Gato por liebre: la notable influencia de Karl Marx

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 4/9/2en: https://www.infobae.com/opinion/2021/09/04/gato-por-liebre-la-notable-influencia-de-karl-marx/

Karl Marx

A pesar de que muchos intelectuales reniegan de la etiqueta marxista, adoptan y suscriben buena parte de sus recetas

En lo que va de la historia de la humanidad no ha habido un pensador que haya influido más en los acontecimientos mundiales que Karl Marx debido a su notable capacidad de penetrar en las áreas más sensibles que han captado la atención de numerosos intelectuales de muy diversas condiciones y profesiones.

La influencia central en Marx provino de Hegel quien en su Filosofía del derecho (asunto que alude también en La filosofía de la historia) resume su posición cuando escribe que “El Estado es la realidad de la idea ética; es el espíritu ético en cuanto a voluntad patente, clara por sí misma, sustancial […] El Estado es la voluntad divina como espíritu presente y que se despliega en la forma real y en la organización de un mundo”. Esta obra ha sido posteriormente prologada por Marx donde subraya que “La religión es el sollozo de la criatura oprimida […] Es el opio del pueblo. La eliminación de la religión como ilusoria felicidad del pueblo, es la condición para su felicidad real”. Este andamiaje conceptual se ha tomado en cuenta por sus seguidores al efecto de demoler desde adentro a religiones oficiales, faena realizada principal pero no exclusivamente por Antonio Gramsci para incorporar adherentes en religiosos que puedan absorber la filosofía marxista aun manteniendo el altar (en el caso del Papa Francisco su interés por el comunismo fue despertado primero de muy joven por la doctora Esther Balestrino y luego de ordenado por Monseñor Enrique Angelelli, la primera también entusiasta de Gramsci y el segundo celebraba misa bajo la insignia de los Montoneros).

Un destacado precursor del marxismo fue Robespierre que en la contrarrevolución francesa expresó es su célebre discurso del 2 de diciembre de 1793 que “todo lo indispensable para la preservación es propiedad común” a contracorriente de lo expresado en la declaración de derechos de 1789 en cuanto a “la propiedad un derecho inviolable y sagrado.”

Otra influencia decisiva en el pensamiento de Marx fue el determinismo físico en Demócrito sobre el que trabajó su tesis doctoral. Tal como han explicado entre muchos autores como el filósofo de la ciencia Karl Popper y el premio Nobel en neurofisiología John Eccles, esa postura que niega la existencia de la psique fuera de los nexos causales inherentes a la materia imposibilita el libre albedrío, la revisión de nuestros juicios, proposiciones verdaderas y falsas, ideas autogeneradas, la responsabilidad individual, la moral y la propia libertad. Esta postura marxista se pone de relieve especialmente en la obra en coautoría con Engles titulada La sagrada familia. Crítica de la crítica crítica (no fue una errata, es así el título) en el que aluden a estudios realizados por Bruno Bauer y sus hermanos Edgar y Egbert, donde mezcla ese tema con diatribas contra el judaísmo -que desarrolla en La cuestión judía– a pesar de descender de una familia rabínica, aunque su padre cambió de religión al efecto de contar con mayor número de clientes en su bufete de abogado en el contexto del régimen prusiano.

Un buen número de intelectuales se dejaron seducir por el marxismo que recién abandonaron una vez que comprobaron de primera mano los desastres irreversibles que produce no sólo en cuanto a matanzas sino en cuanto a la miseria a la que condena a la población. Hoy se suele renegar de la etiqueta marxista pero se adoptan y suscriben buena parte de sus recetas, lo cual está presente en aulas universitarias, en círculos sindicales, en no pocos medios periodísticos, en ámbitos empresarios, en iglesias, en organismos internacionales financiados por gobiernos y en un número nada despreciable de los libros publicados. Incluso los hay quienes se proclaman abiertamente anti-marxistas pero degluten sus principios.

Como es de público conocimiento, hay ríos de tinta sobre el marxismo respecto a lo cual también he escrito antes para agregar unas gotas a ese caudaloso río, pero dada la entusiasta reincidencia de sus postulados vuelvo a insistir en el tema con otros ingredientes. Ha habido y hay fervientes revisionistas que objetan distintos aspectos del marxismo pero vuelven una y otra vez a sus ejes centrales. Aparecen marxistas edulcorados que rechazan enfáticamente la violencia sin percatarse que está en la naturaleza de todo régimen totalitario el uso sistemático de la fuerza al efecto de torcer voluntades que pretenden operar en direcciones distintas a las impuestas por los mandones de turno.

