ASPECTOS EN LA OBRA DE SIGMUND FREUD

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Resulta muy difícil juzgar in toto a un escritor y cuanto mayor es la cantidad de sus obras, naturalmente mayor es la dificultad. Para emitir una opinión sobre un autor generalmente se alude a lo que se estima es el eje central de su contribución. De todos modos, no siempre es fácil la tarea puesto que en algunos casos se entremezclan en los aportes aspectos considerados positivos y negativos.

En el caso de Sigmund Freud nos parece pertinente citar algunos de sus pensamientos para arribar a alguna conclusión. Por ejemplo, en Problemas de la civilización sostiene que, en el ser humano, debe “descartarse el principio de una facultad originaria y, por así decirlo, natural, apta para distinguir el bien del mal”, mas aún, en Tótem y tabú escribe que “las prohibiciones dictaminadas por las costumbres y la moral a las que nosotros obedecemos, tienen en sus rasgos esenciales cierta afinidad con el tabú primitivo” y, en el mismo libro, afirma que la negación de las relaciones incestuosas constituye “la mutilación mas sangrienta, quizás, que se ha impuesto en todos los tiempos a la vida erótica del ser humano”.

Esto va para la moral y las costumbres pero también la emprende contra el sentido mismo de libertad, por ejemplo, en su Introducción al psicoanálisis donde se refiere a “la ilusión de tal cosa como la libertad psíquica […] eso es anticientífico y debe rendirse a la demanda del determinismo cuyo gobierno se extiende sobre la vida mental”. Al decir de C.S. Lewis, esta perspectiva, que convertiría al ser humano en meras máquinas, significaría “la abolición del hombre”.

Sin duda, igual que lo que sucede con prácticamente todos los autores de renombre, Freud ha realizado aportes que han sido útiles para variados fines, por ejemplo, su preocupación para que personas que reprimen en el subconsciente hechos e imágenes que estiman inconvenientes puedan asumir los problemas y ponerlos en el nivel del consciente. También fue quien inició el método de asociación de ideas recurriendo al per analogiam incluso para la interpretación de sueños apartándose de una estricta exégesis e internándose en una suerte de hermenéutica onírica y de los sucesos de la vida en general.

Pero estos dos ejemplos resultan controvertidos puesto que hay quienes sostienen que muchas veces la llamada “represión” constituye un mecanismo de defensa para evitar daños mayores y que solo es constructivo que afloren los problemas si efectivamente pueden resolverse y no simplemente por el mero hecho de sacarlos a luz. A su vez, hay quienes sostienen que la interpretación analógica de diversos sucesos conduce a conclusiones tortuosas y equivocadas cuando, en verdad, una interpretación directa (o, si se quiere, literal) conduce a un mejor entendimiento de lo que se analiza.

En el epílogo al tercer tomo de su Derecho, legislación y libertad el premio Nobel Friedrich Hayek escribe: “Creo que la humanidad mirará nuestra era como una de supersticiones básicamente conectadas con los nombres de Karl Marx y Sigmund Freud. Creo que la gente descubrirá que las ideas más difundidas del siglo veinte -aquellas de la economía planificada basada en la redistribución, manejada por arreglos deliberados en lugar del mercado y el dejar de lado las represiones y la moral convencional y seguir una educación permisiva- estaban basadas en supersticiones en el más estricto sentido de la palabra”.

Hans Eyseneck señala en Decadencia y caída del imperio freudiano que “lo que hay de cierto en Freud no es nuevo y lo que es nuevo no es cierto”. Thomas Szasz y Richard LaPierre llegan a la misma conclusión en La ética del psicoanálisis y La ética freudiana respectivamente. Ronald Dabiez en su voluminoso tratado El método psicoanalítico y la doctrina freudiana señala que las ideas que Freud no comparte las considera “neurosis”, lo cual abre las puertas a peligrosas persecuciones bajo el manto del “tratamiento”. Por ejemplo, Dabiez explica que “la actitud de Freud frente a las creencias religiosas ha evolucionado en el sentido de una hostilidad cada vez mas acentuada, al menos por la frecuencia de sus manifestaciones, puesto que, para Freud, la equiparación fundamental de la religión a la neurosis obsesiva se encuentra desde 1907”.

También Henry Hazlitt concluye en Los fundamentos de la moralidad que, según Freud, “la sociedad” debe financiar obligatoriamente la irresponsabilidad de hogares y colegios permisivos y que “el criminal está ´enfermo´ y, por ende, no debe ser castigado” y que “el cumplimiento de normas morales solo conduce a la neurosis”.

Entre las 673 páginas de una de las obras de Richard Webster titulada Why Freud Was Wrong, leemos que “Freud estaba convencido que la mente podía y debía describirse como si fuera parte de un aparato físico […] Freud no realizó ningún descubrimiento intelectual de sustancia […], sus hábitos de pensamiento y su actitud frente a la investigación científica están lejos de cualquier método responsable de estudio”. De este libro escribe James Liberman en el Journal of the History of Medicine que “hasta donde yo sé, es el mejor tratamiento del tema tanto en contenido como en estilo.”

Por otra parte, Lecomte du Noüy destaca en Human Destiny que “De arriba abajo en toda la escala, todos los animales, sin excepción, son esclavos de sus funciones fisiológicas y de sus hormonas y secreciones endoctrinales” pero, con el hombre, “aparece una nueva discontinuidad en la naturaleza, tan profunda como la que existe entre la materia inerte y la vida organizada. Significa el nacimiento de la conciencia y de la libertad […] La libertad no solo es un privilegio, es una prueba. Ninguna institución humana tiene el derecho de privar al hombre de ella”. De cada uno de nosotros depende el resultado de esa prueba y no de pseudodeterminismos del profesor vienés de marras que estarían fuera del alcance humano.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Caridad de los no caritativos

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 20/3/18 en: https://www.elcato.org/caridad-de-los-no-caritativos

 

Carlos Rodríguez Braun señala la confusión que hay entre la caridad, que debe ser voluntaria, y el pago de impuestos.

Las transferencias en los modernos Estados democráticos no se destinan principalmente a los marginados: si así fuera, el gasto público sería apenas una fracción de lo que es en realidad. Si alcanza unos porcentajes tan elevados del PIB es porque obedece a otra lógica que no es la atención de los más pobres. Su financiación está muy alejada del modelo Robin Hood, descargando el coste de su fiscalidad y asignando las prestaciones de su gasto entre la mayoría de la población, con rentas no muy alejadas de la mediana. ¿Por qué no se subraya más el que la redistribución es un complejo entramado de idas y vueltas entre las llamadas clases medias, que aspira a maximizar rentabilidades políticas o lobistas, pero no sociales?

Este tema ha sido objeto de interés académico, y ha tenido alguna filtración en la política y los medios, por ejemplo, cuando se habla de “la cultura del subsidio”. Se ocupó de los incentivos contradictorios de las ayudas James Buchanan en su ensayo sobre “El dilema del Samaritano”. Pero quien fue co-fundador con él de la Escuela de la Elección PúblicaGordon Tullock, abordó directamente la cuestión de lo que llamó la caridad de los no caritativos.

Su hipótesis pasa por la disonancia cognitiva: las personas pensamos que está bien ayudar a los pobres, pero no queremos hacerlo tanto como decimos que sería bueno hacerlo. Preferimos, entonces, que lo haga el Estado, y de ahí que tanta gente condene la supuestamente malvada “caridad” y apueste valientemente por los “derechos” y el gasto público, en lo que es una confusión, puesto que sólo la caridad es virtuosa, al ser libre.

El proceso psicológico de racionalización que destaca Tullock funciona así: creemos que nuestra conducta es ética cuando en realidad no lo es, porque no hacemos mucho sacrificio real con lo que es nuestro, sino que aplaudimos que el Estado nos quite el dinero a todos. Así, podemos tener lo mejor de los dos mundos: parecer solidarios y no serlo.

¿Qué hacer? Tullock, economista y jurista, no está seguro de que se deba hacer nada: es una situación que satisface a los individuos, con lo cual, ¿por qué un gobierno democrático no habría de seguir esas preferencias?

Eso sí, para quienes se plantean hacer algo, hay tres alternativas. La primera es la que acabamos de apuntar: no hacer nada, seguir como siempre, y ser austeros con lo que es nuestro y generosos con el dinero de los demás. La otras dos alternativas son: procurar que la gente actúe personalmente como dice que sería bueno actuar, o que hablen como de hecho actúan. Él prefiere esta última, y sospecha que si lo hiciéramos “los pobres recibirían de hecho más dinero del que reciben ahora”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

La psicología evolutiva y una búsqueda de las razones por las que la gente prefiere la redistribución de ingresos (II)

Por Martín Krause. Publicada el 2/7/17 en: http://bazar.ufm.edu/la-psicologia-evolutiva-una-busqueda-las-razones-las-la-gente-prefiere-la-redistribucion-ingresos-ii/

 

Un grupo de científicos, y entre ellos un par de argentinos, expertos en el nuevo y prometedor campo de la psicología evolutiva plantean una respuesta. Los argentinos son Daniel Sznycer, de la Universidad de California Santa Bárbara y la Universidad de Arizona, y María Florencia López Seal, de la Universidad Nacional de Córdoba. Investigan y escriben con los ‘padres fundadores’ de esta nueva disciplina, Leda Cosmides y John Tooby, creadores del Center for Evolutionary Psychology. Según ellos el apoyo a la redistribución se basa en emociones, en particular la compasión, la envidia y el interés propio, no por alguna convicción general de justicia social. Esas emociones son el resultado de largos procesos evolutivos durante los miles de años que fuimos cazadores-recolectores. No descartan el impacto de las prácticas locales, las ideas y valores compartidos o la historia reciente, pero centran su atención en las primeras. El crecimiento de la psicología evolutiva se ha basado en presentar crecientes evidencias de que el cerebro o mente humana contiene una cantidad de programas neuro-computacionales que fueron construidos por la selección natural porque resolvían recurrentes problemas de adaptación al mundo ancestral. En ese entorno se desarrollaron dos conductas con respecto a la distribución de bienes y servicios y sus correspondientes emociones para guiarlas. Los cazadores-recolectores compartían riesgos en actividades sujetas al azar (por ejemplo, la caza de algunos animales grandes) pero estaban menos dispuestos a compartir resultados de actividades más regulares que dependieran del esfuerzo personal (caza de animales menores y más abundantes o recolección de frutos más comunes). Aun hoy, entonces, el apoyo o rechazo por la redistribución se explica por las diferencias en considerar que, por ejemplo, los desempleados no han tenido suerte en conseguir empleo o que su situación se debe a la falta de esfuerzo personal. Nuestros ancestros en mejor posición compartían con otros miembros del grupo o banda como una forma de asistencia mutua que reduce el riesgo a que, por mala suerte, se encontraran de pronto en la otra situación. Esto es motivado por la emoción de la compasión. El interés propio, por otro lado, apoya la transferencia de recursos de quienes están mejor que uno. Pero cuando se trata de consolidar una posición social en relación a otros, la persona puede estar a favor de quitar al más rico o poderoso aunque otros no reciban nada, simplemente para debilitar su posición relativa en el grupo. Es motorizado por la emoción de la envidia. Los autores realizaron trece estudios con 6.024 participantes en cuatro países para testear la hipótesis que la compasión, la envidia y el interés propio explican la posición de las personas sobre la redistribución. Los resultados de esas investigaciones parecen confirmar que, efectivamente, la compasión, la envidia y el interés personal guían las preferencias de las personas respecto a la redistribución. Ayudar a los pobres con dinero y esfuerzo propios están directamente basado en la compasión, pero favorecer la redistribución tiene también otros motivos, entre ellos el interés personal y la envidia. Por ejemplo, se pidió a los participantes de la investigación que compararan dos escenarios: en uno los ricos pagaban 10% más de impuestos y los pobres recibían algo; en otro los ricos pagaban 50% más de impuestos y los pobres recibían la mitad. Es decir, más impuestos resultaban en menos dinero para los pobres. Entre un 14 y un 18% de los participantes prefirieron este escenario. Esos valores y emociones parecen estar detrás de las preferencias por la redistribución. ¿Serán los presos los motivados por la envidia y los que están fuera por la compasión? ¿o habrá entre todos nosotros tanto unos como otros? ¿o incluso algunos motivados por ambas? Por cierto, quienes se sientan motivados por la compasión su ayuda voluntaria satisface esa emoción, el apoyo a la redistribución los puede mezclar con los motivados por la envidia.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA. 

OTRO LIBRO DE PIKETTY

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Afortunadamente esta vez son solo 190 páginas en la edición argentina del Siglo Veintiuno Editores y no el mamotreto de su obra más conocida que comentamos en su oportunidad junto a muchos otros reviews críticos y favorables. Esta vez se titula La economía de las desigualdades. Como implementar una redistribución justa y eficaz de la riqueza. Repite aquí mucho de lo ya dicho pero conjeturo que el editor lo ha estimulado al autor para publicar dado el momento de su éxito en librerías (lo debe haber conminado en el sentido de now or never).

 

El lenguaje que Piketty utiliza en este nuevo trabajo es más directo y provocativo (y si se quiere panfletario) respecto a su obra anterior por lo que nosotros también recurrimos a expresiones más contundentes y menos sofisticadas de las que empleamos en nuestro estudio del libro anterior.

 

Abre su nuevo escrito con una oda a la justicia social como eje central de su análisis, sin percatarse que esa expresión en el mejor de los casos constituye una grosera redundancia puesto que no está presente el concepto de justicia en el reino vegetal, mineral o animal donde no hay responsabilidad individual. En el peor de los casos significa lo opuesto a la idea de justicia según la definición clásica de “dar a cada uno lo suyo”. Piketty recurre al término en  este último sentido con lo cual da por tierra con la noción de justicia para abrir cauce a las arbitrariedades de los burócratas de turno. Por su parte, Hayek agrega que el adjetivo “social” seguido de cualquier sustantivo lo convierte en su antónimo,  como, por ejemplo, es el caso del constitucionalismo social, la democracia social, los derechos sociales etc.

 

A continuación incurre en otro equívoco de proporciones al sostener que la “desigualdad en el empleo” fue una de las mayores causas de la desigualdad de resultados, desconociendo que el desempleo involuntario (el voluntario no es el problema) se debe exclusivamente a la imposibilidad de concretar arreglos contractuales libres como consecuencia de las mal llamadas “conquistas sociales” que imponen salarios superiores a los del mercado, es decir, superiores a los que las tasas de capitalización permiten (sin embargo, Piketty sugiere hacer esto). En otras palabras, si la desigualdad se conecta con el desempleo la solución estriba en liberar el mercado laboral de trabas e impuestos al trabajo que justifican la existencia de la economía informal al efecto de poder emplearse y no estar condenado a deambular por las calles y eventualmente morirse por inanición  por no encontrar trabajo en ninguna parte.

 

Sorprende en grado sumo su aseveración en cuanto a que las compilación de estadísticas es una faena complicada “respecto a la desigualdad que existió en los países comunistas, porque había muchos beneficios en especie que son difíciles de cuantificar desde el punto de vista monetario”. Las cursivas son nuestras para destacar lo de los “beneficios” en el sistema del Gulag en los que se liquidó a millones de personas por hambrunas espantosas y por fusilamientos y purgas varias, nos suena tan disparatado como hablar de los “beneficios” que se otorgaban a las víctimas de los hornos crematorios de los sicarios nazis.

 

Concluye que “Para Marx y los teóricos socialistas del siglo XIX, aunque no cuantificaban la desigualdad de la misma manera, la respuesta no dejaba lugar a dudas: la lógica del sistema capitalista es amplificar incesantemente la desigualdad entre dos clases sociales opuestas, capitalistas y proletarios”. A esta altura de la evolución cultural, sorprende este razonamiento puesto que todos los análisis serios han puesto en evidencia el esparcimiento de la riqueza ya desde la aparición de las sociedades por acciones y los mercados de capitales, además del incremento notable de salarios debido precisamente a los aumentos en las inversión per capita a lo que debe agregarse la improcedencia de la confrontación “de clases” en lugar de ver la antedicha cooperación entre las tasas de capitalización al efecto de incrementar salarios e ingresos en términos reales.

 

Encomillamos la expresión “de clase” porque si bien es ampliamente utilizada, es desafortunada ya que clase proviene del marxismo que sostenía vía el polilogismo que el proletario y el burgués tienen una estructura lógica distinta, a pesar de que ningún marxista haya explicado concretamente en que consisten esas diferencias respecto de la lógica aristotélica ni que le ocurre en la mente al hijo de un proletario y una burguesa ni que sucede en la mente de una proletaria que se gana la lotería. Por eso es mucho más preciso aludir a gente con diversos ingresos pero no a “clase” que, por otra parte, es estúpido referirse a la “clase alta”, repugnante hacerlo con la “clase baja” y anodino hacerlo con la “clase media”. Los nazis después de una serie de galimatías clasificatorios, al comprobar que había que tatuar y rapar a las víctimas como única manera en lo físico de distinguirlas de sus victimarios, optaron por adoptar la visión marxista y llegaron a la peregrina conclusión que la diferencia entre el ario y el semita es “de carácter mental”.

 

Lo que si es sumamente dañino y peligroso es la alianza reiterada entre supuestos empresarios y el poder lo cual se traduce inexorablemente en la explotación de los que no tienen poder de lobby. Esto que nunca menciona Piketty nos retrotrae al antiguo régimen en el que los ricos nacían y morían ricos independientemente de su capacidad para servir al prójimo y los pobres nacían y morían pobres y miserables con total independencia de su capacidad para atender las demandas de los demás, por lo que la movilidad social se torna indispensable.

