Arabia Saudita, entre el fastidio y la desazón

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 31/10/13 en:  http://www.lanacion.com.ar/1633888-arabia-saudita

La sensación de intimidad que -desde hace décadas- ha caracterizado a las relaciones bilaterales entre Arabia Saudita y los Estados Unidos parece haberse, de pronto, modificado. Aparentemente como consecuencia de la desconfianza que ha generado -en lo más alto del país del Golfo- el camino que recorre el proceso de descongelamiento de la relación entre los Estados Unidos e Irán , consecuencia de las conversaciones relativas al peligroso programa nuclear iraní.

Ocurre que Arabia Saudita exhibe abiertamente una mezcla de fastidio y desazón particularmente por el estado de cosas en la guerra civil que afecta a Siria que -es evidente- la tiene profundamente preocupada. Me refiero al conflicto faccioso, esto es con claros componentes religiosos, que enfrenta en ese país a las dos principales denominaciones islámicas: la de los “sunnis”, contra la de los “shiitas”.

Dos episodios recientes sugieren que algo no anda bien en la relación de Arabia Saudita con sus aliados tradicionales. Primero, la cancelación del mensaje del canciller saudita, Saud al-Faisal, que iba a difundirse desde el podio de las Naciones Unidas con motivo de la reciente Asamblea General. Que no fue reemplazado siquiera por una presentación escrita. Segundo, la sorpresiva -e inédita- renuncia de Arabia Saudita a desempeñarse como miembro “no-permanente” del Consejo de Seguridad, presentada apenas horas después de haber sido electa para ello por la Asamblea General, circunstancia sin precedentes en toda la historia del organismo multilateral.

 

Estas señales deben entenderse como protesta por la impotente pasividad del Consejo de Seguridad respecto de la guerra civil siria, consecuencia de los reiterados vetos de Rusia y China a todo lo que pudiera suponer una intervención del organismo en ella.

A lo que se suma la reciente resolución del Consejo de Seguridad -adoptada luego del acuerdo sobre la forma de eliminar las armas químicas de Siria, que está cumpliéndose de modo que el 1° de noviembre no haya ya instalaciones de producción, ni equipos, que permitan el uso de este tipo de armas de destrucción masiva- que no contiene siquiera una palabra acerca de la responsabilidad que pudiera caber a quienes fueron responsables por lo sucedido el trágico 21 de agosto pasado cuando el uso de esas armas dejara un saldo de 1400 muertos, la mayor parte de los cuales fueron civiles inocentes .

A todo lo que debe adicionarse la desazón saudita por la falta de progreso ostensible en el proceso de paz de Medio Oriente y la disconformidad con lo sucedido en Egipto, donde los sauditas atribuyen a los norteamericanos una inaceptable “traición” a Hosni Mubarak ; así como el haberse luego aliado con la Hermandad Musulmana, de la que los sauditas desconfían; y, peor aún, la de ser responsables de generar el caos actual del país, sin aceptar, como creen los sauditas, que la militar es la mejor opción, al menos por el momento.

La clara actitud de protesta saudita no sólo apunta a los Estados Unidos y a la comunidad internacional, en general, sino también a los 28 millones de almas que componen su propio escenario doméstico.

El reciente almuerzo, en Paris, entre el Secretario de Estado norteamericano y el Canciller saudita no parece haber eliminado la tensión que se advierte en la relación bilateral, que puede derivar en que Arabia Saudita actúe -en más- con alguna independencia respecto de los Estados Unidos. Lo que tiene sus peligros. Curiosamente, con algún mayor grado de acercamiento con la visión de Israel. Dejando además de lado su proverbial discreción en el andar y dando, como ha quedado visto, inusuales muestras de incomodidad e impaciencia.

Mientras tanto, ante los avances de las tropas y milicias del gobierno sirio, Arabia Saudita ha aumentado ostensiblemente la provisión de armamentos (desde Jordania) a la insurgencia siria. Particularmente a las fuerzas que comanda el secular general Idris, desde el sur de su país. Que ahora incluyen misiles antitanques, los que podrían complementarse, en el corto plazo, con misiles antiaéreos.

La crisis siria -que luce como la última batalla de la Guerra Fría- tiene mucho que ver, cabe apuntar, con la competencia entre Arabia Saudita e Irán por el predominio o la hegemonía regional.

Como es sabido, Arabia Saudita, Qatar y Turquía apoyan abiertamente a los insurgentes sirios “sunnis”. En cambio, Irán (a través de su Guardia Revolucionaria, comandada por Qassum Soleimani, un visitante frecuente a Damasco) y el movimiento libanés Hezbollah combaten -codo a codo-junto a las fuerzas alawitas (shiitas) que responden al clan Assad.

La paz en Siria depende no sólo de quienes hoy combaten en su territorio. Sino, además, de lo que, respecto de ella, hagan en su momento los Estados Unidos, Rusia, Arabia Saudita e Irán. Sin la participación y el apoyo de todos ellos difícilmente pueda construirse una paz duradera en Siria. Ni alcanzarse siquiera un cese el fuego sostenible; ni organizarse un flujo eficiente de la ayuda humanitaria; ni comenzar con la repatriación de los refugiados; ni iniciar el regreso ordenado a sus hogares de los millones de desplazados. Ni, menos todavía, construir mecanismos que permitan la democratización de Siria y aseguren el resguardo de las diferentes identidades religiosas en pugna.

Lo cierto es que el proceso de paz de Siria está empantanado. Desde la primera reunión -en junio de 2012- no se han registrado avances significativos, con independencia de lo sucedido en el tema de las armas químicas, que no es menor. El actual gobierno sirio, para complicar aún más las cosas, acaba de acusar directamente a Arabia Saudita de ser ella la responsable de la masacre con armas químicas del 21 de agosto pasado, en las afueras de Damasco.

Para Arabia Saudita el gran desafío en el corto plazo es el de poder organizar el caos en que está sumida la oposición, sin por ello robustecer al fundamentalismo. Una tarea de altísima complejidad, entre otras cosas, porque entre los jóvenes “jihadistas” que combaten en Siria (estimados en varios miles) hay casi un millar de ciudadanos sauditas.

La relación cercana entre Arabia Saudita y los Estados Unidos por todo esto se ha enfriado. Hay una notoria actitud de desconfianza saudita respecto del acercamiento del país del norte con Irán y mucha preocupación por el resultado final de un proceso complejo, del que Arabia Saudita no es parte.

Por todo esto, la decisión saudita ha sido la de distanciarse del accionar norteamericano, al menos en lo que tiene que ver con el conflicto faccioso que, desde Siria, se proyecta a todo el mundo islámico. Cabe preguntarse si ha sido acertada. Mucho hubiera podido hacer, en términos de influencia, desde el Consejo de Seguridad, pero Arabia Saudita -quizás cargada con demasiada emoción- ha abandonado esa opción. La indignación, por justificada que quizás pueda ser, suele no ser buena consejera. Por esto Arabia Saudita debería reconsiderar sus posturas, evitar las acciones unilaterales de las que luego pueda arrepentirse y volver a trabajar de consuno con la comunidad internacional en Siria.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Un buen primer paso

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 23/10/13 en: http://www.lanacion.com.ar/1631447-un-buen-primer-paso

Las reuniones realizadas en Ginebra la semana pasada con relación al programa nuclear iraní parecen haber sido una suerte de buen primer paso en el recorrido que será necesario para consensuar una solución adecuada respecto de la grave preocupación de la comunidad internacional sobre el programa nuclear iraní en marcha. Más concretamente, sobre su capítulo de enriquecimiento de uranio.

En un gesto, que debe entenderse como una expresión de cordialidad, el nuevo canciller de Irán, Mohammad Javad Zarif, abrió los dos días de conversaciones con una presentación de una hora, realizada en inglés (en lugar del farsi, como sucediera siempre en el pasado) utilizando un power point para explicar mejor el contenido de la propuesta inicial de compromiso que Irán ha puesto sobre la mesa.

Los seis países de la comunidad internacional que son sus interlocutores en esta particular cuestión (los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, más Alemania, denominados: “P5+1”) confirmaron que la propuesta iraní fue realizada en una atmósfera distinta a las anteriores. Positiva y franca. Y con contenido sustancial.

Los iraníes insisten, probablemente para consumo interno, en que su propuesta está basada en el edicto del Ayatollah Ali Khamenei, por el cual se prohíbe la producción y el uso de armas atómicas. Y han titulado a su propuesta, muy sugestivamente, como: “Un final para una crisis innecesaria y el comienzo de horizontes frescos”.

En esencia, se trata de analizar la actual capacidad iraní de refinar uranio, que ha crecido mucho desde que existen unas mil centrífugas modernas que refinan en la ciudad de Natanz y, aparentemente, algunos miles adicionales (con centrífugas algo menos modernas) que lo hacen en instalaciones subterráneas a las que se conoce como la planta de Fordo, emplazadas en las inmediaciones de la ciudad sagrada de Qum.

Hasta ahora, Irán habría acumulado unos 185 kilogramos de uranio enriquecido al 20% de pureza (aquel que supone poder rápidamente enriquecer uranio a niveles de más del 90% de pureza, con los que se genera el peligroso uranio enriquecido apto para producir armas nucleares). En general, se supone que, para estar en condiciones de poseer una bomba nuclear, se necesitan unos 240 kilogramos de uranio enriquecido al 20%. Irán está entonces muy cerca de ello. Para mediados del año próximo podría ya haber alcanzado los 250 kilogramos. El uranio enriquecido, cabe recordar, puede utilizarse tanto con fines pacíficos como para usos militares.

Preocupa asimismo la construcción de un reactor de agua pesada en Arak, a unos trescientos kilómetros al sur de Teherán, que podría producir plutonio, que es otro posible camino para las armas atómicas. También la negativa de permitir inspeccionar nuevamente la base militar de Parchin, al sur de Teherán, donde se sospecha que Irán habría producido detonadores para armas nucleares.

Pese a que existe una total reserva sobre los detalles concretos de la propuesta iraní, ha trascendido que ella supone aceptar límites verificables tanto a la producción como a la pureza del enriquecimiento, aunque contra el reconocimiento explícito del derecho iraní a enriquecer uranio.

En contrapartida, Irán estaría solicitando el rápido levantamiento de las sanciones económicas que han deteriorado enormemente su economía al ponerla efectivamente fuera del sistema financiero internacional, lo que ha reducido a la mitad su capacidad de exportar petróleo, alimentado además una inflación galopante y generado una altísima tasa de desempleo, con el consiguiente descontento popular.

El acuerdo entre las dos partes podría alcanzarse, aparentemente, en un calendario de seis meses con una “hoja de ruta” que permitiría verificar -con la necesaria transparencia- los avances que, paso a paso, se vayan logrando.

Es evidente que la conducta pasada de Irán a lo largo de una desgastante década, caracterizada por las dilaciones, los engaños y la falta de sinceridad, no ayuda para nada. Por esto, los Estados Unidos están estudiando un auxilio financiero que, en lugar de levantar las sanciones, se edifique sobre la liberación progresiva de los billones de dólares que ya han sido congelados a los iraníes. Mientras tanto, lo cierto es que el Congreso norteamericano sigue adelante con lo que sería una nueva “vuelta de torniquete” a las sanciones existentes, que supondría nada menos que reducir a cero las exportaciones iraníes de crudo. Convencido, por cierto, de que ellas -por efectivas- son las que, concretamente, han finalmente obligado a Irán a negociar.

Las conversaciones se reanudarán el 7 y 8 de noviembre próximo, siempre en la ciudad de Ginebra. Mientras tanto, los técnicos de ambas partes trabajan aceleradamente sobre todos los detalles y acciones que requiere poner en operatividad la propuesta formulada.

Una reunión lateral adicional, entre el vicecanciller iraní, Abbas Araghchi, y la negociadora norteamericana, Wendy Sherman, sugiere que existe una clara disposición para trabajar con apertura y con buen ritmo para materializar un acuerdo.

Aun cuando falta mucho para edificar una solución que resulte eficiente y satisfactoria para todos, lo cierto es que, esta vez, el ambiente de la negociación es muy distinto. Del lado iraní, la cordialidad de la administración del presidente Hassan Rohani ha reemplazado a la arrogante -y hasta desagradable- prepotencia que, en cambio, caracterizara a la del ex presidente Ahmadinejad. En general, lo que lucía como una actitud de suma desconfianza y rigidez tiene ahora perfiles de alguna flexibilidad y buena disposición para avanzar sin demoras. Por ello la esperanza empieza a estar, de pronto, respaldada por los hechos. No es poco.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

La otra línea roja

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 25/9/13 en: http://www.lanacion.com.ar/1623154-la-otra-linea-roja

En los últimos años, el presidente norteamericano, Barack Obama, trazó dos claras “líneas rojas”. Cruzarlas, dijo, es inaceptable para los Estados Unidos.

La primera de esas “líneas rojas” es la que tiene que ver con el uso de armas químicas por parte de Siria. Al respecto, la diplomacia parece -al menos por el momento- haber podido evitar, aunque agónicamente, las acciones militares con las que amenazara el presidente Obama.

Hay, sin embargo, una segunda “línea roja”. La que se vincula con la posibilidad de que Irán de pronto se transforme en una potencia militar dotada de armas nucleares. Lo que también sería inaceptable para Obama. Y además para Israel, ciertamente. Tema éste que está lejos de haber sido resuelto o de estar siquiera medianamente encarrilado.

CAMBIOS EN EL ESCENARIO

No obstante, lo hasta ahora sucedido en Siria parece haber abierto algunas opciones también para el caso iraní. Porque lo sucedido respecto de la posibilidad concreta de que los Estados Unidos pudieran utilizar la fuerza en Siria ha tenido algún reflejo en la cuestión iraní.

Después de años de permanentes desencuentros, hay ahora posibilidades para que la comunidad internacional e Irán puedan comenzar a dialogar seriamente sobre cuáles pueden ser las opciones o alternativas de solución para resolver la cuestión nuclear iraní.

Han aparecido entonces, simultáneamente, dos oportunidades para el presidente Obama. Una respecto de la guerra civil que azota a Siria y otra con relación a Irán. Ambas están sobre la mesa. Con sus riesgos y oportunidades. La cuestión siria está en marcha. Tiene plazos y están dándose algunos pasos iniciales indispensables, ya acordados. La oportunidad para resolver la situación iraní no ha comenzado a moverse. Es más, recién empieza a consolidarse como posibilidad.

Irán está, recordemos, debilitada por un esquema riguroso de sanciones económicas y financieras impuestas progresivamente a lo largo de los últimos cinco años. Como consecuencia, en los últimos tiempos han caído severamente las ventas de petróleo iraní al exterior, sumergiendo a la economía de Irán en dificultades serias.

EL IMPACTO SOBRE IRÁN DE LO SUCEDIDO EN SIRIA

Las crisis siria e iraní tienen -como se ha dicho- alguna correlación. Porque en ambos casos existe la sensación de que -por las marchas y contramarchas del presidente Obama respecto del posible uso de la fuerza (los misiles “Tomahawk”) y la ostensible falta de apoyo de su Congreso y del pueblo norteamericano- aun si la diplomacia fracasara, la posibilidad del uso de la fuerza por parte de los Estados Unidos es ahora algo más remota.

A su vez, si la diplomacia tiene éxito en Siria, las posibilidades respecto de poder encauzar las conversaciones con Irán, ciertamente complejas, aumentan. Si los sirios, en cambio, terminan burlando de alguna manera a los Estados Unidos -y a Rusia- la posibilidad de avanzar en la cuestión iraní puede complicarse mucho.

UNA SEMANA DECISIVA

Por esto, lo que ha ocurrido esta semana respecto de esos temas puede ser decisivo. Los discursos desde el podio de las Naciones Unidas de los presidentes de los Estados Unidos e Irán, aunque cautelosos, alimentan la esperanza de un diálogo fecundo. El inicio de conversaciones con Irán puede entonces ser una cuestión de tiempo. Lo normal sería comenzar con reuniones preparatorias previas, a nivel de representantes diplomáticos, antes de un eventual encuentro “cumbre”, entre los dos presidentes.

Irán, a diferencia de Siria, tiene apuro. Porque procura que se levanten -lo más rápidamente posible- las sanciones económicas y comerciales que tanto daño le están haciendo. Ellas han sido efectivas: Si las sanciones en lugar de desaparecer se endurecen, como pretende el Congreso norteamericano, las ya mermadas exportaciones de crudo iraní podrían reducirse aún más, con las consecuencias adversas para la economía iraní.

Irán -a la manera de carta de presentación y demostración de buena voluntad- liberó a un número reducido de presos políticos. Aunque no a los principales líderes reformistas.

Lo cierto es que el presidente Obama envió a Irán -tres semanas atrás- una carta de apenas una página y media, cuyo contenido específico no se conoce. Pero se cree que allí se sugeriría la posibilidad de conversar y hasta de morigerar las sanciones, contra una conducta iraní clara, sin ambigüedades, transparente y seguida por el cumplimiento -inmediato- de lo comprometido. Todo lo contrario de lo que un Irán hasta hoy recalcitrante, ha venido haciendo a lo largo de desgastantes años de chicanas, de toda suerte de engaños, y de permanentes demoras e incumplimientos.

Además, por razones que tienen que ver con la conducta pasada de Irán, nada será presumiblemente inmediato. Ni tampoco instantáneo. Ni automático. Pese a la referida urgencia iraní. Porque la confianza recíproca no existe.

La respuesta iraní a la carta de Obama fue rápida y breve, de apenas otra página y media. Pero el tono de ambas cartas parece haber sido diferente al de los últimos tiempos. Especialmente respecto del estilo propio del belicoso ex presidente Ahmadinejad. Un sello más abierto, componedor y, en líneas generales positivo, ha aparecido. Los discursos en la Asamblea General de las Naciones Unidas confirman la aparición de un nuevo clima.

El mandatario iraní, Hassan Rohani, por lo demás, se ha mostrado profusamente al público norteamericano. Confiando en que logrará proyectar una imagen distinta, la de la moderación. Saliendo del aislamiento.

Para ello pronunció no sólo el mensaje tradicional desde el podio de la Asamblea General de las Naciones Unidas, sino que además organizó una presentación en el influyente Council of Foreign Relations, otra en la Asia Society y, además, una entrevista televisiva, presentado por Charlie Rose.

A todo ello ha precedido un artículo suyo publicado en el The Washington Post, en el que propone actuar con espíritu constructivo y, sobre todo, no dejar pasar lo que el presidente Rohani define como una oportunidad clara para alcanzar acuerdos después de una década de constantes desencuentros.

UN INTERROGANTE A DEVELAR

El gran interrogante que debe superarse es el de saber si el Líder Supremo de Irán -su máxima autoridad real desde 1989- el Ayatollah Ali Khamenei, está o no consustanciado con la estrategia que desarrolla Rohani.

Ocurre que hasta ahora Khamenei siempre condicionó toda negociación a tres requisitos: (i) que las negociaciones se lleven adelante en un “espíritu de respeto mutuo e igualdad”; (ii) que se dejen de lado ex ante las medidas sancionatorias con las que hoy se presiona a Irán y (iii) que los Estados Unidos aseguren que no buscan un “cambio de régimen” en Irán.

Esos condicionamientos tradicionales eran una constante. Esta vez, sin embargo, no se han enunciado. Al menos, por ahora. Como si no se quisiera enfrentar el riesgo de abortar -de inicio- una oportunidad que se considera importante que acaba de abrirse. Y como si lo que el propio Khamenei llama “una nueva era para el mundo” posibilitara hoy lo que hasta ayer era imposible.

Esta postura del Líder Supremo iraní coincide con otra adoptada por él públicamente. La aprovechada por el Ayatollah Khamenei con motivo del tradicional discurso anual en Mashaad, con el que Irán festeja la llegada de su año nuevo. Este año, con tono de moderación, Khamenei dijo no oponerse al inicio de conversaciones con la comunidad internacional que, sostuvo, deben estar sometidas a un solo y único condicionamiento: el reconocimiento de que Irán tiene derecho a enriquecer uranio para fines pacíficos.

El problema obviamente pasa por poder verificar adecuadamente lo antedicho, en un país conocido como incumplidor, sin confiabilidad, que exporta violencia y terrorismo y del que la comunidad internacional recela, por buenas razones. Seguramente sin proponérselo, nuestra Presidenta, al reclamar una vez más el cumplimiento por parte de Irán del lamentable acuerdo alcanzado sobre la AMIA, sólo ha confirmado que, respecto de Irán, la confiabilidad no puede presumirse.

Pero lo cierto es que ambas partes parecen suponer que ha aparecido una interesante oportunidad para resolver diplomáticamente la cuestión del peligroso programa nuclear iraní y que el desafío -para ambas- es el de tratar de aprovecharla y no desperdiciarla ab initio.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.