En la sección 36 del tercer capítulo del Manifiesto Comunista escrito en 1848 por Marx y Engels se consigna el aspecto central de su tesis (que ya habían subrayado en la antes mencionada La ideología alemana): “Pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada”Si no hay propiedad privada, no hay precios, ergo, no hay posibilidad de contabilidad, evaluación de proyectos o cálculo económico. Por tanto, no existen guías para asignar eficientemente los siempre escasos recursos y, consecuentemente, no es posible conocer en que grado se consume capital. Y conviene enfatizar que los daños se producen en la medida en que se afecte la propiedad sin necesidad de abolirla.

A este enjambre crucial imposible de resolver dentro del sistema, se agrega el historicismo inherente al marxismo, contradictorio por cierto puesto que si las cosas son inexorables no habría necesidad de ayudarlas con revoluciones de ninguna especie. También es contradictorio su materialismo dialéctico que sostiene que todas las ideas derivan necesariamente de las estructuras puramente materiales en procesos hegelianos de tesis, antítesis y síntesis ya que, entonces, en rigor, no tiene sentido elaborar las ideas sustentadas por el marxismo.

Esta dialéctica hegeliana aplicada a las relaciones de producción pretende dar sustento al proceso de lucha de clases. En este contexto Marx fundó su teoría del polilogismo, es decir, que la clase burguesa tendría una estructura lógica diferente de la de la clase proletaria, aunque nunca explicó en qué consistían las ilaciones lógicas distintas a las aristotélicas ni cómo se modificaban cuando un proletario se enriquecía ni cuando un burgués es arruinado y en qué consiste la estructura lógica de un hijo de un proletario y una burguesa. Sobre las llamadas “clases sociales” me explayaré en una próxima columna.

Las contradicciones son aún mayores si se toman los tres pronósticos más sonados de Marx. En primer lugar, que la revolución comunista se originaría en el núcleo de los países con mayor desarrollo capitalista y, en cambio, tuvo lugar en medio de la pobreza de la Rusia zarista. En segundo término, que las revoluciones comunistas aparecerían en las familias obreras cuando todas surgieron en el seno de intelectuales-burgueses. Por último, pronosticó que la propiedad estaría cada vez más concentrada en pocas manos y solamente las sociedades por acciones produjeron una dispersión colosal de la propiedad tal como en un contexto más amplio hoy explican autores como Anthony de Jasay cuando critican a Thomas Piketty.

En este muy apretado resumen, cabe mencionar que la visión errada de Marx respecto a la teoría del valor-trabajo dio lugar a la noción de la plusvalía. Aquella concepción sostenía que el trabajo genera valor sin percatarse que las cosas se las produce (se las trabaja) porque se les asigna valor y no tienen valor por el mero hecho de acumular esfuerzos (por más que se haya querido disimular el fiasco con aquella expresión hueca del “trabajo socialmente necesario”).

Lo dicho no va en desmedro de la conjetura respecto a la honestidad intelectual de Marx en cuanto a que su tesis de la plusvalía y la consiguiente explotación no la reivindicó una vez aparecida la teoría subjetiva del valor expuesta por Carl Menger en 1871 que echaba por tierra con la teoría del valor-trabajo marxista. Por ello es que después de publicado el primer tomo de El capital en 1867 no publicó más sobre el tema, a pesar de que tenía redactados los otros dos tomos de esa obra tal como nos informa Engels en la introducción al segundo tomo veinte años después de la muerte de Marx y treinta después de la aparición del primer tomo. A pesar de contar con 49 años de edad cuando publicó el primer tomo y a pesar de ser un escritor muy prolífico se abstuvo de publicar, salvo dos textos secundarios: sobre el programa Gotha y el folleto sobre la comuna de París.

Lenin era más sagaz que sus maestros ya que nunca creyó que el llamado proletariado podía dirigir y mucho menos gobernar una revolución. Por eso escribió lo que aparece en el quinto tomo de sus obras completas en el sentido que “no es el proletariado sino la intelligentsia burguesa: el socialismo contemporáneo ha nacido en las cabezas de miembros individuales de esta clase”.

