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Las tres opciones económicas que se le abren al Gobierno a partir del 23 de octubre

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 10/10/17 en: https://www.infobae.com/opinion/2017/10/10/las-tres-opciones-que-se-le-abren-al-gobierno-a-partir-del-23-de-octubre/

 

Si el resultado electoral del 22 de octubre es el que se perfila actualmente, Mauricio Macri va a tener un importante capital político que, aunque no le permita tener el control de ambas cámaras legislativas, le otorgará un mayor margen de maniobra que el que tuvo hasta ahora.

Insisto, de confirmarse el resultado electoral que se vislumbra, el Presidente tendrá una segunda gran oportunidad de torcer el rumbo de decadencia económica que lleva siete décadas en Argentina, considerando que una gran primera oportunidad, a mi juicio desperdiciada, fue el 10 de diciembre de 2015 cuando asumió la presidencia. En ese momento, si se hubiese detallado claramente la herencia recibida del kirchnerismo, el margen de acción le hubiese permitido adoptar medidas económicas más contundentes que las que se adoptaron hasta ahora.

Sin duda que hoy el ambiente económico institucional es el día y la noche respecto a los nefastos años del kirchnerismo. No sólo ya no tenemos a la AFIP haciendo de KGB que persigue a los que piensan diferente, las interminables cadenas donde CF vendía un mundo irreal y no existen las medidas delirantes de Moreno y de Kicillof, entre otras cosas. Sin duda ahora somos vistos con respeto en el mundo. Ya no somos los impresentables que fuimos durante la era k.

No obstante, creo que sería un error comparar la actual situación con la era k como punto de referencia para saber si mejoramos o no, porque estaríamos poniendo la vara muy baja. El kirchnerismo nos dejó en el quinto subsuelo y no se necesita gran cosa para superar esa situación para mostrarse algo mejor. En todo caso en el gobierno de Fernando De la Rúa tampoco había controles de precios, ni de cambios, ni cepo cambiario y se llegó a una crisis final por no encarar las reformas de fondo y pensar que sólo con el cambio de expectativas que generaría la presencia de Domingo Cavallo y reestructurando la deuda pública el transcurso del tiempo iba a solucionar los problemas, algo que, como todos sabemos, no sucedió.

Si, como decía antes, el 22 de octubre, luego de contar los votos, Macri logra incrementar sustancialmente su capital político, el interrogante que queda por delante es cuál de los siguientes tres escenarios económicos se dará:

1. Que se duerman en los laureles y piensen que lo que les sirvió para ganar las elecciones también sirve para manejar la economía de aquí hasta el 2019, es decir, seguir endeudándose para financiar el déficit fiscal apostando a que, por algún efecto mágico, la economía va a crecer y del exterior nos van a financiar indefinidamente. En ese caso la economía estará en manos de Dios porque por el motivo menos pensado puede cortarse el financiamiento externo.

2. Ver si el Gobierno está dispuesto a adoptar las medidas mínimas necesarias para domar la pesada herencia k que todavía no fue desarticulada. Salvo los casos del cepo y las cosas más guarangas como los controles de precios, el gasto público sigue siendo un enorme peso para el sector privado, al igual que la carga tributaria, el retraso de las tarifas de los servicios públicos que fueron ajustadas pero todavía tienen que subir más y desarmar ese nefasto negocios de los “programas sociales” por el cual generaciones de jóvenes crecen viendo cómo sus padres viven sin trabajar. La famosa destrucción de la cultura de trabajo.

3. Adoptar un plan económico que no sólo permita dominar la herencia k sino, además, dar otro paso adelante y adoptar aquellas medidas que nos pueden llevar, en un par de décadas, a ser un país desarrollado. No nos olvidemos que Brasil acaba de corrernos el arco y nos exigirá más esfuerzo en las reformas dado que si aquí no se hace una reforma laboral importante, ni las migas de las inversiones que van a Brasil van a caer por estas tierras.

La primera opción luce poco viable. En lo que va de 2017 las reservas del BCRA aumentaron en USD 11.418 millones y todo ese aumento se explica por las compras de divisas que dicha entidad le hace al Tesoro que se endeuda para financiar el déficit fiscal.

La expansión de circulante es del 34,5% anual luego de colocar Letras del Banco Central y pases netos para absorber la liquidez que genera la compra de divisas al tesoro. En tanto que el stock de Lebac y pases netos se multiplicó por 3,4 veces entre diciembre de 2015 y septiembre de este año o, si se prefiere, subió el 240% con el gasto cuasifiscal que ello implica, en la era k ese stock se multiplicó por 30; dicho de otro modo, el endeudamiento del BCRA creció el 2.900 por ciento.

