ATROPELLOS DE UNA CASTA POLÍTICA DE INTOCABLES

Por Alberto Benegas Lynch (h)

En otras ocasiones me he detenido a subrayar lo que a juicio de muchos intelectuales es el uso desaprensivo de la expresión “clase social” puesto deriva de la idea que hay personas de una clase o naturaleza distinta. Esta noción deriva del marxismo en cuyo contexto se sostiene que el burgués y el proletario son de una clase o naturaleza distinta ya que poseen una estructura lógica diferente. En este sentido son consistentes con su premisa, aunque ésta esté errada ya que ningún marxista explicó en que estriba concretamente la diferencia, en que reside el manejo distinto de los silogismos y, por otra parte, que le ocurre al hijo de un proletario y una burguesa o que le sucede específicamente a la estructura lógica del proletario que se gana la lotería y así sucesivamente.

Como también hemos apuntado en su oportunidad, los sicarios nazis luego de galimatías varios en sus absurdas clasificaciones de lo que denominan arios y semitas llegaron a la conclusión que el tema era mental adoptando la concepción marxista al comprobar que solo diferenciaban a las víctimas de los victimarios rapando y tatuando a los primeros pues no había posibilidad alguna de clasificar en base a rasgos físicos.

Como queda dicho, si bien los marxistas son consistentes con sus premisas erradas, los que recurren inocentemente a la expresión “clase social” son del todo incoherentes con sus premisas porque no quieren decir que las personas de distinta clase sean de naturaleza distinta, lo que quieren decir es que obtienen ingresos distintos. En ese caso es mejor decir eso mismo: ingresos medios, ingresos altos e ingresos bajos. Por otro lado, el concluir que los de ingresos altos en general pueden acceder a una educación formal de mejor calidad que los de ingresos bajos es una grosera perogrullada pero en una sociedad abierta en donde la movilidad social es máxima no significa que la gente muta su naturaleza o cambia de clase de persona al elevar o reducir sus ingresos.

Más aún, aludir a la clase baja constituye una torpeza repugnante, referirse a la clase alta es de una frivolidad digna de la mayor tilinguería y hacerlo respecto a la clase media es llamativamente anodino.

Una vez aclarado lo anterior, vamos a lo que Milovan Djilas bautizó como “la nueva clase” en un best-seller que lleva ese título y que se tradujo a once idiomas. Un ex cómplice y partícipe directo del totalitarismo que conoció desde adentro todas las artimañas del poder como fueron los también resonantes casos de Eudocio Ravines y Whittaker Chambers sobre los que he escrito en otras ocasiones. Los tres consideraron en una primera instancia que los desbarranques se debían a malas gestiones del sistema, tardaron en percatarse que el asunto no radica en las personas que administran un sistema autoritario sino en el sistema mismo: en el manejo arbitrario de las vidas ajenas, en el abuso del poder político, en la soberbia de los mandamases, en otros términos, en la falta de libertad y el consiguiente atropello a los derechos de las personas y la aniquilación de las autonomías individuales.

Se trata en este caso efectivamente de una casta por el momento de intocables, una clase que agrupa a personas que apuntan a la extender el poder a todos los vericuetos de lo que hasta el momento era vida privada y a mantener y ampliar los privilegios de ese conglomerado de políticos irresponsables. Es una agrupación de sujetos que tienen como denominador común un deseo irrefrenable de dominación y una marcada inclinación a la acumulación de privilegios y dádivas de procederes turbios. Una clase por cierto aborrecible cuyo eje central apunta al daño sistemático e institucionalizado a seres inocentes. Una mezcla diabólica entre lo estipulado por Orwell y Huxley respectivamente.

La elaboración de Djilas es extrapolable no solo a todos los regímenes dictatoriales sino a estructuras políticas a veces consideradas democráticas pero que en verdad son cleptocracias en las que los sueños de vida, las libertades y las propiedades están en manos de desvaríos monumentales de los gobernantes de turno.

En este contexto la nueva clase paradójicamente se instala argumentando que deben eliminarse las clase mientras filtran el abuso de poder envuelto en un dogmatismo y una intolerancia inaceptables para todo lo que se le opone, lo cual indefectiblemente gangrena al cuerpo social. Esta casta de políticos y funcionarios no son todos los burócratas ni todos los políticos, son los que tienen una sed ilimitada de chupar la sangre del prójimo. Son los arrogantes que consideran que son los iluminados del momento y que deben contar con un cheque en blanco para imponer sus veleidades sobre las vidas y haciendas ajenas. En esta instancia del proceso de evolución cultural hay y ha habido políticos -los menos- que estrictamente limitan sus funciones a la preservación de derechos que son anteriores y superiores a la existencia de todo gobierno.