Curiosa es en verdad la noción de los marxistas sobre la división del trabajo: Marx y Engels consignan en la antedicha obra sobre la ideología alemana que “en una sociedad comunista, en la que nadie tenga una esfera exclusiva de actividad sino que cada uno pueda formarse en cualquier sector que desee, la sociedad regula la producción general y por tanto se hace posible hacer hoy una cosa y mañana otra, cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado al atardecer, criticar después de cenar, como me apetezca, sin convertirme nunca en cazador, pescador, pastor o crítico”.

A pesar de esta visión idílica, la violencia está indisolublemente atada al marxismo. Por esto es que en el antedicho Manifiesto comunista se declara que “no pueden alcanzar los objetivos más que destruyendo por la violencia el antiguo orden social”. Marx en Las luchas de clases en Francia en 1850 y al año siguiente en 18 de Brumario condena enfáticamente las propuestas de establecer socialismos voluntarios como islotes en el contexto de una sociedad abierta. Por eso es que Engles también condena a los que consideran a la violencia sistemática como algo inconveniente, tal como ocurrió, por ejemplo, en el caso de Eugen Dühring por lo que Engels escribió El Antidühring sobre el “alto vuelo moral y espiritual” de la violencia.

Parte de la tesis de esta nota estriba en que, mal que les pese a “los progres” y a los “fachos”, la manía de identificar una postura intelectual por la localización geográfica de derecha e izquierda presenta una falsa disyuntiva. La representación más fuerte de las derechas está constituida por el nazi-fascismo. En los hechos, Hitler tomó cuatro pilares del marxismo: la teoría de la explotación, el ataque a la propiedad, el antiindividualismo y la teoría del polilogismo. Por su parte, Mussolini fue secretario del Círculo Socialista y colaboró asiduamente en el periódico Avenire del Lavoratore, órgano del movimiento comunista, época en que sus lecturas favoritas incluían a George Sorel, Kropotkin y la dupla Marx-Engels. Luego fue colaborador del diario Il Populo y director de Avanti. Tal como consigna Gregorio De Yurre en Totalitarismo y egolatría , “era la figura más destacada y representativa del ala izquierdista del marxismo italiano”.

En realidad, tanto los nazis como los fascistas, al permitir el registro de la propiedad de jure pero manejada de facto por el gobierno, lanzan un poderoso anzuelo para penetrar de contrabando y más profundamente con el colectivismo marxista que, abiertamente, no permite la propiedad, ni siquiera nominalmente.

Entre los autores que han enfatizado las similitudes y parentescos de la izquierda y la derecha se destaca nítidamente Jean-François Revel, quien en La gran mascarada apunta: “No se puede entender la discusión sobre el parentesco entre el nazismo y el comunismo si se pierde de vista que no sólo se parecen por sus consecuencias criminales sino también por sus orígenes ideológicos. Son primos hermanos intelectuales”.

Tengamos muy presente como señala el gato por libre el ex marxista Bernard-Henri Lévy en su Barbarism with a Human Face“Aplíquese marxismo a cualquier país que se quiera y siempre se encontrará un Gulag al final”. Respecto de la social democracia de Eduard Bernstein conviene subrayar que a pesar de su revisionismo respecto de Marx, insiste en el redistribucionismo que significa reasignar factores productivos desde las áreas preferidas por los consumidores hacia las deseadas por los aparatos estatales, con lo que el consiguiente derroche de capital reduce salarios e ingresos en términos reales.

Es de interés remontarse a Marx y tomar su noción de ideología como algo enmascarado, un engaño que oculta otros intereses, por ende, en este contexto, se trata de algo falso que encubre intenciones espurias. En esta línea argumental, toda cultura sería ideológica excepto la marxista que sería transideológica. En un sentido más amplio y de acepción más generalizada, un ideólogo es aquel que profesa un sistema cerrado, terminado e inexpugnable. En otros términos, lo contrario al liberalismo que, por definición, está abierto a un proceso de constante evolución.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Migraciones: existe un derecho a salir (aunque no en algunos países), ¿existe también uno a entrar? (IV)

Por Martín Krause. Publicada el 26/4/17 en: http://bazar.ufm.edu/migraciones-existe-derecho-salir-aunque-no-paises-existe-tambien-uno-entrar-iv/

 

