La información y el sentido de la vida

Por Sergio Sinay: Publicado el 3/1/18 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/

 

No vivimos ya en una sociedad de productores y ni siquiera de ciudadanos, sino en una sociedad de consumidores. Se nos incita a consumir, se nos adiestra para ello, se nos crea deseos que se inoculan como necesidades, se instala subliminal y directamente la idea de que si cesa el consumo sobrevendrá el fin del mundo, de que no hay otro modelo posible para que las sociedades funcionen, se nos conduce a una insatisfacción permanente porque solo sobre la base de ella puede funcionar el consumismo, dado que quien está satisfecho con su vida, con sus relaciones, con sus proyectos existenciales, se siente en paz, no desea más, consume lo necesario y lo hace racionalmente.

También en el plano de la información esta matriz está presente. ¿Cuánta información es necesaria? La respuesta de Perogrullo sería: la que necesitamos, no más que eso. Sin embargo, no es tan fácil saber lo que se necesita. Requiere un tiempo de introspección, de reflexión, de separar mentalmente la paja del trigo, lo superfluo de lo esencial. Requiere contacto con la propia interioridad, escucha de las voces internas y aceptación de lo que dicen. Muchas veces ellas pueden oponerse a la urgencia de los deseos y proponer calma, sobriedad y sensatez. En los tiempos que corren no hay propensión a ese ejercicio de auto observación. Se vive en la superficie, a toda prisa, con predominio de lo fugaz y lo descartable. No son las mejores condiciones para reconocer lo que es una necesidad auténtica, nacida de adentro, y para diferenciarla de un deseo urgente y ansioso estimulado desde afuera.

Una sociedad de consumidores es, a su vez, una sociedad de clientes. Lo que se espera de ellos es que compren. Y lo que se busca es venderles (…) Donde dice “productos” se puede, y se debe, leer también “información”. Hoy la información es un producto. Si no hay noticias urge inventarlas. Si las que hay no tienen suficiente morbo se descartan y se remplazan por otras, artificiales. De acuerdo con el periodista y ensayista gallego Ignacio Ramonet, quien dirigió la prestigiosa publicación francesa Le Monde Diplomatique y se ha especializado en el estudio de las relaciones de los medios con la ideología y la política, entre la última década del siglo XX y las dos primeras del XXI, se produjo en el mundo más información que en los 5 mil (cinco mil, sí) años anteriores”. En un ejemplar dominical del The New York Times, según Ramonet, hay más información de la que un ciudadano del siglo XIX podía recibir en toda su vida. Y nadie diría que el siglo XIX no dejó enormes contribuciones para la humanidad en todos los campos: filosofía, política, tecnología, ciencia, arte.

También mucho antes de las computadoras, de internet, de los teléfonos celulares y de las tablets, en épocas durante las cuales sus creadores no estaban atosigados de información como los llamados “innovadores” y los consumidores de hoy, nacieron valiosos legados que enriquecieron la historia y la experiencia humana (cosa ignorada por buena parte de la población actual del planeta). Y no solo perduraron, sino que jamás fueron superadas. Ahí están como prueba la rueda, la imprenta, el avión, la máquina de vapor, los barcos, extraordinarios monumentos (como las pirámides egipcias y mexicanas), catedrales, teatros, el automóvil, la electricidad, el cine, la televisión, la penicilina, los antibióticos, la anestesia, la telegrafía con y sin hilos, el Canal de Panamá, la Torre Eiffel, el mítico Empire State, los rayos X, los cohetes que exploran el espacio y tantas cosas más. Podríamos seguirlas enumerando durante páginas y páginas.

Más información no parece significar, de manera automática, más conocimiento, más inspiración, más visión estratégica, más inteligencia aplicada. Un viejo dicho aconseja no confundir gordura con hinchazón  (…)

Bulimia informativa y desigualdad social

Priscila López, investigadora de la subsecretaría de Comunicaciones de Chile, y Martín Hilbert, que fue asesor de la ONU y es investigador y profesor en la Universidad de California, dieron a conocer en 2012 un trabajo en el que estudiaron la capacidad mundial de almacenamiento de información entre 1986 y 2007. Una de sus conclusiones fue que, mientras los medios de almacenamiento y producción de información se habían desarrollado espectacularmente en ese lapso, al igual que la cantidad de información, la capacidad de transmitirla había crecido de una manera modesta. Desde 1990 la tecnología digital copó el escenario informativo y hacia 2007 la mayor parte (el 94%) de la memoria de la humanidad estaba almacenada digitalmente. Esto equivalía a 61 CD-Roms por cada habitante del planeta. Unas 80 veces más información por persona que la existente en la Biblioteca de Alejandría 300 años antes de Cristo. Si esa información hubiese estado almacenada en papel, se habría necesitado un 17% más que el Producto Bruto Interno de Estados Unidos para comprarla. Había una cantidad de bytes de información por persona equivalente a todas las estrellas de la galaxia. Si cada byte fuera representado por un grano de arena, habría sido necesaria una cantidad de arena 315 veces mayor a la de todas las playas del planeta. Cada ser humano recibía en el lapso estudiado una cantidad de información diaria equivalente a 174 periódicos y emitía un monto igual al de 6 diarios con todos sus suplementos.