Mi punto es que este ritmo de endeudamiento externo y del BCRA para financiar el déficit fiscal es insostenible en el largo plazo.

Por eso, la pregunta es: ¿qué es lo mínimo que tendría que hacer el Gobierno de Mauricio Macri para salir de esta trampa económica que le dejó el kirchnerismo? ¿Es viable el gradualismo que venimos viendo?

Mi punto de vista es que si apuestan a hacer sólo lo que es necesario para dominar la herencia k, será un paso adelante. Ahora,

¿En qué consiste lo mínimo para dominar la herencia k?

1. Disciplina fiscal: No se limita a bajar el déficit fiscal solamente. Lo que se requiere es una profunda reforma del sector público con reducción del gasto y una reforma impositiva. Es imprescindible que la población tome conciencia de las funciones que quiere que preste el gobierno y esté dispuesta a solventarlas con sus impuestos. Tener un gasto público del 48% del PBI sin déficit fiscal imposibilita el crecimiento económico porque el estado termina aplastando al sector privado con impuestos. La dimensión del desequilibrio fiscal no se soluciona con retoques en el gasto público, sino que la dimensión del desequilibrio implica tener que replantearse cuál debe ser el rol del estado en Argentina. Eso de que el crecimiento de la economía va a licuar el peso del Estado sobre el PBI lo veo poco probable. Es más probable que el Estado aplaste al sector privado.

 Tener un gasto público del 48% del PBI sin déficit fiscal imposibilita el crecimiento económico porque el estado termina aplastando al sector privado con impuestos

2. Reforma impositiva: El principio básico de la política tributaria debe ser que muchos paguen poco y los impuestos sean sencillos de liquidar. En vez de concentrar una enorme carga tributaria sobre un reducido sector de la población, se debe buscar aplicar alícuotas bajas y que todos paguen.
Suele argumentarse que hasta que no se reduzca la evasión impositiva no se pueden bajar los impuestos. Esto es un error. Para reducir la evasión impositiva primero hay que bajar los impuestos de manera tal que el premio por evadir sea tan bajo que el contribuyente tenga menores estímulos para evadir. El camino de reducir la tasa de evasión pasa por reducir las alícuotas de los impuestos. Hay experiencias en el mundo que demuestran que la curva de Laffer funciona. Tal vez podría pensarse en reemplazar el actual impuesto a las ganancias por un flat tax.

3. Disciplina monetaria: Para alcanzar este objetivo puede establecerse una total libertad en el uso de las monedas, anulando el curso forzoso de la moneda nacional. Los agentes económicos podrán realizar las transacciones comerciales y todo tipo de operación económica en la moneda que las partes acuerden. El peso debe ser una moneda más que podrá utilizar la gente, pero al no existir el curso forzoso el BCRA estará obligado a preservar el valor de la moneda para que la gente la elija como reserva de valor o medio de intercambio. Sin curso forzoso, con libertad de monedas, la solidez de los mercados de capital y del sistema financiero locales serán finalmente alcanzables.

 Sin curso forzoso, con libertad de monedas, la solidez de los mercados de capital y del sistema financiero locales será finalmente alcanzables

4. Reforma laboral: Es fundamental para que las 650.000 Pymes y microemprendimientos contraten personal. Con 1 persona por año que contraten estas 650.000 empresas, en 5 años tenemos resuelto el problema de la desocupación. Se podrán absorber los 250.000 jóvenes que se incorporan anualmente al mercado laboral, podrán pasarse empleados del estado al sector privado y no habrá justificativos para que los piqueteros sigan exigiendo ser mantenidos por los contribuyentes.

5. Incorporarse al mundo: Si la Argentina se incorpora al mundo, estará anclando sus instituciones a las de los países desarrollados y el proceso de captación de inversiones será más acelerado. Vean cómo el gobierno de Cataluña empieza a arrugar al ver que queda fuera del mundo si se separa de España.

El desastre populista de los últimos 70 años potenciado por el kirchnerismo es tan grande que el mínimo para superar la herencia k es un mínimo muy alto. Seguir comparándose con los 12 años kirchneristas es poner la vara demasiado baja y correr el riesgo de adoptar medidas que no alcancen para salir del pozo en que nos dejaron.