 

Y es en este sentido que el autor que comentamos reitera su recomendación de establecer gravámenes altos y progresivos, lo cual, como dijimos antes altera las posiciones relativas en el mercado (contradice las indicaciones de la gente con sus compras y abstenciones de comprar), al tiempo que introduce una concepción fiscal regresiva al afectar la inversión que repercute especialmente sobre los ingresos más bajos y, por último, no solo significa un castigo a la eficiencia sino que privilegia a los más ricos que se ubicaron en el vértice de la pirámide patrimonial antes del establecimiento del tributo progresivo que bloquea la mencionada movilidad social.

 

Piketty se pregunta “¿Por qué los individuos que heredan un capital deberían disponer de unos ingresos vedados a quienes sólo heredaron su fuerza de trabajo. En ausencia de toda eficiencia de mercado, esto bastaría en amplia medida para justificar una redistribución pura de las ganancias del capital de las ganancias del capital hacia los ingresos del trabajo […] ¿Acaso la desigualdad de la distribución del capital entre individuos y entre países no solo es injusta sino también ineficaz?”.

 

En realidad agradecemos este lenguaje más directo y contundente puesto que pone de relieve con mayor claridad hacia donde apunta el autor a que nos venimos refiriendo. La herencia de bienes obtenidos legítimamente es el componente de mayor peso en el proceso económico puesto que incentiva en grado sumo la producción con la idea de trasmitir lo producido a las próximas generaciones. El aplicar la guillotina horizontal en este campo mina esos potentes incentivos. En el mercado resulta del todo irrelevante en nombre y el apellido de quienes poseen recursos, lo relevante y decisivo es la forma en que se administran. El que acierta en los deseos y necesidades de su prójimo obtiene beneficios y el que yerra incurre en quebrantos. En la medida de la aptitud o ineptitud de los herederos incrementarán o dilapidarán lo recibido.

 

También en la última cita, Piketty pone de relieve que considera ineficaz al mercado, es decir, las decisiones cotidianas de la gente en los supermercados y afines, para dar lugar a las decisiones prepotentes de los megalómanos en el poder, tal vez con la esperanza de que ese mismo autor y sus colegas sean designados para administrar vidas y haciendas ajenas, tal como lo vaticinó hace mucho tiempo Robert Nozick en su trabajo sobre los intelectuales y el capitalismo.

 

En esa misma cita Piketty incluye la redistribución a nivel internacional. Henos aquí un tema sobre el que han escrito profusamente autores como Peter Bauer, Melvyn Krauss, Doug Bandow y James Bovard apuntando a que los dólares sacados compulsivamente del fruto del trabajo ajeno no solo han generado subsidios cruzados sino que han facilitado que los gobiernos receptores continúen con políticas estatistas y corrupciones que provocaron los problemas de la fuga de capitales y la huída de personas en busca de horizontes mejores. Asimismo, sostienen que si se liquidaran organismos internacionales como el FMI y el Banco Mundial, aquellos gobiernos se verían forzados a modificar sus políticas con lo que repatriarían a su gente y los capitales fugados, al tiempo que recibirían préstamos sobre bases sólidas (a pesar de que Piketty subraya que eso solo tendría lugar “si el mercado de crédito fuera plenamente eficaz –es decir si llegase a invertirse capital cada vez que existe una inversión rentable”).

 

Dicho sea al pasar, acabo de exponer sobre la manía del igualitarismo en la reunión anual de la Mont Pelerin Society en Lima que titulé “In Defense of Income and Wealth Inequality”. Otra vez en este libro de Piketty se pretenden adornar afirmaciones con estadísticas, algunas irrelevantes y otras mal tomadas tal como lo han señalado economistas de la talla de Rachel Black, Louis Woodhill, Robert Murphy, Hunter Lewis y más recientemente el magnífico aporte de Anthony de Jasay (en Liberty Fund) y el de Mathew Rognlie (en Brooklyn Institute) que han detectado nuevos errores gruesos en las estadísticas de Piketty.