En cambio, la nueva clase está formada por ideólogos en el sentido más difundido del término, a saber, los que pretenden imponer sistemas cerrados, terminados e inexpugnables, es decir, a contracorriente del espíritu liberal por naturaleza abierto a procesos evolutivos que toman el conocimiento con la característica de la provisionalidad abierta a posibles refutaciones en el contexto del respeto recíproco a proyectos de vida distintos a los que caprichosamente se esmeran por encajar los megalómanos

Todo comienza con los primeros pasos. En nuestro caso, se trata de avances del aparato estatal en faenas que los principios republicanos no permiten pero que un poco de estatismo posibilita ganar elecciones. La célebre demagogia. En el caso de progreso material hay quienes sienten envidia por los que obtienen ingresos más suculentos que los suyos y pretenden el manotazo. Como no queda bien robar a mano armada, les piden a los gobernantes que hagan la tarea por ellos a través de muy distintos procedimientos fiscales vociferando que la riqueza es el resultado de la suma cero en lugar de atender la realidad en cuanto a que es un proceso dinámico y cambiante en una sociedad abierta según la capacidad de cada cual para atender las necesidades de los demás.

Pero al instalar una venda sobre los ojos para que no pueda espiarse la realidad, se consolidan en el poder los políticos inescrupulosos y quedan atrás los que no se atreven a adoptar medidas groseramente intervencionistas y estatistas. De este modo entonces se convierte el asunto en una carrera por promesas cada cual más “progresista”, este aditamento absurdo que en verdad alude a su antónimo puesto que permite enganchar a los incautos para arrastrarlos con la furia del fanático al retroceso moral y crematístico.

Más abajo veremos algunas sugerencias para revertir esta tendencia que promete acabar con la democracia tal como fue concebida para vivir en libertad en oposición al autoritarismo, pero ahora mencionamos algunas de las recetas iniciales que causan el problema de marras.

Veamos muy telegráficamente siete pilares sobre los que se basa la nueva clase de donde derivan otras medidas autoritarias que en escalada tarde o temprano terminan en una fatídica tendencia a amordazar la prensa independiente y a enclaustrar mentes a través de sistemas educativos vigilados y reglamentados por estructuras políticas a contracorriente de sistemas abiertos en competencia.

En primer lugar, la manía del igualitarismo de resultados que en contraposición a la igualdad ante la ley la pretenden prostituir sustituyendo de contrabando el ante por el mediante la ley y así en mayor o menor medida se aplica la guillotina horizontal que inexorablemente difiere de lo estipulado por la gente con sus compras y abstenciones de comprar en los supermercados y afines. Esta mal asignación de los siempre escasos recursos necesariamente se traduce en derroche, lo cual, a su vez, hace que bajen los salarios e ingresos en términos reales.

En segundo término, la idea desformada del derecho confundiéndola con pseudoderechos. Derecho es la facultad de usar y disponer de lo adquirido legítimamente pero de ningún modo el echar mano por la fuerza al fruto del trabajo ajeno. En un medio oral acaba de declarar un conocido político argentino que “frente a cada necesidad nace un derecho”, en realidad una barrabasada superlativa que pone al descubierto el desconocimiento más palmario no solo del “dar a cada uno lo suyo” según la definición clásica de la Justicia sino que  bajo tierra apunta  a arrancar recursos de los bolsillos de otros recurriendo a la violencia.

Tercero, la nueva clase usa un lenguaje hipócrita al alardear de una defensa de los pobres cuando los expolia a través de medidas antieconómicas, al tiempo que suele acumular riquezas malhabidas y siempre engrosa sus propias filas con privilegios de muy diverso calibre.

Cuarto, se basa como apoyo logístico en legislaciones sindicales que operan con recursos descontados coactivamente de los trabajadores y con representaciones compulsivas.

Quinto, la nueva clase descansa en alianzas con empresarios prebendarios que como un intercambio de favores les entregan mercados cautivos en el contexto de una economía cerrada a la competencia nacional e internacional.

Sexto, estatizan actividades comerciales al efecto de incrementar su poder aunque arrojen déficits crónicos y los servicios disminuyan de calidad a ojos vista.

