El poder y el control del poder. ¿Los dos son bienes públicos? ¿Si se puede proveer el segundo, porqué no el anarco-capitalismo?

Por Martín Krause. Publicado el 10/2/20 en: https://bazar.ufm.edu/poder-control-del-poder-los-dos-bienes-publicos-se-puede-proveer-segundo-no-anarco-capitalismo/

 

Muy interesante paper de Kenju Kamei (Durham Univresity), Louis Putterman (Brown University, y Jean-Robert Tyran (University of Viena; University of Copenhagen) titulado Civic Engagement as a Second-Order Public Good: The Cooperative Underpinnings of the Accountable State

Kamei, Kenju and Putterman, Louis and Tyran, Jean-Robert, Civic Engagement as a Second-Order Public Good: The Cooperative Underpinnings of the Accountable State (September 2, 2019). Available at SSRN: https://ssrn.com/abstract=3448470 or http://dx.doi.org/10.2139/ssrn.3448470

¿Cuál es el planteo principal? Bueno, todos conocemos el argumento básico de la economía neoclásica respecto a la provisión de bienes públicos y, según esa línea de argumentación, la necesidad de que los provea el Estado debido a los incentivos para ser “free rider” (usuario gratuito). La típica presentación del argumento, que ya he criticado aquí muchas veces y en algunos artículos, es:

“La cooperación voluntaria por sí sola no puede proporcionar efectivamente bienes públicos vitales como la ley y el orden, la defensa, el aire limpio y la infraestructura. Los fondos que pueden recaudarse a través de donaciones voluntarias no bastarían para financiar un gobierno efectivo, ya que muchos contribuirían gratuitamente. En cambio, la financiación de los bienes públicos debe recurrir a la coerción, el poder del estado para gravar: el gobierno obliga a sus ciudadanos a pagar impuestos y amenaza con multarlos y castigarlos si no cumplen.

Sin embargo, el poder estatal para imponer impuestos puede usarse no solo para financiar bienes públicos vitales sino también para financiar bienes privados para unos pocos y redistribuirlos a los que están en el poder.

Esto plantea un dilema: el poder del estado es necesario para aumentar el bienestar, pero una vez que se crea el poder, se avecina el peligro de mal uso, corrupción y opresión. Los académicos han reconocido este problema fundamental hace mucho tiempo, y dos soluciones a este dilema se han implementado en los estados modernos para mantener el poder del gobierno bajo control.

El primero se basa en la idea de distribuir el poder, con múltiples instituciones monitoreándose entre sí (el «sistema de controles y equilibrios» en la constitución de los Estados Unidos). El segundo, posiblemente también requerido para asegurar que las ramas gubernamentales en el primer esquema se mantengan enfocadas en su responsabilidad social, se basa en la idea de hacer que el gobierno rinda cuentas a sus ciudadanos, generalmente a través de elecciones democráticas que permitan a los ciudadanos votar a los líderes fuera del poder.”

Es decir, hay un problema de provisión de “bienes públicos”, por lo que estos son provistos por el Estado, lo que crea un bien público de segundo orden, esto es, ¿quién controla al Leviatán?

La respuesta de este muy buen trabajo es que el control cívico de unos pocos es suficiente y puede obtenerse a bajo costo.

Entiendo que hay dos tipos de discusión al respecto. La primera es si esto efectivamente es posible, si no existe un “fracaso de la política” que impide obtener ese resultado, como lo señalan los libros de Pincione & Tesón: Rational Choice and Democratic Deliberation: A Theory of Discourse Failure y el de Bryan Caplan, The Myth of the Rational Voter.

La segunda es que si ese bien público de segundo orden puede ofrecer el control necesario al monopolio del poder, también puede garantizar el control en un marco de jurisdicciones en competencia, o agencias, como queramos llamarlo.

Es decir, se podría aplicar tanto al modelo minarquista como al anarco-capitalista.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade). Síguelo en @martinkrause

Neoliberalismo salvaje

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 3/9/18 en:  http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/neoliberalismo-salvaje/

 

He leído en la prensa políticamente correcta la expresión “neoliberalismo salvaje”, y conjeturé que la izquierda está buscando una salida que no le fuerce a arriar todas sus banderas antiliberales, y la puede encontrar en el viejo camino intermedio entre libertad y coacción. Así, dirán que no son comunistas, solo faltaba, pero tampoco son liberales, por aquello del “neoliberalismo salvaje”.

