Eliminar las Lebac no resolverá la crisis

Por Iván Carrino. Publicado el 15/8/18 en: http://www.ivancarrino.com/eliminar-las-lebac-no-resolvera-la-crisis/

 

El problema económico que enfrenta Argentina es mucho más serio que la deuda del BCRA.

Turquía está ubicada exactamente entre Asia y Europa. Es un país de 785.500 kilómetros cuadrados y una población de cerca de 80 millones de personas. En términos de PBI per cápita, se estima que los turcos ingresan USD 11.014 por año.

Este país euroasiático llegó a las tapas de los diarios financieros recientemente producto de la fuerte turbulencia que los afecta. En lo que va del año, el dólar subió allí 68,3%, gracias a que los inversores eligen salir corriendo hacia activos más seguros.

A fines de 2017, Turquía y Argentina habían sido encuadrados por la consultora Standard & Poor’s como los países emergentes más vulnerables a la suba de tasas de la Fed. Según la consultora, la vulnerabilidad se explicaba porque estos países “mostraron déficits de cuenta corriente considerables” y una “tasa de ahorro insuficiente para cubrir la inversión”.

Turquía, como Argentina, también tiene un extenso historial inflacionario. De acuerdo con Steve Hanke, la inflación anual promedio durante los ’70 fue de 22,4%, en los ’80 subió al 49,6%, en los ’90 trepó al 76,7% y en los 2000 se redujo al 22,3%.

En este contexto, es normal que la incertidumbre lleve a los turcos a escapar de su moneda.

Curiosa, tal vez, es la reacción de su presidente, Recep Tayyip Erdoğan, quien exigió a los ciudadanos vender dólares y oro para ayudar a pelear la “batalla económica” de la que se considera víctima, y quien se niega a subir las tasas de interés porque sostiene que éstas son un instrumento para la desigualdad social.

A pesar de la convulsión cambiaria y monetaria, en Turquía no se habla de las Lebac.

Bomba a desactivar

Por los sucesos desatados en Turquía, que contagiaron a los mercados internacionales, el Banco Central y el Ministerio de Hacienda decidieron tomar cartas en el asunto. Una de las medidas más contundentes que anunciaron fue la del fin de las Lebac.

A partir del martes, en cada licitación que haya de aquí en adelante, se irán renovando cada vez menos títulos, lo que generaría que no haya más Lebac a fines de 2018.

Para el presidente del BCRA, Luis Caputo, las Lebacs son “un activo tóxico” y al eliminarlas “ya no van a estar amenazando con pasarse a dólares”.

En este sentido, volvemos a preguntarnos: ¿hay Lebacs en Turquía? ¿Sube el dólar en el mundo por las respectivas “bombas de Lebac” que cada uno tiene? Claramente, no parece ser el caso.

Sin embargo, lo que sí hay en los países donde más está subiendo el dólar es mucha inflación y,  además, un elevado y creciente riesgo país.

Riesgo País: lo más importante

Si las Lebac fueran el único problema de la Argentina, veríamos que los inversores buscarían sacárselas de encima, exigiéndole al Banco Central pagar tasas más altas para renovarlas. Esto, sin dudas, ha sucedido, en la medida que la suba del dólar destruyó lo que algunos mal llamaron “bicicleta financiera”.

Ahora bien, el precio  de las Lebac no es lo único que ha caído. También se desplomó la bolsa local (50% en dólares) y los bonos soberanos de cualquier moneda y duración.

Es que el problema no son  las Lebac, sino una generalizada crisis de confianza en el gradualismo de Macri. Las dudas son tan grandes que ni  el paquete del FMI logró calmar definitivamente a los mercados.

En este contexto, el Riesgo País se disparó, reflejando las dudas que tienen los inversores sobre cómo terminará la fiesta de endeudamiento que lanzó el gobierno para salir lentamente del caos fiscal dejado por Cristina Fernández y Axel Kicillof.

Entendido esto, el indicador más importante a mirar es el del Riesgo País y tenemos que ver cuánto mejorará ese índice si se termina con las Lebac.

La respuesta, lamentablemente, es bastante decepcionante.

Sin correlación

Como se ve en el gráfico de abajo, a principios de 2014, cuando el Riesgo País coqueteaba con los 1.000 puntos básicos, el stock de Lebac en circulación era de apenas $ 100.000 millones.

Sin embargo, tras la devaluación de Juan Carlos Fábrega, éste comenzó a crecer marcadamente. A fines de año, la cantidad de Letras emitidas por el Banco Central para absorber pesos de la economía había llegado a $ 261.000 millones, duplicándose, nada menos.

En paralelo, el Riesgo País había descendido fuertemente. Cerró el año en 700 puntos.

El 11 de diciembre de 2015, cuando Sturzenegger asumió la presidencia del BCRA, el Riesgo País estaba en 455 puntos y las Lebac ascendían a $ 296.000 millones. El 31 de agosto del año pasado, cuando el stock de letras llegó a $ 1 billón, el Riesgo País había caído 70 puntos, hasta los 384.

Hoy, que el stock de Lebac cayó alrededor de $ 300.000 millones desde su máximo, el Riesgo País vuela. Es decir que no existe una clara relación entre una cosa y la otra.

Así, si continúa la desconfianza, podríamos llegar a un escenario con menor cantidad de Lebac, menor cantidad de reservas internacionales usadas para cancelarlas, mayor Riesgo País, mayor deuda pública y mayor recesión e inflación.

Terminar con las Lebac no garantiza que esto no suceda. Y, por tanto, no garantiza que se solucione la crisis.

