Necesidades, capitalismo y pobreza

Por Gabriel Boragina: Publicado el 22/8/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/08/necesidades-capitalismo-y-pobreza.html

 

La “culpabilidad” del capitalismo en cuanto a la generación y expansión de la pobreza es casi un lugar común en la mente, discursos, diálogos, periódicos, películas, libros y –prácticamente- cualquier expresión cultural o social. Esta tendencia no es “novedosa”, sino que viene desde hace muchísimo tiempo atrás. La condena al capitalismo desde K. Marx hacia aquí se ha convertido en una práctica generalizada en la que personas de todas las condiciones sociales –y sin importar su status- incurren de continuo:

“Los teóricos del welfare, como los Kathedersozialisten alemanes y sus discípulos, los institucionalistas americanos, han publicado miles de volúmenes, detallados catálogos de las insatisfactorias condiciones en que se debate el género humano. Creen así evidenciar las deficiencias del capitalismo. Pero en realidad tales escritos no nos dicen sino lo que todos ya sabemos: que las necesidades humanas son prácticamente ilimitadas y que hay todavía mucho que hacer en bien de la humanidad. Lo que tales publicaciones nunca se preocupan de demostrar es la idoneidad del intervencionismo y del socialismo para remediar los propios males que airean.”[1]

Puede decirse, sin lugar a dudas, que la persistencia de ideas tan equivocadas acerca del capitalismo es lo que agudiza los procesos creadores de pobreza en los distintos rincones del planeta. La doctrina socialista parte de la falsa premisa de un mundo donde todos los bienes necesarios sobran. Con esta base, tan ridícula y traída de los pelos, es que llegan a la “conclusión” de que “el problema económico” encontraría definitiva solución solamente si “personas honestas” se dedicaran a repartir las riquezas que rebosan por doquier. Si fuera cierto que las fortunas crecen en los árboles como parecen opinar tales teóricos, haría tiempo que la pobreza habría sido erradicada definitivamente de la faz de la tierra. No es por la carencia de sistemas legales justos que la pobreza existe aun en vastas partes del mundo, ni tampoco por falta de bien intencionados gobernantes, sino que resulta de la errada plataforma económica en que dichos procedimientos jurídicos se fundan la verdadera causa del fracaso de estos en lograr suprimir la pobreza.

“Nadie duda que, si hubiera mayor abundancia de bienes, todo el mundo estaría mejor. El problema, sin embargo, estriba en dilucidar si, para conseguir la tan deseada abundancia, existe algún método distinto del de acumular nuevos capitales. La ampulosidad verbal del dirigismo deliberadamente tiende a ocultar esta cuestión, la única que en verdad interesa. Pese a hallarse científicamente demostrado que la acumulación de nuevo capital es el único mecanismo capaz de impulsar el progreso económico, estos teóricos gustan de lucubrar en torno a un supuesto «ahorro excesivo» y a unas fantasma­góricas «inversiones extremadas» , aconsejando gastar más y, de paso, restringir la producción. Estamos, pues, ante los heraldos de la regresión económica, ante gentes que, aun sin quererlo, laboran por la miseria y la desintegración social. La comunidad organizada de acuerdo con las normas del paterna­lismo, desde un personal punto de vista subjetivo, podrá parecer justa a determinadas gentes. Pero lo que no ofrece duda es que los componentes de tal sociedad irían pauperizándose progresivamente.”[2]

El capitalismo puede definirse a la sazón como el sistema de acumulación de nuevos capitales y es -como tal- el único que garantiza por ese medio la diminución y posterior eliminación de la pobreza. Hay sólo dos motivos explicables por los cuales existen aun personas que acusan al capitalismo de originar “ganancias excesivas” o “desproporcionadas” (o sinónimos a estas calificaciones) que producen fortuna para unos e indigencia para los demás. La primera de estas razones es que, quienes así piensan, pueden llegar a ser víctimas de una supina ignorancia económica, y cuando se expresan de ese modo hablan entonces desde ella, en tanto que la segunda es atribuirla a una deliberada mala fe en quienes así se pronuncian. A su vez, esta oculta mala fe de quienes saben positivamente que el capitalismo produce bienes copiosos para todos y no a la inversa, puede radicar en dos sub-motivaciones: el hecho de que este segundo grupo de personas no se considera a si misma apta para competir en un sistema capitalista, o bien que siéndolo, padecen de fuertes dosis de envidia respecto de aquellos que mejores (o mayores) aptitudes demuestran en las lides del mercado libre. Sea como fuere, ya se trate del primer conjunto o del siguiente, lo cierto es que, en la medida que tales personas gozan de popularidad y logran convencer de sus falacias a otros incautos, la distorsión que sus ideas socialistas producen en los demás son un verdadero atentando contra el progreso y el desarrollo económicos de sus semejantes y, por carácter transitivo, del pueblo todo.

“La opinión pública del mundo occidental, durante una larga centuria, ha venido creyendo en la real existencia de eso que se ha dado en llamar «la cuestión social» y «el problema laboral». Se pretende, con tales expresiones, convencer a las gentes de que el capitalismo resulta esencialmente dañoso para los intereses vitales de las masas y, sobre todo, perjudicial para trabajadores y campesinos modestos. Siendo ello así, intolerable resulta mantener tan injusto orden económico; impónense las reformas más radicales.

La verdad, sin embargo, es que el capitalismo no sólo ha permitido a la población crecer en grado excepcional, sino que, además, ha elevado el nivel de vida de un modo sin precedentes. La ciencia económica y la experiencia histórica unánimes proclaman que el capitalismo constituye el orden social más beneficioso para las masas. Por sí solos, en tal sentido, hablan los logros del sistema. La economía de mercado no necesita de corifeos ni de propagandistas. Puedan aplicarse las célebres palabras grabadas en la catedral de San Pablo, sobre la losa mortuoria de su constructor, sir Christopher “Si buscas su monumento, contempla cuanto te rodea. “[3]

[1] Ludwig von Mises, La acción humana, tratado de economía. Unión Editorial, S.A., cuarta edición. pág. 1229 a 1231

[2] Mises L. V. La acción humana… ob. Cit. pág. 1229 a 1231

[3] Mises L. V. La acción humana… ob. Cit. pág. 1229 a 1231

 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

La planificación socialista (ahora del siglo XXI) depende de la sabiduría del planificador, que no es mucha

Por Martín Krause. Publicado el 2/8/15 en: https://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2015/08/02/la-planificacion-socialista-ahora-del-siglo-xxi-depende-de-la-sabiduria-del-planificador-que-no-es-mucha/

 

En Junio de 1959, Ludwig von Mises dictó seis conferencias en Buenos Aires. Éstas fueron luego publicadas y las consideramos con los alumnos de la UBA en Derecho. Su segunda conferencia se tituló “Socialismo” y trata ese tema:

“El sistema socialista, sin embargo, prohíbe esta fundamental libertad de uno de elegir su propia carrera. Bajo las condiciones socialistas, hay una sola autoridad económica que tiene el derecho de determinar todos los asuntos concernientes a la producción. Una de las características salientes de nuestra época es que la gente usa muchos nombres para la misma cosa. Un sinónimo para socialismo y comunismo es ‘planificación’. Si la gente habla de ‘planificación’ quieren significar, desde luego, planificación centralizada, lo cual significa un plan hecho por el gobierno, un plan que impide la planificación hecha por alguien que no sea el gobierno.

El individuo planifica su vida, cada día, cambiando sus planes diarios a voluntad. El hombre libre planifica diariamente sus necesidades; dice, por ejemplo: ‘Ayer planeaba trabajar toda mi vida en Córdoba’. Ahora se entera de mejores condiciones en Buenos Aires y cambia sus planes diciendo: ‘En vez de trabajar en Córdoba, deseo ir a Buenos Aires’. Y eso es lo que significa la libertad. Puede ser que esté equivocado. Puede ser que ir a Buenos Aires resulte un error. Las condiciones para él podrían haber sido mejores en Córdoba, pero él mismo hizo sus propios planes.

Bajo la planificación gubernamental, él es como un soldado en un ejército. El soldado no tiene el derecho de elegir su guarnición, el lugar donde hará el servicio militar. Debe obedecer órdenes. Y el sistema socialista – como Karl Marx, Lenin y todos los líderes socialistas lo sabían y lo admitían – edra la transferencia de las normas militares a todo el sistema de producción. Marx hablaba de los ‘ejércitos industriales’ y Lenin preconizaba ‘la organización de todo – el correo, la fábrica y otras industrias – de acuerdo con el modelo del ejército’

Por consiguiente, en el sistema socialista todo depende de la sabiduría, del talento, de las dotes de aquella gente que forma la autoridad suprema. Aquello que el supremo dictador – o su comité – no conoce, no se toma en cuenta. Pero el conocimiento que la humanidad ha acumulado en su larga historia no es absorbido por todos y cada uno; hemos acumulado a lo largo de los siglos una tan grande cantidad de conocimiento científico y técnico, que es humanamente imposible para un individuo conocer todas estas cosas, aunque sea el hombre con las mejores dotes.

Y la gente es diferente, son desiguales. Siempre lo serán. Hay ciertas personas que están más dotadas en un asunto y menos en otro. Y hay gente que tiene el talento de encontrar nuevos caminos, de cambiar las tendencias del conocimiento. En las sociedades capitalistas, el progreso tecnológico y el progreso económico, han adelantado mucho a raíz de esa gente. Si un hombre tiene una idea, tratará de encontrar unas pocas personas suficientemente inteligentes para darse cuenta del valor de su idea. Algunos capitalistas, que se atreven a mirar el futuro, que se dan cuenta de las posibles consecuencias de la tal idea, comenzarán a ponerla a trabajar. Otra gente, al principio, puede decir: ‘Son unos tontos’; pero dejarán de decirlo cuando descubran que esta empresa, que ellos llamaban tonta comienza a florecer, y que la gente está contenta comprando sus productos.

Bajo el sistema marxista, por lo contrario, el supremo ente gubernamental primero debe convencerse del valor de tal idea antes que se pueda continuar y desarrollarla. Esto puede ser una cosa bastante difícil de realizar, ya que solamente el grupo en el más alto nivel – o solamente el supremo dictador – tienen el poder de tomar decisiones. Y si esta gente – debido a la pereza o a su avanzada edad o porque son poco brillantes o poco instruidos – no es capaz de captar la importancia de la nueva idea, entonces el nuevo proyecto no será llevado a cabo.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).