En síntesis, me parece que el 23 de octubre, si se confirma la consolidación de Cambiemos, debería aparecer un plan económico global con el mínimo de medidas señaladas. Caso contrario habrá que rezar para que el financiamiento externo permita financiar este sobredimensionamiento estatal y carga tributaria que ahogan cualquier posibilidad de entrar en una senda de crecimiento de largo plazo.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

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El terrible horror de la renta financiera

Por Martín Krause. Publicado el 1/9/17 en: https://www.cronista.com/columnistas/El-terrible-horror-de-la-renta-financiera-20170901-0012.html

 

El terrible horror de la renta financiera

En el mercado de las ideas, algunos debates están resueltos antes de que comiencen a presentarse los argumentos, tan sólo con la definición de las palabras que se van a utilizar. Esto ya es bien conocido, y el próximo caso que tenemos a la vista tiene que ver con la próxima reforma impositiva.

Algunos comentarios señalan que la misma incluirá algún impuesto a la renta financiera. Planteada de esa forma se asegura la aprobación de todo el arco populista y de la izquierda, ya que…¿puede haber algo peor que la renta financiera? Incluso parece peor que el mismo populismo.

La palabra financiera parece desatar en los votantes imágenes de banqueros gordos, fumando habanos, responsables del corralito y el corralón, veraneando en Miami con nuestro dinero. La palabra renta sugiere una ganancia para la cual no se ha hecho nada. Una combinación letal.

Y no ya entre los políticos, incluso en el área de la economía que estudia la política, conocida como Public Choice, se usa la palabra renta para indicar ganancias empresarias que son el resultado del contubernio con los políticos y funcionarios y no de la competencia en el mercado. Se lo llama rent seeking.

Los políticos saben esto muy bien (no Public Choice, por supuesto). Ponerle ese nombre es garantizarle buena parte de su éxito, con un seguro apoyo popular. Pero a poco que la gente se dé cuenta de lo que estamos hablando, tal vez comience a cambiar de opinión. Muy diferente sería su visión si se hablara de un impuesto al ahorro.

Ya que, aparentemente, el nuevo impuesto gravaría a los plazos fijos y la tenencia de bonos en manos de particulares. Ahora bien, de la misma forma en que la gente odia la renta financiera, tiene en alta valoración al ahorro. Sabe muy bien que, pese a todas las canciones de sirena respecto al consumo, ya sea que vengan de propagandas o de políticas económicas que buscan impulsar la demanda, su futuro, y el de sus hijos, está en el trabajo, la producción y el ahorro. Hace duros esfuerzos para conseguir una vivienda y busca tener un colchón para esas situaciones a las que el país nos tiene acostumbrados. Todo el mundo sabe que no se progresa dándole a la tarjeta de crédito por sobre lo que podemos pagar, solamente los gobiernos creen que esa es una buena idea.

La gente cree que un impuesto a la renta financiera no recae sobre ellos sino sobre las ganancias de los grandes grupos financieros; pero los bancos y entidades financieras tienen que pagar ganancias como cualquiera, así que su renta ya está gravada. Todo el mundo va a salir a festejar pero será el equivalente de festejar un gol pegándose con un martillo en la mano.

Además, el castigo al ahorro es un castigo a la inversión, por lo que incluso aquellos que no ahorran se verán perjudicados porque la única forma de que los salarios crezcan en términos reales es a través de la mayor inversión de capital que necesita del ahorro, interno o externo, para realizarse. Si la izquierda entendiera algo de economía, y quisiera beneficiar a los pobres, debería promover la acumulación de capital, como lo hacían forzadamente los gobiernos comunistas. Claro, que, el que entendiera eso, no sería de izquierda.

Y el resto de la propuesta de reforma impositiva no parece estar mal. Si bien no reduce impuestos, al menos busca ordenarlos, eliminando serias distorsiones y los más aberrantes como ingresos brutos.

Sería mucho más preocupante que el gobierno realizara la propuesta de gravar el ahorro por convicción. Mucho más elegante es plantear que se trata de la moneda de cambio, o la carnada para que el populismo muerda el anzuelo y se trague el resto. Pero muchas veces ya nos hemos quedado sin el pan y sin la torta.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA.

¿Dólar barato o caro? Que juzgue el lector

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 1/8/17 en: http://www.infobae.com/opinion/2017/08/01/dolar-barato-o-caro-que-juzgue-el-lector/

 

Tendencia y volatilidad del tipo de cambio de pesos por dólar en un régimen de flotación administrada

Hasta ahora el Banco Central afirmaba que su política monetaria era de objetivo inflacionario. La entidad establecía una meta de inflación para el año y usaba la tasa de interés como instrumento para alcanzar la meta inflacionaria, afirmando que el tipo de cambio tenía libre flotación. En mi opinión no me queda muy en claro que el tipo de cambio flote libremente porque el manejo de la tasa de interés genera un arbitraje entre tasa y dólar que afecta indirectamente el nivel del tipo de cambio. Diría que con el BCRA manejando la tasa de interés, no hay libre flotación.