Habrá que recordar una vez más que, en su caudalosa sabiduría, Aristóteles aplaudió el punto medio solo si equidistaba de extremos análogamente nocivos. En otro caso, estar en el centro carece de mérito y puede ser un vicio clamoroso. Entonces, como el comunismo es sin duda un mal, se recurre a un extremo supuestamente similar en su perversidad: el neoliberalismo salvaje. Como si la libertad fuera perjudicial, o el exceso de libertad causara males comparables a los de la esclavitud del socialismo real. Hay que cultivar con esmero el fanatismo para establecer esa topografía ideológica. En mi Argentina natal lo hicieron los peronistas, con su antigua consigna: “Ni yanquis, ni marxistas: ¡peronistas!”. Otra vez como si fuera loable estar tan apartado del Gulag como de San Francisco.

Obsérvese que no se trata simplemente de sumar peras con manzanas, o de afirmar a la vez una cosa y la contraria. Esto es bastante frecuente en política. Lo practican en masa quienes hablan de liberalismo social, tanto mercado como Estado, propiedad privada con responsabilidad social, etc. Siendo contradictorio, no es tan clamoroso como equiparar el salvajismo de la Unión Soviética con el de Estados Unidos.

Lo interesante del caso no es solo lo burdo de la maniobra que solapa el liberalismo con el salvajismo, sino el éxito que ha tenido. Una búsqueda en Google lo certifica a ojos vistas. “Capitalismo salvaje” arroja 313.000 resultados, “liberalismo salvaje” y “neoliberalismo salvaje” 20.800 y 22.400 respectivamente.

Y ahora, agárrese usted. La búsqueda de “socialismo salvaje” apenas me arrojó 4.480 resultados. Y tecleando “comunismo salvaje” obtuve unos magros 5.490.

Restreguémonos los ojos. Entre el salvajismo comunista y el salvajismo socialista no llegaban ni a 10.000 resultados. Cien millones de trabajadores fueron asesinados en el último siglo en nombre del socialismo, en países socialistas y con políticas socialistas —es decir, antiliberales y anticapitalistas. Pero lo que es salvaje de verdad es el liberalismo, eso sí; o el capitalismo, eso también.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

EL SÍNDROME PONCIO PILATO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Primero un asunto gramatical. Es cierto que se acepta el uso de escribir Poncio Pilatos, es decir, el apellido en plural pero en rigor esto está mal puesto que deriva  Pontius Pilatus en latín donde las palabras terminadas en us significan masculino singular de modo que, estrictamente, la s no corresponde.

 

Dejemos de lado este aspecto de forma para ingresar brevemente en la historia: después de despejado un debate de jurisdicción, Pilato se declaró incompetente puesto que no podía juzgar sobre temas de religión ya que el cargo fue de blasfemia, debido a lo cual se modificó lo que hoy denominamos la carátula por la de sedición. Llevado ante Poncio Pilato quien fuera prefecto durante una década (26 a 36 DC) no lo encontró culpable pero frente a la presión de la multitud presente para que lo condene, decidió someter la resolución final al voto mayoritario para que opte entre un delincuente (Barrabás) y Jesús. Como es bien sabido, la turba decidió soltar al delincuente y condenarlo a muerte a Jesús, lo cual acata plenamente Pilato, no sin antes lavarse las manos en público diciendo: “No soy responsable por la sangre de este hombre”.

 

Hasta aquí la historia que con diferentes interpretaciones, el tema ha sido llevado al cine en no menos de veinte oportunidades y a la literatura (tal vez lo más sonado sea El procurador de Judea por el premio Nobel en literatura Anatole France). Por mi parte, en esta nota periodística tomo el caso para elaborar sobre la responsabilidad individual, la malicia de pretender endosarla a la multitud y la degradación de la democracia al usarla para cubrir reiteradas injusticias en nombre de la mayoría.

 

Ser responsable es ser conciente de las propias obligaciones y asumirlas. Lo primero en una sociedad civilizada es la obligación de respetar los proyectos de vida de terceros que no lesionen derechos. Es una obligación moral ineludible al efecto de la supervivencia de la cooperación social. Allí donde no existe la responsabilidad de cada cual de considerar y cuidar los derechos del prójimo se derrumba la sociedad.

