3 años de Macri: mala praxis y mala suerte

Por Iván Carrino. Publicado el 19/12/18 en: http://www.ivancarrino.com/3-anos-de-macri-mala-praxis-y-mala-suerte/

 

El pasado 10 de diciembre se cumplieron tres años desde que la coalición Cambiemos gobierna democráticamente el país.

Tras ganarle a Daniel Scioli en el ballotage y luego de varias idas y venidas por la ceremonia oficial de traspaso, el mandato de Mauricio  Macri comenzó  oficialmente en dicho mes de 2015.

Una enorme expectativa asomaba en Argentina.

Recuerdo que un año después redacté un informe para mis clientes en donde me animé a ponerle una nota a la “Gestión M”. En su momento se había puesto de moda el tema,  porque el propio Macri se había calificado con un “8”.

La nota que yo le puse fue un 6, y el fundamento de la misma estuvo en tres aspectos positivos y algunos negativos

Por el lado de lo positivo había tres medidas concretas para destacar. La primera, la salida del cepo, que aún considero la mejor decisión de política económica de los últimos 10 años. La segunda, la eliminación de casi todas las retenciones a la exportación. La tercera, la designación, frente al Banco Central, de un economista comprometido con la baja de la inflación.

Ahora bien, si se habían tomado todas estas buenas medidas… ¿por qué un 6 solamente?

La respuesta es que muchos de los problemas heredados estaban muy lejos de resolverse, siendo el más fundamental el del agujero fiscal.

En su momento, escribíamos:

“El punto más flojo ha sido el poco compromiso con “la cuestión fiscal”. ¿A qué nos referimos con esto? A que el país atraviesa una crisis de gasto público infinanciable que implica el déficit fiscal más alto desde la época de la hiperinflación. El gobierno, para atender este problema, dijo que iría por el camino del gradualismo, pero en realidad ese gradualismo se transformó en un mayor déficit que el que ya teníamos.”

Paradójicamente, este punto flojo es el principal responsable de la crisis atravesamos en 2018. Es que producto de este agujero fiscal el gobierno tomó ingentes cantidades de deuda, lo que hizo a la economía mucho más vulnerable.

Finalmente, cuando se acabó la confianza, los capitales que llegaban para comprar bonos argentinos dejaron de hacerlo y se precipitó la crisis de balanza de pagos que llevó al peso a caer un 50% contra el dólar.

Hasta aquí la torpeza, inutilidad o incapacidad de la gestión Cambiemos.

ero eso no explica todo.

Mala suerte

Si se tratara solo de torpeza, el kirchnerismo (especialmente el de CFK y Kicillof) debería haber mostrado un desempeño largamente peor.

El gobierno de Cristina deterioró fabulosamente las cuentas públicas, empapeló el país con dinero del Banco Central, incumplió fallos internacionales, controló los precios de las empresas, restringió el comercio…

Obviamente, las consecuencias se notaron. La economía, durante los últimos 4 años de gestión K tuvo una performance paupérrima, con dos años recesivos y una inflación que –también- llegó al 40% anual.

Sin embargo, hubo algo que a CFK la ayudó para que las cosas no fueran incluso peores: el contexto internacional más favorable de las últimas décadas.

Y eso es algo que al gobierno actual le juega claramente en contra.

Veamos.

Durante casi la totalidad del mandato de CFK, la tasa de interés de la FED se mantuvo prácticamente en 0% (siendo negativa en términos reales). Además, en ese período la Reserva Federal norteamericana inyectó en el sistema nada menos que USD 4 billones (equivalentes a 8 PBI argentinos).

Hoy en día, la tasa de la Fed es de 2,2% y la autoridad monetaria yanqui ya lleva aspirados más de USD 500.000 millones desde noviembre de 2015. Todo al revés de cuando gobernaba CFK.

Por su parte, la tonelada de soja, que superó los USD 600 y promedió los USD 462 durante la segunda presidencia de CFK, tiene un precio promedio 23% más bajo en los años que lleva Macri en el poder.

Por si esto fuera poco, el Deutsche Bank comunicó recientemente que en 2018 el 89% de los activos en el mundo se encuentra en terreno negativo. Si tomamos el Índice de MSCI para las bolsas globales, encontramos que acumula una baja de 7,6% en dólares. Por su parte, el ETF de países emergentes cae 15%. En dólares, la bolsa argentina cae mucho más, pero no deja de ser parte de una tendencia generalizada.

Lo mismo pasa con el Riesgo País. Hasta el 12 de diciembre, el de Argentina fue el que más creció de la región. Pero no hay un solo país Latinoamericano en donde hayan mejorado las condiciones de crédito este año.

2018 va a mostrar la inflación más alta de los últimos 27 años y la caída del PBI más grande de los últimos 9.