Y séptimo, recurren a subterfugios monetarios y bancarios alegando un tragicómico fine tuning para que la nueva clase pueda hacerse indebidamente del fruto del trabajo de los gobernados a quienes esquilman sin piedad aparentando luchas contra la inflación.

Si nos damos cuenta de estas exacciones por las que aumenta el gasto público, los impuestos y la deuda estatal, es menester producir cambios para deshacernos de la nueva clase. No tiene sentido limitarse a la queja y pretender cambios aceptando un sistema que incentiva y entroniza la nueva clase.

Antes me he referido a posibles modificaciones al efecto de introducir vallas a la extralimitación del poder, pero es del caso repasarlos brevemente, no necesariamente para que se adopten tal cual sino como una invitación a usar las neuronas para pensar en otros procedimientos que dejen sin efecto los atropellos de la nueva clase o casta consubstanciada con un Leviatán desbocado.

Para estos propósitos antes hemos propuesto meditar acerca de posibles cambios de carácter sustancial en los tres poderes para reafirmar la democracia al estilo de los Giovanni Sartori de nuestra época alejándola de los peligros de los Hugo Chávez de nuestro tiempo.

En esta línea argumental, sugerimos que los integrantes del Poder Legislativo sean ad honorem como algunos de los cargos en las repúblicas de Venecia y Florencia de antaño, dejando de lado legislaciones incompatibles con el Estado de Derecho que abren las puertas a conflictos de intereses inaceptables e incompatibles con el sentido jurídico de la Ley.

Proponemos también aplicar al Ejecutivo la recomendación de Montesquieu que se encuentra “en la índole de la democracia” en el sentido de proceder a elecciones por sorteo al efecto se subrayar lo dicho por Karl Popper en cuanto a la imperiosa necesidad de trabajar en el fortalecimiento de las instituciones y no sobre los hombres para que “el gobierno haga en menor daño posible”, a lo cual puede agregarse la idea del Triunvirato tal como fue argumentado originalmente en la Asamblea Constituyente estadounidense según relata en sus memorias James Madison.

Por último, introducir y generalizar el sistema de arbitrajes privados en el Poder Judicial sin ninguna limitación, incluso sin la necesidad que quienes actúen sean abogados, en el contexto de una carrera judicial rigurosa y estricta bien alejada del positivismo legal que ha hecho estragos al derecho.

La inercia y las telarañas mentales no permiten salir del pantano del statu quo y del espíritu conservador en el peor sentido de la expresión. No puede resolverse un problema insistiendo en adoptar las causas que lo provocan. La nueva clase se está riendo a carcajadas homéricas de todos nosotros. Observan con deleite obsceno los preparativos de los procesos electorales y el acto comicial mismo con las fauces abiertas de par en par para engullirse el próximo botín.

Si las propuestas que recogemos para liberarnos de la nueva clase no satisfacen por algún motivo, piénsese en otras salidas pero no podemos quedar con los brazos cruzados frente a este espectáculo dantesco y al mismo tiempo bochornoso por el que quedan francos los tenebrosos pasillos hacia nuevos socialismos, al tiempo que se derrumba la democracia y el constitucionalismo que desde la Carta Magna de 1215 fueron ideados para limitar el poder y no para introducir una canilla libre de dislates que perjudican a todos pero muy especialmente a los más necesitados.

Se encienden las alarmas cuando representantes de la nueva clase declaran que quieren resolver los problemas de la gente, en lugar de dejarla en paz. Hay que combatir los residuos atávicos de la tribu, de ese modo los intocables de hoy no lo serán en el futuro.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Contra la ideología

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

He apuntado en otros escritos que el uso generalizado de la expresión “ideología” no calza con la definición del diccionario de conjunto de ideas (también en el sentido utilizado primeramente por Destutt de Tracy en 1786), ni con la marxista de “falsa conciencia de clase” sino de algo terminado, cerrado e inexpugnable, en otros términos, una pseudocultura alambrada. Como también he escrito, esta última acepción, la más común, es la antítesis del espíritu liberal puesto que esta tradición de pensamiento requiere de puertas y ventanas abiertas de par en par al efecto de incorporar nuevo conocimiento ya que éste demanda debates entre teorías rivales puesto que el conocimiento es siempre provisorio abierto refutaciones.

 

Una vez precisado lo anterior, conviene enfatizar que, al contrario de lo que sostienen algunos profesionales de la economía en cuanto a que hay que “manejarse con los hechos”, en ciencias sociales, a diferencia de las físico-naturales, no hay hechos con el mismo significado de éste último campo de estudio fuera del andamiaje conceptual que interpreta los diversos sucesos. Sin duda que las físico-naturales también requieren de interpretación pero en un sentido distinto debido a que, como decimos, los llamados “hechos” son de naturaleza destinta.