  1. Las barreras a la inmigración violan derechos

En general, todos estamos de acuerdo en que existe un derecho a la “salida”, aunque esto no se verifica en todos los casos, como en Corea del Norte o hasta hace poco en Cuba, y consideramos que poner barreras a esto es una violación del derecho negativo a trasladarse que cada persona tiene. ¿Existe, sin embargo, un derecho a la entrada? Aquí el consenso es mucho menor y la constelación de opiniones que lo niegan va de un extremo al otro del espectro político-filosófico. Por ejemplo, un reconocido libertario como Murray Rothbard, modificó su original visión liberal-clásica en relación a la inmigración (1994) planteando que en un mundo libertario de propiedad privada y ausencia de estado no habría un derecho al libre ingreso en ningún lado que no sea con la aprobación del propietario, como lo es en la actualidad con cualquier tipo de propiedad privada. No ingresamos ‘libremente’ en un barrio privado, en un club o en una casa a menos que el propietario nos lo permita, o nos invite a hacerlo.

¿Se mantiene dicho principio en el caso, como ahora, en que existe un estado? ¿Podríamos interpretar que el estado es una propiedad común de todos los ciudadanos de un país y que, de la misma forma en que no se puede ingresar a una propiedad privada sin el permiso del dueño, en este caso no se puede ingresar a un país sin el permiso de quien ejerce esa propiedad?

El problema aquí es el de considerar al estado como una propiedad común. Porque si tomamos el ejemplo de un barrio privado o de un club, vemos que un ‘extranjero’ puede ingresar como invitado si el propietario individual o el socio del club lo permite; pero en el caso del estado cuando existe una barrera a la inmigración no puede un ciudadano “invitar” a ingresar a nadie. En fin, el problema lleva a cuestiones mucho más profundas que no se podrán considerar aquí, aunque sean bien importantes.

En principio pareciera que una barrera a la inmigración podría violar el derecho del ciudadano a “invitar” a un extranjero a su casa o a entrar en algún tipo de relación con él. Digamos que quiero contratar a un extranjero para que trabaje conmigo, ¿por qué no podría hacerlo? ¿no resulta violado mi derecho a establecer relaciones contractuales con quien desee?

Huemer (2010), va más allá y plantea que eso también viola un derecho del inmigrante, en esencia porque él también tendría un derecho entrar en una relación contractual conmigo, que de esta forma resulta violado:

“La forma en que el gobierno daña a potenciales inmigrantes es excluyéndolos de una cierta área física, y por ello efectivamente excluyéndolos de interactuar en forma valiosa e importante con gente (que no es el gobierno) que se encuentran en la región. Muchos norteamericanos con gusto realizarían intercambios o emplearían a estos potenciales inmigrantes, de una forma que les permitiría a estos satisfacer sus necesidades. El gobierno no solamente rechaza darles bienes a estos potenciales inmigrantes, y no solamente rechaza, él mismo, realizar intercambios con ellos. Realiza un gran esfuerzo y dedica muchos recursos para activamente impedir a norteamericanos que comercien con ellos o los empleen de alguna forma relevante.”

Los contratos libres entre dos o más partes, sin embargo, pueden generar efectos ‘externos’, o externalidades. En este caso, sin embargo, todo daño que pueda ocasionarse por estas circunstancias no es en nada diferente al que pudieran causar contratos similares entre nativos, cuyas consecuencias han de ser asumidas. Existe otros efectos ‘externos’ que suelen plantearse como originados por la inmigración y que no estarían presentes en relación contractos similares entre locales. Veremos algunos de ellos: el impacto en el empleo, en el gasto público, en la seguridad, en la cultura y en las instituciones.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Cristianismo, democracia y capitalismo

Por Gabriel Boragina. Publicado el 12/6/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/06/cristianismo-democracia-y-capitalismo.html

 

A veces se discute vivamente sobre si la democracia es un sistema compatible con el capitalismo, y si no lo fuera, si existe alguna manera o via mediante la cual permitir -al menos- una armoniosa convivencia entre ambos. Al respecto, resulta de interés repasar lo que K. R. Popper escribía en la década del cuarenta del siglo pasado:

