Las bondades del ahorro

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 1/3/16 en http://independent.typepad.com/elindependent/2016/03/las-bondades-del-ahorro.html

 

En la Argentina de hoy, como en tantos otros momentos de la historia, se debaten con intensa pasión los temas que inquietan a la ciudadanía toda: holdouts o buitres; shock o gradualismo; inflación o la paz de los cementerios (como recordara la tristemente célebre Felisa Miceli, quien aún conserva en su haber dos extraños “privilegios”: única mujer Ministro de Economía de la Nación y, también, única condenada en el cargo), liberalismo o intervencionismo, en una vasta agenda de diferentes temas.

Justamente, intentar abordar con objetividad y apoyo teorético determinado asunto requiere de algunos contenidos básicos de la ciencia económica. Por ejemplo, según la ortodoxia, el producto bruto es igual a la renta que se percibe en la economía. La renta, por su parte, una vez que se completan las transferencias y deducen los impuestos, se reparte entre el consumo y el ahorro. Dicha expresión establece la identidad contable que constituye el punto de partida sobre el cual se asume la existencia de un único nivel de producción de equilibrio, en el que la demanda agregada de bienes y servicios es igual al nivel de producción.

La forma en que las familias reparten su ingreso entre consumo y ahorro es, sin duda, una de las decisiones económicas claves que deben tomar las personas, ya que afecta al bienestar económico a lo largo del tiempo. Si las familias optan por consumir más en el presente, consecuentemente ahorran menos y, concatenado con ello, consumirán menos en el futuro. A nivel agregado, el efecto acumulativo, determinará la tasa de crecimiento.

El ingreso disponible percibido por las economías domésticas representa la tasa de ingreso que reciben y esperan poder consumir o ahorrar. El consumo no conduce a ninguna acumulación de existencias, mientras que el ahorro provoca el crecimiento de la riqueza de las economías domésticas a cierta tasa por unidad de tiempo.

Las decisiones de mención se toman en el marco del sistema de información proporcionado por los precios. De hecho, la función principal de los precios es la de comunicar, lo más rápidamente posible, las señales de cambio que los individuos no pueden conocer y con arreglo a los cuales deben ajustar sus planes.
Pero los precios actuales pueden también conducir a error si son causados por sucesos que no se repiten, como entradas y salidas temporales de dinero en el sistema. Las más importantes y repetidas equivocaciones de este tipo ocurren cuando los fondos disponibles para la inversión aumentan sustancialmente por encima, o disminuyen sustancialmente por debajo, de las cantidades transferidas del consumo, al ahorro y la inversión.

Es decir, las proporciones entre el consumo y el ahorro sólo pueden cambiar como resultado de modificaciones de la cantidad efectiva de dinero. Por el contrario, cuando los cambios en la distribución social en favor de la creación de capital son el resultado de modificaciones de la actividad de ahorro individual, se perpetúan automáticamente.

Como se sabe, los gestores del ciclo político finalizado el 10 de diciembre lucharon denodadamente para estimular el consumo o el lado de la ecuación que intentó fomentar el bienestar presente a expensas del futuro. ¡Pero el modelo se agotó!, consumió las existencias de capital necesario para atender a fines más remotos en pos de lo más urgente, y dio por hecho sojuzgar cualquier atisbo de reservar una parte de los ingresos ordinarios con vistas a un mayor consumo futuro.

Ahora, el gran desafío del presidente Macri es crear las condiciones para que el ahorro, interno o externo, sin importar su origen, regrese al país y se traduzca en inversiones. El capital es el único factor determinante de ingresos y salarios, pues, mediante equipos y herramientas, oficia de soporte logístico para incrementar la productividad del trabajo.

En el enfoque Mises-Hayek, un aumento de la tasa de ahorro genera dos efectos importantes: un efecto demanda derivada (basado en la idea keynesiana de que un aumento del ahorro sólo se traduce en una reducción del consumo y de la producción) y un efecto descuento temporal (porque los individuos ahorran con la finalidad de incrementar su consumo futuro prestando dinero a cambio de una rentabilidad. Un aumento de la oferta de fondos prestables se traduce en un descenso del tipo de interés).

En la exacerbada mirada cortoplacista de un mundo keynesiano (con quien se identificaba el exministro Axel Kicillof, pero también simpatiza Prat Gay), solo se advierte el efecto demanda derivada. La conocida “paradoja de la frugalidad”, “paradoja de la austeridad” o “paradoja del ahorro” establece que un incremento del ahorro, bajo determinadas condiciones, reduce la renta nacional.

