Liberalismo norteamericano

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 30/12/16 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/liberalismo-norteamericano/

 

Los elementos antiliberales han estado siempre presentes en Estados Unidos, pero sobre todo en tiempos recientes, como apunta el economista Robert Higgs en The Independent Review.

Los datos son tan diáfanos como asombrosos. Por ejemplo, hoy los empleados públicos en EE UU superan al conjunto de los trabajadores de su sector industrial. Y la cantidad de regulaciones, controles, prohibiciones, impuestos, subsidios, etc., es la mayor de su historia.

Ante la pregunta de por qué nadie ha protestado de un modo lo suficientemente extenso como para tener relevancia política, dice Higgs: “La respuesta parece ser que el crecimiento del Estado en los últimos 50 o 100 años ha sido lo suficientemente gradual como para que la mayoría de los americanos probablemente piense que así es cómo el Estado de EE UU debiera ser y como ha sido siempre”.

La realidad es justo la contraria. Entre 1800 y 1992 el gasto público en EE UU se multiplicó por 10.000, pero el grueso del incremento se registró en los últimos 40 años.

El gasto público en dólares de 1990 era de 100 millones en 1800, de 600 millones en 1850 y de 8.300 millones en 1900. La explosión llegó en el siglo XX. En 1950 el gasto público total era de 235.100 millones de dólares, y en 1992 de 1,45 billones de dólares.

Esto no tiene que ver con el incremento de la población, porque el crecimiento del Estado superó con mucho el demográfico. Así, el gasto público per cápita pasó en esos mismos años de 15 dólares en 1800 a 4.760 en 1990. Todo esto sin incluir el gasto derivado de la pléyade de regulaciones que dificultan y encarecen la producción de bienes y servicios.

Se dirá que se trata de un gasto público que no es gasto “social”. Falso. El gasto en sanidad era de 100 millones de dólares en 1900 y subió hasta 156.000 millones en 1990. También se disparó notablemente en términos per cápita.

Otra ficción es que en los años considerados “liberales”, básicamente la década de 1980, el crecimiento del Estado se dio la vuelta y se redujo. También es falso: siguió creciendo a escala federal, estatal y local.

La deuda pública explotó: los intereses eran 1.000 millones anuales en 1900, 31.000 en 1960, y 200.000 millones de dólares en 1992.

Se dirá que el gasto benefició a los más pobres. Esto no es así en ninguna parte, y tampoco en EE UU: “más de la mitad de los reciben subsidios públicos tenían rentas por encima de la línea de la pobreza antes de recibirlos”.

Suelo decir que la última vez que el gasto público fue gratis fue con el maná. Desde entonces hay que pagarlo, y lo han pagado los ciudadanos en EE UU. Y cada vez más. En 1930, los trabajadores norteamericanos pagaban un dólar en impuestos por cada ocho que ingresaban. En 1950 pagan un dólar de cada cuatro. Y en 1992 pagaban un dólar de cada tres que ganaban. Si esto es liberalismo, que venga Adam Smith y lo vea.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Unicornios socialistas

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 26/9/16 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/unicornios-socialistas/

 

La ausencia de pensamiento crítico es analizada por Michael Munger en su libro The Thing Itself, de 2015. En efecto, vivimos rodeados de unicornios, legendarios animales que seguramente jamás pensaron que iban a sobrevivir a la Ilustración y llegar vivitos y coleando hasta nuestros días. Y así ha sido, de la mano de nuestros socialistas de todos los partidos, que insisten en que todo es posible, como con los unicornios, que sólo comen del arco iris, pueden ayunar durante años sin dificultad, transportar pesadas cargas sin agotarse “y sus flatulencias huelen como fresas puras y frescas, con lo que estar en un carromato detrás de ellos es un verdadero placer”.

Dirá usted: esto es un disparate, cualquiera sabe que los unicornios no existen. Problema: los socialistas creen firmemente en un gran unicornio: el Estado. Puede que no les gusten los políticos y el funcionamiento real de la democracia, usurpadora y corrupta, o el espionaje, los controles, las prohibiciones, los impuestos, y las mil y una formas en que el Estado viola nuestros derechos y libertades. Pero en todos los casos su “solución” a los problemas del Estado es… ¡más Estado!

Esto es tan absurdo que, como dice Munger, la única explicación lógica es que los intervencionistas realmente creen en los unicornios. Es decir, creen en “un Estado con las propiedades, motivaciones, conocimientos y capacidades que ellos imaginan que debería tener”. Aquello en lo que creen ha sido el objeto de la crítica liberal desde hace tres siglos. Adam Smith habló de que el problema no estribaba en las personas que actúan en el Estado sino en el propio “system of government”. Edmund Burke ironizó sobre los que creen que todo se puede arreglar con unas nuevas elecciones, ignorando los abusos que representa el Estado mismo, y Mises saludó a los pocos que perciben que el conocimiento requerido para muchas reformas es inalcanzable, y añadió: “la mayoría de los hombres soportan el sacrificio del intelecto mejor que el sacrificio de sus fantasías”. Como dijo Hayek: “la curiosa tarea de la economía es demostrar a los hombres lo poco que realmente saben sobre que imaginan que pueden diseñar”.