Las responsabilidades recaen mayormente en la mala praxis del gobierno. Pero tampoco es para ignorar el cambio drástico de las condiciones financieras globales.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

Argentina tiene que cambiar el Chip

Por Iván Carrino. Publicado el 31/5/18 en: http://www.ivancarrino.com/argentina-tiene-que-cambiar-el-chip/

 

Se necesitan cambios de fondo para que el país sea viable a largo plazo.

El mundo amaneció convulsionado este miércoles. Las bolsas cayeron en Estados Unidos, las monedas emergentes se depreciaron y el dólar volvió a fortalecerse.

Los temores ahora se enfocan principalmente en Italia, donde el tesoro debió pagar la tasa de interés más elevada desde 2013 para colocar letras a seis meses.

La tasa de interés del bono a un año, que hace un mes atrás rendía un número negativo de 0,38% (así como se escucha, uno debía pagar por invertir en dicho bono, en lugar de cobrar intereses), pasó a 1,04%.

La del bono a 10 años, subió desde 1,78% a 3,18%.

El tsunami de liquidez otrora impulsado por la Reserva Federal y seguido por los grandes bancos centrales del mundo como el europeo, el de Inglaterra y el de Japón, está retrocediendo… Y a los más desprevenidos los está agarrando con la guardia baja.

Se dice que el problema en Italia y España es que agrupaciones populistas están cerca de llegar al poder, lo que es cierto y genera más incertidumbre de lo normal. Pero la realidad es que lo frágil de la situación responde a sus gigantescas deudas públicas, que las administraciones “serias y conservadoras” de la actualidad no supieron resolver.

¿Suena familiar?

Argentina vulnerable

En este contexto de mayor aversión al riesgo, Argentina se enfrenta nuevamente a su crisis fiscal. La crisis fiscal, en este país, nunca se va. Es como una enfermedad crónica, que a veces muestra sus síntomas, pero otras veces los adormece.

La crisis fiscal crónica nos llevó a estar en default 52% de los años desde la Segunda Guerra Mundial hasta el año 2014.

Además, nos llevó a destruir 5 o 6 signos monetarios (el peso moneda nacional, el peso argentino, el eso ley, el austral, y seguro me olvido de alguno).

Ahora bien, ¿hay inflación porque los políticos son seres despreciables que odian a sus representados? Es una teoría. Sin embargo, una  eminencia tan destacada como Milton Friedman ofrecía otra sustancialmente diferente.

En tiempos en que la inflación era el tema de conversación número uno entre los economistas en Estados Unidos, Friedman aventuró:

Hemos tenido inflación no porque gente mala en la Reserva Federal decidió por sí misma acelerar la máquina de imprimir billetes, sino porque el público ha estado pidiendo inflación y evitando todo intento por frenarla… Nosotros, el pueblo, hemos estado pidiéndole al Congreso que nos dé cada vez más bienes y servicios, pero que no suba los impuestos. Y el Congreso nos hizo caso, imponiendo a la inflación como un impuesto oculto que sirva para financiar la diferencia.

El mismo argumento que Friedman utiliza para la inflación puede emplearse para la deuda pública. El político es un empresario de los votos, y hará todo lo que esté a su alcance para maximizarlos. Así, si los votantes quieren que el gobierno les dé la solución a todos sus problemas, entonces inevitablemente el gasto público será gigantesco.

Así, la deuda pública, la inflación, y las crisis derivadas del derroche estarán a la orden del día.

En este sentido, resultó paradójica la marcha convocada por los actores para repudiar al FMI. De acuerdo con su reclamo, que el FMI preste dinero y audite nuestras cuentas públicas equivale a entrar en el peor de los mundos posibles.

Lo que no ven, sin embargo, es que no hay FMI sin crisis de deuda pública… Y que no hay crisis de deuda pública sin exceso de gasto público, y que no hay exceso de gasto público sin políticos gastomaníacos que, debemos agregar, no existirían si el público no demandara que lo fueran.

Tenemos que cambiar el chip.

Le pedimos al gobierno demasiado, y el resultado es un gasto público impagable.

Cruzar una bondiola

El estado argentino no solo gasta mucho, gasta mal y gasta en exceso, sino que también nos regula demasiado.

Este tema es especialmente importante, dado que el gobierno de Macri postula que el gasto público “caerá” (en realidad, se licuará) una vez que crezca la economía… Ahora bien: ¿con esta carga regulatoria, cómo podremos crecer?

Gustavo Lázzari, economista de la Fundación Libertad y Progreso y, además, empresario frigorífico, explicó recientemente que “transportar una bondiola desde la Capital Federal al Gran Buenos Aires, un trayecto de no más de uno o dos kilómetros puede convertirse en una odisea.”

Tras sumar uno por uno los papeles y permisos que se necesitan, 21 para ser exactos, concluye que pasar una bondiola de un lado a otro de la Avenida General Paz es más engorroso de lo que era atravesar el Muro de Berlín.

