccionismo, sino que se dio a pesar de él. Las trabas a las importaciones encarecen los productos extranjeros y, al hacer más onerosos los bienes necesarios para la producción, “pueden haber resultado muy dañinas para la acumulación de capital y el crecimiento”.

Uno podría pensar que la “sustitución de importaciones” impuesta por las trabas pudo haber generado mayor acumulación de capital por la demanda de los sectores protegidos. Sin embargo, a la luz de los datos, esta tesis también se cae. De acuerdo a un estudio citado por investigador de Dartmouth, el mayor crecimiento de la ratio capital/producto se dio en el sector no transable de la economía. Es decir, en aquellos sectores que no compiten con las importaciones, como la vivienda o el desarrollo de caminos. Además, en estos sectores fue donde más rápido creció la productividad, muy por encima de la protegida industria manufacturera.

Otra comparación importante que trae el autor es la diferencia entre los Estados Unidos “proteccionistas” de mediados del siglo XIX y los Estados Unidos más “liberales” del período 1950-1922.

Fuente: Tariffs and Growth in Late Nineteenth Century America -  Douglas Irwin

Fuente: Tariffs and Growth in Late Nineteenth Century America – Douglas Irwin

En 1950 el arancel promedio había bajado al 10% y continuó haciéndolo hasta el 5% en 1992. Durante este segundo período, el PBI per cápita creció más rápidamente que durante la era proteccionista, pero gracias fundamentalmente a la mejora en la eficiencia productiva, y no tanto al influjo de grandes cantidades de nueva población. El acceso a bienes importados más baratos del exterior puede haber sido determinante en esta mayor eficiencia.

Los defensores del proteccionismo suelen mencionar a los Estados Unidos como un ejemplo paradigmático de cómo las trabas a las importaciones pueden dar lugar a un proceso de sostenido crecimiento económico. Sin embargo, como demuestra Douglas Irwin, correlación no implica causalidad.

El crecimiento económico de Estados Unidos cuando fue proteccionista no fue mayor que el de su etapa de bajos aranceles. Además, no fue producto del proteccionismo, sino del cada vez mayor número de habitantes, de la mayor acumulación de capital y del desarrollo de sectores no vinculados a la protección arancelaria.

Los motivos por los cuales es bueno abrirse al mundo exceden la experiencia puntual de un país determinado en un momento del tiempo. Pero es bueno recordar que, ni siquiera en este caso, la tesis proteccionista tiene asidero.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

¿Qué retraso cambiario?

Por Aldo Abram: Publicado el 9/9/16 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2016/09/09/que-retraso-cambiario/

 

Algunos industriales han planteado sus quejas sobre un supuesto retraso cambiario. Pero habría que entender a qué se refieren, ya que suele ser a que el tipo de cambio no es lo suficientemente alto como para compensar la ineficiencia de su empresa. En realidad, podemos definirlo en términos sencillos como que el poder de compra de un dólar en el mercado local es percibido como bajo. Esto no es raro. De hecho, desde el 17 de diciembre de 2015, cuando salimos del cepo y el tipo de cambio se ubicó en $14, el valor de la moneda estadounidense a nivel internacional cayó alrededor de 20%. O sea, debería comprar menos acá y en todo el mundo.

Por otro lado, en la medida que todavía siguen existiendo gran cantidad de restricciones a la importación que disminuyen la demanda argentina de divisas, tampoco es extraño que su poder adquisitivo local baje. Si se quiere que suba, hay que abrir la economía mucho más para aumentar la demanda de divisas; pero las presiones son para cerrarla. Lo cual sin duda es contradictorio y, por ende, absurdo.

Si alguien logra que protejan a su sector, éste puede sobrevivir a un tipo de cambio real demasiado bajo para su competitividad. Sin embargo, hunde aún más el valor local de las monedas extranjeras; por ende, a los sectores exportadores y a otros que compiten con importables que no fueron protegidos. Para generar un dólar de producción ineficiente (no puede competir con las importaciones), se desalienta la producción de los exportadores, que son eficientes. Si en nuestro trabajo priorizamos hacer aquello en lo que somos más improductivos, difícilmente logremos progresar. Como país pasa lo mismo, fomentar producción ineficiente desincentivando la de los eficientes termina disminuyendo el bienestar del conjunto de la comunidad. Lo malo es que hay economistas que piensan que pueden hacer magia y terminan empeorando las cosas.

Si cerramos la economía, permitimos que los productores locales puedan vendernos productos caros y peores; ya que no tienen que competir con los bienes que se ofrecen en el exterior. De esta manera, en la Argentina, todos esos productos serán caros respecto a lo que valen afuera y eso no tiene nada que ver con el tipo de cambio. En vez de poner a los empresarios al servicio de los consumidores, el proteccionismo pone a la gente al servicio de engrosar las ganancias de empresarios ineficientes. Otro absurdo.

No cabe duda que otro factor que hace caro los productos en la Argentina es el mayor costo tributario, laboral, regulatorio y de logística que gestaron nuestros gobiernos; lo que afecta también a los productos importados. La producción nacional de autos es un ejemplo que, más allá de ser una industria que en su mayor parte es viable con grandes restricciones a la importación, sufre una presión tributaria elevadísima. O sea, los vehículos son carísimos en el país por ambos factores, protección e imposición. Pretender resolver las comentadas causas del alto “costo argentino” con una devaluación es un placebo coyuntural, que baja los costos internos momentáneamente, y luego deja una resaca peor que la de antes.

Un caso clarísimo de encarecimiento por prebendas sectoriales es el del precio mínimo del crudo y el alto valor fijado para el gas, para favorecer la producción local. Menos energía importamos, menos dólares se demandan y, por ende, menos conviene producir divisas (exportar) o sustituir otras importaciones. Además, se elevan los costos internos de producción de las demás actividades, por lo caro del flete o de los insumos derivados del petróleo, haciéndolas menos competitivas y bajando su producción. También, se le quita demanda a otros sectores de la economía; ya que todos tienen que ajustarse el cinturón para pagar más al llenar el tanque. Conclusión, con la excusa de salvar unos miles de empleos se termina ahogando otras actividades y dejando a otras decenas de miles sin trabajo.

Sumemos otro ejemplo de cómo encarecer la Argentina,  la propuesta de obligar a los supermercados a dedicar un porcentaje de las góndolas a productos regionales, como hacen en Ecuador (¿un país a imitar por su progreso y desarrollo?). Si es para bajar los precios, es una medida absurda. Si esos bienes no están en la góndola, es precisamente porque es caro ponerlos allí. Por lo tanto, no hay forma que el aumento de los costos de comercialización de la cadena termine bajando los precios. Si el fin es que se promuevan las producciones regionales, es distinto. Ese instrumento puede servir para ello; pero aumentará el costo de intermediación y, por ende, los argentinos deberíamos asumir que pagaremos más caro lo que se vende en los supermercados. Este es el tipo de “mágicas” medidas arbitrarias que abundan actualmente y que si queremos desarrollarnos, debemos desmantelar, no incrementar.

Por último, el día que alguien investigue la cantidad de regulaciones innecesarias, tasas municipales absurdas e impuestos provinciales y nacionales astronómicos que cargan sobre todo el aparato logístico y de comercialización de la Argentina, entenderemos por qué pagamos lo que pagamos los argentinos en las góndolas. Hasta que no exijamos que se desmantele esta maraña de prebendas, de excesos de regulaciones absurdas y se busque un estado eficiente que podamos pagar, nos tendremos que conformar con ingresos de bajo poder adquisitivo.

 

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .