La reconstrucción

Por Gabriel Boragina. Publicado el 29/11/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/11/la-reconstruccion.html

 

La Argentina emprende un nuevo camino que -se espera- sea una vía de renovación. Horrorosamente la llamada *herencia* que deja el gobierno que se va, será un lastre tremendo para el gobierno que viene, quien -a no dudarlo- deberá asumir los costos de una dilatada gestión fracasada, mediante la cual se procuró sistemáticamente, a lo largo de tres larguísimos gobiernos de dos personas (los Kirchner), saquear los recursos de la nación con el único propósito de llenar sus bolsillos a más no poder, y los de la banda de secuaces que instalados en prácticamente todos los sectores del estado nacional, los medios de comunicación y difusión, las universidades, escuelas, colegios, llegando inclusive a tratar de infiltrarse en las familias, provocando graves disensos, enfrentamientos y divisiones, marcaron una política caracterizada por el peculado y la rapacidad, de una manera que los registros históricos no reconocían desde hace decenios.
La tarea del presidente Macri será pues ingente y no exenta de dificultades. Máxime si se tiene en cuenta que las hordas del FpV, que soñaron seriamente con el poder eterno, y que durante muchísimo tiempo vivieron a costa de la ciudadanía, sobre todo la trabajadora, la realmente productora de bienes y servicios cuyo destino -las mas de las veces- no fue otro que el de las inagotables alforjas del gobierno, no se van a resignar fácilmente a verse forzados a vivir honestamente. La honestidad es, a esta altura, algo que visiblemente han perdido, fruto de tantos años usufructuando la maquinaria del poder en el sólo y exclusivo beneficio propio.
La sociedad argentina que votó por el cambio deberá estar no sólo consciente de estos desafíos, sino y por sobre todas las cosas, dispuesta a acompañar a su presidente en la difícil tarea de reconstrucción que tiene por delante. Pero, al mismo tiempo, ello implica resistir las fuerzas de la reacción de quienes apañados por el poder y la impunidad que creyeron el mismo les daba, se encuentran decididos a sabotear la labor de reedificación de un país que Macri recibe literalmente en ruinas. En algunas cosas, hay -sin duda- que comenzar desde cero, y en muchas otras, desde bajo cero.
Antes de la experiencia nefasta del gobierno del FpV, los diferentes gobiernos habidos desde el segundo gobierno de Perón hacia acá, debían concentrar sus esfuerzos en rectificar el rumbo económico, y aledañamente, corregir otros aspectos colaterales que, si bien eran importantes, no resultaban medianamente prioritarios. Todo ello, con mayores aciertos o errores, pero más o menos en ese orden de preferencia.
No se había vívido hasta ese entonces la devastadora demolición de todo lo que había en pie que provocaran los Kirchner y su banda, que arrasaron primero con las instituciones, para seguir con la moral, la ética, la educación, los valores republicanos y -por último- con la economía como un todo. El daño que infringieron fue enorme, y los costos, a esta altura, todavía resultan incalculables. Difícilmente pueda encontrarse en la historia reciente argentina una situación de decadencia similar a la que dejan los Kirchner. Ilustrativamente, un conocido ex fiscal de la nación que tuvo a su cargo la acusación a los jefes de la junta militar que gobernó de facto el país en la década del 70, dijo (parafraseándolo) que ni siquiera los militares se atrevieron a tanto como los Kirchner se atrevieron.
Por nuestra parte, desde el ascenso mismo al poder del FpV, hemos venido sosteniendo que, a partir de dicha fecha, se había instalado en el país un gobierno que devendría en totalitario más tarde o más temprano. Y lo decíamos en medio de una fenomenal incredulidad de nuestro entorno (cercano y no tanto) en nuestros vaticinios. Fuimos una de las pocas voces que advertimos lo que sucedería y que finalmente ocurrió. Sólo hacia el final del imperio del FpV muchos vieron lo que a nosotros (y otros pocos más) siempre nos pareció evidente. Y no es que estuviéramos dotados de facultades especiales, ni paranormales que nos permitieran presagiar lo que para los demás no era indudable. Simplemente que reparamos en rasgos, gestos, actitudes, palabras, silencios, etc. que más tarde se iban transformando en concretas medidas de gobierno que, lamentablemente, marchaban paulatinamente apuntando en la dirección que nos temíamos y que anunciábamos aquel momento en vano- como una voz que clama en el desierto. Pero éramos muy pocos los que veíamos venir el desastre o, al decir de un querido amigo, el Titanic dirigiéndose, lenta pero inexorablemente, hacia el iceberg.
Finalmente, el Titanic de la Argentina, al mando de los *capitanes* Kirchner, colapsó contra el iceberg, y aun cuando más del 75% u 80% del barco se halla sumergido, todavía hay esperanzas de reflotarlo, esta vez de la mano del nuevo *capitán* al mando de la nave, el Ingeniero Mauricio Macri. Tarea -como indicábamos al comenzar- para nada simple, pero tampoco para nada imposible.
La diferencia en este caso a cambio de gobiernos anteriores es, como expresábamos, que ningún otro gobierno anterior asoló el país como lo hizo este. Por lo que seriamos muy ingenuos si esperáramos la producción de milagros por parte del nuevo gobierno. En materia política y económica -parece redundante decirlo- no existen los milagros. Y hemos de ser conscientes que la Argentina necesita poco menos que de eso para poder salir a flote. Sin embargo es posible, si se dan dos condiciones que, a primera vista, nos parecen básicas: 1º Neutralizar las fuerzas destructivas del FpV. Hay que tener en claro que esta secta no será un simple partido de oposición, sino que será (en caso de subsistir) lo que ha sido desde su ascenso al poder: un torrente de destrucción. 2º Acompañar las medidas de cambio del nuevo gobierno siendo conscientes de que requerirán esfuerzo y sacrificios, en la exacta medida del esfuerzo y sacrificio que exige para una familia que encontró su casa tomada, saqueada y destruida por una banda de ladrones, restaurar todo lo perdido una vez que pudo recuperar su hogar. Este es, análogamente, el estado en que la ciudadanía descubre al país luego de esta amarguísima experiencia de más de una década de latrocinio K. Y por supuesto, nada de esto significa resignar la dirección hacia el cambio votado. El apoyo ha de comprometerse en la medida que se observe que el nuevo gobierno da pasos efectivos hacia el cambio prometido.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

