Las armas usuales contra la vida y la libertad

 Por Alejandra Salinas:

 

Para Abel fue una piedra; a Sócrates le tocó beber cicuta; Luther King recibió un impacto de bala. Los tres son íconos históricos sacrificados en su lucha por la justicia, la verdad, la igualdad y la libertad, junto a millones de otras personas más anónimas pero no por eso menos importantes. La historia mundial está plagada de la violencia proveniente de grupos intolerantes, fanáticos, ruines o ladrones (la lista de sus atributos es larga), empuñando sus armas usuales contra personas inocentes y contra quienes se animaron a protestar y actuar públicamente en defensa del respeto incondicional de la vida, libertad y dignidad humana. Primeros entre los grupos responsables por esos crímenes han figurado siempre los gobiernos, operando mediante guerras, persecuciones y asesinatos, cuando no mediante planes quinquenales y reclutamientos forzosos que también terminaban en hambrunas y muertes masivas. En efecto, la muerte a manos de un gobierno ha sido la primera causa de muerte a nivel mundial: antes del siglo XX murieron ca. 133 millones de personas debido al exterminio gubernamental, y entre 1900 y 1999 éste se cobró 262 millones de muertos, según los cálculos del profesor R.J. Rummel en su libro Death by Government (New Brunswick, N.J.: Transaction Publishers, 1994, actualizados on line en: http://www.hawaii.edu/powerkills/NOTE1.HTM). Rummel llama “democidio” a la muerte de personas individuales o grupos por el gobierno, incluyendo genocidios, politicidios y matanzas masivas.

Los hallazgos empíricos del prof. Rummel sólo confirman lo que ha constituido el axioma central del liberalismo clásico acerca de los graves riesgos que conlleva la función de gobernar para la vida, la propiedad y la libertad individual, riesgos que se multiplican y agudizan cuando un régimen de gobierno se torna ilimitado e intolerante. Desde la conclusión de Algernon Sidney que de nada vale derrocar a un tirano si no se termina con la tiranía, pasando por la premisa de Acton acerca de que el poder absoluto implica corrupción absoluta, y la invitación de Jefferson a una vigilancia ciudadana eterna, el pensamiento político liberal se ha ocupado incansablemente de revisitar y refrescar estas advertencias. En una variante más contemporánea de análisis político, la filósofa J. Shklar advierte que el miedo a la crueldad gubernamental ha inspirado “el liberalismo del miedo”, dirigido a luchar contra la maldad y la crueldad políticas corporizadas en regímenes opresivos y horrorosos. Nadie puede ignorar ni dejar de denunciar lo que sucede en esos regímenes, afirma Shklar.

Lo que nos trae al análisis del caso de Venezuela. En estos días el mundo es testigo del accionar cruel y violento del gobierno de ese país, que ha perseguido y reprimido a manifestantes que marchaban ejerciendo su derecho a la protesta y de petición para exigir la urgente reforma hacia una política democrática y liberal. La violación del derecho a la protesta y de los otros derechos individuales en Venezuela -así como en Cuba y otros lugares-  debe ser criticada y condenada con urgencia en todo el mundo, y en particular en nuestra región: así nos lo reclama el compromiso moral y cívico con los muertos, heridos y presos, triste pero previsible resultado de la represión oficial de la protesta. En este sentido es de lamentar profundamente que no haya más voces latinoamericanas condenando los sucesos y promoviendo medidas de apoyo a los sufridos pueblos mantenidos en la sujeción al régimen y en el abandono. En particular, es muy preocupante que gobiernos como el argentino sigan defendiendo al régimen dictatorial de Maduro.

¿Qué hacer? Se vislumbran tiempos de agitación, desvelo y crisis en pos de un Estado venezolano más libre y justo. Lo mismo sucede en otros países sujetos también al flagelo de dictaduras, populismos, y a la irresponsabilidad y corrupción política endémica. Desde lo académico, ahora más que nunca cabe redoblar nuestro esfuerzo para seguir enseñando y difundiendo los principios de la libertad y dignidad individual, convocando a la Universidad y a la comunidad toda a ser partícipes de esta tarea.

Concluyo esta reflexión con una cita del ya citado profesor americano que registró las cifras mundiales de democidio:

“Después de ocho años leyendo y grabando a diario sobre decenas de millones de hombres, mujeres y niños torturados o golpeados hasta la muerte, colgados, heridos y enterrados vivos, quemados o muertos de hambre, apuñalados o cortados en pedazos, y asesinados en todas las otras formas creativas e imaginativas que los seres humanos puedan idear, nunca he sido tan feliz de concluir un proyecto. No he encontrado fácil leer una y otra vez sobre los horrores que personas inocentes han sido forzados a sufrir. Lo que me ha mantenido en esto fue la creencia -tal como la investigación preliminar parece indicar-, de que había una solución positiva a toda esta matanza y un curso de acción política claro para ponerle fin. Y los resultados verifican esto. El problema es el Poder. La solución es la democracia. El curso de acción es fomentar la libertad”.

 

Alejandra M. Salinas es Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales y Doctora en Sociología. Fue Directora del Departamento de Economía y Ciencias Sociales de ESEADE y de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas. Es Secretaria de Investigación y Profesora de las Asignaturas: Teoría Social, Sociología I y Taller de Tesis de ESEADE.