 

No es que se patrocine el relativismo epistemológico en ciencias sociales debido a la interpretación de fenómenos complejos. Muy por el contrario, quienes mejor interpreten esos fenómenos estarán más cerca de la verdad, lo cual se va puliendo en un azaroso camino que, como señalamos, es de corroboraciones provisorias y refutaciones. En un proceso abierto de competencia, los estudiosos que mejor interpreten y mejor explican esos fenómenos serán los de mayor rigor. Esto no solo sucede con los economistas y cientistas sociales, sino también con los historiadores.

 

Esta cuestión de confundir planos científicos en las ciencias sociales empujan a que se aluda a los “hechos” como si se tratara de constatar la mezcla de líquidos en un tubo de ensayo del laboratorio puesto que, a diferencia del campo de las ciencias físicas, se trata de acción humana (las piedras y las rosas no tienen propósito deliberado).

 

El premio Nobel en economía Friedrich Hayek en su ensayo titulado “The Facts of the Social Sciences” (Ethics, octubre, 1943 y expandido en tres números sucesivos de Economica) explica que los llamados hechos en ciencias sociales “no se refieren a ciertas propiedades objetivas como las que poseen las cosas o las que el observador puede encontrar en ellas, sino a las visiones que otros tienen sobre las cosas […] Se deben abstraer de todas las propiedades físicas de las cosas. Son instancias de lo que se suelen llamarse conceptos teleológicos, esto es, se pueden definir solamente indicando la relación entre tres términos: un propósito, alguien que mantiene ese propósito y el objeto que la persona considera apropiado como medio para ese propósito”. Por eso cuando el historiador “explica porque se hace esto o aquello se refiere a algo que se encuentra más allá de lo observable” nos explica Hayek en el mismo ensayo en el que concluye que “la teoría social […] es lógicamente previa a la historia”. Es decir, prestamos atención a los fenómenos basados en un esqueleto teórico previo ya que no se trata de cosas que se miran en el mundo físico sino de nexos causales subyacentes e inseparablemente unidos a la interpretación de los sujetos actuantes.

 

Lo dicho en modo alguno permite suponer que el buen historiador interponga sus juicios de valor en la descripción de lo que interpreta. Ludwig von Mises destaca (en Theory and History, Yale University Press, 1957) que resulta impropio que en la descripción histórica se pasen de contrabando los valores del que describe. Entonces, una cosa es la subjetividad presente en la selección de los fenómenos y su respectiva interpretación y otra bien distinta es el incrustar juicios de valor, sin desconocer, claro está, que la declaración de esforzarse con seriedad y honestidad intelectual por realizar una interpretación adecuada constituye en si mismo un juicio de valor.

 

Como se ha dicho, cuando se trasmite la noticia circunscripta a que fulano murió esto corresponde al campo de las ciencias naturales (un fenómeno biológico), pero si se notifica que fulano dejó una carta antes de morir estamos ubicados en el territorio de las ciencias sociales donde necesariamente cabe la interpretación de la referida misiva y todas las implicancias que rodean al caso. En realidad, no cabe la refutación empírica para quien sostenga que la Revolución Francesa se originó en los estornudos de Luis XVI, solo se puede contradecir en el nivel del razonamiento sobre interpretaciones respecto a las conjeturas sobre los propósitos de los actores presentes en ese acontecimiento. En ciencias sociales, no tiene sentido referirse a “los hechos” extrapolando la idea de las ciencias físico-naturales.

 

Todo esto nada tiene que ver con la objetividad del mundo que nos rodea, es decir, que posee una naturaleza, propiedades y atributos independientemente de lo que los sujetos consideren que son. Es otro plano de debate. Lo que estamos ahora considerando son las apreciaciones y las evaluaciones respecto a las preferencias, gustos y propósitos de seres humanos.

 

Es por cierto también paradójico que resulte muy frecuente que los partidarios de sistemas autoritarios tilden de “ideólogos” a los que se inclinan por la sociedad abierta que son, por definición, los que promueven procesos pluralistas en el contexto de debates en los que se exploran y contrastan todas las tradiciones en libertad, cuando en realidad aquellos, los autoritarios, son por su naturaleza ideólogos impermeables a otras ideas en libertad debido a su cerrazón mental. Hay que distinguir con claridad los que reclaman que entre aire fresco a una habitación con un pesado tufo a encierro, de los que pretenden mantener y acrecentar esa situación hasta la asfixia total.

 

Robin Collingwood (en The Idea of History. Oxford Univesity Press, 1956) escribe que “en la investigación histórica, el objeto a descubrir no es el mero evento sino el pensamiento expresado en el” y en su autobiografía (Fondo de Cultura Económica, 1939/1974) subraya que a diferencia de la historia “las ciencias naturales, tal como existen hoy y han existido por casi un siglo, no incluyen la idea de propósito entre las categorías con que trabajan […] el historiador debe ser capaz de pensar de nuevo, por si mismo, el pensamiento cuya expresión está tratando de interpretar” y, en ese contexto rechaza “la historia de tijeras y engrudo donde la historia repite simplemente lo que dicen las ´autoridades´ [… ] El ser humano que en su capacidad de agente moral, político y económico, no vive en un mundo de ´estrictos hechos´a los cuales no afectan los pensamientos, sino que vive en un mundo de pensamientos que cambian las teorías morales, políticas y económicas aceptadas generalmente por la sociedad en que él vive, cambia el carácter de su mundo”.

 

Por todo esto es que Umberto Eco (en su disertación “Sobre la prensa” en el Senado romano y dirigido a directores de periódicos italianos, en 1995) consigna que “con excepción del parte de las precipitaciones atmosféricas [que son del área de las ciencias naturales], no puede existir la noticia verdaderamente objetiva” en el sentido a que nos hemos referido en las ciencias sociales, a lo que agregamos que dado que en las ciencias sociales tiene un gran peso la hermenéutica, debe destacarse que la comunicación no opera como un scaner en el sentido de que el receptor recibe sin más el mensaje tal como fue emitido.

 

En resumen -y esto no es un juego de palabras- podrá decirse que la objetividad precisamente consiste en la adecuada interpretación subjetiva de los fenómenos bajo la lupa…pero, insistimos, hay que tener bien en cuenta que no es objetiva en la acepción habitual del término, en cuyo contexto las deliberaciones en las que hemos incursionado aquí tal vez sirvan para poner en perspectiva las consecuencias y la importancia de separar metodológicamente las ciencias naturales y las sociales, al efecto de no confundir planos y no llegar a conclusiones apresuradas.

 

Entonces, es del todo inconducente mantener que el economista, el historiador o el cientista social “no hacen ideología” (en un sentido irónico y peyorativo) para referirse impropiamente al antedicho andamiaje conceptual, sino que se basan en “los hechos” como si esto tuviera algún sentido en ciencias sociales, tal como subraya Hayek y tantos otros filósofos de la ciencia.

 

El ideólogo es por naturaleza un dogmático clausurado a las contribuciones de nuevas ideas y teorías que explican de una mejor manera el fenómeno estudiado. Al ideólogo no le entran balas ni es capaz de contra-argumentar, se encapricha en circunscribir lo que recita sin someter a revisación ninguna parte de su verso que machaca hasta el hartazgo.

 

Solo a través del estudio crítico y el debate abierto es que resulta posible el progreso en el conocimiento, tal como lo han puesto de manifiesto autores de la talla de Karl Popper. Por su parte, cientistas sociales empecinados en “guiarse solo por los hechos” demuestran su ignorancia supina en la materia que pretenden conocer, con lo que contribuyen a difundir un ejercicio metodológico incompatible con su propio campo y así, en definitiva, introducen una férrea ideología.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

PELIGROS DEL FANATISMO:

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Como es bien sabido, la característica central del ser humano es su capacidad para discernir, para decidir entre distintos cursos de acción, para razonar,  conceptualizar y para argumentar. Esto es un privilegio de la condición humana que no posee ninguna otra especie conocida. Esto hace posible el conocimiento y las refutaciones. Posibilita el intercambio de ideas en el aula, en debates abiertos, conversaciones y a través de ensayos, libros y artículos.

 

El fanático es aquel que renuncia a su condición humana y adhiere ciegamente a lo que otros le dicen, deja de ser una voz para convertirse en puro eco. No digiere, no medita, solo obra por impulso,  en verdad no actúa ya que no hay acción propiamente dicha sino reacción. La expresión proviene del latín antiguo: fanum, lo cual quiere decir templo, de ahí que los fanatismos más comunes con de carácter religioso donde la fe juega un rol decisivo. Sin duda que puede concebirse una persona religiosa no fanática en el sentido que razona la existencia de una primera causa (necesaria, no contingente como el Big-Bang), de lo contrario sabe que no hubiera nacido ya que las causas que lo generaron irían en regresión ad infinitum, por tanto, nunca hubieran comenzado. Pero el fanático atropella a los congéneres, los quiere convertir a su credo a toda costa e incluso se pone agresivo con los que no aceptan su modo de ver la religiosidad.