La política “farandular”:

Por Gabriel Boragina. Publicado el 15/11/14 en: http://www.accionhumana.com/2014/11/la-politica-farandular.html

 

Resulta de interés destacar -una vez más- la notable similitud (habría que hablar, en realidad, de total identidad) entre la farándula y la política. Hasta el mismo diccionario de la Real Academia Española lo reconoce en su definición. Veamos lo que dice:

farándula.

(Del prov. farandoulo).

  1. f. Profesión y ambiente de los actores.
  2. f. Antigua compañía ambulante de teatro, especialmente de comedias.
  3. f. despect. Arg., Cuba, El Salv., Ur. y Ven. Mundillo de la vida nocturna formado por figuras de los negocios, el deporte, la política y el espectáculo.[1]

Tal como vemos, la tercera acepción del diccionario recoge la expresión farándula identificándola y relacionándola expresamente con el mundo de la política. Y es que, verdaderamente -al menos en la Argentina- la mayoría de la gente vive, recepta, “analiza” y comenta las noticias políticas de la misma manera en que lo hace con las del mundo del espectáculo.

Tampoco es casual -a mi modo de ver- que no sean pocos los artistas (en el sentido de actores y actrices del “arte escénico”) que a menudo saltan del escenario televisivo, cinematográfico o teatral a la palestra política, y aparecen postulándose para los más diversos cargos, ya sean estos en el poder legislativo o el ejecutivo. La sola excepción -por ahora- parecería ser la del poder judicial, aunque -al paso que van las cosas y en vista de la profunda degradación moral, cultural, educativa y -por supuesto- económica en la que se desbarranca Argentina- pronto no nos sorprendamos también de enterarnos del brinco de personajes de la farándula que traten de infiltrarse dentro de las filas del poder judicial.