 

El derecho básico es el derecho de propiedad, primero del propio cuerpo, luego de la libertad de expresar el propio  pensamiento y, finalmente, el derecho de usar y disponer de lo adquirido lícitamente. Esta es la columna vertebral de la civilización. Cuando aparece la tendencia a que los gobiernos o los grupos que el gobierno autoriza lesionan este derecho, irrumpe la tendencia al saqueo del fruto del trabajo ajeno y, como queda dicho, se desmoronan las relaciones interpersonales con el indefectible resultado de la miseria y el caos.

 

Lo peor son los aparatos estatales que alegan que son necesarias  sus intromisiones en las vidas y las haciendas ajenas “para bien de la sociedad”, es decir, la falta de respeto permanente a las personas que teóricamente están encargados de velar por sus derechos. Dentro del problema que crean, serían hasta mejores las acciones de los ladrones comunes porque saben que llevan a cabo un crimen, sin embargo los gobernantes ejecutan los atropellos con el apoyo de la ley, a cara descubierta y sistemáticamente. Tengamos en cuenta un sabio pensamiento de C. S. Lewis en el sentido de que “De todas las tiranías, una tiranía ejercitada para el bien de las víctimas puede resultar la más opresiva. Puede ser mejor vivir bajo la égida de ladrones comunes que bajo la omnipotencia moral de funcionarios. Los ladrones comunes a veces pueden descansar, su codicia en cierto punto puede estacionarse; pero aquellos que nos atormentan para nuestro bien nos atormentarán sin fin”.

 

Los megalómanos no tienen límite en las demandas que les hacen a los gobernados (más bien súbditos) que se ven sometidos a trabajar buena parte del año para satisfacer la voracidad del Leviatán para, como contrapartida, entregar servicios de seguridad y justicia de muy mala calidad.

 

Para ilustrar el malentendido de lo que significa la responsabilidad, ponemos el ejemplo de la llamada “responsabilidad social del empresario” que consiste en la entrega de fondos a la comunidad en la que se desempeñan. Esto es más bien fruto de un  complejo de culpa por parte del empresariado que opera de este modo “para devolver algo de lo que se le ha sacado a la sociedad”, sin comprender que la obligación  del empresario es hacer lo posible por ser eficiente, es decir, atender las necesidades de los consumidores al efecto de incrementar sus ganancias y consecuentemente las inversiones que es lo que permite elevar salarios e ingresos en términos reales, de lo contrario, si no atiende las necesidades de su prójimo incurre en quebrantos.

 

Lo dicho, desde luego, no es para nada incompatible con la caridad que también  es realizada principalmente con lo generado por hombres de negocios, es decir con los que producen, nunca con los que arrebatan recursos de otros ni los que se limitan a declamar pero siempre recurriendo a la segunda persona del  plural, pero el plano en que se discute la antedicha “responsabilidad social” navega por los andariveles señalados. El mejor ensayo sobre este tema, de una claridad excepcional, lo expuso el premio Nobel en economía Milton Friedman en un trabajo que lleva un título que revela la tesis central: “The Social Responsability of Business is to Increase Profits” (The New York Times Magazine, septiembre 13, 1970). Las visiones contrarias están formuladas por personas que desconocen los fundamentos de la economía y por demagogos y predicadores que usan a los pobres para sus campañas y sus puestos y así pretenden justificarse a si mismos.

 

El segundo punto, alude a los que pretenden endosar su responsabilidad en el hecho de que la gente pide tal o cual desatino. Esta es generalmente la conducta de los políticos: hacen lo que piden los demás aunque se trate de saquear al vecino. Pues la responsabilidad individual no disminuye un ápice por el hecho  de que muchos demanden la insensatez. Y la responsabilidad no es de modo alguno solamente frente a los demás, es principalmente con uno mismo. Uno debe poder desenvolverse con tranquilidad de conciencia nunca evadiendo las propias obligaciones que, como mencionamos al principio, son la contracara de la responsabilidad que también está estrechamente vinculada con la libertad. No hay libertad sin responsabilidad por todo lo que uno hace o dice. En una sociedad libre cada uno puede hacer con lo propio lo que estime conveniente, siempre y cuando no invalide igual facultad de otros, lo cual  nos hace responsables por nuestras decisiones. Esa es la diferencia medular con los animales que no son responsables ante la justicia. La libertad y la correlativa responsabilidad, es lo que caracteriza a la condición humana.