 

Este último sentido explica las matanzas horrendas a través de la historia que se han perpetrado en nombre de Dios, la misericordia y la bondad. Lo curioso es que esta situación no ocurría cuando abundaba el politeísmo, situación en la que cada uno tenía su dios personal que eventualmente otros podían compartir algunas de las formas de adoración. Cuando comenzó a practicarse el monoteísmo se acentuaron los problemas y las trifulcas, etapa en la que se generalizó la conducta de que cada religión así concebía pretendía una y otra vez imponer su visión absoluta a otros. Es en verdad desafortunado que el descubrimiento que varios seres perfectos no resultan posibles puesto que lo que tuviera uno no lo poseería  el otro por lo que solo es concebible un ser que pueda atribuirse la condición de prefecto. Es desafortunado que de esta conclusión se siguiera que había que masacrar al que practicara procedimientos rituales diferentes.

 

Merced a la decisiva intervención de Juan Pablo II -principal aunque no exclusivamente- se instaló la noción del ecumenismo y del respeto, la amistad y comprensión mutua entre las religiones monoteístas y también la debida consideración a todas las otras maneras de encarar la religión y para con el deísmo y también para los que no tienen religión alguna (y su pedido de perdones por crímenes comandados por Papas como fueron las inquisiciones, la judeofobia y las instigaciones a guerras religiosas). Nada más decepcionante que los fanáticos religiosos obcecados con lo que les dice el líder con o sin túnicas y sotanas aunque se trate de un disparate superlativo.

 

Pero el fanatismo no se agota en las religiones sino que se extiende a las concepciones políticas, lo cual produce los descalabros que son del dominio público. Se extienden a la adoración al líder del momento, habitualmente por parte de muchedumbres en las que como ha señalado en La psicología de las multitudes Gustave Le Bon “lo que se acumula no es la sensatez sino la estupidez”.

 

Por esto es que resulta una medida higiénica el alejarse de las ideologías que como se ha repetido en muy diversas ocasiones, en su acepción más generalizada da por sentado la fabricación de un sistema cerrado, clausurado, terminado e inexpugnable lo cual es la antítesis del conocimiento que por su naturaleza es provisorio sujeto a refutaciones tal como lo ha explicado, entre otros, Karl Popper.

 

El fanático no entiende que significa la tolerancia, está ensimismado en sus creencias fuera de lo cual piensa que lo demás es falso con lo que habitualmente procede a conculcar derechos de terceros con una ferocidad digna de un animal. Con el fanático resulta imposible conversar ni intercambiar ideas, está obnubilado con su credo. Como diría Borges “es asertivo, para seguir con él hay que cambiar de tema”.

 

El fanático es militante, una de las palabras más desagradables del diccionario porque en primer término es impropio para el mundo civil y también para las fuerzas armadas ya que allí se trata de militares no de militantes. El término en cuestión deriva de militar y claro que, en ese sentido, el militante procede conforme a las órdenes que recibe del vértice, es verticalista y es una pieza que se mueve en el contexto de la obediencia debida. A su vez, los jefes totalitarios son fanáticos, son términos correlativos y consustanciales al mesianismo, el megalómano es necesariamente un fanático en su obsesión de manejar vidas y haciendas ajenas.

 

Eric Hoffer en The True Beliver nos dice que “los hombres en general se ocupan de lo suyo cuando en lo suyo hay algo de sustancia, de lo contrario se ocupa de meterse con el vecino” y este es el fanático que dado su vacío existencial tiene que respaldarse en una causa externa a él por la que entregar sus pasiones. Le resulta insoportable, como apunta Hoffer, que “la libertad de elección coloca sobre sus hombros toda la culpa por sus fracasos”. Por eso, continúa este autor, es que el fanático tiende a subsumirse en lo colectivo, en los movimientos masivos, porque coloca la posibilidad de cambio fuera de su control, en las manos del líder,  se traduce en “la total rendición del yo”. Hoffer ejemplifica no solo con los fanáticos religiosos sino en espesas y purulentas categorías cerradas y terminadas a las que se debe obedecer a pie juntillas como son los casos del nacional-socialismo y el comunismo y también los ateos militantes que operan “como si se tratara de una nueva religión”.