El Riesgo País sube porque no hay una respuesta clara a la siguiente pregunta: ¿podrá el gobierno argentino cumplir con sus compromisos de deuda?

No veo cómo terminar con las Lebac pueda hacer que la respuesta sea afirmativa.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE

El principio de “no intervención” y los derechos humanos

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 3/8/17 en:  http://www.lanacion.com.ar/2049577-el-principio-de-no-intervencion-y-los-derechos-humanos

 

El  argumento no se le cae de la boca al autoritario Nicolás Maduro . Tampoco al también autoritario presidente turco, Recep Tayyip Erdogan. Ni al vicepresidente de Cuba, José Machado. Todos ellos responden a las crecientes acusaciones de que los regímenes que encabezan violan los derechos humanos de sus pueblos con el argumento sintonizado de que señalarles objetivamente esa circunstancia implica una violación del principio de “no intervención” en los asuntos internos de sus respectivos países.

¿Es así? Ciertamente no, como enseguida veremos.

Primero, ¿Qué sostiene el principio de “no intervención? Muy simple: que cada Estado tiene el derecho soberano de conducir sus propios asuntos, sin ser perturbado por injerencia extranjera alguna. Lo que está expresamente previsto, tanto en varias resoluciones especiales sobre el tema de la Asamblea de las Naciones Unidas, como en la propia Carta de la Organización de los Estados Americanos. Salvaguardia que, sin embargo, no es absoluta.

Diversos internacionalistas latinoamericanos fueron, en sus momentos, decisivos con sus contribuciones doctrinarias, al nacimiento y consolidación del principio de “no intervención”. Desde su origen. Entre ellos: el gran jurista chileno Andrés Bello y nuestros extraordinarios y recordados ilustres connacionales: Carlos Calvo y Luis María Drago. También, aunque más tarde, el jurista mexicano Isidro Fabella.

El principio en cuestión, por lo demás, adquirió una fuerza muy particular después de la Segunda Guerra Mundial, conformándose desde entonces como pauta central de las relaciones internacionales contemporáneas. Acompañada de una conciencia generalizada en el sentido de que la observancia de los derechos humanos ha dejado de ser una materia sometida exclusivamente a la jurisdicción interna o doméstica de los Estados. La comunidad internacional toda ha mostrado su interés inequívoco por tratar de asegurar la protección efectiva de los derechos humanos, cualquiera sea el Estado u organismo multilateral que, de pronto, sea responsable de su violación.

“Intervenir” se entiende como tratar de plegar o doblar la voluntad de otro Estado mediante la coacción, cualquiera sea la forma de presión utilizada. No sólo mediante la recurrencia a la fuerza armada, sino también a través de cualquier otra forma de injerencia. Fuera cual fuera, si con ella se hace presión efectiva.

A lo antedicho cabe agregar que hoy está claro que los asuntos relativos a los derechos humanos no se consideran como reservados exclusivamente al dominio “reservado” a los Estados. En rigor, muy pocas materias están tan reguladas desde el derecho internacional como lo está el tema de los derechos humanos respecto del cual lo cierto es que la comunidad internacional ha creado una panoplia de importantes organismos especializados en defenderlo.

Por esto, la situación actual en esta materia puede resumirse fácilmente, como lo hace Edmundo Vargas Carreño: “Los Estados no pueden invocar como un asunto de su dominio reservado el tratamiento que le dispensan a las personas sometidas a su jurisdicción y los Estados y las organizaciones Internacionales no dejan de cumplir con el principio de no intervención cuando adoptan medidas en contra de Estados que violan los derechos humanos, siempre y cuando dichas medidas sean compatibles con otras normas del derecho internacional”.

Medidas que, entonces, no pueden considerarse como intervenciones “ilícitas”, desde que -queda claro- son valederas. Entre ellas, las de carácter o naturaleza meramente de “representación diplomática” (incluyendo las que se vinculan con el “nivel” de la representación diplomática) y las denominadas “expresiones de preocupación” o de “desaprobación”, en cuanto tiene que ver con situaciones particulares en materia de derechos humanos.

A su vez, la protección efectiva, en sí misma, puede teóricamente obtenerse a través de los diversos sistemas regionales o de la propia Naciones Unidas.

Es cierto, cabe apuntar, que para el referido organismo multilateral las violaciones graves y masivas y sistemáticas de los derechos humanos (a la manera de lo que hoy desgraciadamente sucede -de modo abierto y descarado-en Venezuela ) han dejado de ser asuntos que sólo conciernen individualmente a los respectivos Estados y se han transformado en un verdadero tema de la comunidad internacional, que debe asumir la tarea de defender esos derechos humanos, prevenir sus violaciones, denunciarlas y hasta sancionarlas.

En esta materia, la comunidad internacional no tolera, ni permite, la existencia de impunidad. Aunque en los hechos, en las instancias particulares, no tenga la capacidad real de poner inmediato fin a las violaciones o atrocidades de las que se ocupe. Lo cierto es que las violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos se enfrentan hoy con rapidez y decisión.

Entre los medios de que se dispone están los “informes” de los organismos internacionales o regionales sobre las violaciones a los derechos humanos que se detectan. Ellos operan a la manera de mecanismos de alerta y son, además, elementos dinamizadores de la acción requerida en cada caso para tratar de ponerles fin.