 

Los actos reflejos no son materia de responsabilidad, por ejemplo, la respiración, el latido del corazón, los movimientos peristálticos, si lo son los actos deliberados es decir la acción humana. En un grupo de autómatas, a saber, de no-humanos, no hay libertad ni responsabilidad.

 

Donde se licua la responsabilidad se licua también la libertad y aparece junto con la irresponsabilidad el libertinaje. “Lavarse las manos” es volver al oscurantismo de las cavernas y a la inexistencia de vida propiamente humana donde se renuncia a la responsabilidad y consecuentemente la persona desaparece como tal y se subsume en el rebaño junto con la demolición de la división del trabajo y la cooperación social. La responsabilidad individual por las consecuencias de los propios actos resulta una condición indispensable para que tenga sentido la cooperación social y el respeto recíproco que es el aspecto esencial de la sociedad libre.

 

Para que perdure el tan decisivo binomio libertad-responsabilidad debe haber castigo para los actos que lesionen derechos de terceros, de los desvíos del cumplimiento de la palabra empeñada, del fraude y la trampa, todas maneras de invadir las autonomías individuales. Etimológicamente la responsabilidad proviene de responsum de responder por lo que uno hace o dice, en otros términos, responde cada uno por lo que le corresponde, asume su responsabilidad.

 

Por supuesto que la responsabilidad no se agota en las relaciones interindividuales, hay también responsabilidades intraindividuales pero que son del fuero íntimo de cada uno y nada tienen que ver con castigos  y las imposiciones. La imposición se limita a quienes han invadido derechos de otros para que cada uno pueda seguir su proyecto de vida sin intromisión de la fuerza. El otro ámbito, aunque esté incluso vinculado con nuestro prójimo por obligaciones que el sujeto actuante se autoimpone, no son materia que justifique el uso de la violencia, como queda dicho, en una sociedad abierta ésta solo puede llevarse a cabo cuando se atacan derechos.

 

Y el derecho no es cualquier cosa que se declame sino la facultad de hacer o no hacer algo con lo propio. Hoy en día lamentablemente se ha degradado la noción del derecho para equipararlo a la disposición coercitiva del bolsillo del prójimo, en otras palabras, la aniquilación del derecho de quienes se ven obligados a entregar sus patrimonios a quienes injustificadamente lo reclaman, es decir, son pseudoderechos.

 

Por último, lo que bautizamos como “el síndrome Poncio Pilato” también abarca el atropello por mayorías circunstanciales a los derechos de las minorías, paradójicamente en nombre de la democracia en lugar de denominarla por su verdadera identificación: cleptocracia, el gobierno de los ladrones de propiedades, de libertades y de sueños de vida. Para contar con una democracia genuina es indispensable entronizar la responsabilidad en el sentido definido y la libertad como ausencia de coacción por parte de otros hombres que va más allá de la contención de embestidas contra el derecho.

 

Poncio Pilato exhibió una patética irresponsabilidad y una cobardía mayúscula. Desafortunadamente pululan por doquier los Pilato de nuestra época: hacer daño y mirar para otro lado.  La forma de revertir esta situación es a través de procesos educativos que pongan de manifiesto los valores y principios del respeto recíproco. Y para que estos procesos educativos tengan lugar es menester que cada uno contribuya a defender los  valores de una sociedad libre, de allí la insistencia en que “el costo de la libertad es su eterna vigilancia”.

 

 

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

La recaudación de Cristóbal: que la corrupción no nos tape el socialismo.

Por José Benegas. Pubicado el 31/3/16 en: http://josebenegas.com/2016/03/31/la-recaudacion-de-cristobal-que-la-corrupcion-no-nos-tape-el-socialismo/

 

La noticia deslumbrante es que Cristóbal López y Cristina Kirchner usaron fondos de la recaudación fiscal para comprarse varias empresas, entre ellas una petrolera y medios de comunicación para mentirle a la población. El total de la maniobra fue de 8000 millones de pesos. Pero deberíamos pensar esto no con los ojos de los intereses del estado, sino el de los argentinos, a los que se supone, con mucho optimismo, que el estado sirve. Entonces el problema se ve peor.