 

Por eso es que el espíritu liberal abre puertas y ventanas de par en par al efecto de permitir y estimular el debate y así reducir en algo nuestra colosal ignorancia. Esta es una de las razones por las que aboga por la tolerancia de tradiciones de pensamiento distintas que permiten reforzar argumentos en pro de la libertad y modificar los que estaban equivocados, en un contexto de permanente evolución. Cervantes escribió que “el camino es siempre mejor que la posada” pero, además, en el caso liberal, no hay posada, es todo camino, “la hazaña de la libertad” al decir de Croce siempre teniendo en vista que, otra vez según la pluma del autor del Quijote, todo debe entregarse “por la libertad, igual que por la honra”.

 

En La rebelión de las masas Ortega destaca que los hombres asimilados a lo colectivo “no se exigen nada especial, sino para ellos vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre si mismos, boyas a la deriva”. El fanático revela su tontera y concluye Ortega que “no hay modo de desalojar al tonto de su tontería […] el tonto es vitalicio […] por eso ha perdido el uso de la audición ¿Para qué oír si ya tiene dentro de si todo cuanto hace falta?”.

 

Si se impone el hombre-masa en el sentido orteguiano la perspectiva es por cierto lúgubre, pues según el mismo pensador “La espontaneidad social quedará violentada una vez y otra por la intervención del Estado; ninguna nueva simiente podrá fructificar. La sociedad tendrá que vivir para el Estado, el hombre para la máquina del Gobierno”.

 

El fanático considera que la lealtad debe ser total al líder -más bien el servilismo- todo lo demás es traición que tiene que ser desacabezada. Robert Nisbet en Prejudices mantiene que el fanatismo, además del religioso propiamente dicho, abarca la religión laica que sigue los pasos de los Robespierre de nuestra época y, salvando las distancias, da un ejemplo de Estados Unidos, el país que ha sido el  más liberal del planeta, que concreta en el caso del fanático Woodrow Wilson quien bautizó su era como “progresista” con medidas en las que el Leviatán irrumpió con fuerza para “encaminarse a un lugar perfecto” al decir de aquél presidente estadounidense. El fanático representa aquello que Nisbet ilustra con una oportuna cita de Dostoievsky: “el fuego en la mente”.

 

En momentos en que ciertos fanatismos devienen en terroristas siempre criminales, es decir, resucitan inquisiciones en bandada, debe meditarse con cuidado cuales son las defensas de la sociedad abierta y uno de los anclajes de mayor fertilidad consiste en mantener a rajatabla la libertad de expresión, la separación tajante entre religión y poder (“teoría de la muralla” según la concepción original norteamericana) y ocuparse y preocuparse de la educación como la trasmisión de valores y principios consistentes con seres libres para así asegurarse las necesarias defensas contra la incursión de fanáticos, un peligro mortal para la convivencia civilizada. Cierro esta nota con un conocido adagio que debe repasarse en toda ocasión: “la mente es como un paracaídas, solo sirve si se abre”, es que las telarañas mentales carcomen la condición humana.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

LAS CONTRADICCIONES DEL RELATIVISMO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Antes de entrar en tema dejemos sentado que hay dos contradicciones básicas en quienes sostienen que todo es relativo. En primer lugar, si se acepta esa premisa, también sería relativa la afirmación de que todo es relativo (la trampa de Epiménides) y, en segundo término, sería relativo el respeto para quien sostiene esta postura (y cualquier otra) con lo cual -la aniquilación del respeto recíproco basado en la noción del derecho de cada cual y la correspondiente justicia- desaparecería toda posibilidad de supervivencia y, por ende, de convivir entre seres humanos.

 

Lo dicho para nada significa que deben uniformarse valores y principios. El único valor y principio que inexorablemente debe ser uniforme, para que puedan convivir personas con distintas valorizaciones y proyectos de vida es, precisamente, el respeto recíproco, es decir que cada uno pueda hacer de su vida lo que le plazca siempre y cuando no lesione igual derecho de los demás.