 

Como una nota al pie, señalo que Claude Robinson -el pionero con George Gallup en materia de encuestas modernas y estadísticas a partir de su tesis doctoral en la Universidad de Columbia- en su libro Understanding Profits revela que en una muestra de cien empresas líderes estadounidenses que representan quince reglones industriales de un ejercicio contable tomado al azar, en su momento reflejaron el siguiente cuadro: de la totalidad del valor de las ventas, 43% se destina a insumos para producir, 2.7% a las amortizaciones de equipos, 0.3% a intereses y otras cargas financieras, 7.1% en impuestos, 40.5% a salarios y otros beneficios a los empleados, 4.0% para dividendos a accionistas y honorarios a directores y 2.4% para reinversión.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

La parábola de Argentina y la racionalidad de los politicos

Por Martín Krause. Publicado el 14/2/14 en: http://bazar.ufm.edu

La revista The Economist vuelve a presentar, en su tapa esta vez, un análisis serio y contundente de la “paradoja” argentina. Una respuesta a esa pregunta que tanto locales como extranjeros se hacen: ¿cómo puede ser que un país con recursos, naturales y humanos, de alta calidad, se suma en un constante intento de arruinar sus posibilidades?

Messi - The Economist

El análisis del artículo es correcto, y coincide en gran medida con el que propongo en el Cap. 5 del libro. El problema es institucional y, antes de eso, de valores y cultura, de haber adoptado con fervor el dogma populista que desprecia el valor de las instituciones y resalta la figura del líder, que reduce la importancia de la productividad y la competencia enfatizando la redistribución, la protección y el privilegio.

Con particular referencia al caso de las políticas agrícolas que castigan la eficiente producción local, la pregunta que se busca contestar es: ¿porqué politicos que quieren aumentar su poder y ser reelectos aplican políticas que están destinadas al fracaso y a frustrar finalmente sus propios objetivos? ¿No es que racionalmente buscan alcanzar sus propios fines?

La respuesta es que el caso no niega su racionalidad, sino que el análisis de la realidad está mediado por un velo, por una “vision del mundo”, que los lleva a creer que esas políticas en definitiva le permitirán alcanzar sus objetivos. Y esta visión, en el caso de las políticas agrícolas (retenciones a las exportaciones, etc.) se basa en una teoría económica (la enfermedad holandesa), en una vision de la función del estado (cuya función principal es redistribuir) y en un conveniente cálculo politico (es redituable imponer impuestos en un grupo altamente productivo, pero minoritario, para redistriuir a una mayoría).

Martín Krause es Dr. en Administración, fue Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Los estragos de la envidia