Surge una pregunta inmediata y quizás ingenua: ¿en cuánto contribuyó todo eso a mejorar el mundo, a luchar contra el hambre, a elevar la plenitud existencial de la población planetaria, a elevar la calidad de la justicia, a generar equidad, a disminuir las guerras y la violencia, a trabajar por la aceptación, la compasión y la empatía, a disminuir las tasas de egoísmo o a hacer más dignas las condiciones de vida de grandes masas de población? (…)

Si la información no es aplicada deja de ser un medio y pasa a ser un fin. Cuando eso ocurre, importa más la cantidad que la calidad. Y la bulimia informativa aparta a enormes mayorías de personas de la vida real, ya que les quita tiempo, atención, vinculación y horizontes existenciales. (…) Si la cantidad de información circulante sobrepasa la posibilidad de absorción y metabolización por parte de las personas, si estas reciben, retransmiten o emiten datos sin procesarlos, sin reflexionar, sin discriminación, los seres humanos pasan a ser simples herramientas de la maquinaria informativa cuyos intereses principales son económicos en primer lugar y políticos en segundo. Economía y política son instrumentos esenciales en la construcción de una comunidad humana fundada en valores, en cooperación y en visiones trascendentes. Pero dejan de ser instrumentos cuando se convierten en fines en sí mismos inspirados por la ambición de acumular poder y ejercerlo. Chatarra tecnológica y chatarra informativa polucionan hoy al planeta tanto en el plano físico como en el mental y espiritual. La monstruosa cantidad de información, de la cual el informe citado es apenas un testimonio, es imposible de asimilar, ordenar, procesar y orientar hacia fines dignos. Se trata de un tsunami que desbarata cualquier estructura mental y la reduce a escombros, aunque sus consumidores crean que no es así y estén convencidos (como sucede con los adictos respecto de aquello que los somete) de que lo controlan.

El pensamiento crítico, ese gran antídoto

¿Se puede hacer algo frente a esta pandemia de superficialidad dañina? (…) Se trata de reivindicar el valor del pensamiento, de estimular su ejercicio (en progresivo desuso), de auto adiestrarse y adiestrar a otros en la capacidad de reconocer y seleccionar la información valiosa y descartar la inútil, tendenciosa, amañada, especulativa, manipuladora y falsa. Se trata de aprender (o reaprender) a reconocer fuentes fiables de las que no lo son, cosa posible para una persona que piense por su cuenta, que no tercerice sus pensamientos, que venza a la pereza intelectual, que mantenga despierta la atención y que saque conclusiones (dos más dos siempre es cuatro y muchas veces hay fuentes que lo presentan como cinco, valiéndose de falacias). Se trata de atreverse a investigar por cuenta propia, de dedicar tiempo a la reflexión que sigue a la lectura. Se trata de una mayor comunicación con los seres y las situaciones reales que nos rodean y menos conexión que con la virtualidad y la digitalización que nos achatan y secuestran.

A la educación, tanto la esencial que se inicia en los hogares con liderazgo y ejemplos (sobre todos conductuales y morales) como a la formal, que corre por cuenta de escuelas, colegios y universidades, le cabe un papel sustancial en este emprendimiento. Las educadoras Inés Aguerrondo y Agustina Blanco apuntan que “la tecnología en las escuelas es un componente indispensable a considerar, si el sistema busca reducir las brechas de oportunidades”. Pero advierten: “El hecho de acceder a la información y al conocimiento no garantiza su comprensión, su apropiación y su uso. Es necesario dotar a las generaciones jóvenes de herramientas para sumergirse de modo eficaz en el océano de información que hoy está al alcance inmediato de todos, poder diferenciar lo importante de lo irrelevante, lo confiable de lo espurio, así como saber analizar las fuentes de información” (…)

Allí está el antídoto que puede y debe suministrarse desde la misma formación de la identidad y de la ciudadanía, antes de que sea tarde y la avalancha de información tóxica sepulte a chicos y jóvenes y los convierta en adultos zombis (…).

La sobredosis de información narcotiza, hace perder de vista el foco de la propia existencia, los pilares esenciales sobre los que esta se sostiene. Tomar el timón de esa existencia conlleva establecer cuál es el espacio y el tiempo que la información ocupará en nuestra vida, para qué y cómo la necesitamos y la usaremos, cómo nos aproximaremos a ella, qué consecuencias tendrá esa relación no solo en nosotros sino en nuestro entorno vincular, ciudadano y físico. El modo en que nos vinculemos con la información dirá si decidimos ser sujetos de nuestra vida u objetos manipulables de los intereses de otros. Acaso todo esto pueda resumirse en una frase: dime cómo, de dónde y para qué te informas y te diré cómo vives.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

Axel Strachnoy en Del Infinito

Por Delfina Helguera. Publicado el 8/6/16 en: http://www.arte-online.net/Notas/Axel_Strachnoy_en_Del_Infinito

 

“Hoy/¡gran mañana!/en los pinos soplan vientos/del pasado”

Muestra individual de Axel Straschnoy bajo la curaduría de Javier Villa que presenta tres proyectos del artista del período 2003-2006, que comienza con la invitación a participar de la exhibición Ex-Argentina y termina con su mudanza a Helsinki y el cierre de su taller.

