El debate objetivismo-subjetivismo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 26/4/18 en: https://www.elcato.org/el-debate-objetivismo-subjetivismo

 

En una oportunidad participé de una acalorada discusión entre quienes se decían partidarios de la Escuela Austríaca y los que se identificaban como randianos (partidarios de Ayn Rand). Antes de intervenir naturalmente presté debida atención a lo que cada uno alegaba. Después de un rato me percaté que argumentaban en una dirección perfectamente conciliable, la confrontación se debía a que argumentaban en planos bien distintos. En realidad la coincidencia era plena, por lo menos en este tema ya que en otros hay discrepancias de fondo.

Unos sostenían que las cosas son independientemente de lo que circunstancialmente se opine que son y los otros mantenían que el valor de las cosas depende de criterios subjetivos. Efectivamente, una cosa es me gusta o no me gusta, prefiero o no prefiero y otra son las propiedades de las cosas que siguen siendo tales no importa como se las describa.

En otros términos, en este caso y circunscripto a este tema, a ambos lados les asistía la razón solo que el aparente enfrentamiento, como queda dicho, era debido a que estaban apuntando a planos distintos. Como veremos enseguida,  el problema serio reside en el subjetivismo y el objetivismo radicales y no en lo que se pretendía debatir en esa ocasión.

Es pertinente recalcar que el relativismo epistemológico no solo convierte en relativo al propio relativismo sino que elimina de un plumazo toda posibilidad de investigación ya que no habría nada que investigar, solo gustos dispares y circunstanciales.

En esta línea argumental debe subrayarse que el conocimiento tiene el carácter de la provisionalidad sujeto a posibles refutaciones. No es que no haya verdades que aprehender, sino que la faena es de prueba y error en un proceso evolutivo que no tiene término. Somos seres imperfectos y limitados por lo que nunca llegamos a una meta final en el conocimiento puesto que la ignorancia siempre será mayor de lo que logramos conocer.

Respecto del subjetivismo, reiteramos que una cosa es la teoría del valor donde cada uno tiene sus gustos y preferencias y otra cosa es lo que se ha denominado un “subjetivismo radical” que puede ejemplificarse con economistas (que en otras áreas han realizado contribuciones importantes a la economía) como George L. S. ShackleLudwig M. LachmannDon Lavoie y Alexander H. Shand quienes con mayor o menor énfasis sostienen que lo subjetivo lo abarca todo puesto que no solo el valor es subjetivo sino las características de las cosas también lo son. Desde esta perspectiva las cosas son según lo que cada cual piensa que son, incluso la comprensión en la comunicación es subjetiva (al contrario de lo que nos han enseñado maestros como Umberto Eco John Ellis respecto de los textos, sobre lo que he escrito antes en detalle).

En otra oportunidad también he escrito sobre los ejes centrales del subjetivismo radical que ahora reitero parcialmente. Pensamos que de los autores mencionados en este problema medular del radicalismo subjetivista, quien mejor resume el tema es Don Lavoie por lo que brevemente centramos nuestra atención en su pensamiento que pretende vincular su tesis a la antes mencionada Escuela Austríaca.

En uno de sus ensayos de mayor significación (“Understanding Differently: Hermeneutics and the Spontaneus Order of Comunicative Process”) aparece como acápite un dictum del hermeneuta Hans-Georg Gadamer en el que Lavoie se inspira: “Por tanto, la comprensión no es un procedimiento de reproducción sino más bien uno productivo […] Es suficiente decir que uno entiende de modo diferente cuando uno entiende como tal”. En aquél ensayo de Lavoie en el que conecta el tema a la economía, mantiene que su enfoque “implica el tratar las acciones humanas como ‘textos’ sujetos a interpretación. En este plano encontramos no sólo el tema de cómo los economistas entienden las acciones de los agentes de la economía, sino también el tema de cómo los agentes se entienden unos a otros”.