La soberanía no incluye el derecho de los Estados de asesinar o lastimar en masa o de reprimir con la muerte como variante, cuando de controlar protestas pacíficas de los civiles se trata. Esto debe sostenerse enérgicamente y con todas las letras desde que es nada menos que una conquista esencial de la larga marcha de la humanidad en el camino moderador de la civilización. Por esto los intentos de los partidarios del llamado “apartheid”, tanto en Rhodesia, como en Sudáfrica terminaron felizmente fracasando. Y por esto el totalitario Nicolás Maduro no tendrá éxito.

A la tarea de defender la vigencia de los derechos humanos también contribuyen los distintos tribunales e instituciones especiales en materia de derechos humanos que han sido creados y que generalmente son bastante eficientes y efectivos, particularmente en los ámbitos regionales.

En cambio, la cuestión de la llamada posibilidad de una “intervención humanitaria” -que no es ciertamente un tema menor desde que incluye el eventual uso de la fuerza- aún no parece haber sido todo lo definida y regulada que ella teóricamente debiera ser en el concierto de las naciones.

Ocurre que no es fácil armonizar la idea de “no intervención” con los límites que debe tener el uso de la fuerza y, además, con la necesidad de asegurar el respeto de todos a los derechos humanos. En esto no hay dos circunstancias idénticas y las reacciones deben necesariamente tener en cuenta las particularidades propias de cada caso. Pero lo cierto es que, según ha quedado rápidamente visto, el llamado principio de “no intervención” ya no sirve para tratar de asegurar impunidad para quienes, desde los distintos gobiernos, de pronto se atreven a violar sistemáticamente los derechos humanos de sus pueblos, pretendiendo escudarse tras él. Mal que le pese a Nicolás Maduro y a su ácida colaboradora, la ex canciller Delcy Rodríguez.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Turquía recompone sus relaciones externas

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 7/7/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1916107-turquia-recompone-sus-relaciones-externas

 

Turquía -que acaba de celebrar un nuevo aniversario de la conquista de Estambul, en el siglo XV y es la octava economía del Viejo Continente- anunció dos importantes movimientos en materia de política exterior. Normalizadores, ambos. Bienvenidos, entonces.

El primero de ellos es un claro pedido de disculpas y ofrecimiento de condolencias a la Federación Rusa por haber derribado a un caza de su fuerza aérea que supuestamente había violado el espacio aéreo turco cuando volaba en cumplimiento de una misión del contingente militar ruso que actúa en la compleja guerra civil siria.

El segundo, en cambio, tiene que ver con la dilatada normalización de sus relaciones con Israel, que estaban tensas y en rigor semi-interrumpidas desde el incidente protagonizado en 2010 por la armada israelí, cuando interrumpiera por la fuerza el avance de una desafiante flotilla privada turca que procuraba llevar ayuda humanitaria a la Franja de Gaza, violando el bloqueo marítimo impuesto por Israel a ese territorio palestino desde 2007.

Bloqueo que, recordemos, procura evitar que lleguen a Gaza -por mar- más de los miles de peligrosos misiles que hoy, cual pesadilla, apuntan amenazadoramente contra toda suerte de blancos en Israel. En el referido incidente violento murieron diez personas que tripulaban o viajaban en la flotilla, por las que Israel ha convenido pagar una reparación a sus familiares.

Seis años de animosidad entre Israel y Turquía comienzan a quedar finalmente atrás. Lo que es ciertamente positivo para la paz de la región. Los dos países han mantenido en el pasado relaciones de intimidad hasta en temas particularmente delicados, como son el de la seguridad y la defensa común o el de la lucha articulada contra el terrorismo, que últimamente ha perpetrado una ola de cruentos atentados que incluyó a la propia Estambul. Por ello, el flujo del turismo hacia Turquía ha caído en un 35%, con todo lo que ello significa en el plano económico.

Cabe asimismo recordar que Turquía -que es miembro de la OTAN- ha tenido históricamente relaciones difíciles -y hasta hostiles- con Rusia.

La política exterior regional de Turquía es hoy abiertamente contraria al régimen alawita-sirio (shiita) de Bashar al-Assad. Rusia, por su parte, es su principal sostenedor. Más aún, es la razón militar misma de su sorprendente supervivencia.

El actual gobierno turco encabezado por Recep Tayyip Erdogan, está empeñado insistentemente en una política doméstica de “des-secularización”, revirtiendo de ese modo el rumbo político señalado en su momento por Mustafa Kemal Ataturk. Por esa razón, sigue ahora una línea política con un perfil islámico moderado, pese a lo cual enfrenta al terrorismo en todas sus formas, incluyendo al del Estado Islámico.

Con estas dos recientes decisiones de política exterior, adoptadas simultáneamente, Turquía modifica visiblemente los rumbos. Y sale del aislamiento y de la irrelevancia, recuperando flexibilidad. Con lo que vuelve a ser uno de los países con más capacidad de influenciar en el convulsionado Medio Oriente. Y, al acercarse a Rusia, limita el peso relativo de su relación con los EEUU, convencida de que ahora los norteamericanos apoyan, de alguna manera, a los secesionistas kurdos. Porque los necesitan en Irak, en la lucha contra el Estado Islámico.

Una etapa fuertemente ideologizada por el islamismo de Recep Tayyip Erdogan terminó, queda claro, en un conjunto de fracasos en su política exterior, pese a la declamada intención de tener “cero problemas” con sus vecinos. Pero gobernar es saber modificar los rumbos cuando ello es necesario y Turquía lo acaba de hacer.

Lamentablemente, los palestinos a los que, con motivo de las conversaciones que llevaron a la recomposición de las relaciones entre Turquía e Israel y por obvias razones humanitarias, se pidiera la devolución de los cuerpos de tres soldados y dos civiles israelíes muertos, se negaron -una vez más- a hacerlo. Lo que obviamente no los ayuda -para nada- a proyectar una imagen mínima de cooperación, civilidad, respeto y hasta de buena voluntad respecto del empantanado proceso de paz que tiene que ver con su propio entorno.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Turquía dice “no” al “sultanato” propuesto por Erdogan

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 11/6/15 en: http://www.lanacion.com.ar/1800787-turquia-dice-no-al-sultanato-propuesto-por-erdogan

 

El domingo pasado, los ciudadanos turcos -que concurrieron pacífica y masivamente a las urnas- rechazaron, con inapelable claridad, las propuestas del ahora presidente, Recep Tayyip Erdogan en dirección a seguir concentrando el poder en sus propias manos.

Esta vez mediante la transformación del régimen político de su país, de naturaleza parlamentaria, en uno de corte “presidencialista”. El líder islámico, que ya lleva nada menos que 13 años enquistado en el poder de su país, sufrió una derrota particularmente dura cuando, ilusionado, iba por todo.

Una vez más se comprueba que una larga década de autoritarismo genera cansancio y provoca en los votantes explicables deseos de cambio. Particularmente cuando desde el poder se procura controlar y someter a la Justicia, se cercena la libertad de expresión y se procura manipular constantemente -a través de enormes multimedios estatales- la opinión pública.

El partido oficialista (“Justicia y Desarrollo”), que aspiraba a poder contar con una mayoría parlamentaria que le permitiera reformar la Constitución, no la logró y quedó ahora en minoría (con el 41% de los votos). En 2011 había logrado un 50%. Es la primera vez que esto le sucede al oficialismo desde 2002.

La derrota del gobierno fue particularmente dura en las regiones “kurdas” del este y sudeste del país y a lo largo de la pujante zona costera; en el Mediterráneo, en el Mármara y también en el Egeo. El partido de Erdogan quedó obligado a gobernar en coalición. O a convocar, eventualmente, a una nueva elección en 45 días, como alternativa desesperada.

La sombra de los años 90 -y toda su cuota de fragilidad política- ha vuelto a aparecer. Pero lo cierto es que el riesgo inminente de caer en una tiranía se ha alejado para los turcos, al menos por el momento.

Para los seguidores de Erdogan, en general de raigambre conservadora islámica, ésta es una imprevista piedra en un camino hacia concentrar aún más el poder en sus manos. Para la libertad, en cambio, es un auténtico soplo de esperanza.

Para los ciudadanos “kurdos” en particular -que componen el 15% de la sociedad turca- ésta fue una elección fundamental. Histórica, realmente. Ocurre que su partido, el izquierdista “Partido Democrático del Pueblo” -de la mano del carismático Selahattin Demirtas- obtuvo algo más del 13% de los votos y por primera vez tendrá una interesante representación parlamentaria, compuesta por 79 legisladores, casi la mitad de ellos son mujeres. Con ese caudal, apoyado ciertamente por el voto femenino y el de algunas otras minorías, el joven partido bloqueó, de hecho, las posibilidades de que Turquía pudiera de pronto caer en un peligroso “hiper-presidencialismo”, al que Erdogan aspiraba.

De esta manera, los “kurdos “seguramente podrán ahora comenzar a dialogar en paz con el resto de la sociedad, en un diálogo con visibles carriles institucionales dejando atrás las frustrantes décadas de violencia acumulada, que no logró solucionar los problemas de la identidad “kurda”.

Alineado con los seculares y con los liberales el partido de los “kurdos” hoy tiene claramente un interesante peso relativo en el arco de la oposición, que hasta ahora no había tenido. Pero también es cierto que no está atado a nadie y, al menos en teoría, por ello hasta podría eventualmente sellar un acuerdo de gobierno con el propio partido de Erdogan.

Lo sucedido no es, en rigor, demasiado inesperado. Desde las protestas de 2013, la disidencia opositora había crecido y los discursos y propuestas de Erdogan (cercado, además, por sospechas de corrupción) se habían radicalizado. Tan es así, que cualquier opositor se transformó de pronto en “conspirador” y en audaz “desestabilizador”, como ocurre también entre nosotros. Casi automáticamente. Por eso la elección ha resultado un verdadero “referendo” sobre la gestión de Erdogan. Del cual el líder oficialista ha salido visiblemente mal parado.

En materia de política exterior, lo sucedido puede tener algunas repercusiones inmediatas. Pese a que Erdogan no es, para nada, conocido como un político flexible.

  • Primero, seguramente se deberá recalibrar la relación con la insurgencia siria, aunque siempre a la luz de la pesadilla de los dos millones de refugiados sirios que hoy están en Turquía. Esto puede suponer no dejar a los “kurdos” enteramente librados a su suerte frente a las huestes del Estado Islámico, como sucediera en la ciudad fronteriza de Kobane, frente a las cámaras de televisión del mundo entero.
  • Segundo, sería prudente volver a acercarse a Europa. Y aprovechar lo sucedido para revisar la desteñida vinculación con la OTAN.
  • Tercero, sería quizás positivo tratar de recomponer, al menos formalmente, la relación con Egipto, que ha estado deteriorada desde que Erdogan endosara, en su momento, al gobierno (depuesto) de la Hermandad Musulmana.
  • Cuarto, parecería asimismo oportuno reexaminar la enfriada relación con Israel, hoy empantanada como pocas veces.
  • Quinto, particularmente en función del inocultable ascenso electoral de los “kurdos” que viven en Turquía, sería prudente reexaminar la activa relación con los “kurdos” de Irak, y con este último país, en general.