El dato de la bondiola puede parecer caricaturesco, pero está respaldado por el prestigioso índice Doing Business del Banco Mundial. En dicho ránking internacional, que mide la facilidad para hacer negocios en 190 países distintos, Argentina ocupa el puesto 117, apenas por encima de Ecuador, y algo por debajo de Honduras y Paraguay.

De acuerdo al Banco Mundial, abrir un negocio legalmente es de las cosas más difíciles que enfrenta un  empresario en el país, así como conseguir un permiso de construcción. Otro rubro donde nos va mal es en la obtención de electricidad, curiosamente un sector hiperregulado con precios máximos (y congelados) decretados por el gobierno desde 2002.

La manía regulatoria no es propia del peronismo. Tan recientemente como ayer, el actual Ministerio de Educaciónresolvió que algunas tareas relacionadas con las tecnologías de la información necesariamente deberán ser llevadas a cabo por profesionales con título habilitante.

Un capítulo más de la fiebre regulacionista nacional.

Cambiar el chip

Con tasas del 40% anual, una muralla de dólares del Banco Central a venderse en 25 $ en el mercado mayorista de cambios, y un acuerdo con el FMI en proceso de cerrarse, las urgencias de corto plazo de la economía del país están claras.

Ahora mirando a largo plazo, los argentinos tenemos que cambiar el chip. No podemos seguir viviendo con crisis fiscal permanente, pero adormecida de a ratos. Y no podemos seguir pensando que el estado todo tiene que regularlo y supervisarlo.

Hay que cambiar la mentalidad, para tener un país más libre, y que eso derive en un crecimiento sostenible de largo plazo.

No hay atajos en este tema, solo así los países se hacen ricos y reducen la pobreza.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE

¿Se viene la crisis?: más vale prevenir que curar

Por Aldo Abram: Publicado el 19/3/18 en: http://www.ambito.com/915581-se-viene-la-crisis-mas-vale-prevenir-que-curar

En enero de 2006, con motivo del uso de las reservas internacionales para pagarle al FMI, publiqué un artículo advirtiendo que era muy mala idea desprenderse de más de u$s9.000 millones que podían ser útiles cuando estallara la burbuja que se estaba gestando entonces. Hoy siento que estoy viviendo un déjà vu; ya que a nivel internacional se están dando las mismas condiciones que llevaron a la crisis de 2007-8. Por eso, mi perseverancia en advertir al actual Gobierno que debe tomar medidas para enfrentar esta contingencia, que la mayoría considera tremendista, al igual que entonces. En 2006, los políticos, analistas e inversores narcotizados por los excesos de financiamiento que generaban crecimiento y las ganancias artificiales sin techo pregonaban, modificando la frase de Francis Fukuyama: “El fin de las crisis”. Ese fue el título del siguiente artículo que publiqué explicando, no solo que eso no tenía sentido, sino por qué consideraba que se estaba incubando una nueva crisis dando los argumentos que comento a continuación.

Desde 2001, debido a los temores de una crisis tras el acto terrorista contra las Torres Gemelas, la Reserva Federal bajó fuertemente la tasa de interés de referencia. Para que eso suceda, compra Bonos del Tesoro de los EE.UU. emitiendo dólares y aumentando el crédito. El problema es que la gente demanda préstamos para gastar o invertir, no para guardar los dólares en el bolsillo; por lo que esto tiende a generar una pérdida de valor de la moneda.

En aquella época en EE.UU., como indicador de inflación se seguía el IPC Núcleo, que era la canasta total de consumo menos la energía y los alimentos que se consideran más volátiles. Lo malo es que esto implicaba tomar una brújula sesgada. China y otros países de Asía habían empezado a implementar reglas de juego de mercado en sus economías; lo que provocó un fuerte crecimiento de sus economías. Cuando alguien pobre tiene más capacidad de gasto, justamente aplica mayor proporción de sus nuevos ingresos a alimentos y energía, así que la demanda de estos y, por ende su precio, suben fuerte. Ahora, en EE.UU., ante el aumento de los valores de ambos componentes de su canasta, tuvieron que restringir el consumo en el resto y, por lo tanto, sus precios tendieron a subir muy poco. Esos eran justo los que relevaba el IPC Núcleo, subestimando la inflación.

Si la Reserva Federal y los analistas del mundo hubieran mirado el IPC total o los precios de los activos, hubieran notado que se estaba inflando una burbuja. Si bien su presidente Alan Greenspan se dio cuenta de la “exuberancia irracional de los precios”, tendió a subir muy despacio la tasa de interés; por lo que corría de atrás a la de mercado presionada por el crecimiento económico, lo que lo obligaba a seguir emitiendo liquidez e inflando la burbuja hasta que estalló.

