Liberalismo, el enemigo que los populistas aman odiar

Por Enrique Aguilar: Publicado el 21/2/17 en: http://www.lanacion.com.ar/1986341-liberalismo-el-enemigo-que-los-populistas-aman-odiar

 

En los estudios de teoría política es frecuente encontrar referencias alusivas a la pluralidad de lenguajes y corrientes que conviven, amigablemente o no, dentro de la llamada tradición liberal. También existen desarrollos tendientes a identificar, entre estas últimas (contractualistas, conservadoras, radicales, utilitaristas, libertarias u otra denominación en uso), algunos rasgos comunes. A título ilustrativo, cabe recordar la caracterización que hace tiempo hizo John Gray de la concepción liberal del hombre y de la sociedad sobre la base de estos cuatro elementos: la afirmación de la primacía de la persona, el reconocimiento de que todos los hombres tienen el mismo estatus moral, la defensa de la unidad de la especie humana y, finalmente, la creencia en la posibilidad de mejoramiento de cualquier institución social.

Sin embargo, a falta de una definición universalmente aceptable, no parece desacertado apelar a un presupuesto todavía más básico como es la idea según la cual el poder tiene límites que están fijados de antemano por los derechos individuales, generalmente considerados como naturales, inalienables e imprescriptibles. Entre éstos, el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad, para evocar la célebre fórmula que preside la declaración de independencia norteamericana. Puesto de otra manera, el liberalismo en singular, en su acepción más simple y divulgada, es esencialmente eso: una teoría del gobierno limitado.

Se podrá discutir si los derechos individuales tienen origen en la naturaleza o en convenciones históricas. Igualmente caben desacuerdos en torno a la posible relación entre el liberalismo político y el liberalismo económico, que para algunos autores son inseparables, mientras que otros los distinguen con argumentos acerca de sus respectivas genealogías y alcances, o bajo el supuesto de que la defensa del libre comercio se inscribiría en el terreno de los medios, pero no de los fines (una cuestión de conveniencias en vez de un imperativo). Y, desde luego, cabe preguntarse si los límites a la acción del gobierno (que el liberalismo ve como un mal necesario) y la consecuente protección de los derechos dependen prioritariamente de los diseños y marcos institucionales, de la cultura política prevaleciente o aun de la influencia recíproca entre ambos factores. No obstante, siempre estará presente ese núcleo duro o denominador común, que podríamos calificar como “no negociable” aunque expuesto a diario a ser ignorado por los gobernantes, dada la natural tendencia del poder a expandirse e incurrir en abusos.

He ahí un punto que parece clave. La crítica al ejercicio arbitrario del poder, en sus diferentes grados y apelativos, desde la tiranía antigua hasta el totalitarismo moderno, atraviesa toda la larga historia del pensamiento político. Se trata, en efecto, de una preocupación tan vieja como la memoria política que el liberalismo a su tiempo haría suya enarbolándola como bandera. Pero el tema central del liberalismo, antes que el poder opresivo o desmesurado, es el poder en sí, incluso el legítimamente establecido, porque al indagar en su naturaleza descubre que no hay poder que no tienda de suyo a extralimitarse a menos que se lo contenga con instrumentos adecuados. La rivalidad entre el poder y la libertad, o, si se prefiere, el poder visto como amenaza de la libertad, es entonces la razón de ser del liberalismo.

Lo mismo podría aducirse con respecto a los años noventa. ¿Fueron realmente liberales quienes, amparados en la apertura económica y las privatizaciones, hicieron la vista gorda a la manipulación institucional, el gobierno por decreto y la recordada “mayoría automática” del menemismo? ¿Puede llamarse liberal un gobierno que incurre en tales excesos? Si bien se mira, quizás haya sido esa época (que, al decir de Enrique Valiente Noailles, puso al descubierto nuestra “profunda inmoralidad colectiva” y una generalizada tolerancia a la ausencia de reglas) la más decisiva no sólo para la suerte futura del liberalismo, sino además para el significado que solemos asignar a otro vocablo, “república”, el cual por mala conciencia nos inhibimos de asociar nominalmente al liberalismo.

La cosa resulta curiosa, porque lo que en los últimos lustros se ha venido reclamando en nombre de una mejor “república” son atributos que, en gran medida, provienen de la teoría y la praxis del liberalismo político. Por ejemplo, la distribución del poder en distintos departamentos que se contienen y fiscalizan unos a otros o la existencia de una justicia independiente del poder político. James Madison las llamó “precauciones auxiliares”, que, “a falta de móviles más altos”, complementan la legitimidad democrática como medios de sujetar a quienes nos gobiernan. En otros términos, hoy la república se nos presenta más claramente ligada a la existencia de un diseño institucional liberal que nos preserve de la discrecionalidad de los gobernantes que a la virtud cívica, los ideales patrióticos o aun (en algunas variantes) la participación de los ciudadanos en las decisiones públicas en tanto rasgos distintivos de un republicanismo de filiación clásica que se presenta como propuesta alternativa al liberalismo.