Lo sucedido es evidentemente el fracaso de una política polarizadora. Que se hundió en su vocación por dividir a Turquía. Entre “ellos” y “nosotros”. Y el de una deriva hacia el autoritarismo, peligrosamente creciente. Así como del agotamiento de las acusaciones fantasiosas sobre presuntos “complots” y actividades “terroristas” de la oposición. Y del esfuerzo descarado por tratar de controlar a jueces y fiscales, así como a las fuerzas de seguridad.

Más aún, es también el fracaso del abandono del pluralismo y del abuso de los recursos públicos, que llevó hasta a construir un grandioso palacio presidencial, propio de la épica de Las Mil y Una Noches, con un millar de cuartos y salas en su interior. Palacio que disparó -y alimentó- las acusaciones constantes contra Erdogan de ambicionar personalmente la creación de un verdadero “sultanato”.

Por todo esto, cuando uno de los líderes de la oposición -reflexionando sobre lo sucedido- dijera que estamos frente “al triunfo de la paz sobre la guerra, de la modestia sobre la arrogancia, y de la responsabilidad sobre la irresponsabilidad”, estuvo probablemente en lo cierto.

La sabiduría del electorado turco es una buena noticia para todos. Incluyendo a los perseguidos, como son muchos periodistas independientes, los dirigentes armenios y la comunidad gay. Para ellos, lo sucedido es un baño de ilusión acerca de un posible futuro mejor, más tolerante y menos agresivo.

Los fantasmas de Gezi Park, es cierto, todavía flotan sobre la sociedad turca. De alguna manera la están moderando e impulsando en dirección al respeto recíproco. Buenas noticias, por cierto, porque hasta ahora el camino de Erdogan parecía conducirla, casi inexorablemente, hacia la pérdida de sus libertades esenciales.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Genocidio armenio

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 24/4/15 en: http://www.lanacion.com.ar/1787206-genocidio-armenio

 

Hoy se cumplen cien años del comienzo -en Estambul- de la terrible y larga serie de atentados y episodios perpetrados entre 1915 y 1923 que conformaron el genocidio de los armenios. El primero del siglo veinte.

Un millón y medio de armenios perdieron trágicamente la vida a través de ejecuciones masivas, marchas forzadas, asesinatos, torturas, deportaciones, hambrunas, así como el horror y la crueldad de los campos de concentración en los que muchos fueran internados. Esto sucedió cuando el Imperio Otomano estaba ya inmerso en su proceso de desintegración, durante y luego de la Primera Guerra Mundial.

No obstante, el gobierno turco aún niega que ese genocidio se hubiese perpetrado. En su visión, se trató tan sólo de crímenes no premeditados cometidos en tiempos de intensa violencia, en los que no solamente los armenios fueron víctimas del horror de los conflictos. Por ello las autoridades turcas reaccionan -destempladamente y hasta con furia- ante cualquiera que sostenga o se refiera simplemente a la existencia del lamentable genocidio. Ocultando así la verdad (que la historia, no obstante, comprueba) e imposibilitando además la reconciliación entre ambos pueblos, pese al largo tiempo que ha transcurrido desde que el genocidio efectivamente ocurriera.

Una de esas reacciones descontroladas de las autoridades turcas acaba de suceder luego de que el papa Francisco utilizara expresamente la palabra genocidio en su alocución en la emocionante ceremonia religiosa celebrada en San Pedro, hace dos domingos, para conmemorar a las víctimas de ese crimen abominable y acompañar a sus familiares. Airado, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, no sólo llamó a su embajador ante el Vaticano, sino que protestó -insidiosa y mendazmente- acusando al Papa de ser ciudadano de un país, la República Argentina, donde -siempre según el mencionado Erdogan- la diáspora armenia “controla los medios y los negocios”.

Con idéntica actitud, Erdogan se refirió, poco después, a la resolución que acaba de aprobar el Parlamento Europeo instando a Turquía a reconocer de una vez lo sucedido, señalando que cualquier cosa que digan los europeos “le entra por un oído y le sale por el otro”. Su primer ministro, Ahmet Davutoglu, lo acompañó destempladamente cuando, refiriéndose a la resolución del Parlamento Europeo, señaló con vehemencia que ella “refleja el racismo de Europa”. Mientras tanto, su país todavía parece aspirar a ingresar a la Unión Europea.

El centenario del genocidio de los armenios y su conmemoración están perturbando intensamente al nacionalista Erdogan y a su equipo de gobierno. Lo que es realmente sorprendente, porque hace apenas un año su posición sobre este tema era diferente. De corte más bien conciliatorio. A punto tal, que Erdogan no sólo fue el primer alto funcionario de su país que ofreciera condolencias a los descendientes de los armenios que murieran en los tiempos del genocidio -aunque sin reconocer su existencia- sino que, además, sostuvo que debería conformarse una comisión de expertos independientes que, luego de analizar lo realmente sucedido, se pronuncie acerca de sus alcances. Lo que parece haber caído en el olvido.

Para Erdogan, el tema tiene mucho que ver con una presunta defensa de la identidad de su pueblo. De allí sus esfuerzos de falsificación de la historia. Y su ahora cerrado retorno al “negacionismo”. Pero, en rigor, lo que está en juego es otra cosa. Diferente. Nada menos que aceptar la verdad. Advirtiendo que se la puede hacer padecer, pero nunca perecer. Por aquello de que no se puede tapar el sol con las manos. Lo cierto es que cuanto más se aferre Turquía al referido “negacionismo”, más se afectará su imagen, ante el mundo entero.