Además, con el Tesoro cubriendo el déficit fiscal con deuda externa y el arbitraje tasa versus dólar, por definición hay una baja artificial en el tipo de cambio. Dicho de otra manera, si el Tesoro toma deuda externa para financiar el déficit asegura transitoriamente tranquilidad en el mercado de cambios.

Por otro lado, si el BCRA sube la tasa de interés y los agentes económicos estiman que el tipo de cambio no se va a mover demasiado por el endeudamiento externo, venden dólares (el tipo de cambio nominal tiende a bajar), compran pesos y con esos pesos adquieren Lebacs apostando a obtener una rentabilidad en dólares del 25% anual, o más, dependiendo del nivel en que esté la tasa de interés.

En este tipo de apuestas no se compran seguros de cambio, y al final, estos los otorga gratis el Tesoro endeudándose. Son posiciones abiertas que apuestan a que el inversor saldrá de las Lebacs antes de que suba el tipo de cambio.

 Con el BCRA manejando la tasa de interés, no hay libre flotación

De lo anterior se desprende que el tipo de cambio nominal actual no es el de libre flotación. Hay intervenciones indirectas del Estado en el mercado cambiario. Lo que no podemos decir los economistas es cuál es el valor de equilibrio del tipo de cambio. Eso no lo puede afirmar nadie, al menos seriamente. Lo que sí podemos darnos es una idea de si el dólar está muy barato o poco barato.

Qué nos dice la serie histórica de casi 50 años
El gráfico nos muestra la evolución del tipo de cambio a pesos constantes de junio de este año, mes a mes desde enero de 1970. Tenemos una serie histórica mensual de 46 años y medio.

¿Qué es lo que podemos ver a simple vista? Que hay tres períodos donde el tipo de cambio está en los niveles más bajos de toda la serie histórica. El fin de la tablita cambiaria de Martínez de Hoz, en enero de 1981. La convertibilidad y en junio de 2017.

 Hay tres períodos donde el tipo de cambio está en los niveles más bajos de toda la serie histórica. El fin de la tablita cambiaria de Martínez de Hoz, en enero de 1981. La última etapa de la convertibilidad y en junio de 2017

Si tomamos el tipo de cambio de enero de 1981, último mes de la tablita cambiaria, a valores de junio de 2017 daría un tipo de cambio de $15,46 y el tipo de cambio promedio de junio pasado fue de $15,96. El mismo tipo de cambio en pesos ajustado por la inflación.

Si el tipo de cambio promedio de junio pasado lo comparamos contra el de diciembre de 2001, cuando todavía regía la convertibilidad, agonizando pero todavía no se había devaluado, el tipo de cambio de junio 2017 está un 15% por encima.

Finalmente, a pesos de junio, el tipo de cambio de noviembre 2015, último mes completo de gobierno K, es de $15,13, con lo cual el dólar estaba un 5,5% por arriba. Es como si no hubiese habido devaluación con el nuevo Gobierno.

La pregunta que sigue es: ¿acaso el tipo de cambio actual tan bajo dentro de toda la serie histórica es producto de un masivo ingreso de divisas por inversiones y/o baja de costos internos por profundas reformas estructurales? Si uno observa toda la serie histórica, se va a encontrar con que el actual tipo de cambio se encuentra en uno de los períodos de mayor gasto público y presión impositiva de los últimos 46 años. Una legislación laboral que desincentiva la contratación de personal y una economía lo suficientemente cerrada como para eliminar la competencia. De manera que este tipo de cambio tan bajo dentro de la serie histórica no responde a la enfermedad holandesa, sino que es consecuencia de la deuda externa que toma el Tesoro para financiar su déficit fiscal (al igual que con la tablita cambiaria) y de la alta tasa de interés que genera venta de dólares para comprar pesos y colocarse a tasa de interés.

Aun con la suba del 7% que tuvo el tipo de cambio nominal en julio y restándole un 2% de inflación, me parece que el tipo de cambio real está en niveles muy bajos que no son consistentes con ningún cambio estructural que le den mayor respaldo al peso como para hacerlo tan fuerte.

 Aun con la suba del 7% que tuvo la cotización del dólar en la Argentina en julio y restándole un 2% de inflación, me parece que el tipo de cambio real está en niveles muy bajos que no son consistentes con ningún cambio estructural

El verdadero desafío

El desafío hacia el futuro es desactivar este arbitraje tasa versus dólar sin generar complicaciones en el mercado de cambios.