Pero, al contrario que en el enfoque keynesiano, los dos efectos pueden moverse en direcciones opuestas. Un descenso del consumo presente, no implica necesariamente una reducción de la producción y de la demanda de trabajo a través del efecto demanda derivada. Más bien, por medio de su influencia sobre el tipo de interés, señaliza un incremento del consumo futuro que favorece el desplazamiento de inputs desde las últimas etapas del proceso productivo (orientadas hacia el consumo presente) hacia las primeras (orientadas hacia el consumo futuro). A este resultado se llega a través del llamado efecto descuento temporal. Finalmente, el efecto descuento temporal domina al efecto demanda derivada favorecido por las bondades del ahorro.

El autor es Doctor en Economía y máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), profesor titular e investigador en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.

La manía de la medición y las estadísticas

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 21/3/14 en: http://independent.typepad.com/elindependent/2014/03/la-man%C3%ADa-de-la-medici%C3%B3n-y-las-estad%C3%ADsticas.html

 

Parecería que si no se pueden medir resultados éstos no existen o se los subestima sin percatarse de otra dimensión no cuantificable que es en definitiva la que marca el propósito de las acciones humanas. Es cierto que el cálculo económico en general y la evaluación de proyectos en particular son indispensables al efecto de conocer si se consume o si se incrementa el capital. De allí es que resulta indispensable la institución de la propiedad privada y los consiguientes precios de mercado, sin cuya existencia se opera a ciegas.

Pero no es menos cierto el abuso de las mediciones en teoría económica. Incluso en la pretendida ilustración de las transacciones comerciales, el signo igual es inapropiado puesto que los precios expresan pero no miden el valor. El precio es consecuencia de valorizaciones distintas y cruzadas entre compradores y vendedores de lo contrario no habría operación alguna. El vendedor valora en más el dinero que recibe que la mercancía o el servicio que entrega y al comprador le ocurre lo contrario.

Además “medir” valores a través de precios en rigor significaría que si una mesa se cotiza en mil media mesa se debiera cotizar en quinientos cuando en verdad pude muy bien traducirse en un valor nulo y así sucesivamente. La medición requiere unidad de medida y constantes (por ese motivo -en “The Place of Mathematical Reasoning in Economics”-  Paul Painlavé concluye que “medir el valor de algún objeto resulta imposible”). Asimismo, la expresión algebraica de “función” no es aplicable en el ámbito de la ciencia económica puesto que conociendo el valor de una variable no permite conocer el de otra. Tampoco es pertinente recurrir a las llamadas “curvas de indiferencia” al efecto de ilustrar elecciones puesto que toda acción implica preferencia ya que la indiferencia es la negación del actuar. Ni siguiera es aceptable recurrir a las “curvas” de oferta y demanda puesto que significa el tratamiento de variables continuas cuando la acción inexorablemente significa variables discretas.

En otros ensayos y artículos me he referido a los graves problemas referidos a la “renta nacional” y al “producto bruto”, al supuesto de considerar producción-distribución como fenómenos susceptibles de escindirse y a las falsedades inherentes al modelo de “competencia perfecta”, pero en esta oportunidad no tomaré espacio para ese análisis ya efectuado con insistencia, para en cambio aludir a aquella otra dimensión no cuantificable a que me referí al comienzo.

En realidad, todas las acciones (y no digo humanas puesto que sería una redundancia ya que lo no humano no es acción sino reacción) apuntan a satisfacciones no monetarias. Incluso para quien el fin es la acumulación de dinero, puesto que la respectiva satisfacción siempre subjetiva, no puede manifestarse en números cardinales, solo ordinales pero personales ya que son imposibles las comparaciones intersubjetivas.

En nuestro léxico convencional podríamos decir que esta dimensión no sujeta a medición alguna se refiere al rendimiento o la productividad psíquica. Por ejemplo, se compra un terreno para disfrutar de las puestas de sol debido a que esa satisfacción posee para el comprador un valor mayor que el dinero que entregó a cambio, pero no resulta posible articular la medida de ese delta y lo mismo ocurre con todo lo adquirido. En otros términos, lo más relevante no está sujeto a medición.