El lunes pasado llegó una mala noticia para el presidente Erdogan. Alemania anunció oficialmente que, cambiando de posición, reconocerá mediante una resolución parlamentaria, la existencia del genocidio de los armenios. Como ya lo ha hecho, entre otros, Francia. La resolución alemana mencionada incluirá a la tragedia de los armenios como uno de los ejemplos de genocidio en la historia del mundo. Tratándose de Alemania, el cambio de posición adquiere una relevancia muy particular.

Mientras tanto, en los colegios turcos se continúa desfigurando la historia y la publicidad oficial impulsa una narrativa alejada de la verdad. Por esto, apenas un 9% de los turcos creen que sus autoridades debieran reconocer lo sucedido y pedir las disculpas del caso por la inmensidad del crimen cometido -hace, es cierto, cien años- contra los armenios.

Para a transitar el camino de la reconciliación no hay otra alternativa que el reconocimiento honesto de lo sucedido. A través del mecanismo que fuere. Continuar negando caprichosamente que el genocidio de los armenios realmente ocurrió es un enorme error que se ha vuelto para los turcos una empresa insostenible e irracional. Absurda y hasta casi ridícula. Ocurre que, como bien dice el Papa, en las sociedades, como en las personas, cuando una herida está abierta, no hay que dejarla sangrar eternamente, sino tratar de curarla.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Los kurdos acarician su sueño de independencia.

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 1/10/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1731599-los-kurdos-acarician-su-sueno-de-independencia

 

Las palabras pronunciadas hace pocas semanas por el ahora presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, lo dicen todo: “Los kurdos de Irak pueden decidir, por ellos mismos, el nombre y el tipo de entidad en el que están viviendo”.

Por espacio de cinco años Turquía parece haber alimentado ese sueño kurdo. Pero son los propios kurdos, con la valiente actuación de sus milicias o peshmergas en la lucha contra el Estado Islámico, los que realmente han hecho una enormidad para aspirar ahora a materializar su ilusión. Todavía en silencio, la comunidad internacional lo sabe bien.

Los kurdos -con su población distribuida entre Irak, Turquía e Irán- no sólo son una nación sino que, además, son una suerte de columna que proyecta estabilidad a una región caótica. Particularmente desde el norte de Irak, donde controlan tres de las siete provincias iraquíes, en las que viven unos cinco millones de kurdos.

Son los propios kurdos, con la valiente actuación de sus milicias o peshmergas en la lucha contra el Estado Islámico, los que realmente han hecho una enormidad para aspirar ahora a materializar su ilusión

Turquía -en rigor- se ha anticipado al futuro y ha abierto ya un consulado en Erbil, la capital de la región kurda iraquí. Lo que es una manera de sugerir o una señal (a todos) en el sentido de que estaría dispuesta a reconocer la independencia del Kurdistán iraquí. No del propio, por cierto.

En la ciudad de Erbil, capital de la región kurda iraquí, trabajan febrilmente unas 2200 empresas turcas. El presidente kurdo, Masud Barzani, recibe trato de Jefe de Estado en sus visitas a Turquía. Y los revolucionarios kurdos del PKK -todavía fieles a Abdullah Ocalan- que hasta no hace mucho (con pretensión separatista) asolaran y aterrorizaran a Turquía, hoy combaten con los peshmerga contra los fundamentalistas islámicos. En territorio de Irak.

La posición del propio partido de gobierno de Turquía (AK), del oficialismo entonces, es clara: aceptarían la independencia kurda. Si ella ocurre, claro está. Está implícito -reitero- que todo esto se refiere solamente a la región kurda de Irak. Cuya fragmentación no preocupa a Turquía. Pero no a la “región kurda” que también existe en Turquía.

Turquía -recordemos- tiene más de 300 kilómetros de frontera con Irak. Casi toda adyacente a la región kurda. Sin embargo, no empuja abiertamente en dirección a la independencia kurda. Aunque admite -como hemos dicho- que no se opondría si, de pronto, sucede.

Si la compleja situación de Irak eventualmente derivara en una partición, los kurdos serían presumiblemente los primeros beneficiarios. Así lo cree -y transmite- el propio canciller israelí, Avigdor Lieberman.

A la caída del Imperio Otomano (en 1916) las fronteras de Medio Oriente diseñadas caprichosamente por los ingleses y los franceses dieron nacimiento a nombres (Irak y Siria), lo que no es lo mismo que definir naciones, tema aún pendiente.

Los kurdos, pese a su identidad, su idioma y su cultura, debieron esperar. Se les prometió (en 1920) la independencia. Pero esa promesa fue rota tan sólo tres años después. Sin explicaciones serias.

Hoy conforman una isla de orden dentro del territorio de Irak donde, además, la corrupción no es una epidemia. Y por ello atraen inversiones. Particularmente en el sector de los hidrocarburos, que exporta por su cuenta pese a la oposición del gobierno shiita iraquí. Un buque cargado de crudo kurdo descargó, no hace mucho, en el puerto israelí de Ashkelon. Pese a no contar con el consentimiento de Bagdad. Lo mismo ha ocurrido, 16 veces, en el puerto turco de Ceyhan. Reflejando de esta manera una realidad. Consecuencia de que un tercio de la producción iraquí de hidrocarburos se realiza en territorio kurdo y es manejada desde Erbil.

Todavía los kurdos del norte de Irak importan el 80% de lo que consumen. Incluyendo buena parte de sus alimentos, que llegan desde Turquía e Irán. Turquía es hoy el cordón umbilical de los kurdos con el mundo exterior. Y los turcos lo saben bien. Por esto el oleoducto que lleva el crudo al puerto turco de Ceyhan es vital para el futuro kurdo de corto y mediano plazo.