Al 26 de junio, la base monetaria era de $866.434 millones y las reservas del BCRA, sin incluir los encajes en dólares de los bancos, sumaban USD 32.000 millones. Pero ese nivel de reservas no sólo tiene que respaldar la base monetaria, sino que también tiene que cubrir el stock de Lebacs en circulación que suma $934.000 millones. Esos títulos generan un gasto cuasifical por intereses pagados del orden de los $230.000 millones anuales. Es un gasto del BCRA que no tiene como contrapartida una inversión de dicha entidad.

EL Banco Central paga por intereses de las Lebac más de $230 mil millones por año

EL Banco Central paga por intereses de las Lebac más de $230 mil millones por año

En resumidas cuentas, el BCRA tiene reservas propias por USD 32.000 millones y base monetaria y Lebacs por $1,8 billones. Como se puede ver, el poder de fuego de la autoridad monetaria para enfrentar sus pasivos no es tan potente. En todo caso puede especular con seguir renovando el stock y los intereses de Lebacs a su vencimiento, pero recordemos que no existe el inversor que renueva indefinidamente sus utilidades devengadas. En algún momento realiza la ganancia y ahí se produce el problema.

 El costo para la población será menor con una política económica que genere un shock de confianza que con un gradualismo que parece sumergir a los habitantes en una interminable agonía

Mi enfática sugerencia es que luego de las elecciones el Gobierno debería empezar a desactivar este arbitraje tasa versus dólar con un potente plan económico que genere un shock de confianza y no haga falta estar subiendo todo el tiempo la tasa de interés para evitar la suba del tipo de cambio o de la inflación.

Ese plan económico potente requiere asumir la realidad: es indispensable encarar una profunda reforma del Estado; una reforma impositiva y un cambio en la legislación laboral de manera tal que haya un reacomodamiento del tipo de cambio suave. Sin estampidas.

La experiencia de las últimas cuatro décadas muestra que es preferible tomar el toro fiscal por las astas que seguir apostando a un gradualismo. El costo para la población será menor con una política económica que genere un shock de confianza que con un gradualismo que parece sumergir a los  habitantes en una interminable agonía.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

Con estos impuestos no hay recuperación posible:

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 15/3/15 en:

 

La reforma impositiva también es clave para recuperar el sistema republicano de gobierno

Sé que no es fácil, pero como tarea para el futuro gobierno queda implementar una profunda reforma tributaria. Este gobierno ha llevado la presión impositiva hasta niveles realmente confiscatorios, pero los disparates tributarios vienen desde hace rato.

Un primer problema que tenemos con el sistema tributario es no solo que es ineficiente, asfixiante e injusto, sino que además es invasivo de los derechos individuales. La información que hay que brindarle al ente recaudador, en un país que respeta los derechos individuales, solo podría pedirla un juez y con causa justificada. Es más, todavía no entiendo cómo no fue declarada inconstitucional la ley de procedimiento fiscal.

Algunas propuestas muy sólidas de reforma del sistema impositivo preparadas por el reconocido economista y tributarista Antonio Margariti les he acercado a algunos legisladores de la oposición, pero claramente no les ha interesado el tema. Nunca tuve respuesta ni siquiera para decirme que no les parecía bien.

El primer disparate que tiene nuestro procedimiento fiscal es que el contribuyente es culpable hasta que demuestre lo contrario. Lo he sufrido en carne propia a lo largo de la década k al punto que hasta la prestigiosa revista The Economist se encargó de citar mi caso entre otros casos emblemáticos (http://www.economist.com/node/21559384 ).

La realidad es que si yo reclamo que alguien me debe dinero, tengo que demostrarlo. En Argentina el sistema funciona al revés. El ente recaudador dice que alguien le debe dinero y el contribuyente tiene que demostrar que no lo debe.

En definitiva, hemos aceptado que en nombre de la santa recaudación se violen todos los derechos individuales, la propiedad privada y de procedimientos que garanticen la defensa del contribuyente. Un disparate inconstitucional.

El segundo disparate del sistema tributario que uno puede señalar es que se le pide a los impuestos que financian al fisco, que redistribuyan ingresos y que asignen los recursos productivos.

Cuando digo que se le pide al sistema tributario que redistribuya recursos me refiero, por ejemplo, al nefasto impuesto a las ganancias. Y es nefasto porque no solo viola los derechos individuales al pedir información reservadísima, sino que además castiga a los más eficientes. Al ser un impuesto progresivo, cuánto más gana una persona, y gana más porque es eficiente y satisface las necesidades de sus semejantes si estuviera un sistema de libre competencia, paga proporcionalmente más. Si gana un 10% más paga un 14% más. Se castiga al que mejor sirve a sus semejantes con su labor diaria produciendo aquellos bienes y servicios que demanda la gente, en los precios y calidades que el consumidor requiere. De manera que cambiar el impuesto a las ganancias por un flat tax no es el ideal, pero al menos es menos invasivo de los derechos individuales y mucho más sencillo de liquidar. El flat tax implica pagar un porcentaje igual para todos estableciendo un mínimo no imponible, y de ahí para arriba todos pagan el mismo porcentaje. Sencillo de liquidar y no pretende redistribuir ingresos.