 

En un contexto de esta naturaleza, los debates abiertos van mostrando la conveniencia o no de adoptar ciertos valores. En este sentido, nadie posee la verdad absoluta, pequeñas partículas de verdades se van incorporando al acerbo cultural en un proceso evolutivo de prueba y error con el convencimiento de que las corroboraciones son siempre provisorias sujetas a refutaciones. Este es el sentido de la investigación no solo moral sino científica. Este es el sentido por el que los centros universitarios cuentan con departamentos de investigación, de lo contrario, si no hay verdades que buscar, no habría nada que averiguar. Los adelantos de la humanidad en los diversos campos científicos parten de la base de que hay algo que investigar como verdades en un contexto donde la ignorancia colosal se va reduciendo al incorporar verdades en los más variados campos. Por otra parte y en otro nivel de discusión, la acción misma revela que hay preferencia lo cual indica que se estima un camino mejor que otro.

 

Ahora veamos entonces resumidamente el significado de los diversos tipos de relativismo: epistemológico, cultural, hermenéutico y ético. Respecto al primer caso hemos mencionado su aspecto central en cuanto a que, por el principio de no-contradicción, una proposición no pude corresponderse y no corresponderse simultáneamente con el objeto juzgado (el relativista toma como verdad su relativismo). También cabe destacar que, sin duda, todo lo que entendemos es subjetivo en el sentido de que es el sujeto que entiende, pero cuando hacemos referencia a la objetividad o a la verdad aludimos a las cosas, hechos, atributos y procesos que existen o tienen lugar independientemente de lo que opine el sujeto sobre aquellas ocurrencias y fenómenos que son ontológicamente autónomos. Lo antedicho en nada se contradice con el pluralismo y los diversos fines que persiguen las personas, dado que las apreciaciones subjetivas en nada se contraponen a la objetividad del mundo. Constituye un grosero non sequitur afirmar que del hecho de que las valorizaciones y gustos son diversos, se desprende la inexistencia de lo que es.

 

Por su parte, el relativismo cultural pretende asignar igual valor a las diversas culturas. Esto es un error de la antropología relativista puesto que, por lo pronto, el respeto recíproco es una medida objetiva para concluir acerca del valor de diversas culturas. No es lo mismo la antropofagia que la consideración por el derecho a la vida. No es lo mismo el totalitarismo que la libertad. En definitiva, si no fuera posible trascender el ámbito cultural en que vivió el antropólogo, no podría afirmar ni negar nada ya que estaría determinado por la cultura de la cual proviene. Por el contrario, la característica de la mente humana es su capacidad de revisar sus propios juicios y contar con ideas autogeneradas que es lo que, entre otras cosas, permite evaluar distintas culturas y es lo que hace posible distinguir proposiciones verdaderas de las falsas.

 

En cuanto a la hermenéutica relativista, sostiene que la interpretación de textos y discursos depende de factores enteramente subjetivos. No habría en este contexto tal cosa como verdad o falsedad de interpretaciones del texto o el discurso consignado. Como es sabido, los símbolos lingüísticos son el resultado de convenciones, de lo cual no se sigue que pueden interpretarse en cualquier dirección, situación que imposibilitaría la comunicación y tornaría sin sentido lo escrito o lo dicho. No habría tal cosa como una interpretación correcta y una incorrecta puesto que todas estarían a la par. Sin embargo, un símbolo que no se traduce en una significación precisa no significa nada y, por tanto, como queda expresado, la comunicación sería imposible. Incluso, como el lenguaje es principalmente para pensar y secundariamente para comunicarse, el pensamiento quedaría en la práctica bloqueado si se siguieran los postulados del relativismo hermenéutico.

 

Por último, el relativismo ético apunta a mantener que no hay tal cosa como el bien y el mal es también contradictorio ya que los mismos nihilistas se incomodan cuando se les falta el respeto y se invaden sus derechos, lo cual pone de manifiesto la incoherencia de sus declamaciones respecto a la inexistencia de lo bueno y lo malo, de lo que está bien y lo que está mal. El relativista ético argumenta que no hay procederes que actualizan potencialidades en busca del bien y conductas que dañan o benefician al sujeto actuante y perjudican o que ayudan al prójimo. Por supuesto que esto para nada autoriza que en una sociedad libre se recurra al uso de la fuerza para imponer lo que se considera moral en esferas que no afectan derechos de terceros. Cada uno asume su responsabilidad por lo que hace, no hace o por lo que dice o calla ante su conciencia, ante su prójimo o ante Dios pero la fuerza solo es permisible cuando es de carácter defensivo, nunca agresivo si es que se pretende vivir en libertad. Recordemos que la prueba de la tolerancia es frente a modos de vida que no compartimos, no en relación a lo que estamos de acuerdo.

 

En resumen, los relativismos son autodestructivos y no se sostienen a la luz de razonamientos simples basados en el sentido común.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.