Una buena del papa Francisco (o la ‘rosa de la revolución’)

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 21/8/18 en: http://www.noticiasdenavarra.com/2018/08/21/opinion/una-buena-del-papa-francisco-o-la-rosa-de-la-revolucion

 

El yihadismo, acorralado en Siria, ha retomado su retórica amenazante en forma de vídeos en los que rehenes extranjeros atemorizados piden ayuda para no ser decapitados, repitiendo la escalofriante serie de grabaciones emitidas por Estado Islámico (ISIS) en los años de su máximo apogeo, de 2014 a 2017.

El declive de este tipo de propaganda coincidió con la captura de Raqqa (que fue capital del califato islámico en Siria), en octubre de 2017, que supuso una gran derrota. Poco antes, en julio de ese año, el ISIS fue expulsado de la ciudad iraquí de Mosul, su otro bastión. El 98% del territorio una vez dominado por la organización terrorista ha sido recapturado.

Pero del otro lado no son santos. Cuenta Noura Ghazi, de la organización Familias por la Libertad, que reúne a los familiares de los desaparecidos durante la guerra siria -que ya lleva más de 400.000 muertos- que “el régimen sirio ha empezado a enviar listas de prisioneros muertos al registro de seguridad”. Estos documentos suponen el primer reconocimiento tácito, por parte del gobierno de Bachar al Asad, de que miles de prisioneros han muerto entre rejas.

“La mayoría de las personas en las listas son opositoras que no estaban involucradas en actividad armada, eran activistas pacifistas”, asegura Basam Ahmad, del Centro de Documentación de Violaciones en Siria. Así acaba de conocerse el fallecimiento de la Rosa de la revolución, apodo islámico de un ingeniero de 22 años arrestado en 2011 que se hizo famoso por ofrecer agua a las fuerzas armadas que custodiaban las manifestaciones opositoras.

Pero no solo durante conflictos armados se ejecutan personas, en muchos países como Arabia Saudí, y con China en el podio -con unos mil ejecutados anuales- pero también en EEUU, la pena capital se aplica sistemáticamente.

El papa Francisco acaba de aprobar la modificación del Catecismo católico (artículo 2.267) para declarar “inadmisible” la pena de muerte y ha mostrado el compromiso de la Iglesia para promover su abolición en todo el mundo. El cambio, datado el 1 de agosto de 2018, entró en vigor con su publicación en L’Osservatore Vaticano, y en el Acta Apostolicae Sedis.

El nuevo texto asegura que “la Iglesia enseña… que la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona”. El cambio se debe a que “está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves”.

Algún día comprenderemos que quitar una vida humana, cualquiera que fuera, es ponernos en lugar de Dios, es creernos dioses. Es creer que conocemos la verdad de modo absoluto, porque para terminar con la vida de una persona no tiene que existir ni la más mínima posibilidad de equivocarse. Primero, hay que tener la certeza absoluta de que el delito del que se lo acusa lo es realmente. Por caso, hay países que castigan con la muerte el tráfico de drogas y en otros ni siquiera es considerado un acto ilegal.

Segundo, hay que tener la total certeza de que efectivamente cometió ese crimen, ya que muchos fueron encontrados inocentes a lo largo de la historia luego de ser ejecutados. Y finalmente, hay que saber con absoluta seguridad que el reo es irrecuperable, lo que no resulta creíble. En fin, claramente como los que juzgan no son dioses, al ejecutar a una persona, más bien son asesinos.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Persecuciones religiosas

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 7/5/14 en http://www.lanacion.com.ar/1687921-persecuciones-religiosas

 

Una ola de violencia extrema parece haber de pronto estallado en muy distintos rincones del mundo. Con componentes diversos, que provocan conflictos -y hasta guerras civiles- caracterizados por conductas aberrantes e inhumanas de todo tipo.

En algunos casos ellas parecen tener razones de corte fundamentalmente nacionalista como sucede, por ejemplo, en el conflicto interno que afecta a Ucrania. En otros, se advierten en cambio particularidades de contenido religioso. Como ocurre, por ejemplo, en Siria o en Nigeria. O en Pakistán. Lo cierto es que asistimos a un aumento -tan preocupante como notorio- de las persecuciones religiosas. El mundo no sale de la natural sensación de rechazo que ellas generan, permaneciendo indiferente cuando de reaccionar con eficiencia frente a ellas se trata.

Los cristianos somos -con mucha frecuencia- objeto de ellas. Se estima que nada menos que un 80% de las persecuciones religiosas actuales apunta o se dirige contra los cristianos, en sus distintas denominaciones.

Esas persecuciones ocurren en algunas naciones musulmanas, por cierto. Pero también existen en China, Cuba y en los más diversos rincones de África. Desde Egipto a Nigeria. Y en los países del centro de África. Por año, como consecuencia de las persecuciones religiosas, mueren aproximadamente unos 10.000 cristianos. Los mártires, queda visto, no son cosa del pasado.