Si alguien quiere redistribuir, entonces que lo haga vía el gasto público. Que diga a quién le va a dar un subsidio, por qué monto y por cuanto tiempo. Que se debata en el Congreso y que el que recibe un subsidio tenga nombre y apellido y que la gente sepa a quién y por qué le está dando parte de sus ingresos. Que la gente sepa por qué le quitan parte del fruto de su trabajo y se lo dan a otro.

En lo que hace a la asignación de recursos podemos citar, por ejemplo, el caso de los derechos de importación. Cuando el burócrata establece que se pague una tasa mayor por la importación de los bienes de consumo que los bienes de capital, en última instancia está diciendo que prefiere que se produzcan bienes de consumo y no bienes de capital. El burócrata reemplaza a la gente en la decisión de asignar los recursos. Propuesta: que los derechos de importación sean bajos y uniformes para todos los productos. Una tasa única de, digamos, el 3% para todos los productos solo tendría un fin recaudatorio.

Otro disparate que tenemos en funcionamiento es el impuesto al cheque. Es un nefasto impuesto que no solo expulsa a la gente del sistema formal sino que, además, implica pagar impuestos para pagar impuestos. Cuando uno hace un cheque para pagar el anticipo de ganancias, bienes personales, ingresos brutos o el impuesto que sea, paga el 0,6% del impuesto al cheque para pagar un impuesto. ¡Una locura!

De más está decir que los derechos de exportación son otra barbaridad que sin duda hay que eliminar y el listado sigue. Mi primera conclusión es que el actual sistema tributario es inviable. Imposible de corregir. Hay que meterlo en un tacho, tirarle nafta y prenderle fuego y establecer uno completamente nuevo que debe incluir el tema de la coparticipación federal, algo que en realidad no existía en nuestra Constitución de 1853. Esto de la coparticipación es un invento del siglo XX que terminó en un desastre económico y político, destruyendo el federalismo.

En rigor, llegamos a este estado de locura impositiva, en su estructura y su carga tributaria, porque el populismo se impuso en Argentina y como un cáncer está destruyendo el país.

Antiguamente los reyes mataban con impuestos a sus súbditos para financiar sus conquistas territoriales. Si mal no recuerdo, la revolución que dio lugar a la independencia norteamericana fue por la mayor carga tributaria que quiso imponerle el rey a los colonos para financiar los gastos de su guerra con Francia. Lo irónico es que finalmente los franceses terminaron ayudando a los colonos y al ejército continental contra el ejército inglés.

Hoy día los gobiernos nos matan con impuestos para financiar su populismo. Pero ese populismo llevó a la destrucción de la república. Los populistas buscan matar con impuestos a unos pocos para repartir entre muchos. Esa es su forma de conseguir votos.

Es lo que vemos hoy en día en Argentina. Muchos se preguntan cómo hacer para desarmar la maraña de subsidios llamados sociales que deja el kirchnerismo y que es infinanciable. Desarmar se puede desarmar, pero habrá que crear las condiciones para generar una fuerte corriente inversora.

Lo que me queda bastante claro es que la reforma del sistema tributario y de los procedimientos fiscales, no solo es necesario para poner en funcionamiento la economía. La reforma impositiva también es clave para recuperar el sistema republicano de gobierno.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

El “neoliberalismo” de los ’90 en el debate político:

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 24/7/13 en http://opinion.infobae.com/nicolas-cachanosky/2013/07/24/el-neoliberalismo-de-los-90-en-el-debate-politico/

El ámbito político Argentino está convencido que la década del ’90 estuvo definida por políticas llamadas “neoliberales.” La crisis del 2001 no fue fruto de irresponsabilidad fiscal y alto endeudamento, fue el resultado injusto e inevitable de aplicar la “receta neoliberal”, que es a su vez asociada a políticas de libre mercado. Tanto el oficialismo como gran parte de la oposición coinciden en este diagnóstico. Es difícil decir a secas si Argentina fue o no neoliberal en los ’90, dado que la palabra ‘neoliberal’ carece de significado concreto, al menos en la arena política donde es frecuentemente mencionada. Es que la palabra neoliberal se suele utilizar como comodín de crítica para eludir la tarea de tener que acompañar los cuestionamientos con verdaderos argumentos.