Isaiah Berlin afirmaba que “algunos seres humanos han preferido la paz de la cárcel, una seguridad satisfecha y una sensación de haber encontrado por fin el puesto adecuado que uno tiene en el cosmos a los dolorosos conflictos y perplejidades de la desordenada libertad del mundo que está fuera de los muros de la prisión”. El liberalismo, en cambio, ha promovido siempre la opción inversa. Para sus detractores de izquierda y de derecha, para los defensores de la sociedad cerrada y los relatos colectivistas, para el populismo, para los enemigos de la libertad de pensamiento y de la libertad de prensa, el liberalismo será siempre el malo de la película, el villano preferido, el sospechoso a quien endosar todas los males pasados, presentes y venideros, sea para purgar las responsabilidades propias, por complicidad, oportunismo electoral o por pura pereza intelectual. Probablemente haya perdido, como sugiere Sartori, “la guerra de las palabras” y se encuentre sumido en una crisis de identidad. Sin embargo, dondequiera que la libertad se encuentre en peligro, su antorcha permanecerá encendida y seguramente se alzarán manos dispuestas a portarla.

 

Enrique Edmundo Aguilar es Doctor en Ciencias Políticas. Ex Decano de la Facultad de Ciencias Sociales, Políticas y de la Comunicación de la UCA y Director, en esta misma casa de estudios, del Doctorado en Ciencias Políticas. Profesor titular de teoría política en UCA, UCEMA, Universidad Austral y FLACSO,  es profesor de ESEADE y miembro del consejo editorial y de referato de su revista RIIM. Es autor de libros sobre Ortega y Gasset y Tocqueville, y de artículos sobre actualidad política argentina.

No al ajuste

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 11/3/14 en: http://www.cronista.com/opinion/-No-al-ajuste-20140310-0044.html

 

Estamos cansados de la repetición de la misma cantinela con la que se viene machacando hace siete décadas. Primero se instalan estructuras adiposas merced a la demagogia y cuando las grasas explotan por todos lados se ajusta el abdomen con lo que a poco andar vuelven a su situación original. Puede hacerse un correlato de cuerpos excedidos de peso con la jardinería: la poda hace que la planta crezca con más vigor.
En el caso que nos ocupa no se trata de ajustes encubiertos o explícitos, se trata de reformas de fondo. No se trata de podar sino de cortar de raíz si se estima que lo que crece es invasivo y que extermina lo que encuentra a su paso. Es de interés reconsiderar los escritos más conocidos de Alberdi y eliminar de cuajo funciones y los respectivos palacios que albergan los correspondientes burócratas y reunir a todos los empleados estatales del Ejecutivo en la casa de gobierno al efecto de concentrar la atención y los recursos en la protección de los derechos de la gente, es decir, en torno a la justicia y la seguridad como eje central de la administración.
Sin duda que medidas de saneamiento producen consecuencias dolorosas pero muchísimo más dolorosos son los efectos de los desquicios que vienen ocurriendo que no son solo responsabilidad del actual gobierno sino que vienen arrastrándose de hace tiempo. No se puede comer la torta y tenerla al mismo tiempo.
En otras ocasiones he elaborado extensamente sobre las funciones gubernamentales propias de un sistema republicano, lo cual no puede hacerse en una nota periodística pero sí me propongo dejar sentado unas pocas consideraciones sobre lo que considero es el aspecto más urgente.
Aludo al mercado cambiario. Como es sabido, la demanda siempre equivale a la oferta cuando hay libertad contractual, tal como ocurre en los mercados negros (a los que se agrega la prima por el riesgo de operar en ese ámbito). En verdad, precios libres constituye una redundancia puesto que precios no-libres son simples números que poco significan en términos de la evaluación de proyectos y la contabilidad puesto que no reflejan las estructuras valorativas.
Dejando de lado lo tragicómico de sostener que la banca central es para preservar el valor de la moneda, lo cual en ningún lugar se ha logrado como han puntualizado los premios Nobel Hayek, Friedman y Buchanan, hoy las maniobras del elenco gobernante argentino muestran un desesperado intento por modificar las circunstancias del mercado cambiario que vienen ocurriendo debido a que mes a mes la administración estatal viene gastando entre 5 y 6 puntos más que los ingresos fiscales y tapando las diferencias con emisión monetaria en un contexto de presión tributaria récord.
Curiosamente las autoridades políticas pretenden frenar el valor de la divisa estadounidense con cuatro medidas de evidente pronóstico: la obligación a los bancos de desprenderse de parte de sus posiciones en dólares, el adelanto de la liquidación de dólares por parte de las cerealeras, el bloqueo a las importaciones impuesto por la Secretaría de Comercio y la preparación de lo que en tierras argentinas se ha dado en llamar ‘la bicicleta financiera’ a través de una decretada suba artificial de la tasa de interés que permite vender y recomprar dólares con rendimientos increíblemente altos en términos de lo que resulta posible en cualquier parte del mundo (negativas en pesos pero descomunalmente positivas en dólares mientras se mantenga la precaria estabilidad de esa moneda en el mercado cambiario local). Un requiem para el peso a menos que se disimule la defunción con algún préstamo internacional.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.