Todavía el 70% de los recursos de la tesorería kurda se dedica a pagar los sueldos del sector público y las jubilaciones y pensiones. Aumentar las ventas de crudo al exterior es prioritario. Por eso el sueño kurdo de vender 400.000 barriles diarios de crudo a través de Turquía procura convertirse en realidad.

Cuando, durante la ocupación norteamericana (en el 2006) Irak era un horrible infierno faccioso, el vicepresidente de los Estados Unidos, Joe Biden, sugirió (desde las columnas del “New York Times”, en una nota en coautoría con Leslie Gleb) que el país debía de partirse en tres pedazos distintos. Uno (al sur) para contener a los shiitas; otro (al centro) para abrigar a los sunnis; y el tercero (al norte) para alojar los kurdos. Sin por ello despedazar necesariamente el país y crear tres “nuevos” estados.

Anticipó así el futuro. La idea luce ahora algo más firme. Aunque tiene menos color de autonomía y más tono de independencia.

No obstante, lo cierto es que también entre los kurdos hay más de una visión. Algunos kurdos acusan a Turquía de ayudar al Estado Islámico, con el objeto de debilitarlos. Para ellos, la porosidad de la frontera tiene que ver con ese objetivo. En función de esa creencia no creen que -al final- Turquía los ayude a lograr su independencia.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Nueva era en Turquía: ¿otro ‘dictador democrático’?

Por Alejandro A. Chafuén. Publicado el 16/8/14 en: http://www.elojodigital.com/contenido/13624-nueva-era-en-turqu-otro-dictador-democr-tico

 

Numerosos observadores occidentales están compartiendo oscuras predicciones sobre el futuro de Turquía bajo el recientemente reelegido líder Recep Tayyip Erdogan. El pasado domingo, Erdogan triunfó en la elección presidencial. Su Partido, Justicia y Desarrollo AKP, ha estado en el poder desde 2002, y existe temor que se vuelva cada vez más autoritario.

Mientras tanto, Turquía está tornándose cada vez más relevante en el escenario mundial. Sueconomía ha crecido al punto de convertirse en la más grande de la región, siendo tres veces la de Egipto. El PBI combinado de Egipto, Israel, Irak y Siria continúa siendo menor que el turco. Este país comparte fronteras con muchos países que enfrentan desafíos de importancia, como Irán, Georgia, Irak y SiriaSu importancia geopolítica es inmensa.

En mi rol de creyente de la máxima de Lord Acton (‘el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente’), comparto las preocupaciones respecto de que, tras más de once años con Erdogan oficiando de primer ministro y Erdogan, Forbes

ahora presidente, el peligro del autoritarismo ‘democrático’ es real. Pero, cuando incorporo al análisis un periodo más largo de la historia de Turquía y lo que he aprendido desde que comencé a estudiar a este país, tengo alguna esperanza.

Mi optimismo se basa en el fenómeno de la evolución y el trabajo de los think tanks en el campo de las ideas observado durante las últimas dos décadas. En su libro, ‘Islam sin Extremismos‘, el escritor turco Mustafa Akyol incluye un capítulo sobre el ‘Tránsito de Turquía hacia el Liberalismo Islamista’. Allí, escribe: ‘El liberalismo clásico, idea tan popular en el desaparecido imperio otomano pero denunciada por la república kemalista, fue redescubierta hacia fines de la década del ochenta, gracias a las reformas implementadas por Özal, y a los esfuerzos encarnados por nuevas organizaciones tales como la Asociación para el Pensamiento Liberal (ALT), con base en Ankara. Los libros publicados y los trabajos académicos que versan sobre la filosofía liberal -sumamente raros previo a los ochenta- se han vuelto omnipresentes’. El gobierno kemalista consistió en una combinación de estatismo, nacionalismo y políticas seculares, todo bajo control de un partido único. Durante su mandato como primer ministro y luego presidente (1983- 1993), Turgut Özal implementó numerosas políticas orientadas hacia el libre-mercado. Fue hacia fines de su administración cuando se creó ALT, primero como asociación, para luego ser incorporada formalmente en 1994.

Conocí personalmente al cofundador de ALT, el Dr. Atilla Yayla, en 1992. Era un profesor de ciencia política en Ankara. En aquel año, Yayla asistió al encuentro de la Sociedad Mont Pelerin en Vancouver. Allí entabló relaciones con laureados del Premio Nobel, líderes de think tanks, y otras figuras relevantes. Sus esfuerzos para promover los principios de las sociedades libres en Turquía fueron tan importantes, que recibió donaciones para asistir a numerosos eventos pro-libertarios en todo el mundo. Utilizó estos encuentros productivamente, reclutando conferencistas, investigando temas, y publicaciones para traducir. Algunos años más tarde, el cofundador de ALT, Mustafa Erdogan -que no tiene parentesco con el presidente- completó un curso en la Atlas Economic Research Foundation. Muchos otros provenientes de ALT siguieron idéntico camino y comenzaron a visitar a think tanks orientados al libre-mercado a lo largo del globo. ALT siguió publicando numerosos trabajos, promoviendo las libertades políticas, económicas y civiles. ALT ha ganado muchos premios y, en la edición más reciente del Indice Go To Think Tank, fue situada entre los primeros puestos en cuatro categorías diferentes.