La exhibición que presenta Axel Strachnoy esta vez tiene varias capas de lectura: es autorreferencial y a la vez, ofrece una reflexión sobre los modos de hacer arte hoy en día y la relación del artista con los lugares de exhibición y lo institucional. Compleja en su materialidad y en sentido, la muestra demanda tiempo de lectura y una recorrida pausada. El resultado es el diálogo entre artista y curador a lo largo del tiempo, en donde revisan tres proyectos del artista desde el 2003 hasta el presente, con el común denominador de que ninguno pudo llevarse a cabo. Para este fin presentan una línea de tiempo en donde se explica el origen y el desarrollo de cada proyecto, en una versión acotada de los hechos, y situándolos en un contexto cultural en donde la discusión entre arte comprometido, arte político versus arte light u meramente ornamental estaba en su apogeo. En las dos salas recorremos los vestigios o reconstrucciones de los proyectos: El constructor (2003), Estudio (2005) y Los Proyectos Medley Taller Boceto (2006).

1 uno

1.Axel Straschnoy, El Constructor, copia automatica vintage sobre papel fotográfico, 15 x 10 cm. 2003

El constructornace de una propuesta de dos artistas alemanes que buscan en la escena artística argentina proyectos que refieran a la problemática política en torno a la crisis del 2001. La llaman “Ex Argentina” y planean curar una exposición que abrirá en el Museo Ludwig de Colonia en el 2004. El proyecto de Straschnoy es construir su taller de artista dentro del museo para ir destruyéndolo durante el tiempo que dure la muestra y con los despojos construir una torre a la que pegará espejitos de colores. El proyecto se basa en el mito originario de un sistema desigual de intercambio de bienes que comenzó con Colón poniendo un pie en América. Los espejitos de colores que los europeos daban a cambio de oro y metales preciosos es la base visual de una reflexión sobre el centro y la periferia también en el entramado mundial del arte, colonizadores y colonizados. A partir de esa torre espejada con trazos de manualidad, Straschnoy también reflexiona sobre los cambios sociopolíticos en la década del ’90 en la Argentina. Los alemanes no lo entienden así y el proyecto nunca se realiza, lo que vemos aquí son los sobrevivientes de ese proyecto, y la reconstrucción de la torre.

2 Dos

Estudio parte una propuesta de Laura Buccellato para el Museo de arte moderno de Buenos Aires en el 2005 que tampoco se lleva a cabo. El proyecto era replicar un espacio del taller en una gran tarima en donde una cámara sacará una foto cada diez minutos con la finalidad de hacer una película en stop motion, todo dentro de una sala del museo. Dos personas deben manipular dos toneladas de plastilina para cada toma, algo que se vuelve sumamente difícil. Con esta propuesta el estudio se refiere no solo al estudio del artista sino también al de la televisión y el museo como una espacio de producción. Sobreviven maquetas, fotos, dibujos y un boceto de la película.

3 Tres

Los Proyectos Medley Taller Boceto presentada en la Galería Dabbah Torrejón fue la primera exposición comercial de Straschnoy y la última que realiza antes de mudarse definitivamente a Finlandia. El artista traslada su taller, que cerraba, a la galería. En mesas tumbadas con caballetes se apilan bocetos, maquetas, muñequitos, cuadernos. El proyecto, el taller, la exposición, la obra, “todo forma parte de una misma constelación y comparte la misma materialidad”. La muestra es cerrada ya que una histórica tormenta de granizo rompe el techo vidriado de la galería y todo llevado a un depósito. Años después, el depósito con obras de este período se inunda y el agua destruye fotos, maquetas, papeles. La pregunta entonces es la que se hacen artista y curador: “¿Qué significa para el artista no rehacer su obra sino transportar al presente ese material que fue parte de la obra y en ese proceso (…) transformar ese material en la base material de la obra en sí, única forma de su existencia?”

En los pinos soplan vientos del pasado, pero no con una mirada melancólica sino con el afán de explorar el paso del tiempo en relación a la materialidad y las categorías inherentes al objeto. En palabras de Javier Villa esta exhibición “repiensa ideas de revisionismo, reescritura, reconstrucción y conservación: es una muestra sobre el tiempo y sus diálogos.”

 

Delfina Helguera: Es Licenciada en Letras (UBA). Ha sido co-representante de Sotheby’s filial Argentina. Socia fundadora de la Asociación Amigos de Malba. Dirige Lavinia Subastas de Arte. Es profesora de Curaduría I y de Mercado de Arte y es Directora del Departamento de Arte y Diseño en el Instituto Universitario ESEADE.