Hoy pasa exactamente lo mismo. La Reserva Federal viene sosteniendo bajas tasas de interés desde 2009 y ha estado inflando una nueva burbuja. Esta vez no se nota en los precios al consumidor, porque la crisis de 2007-8 generó una reacción mundial hacia un mayor ahorro y a bajar el endeudamiento; ya que ése fue el origen asumido de dicho traspié. Por ende, los excesos de liquidez no han estado yendo al gasto, sino a la inversión y sobre activos de deuda escasos; por lo que se observa que hoy los precios de los activos financieros, aún quitado el impacto de la inflación, están muy por encima de cuando explotó la anterior crisis. De hecho, incluso en el mercado inmobiliario de los EE.UU. que fue al que se le adjudicó la debacle, en algunos indicadores muestra valores, sin inflación, por encima de los de 2007, cuando todos saben que “Quien se quema con leche ve una vaca y llora”.

Cabe aclarar que la crisis de 2007-8, no fue “culpa de las hipotecas”, sino que se dirigió la mayor parte de la liquidez excedente porque se generó una posibilidad de ganancias extraordinarias al aliviar las condiciones para tomar créditos de las personas y darles la garantía de dos entidades semiestatales como eran Freddy Mac y Fannie Mae. Solo estalló más rápido la burbuja que más se infló; pero había burbujas en todo el mundo. Esto pasa porque cuando la Reserva Federal decide excederse en la provisión de liquidez, esta actitud se generaliza a todos los bancos centrales; ya que hay una idea equivocada de que una baja del tipo de cambio es mala para la economía del país. Es decir, si la Reserva Federal emite excesivamente y deprecia su moneda, los otros bancos centrales del mundo tratan de evitar que baje en sus mercados comprando dólares emitiendo sus propias monedas e incentivando sus propias burbujas.

Si alguien preguntara si necesariamente estallará la burbuja, quizás no si la Reserva Federal pudiera subir la tasa un poco más ágilmente para intentar desinflarla. Tampoco, sabemos cuándo explotará si la Fed no hace los deberes, pero las probabilidades de una crisis internacional empezarán a incrementarse desde mediados de año y no demoraría más de 2 años en producirse. ¿Dónde estallará la primera burbuja? Nadie lo sabe; pero automáticamente empezará un estallido en cadena.

Este gobierno heredó un Estado y un Banco Central casi quebrados. Debido al gradualismo elegido como estrategia han logrado un muy lento y acotado avance en términos de mejorar su solvencia. Por lo tanto, no hay ninguna posibilidad de que puedan aguantar el corte del crédito que implicaría una crisis mundial. Por eso, hoy que hay excesos de liquidez el Gobierno debería abocarse a generar una red de seguridad financiera con créditos contingentes (a usar si se da una debacle internacional) que podrían ser provistos por organismos internacionales, bancos centrales de países desarrollados y bancos comerciales, cubriendo las necesidades de financiamiento de por lo menos un año. Habrá que pagar por estos préstamos; pero cabe recordar el dicho “Un banquero te presta el paraguas solo cuando hay sol”. Si estalla una crisis, seremos uno de los primeros países a los que les desaparecerá el crédito. Entonces, será tarde y los costos para los argentinos enormes.

 

Aldo Abram es Lic. en Economía y fue director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .

Mercados: tiempo de toboganes

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 7/2/18 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/mercados-tiempo-de-toboganes/

 

Ironizó ayer la columna Lex del Financial Times sobre el laconismo de Trump en Twitter: habiendo lanzado más de 60 mensajes celebrando lo bien que iba la Bolsa desde que llegó a la Casa Blanca, en las últimas horas no había tuiteado nada al respecto. Era lógico: Wall Street se pegó un batacazo histórico el lunes, que se compensó algo ayer, aunque el eco siguió rebotando fuera de Estados Unidos, donde reinaron los números rojos. El Ibex, con un -2,5 %, sufrió la mayor caída en cuatro meses, y cerró al nivel más bajo de once meses.

Así como Trumpo no dijo nada, los agentes del mercado aseguraron que no pasa nada, que es una “corrección temporal”. Siempre sucede lo mismo: ningún político habla cuando la Bolsa se hunde, y ningún bróker grita nunca: “¡pánico! ¡todos a vender todo!”. Al contrario, siempre dicen que o bien se quede usted inmóvil, o bien, si la cosa se hunde más, incluso que aproveche y compre.

Lo cierto es que ni los políticos, ni los agentes de bolsa, y mucho menos los economistas, conocen el futuro. Lo que sí sospechamos algunos es que hemos vivido una falsa bonanza, producto de que los bancos centrales, empezando por la Reserva Federal, hicieron lo que políticos, banqueros, gestores de fondos, y demás protagonistas del mundo financiero, les rogaban que hicieran: inundarlo todo con liquidez. Y lo hicieron, con la misma excusa que esgrimieron antes de 2007: los precios no subían. Era y siguió siendo una falacia, que estriba en medir los precios por el IPC, como si los activos no tuvieran precios, o como si sus precios no importaran.

Esta maniobra, repetida en mayor o menor medida por el Banco Central Europeo y otras autoridades monetarias, dio como resultado una nueva “represión financiera” que combinó una recuperación de la economía, una subida de las bolsas y unos tipos de interés, unos salarios y un IPC contenidos. Al mismo tiempo, se trataba de una situación engañosamente apacible, que ocultaba tensiones que tarde o temprano iban a aflorar. Como símbolo de la responsabilidad de los bancos centrales en todo esto, la sacudida se produjo el mismo día en que Jay Powell asumía como presidente de la Reserva Federal, tras la gestión de la supuestamente diestra Janet Yellen. En fin, tambien a Alan Greenspan lo llamó “maestro” nada menos que Bob Woodward.

Un tranquilizante convencional es que la economía real va bien, incluso muy bien. Por tanto, si nos sucede algo es porque suben los salarios, que ya era hora, o por culpa de vaya usted a saber qué recoveco “técnico”, porque los famosos “fundamentales” van estupendamente. Es posible que sea así, pero no lo sabemos. Sólo lo sabremos cuando suban los tipos, baje la marea, y veamos quién lleva traje de baño y quién no. Es decir, qué activos están sostenidos por inversiones reales sólidas y cuáles sólo brillan con tipos inusualmente bajos o “reprimidos”.

Mientras tanto, parece que ha empezado el tiempo de los toboganes. La situación podría resolverse, y pasar del tobogán a la subida más o menos estable, si la reforma fiscal de Trump rinde sus esperados frutos reactivadores, y si es imitada en otras latitudes. De eso debería tuitear el presidente americano, y no de la Bolsa. Por fin, si no se resuelve, entonces no se queje usted de los toboganes, porque la alternativa será peor.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

¿BENEFICIOS DE LA DESTRUCCIÓN?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Parece de ciencia ficción pero inmediatamente después de la catástrofe de los espantosos vientos huracanados en el sur de Estados Unidos, el presidente de la Reserva Federal de New York, William Dudley, declaró que el efecto neto de la destrucción desembocará en resultados positivos para la economía. Estas declaraciones trasnochadas fueron levantadas por varios medios estadounidenses de tirada nacional pero de modo acrítico. Dijo textualmente el personaje de marras que “El efecto a largo plazo de estos desastres en realidad eleva la actividad económica porque hay que reconstruir todas las cosas que han sido dañadas por las tormentas”.

 

Cualquier principiante en economía sabe que las antedichas declaraciones constituyen un dislate mayúsculo. Cualquiera que conozca la bibliografía elemental sobre estos temas hace que aquella manifestación patética lo remita al texto de la obra Economía en una lección de Henry Hazlitt en su segundo capítulo, titulado “La vidriera rota”.

 

En el primer capítulo de ese libro Hazlitt explica la falacia de los supuestos beneficios de la destrucción de activos. Comienza escribiendo el autor que la economía contiene más falacias que otras disciplinas donde se mezclan los efectos a largo plazo con los de corto plazo, por una parte, y por otra mezclan los efectos visibles de los que laten en la trastienda que, muchas veces resultan los más contundentes y decisivos. También señala la manía de centrar la atención en los efectos sobre un grupo sin ver los efectos sobre el conjunto.

 

Hasta el infante más distraído sabe por propia experiencia -sigue diciendo Hazlitt- sabe del disfrute de engullir caramelos pero también se percata de los efectos perniciosos si se excede en la cantidad. Sin embargo, el autor subraya la desaprensión de economistas considerados de renombre que proponen todo tipo de desatinos, como por ejemplo, aconsejar que todo el gasto vaya al consumo “para reactivar la economía” y en esa línea argumental desdeñan el ahorro y la consecuente inversión como si se pudiera consumir lo que no se produce revirtiendo la cadena causal.

 

En todo caso, en el antedicho segundo capítulo Hazlitt refuta de hecho las referidas declaraciones del presidente de la Reserva Federal de New York realizadas setenta años después de publicado el libro. Este capítulo emula algún escrito del decimonónico Frédéric Bastiat en el que alude al escenario siguiente.

 

Un chico rompe de una pedrada el vidrio del escaparate del un panadero del barrio. Los vecinos se reúnen y observan los vidrios rotos sobre los pasteles en la vidriera del panadero y comienzan a deliberar sobre el suceso. Al principio todos se lamentan y  condenan al malechor que se ha fugado, pero luego de transcurrido un rato alguien dice que las cosas no son tan negras puesto que el vidriero tendrá más trabajo y la suma correspondiente le dará la oportunidad de adquirir nuevos bienes y servicios y así sucesivamente con los que reciben el dinero, lo cual crea un proceso virtuoso de reactivación (que es lo que ha enfatizado el burócrata de la Reserva Federal).

 

Lo que no se ve, puntualiza la dupla Bastiat-Hazlitt, es que el panadero dispondrá de menos precisamente por la cantidad que destinó para reponer el vidrio en cuestión que lo tenía pensado para comprase un nuevo traje y así el sastre no podrá gastar el dinero correspondiente y así sucesivamente.

 

Ahora bien, ¿cual es el efecto neto de la destrucción del cuento?: se cuenta con un activo menos (el vidrio) y se podría haber ganado el traje (o mantener los ahorros del sastre) si no fuera por la pedrada. En lugar de contar con el vidrio y el traje, la economía solo cuenta con la reposición del vidrio que ya estaba antes de la rotura. La pérdida neta es el vidrio y, en nuestro ejemplo, mantener la inversión en dinero o adquirir el traje.

 

Días pasados uno de mis hijos -Bertie- publicó un artículo en Infobae (septiembre 15) donde explica detenidamente los efectos devastadores que produjeron las intervenciones gubernamentales en los precios a raíz de las tragedias de los huracanes en la zona de Florida, en Estados Unidos. Ahora, resulta que aparecen sujetos como el de la Reserva Federal que plantean el absurdo a que hemos hecho referencia, lo cual empeora notablemente el cuadro de situación y sienta un pésimo precedente para el futuro.

 

Desafortunadamente no está solo quien ponderó los supuestos efectos beneficiosos de la destrucción, los pioneros en este tipo de declaraciones y razonamientos han aparecido en la Primera Guerra Mundial y también en algunos textos que pretenden ser de economía.

 

En algunos textos se confunde lo dicho con la “destrucción creadora” de Schumpeter que nada tiene que ver con el  análisis que queda consignado en la presente nota. Este economista se refiere a la innovación permanente que tiene lugar en el capitalismo en un contexto evolutivo y creador en el que se dejan de lado bienes de consumo, bienes de capital y formas de producción obsoletas para reemplazarlas por nuevas perspectivas. “Este proceso de destrucción creadora -concluye Joseph Schumpeter en el séptimo capítulo de su Capitalismo, socialismo y democracia– constituye el dato de hecho esencial del capitalismo”.

 

Pero en los hechos hay otra forma de hace la apología de la destrucción y es recomendando políticas económicas desatinadas que a la postre consumen activos. A la cabeza de este tipo de destrucciones se ubica John Maynard Keyenes quien en el prólogo a la edición alemana de su teoría general en 1936 (a confesión de parte, relevo de prueba), en plena época nazi, escribió que “La teoría de la producción como un todo, que es a lo que apunta el presente libro, es mucho más fácilmente aplicable a las condiciones de un estado totalitario que la teoría de la producción y distribución de los resultados producidos bajo las condiciones de la libre competencia y del laissez-faire”.

 

En el capítulo 2 del segundo volumen de su Ensayos de persuasión, Keynes afirma que “Estamos siendo castigados con una nueva enfermedad, cuyo nombre quizás aun no han oído algunos de los que me lean, pero de la que oirán mucho en los años venideros, es decir el paro tecnológico”. Este comentario sobre “la nueva enfermedad” pone de relieve la incomprensión de Keynes sobre el tema del desempleo. Como se ha puntualizado en diversas ocasiones, en una sociedad abierta, es decir, en este caso, allí donde los salarios son el resultado de arreglos libres entre las partes nunca se produce sobrante de aquél factor que resulta esencial (el trabajo manual e intelectual) para la producción de bienes y para la prestación de servicios.  Y no es cuestión de centrar la atención en la transición puesto que la vida es una transición permanente. Cualquiera que cotidianamente en su oficina propone un cambio para mejorar está de hecho reasignando recursos hacia otros campos. La mayor productividad produce siempre ese resultado. Los empresarios en su propio interés están interesados en la capacitación en los nuevos emprendimientos.

 

G.R. Steele en su Keynes and Hayek resume bien el aspecto medular del autor a que nos venimos refiriendo al sostener que Keynes paradójicamente aparece como el salvador de un sistema que condena, es decir el capitalismo y concluye que “Keynes considera el capitalismo como estética y moralmente dañino por cuya razón justifica el aumento de las funciones gubernamentales” y afirma muy documentadamente que “Hayek tenía gran respeto por el hombre, pero muy poco respeto por Keynes como economista”. Su conocida visión de que las obras públicas en si mismas permiten activar la economía pasan por alto el hecho de que los recursos del presente son desviados de las preferencias de los consumidores para destinarlos a las preferencias políticas lo cual implica consumo de capital. Si las obras en cuestión son financiadas con deuda, se comprometen los recursos futuros de la gente.

 

Keynes, mucho más que Marx, ha influido negativamente en la destrucción que comentamos quien patrocinaba la liquidación de la sociedad abierta con recetas que, las más de las veces, resultaban mas sutiles y difíciles de detectar para el incauto que el marxismo debido a su lenguaje alambicado y tortuoso. Los ejes centrales de su obra mas difundida a la que hemos hecho referencia consisten en la alabanza del gasto estatal, el déficit fiscal y el recurrir a políticas monetarias inflacionistas para “reactivar la economía” y asegurar el “pleno empleo” ya que nos dice  en ese libro que “La prudencia financiera está expuesta a disminuir la demanda global”.

Todos los estatistas de nuestro tiempo han adoptado aquellas políticas, unas veces de modo explícito y otras sin conocer su origen. Incluso en Estados Unidos irrumpió el keynesianismo mas crudo durante las presidencias de Roosevelt: eso era su “New Deal” que provocó un severo agravamiento de la crisis del treinta, generada por las anticipadas fórmulas de Keynes aplicadas ya en los Acuerdos de Génova y Bruselas donde se abandonó la disciplina monetaria.

En definitiva, Keynes apunta en su mencionada teoría general a “la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de escasez del capital”. No quiero introducir consideraciones demasiado técnicas ni cansar al lector con las incoherencias y los galimatías de Keynes, pero veamos solo un caso que hemos apuntado en otra oportunidad y es el que bautizó como “el multiplicador” al efecto de disfrazar lo que en la práctica se traduce en destrucción neta a través del gasto estatal. Sostiene que si el ingreso fuera de 100, el consumo de 80 y el ahorro 20, habrá un efecto multiplicador que aparece como resultado de dividir 100 por 20, lo cual da 5. Y préstese atención porque aquí viene la magia de la acción estatal: afirma que si el Estado gasta 4 eso se convertirá en 20, puesto que 5 por 4 es 20 (sic). Ni el keynesiano más entusiasta ha explicado jamás como multiplica ese “multiplicador”

Resulta esencial percatarse de lo inexorablemente malsano de cualquier política monetaria del mismo modo que es altamente inconveniente la politización de la lechuga o de los libros. Este es el consejo, entre otros, de los premios Nobel en economía Hayek y Friedman en su última versión. Cualquier dirección que adopte la banca central ya sea para expandir, contraer o dejar la base monetaria inalterada, alterará los precios relativos con lo que las señales en el mercado quedan necesariamente distorsionadas y el consiguiente consumo de capital se torna inevitable que, a su turno, empobrece a todos.

En otras palabras, hay formas directas y formas indirectas de generar destrucción para lo cual quienes participan de los valores de una sociedad abierta deben estar en guardia…y no solo respecto a las declaraciones grotescas como las del presidente de la Reserva Federal de New York con que abrimos esta nota.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Y SI GANA TRUMP…

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 3/11/16 en: https://alejandrotagliavini.com/2016/11/03/y-si-gana-trump/

 

Es una pena que no tenga chances de ganar Gary Johnson, el candidato a la Casa Blanca por el Partido Libertario, ya que, sin ser ideal, es el único serio. Con los otros dos, Hillary Clinton y Donald Trump, el liberalismo económico quedará enterrado precisamente en el país del “libre mercado”.

La remontada en las encuestas del republicano ha elevado el nerviosismo en los mercados. Un reciente informe del Citi mejoraba las probabilidades de victoria de Trump hasta 40%, y aseguraba que a ello se debían los máximos de la moneda estadounidense frente a la de México, siendo que un dólar llegó a comprar más de 20 pesos por primera vez en la historia. Desde el Saxo Bank, aclaran que la divisa mexicana es “el barómetro más preciso del ánimo inversor”.

Los analistas de Citi estiman que el riesgo-Trump es “parcialmente descontado” pero que “aumenta”. Desde Saxo Bank, opinan que a corto plazo los inversores podrían manejar una victoria de Trump, pero a largo plazo “podría ser un desastre financiero y económico… y podría… empujar al mundo a una nueva recesión”. Según Moody’s el impacto sobre Europa sería limitado dada la moderada relación comercial. En cuanto a China, si EE.UU. desarrolla una economía proteccionista, el gigante asiático podría responder con dureza.

Por el riesgo-Trump suben los valores-refugio tradicionales: oro, plata, franco suizo, y bono del Tesoro. Y baja prácticamente todo lo demás, empezando por el peso mexicano, y continuando por las divisas de otros emergentes, hasta llegar a la renta variable de casi todo el mundo, así es que caen todas las bolsas. El índice VIX, que mide la volatilidad del mercado de futuros de Chicago, ha subido 30% desde que el director del FBI anunció el hallazgo de más e-mails de Hillary. Eso significa que el mercado da alrededor de 20% de posibilidades a Trump de ganar las elecciones. Es una cifra aún modesta.

“Entre 1929 y 2011, el mercado ha ganado más de la mano de los presidentes demócratas, lo que puede significar que una victoria de Clinton representará buenas noticias para el Dow Jones y el S&P 500”, dicen los analistas. Por su parte, James Butterfill, jefe de estrategia de ETF Securities, es más concreto: “El precio del oro aumentará hasta 10% si Donald Trump gana” y, por el contrario, “podría perder hasta 6% si triunfa Hillary”.

El metal dorado protagonizó una corrección del 8,5% desde los máximos que alcanzó el 6 de julio, tras el Brexit, hasta los 1.250 dólares por onza que marcó a principios de octubre. Desde ese nivel, rebota ya más de 4%. Entre tanto la plata, que sube casi 8% desde los mínimos del mes pasado, la zona de los 17,3 dólares hasta la que corrigió desde los máximos post Brexit.

Sin embargo, para el consenso de mercado, ni uno ni otro metal cuentan con mucho más recorrido en los próximos meses. Sobre todo, teniendo en cuenta la inminente subida de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal. Trump ha dicho que no tiene nada contra su jefa “pero no es republicana”, y la ha acusado de mantener las tasas bajas demasiado tiempo, contradiciéndose con su propuesta de una política monetaria basada en el dólar débil y tasas de interés bajas, lo que fomentaría las exportaciones. Por otro lado, sugirió que EE.UU. refinancie su deuda.

El que más ganaría con Trump es el mercado energético que, en términos generales, ha superado a los mercados globales en épocas de dólar frágil y, así, la recuperación que tuvieron este año las acciones petroleras podría continuar. Además, Trump aboga por un agresivo esfuerzo de exploración de gas y petróleo y, entre las pocas desregulaciones, eliminaría restricciones a la extracción por fracking y a las emisiones de gases contaminantes “porque el cambio climático es un invento chino para que EE.UU. deje de ser competitivo”.

El dato de las tasas para Argentina no es menor, porque los mercados fueron aliados incondicionales del gobierno al comprar deuda por más de US$ 40.000 millones este año y, además, tiene que financiar, según cálculos privados, US$ 30.000 millones en 2017 y Trump podría traer más inestabilidad, y quién sabe, quizás tasas más altas.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

SOBRE NUEVAS ESCUELAS AUSTRÍACAS DE ECONOMÍA Y OTRAS YERBAS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 6/11/16 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2016/11/sobre-nuevas-escuelas-austriacas-de.html

 

Ultimamente están circulando libros, artículos, videos y grupos en Facebook donde se acusa a Mises de “graves” errores, con la velada o no tan velada acusación de quienes no estamos de acuerdo con ello somos dogmáticos, carecemos de espíritu crítico, y sólo somos repetidores, y no renovadores, como ellos, que sí piensan, mientras que los demás sólo sabemos repetir de memoria La Acción Humana cual nuevas sagradas escrituras.

Creo que todo ello es muy injusto.

Siempre hubo diferencias entre los partidarios de la Escuela Austríaca. Pero hablar de una “nueva” EA es lo que me sorprende. Puede ser, es un mundo abierto, pero permítanme dar un ejemplo de lo que no me termina de cerrar.

Yo no puedo pretender ser un innovador en los temas estrictamente económicos de la EA. Excede mi campo y mis posibilidades. Tengo opiniones, sugerencias, nada más. No puedo pretender nada más.

Mi campo es la epistemología. Y allí, por supuesto que tengo “diferencias” con Rothbard, Mises o Hayek. Si yo hubiera tenido otra actitud, en este momento habría hartado a todo el mundo con mi “nueva” EA en epistemología. Habría denunciado los “graves” errores epistemológicos de Mises y hubiera armado mi “nueva” propuesta. Why not? Todos saben que mis fundamentos de la praxeología no son los mismos que los de Mises, y que mi método de la economía se aleja de él al haber incorporado elementos de Santo Tomás, de Machlup, de Popper, de Gadamer. Pero jamás se me pasó por la cabeza que haya que “denunciar”, cual profeta de no sé qué antiguo testamento, a los “graves” errores epistemológicos de Mises. Yo me considero dentro de la EA. Suscribo sus grandes líneas: la teoría subjetiva, las consecuencias no intentadas, el mercado como proceso, etc. Dentro de ello, he propuesto, sí, algunas cosas en epistemología, sin pretender fundar nada nuevo, sino opinar en mi campo formando parte de un paradigma viviente, corregible, renovable, pero paradigma al fin. Que es más amplio de lo que se supone, y cuya historia demuestra más diversidad de lo que cualquiera a primera vista pueda suponer. Creo que los “nuevos” no advierten qué es  la diversidad “dentro” de un programa de investigación que, si alguna vez cambia verdaderamente en algo “nuevo” eso será muy retrospectivo desde un punto de vista histórico, una visión retrospectiva que nadie, en este momento, puede pretender tener.

Y me produce curiosidad lo de “grave”. En un programa de investigación progresivo, ¿qué es lo “grave” desde el punto de vista de las diferencias que sus integrantes puedan tener? Grave es Hitler, grave es Stalin, grave es Kim Jong-i, grave es ISIS, grave es la Reserva Federal.

 

Por lo tanto, gente, calma. Sólo dentro de muuuuuuuuuuuucho tiempo sabremos qué fue lo verdaderamente nuevo. Mientras tanto, como dijo un gran santo, el bien no hace ruido y el ruido no hace bien.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.