El precio tiene dos partes. Ambas tratan de obtener la máxima ventaja del trato. Cuando una empresa no sube un precio, no es como creen los funcionarios anteriores y estos porque tienen “responsabilidad social”, es porque le conviene. El negocio no consiste en subir los precios sino en obtener los mayores beneficios, lo que en parte depende del precio, pero en gran medida del volumen que se logra vender. Las empresas invierten capital para multiplicar su producción y así poder bajar el precio, atrayendo clientes y ganando más dinero. Esta realidad se olvida porque encima en la Argentina el resentimiento social es casi la materia obligatoria más importante del aparato educativo, estatal y privado, también el familiar. Así que se analiza la economía estableciendo malos y buenos, en lugar de intereses. Intereses ya suena políticamente incorrecto, pero saquemos esa emocionalidad resentida y sigamos razonando.

Aquí aparece la distinción acerca de la naturaleza de esos fondos desde el punto de vista exclusivo de la regulación. Lo que se dice es que el impuesto en realidad es directamente plata del fisco y que el agente de retención se lo apodera. No sería una mera deuda, sino un robo. Pero lo cierto es que sin impuesto ese dinero sería parte del precio, por lo tanto desde el punto de vista económico debe considerarse como un costo de las partes de la compraventa de combustible.

En este caso si hay malos, pero olvidemos eso un momento porque es indispensable para entender cuál es el verdadero perjuicio que sufre el público, que no es precisamente la pérdida de recaudación fiscal, sino la recaudación fiscal en si.

Si el impuesto a los combustibles no existiera, Cristóbal Lopez o cualquiera de los otros agentes de retención, hubieran podido vender la misma cantidad de combustible al mismo precio que resulta después de aplicar el gravamen y entonces los 8000 millones estarían donde finalmente estuvieron dando oportunidad al mismo monto de actividad económica nueva; le hubiera alcanzado para comprar varias empresas de medios y una empresa petrolera, demandando una cantidad importante de empleos y servicios de proveedores. Probablemente no hubiera comprado medios para mentir para Cristina Kirchner, que no sería su socia, porque no la necesitaría para nada a ella. Es decir, en lugar de corrupción, habría actividad económica.

También podría haber bajado el precio del combustible e incluso ganar más dinero expandiendo su red de estaciones de servicio, con lo cual la economía mejoraría por ese lado y también por el ahorro al consumidor, que hubiera tenido dinero para dedicarlo a otras cosas, fomentando la aparición de otras empresas.

Si nos limitamos a pensar esto como una pérdida de recaudación fiscal, nos perdemos el principal problema, que es el poder corruptor de la intervención estatal y el daño económico que tenemos a la vista con todo lo que se ha hecho con esta forma de “evasión”. Además hay una recaudación fiscal que ocurre a partir de las ganancias de todos los que se participan de todas esas actividades que habría que poner en la cuenta.

No se de dónde sacan y como suponen todos tan fácil que ese dinero está mejor en las arcas del fisco que en actividad económica. Por supuesto que los medios para mentir no son actividad económica real, se parecen más a agencias estatales, pero esa es la parte del negociado que debe atribuirse a las agentes políticos del negociado. Es decir, la corrupción que pertenece a quienes no tienen en principio interés en el resultado económico de la operación.

Mucho más importante que recuperar la recaudación fiscal, es recuperar el derecho de propiedad de los consumidores y empresas y eliminar el impuesto a los combustibles. Que vayan todos presos, pero que la corrupción no nos tape al socialismo.

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

Quien emprende aprende

Por Carlos Rodríguez Braun. Publicado el 10/5/13 en http://www.larazon.es/detalle_opinion/noticias/2238800/opinion+columnistas/quien-emprende-aprende#.UY9PrbXOuSo

Quien emprende aprende que el emprendedor, como se llama ahora púdicamente al empresario de toda la vida, no es un siniestro explotador que empobrece al prójimo sino que es el creador de riqueza y empleo por excelencia. Y es un paradigma de la sociedad abierta. Por eso no resulta casual que los mayores enemigos de la libertad siempre sean los mayores enemigos de los empresarios, y de las dos instituciones económicas fundamentales de la sociedad libre: la propiedad privada y los contratos voluntarios.