Es que efectivamente, el argentino promedio se posiciona frente a la política y a los políticos como quien ve una representación en la TV, en el cine o en el teatro, y en verdad piensa que todo eso que observa, es algo en lo que él o ella es sólo un simple y mero espectador, que nada puede hacer por modificar la trama de la historia, ni el guion de la película. Sólo se considera a sí mismo un espectador pasivo, inerme para cambiar los roles de los protagonistas en la escena, incapaz incluso de permutar a los actores de reparto (en este caso los políticos mismos).

Es más, cree que no es a él al que le corresponde reemplazar ni a los actores de reparto, ni a la función que está observando, sino que esa acción sólo le cabe al director de la obra, sin siquiera asumir que el director de la obra política siempre es el ciudadano que vota -es decir el mismo- y no un “tercero”.

Esta visión farandúlica de la política se extiende también a la mayor parte del denominado periodismo político. Si se observa atentamente el diseño de la difusión, comentarios y análisis político se puede advertir de inmediato que tiene idéntica estructura que la difusión, comentarios y análisis del mundo de la farándula.

De la misma manera que un periodista de cine, televisión o teatro “analiza” si la actriz fulanita se divorció o “se juntó” con el actor menganito, de semejante modo muchos “analistas” políticos describen la “alianza” del político “Juan” con el político “Pedro” ; la “traición” del candidato B al partido C ; el “coqueteo” del candidato X con el “presidenciable” Z ; etc. etc. etc..

Es por ello que, en general, el político argentino está más preocupado por ser un buen actor, que obtenga la mejor posición posible en el “rating”, que en qué es lo que “podrá” hacer, “piensa” hacer, o posiblemente “haría” en el caso de resultar electo. Este último aspecto es el menos importante para él.

El argentino promedio “vive” la política como un drama o una comedia, pero dicha “vivencia” siempre le es ajena en su auto-atribuida calidad de espectador, condición esta última a la que raramente renunciará. Y se lamenta y se regocija frente a los sucesos políticos de la equivalente forma en que se divierte mientras disfruta de una comedia televisiva o cinematográfica, o se entristece ante la pantalla o la butaca de una obra trágica. Y observa y habla de los políticos de parecida manera en que lo hace de los actores y actrices del mundo de la escena.

Incluso la mayoría de los comentarios familiares o con amigos de los hechos y protagonistas del mundo político, también tienen semejanzas notables con los que se ven o escuchan en los muy célebres programas televisivos o radiales de “chimentos del ambiente”. Esto anima a muchos conductores de programas de chimentos de la farándula a exponer en esos mismos programas hechos o actos políticos, no siendo tampoco extraño ver en esos programas televisivos de chismes del espectáculo a notables figuras de la política.

Esto explica -siempre en mi opinión- la razón por la cual la corrupción, la violación de la ley, el latrocinio estatal, el peculado y la rapacidad burocrática, etc. se ha hecho algo cotidiano entre los argentinos. El promedio de ellos está convencido de que la corrupción es meramente un fenómeno político que no tiene nada que ver con nadie que no actúe en el plano ni en el ámbito de la política. Es “algo” que “sólo se ve por TV”, o “se lee en los diarios”. “Algo” que hacen “otras” personas que, a la sazón, reciben el nombre de “políticos”.

El espectador se posiciona frente al espectáculo como “algo” que es ajeno a él, sobre lo que tiene ningún otro control más que cambiar el canal o la frecuencia de la emisora que está escuchando. Y esta misma actitud la extiende al mundo político, como algo que pasa “fuera de él” y como en una dimensión lejana, que ni siquiera lo roza. Piensa que “el director” de la obra tiene que divertirlo o entretenerlo siempre, y dejarle un mensaje positivo. Y opera mentalmente de la misma manera ante los acontecimientos de la política nacional.

Esto permite a la clase política dominar la escena y -a la vez que dan su espectáculo- esquilmar a los bolsillos de sus espectadores (los ciudadanos).

[1] Diccionario de la Lengua Española – Vigésima segunda edición –

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.