Según Michael Munger, los liberales pierden mucho tiempo luchando contra los unicornios de los socialistas, porque para ellos el animal es sabio, benevolente y omnipotente. “Decirles que yerran en sus elucubraciones es inútil. Si insistimos en que nuestros adversarios están equivocados sobre las propiedades de un Estado que no existe, o al menos no existe tal como los estatistas fantasean, entonces perderemos la atención de muchas personas que podrían simpatizar con nosotros y que están principalmente interesadas en las consecuencias del Estado. Parafraseando a Hayek, la curiosa tarea de los liberales es persuadir a los demás ciudadanos de que nuestros oponentes son idealistas, porque creen en los unicornios, y entienden muy poco sobre el Estado que imaginan que pueden diseñar.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

¿Qué creerá Kicillof que es el mercado?

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 28/11/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1747407-que-creera-kicillof-que-es-el-mercado

 

En su reciente discurso en la Cámara Argentina de la Construcción, el ministro de Economía, Axel Kicillof, afirmó: “Aunque las políticas públicas sean heterodoxas, no le gusten a los mercados.” y el párrafo sigue, pero en esta nota solo me interesa resaltar la parte de su afirmación en que dice “los mercados”. En primer lugar, llama la atención que un economista, que entiendo fue o es profesor universitario, hable de “los mercados”. Es decir, en plural. Y llama la atención porque no existe tal cosa como los mercados, existe el mercado. ¿Por qué? Porque el mercado no es un lugar físico en que un señor gordo, con una cadena de oro colgando de su bolsillo y un gran habano maneja toda la economía. Eso es para las historietas. Como decía antes, el mercado no es un lugar físico, es un proceso. Un proceso para descubrir cómo asignar eficientemente los escasos recursos productivos para satisfacer la mayor cantidad de necesidades de la gente.

Como economista y profesor universitario, Kicillof debería saber que los recursos productivos, capital y mano de obra, son escasos, en tanto que las necesidades son ilimitadas. El primer problema de la economía es determinar dónde asignar ese capital y mano de obra escasos. Pero para eso tienen que saber qué necesita la gente con mayor urgencia. Dicho de otra manera, necesitan saber cómo valora la gente cada bien de la economía y en ese momento, porque la gente va cambiando el valor que le otorga a los bienes a medida que va consumiendo.

Tal vez Kicillof recuerde el ejemplo que suele darse en clase sobre las porciones de pizza. Una persona con hambre come con muchas ganas la primera porción de pizza. Con algo menos de ganas la segunda, la tercera menos, la cuarta tiene menos valor para la persona y tal vez la quinta ya le produzca repugnancia. Es definitiva, el valor que la persona le otorga a la pizza va cambiando a medida que va consumiendo una porción detrás de otra. El valor que le otorga a los bienes depende de las circunstancias.

Esto es lo que ocurre con la economía todos los días. Hay millones de consumidores que tienen recursos escasos para comprar bienes y servicios pero, al mismo tiempo, van cambiando sus valoraciones. Cuando una persona compra un bien o se abstiene de comprarlo está diciendo cómo valora ese bien. El conjunto de las valoraciones, decisiones de comprar o no comprar, que no es otra cosa que decidir si valoro más el dinero que tengo o el bien que podría comprar, es el que determina los precios del mercado y está en la habilidad del empresario descubrir dónde hay una necesidad insatisfecha para el consumidor.

Él decide qué se produce, en qué calidades se produce, cuánto se produce, a qué precios se vende. La opinión de la gente no importa para el que se considera superior al resto de los seres humanos

La batería de controles de precios, regulaciones, prohibiciones, imposiciones, etcétera muestra que Kicillof no entiende el mercado como un proceso. Es más, no entiende que ese proceso lo hace la gente común. Millones de personas que van fijando los precios al comprar o dejar de comprar. Al no entender que es un proceso democrático y hecho por la gente, Kicillof pretende reemplazar las valoraciones de millones de personas por sus opiniones personales. Él decide qué se produce, en qué calidades se produce, cuánto se produce, a qué precios se vende. La opinión de la gente no importa para el que se considera superior al resto de los seres humanos. Es curioso, porque los kirchneristas, ante el primer planteo dicen: si no les gusta hagan un partido político y ganen las elecciones. Es decir, le dan un valor supremo al voto de la gente al momento de ir a una urna, pero la consideran estúpida al momento de decidir qué tiene que hacer con su dinero.

Por eso vemos un fenomenal fracaso en lo que ellos llaman el modelo. El gran error es creer que son superiores al resto de los habitantes. Que el mercado no es un proceso democrático en el cual la gente vota todos los días comprando o dejando de comprar. Aquí la opinión de la gente no cuenta. Sus valoraciones sobre qué bienes hay que producir no importan. Un burócrata sentado en un escritorio con una planilla excel pretende sustituir a millones de consumidores. Una vanidad que Hayek denominó la pretensión del conocimiento. Y ese es el problema de Kicillof, pretende conocer lo que ningún ser humano ni computadora puede llegar a conocer. Cuáles son y cómo van cambiando las valoraciones de millones de personas. Eso es el mercado.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.