Respaldar los principios libertarios no fue sencillo. Incluso el envío de donaciones para ALT era complejo. Hacia 1999, Yayla escribiría que el hecho de remitir donaciones a ALT por cheque o transferencia bancaria daría lugar a ‘la intervención del Ministro del Interior, el Ministro de Relaciones Exteriores, el gobernador local, las fuerzas de seguridad locales, y las fuerzas de Seguridad Nacional’. ‘El modo más seguro para ofrecer apoyo era que el aportante extranjero pagara directamente por los costos de los programas. Durante aquellos años, una revista controlada por las fuerzas armadas turcas listó a Atlas como una organización que respaldaba a grupos subversivos. El proporcionar subsidios a causas económicas libertarias era categorizado de igual manera que la ayuda a campañas de derechos humanos. En efecto, algunos grupos ofrecían apoyo a personas que podían ser calificadas como subversivas, pero la inclusión de Atlas en tales listas ejemplificaba el grado de control gubernamental existente en la era pre-Erdogan. Y los problemas continuaron: ocho miembros de la Corte Constitucional Turca demandaron a Mustafa Erdogan y a la publicación de ALT después de que escribiera que la decisión de la Corte de abolir el Partido del Bienestar y la Virtud (antigua organización política de R.T. Erdogan) fue influenciada por los militares.

Pese a que ALT es independiente de movimientos y partidos políticos, hacia el final del primer año de Erdogan como primer ministro, su partido AKP consultó a ALT para que organizara un simposio de importancia. Asistí a cientos de eventos, pero este continúa siendo el más memorable. El programa tuvo lugar en enero de 2004, y se tituló ‘Conservadurismo y Democracia’. Contó con más de treinta conferencistas, incluyendo a numerosas luminarias del liberalismo clásico provenientes de los Estados Unidos y el Reino Unido. Recep Tayyip Erdogan hizo  el discurso de apertura, siendo presidente del partido y primer ministro. Erdogan se quedó allí durante toda la mañana, escuchando los discursos sobre liberalismo clásico. La mayoría de los miembros de su gobierno asistieron a las dos jornadas que duró la conferencia. Asistieron más de mil personas. Otro recuerdo vivo en mi memoria fue que de los 24 conferencistas locales, en su mayoría profesores, solamente uno de ellos culpó al mundo por los problemas turcos. El resto de los otros participantes culpó a fuerzas y a las ideologías internas. La mayoría habló en favor del libre-mercado y las instituciones de la sociedad libre.

Es difícil para los observadores occidentales imaginar lo que era asumir el poder en un país que había sido gobernado ochenta años por el kemalismo. El Premio Nobel Mario Vargas Llosa acuñó el término ‘dictadura perfecta’ para describir al sistema de partido único que regenteó a México durante 71 años. Idéntico término podría emplearse para describir al kemalismo. Confrontar a estructuras oficiales y no oficiales de poder atrincheradas no es fácil. Pocos observadores se muestran en desacuerdo con que, amén de las estructuras gubernamentales, existía en este país un ‘Estado subterráneo‘ manejado por fuerzas ocultas con intereses especiales, que incluía a sectores importantes de los militares y del poder judicial. El enjuiciamiento de Yayla en 2006 por ‘faltarle el respeto’ a la memoria de Kemal Ataturk seguramente provino de ese Estado subterráneo. El “crimen” de Yayla fue emplear el término ‘el hombre‘, para referirse a Ataturk, en un intento para demostrar que éste no era Dios y que había progreso previo al kemalismo.

Es importante apuntar que las estructuras de este Estado subterráneo están siendo desafiadas por el gobierno de Erdogan que, desde 2011, ha acumulado poder suficiente como para debilitarlos. Erdogan bloqueó parte del poder militar y luego enfrentó al sistema de justicia. Cuando uno empieza con jueces corruptos y parciales, no es sencillo para el poder ejecutivo atacar al problema sin ser acusado de violar la separación de poderes. La rama judicial de Turquía acusaba problemas similares a los exhibidos por la justicia en países que antes fueron socialistas. Los defensores liberales de Erdogan creen que muchos en Occidente no ven -o no desean ver- la fortaleza recurrente de ese estado subterráneo, el ‘Estado dentro del Estado’Conforme actúa tras bambalinas, puede influenciar a los jueces, la policía, el mundo corporativo, y las ONGs. Puede incluso elegir con qué servicio de inteligencia extranjero colaborar.

Creando un poder con capacidad de contrapeso que pueda derrotar las fuerzas oscuras del pasado, Erdogan podría estar creando sus propias estructuras paralelas (y ocultas). Los otrora perseguidos pueden convertirse en perseguidores. Pero muchos en el terreno del liberalismo clásico, como Ozlem Caglar-Yilmaz -coordinadora general en ALT- son optimistas. Ella es consciente de los peligros, pero se muestra feliz con las actuales tendencias y prevé que ‘existen cambios históricos, y que el establishment burocrático de noventa años, envuelto en delitos y violaciones de todas las libertades básicas, está siendo desafiado por primera vez’. Caglar-Yilmaz está convencida que la alianza entre los grupos afectados por la debilidad del ‘Estado subterráneo’, como ser el Movimiento Gülen, junto con otros lobbies anti-Erdogan alrededor del mundo, crean una imagen distorsionada de los eventos en Turquía’.

 

Traducción al español: Matías E. Ruiz | Artículo original en inglés, en http://www.forbes.com/sites/alejandrochafuen/2014/08/13/a-new-era-in-turkey-did-they-just-vote-for-a-new-democratic-dictator/

 

Alejandro A. Chafuén es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), es miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Fue profesor de ESEADE.