No obstante, también es cierto que los cristianos no son los únicos y exclusivos blancos del terror persecutorio. Los musulmanes son asimismo objeto de ataques. Como ocurre en Myanmar o en algunos lugares de la India, a modo de ejemplo.

Una serie de repulsivas fotografías recientes que registran lo que sucede a los cristianos en laciudad siria de Raqqa, emplazada en el noreste del país, ha dado una rápida vuelta al mundo. Y hecho llorar al propio Papa. Conmoviendo, naturalmente, a la opinión pública.

Porque allí se muestra, descarnadamente, cómo se asesina -ante los ojos de todos y con una dosis de brutalidad sin par- a seres humanos, por el simple hecho de ser cristianos. Para exhibir enseguida -con saña- sus cuerpos crucificados, a la manera de símbolo o mensaje -tan horrible, como desafiante- de lo que es un odio irracional, profundo y salvaje en su exteriorización.

Los verdugos son en el mencionado caso sirio militantes del fundamentalismo islámico que pertenecen a la insurgencia que se ha rebelado contra el régimen autoritario de los Assad (respaldado por Irán). Ellos controlan Raqqa y muchas otras localidades sirias, donde han sometido a sus habitantes, que viven ahora presos del miedo.

Lo cierto es que las crucifixiones de cristianos se han sucedido en Siria desde el mes de marzo pasado. Desgraciadamente. Ellas han ocurrido en otras ciudades sirias, como es el caso de Maalula. Sus responsables pertenecen -casi siempre- al llamado «Estado Islámico de Irak y el Levante», organización terrorista que, promoviendo una versión del fundamentalismo islámico, demoniza sin cesar a los cristianos y los obliga a pagar un impuesto especial por pertenecer a su fe, prohibiéndoles, además, exhibir en público los símbolos del cristianismo. Muy particularmente, la cruz.

Atentados bastante parecidos, por su inmensa crueldad, ocurren también en otras latitudes y en otros continentes. Entre ellas, reiteradamente, en el norte de Nigeria. Hablamos de un país que acaba de reclamar para sí la distinción de ser la economía más importante de África, pero que no consigue poner coto a las tropelías de un sangriento movimiento fundamentalista islámico que responde al nombre de: «Boko Haram» (que, en idioma hausa, significa «la educación occidental es pecado»). Esa organización está dedicada a incendiar impunemente los templos, escuelas y residencias de los cristianos. En su accionar viola y asesina. Hasta ha secuestrado cobardemente a centenares de niñas cristianas para llevarlas aparentemente a Chad y Camerún y entregarlas allí como «esposas» a sus militantes. Por el precio de nueve euros cada una. Sin que, hasta ahora, se haya podido impedir la ola de terror religioso desatada por «Boko Haram», que ahora asola también a Abuja, la capital del país.

El papa Francisco ha hecho, con toda razón, reiterados llamados públicos denunciando las persecuciones religiosas y pidiendo que ellas sean reemplazadas por actitudes de tolerancia y de respeto recíproco.

Hasta ahora, esas sabias advertencias no parecen haber calado en los oídos de aquellos que son responsables del mantenimiento del orden en los países en los que las persecuciones religiosas ocurren. Los llamados papales a la concordia tienen su fundamento en hechos de crudo salvajismo y nos recuerdan que la libertad religiosa es un componente esencial de la dignidad de la persona humana.

El cristianismo tiene en su larga historia, es cierto, sus propias manifestaciones de intolerancia. Como las que tuvieron que ver con la inquisición y con algunas conductas evidenciadas durante las cruzadas, todas muy alejadas del espíritu de paz y generosidad predicado, con su ejemplo, por San Francisco de Asís.

No obstante, a partir del Concilio Vaticano Segundo, la defensa de la libertad religiosa está indisolublemente unida a la de respetar las creencias religiosas de los demás. Aún desde el punto de vista del secularismo, la libertad religiosa es, cada vez más, vista como un instrumento a través del cual todos los puntos de vista religiosos pueden contribuir a enriquecer el bienestar de una sociedad, en su conjunto.

Es hora de preocuparse muy seriamente por la creciente realidad de las persecuciones religiosas y por sus enormes atrocidades. Esto es, no sólo por sus motivaciones, sino además por las conductas aberrantes que de ellas se derivan.

También es tiempo de plantear insistentemente a los gobernantes de las naciones en las que ellas ocurren la necesidad prioritaria de que sean enfrentadas -con decisión y recursos- para que cesen, siendo reemplazadas por la prédica sincera del respeto y la tolerancia, virtudes sin las cuales la paz del mundo estará siempre amenazada.

Los esfuerzos serán necesariamente largos, pero deben emprenderse sin demora. En un escenario donde ni siquiera hemos sido capaces de desterrar el antisemitismo, poner coto a las persecuciones religiosas es una cuestión urgente.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.