El término neoliberal suele asociarse al Consenso de Washington (¿qué más oportuno para los críticos que la “receta neoliberal” se haya cocinado en Washington, capital del “Imperio Capitalista”?) El Consenso de Washington se resumen en los siguientes diez puntos:

1. Discplina fiscal, evitando abultados déficits fiscales respecto al PBI;
2. Redireccionamiento del gasto público, desde subsidios (indiscriminados) hacia la provisión en áreas clave para el crecimiento y sectores de bajos ingresos (educación, salud, infraestructura, etcétera);
3. Reforma impositiva, aumentando la base imponible pero con tasas marginales moderadas;
4. Tasas de interés determinadas por el mercado y (moderadamente) positivas en términos reales;
5. Tipo de cambio competitivo;
6. Liberalización del comercio (externo): liberalizar las importaciones, con particular énfasis en la eliminación de restricciones cualitativas. Cualquier protección debe ser en base a tasas bajas y relativamente uniformes;
7. Liberalización de las inversiones extranjeras directas;
8. Privatización de empresas estatales;
9. Desregulación: eliminar las regulaciones que impidan al entrada o restrinjan la competencia, excepto para aquellos casos con
justificación de seguridad, medio ambiente, protección al consumidor y una supervisión prudencial del sistema financiero;
10. Protección legal de los derechos de propiedad.

Para sostener que Argentina sufrió de neoliberalismo durante los 90, entonces tendrían que haberse aplicado todos, o una clara mayoría, de estos diez puntos. Ese, sin embargo, no fue el caso. Varios puntos centrales del Consenso de Washington estuvieron ausentes, o en clara diferencia a lo que la “receta” sugiere.

El primer punto de estabilidad fiscal fue un ingrediente claramente ausente en una década marcada por déficits fiscales. Esta ausencia, vale aclarar, fue acompañada con el visto bueno de varios acreedores internacionales. De haberse aplicado el punto de disciplina fiscal, la abultada deuda pública no hubiese culminado en un default del cual aún hoy no se termina de salir. Los déficits fiscales no fueron accidentales, el gasto público creció un 90.7% entre 1991 y el 2001. El stock de deuda externa sobre el ingreso nacional pasó del 35.6% en 1991 a un 56.9% en el 2001. No se puede afirmar que Argentina haya cumplido con el primer punto sobre déficit fiscal, clave para la estabilidad económica. El equilibrio fiscal no es una actitud de derecha ni de izquierda, ni de liberales ni de socialistas, es una medida de sentido común económico.

La política de “tipo de cambio competitivo” no es otra cosa que tener una moneda devaluada que facilite las exportaciones al resto del mundo. Esta es una política con buena llegada en varios sectores del país. Dado que el sector industrial no es competitivo por sí mismo (en parte por las regulaciones económicas y las presiones sindicales), se recurre a políticas de moneda devaluada para facilitarle el acceso a mercados externos. Esto genera rentabilidades ficticias, no reales, que tarde o temprano hay que afrontar. Hacer uso de un tipo de cambio devaluado para beneficiar el sector exportador a expensas del importador ciertamente no califica como una actitud de libre mercado.

Desde el punto de vista del gobierno (especialmente del banco central), un tipo de cambio devaluado ayuda a acumular divisas
provenientes de saldos comerciales favorables y hacer frente a la deuda pública. Sin embargo, justamente una de las críticas a la
economía de los ’90 (especialmente en los últimos años) es el del atraso cambiario, que significa lo opuesto a tipo de cambio
competitivo. El tipo de cambio competitivo no sólo estuvo ausente en los ’90, sino que es una política defendida por más de un “crítico de las políticas neoliberales”.

La apertura comercial, otro punto fuertemente asociado a la década del ’90, también presenta dificultades. La política comercial consistió en una reducción de tasas con sesgo en favor del Mercosur. Sin embargo, el promedio arancelario en Argentina (14%) era tres veces superior al de los países más libres del mundo. La apertura comercial no fue de la magnitud que los críticos suelen implicar (las importaciones no superaron el 13% del PBI en los años de mayores importaciones), sino que el sesgo hacia zonas particulares como el Mercosur produce “desvíos de comercio” que mal-asignan recursos económicos: se compra y se vende ineficientemente. El Mercosur es un ejercicio de proteccionismo ampliado, no un ejercicio de apertura comercial en conjunto con los socios comerciales. Apertura comercial y proteccionismo ampliado no deben confundirse.