Quien emprende aprende que la generación de bienestar social, característica de la labor empresarial, no es nada de lo que el empresario tenga que avergonzarse, porque lo ha conseguido arriesgando sus recursos, y jamás imponiendo a los ciudadanos los bienes y servicios que ofrece a la venta. Ésta es la diferencia radical entre el mercado y la política. En el mercado el empresario sólo gana si sus clientes también lo hacen, es decir, sólo gana si sus clientes compran libremente lo que él vende, algo que sólo harán si piensan que lo que compran vale más para ellos que el dinero que entregan a cambio. Así es como el mercado crea riqueza para todas las partes contratantes. En cambio, lo que debería suscitar vergüenza es lo contrario del emprendimiento, a saber, la coacción política y legislativa. Allí sucede que los ciudadanos nunca pueden elegir no comprar y no pagar. Se habla con desprecio de los mercaderes, pero a los mercaderes podemos no pagarles: basta con que no les compremos su género. No es así con los políticos y los burócratas de las administraciones públicas, a quienes debemos pagar a la fuerza, mediante impuestos, y padecer toda suerte de regulaciones y limitaciones al libre uso de nuestras propiedades y a nuestra capacidad de contratar con las demás personas físicas y jurídicas.

Quien emprende aprende que el beneficio empresarial nunca está garantizado. Desde púlpitos, cátedras y tribunas sin fin, ese beneficio es denostado como un ingreso ilegítimo, excesivo o cruel. De hecho, hasta la propia palabra «lucro» tiene un eco casi obsceno, como si fuera una suerte de apropiación indebida, o en todo caso, indigna. Nada está más lejos de la verdad. El beneficio empresarial es un ingreso digno, producto de la relación libre entre los ciudadanos, como acabamos de comentar. Asimismo, deriva de un riesgo que casi nunca es ponderado: el riesgo de perder todo el capital. El que haya tantos trabajadores y tan pocos empresarios se explica por esa asimetría en el riesgo. En efecto, un trabajador puede perder su empleo, un riesgo real, y de hecho multiplicado por las intervenciones de las autoridades, supuestamente diseñadas y aplicadas para proteger los «derechos laborales», pero que en la práctica se traducen en más paro para más personas durante más tiempo. Ahora bien, al perder su empleo, el trabajador prácticamente nunca pierde su capital. Un camarero puede ser despedido, pero no por eso deja de conocer su oficio. Una ingeniera de caminos puede ser despedida, pero no por eso le arrebatan el título de ingeniera ni los conocimientos teóricos y prácticos de su formación y especialidad. Es decir, los trabajadores conservan casi siempre su capital humano, que pueden poner en funcionamiento en otro empleo. En cambio, el empresario, si la empresa quiebra, no sólo pierde su trabajo si está allí ocupado, sino que puede perder absolutamente todo el capital que invirtió en ella. Es interesante que pocos recuerden ese riesgo cuando despotrican contra las ganancias de los capitalistas.

Quien emprende aprende que el empresario no tiene que «devolver» nada a la sociedad. Sólo deben devolver los que han robado, y los empresarios no roban, es decir, no arrebatan los bienes de los demás mediante la coerción. Sin embargo, se extiende la idea de que los empresarios deben tener «responsabilidad social», un concepto vaporoso pero que destila la noción de obediencia al poder, un poder, claro está, al que nadie le pide «responsabilidad social», y mucho menos que «devuelva» los bienes ajenos de los que se apropia.

Quien emprende aprende a desconfiar de los políticos que aseguran que la mejor manera de ayudar al emprendedor es poblar el Estado, las comunidades autónomas y los municipios de burocracias más o menos simpáticas y comités de expertos más o menos independientes dedicados a promover el emprendimiento. En este campo, como en tantos otros, la labor de la política es tan importante como mal ponderada. No se trata de montar nuevos departamentos oficiales, con más funcionarios y más presupuesto. Y no, tampoco se trata de subvencionar, peligrosa actividad que distorsiona incentivos y anima toda suerte de conductas ineficientes, en el mejor de los casos. Se trata de algo más simple, porque no requiere hacer sino dejar hacer, y a la vez más complicado, porque la política contemporánea no concibe hacer el bien sin intervenir activamente.

Quien emprende, en suma, aprende que los políticos pueden hacer, pero casi nunca hacen lo que deben para ayudar a los empresarios. A saber, dejarlos en paz.

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.