“En cuanto al término «liquidar», cabe citar el siguiente exabrupto moderno del radicalismo: « ¿No es obvio que si hemos de llegar al socialismo —de forma real y permanente- debe “liquidarse” (es decir, tornar políticamente inactiva mediante la inhabilitación y, en caso necesario, mediante la prisión) toda oposición de importancia?». Esta notable pregunta retórica se halla impresa en la página 18 del folleto, todavía más notable, de Gilbert Cope, Christians in the Class Struggle, con un prefacio del obispo de Brudford (1942; en cuanto al historicismo de este folleto, ver la nota 4 al capítulo l). El obispo acusa en su prefacio al «actual sistema económico» de «inmoral y anticristiano» y expresa que «cuando una cosa es tan abiertamente obra del mal, nada puede excusar a un ministro de la Iglesia de emplear todas sus fuerzas en su destrucción”. En consecuencia, declara que «este folleto constituye un análisis lúcido y penetrante».”[1]

Sorprende la actualidad del párrafo si es que lo comparamos con nuestro mundo actual, donde -algunas veces más otras veces menos- se sigue discutiendo sobre la misma cuestión, aunque no falten quienes (en realidad abundan) continúan pregonando “el fin de las ideologías”. La cita es interesante porque, a estas alturas, y pese a los desacuerdos, ya casi nadie niega que lo opuesto al capitalismo sea el socialismo. Quizás no se usen con tanta frecuencia estos rótulos (por ejemplo, hoy en día mucha gente prefiere hablar de “populismo” en lugar de socialismo aunque, analizados ambos a fondo, las diferencias sean mínimas y, en muchos supuestos, inexistentes. En todo caso, ya hemos expuesto que el populismo no es más que una clase o derivación del socialismo y, en la peor de las hipótesis, de un neologismo, o una forma más “simpática” de llamar al socialismo). Si bien nos consta que hay muchos cristianos que se oponen al socialismo, no nos resulta tan claro que sean la generalidad, aunque también podríamos asegurar que la mayoría de los cristianos tampoco apoyan al capitalismo. Veamos ahora algo mucho más clarificador respecto de la posición de los socialistas en relación a la democracia:

“No estará de más citar algunas otras frases de ese trabajo. «Dos partidos pueden garantizar una democracia parcial; pero una verdadera democracia sólo puede establecerse mediante un partido único» (pág. 17). «En el período de transición… los trabajadores deben ser conducidos y organizados por un solo partido que no tolere la existencia de ningún otro partido fundamentalmente opuesto al mismo» (pág. 19). «La libertad en el Estado socialista significa que a nadie le está permitido atacar el principio de la propiedad común; por el contrario, todos deben esforzarse por lograr su materialización y funcionamiento más efectivos. La importante cuestión de cómo ha de anularse a la oposición depende de los métodos utilizados por dicha oposición” (pág. 18).”[2]

Se sigue transcribiendo el texto del autor cristiano mencionado al comienzo. No podemos dejar de reflexionar sobre el notable paralelismo que -en el caso argentino- tiene con lo expuesto el accionar del FpV (Frente para la Victoria) de los Kirchner, que gobernaran el país durante un lapso en extremo dilatado. Trataron de gobernar como un verdadero partido único, manteniendo la fachada de una democracia formal que no practicaban y en la que -en el fondo- no creían. O mejor dicho, su visión de la democracia no era otra que la que se describe en el párrafo referido arriba. Sus discursos –asimismo- abundaban en elogios a los trabajadores y a la necesidad de que fuera exclusivamente el matrimonio el que los condujera al bienestar y a la felicidad, y no ninguna otra agrupación política. Hicieron un culto respecto de cómo anular a la oposición, cometido que lograron durante una muy buena parte de su extensa gestión. Y en cuanto a la propiedad común trataron de establecerla en base a subvenciones y subsidios, a la par que violentos ataques a la propiedad individual mediante instrumentos fiscales, controles de precios y exacerbado gasto público. Se hubieran declarado socialistas o no, lo cierto es que como “Al árbol por sus frutos lo conoceréis”, los frutos de su régimen fueron extremadamente similares a los que describe K. R. Popper. En su accionar, parecían creer -con Marx- que el capitalismo constituía una negación en sí mismo:

“«El método capitalista de apropiación… -expresa Marx- constituye la primera negación de la propiedad privada individual basada en el trabajo individual. Pero con la inexorabilidad de una ley de la naturaleza, la producción capitalista engendra su propia negación. Es la negación de la negación. Esta segunda negación… establece… la propiedad común de la tierra y de los medios de producción.»> (Para una derivación dialéctica más detallada del socialismo, véase la nota 5 al capítulo 18.)”[3]