A continuación Lavoie la emprende contra quienes sostienen que el hermeneuta debe tomar el texto como un proceso de copia, lo más cercano a lo que es un scanner puesto que dice que la comunicación no es un proceso de suma cero por el que se reubica información sino de suma positiva, “un proceso creativo”, ya que no se trata de un fenómeno pasivo. Según este criterio se trata de un proceso de “dar y recibir”, un fenómeno bidireccional y no meramente unidireccional.

Para utilizar un concepto muy central a la teoría de los juegos, la comunicación genera un resultado de suma positiva pero, aunque parezca paradójico, en base a lo que, dentro de lo posible, resulte lo más cercano a la suma cero de los mensajes que se intercambian. Nunca aparecería la suma positiva si cada uno interpreta cosas distintas de lo que el otro quiere significar. La conversación fructífera  nada tiene que ver con la atrabiliaria idea de interpretar el mensaje como le venga a uno en gana, porque entonces no sería un proceso de “dar y recibir” puesto que lo que se da y lo que se recibe se tornarían en mensajes desfigurados y desdibujados debido a interpretaciones caprichosas. De acuerdo a su hermenéutica, “una comunicación exitosa necesariamente se lleva a cabo de manera que un agente entiende lo que se comunica de modo diferente al otro. Hablando estrictamente, la precisión no sólo resulta imposible sino que no es deseable” (sic).

En esta última cita, resulta difícil concebir que se exprese con tanta claridad una aberración como la allí contenida, la cual, de tomarse al pie de la letra, terminarían con toda posibilidad de comunicación. Pero más grave aún es la interpretación retorcida que pretende Lavoie de los trabajos de Carl Menger —el fundador de la Escuela Austríaca— en gran medida en consonancia con Ludwig Lachmann (también inspirados por Gadamer, Richard Rorty, Paul Ricoeur y William James). Dice Lavoie que “Ser un mengeriano no consiste en (mecánicamente) copiar algo con la mayor fidelidad posible desde la cabeza de [Carl] Menger a la nuestra, sino (creativamente) interactuar con él y aprender de sus palabras […] El punto de Menger sobre el subjetivismo puede describirse como un obvio proceso hermenéutico […] Es un tipo de proceso que Menger, si lo pudiéramos imaginar hoy con nosotros, llamaría de orden espontáneo […] Entender la economía de Menger, para parafrasearlo a Gadamer, necesariamente quiere decir entenderlo de manera diferente de la que Menger lo hubiera entendido cuando escribió”.

El esfuerzo mengeriano por explicar la teoría subjetiva del valor que revolucionó la ciencia económica hubiera quedado totalmente opacada si se hubiera seguido la interpretación de Lavoie, quien deriva de la teoría marginalista un relativismo inaceptable para Menger, tal cual como se desprende no sólo en sus dos obras más conocidas sino que expresamente refutó el relativismo en la célebre disputa sobre el método (Methodenstreit) con el representante más conspicuo de la Escuela Histórica alemana (Gustav von Schmoller).

A través de esta singular interpretación que intenta Lavoie se revertiría uno de los aportes más significativos de Menger y, por tanto, de la Escuela Austríaca respecto de la pretensión de recurrir al caso histórico como sustituto del método de la ciencia económica. El relativismo de la Escuela Histórica negaba la universalidad de los postulados de la ciencia económica y sostenía que, según la nación y “la raza”, debían aplicarse distintas recetas y, aun en el mismo lugar, las teorías debían ser diferentes según el momento histórico. Rechazaban la posibilidad de conocimientos abstractos, en favor de procedimientos casuísticos.

En cuanto al orden espontáneo a que alude Lavoie, Menger lo refiere de un modo muy distinto. Por ejemplo, cuando aplica el concepto a la evolución del dinero, se refiere a procesos que son consecuencia de millones de arreglos contractuales que no son el fruto del invento o construcción deliberada de nadie y que tienen lugar debido a intereses muy fragmentados que producen como resultado un orden no-diseñado conscientemente. En el mercado, el orden espontáneo resultante constituye un proceso de coordinación que tiene lugar a través de la información dispersa que trasmiten los precios.

Antes de proseguir con la materia objeto de nuestro estudio, dada la importancia del tema, detengámonos un instante en el significado de la mencionada coordinación de información dispersa. Es frecuente que esta coordinación del orden espontáneo no sea percibida y se sostenga que si no interviene el aparato de la fuerza el resultado será el más completo desorden: ¿y si todo el mundo decidiera estudiar ingeniería y no hubieran médicos? ¿y si todos producen pan y no hubiera leche? Estas y otras preguntas se formulan debido al desconocimiento de procesos tipo “mano invisible”, sin percibir que el desorden precisamente tiene lugar cuando una junta de planificación concentra ignorancia en lugar de permitir que el sistema de precios recoja la antes aludida información dispersa.

Y no se trata de que la información es mucha y muy compleja. No es un problema de almacenamiento de información o de insuficiente memoria en los ordenadores. Esta es una cuestión posible de resolver, el asunto estriba en que la información no está disponible ex ante. Si a alguno de nosotros nos pidieran que hiciéramos una conjetura de lo que haríamos en caso de quiebra podríamos, por ejemplo, elaborar una lista de prioridades respecto de los activos que venderíamos, pero llegada la situación de quiebra cambiaríamos la lista puesto que las circunstancias se modificaron. No sabemos lo que nosotros mismos haríamos en un futuro inmediato, no sabemos qué conocimientos tendremos dentro de cinco minutos, no podemos manejar lo que ocurre en nuestro propio cuerpo porque excede nuestra capacidad analítica y, sin embargo, se tiene la arrogancia de pretender el manejo de vidas ajenas.

Entonces, el orden espontáneo no guarda relación alguna con lo que interpreta Lavoie, haciéndole decir a Menger lo que no ha dicho. Las consecuencias no previstas o no queridas que surgen de la acción, nada tienen que ver con dar rienda suelta a la imaginación para interpretar textos que no dicen lo que el intérprete circunstancial quiere que digan. Se trata de una extrapolación ilegítima de un plano para el cual fue concebida una explicación a otro plano de naturaleza sustancialmente distinta.

En resumen, el debate que mencionamos al abrir esta nota entre objetivistas y subjetivistas no tiene asidero a menos que se trate del subjetivismo radical o que el objetivismo pretenda abarcarlo todo —objetivismo radical— y así desconocer la teoría subjetiva del valor, retrotrayéndonos a interpretaciones erradas de antaño que rechazaran la utilidad marginal que tantas penurias costó su parición.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

UNA CONEXIÓN INTERESANTE

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Hay dos andariveles que apuntan en la misma dirección de la sociedad abierta. Por un lado, la argumentación sobre las ventajas para el ser humano de vivir en libertad y la humillación y miseria de vivir en cautiverio a contramano de la condición propiamente humana de que se le respete a cada cual su proyecto de vida, con la única condición que se proceda de igual manera con los caminos que otros desean seguir, en otras palabras, con tal de que no se lesiones derechos de terceros.

 

Esta es la primera vertiente en la que el indagar en los fundamentos éticos, económicos y jurídicos de la sociedad abierta se hace necesaria para comprender las razones de adoptar esa forma de vida. El segundo andarivel consiste en la mera acción de seres humanos que persiguen su propia protección en los hechos sin escudriñar en las bases filosóficas de su comportamiento.

 

Por ejemplo, cuando leemos que en tal o cual zona los vecinos deciden cercar su barrio para resguardar sus propiedades y así sus familias encontrarse más seguros frente a posibles asaltos y acechanzas varias. Por ejemplo, cuando se establece un centro comercial en donde el estacionamiento de vehículos está cuidado por particulares, las sendas interiores para circular cuentan con buena iluminación, están en buenas condiciones y están protegidas por servicios privados. Por ejemplo, cuando las personas contratan seguridad no-estatal porque desconfían de la policía. Por ejemplo, cuando se efectúan arreglos contractuales en base a árbitros privados al efecto de dirimir cualquier incumplimiento. Por ejemplo, cuando aparecen servicios de taxis en competencia con los permitidos por la autoridad del momento. Por ejemplo, cuando se recurre a los mercados informales para obtener lo que no obtienen en los oficiales. Por ejemplo, cuando la gente prefiere aportar a mutuales de medicina privada, y así sucesivamente.

 

Esta segunda vertiente, en la enorme mayoría de los casos no se produce sobre la base de un análisis pormenorizado del asunto, ni siquiera se alegan las ventajas de la sociedad abierta. Por el contrario, se procede en base a la mera intuición, a lo que les sale de las entrañas a quienes actúan de esa manera, a lo que es conforme a su naturaleza, a lo que intuyen es justo. Son también ideas sin las cuales no se puede actuar (salvo los denominados actos reflejos) pero son muy rudimentarias.

 

Ahora bien, estas últimas acciones y procedimientos no pueden dejarse a la deriva puesto que a la primera de cambio al enfrentarse con quienes equivocadamente argumentan los inconvenientes que a su juicio producen aquellos resguardos individuales y sostienen los beneficios que generaría la estatización y colectivización de las áreas referidas sin percatarse de “la tragedia de los comunes”, a la primera de cambio decimos, se ven obligados a retroceder puesto que no cuentan con las necesarias argumentaciones.

 

Además, esos procederes en base a la intuición están prendidos con alfileres en otro plano: no es infrecuente que den apoyo a propuestas políticas que succionan recursos de los bolsillos de otros puesto que estiman que a ellos no los afectará, todo lo cual pone de relieve una enorme contradicción.

 

Entonces resulta indispensable contar con razones y motivos y no proceder a los tumbos. Por eso es que es tan importante dedicarle el suficiente tiempo para pensar, decantar y concluir sobre los referidos fundamentos. De allí es que resulten de tanta trascendencia los debates sobre ideas de fondo, siempre en un proceso de permanente aprendizaje puesto que no hay tal cosa como ideas definitivas, deben ser probadas y defendidas cotidianamente y cambiadas cuando se demuestre la validez de otros principios rectores. Es un proceso evolutivo que no tiene término para los mortales puesto que la perfección no está a su alcance.

 

En lo personal, insisto en la definición que formulé hace varias décadas sobre el liberalismo como “el respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros”, en esta franja muy amplia caben todos los progresos y cambios que se consideren pertinentes y calza en la larga y fecunda secuencia de contribuciones formidables que han realizado destacados miembros de esta corriente de pensamiento, desde Cicerón, pasando por la Escolástica Tardía, Sidney y Locke, la Escuela Escocesa, la Escuela Austríaca, Nozick y Buchanan para citar solo lo más descollante de esta tradición.

 

Del otro lado del mostrador de las ideas se ubica la arrogancia de quienes pretenden dirigir vidas y haciendas ajenas en todos los planos que los tentáculos del Leviatán les resulte posible abarcar, con lo que convierten a las personas en súbditos en una especie de horripilante esclavitud moderna. En este contexto, se observa con tristeza y angustia a funcionarios gubernamentales y candidatos a serlo ostentando una soberbia supina con que se conducen megalómanos que se arrogan la facultad de imponer acerca de lo que deben hacer o no hacer los demás con el fruto de sus respectivos trabajos.

 

Hay mucho que anda muy mal si la constitución del gobierno ha sido concebido modernamente para proteger los derechos de los gobernados pero comprobamos que en la práctica se han vuelto los enemigos de la gente con lo que nos hemos retrotraído a las peores épocas de los sátrapas de la antigüedad solo que con la fachada de la democracia en verdad convertida en pura cleptocracia.

 

Desafortunadamente hay quienes pretenden ocuparse de sus negocios y asuntos personales sin destinar el tiempo suficiente para que el sistema le permita proceder en ese sentido, con lo que a la corta o a la larga ven sus proyectos frustrarse. Es que el clima de libertad y respeto no surge automáticamente. Es indispensable dedicarle tiempo y esfuerzo cotidiano para que aquello tenga vigencia. Por eso mismo es que los Padres Fundadores estadounidenses repetían que “el costo de la libertad es su eterna vigilancia”. Y no se trata de endosar a otros la faena, cada uno, independientemente de cuales sean sus intereses y vocaciones personales, tiene el deber ineludible de contribuir a que se entiendan y se comprendan las bases de la libertad. Solo así tendrá sentido el respeto recíproco. Solo así se dará lugar al progreso moral y material sobre bases sustentables. Solo en este contexto se podrá ser optimista con fundamento sólido.

 

Comportarse como simple free rider del trabajo de otros que se esmeran en explicar y difundir los valores de la sociedad abierta está condenado al fracaso. La tarea es de todos los que creen en la dignidad del ser humano, en la unicidad de cada uno y en la capacidad de cada cual de decidir por si mismo sin la prepotente imposición de otros.

 

Como he consignado en otra oportunidad, Herbert Spencer en su obra titulada El exceso de legislación apunta con énfasis lo mucho que la sociedad le debe a los emprendedores y los daños colosales que llevan a cabo gobiernos habitualmente descarriados que no son generadores de riqueza sino que siempre la succionan de la gente. Juan Bautista Alberdi, en sus Obras completas recoge ese pensamiento spenceriano para llegar a las mismas conclusiones que alarman a este pensador que siempre basó sus reflexiones en la siguiente consideración que también estampa en sus escritos y que he citado muchas veces porque resume la esencia de su receta para el progreso, “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra”. Spencer y Alberdi señalan lo paradójico que resulta que todo lo que dispone la humanidad se debe a la creatividad empresaria y, sin embargo, las plazas y las calles están generalmente tapizadas con los nombres de quienes habitualmente ponen palos en la rueda: politicastros de diverso signo y especie.

 

No se trata de fabricar “un hombre nuevo” vía el uso de la violencia de los aparatos estatales. Ya hay bastante experiencia de la miseria y las muertes que estos experimentos han creado. Se trata de estudiar la naturaleza humana y comprobar que todos actuamos en nuestro interés personal (lo cual incluye la caridad que es muy bienvenida y los actos criminales que deben ser combatidos). De este modo es que en un clima de libertad cada uno al satisfacer las necesidades de su prójimo se beneficia a si mismo con el producto de la transacción siempre pacífica y voluntaria, mientras el emprendedor está atento a los cambios de preferencias al efecto de dar en la tecla.

 

Nada garantiza el éxito del emprendedor ya que sus conjeturas sobre lo que aprecian otros pueden estar erradas. De este modo, quien acierta obtiene ganancias y quien yerra incurre en quebrantos. El cuadro de resultados marca el camino, lo cual se diferencia radicalmente de los prebendarios que solo se ocupan de acercarse al poder político para obtener un privilegio en desmedro de los consumidores que deben pagar precios más elevados, obtener calidades inferiores o ambas cosas a la vez.

 

Gracias a los emprendedores, la civilización cuenta con agua potable, con alimentos, con medicinas, con medios de transporte, con diques y represas, con libros, teatro, vestimenta, equipos, mobiliario y todo lo que atiende las necesidades básicas y las culturales y de confort. Nada hay sin el emprendedor desde al arco y la flecha hasta nuestro días y todo esto a pesar de las regulaciones absurdas y las cargas fiscales de los gobiernos que habitualmente, como queda dicho, no se limitan a proteger derechos sino a lesionarlos y atropellarlos, estrangulando libertades que son anteriores y superiores a la existencia misma de las estructuras gubernamentales.

 

Desde luego que el emprendedor no se limita al ofrecimiento de activos materiales, por ejemplo, quienes inician nuevos programas educativos son también emprendedores y, más aun, son de una categoría de la cual dependen los emprendedores de lo crematístico-material puesto que, entre otras cosas, facilitan la existencia de valores y principios que hacen posible el surgimiento de aquellos.

 

En cualquier caso, el emprendedor está siempre al acecho de oportunidades, más técnicamente expresado está atento a lo que estima son costos subvaluados en términos de los precios finales para sacar partida del arbitraje correspondiente en el sentido más lato de la expresión.

 

La mejor descripción de lo que viene ocurriendo la consignó Aldous Huxley, pensamiento con que abro la introducción de mi nuevo libro Estampas liberales que publicará a principios del año próximo el Club de la Libertad de Corrientes y la filial argentina de Unión Editorial de Madrid. Huxley escribió: “En mayor o menor medida, entonces, todas las comunidades civilizadas del mundo moderno están hechas de una pequeña clase de gobernantes corruptos por demasiado poder y de una clase numerosa de súbditos, corruptos por demasiada e irresponsable obediencia pasiva” (Ends and Means).

 

En resumen, las dos vertientes o andariveles que mencionamos en esta nota periodística y que se conectan entre sí en la lucha por la protección de las autonomías individuales deben exponerse con claridad y rigor para que una de ellas no quede en una débil intuición que no se sostiene por si misma sino que se encuentre debidamente sustentada en argumentaciones fértiles al efecto de darle la protección adecuada a los derechos de cada cual.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

¿Se originan las normas por evolución o por contrato? El ejemplo de los indios Montana y los castores

Por Martín Krause. Publicado el 26/5/15 en: http://bazar.ufm.edu/se-originan-las-normas-por-evolucion-o-por-contrato-el-ejemplo-de-los-indios-montana-y-los-castores/

 

La norma evolutiva, se convierte en una norma general en tanto es aceptada por todos los miembros de una sociedad y esto permite coordinar sus acciones. Puede decirse que las personas han llegado a un “consenso” respecto de la norma. Buchanan llamaría a esto un “contrato” social. En algun punto la barrera que separa el concepto de consenso y el de contrato se vuelve borrosa, sobre todo cuando se interpreta la palabra contrato en sentido informal, o sea, no escrito.

Montanas

Tomemos un conocido ejemplo que comenta Buchanan (2009, p. 47). Se trata de los indios “montanas”, en la península de Labrador, actual territorio de Canadá, ejemplo mencionado por Demsetz (1987) para explicar el origen de los derechos de propiedad privada. Esta población aprovechaba la piel de los castores, sobre los que existía un derecho colectivo basado en el control del territorio por parte de la tribu. Es decir, la tribu reclamaba y defendía el derecho de propiedad sobre cierto territorio, dentro del cual se encontraban los castores pero cualquier miembro de la tribu podía cazarlos, no así los “extranjeros”. Con la llegada de los europeos se inicio el comercio de estas pieles y se origino la conocida “tragedia de la propiedad común”: cada miembro de esa sociedad tenia un incentivo a cazarlos y vender su piel pero nadie lo tenia para limitarse y permitir su reproducción. Como resultado de esto se hubiera producido el colapso y la extinción si no fuera que desarrollaron derechos de propiedad “privada” asignándose distintas parcelas entre si, generando con ello el incentivo a proteger un activo valioso.

Buchanan llama a la aceptación de esta norma por parte de los Labradores un “contrato”. Hayek llamaría a esto, probablemente, como el resultado de un proceso evolutivo, incluso no consciente. Tal vez la diferencia entre estos autores se encuentre en el grado de “raciocinio” que asignan a estos actores. Para Hayek, estarían motivados por su interés personal y la comprensión del problema de depredación que enfrentaban, pero no de la generación de un “contrato” o la introducción de una nueva institución. Los individuos de Buchanan serian más racionalistas[1].

Cómo se produjo realmente el acuerdo no lo sabemos[2]. Podemos especular acerca de las posibilidades:

  1. Una autoridad de la tribu impuso la nueva norma (esto significa también que fue aceptada por el resto, ya que fue cumplida).
  2. Esa misma autoridad propuso la norma y fue aceptada por el resto o por un grupo representativo del resto.
  3. Los miembros de la tribu o sus representantes se reunieron en asamblea, debatieron y adoptaron la nueva norma. Alguno propuso asignar derechos en forma privada.
  4. Unos, al ver que los castores mas cercanos a su propio lugar estaban desapareciendo comenzaron a vigilar la zona y controlar su caza y los demás lo aceptaron, haciendo lo propio en sus lugares cercanos.
  5. Algún grupo pequeño o apartado de la tribu se manejaba ya con su propio entorno como si fuera “privado” y los demás vieron que allí no había problemas de depredación.
  6. Un sentido de posesión de los castores ya existía y cuando deviene la escasez se activa. Dada la primitiva existencia de la posesión, como vimos en el Cap. 1, incluso presente en los animales y ancestros del ser humano, la familia o un grupo de familias podrían ocupar una zona y poseerla pero no preocuparse por limitar el acceso a los castores ya que no eran escasos. Cualquiera podía cazarlos aunque supieran que eran de la “zona de A”. Ahora que con escasos, A formaliza la posesión e impide la caza depredadora.

 

Las tres primeras alternativas se asocian con la visión contractualista, las otras tres con la evolucionista. Queda en manos de los historiadores determinar si fueron unas u otras, o tal vez otras diferentes. Tanto en una como en otra, sin embargo, existe al menos un individuo que tiene la idea, que lleva adelante la propuesta. Puede ser el líder o simplemente alguien que tiene la idea y la propone, o el primero que decide ejercer su derecho preexistente.

A éstos, a los que consciente o inconscientemente quieren producir cambios, los llamaremos empresarios institucionales. Éste es particularmente el caso con los autores que sostienen explícitamente el origen de las instituciones vía actos creativos deliberados, particularmente de un “contrato social”, como Thomas Hobbes, J.J. Rousseau y entre los modernos John Rawls y James Buchanan[3].

[1] “Como firma de internalizar las des-economías externas que fomentaba esta disposición de derechos, las tribus cambiaron de una estructura de uso común a una de propiedad privada. No es necesario que nos ocupemos aquí de  la exactitud histórica de esta versión,  o de la falta de ella. Pero nótese que Demsetz esencialmente “explica” un cambio en la estructura de los derechos recurriendo a un nuevo arreglo contractual que se hace conveniente debido a cambios exógenos en los datos económicos. Utiliza el ejemplo histórico para demostrar la proposición o el principio de que siempre habrá una tendencia a que las características de la estructura de derechos se modifiquen en la dirección que es mas eficiente en las condiciones que afronta la comunidad. No es posible discutir con esto, y se puede reconocer la contribución de Demsetz. Sin embargo,  no deberíamos cometer el error de decir que este enfoque explica el origen o el surgimiento de los derechos entre individuos o familias (tribus)con independencia de un acuerdo contractual, ya sea explicito o implícito. En este  modelo conceptual, los derechos de los varios participantes deben haber sido mutuamente reconocidos por todos los participantes antes de que se pudiera emprender mas negociaciones contractuales para modificar las  características estructurales” (Buchanan 2009, p.45).

[2] Demsetz cita a Leacock, Eleanor (American Anthropologist, American Anthropological Assoc., vol. 56, N° 5, parte 2, informe N° 78) pero de allí no se desprende con claridad como puede haber ocurrido.: “Hacia comienzos del siglo XVIII comenzamos a tener clara evidencia de que los territorios de caza y los acuerdos para atrapar animales por parte de familias individuales se estaban desarrollando en el área alrededor de Quebec. Las primeras referencias de tales acuerdos indican una distribución puramente temporaria de los territorios de caza. Ellos (algonquinos e iroqueses) se dividían a sí mismos en distintos grupos para poder cazar en forma más eficiente. Era la costumbre apropiarse pedazos de tierra de aproximadamente dos leguas cuadradas para cada grupo en los que cazaban en forma exclusiva. La propiedad de zonas de nutrias, sin embargo, ya había sido establecida y, cuando eran descubiertas, se marcaban apropiadamente. Un indio hambriento podía matar y comer las nutrias de otro si se dejaba en poder de su legítimo dueño la piel y la cola.”

[3] Dice Buchanan (2009): “Los preceptos para lograr vivir juntos no van a caer del cielo. Los hombres deben hacer uso de su propia inteligencia para imponer orden en el caos, inteligencia no en un sentido científico, orientada a la resolución de problemas, sino en un sentido mas difícil que implica llegar a un acuerdo entre ellos mismos y mantenerlo” (p.13).

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).