Esto es lo que confunde y altera a los megalómanos planificadores que se manejan a puro golpe de cifras que aunque fueran fidedignas no cubren lo medular del ser humano. No deja de ser curioso que esta inundación de estadísticas se pretenden refutar con otras, lo cual no va al meollo del asunto. Es en este sentido que Tocqueville escribe que “El hombre que le pide a la libertad más que ella misma, ha nacido para ser esclavo”. Por eso es que las cifras globales (llamadas macroeconómicas) son, en última instancia, intrascendentes puesto que en liberad simplemente serán las que deban resultar. Este es el significado de la sentencia de James Buchanan en cuanto a que “mientras el intercambio sea abierto y mientras se excluya la fuerza y el fraude, el acuerdo logrado, por definición, será calificado como eficiente”. Por esto mismo es que Jacques Rueff repetía en que no deben compilarse estadísticas del sector externo “puesto que constituyen una tentación para los gobiernos de intervenir, en lugar de permitir las ventajas que proporciona la libertad”.

Desde luego, lo dicho no es para eliminar las estadísticas, sino, por un lado, para diferenciar las relevantes de las irrelevantes y, por otro, mostrar que aunque se recurra a veces a números como circunstancial apoyo logístico (todos los economistas lo hacemos pero lo dramático es cuando se revela que eso es lo único que hay en la alforja), lo transcendente no radica allí puesto que hay un asunto de orden previo o de prelación que apunta a lo no cuantificable en lo que se refiere a la esfera del aparato estatal y dejar que en el sector privado se compilen las series que se conjetura requiere la gente.

A título de anécdota, señalo que cuando Alfredo Canavese de la Universidad Di Tella, por entonces colega en la Academia Nacional de Ciencias Económicas en Buenos Aires, solicitó mi nombre para una declaración contra las manipuladas cifras oficiales del INDEC en la Argentina, le manifesté que las tergiversaciones oficiales producirían como resultado positivo la preparación de índices por parte del sector privado lo cual esperaba termine con los números estatales que exceden su misión específica con el correspondiente ahorro de recursos de los contribuyentes y que los gobiernos se circunscriban estrictamente a las cuentas de las finanzas públicas, liberando energía para controlar al siempre adiposo Leviatán.

Preciso un poco más la idea: en el supuesto de que el gobierno pudiera hacer multimillonarios a todos (irreal por cierto si tenemos en mente ejemplos de sociedades iguales pero con regímenes distintos como era Alemania Occidental y Alemania Oriental o como es hoy Corea del Sur y Corea del Norte), nada se ganaría si simultáneamente la gente no puede elegir que productos comprar del exterior, si los padres no puede elegir las estructuras curriculares que prefieren para la educación de sus hijos, si no se puede elegir el contenido de los periódicos, las radios y las televisiones, si no se puede afiliarse o desafiliarse a un sindicato sin descuentos coactivos de ninguna naturaleza, si no se puede profesar el culto que cada uno prefiera sin vinculación alguna con el poder, si no se cuenta con una Justicia independiente, si no se puede pactar cualquier cosa que se estima pertinente sin lesionar derechos de terceros, etc. etc. Como en el cuento de Andersen, de nada vale que ingresen al bolsillo de cada uno miles y miles de kilos de oro si se ha vendido la liberad, es decir, la condición humana.

Es clave comprender y compartir el esqueleto conceptual de la sociedad abierta, las estadísticas favorables se dan por añadidura. Por el contrario, si se tratara de demostrar las ventajas de la libertad a puro rigor de estadísticas ya hace mucho tiempo que se hubiera probado su superioridad, el asunto es que, en definitiva, con cifras no se prueba nada, las pruebas anteceden a las series estadísticas, el razonamiento adecuado es precisamente la base para interpretar correctamente las estadísticas. Es por eso que resulta tan esencial la educación en cuanto a los fundamentos éticos, jurídicos y económicos de la sociedad libre y no perder el tiempo y consumir glándulas salivares y tinta con números que desprovistos del esquema conceptual adecuado son meras cifras arrojadas al vacío.

En resumen, el oxígeno vital es la libertad, si los debates se centran exclusivamente en las cifras se está desviando la atención del verdadero eje y del aspecto medular de las relaciones sociales. Como bien ha escrito Wilhelm Röpke en Más allá de la oferta y la demanda: “La diferencia entre una sociedad abierta y una sociedad autoritaria no estriba en que en la primera haya más hamburguesas y heladeras. Se trata de sistemas ético-institucionales opuestos. Si se pierde la brújula en el campo de la ética, además, entre otras muchas cosas, nos quedaremos sin hamburguesas y sin heladeras”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.