Lo cierto es que, las fortunas personales que acumularon estos populistas-socialistas o popu-socialistas como prefiero llamarlos, es la mejor negación de lo “mucho” que “aman” al socialismo y una excelente afirmación de lo incontable que adoran al capitalismo al que tanto condenan y que no quieren para los demás, pero si para ellos mismos. Las riquezas amontonadas por los popu-socialistas hablan a las claras que -para ellos- el capitalismo no es ninguna “negación”. Por el contrario, se niegan a practicar para si el socialismo con el que se llenan la boca, en tanto no quieren saber nada de “propiedad común” para con sus propias haciendas particulares. Posiblemente Marx fuera sincero en lo que expresaba en la cita transcripta. Lo que no nos cabe ninguna duda es que sus modernos seguidores de ningún modo pueden serlo si es que tiene sus ojos y mentes bien abiertos.

[1] K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidos. Surcos 20. pág.  623

[2] Popper. La sociedad abierta ….ob. cit. Pág. 623

[3] Popper. La sociedad abierta ….ob. cit. Pág. 742

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Una solución de mercado para la Villa 31

Por Adrián Ravier. Publicado el 13/6/13 en http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/06/13/una-solucion-de-mercado-para-la-villa-31/

 El análisis económico nos permite comprender que cuando algo es de todos, en realidad no es de nadie. Y cuando ciertas tierras no son de nadie, aparece lo que la literatura denomina “la tragedia de la propiedad común”, en el sentido de que todos quieren aprovecharse del recurso y comienzan los conflictos.

Ronald Coase, premio Nobel de Economía, ha demostrado directa o indirectamente que la problemática medioambiental, o incluso el problema de ciertas especies en extinción, podría resolverse asignando derechos de propiedad. Una extensión de aquellas ideas también nos permite observar que asignar los derechos de propiedad es la solución de mercado que necesita la Villa 31.

La Villa 31 es un asentamiento que surge en 1932 y desde entonces no ha parado de crecer. Ciertas familias ocuparon los terrenos públicos y construyeron sus casas precarias. Al tiempo tuvieron hijos y cuando éstos se casaron, se les construyó un nuevo hogar en el piso de arriba.

Tal es así que en 2001 el censo mostraba más de 12.000 habitantes y ahora ese número se duplicó. Hay inseguridad y hay tierras que se ganaron a los tiros. La Policía Metropolitana no puede evitar que se ingresen materiales y se sigan construyendo nuevas casas, las que al no tener ningún tipo de regulación ni control (ni privado, ni público) significan un riesgo enorme. Un incendio, por ejemplo, podría crear una catástrofe.

El Gobierno de la Ciudad y el Gobierno nacional no hacen nada al respecto. Como sus antecesores, sólo son observadores de una realidad que los supera. La Villa 31 ha tenido censos y hay buena información respecto de las familias que viven en cada hogar. En los últimos meses incluso se comenzaron a comercializar estas propiedades, sin escritura, pero con boletos de compraventa.

La pregunta que queda es: ¿cómo solucionaría el mercado este problema? Y la respuesta es simple, cuando uno conoce la obra de Ronald Coase. Lo que la Villa 31 necesita es que se asignen los derechos de propiedadLa tierra ya no es pública, es de quienes allí viven. Lo que se necesita es que se les reconozca la propiedad, que el Gobierno nacional o de la Ciudad de Buenos Aires, el que tenga la competencia, les otorgue la escritura, y a partir de ahí surgirán incentivos para mejorar las construcciones edilicias, construir cloacas, agua corriente, servicios públicos, seguridad privada, asfalto de calles, pago de impuestos y todo lo que en las afueras de la Villa 31 resulta normal.

Las ventajas son muy claras, pero ¿cuáles son los riesgos? Quizás se incentive a inmigrantes y a personas sin techo que habitan en la ciudad a tomar otros asentamientos y esperar una solución similar. Pero esto no ocurrirá en tierras privadas, sino en otras tierras públicas.

Mi impresión es que cuanto antes se asignen los derechos de propiedad de las tierras públicas, los problemas asociados a esas tierras se resolverán. El Estado no necesita administrar tierras públicas y la experiencia muestra que cuando lo hace, lo hace mal.

El problema de las viviendas es un problema mundial. Argentina tiene tierras públicas a montones, tanto en la Ciudad de Buenos Aires como en el interior del país. Cuánto se ganaría si a las personas que hoy carecen de propiedad se les asignara un terreno donde construir su hogar.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.