Uno de los puntos más sensibles es el de las privatizaciones, al punto tal que a veces pareciera ser que esto es suficiente para justificas el calificativo de neoliberal ignorando los otros 9 puntos. Las privatizaciones, sin embargo, tampoco estuvieron ausentes de diferencias con el recetario neoliberal. Si bien es cierto que se privatizaron un número importante de empresas públicas, eso no quiere decir que todas las privatizaciones hayan sido bien hechas ni que detrás de las privatizaciones no se hayan impuesto fuertes regulaciones que restringen fuertemente a los nuevos actores privados.

En el sector de telecomunicaciones, por ejemplo, se dividió el mercado en dos grandes monopolios por varios años. Crear estos mercados cautivos fue necesario para encontrar algún inversor dispuesto a pagar algo por ENTEL. Las privatizaciones no son en sí pro mercado si se realizan bajo regulaciones que restringen la competencia entre actores privados. Los monopolios artificiales no son parte de las políticas neoliberales, sino que son políticas en contra del espíritu de libre mercado. Las privatizaciones no estuvieron inspiradas en principios neoliberales, sino en la necesidad de financiar al Tesoro Nacional, tanto mediante la venta de activos como de la recaudación impositiva de sus actividades. Si bien uno es libre de identificar el término neoliberal con cualquier tipo de privatización, en tal caso ya no se puede asociar al término “neoliberalismo” con el de “libre mercado”.

Otro ejemplo recurrente es el de las AFJP. Sin embrago, las regulaciones impuestas al sector por parte del gobierno forzaron a las
AFJP a invertir en títulos públicos de un gobierno crónicamente deficitario. Al 2001, el 70% de los fondos en las AFJP estaban
destinados a títulos asociados al gobierno. Si las AFJP hubiesen sido libres de administrar sus propias carteras de inversión, el default argentino les hubiese afectado en menor medida. Las AFJP no colapsaron por sí mismas, sino que fueron arrastradas por la
irresponsabilidad fiscal de los ’90.

Más allá de las regulaciones asociadas a las privatizaciones, otras interferencias clave en el mercado no fueron eliminadas, siendo la legislación laboral una de las principales. Las regulaciones en sectores claves del mercado hacen difícil de defender un claro proceso de desregulación durante los ’90.

Otro punto discutible es el de la reforma impositiva. De hecho, hubo aumentos impositivos en 1995, 1996 y 1998 (más tarde Machinea también subiría los impuestos durante el Gobierno de Fernando de la Rúa acelerando la caída de la actividad económica).

Tenemos, entonces, por lo menos 6 de los 10 puntos de la receta neoliberal que no se cumplieron. Otras cuestiones como redireccionamiento del gasto públicos, tasas de interés de mercado, libre entrada de inversión externa directa y defensa de la propiedad privada pueden ser más discutibles. Pero si asumimos que estos 4 puntos se cumplieron perfectamente, tenemos sólo 4 de los 10 puntos del Consenso de Washington presente durante la década del ’90.

En la medida que el crítico entienda por neoliberalismo los 10 puntos del Consenso de Washington, y no que haga uso del término como comodín para ahorrarse el trabajo de tener que sustentar su crítica, entonces no puede sostener que esa fue la política imperante durante los ’90 cuando en el mejor de los casos se aplicó el 40%. (Aún espero ver en alguna de las tantas entrevistas televisivas donde se menciona el supuesto neoliberalismo del ’90 que el entrevistador le pregunte al crítico qué entiende por neoliberalismo, y que luego le pregunte cuántos de esos puntos el país de hecho cumplió.) La dirigencia política que está a cargo del destino futuro del país se debe un análisis más cuidadoso y racional, y menos pasional e ideologizado sobre las políticas pasadas.

Una aclaración final es necesaria. Señalar que el crítico se equivoca al calificar de neoliberal a la Argentina de los ’90 no es en sí una defensa de la política económica de los ’90 ni de la receta neoliberal. Simplemente se señala la inconsistencia de asociar el neoliberalismo (y por añadidura al liberalismo) a una época en la que no se aplicó. Pero para que la crítica produzca resultados debe estar correctamente planteada. Definir el futuro del país en base a un período mal analizado difícilmente lleve a buen puerto. Como todas las presidencias, la del menemismo tuvo aciertos y desaciertos; para identificar a cada uno de ellos es necesario dejar de usar el término neoliberal como calificativo y discutir los aciertos y desaciertos de las distintas medidas libre de prejuicios.

Sostener que Argentina fue un país neoliberal durante los 90 porque tuvo más grados de libertad respecto al gobierno de Alfonsín es quedarse con el árbol y perderse el bosque. El problema no fue el neoliberalismo que no se aplicó, sino el equilibrio fiscal y el libre mercado que no tuvieron cabida.

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y profesor universitario.