Por Gabriel Boragina. Publicado el 15/9/13 en http://www.accionhumana.com/

El diccionario de la Real Academia Española define la:
“envidia.
(Del lat. invidĭa).
1. f. Tristeza o pesar del bien ajeno.
2. f. Emulación, deseo de algo que no se posee.”
Del análisis de la anterior definición, no resultará difícil concluir que el paradigma del envidioso es -sin lugar a dudas- el ladrón. Es precisamente la envidia lo que lleva al ladrón a robar. Y si bien todo ladrón es un envidioso, no todo envidioso resulta ser un ladrón. Podría afirmarse además que, una mayoría muy importante de envidiosos no llegan al extremo de robar por sí mismos. No nos interesan por el momento los envidiosos que encomiendan a expertos ladrones el despojar de sus pertenencias a las personas envidiadas, sino que concentraremos nuestra atención en ese gran número de envidiosos que encargan a la clase política y –específicamente- al gobierno robarles a unos para darles a otros.
Esto es precisamente lo que sucede en aquellas sociedades donde las mayorías votan gobiernos que prometen “políticas redistributivas” bajo rótulos sentimentalistas y psicológicamente efectivos, como los tan popularmente machacados de “políticas sociales, de bienestar, de felicidad, justicia social y por el estilo.
Un complejo de culpa hace que una mayoría de envidiosos se nieguen a sí mismos esa tan deplorable condición. Dirán que no piden cosas o beneficios para ellos, sino para los más menesterosos. Pero -como dejamos dicho- esta forma de expresarse (o de pensarse) es un autoengaño, y una manera de intentar descargarse culpas o proyectarlas en otros que, quien no quiere reconocerse a sí mismo como envidioso, instrumenta en su “defensa” cuando quiere convencer a otros de ello, o en su autodefensa cuando a quien procura persuadirse es a sí mismo. Pedir que otros roben para otros en nuestras sociedades modernas hasta puede llegar a sonar “humanitario” y “respetable” y, por supuesto, forma parte de lo political correctness.
Lo cierto es que, todos aquellos que votan plataformas políticas que promueven “políticas sociales” de reparto o redistribucionistas, creen que mediante tales políticas “todos” saldrán beneficiados, incluyendo el propio votante en cuestión y más allá del error de tal obrar. Es decir, quién vota así, también espera recibir alguna porción o tajada (mayor o menor) del redistribucionismo. Y ello, por mucho que lo niegue y que insista que vota en ese sentido “por el bien de los demás”. Y si, en el fondo de su alma, obra de tal manera porque cree que él (o ella) también saldrá beneficiado en ese reparto, es porque sufre de alguna dosis de envidia, por poca o mucha que está en realidad fuere.
El blanco preferido de la envida es, por supuesto, la propiedad privada:
“Pervive, sin embargo, no obstante tanta persecución, la institución dominical. Ni la animosidad de los gobernantes, ni la hostilidad de escritores y moralistas, ni la oposición de iglesias y escuelas éticas, ni el resentimiento de las masas, fomentado por instintiva y profunda envidia, pudieron acabar con ella. Todos los sucedáneos, todos los nuevos sistemas de producción y distribución fracasaron, poniendo de manifiesto su absurda condición.”[1]
                La envidia, asimismo, es una de las causas de los nacionalismos:
        “El resentimiento y la envidia como una de las causas de los nacionalismos también explican el caso de no pocos latinoamericanos; dice Carlos Rangel que “Una manera menos objetable que la exaltación de la barbarie como lo auténtico y autóctono nuestro, pero igualmente deformante como manera de vernos y autojustificarnos los latinoamericanos, es suponer y sostener que tenemos cualidades espirituales místicas que nos ponen por encima del vulgar éxito materialista de los Estados Unidos. Y esto a pesar que durante toda nuestra historia independiente, hasta la aparición tardía del marxismo entre nosotros, habíamos sido deudores casi exclusivamente de los EE.UU. por nuestras ideas políticas y nuestras leyes; y si no por la práctica, por lo menos por la retórica de la democracia y la libertad”.[2]
             Igualmente, es la envidia la que promueve y mecaniza las políticas fiscales:
           “Más que un impuesto, la sobretasa progresiva es un disuasivo a la inversión, dictado en beneficio de las carreras políticas de los demagogos. E inspirados en el innoble sentimiento de la envidia, motor de la ideología socialista. Análogo es el impuesto a los artículos “de lujo”: el rico no deja de comprar su yate por el impuesto al lujo, simplemente reajusta el precio de aquello que vende.”[3]
              Para el profesor S. Mercado Reyes, hablando del nacimiento de los burgueses:
           “Forman poco a poco todo un movimiento social pues su laboriosidad, su ir y venir para todos lados les llega a dar la imagen de gente que acumula riquezas y se hacen presa de la envidia de los señores feudales que empiezan por imponerles impuestos o a negarles el permiso de vender o producir en los feudos del rey. Pero el movimiento de estos burgueses es imparable, así que la vieja corriente centralizadora debe tomar nuevo maquillaje y ahora se presentará como la reivindicadora de las clases pobres. Este nuevo maquillaje de la vieja corriente centralizadora, feudal tomará el nombre de socialismo.”[4]
           En otras palabras, el sentimiento de la envidia estuvo presente casi siempre, desde los señores feudales, pasando por los socialistas, nacionalistas y –como dice L. v. Mises más arriba- ” los gobernantes,…escritores y moralistas,…iglesias y escuelas éticas,…el resentimiento de las masas”. Es decir se encuentra más generalizado de lo que muchos parecen creer que lo está.
           En fin, los envidiosos son tantos que, su número explica el éxito electoral de los populismos e intervencionismos que asolan el mundo de nuestros días generando más y mayor pobreza donde sin ellos la riqueza rebosaría por doquier.

[1] Ludwig von Mises, Liberalismo. Editorial Planeta-Agostini. Pág. 93.
[2] Alberto Benegas Lynch (h). Entre albas y crepúsculos: peregrinaje en busca de conocimiento. Edición de Fundación Alberdi. Mendoza. Argentina. Marzo de 2001. pág. 438 y 439.
[3] Alberto Mansueti. Las leyes malas (y el camino de salida). Guatemala, octubre de 2009, pág. 220
[4] Santos Mercado Reyes. El fin de la educación pública. México. Pág. 37.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. 

Se termina un ciclo económico… ¿y uno político?

Por Aldo Abram. Publicado el 14/6/13 en http://www.lanacion.com.ar/1600739-se-termina-un-ciclo-economico-y-uno-politico

Algunos políticos y economistas peronistas intentan reciclarse como alternativas al fin de ciclo de la gestión de Cristina Kirchner, que diferencian del rumbo iniciado por Néstor Kirchner. Como opción al peronismo en el poder ofrecen el peronismo opositor. Nada nuevo bajo el sol en una Argentina en la que han gobernado 22 de los últimos 24 años.

