La política del miedo:

Por Alejandra M. Salinas. Publicado el 7/9/12.

A raíz del reciente comentario presidencial sobre el temor debido al Poder Ejecutivo parece oportuno reflexionar sobre la relación causal directa entre el miedo y la política. El primero, entendido como el miedo individual a perder las libertades, las propiedades, y en última instancia la vida misma; la segunda, como la acción gubernamental que es la principal causa y artífice de esas pérdidas.

En efecto, históricamente los gobiernos han restringido las libertades individuales en nombre de una idea, una necesidad o una circunstancia, y lo han hecho en regímenes de todo tipo y color político. Esas restricciones no sólo han causado pérdidas económicas y materiales, sino, lo que es peor, con frecuencia han obstruido y hasta destruido los planes de vida de muchas personas, planes que terminan por ser reemplazados con meros intentos por subsistir al margen de esas restricciones y de sus nocivos efectos.

Claro está, la forma más extrema y amenazadora utilizada por los gobiernos para tener éxito en las restricciones por ellos impuestas ha sido instaurar el miedo en la sociedad: en los regímenes dictatoriales y totalitarios, el uso de la violencia y del asesinato han constituido y constituye aún el principal método para difundir el miedo bajo la forma del miedo a la muerte. En regímenes no totalitarios ni dictatoriales, el miedo cobra otras formas, no menos preocupantes: el miedo a la expropiación, el miedo a la persecución y la arbitrariedad fiscal, el miedo a la pérdida de la libertad de expresión y de movimiento, el miedo de una persona libre a convertirse en títere o muñeco de funcionarios autoritarios y resentidos.

La historia política mundial está lamentablemente y en gran parte marcada por las decisiones y acciones de gobiernos que obligan a ciudadanos atemorizados a vivir y trabajar en determinados moldes que esos gobiernos imponen discrecionalmente por la fuerza. Quienes se niegan a ser sí moldeados son retratados como enemigos públicos y perseguidos abierta o secretamente, ya que constituyen un elemento de posible “contagio” y ejemplo indeseable de resistencia. Por un lado, el heroísmo cívico, caracterizado por el amor a la patria y a las libertades republicanas y como el esfuerzo por proteger y defender esos valores, es catalogado por sus detractores como un interés de clase  o una ideología sin permiso, y denunciado sistemáticamente como una traición. Por el otro lado, el heroísmo económico, caracterizado por el esfuerzo de emprendedores y empresarios por crear riqueza genuina a pesar de innumerables obstáculos, y con ella crear trabajo y bienestar general, es vilipendiado o reducido a una fuente de recursos para saciar la creciente voracidad fiscal. A la larga, ni héroes ni villanos logran triunfar, y la sociedad se asimila a esa jungla hobbesiana signada por una lucha constante y la eventual decadencia. Tal es el resultado inevitable de la política del miedo.

Contra este resultado ha luchado el liberalismo clásico en tanto doctrina política que busca asegurar las mejores condiciones posibles para proteger las libertades individuales de las agresiones de los gobiernos. Las recetas institucionales liberales que posibilitan el éxito en dicha tarea son variadas y bien conocidas: separación del poder, soberanía individual, primacía de la paz, mercados libres, igualdad ante la ley, etc. Algunas de las recetas motivacionales que subyacen a las instituciones son más difíciles de adoptar: respeto mutuo, actitud de diálogo, benevolencia desinteresada, pluralismo de ideas, etc.

En definitiva, el orden social de la libertad bajo la ley ha sido la contribución más destacada de la tradición intelectual liberal, y el principal blanco de aquellos gobiernos en los cuales el antagonismo y el miedo reemplazan al diálogo y a la seguridad que otorga la vigencia de la ley. Regresar a la libertad implica, por ello, minimizar el miedo que inspira todo gobierno.

Alejandra M. Salinas es Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales y Doctora en Sociología. Fue Directora del Departamento de Economía y Ciencias Sociales de ESEADE y de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas. Es Secretaria de Investigación y Profesora de las Asignaturas: Teoría Social, Sociología I y Taller de Tesis de ESEADE.