La matriz del peronismo es eminentemente populista, de izquierda o de derecha; se basa en la redistribución del ingreso y la concentración del poder. Los instrumentos pueden diferir según el caudillo de turno. Pero hay uno que se mantiene en el tiempo: el gasto público. Un ejemplo, Carlos Menem se autoimpuso un “corset monetario” para superar la hiperinflación. Sin embargo, como todo gobierno populista, a la recuperación económica generada por la estabilidad monetaria y cambiaria, la “aceleró” con el “combustible” de los recursos de las privatizaciones y endeudándose, en un mundo con buenos niveles de liquidez que veía positivamente el rumbo del país. Lamentablemente, en algún momento, “estos auges artificiales” se pagan. La cuenta se la dejó a su sucesor, Fernando de la Rúa, quien terminó enfrentando una crisis económica que derivó en una política y en un default.

Cualquiera que hubiera analizado el gobierno de Néstor Kirchner en Santa Cruz, hubiera podido prever el rumbo populista que tomó su gestión. La concentración de poder, el control de los medios de comunicación, la búsqueda del dominio total de la Justicia y un Estado omnipresente y gastador. La única duda era de dónde saldrían los recursos necesarios, en un país sin crédito. Inicialmente, los aportaron la fuerte reactivación, que se inició a fines de 2002, y un escenario internacional con liquidez y precios relativos nunca antes vistos para nuestras exportaciones. Esto último, además, le permitió aumentar fuertemente la presión tributaria sobre los sectores beneficiados por el contexto externo. El problema es que “los árboles no crecen hasta el cielo”, pero el gasto público populista sí lo hace.

Desde 2006, se empezó a usar crecientemente el impuesto inflacionario como financiamiento y, en 2008, la resolución 125 significó una nueva embestida sobre los “exprimidos” recursos del campo. Una rebelión fiscal y el “voto no positivo” frenaron este intento. La mira se puso en otra alcancía, la de los ahorros para la vejez que acumulaba el sistema privado de jubilaciones. Inicialmente, se les ofreció a los aportantes pasarse al régimen estatal de reparto, pero, como la opción generalizada fue quedarse, se los obligó a hacerlo.

Una alcancía más

Estos recursos tampoco alcanzaron y, en 2010, fueron por el otro “chanchito”, las reservas del Banco Central, al que exprimieron hasta quitarle la solvencia necesaria para regular un mercado único y libre de cambio. Aquí estamos ahora, con un cepo que asfixia crecientemente a los productores de bienes y que, aun así, no evita que el stock de divisas del Central siga “gastándose”. La factura del exceso de emisión y de saqueo de las reservas va a llegar y no será fácil pagarla.

Ahora también llegan otras “cuentas pendientes” de esta década populista ¿Cuáles? La caída de la inversión, producción y reservas de hidrocarburos, sector que fue sometido a absurdas y arbitrarias políticas, como fueron las excesivas retenciones y las tarifas controladas que alimentaron un insostenible subsidio a los consumidores. La otra cuenta a saldar es la de los servicios públicos, cuyas tarifas se manejaron arbitrariamente y se usaron para generar demagógicas transferencias generalizadas que terminaron con una mayor demanda de recursos y desincentivaron las inversiones, incluso, en mantenimiento. El capital físico se desgasta y, si se agrega una mayor demanda, no es raro que tengamos accidentes de transporte, una decreciente calidad de las prestaciones y una infraestructura decadente.

El ingreso de la cosecha de soja será como una “transfusión de sangre” a un paciente terminal: lo reanimará, pero no alcanzará para curarlo. Estamos pasando por un “veranito” demasiado fresco, que con un dibujo generoso del Indec, comparado con un período recesivo en 2012, será mostrado como una vuelta a las “tasas chinas”. Será sólo un nuevo “relato chino” al que, luego, se le impondrá la realidad.

Es cierto, en términos económicos, estamos ante un final de ciclo de otra gestión populista, que se inició con Néstor Kirchner y que continuó, con estilo propio, la Presidenta. Las facturas de este tipo de políticas llegarán y habrá que abonarlas. Algunos reclamarán que las paguen quienes disfrutaron de la fiesta y se la llevaron en bolsos. Pero, en todos lados y siempre, las paga la gente. Lo relevante es si, en esta ocasión, aprenderemos y si en las futuras elecciones, votaremos distinto. Sólo así podremos hablar de un fin de ciclo político, el del populismo, que nos tienta con un crucero al paraíso, con distinto barco, capitán y algunos otros tripulantes. Pero siempre con el mismo final: el del Titanic..

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .