Buenas y malas de David Ricardo: ventajas comparativas sí, pero siguió el camino del valor-trabajo

Por Martín Krause. Publicado el 31/3/18 en: http://bazar.ufm.edu/buenas-malas-david-ricardo-ventajas-comparativas-siguio-camino-del-valor-trabajo/

 

En el Capítulo IV de su libro “Principios de Política Económica y Tributación”, David Ricardo comienza señalando al trabajo como fuente del valor de los bienes y la cantidad comparativa de trabajo como el fundamento de su precio: http://www.econlib.org/library/Ricardo/ricP2.html

Pero luego centra su análisis en el mecanismo de inversión de capital que se produce en el mercado, asignándolo a aquellas ramas de los negocios donde se obtengan mayores ganancias y desatando un proceso que lleva, al final, en el equilibrio, a iguales tasas de ganancias. El proceso de mercado que analiza explica correctamente este camino pero más adelante veremos que destruye la teoría del “valor trabajo”, al menos como la continuara más tarde Karl Marx. Dice Ricardo:

 

“Supongamos que todos los bienes tienen su precio natural y que, por lo tanto, las ganancias del capital en todos esos empleos obtienen exactamente la misma tasa, o se diferencias tan sólo, en lo que la estimación de las partes creen es alguna ventaja real o aparente. Supongamos ahora que un cambio de moda incrementa la demanda de sedas y disminuye la de lanas; su precio natural, la cantidad de trabajo necesaria para su producción, permanecerá inalterado, pero el precio de mercado de la seda aumentará, y el de la lana caerá; y por lo tanto las ganancias del productor de sedas será mayores, mientras que las del productor de lanas serán menores. No solamente las ganancias, también los salarios de los trabajadores se verán afectados en esos empleos. Esta mayor demanda de sedas sería, sin embargo, rápidamente atendida, por la transferencia de capital y mano de obra de la manufactura de lanas hacia la de sedas; cuando los precios de mercado de las sedas y las lanas volverían a aproximarse a sus precios naturales, y los respectivos productores de esos bienes obtendrían las ganancias usuales.”

Por supuesto que esta idea de un mecanismo de auto-ajuste que responde a cambios en las preferencias de los consumidores había sido presentada ya por Adam Smith en su famosa metáfora de la “mano invisible”.

Pero tal vez como Ricardo parte en ese ejemplo del equilibrio para analizar un cambio, haya dado a entender que ese equilibrio alguna vez se alcanza, y esto llevó a la economía a desarrollar modelos de equilibrio y prestar menos atención al proceso allí explicado.

Como la economía se encuentra en permanente cambio y movimiento, ese punto final nunca llega a alcanzarse, por lo que, en realidad, es necesario estudiar el ‘proceso de mercado’, que apunta siempre en esa dirección pero que debe ajustarse en forma permanente. Este análisis llegaría después, tal vez un siglo más tarde. El motor de esos cambios es el emprendedor, el que, motivado por las oportunidades que se presentan “sacude” al mercado con sus innovaciones, siempre motivado por esa ganancia que promete llegar allí primero.

Por eso la figura del emprendedor quedó relegada en el análisis económico, donde todos los ajustes en el mercado parecían suceder automáticamente. En ese sentido, si se interpretaba la idea de “mano invisible” como una adaptación que simplemente “sucede”, dejaba entonces de explicar lo más importante.

Ya en el siglo XX los economistas austriacos (entre ellos Schumpeter), Frank Knight y otros, desarrollarían el análisis de ese proceso de mercado en forma más completa.

Por último, en la misma presentación de Ricardo se encuentran las raíces de la fundamental crítica de Böhm-Bawerk a la teoría del valor trabajo: si el valor proviene del trabajo, y de él, agregaría Marx, se extrae la plusvalía, en el equilibrio, donde todas las actividades generan una tasa de ganancias similar, ¿no deberían todas tener la misma cantidad de trabajo? Y esto, obviamente, no es así.

 

Martín Krause completó su doctorado en Administración en la Universidad Católica de La Plata, es profesor de Derecho y Economía en la Facultad de Derecho e Historia del Pensamiento Económico (Escuela Austriaca) de la Facultad de Economía de la Universidad de Buenos Aires. Miembro de la Sociedad Mont Pérérin. Fué Rector, Director de Investigación y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade). En 1993, recibió el Eisenhower Fellowship. También recibió el Premio de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires 2007.

Un sacerdote ejemplar: James Sadowsky

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 3/11/17 en https://www.infobae.com/opinion/2017/11/03/un-sacerdote-ejemplar-james-sadowsky/

 

De modales sumamente cordiales, de un gran sentido del humor, de una bondad infinita y de una cultura y una versación en muy diversas ramas del conocimiento, así se lo puede definir al padre James Sadowsky (1923-2012). Enseñó filosofía, lógica matemática y ética de los negocios en la Universidad de Fordham, en Nueva York, durante 30 años, y durante 15 en la Universidad de Aix-en-Provence, hasta que se retiró de la enseñanza y vivió en Loyola Hall, que es el edificio que tienen los jesuitas para los sacerdotes retirados en el campus de esa misma universidad estadounidense. Un sacerdote jesuita que había estudiado parte de su colegio y en la universidad de esa orden, precisamente la de Fordham, estudios que luego completó en la Universidad de Lovaina, en Bélgica. Su padre era ruso y su madre, de ascendencia inglesa, aunque él nació en Estados Unidos.

Sostenía que el apostolado es mucho más trascendente, perdurable y productivo que entregar bienes materiales a los necesitados por aquello de que “es mejor enseñar a pescar que regalar un pescado”. Insistía en que ayudar con bienes materiales puede hacer de apoyo logístico circunstancial pero trasmitir valores y principios consistentes con el cristianismo en cuanto a la importancia de la libertad y la responsabilidad individual contribuye a modificar de base las instituciones en dirección al progreso de todos. Incluso agregaba que muchas veces la entrega material no ayuda a la dignidad del receptor y crea una malsana dependencia.

Sadowsky pensaba que en el sacerdocio es urgente complementar las funciones puramente espirituales respecto a lo intraindividual con reflexiones que compatibilizaran aquellos valores con los comportamientos diarios en las relaciones interpersonales y mostraba preocupación por ciertas consideraciones de sacerdotes inclinados por aconsejar conductas en materia social que son incompatibles con las prédicas espirituales y puramente religiosas.

En un largo reportaje que le efectuó Martin Masse, investigador senior del Institut Économique Molinari de Paris, el padre Sadowsky explica que, una vez ordenado sacerdote, en 1947, y hasta comienzos de los sesenta puede considerárselo un semisocialista, hasta que dio accidentalmente con un libro de Murray Rothbard titulado The Great Depression, que dice que le fascinó y modificó por completo sus ideas sobre economía y derecho, “integradas a una olvidada filosofía que naturalmente están estrechamente vinculadas a las cuestiones sociales y morales”. En aquel reportaje destaca que, a raíz de esa lectura, más adelante, cuando se enteró de que Rothbard vivía en Manhattan, decidió llamarlo y visitarlo, lo cual con el tiempo se convirtió en reuniones periódicas junto a otros participantes (en The Ethics of Liberty de 1982, Rothbard cita al padre Sadowsky). A partir de aquel contacto abordó otras obras como la refutación de Henry Hazlitt a Keynes, El socialismo de Ludwig von Mises y Camino de servidumbre de Fredrich Hayek, y conoció personalmente a otros distinguidos miembros de la Escuela Austríaca de Economía como Ralph Raico, Leonard Liggio, Karen Vaughn, Joe Peden, Walter Block, Louis Spadaro, Leonard Read y, por supuesto, a su alumno en Fordham, Mario Rizzo.

Apunta el padre Sadowsky que esas lecturas y conversaciones hicieron que se percatara de una extraordinaria consistencia que vinculaba distintos campos del conocimiento y otorgaban a la filosofía política una fuerza moral notable en pos de la mejora de las sociedades, muy especialmente de las personas más débiles y desprotegidas. Señala también la importancia de criticar con la mayor claridad posible las tendencias socialistas y estatistas dentro y fuera de la Iglesia, posición que enfatiza en su artículo titulado “Christianism and Poverty”, publicado por el Institute for Social Affairs de Londres.

En 1984, patrocinado por Arthur Shenfield y Howard Demsetz, el padre Sadowsky ingresó como miembro de la Mont Pelerin Society. Al año siguiente tuve el privilegio de conocerlo personalmente, aunque habíamos mantenido una nutrida correspondencia. Lo conocí en la reunión de la MPS en Sydney, donde ambos presentamos trabajos en ese congreso. Su presentación se tituló “La Iglesia y el Estado”, trabajo que se tradujo y reproducimos en la revista académica Libertas; siendo rector de ESEADE lo invité a pronunciar conferencias en esa casa de estudios. En aquel congreso, luego de nuestras respectivas presentaciones, mantuvimos una larga conversación que se prolongó hasta altas horas de la madrugada, lo cual hizo que ambos nos quedáramos dormidos para los paneles de la mañana siguiente. Al margen digo que mi trabajo se tituló “¿Autoridad monetaria, regla monetaria o moneda de mercado?”, el cual se tradujo y reprodujo en los Anales de la Asociación Argentina de Economía Política, entidad en la que también expuse el mencionado ensayo ese mismo año en su reunión anual en Mendoza.

Abrió su exposición en Sydney recordando: “No es un secreto para nadie que entre los miembros del mundo eclesiástico que se ocupan abiertamente del tema, el mercado libre (o lo que ellos imaginan que es el mercado libre) no cuenta con muchos partidarios entusiastas”. A continuación, el padre Sadowsky se detuvo a considerar cómo el proceso de mercado asigna recursos del modo que la gente prefiere y que las ganancias son la recompensa por haber acertado en las demandas y las quiebras son el resultado de no haber logrado ese cometido. Asimismo, consigna que el tamaño de las empresas depende íntegramente de las directivas de las personas en los mercados y que en este sentido no puede concluirse a priori si las empresas de tal o cual ramo deben ser pequeñas, medianas o grandes. En el mismo trabajo, muestra gran conocimiento al criticar los llamados “modelos de competencia perfecta” al describirlos como incoherentes al suponer el conocimiento perfecto de los factores relevantes por parte de los operadores económicos, ya que con ello no habría arbitrajes, ni empresarios, ni competencia. Por último, critica los aranceles aduaneros como responsables de la pobreza apoyados por empresarios que deben su existencia a privilegios otorgados por gobiernos y se opone severamente a la denominada “redistribución de ingresos patrocinada por muchos obispos norteamericanos”.

En un reportaje en El Mercurio de Chile realizado por Lucía Santa Cruz, el padre Sadowsky explica: “Laissez-faire es simplemente la situación en la cual las personas son libres para decidir qué producir, cuánto, cómo intercambiar su producción y con quién, sin la intervención del gobierno. El gobierno sólo actúa para preservar la ley contra fraudes y robos, garantiza los contratos, etcétera. Como diría Friedman, es un árbitro y no un jugador del partido”.

En ese mismo reportaje el sacerdote subraya los tan poco comprendidos y tergiversados beneficios de la revolución industrial del siglo XVIII, la importancia de las ideas del filósofo moral y economista Adam Smith, el desempleo que provocan los salarios mínimos y los errores en materia social que comete parte del clero por “no haber tomado suficiente nota acerca de lo que la ciencia económica enseña”. También se explaya: “La ventaja del sistema de mercado, que elimina la intervención de los gobiernos y somete a las personas a los rigores de la competencia […y hace] que los hombres de negocios deben comportarse de una manera tal que satisfacen los deseos del público en general al mismo tiempo que a los propios”.

Finaliza este muy suculento y jugoso reportaje afirmando: “El Estado benefactor ha devaluado los valores de la familia. Reduce la responsabilidad individual. Las familias no se inventaron porque un grupo decidió que así fuera, sino que fueron el resultado de una necesidad natural”.

Tal vez el ensayo más difundido del padre Sadowsky sea el titulado “Private Property and Collective Ownership”, que fue reproducido de la revista académica Left and Right, otoño de 1966, en el libro compilado por Tibor Machan titulado The Libertarian Alternative (1979, Chicago, Nelson-Hall). En ese trabajo el sacerdote de marras, al seguir la tradición lockeana, mantiene que la propiedad privada de bienes deriva de la propiedad de la propia vida, lo cual significa el derecho a usar y disponer lo adquirido legítimamente (en el sentido de genuino, verdadero, no falso ni fraudulento, igual que una piedra preciosa). Explica que esto no puede ser arrebatado por un rey o un parlamento, por una persona o por un grupo de personas. Debe tenerse muy en cuenta que el asunto es centralmente moral como que en cada transacción libre y voluntaria se presupone el respeto recíproco con base en las normas de Justicia.

Pero seguramente lo que despierta mayor interés del ensayo que ahora comentamos es la referencia del padre Sadowky al antropomorfismo de la sociedad. Así, se dice que la sociedad prefiere, que la sociedad decide, que la sociedad habla en nombre de tal o cual causa y que a la sociedad pertenece tal o cual propiedad colectivamente. En realidad, dice este sacerdote que se recurre a una trampa lingüística, puesto que siempre se trata de específicos individuos que actúan independientemente o son copropietarios, pero el bien en cuestión no pertenece a la sociedad. Por ejemplo, sigue diciendo, cuando se hace referencia a un equipo deportivo, es sólo una forma de abreviación en lugar de aludir a cada uno de los integrantes, pero esa forma abreviada no nos debe hacer que se pierda de vista la noción de fondo.

Los dos trabajos que más circulan en ámbitos académicos del padre Sadowsky son, en primer lugar, “Can There Be an Endless Regress of Causes?”, publicado originalmente en el International Philosophical Quarterely (4, 1980), reproducido en el libro Philosophy of Religon (Oxford University Press, 2000, compilado por Brian Davies) y “Does Darwin Destroy the Design Argument?”, aparecido también en el International Philosophical Quarterely (28, 1988).

En el primer ensayo el autor discute extensamente los argumentos que sostienen la posibilidad de la regresión ad infinitum y demuestra la validez de la posición que sostiene que eso no resulta posible, puesto que si fuera así, nada existiría, ya que nunca hubieran comenzado las respectivas causas. En el segundo trabajo, el padre Sadowsky explica la compatibilidad de la tesis evolucionista de Darwin con la Primera Causa tal como la desarrollaron, entre muchos otros, Juan Pablo II y el RP doctor Mariano Artigas.

En resumen, en momentos en que no pocos representantes de la Iglesia, comenzando por el actual Papa, rechazan principios elementales de la convivencia civilizada, la voz del padre James Sadowsky resulta un faro reparador y reconfortante en línea con los valores y los principios morales que derivan del cristianismo y de toda postura compatible con la libertad. En otros términos, no es frecuente que se subrayen aspectos morales de la sociedad libre en cuanto a las relaciones interpersonales que hacen a la esencia del respeto recíproco y cuando se comentan esos aspectos, se suele caer en sistemas que arruinan moral y materialmente a las personas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es Asesor del Institute of Economic Affairs de Londres

Liberalismo, mercado y bien común

Por Gabriel Boragina: Publicado el 10/12/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/12/liberalismo-mercado-y-bien-comun.html

 

 

A menudo, se escucha en boca de economistas, políticos, profesores, periodistas y gente común afirmar -en forma tajante- que el mercado se opone al bien común, y que -por consiguiente- es el estado-nación (como “garante” del “bien común”) el que debe imperiosamente intervenir en el mercado para evitar “abusos” que podrían –de concretarse- obstaculizar, o directamente hacer imposible la tarea del gobierno para “consolidar” el bien común. Cuando uno quiere indagar un poco más acerca de este curioso “razonamiento” se encuentra que quienes lo “argumentan” explican que, dado que el mercado por “su propia naturaleza” privada tiende a “fallar”, se hace necesario que un supra-organismo sea el encargado de corregir esas supuestas “fallas” y, en su caso, suprimirlas. El mercado forma parte de lo que algunos autores denominan “la dimensión social de la política liberal”, y hay otros quienes tratan de diferenciar el proceso de mercado del proceso social. Uno de tales autores lo explica de este modo:

“De manera consecuente, la dimensión social de la política liberal no va a ser encontrada ante todo en el taller de repuestos del proceso social, donde se supone que las políticas sociales del gobierno corrigen los resultados de la competencia y del proceso del mercado. Reducir la dimensión social a este tipo de taller de repuestos, y presuponer una contradicción de las preocupaciones sociales y políticas del mercado, es un malentendido básico muy difundido. Y se intensifica por citas tendenciosas de ejemplos de supuestas “fallas del mercado”, que sirven de excusa para hacer nuevos llamados a favor de la intervención estatal, usualmente sin considerar las mucho más serias “fallas del Estado”. La dimensión social del Liberalismo no significa tanto reparaciones post facto, sino que ante todo es inherente en el mismo modelo de sociedad, en su orden legal y económico, el cual garantiza el derecho a la propiedad, y canaliza la competencia mediante reglas que apuntan hacia el bien común.”[1]

El malentendido de las “fallas del mercado” proviene -en parte- de la extensa falacia que recibió por nombre “el modelo de competencia perfecta”. De momento que, ciertos economistas dieron por seguro que dicho modelo es el que debe o debería presentarse en la realidad, confundiendo el modelo con esta última, y asumiendo que el modelo de “competencia perfecta” nunca se dio ni se da en los hechos, terminan afirmando que el mercado en situación de competencia presenta “fallas” y que, por tal motivo, las mismas deben ser corregidas, y que esta última intervención debe ser llevada a cabo por el gobierno. Este curioso modo de “razonar” pasa enteramente por alto que el mercado forma parte del proceso social y no constituye algo por separado de este. Por lo que, las discrepancias y distinciones que se intentan para apartar el proceso de mercado del proceso social están –de antemano- destinadas al fracaso, si es que con ellas, en realidad, no se quiere buscar otra cosa, tal como algún fin político inconfesable.

Por otra parte, también se pasa por alto que el proceso de mercado -como parte del social- es por esencia humano, con todas las falibilidades que tal condición ofrece, y que el gobierno también está compuesto por seres humanos. Lo que los enemigos del mercado (y de sus aparentes “fallas”) nunca explican es: ¿sobre qué bases suponen que las personas a cargo del gobierno no fallarían nunca en sus métodos preventivos o correctivos de las imaginarias “fallas” de este último? ¿Por qué asumen omnisciencia en simples y comunes seres humanos por el hecho de que han accedido mediante el voto o por otras vías a ocupar posiciones de poder? Parecen presumir que la mera circunstancia de ingresar en la esfera estatal los hace introducir en una especie de atmósfera de superioridad intelectual y moral que, en realidad, no sólo no tiene ninguna base fáctica, sino que la menor experiencia demuestra que la actividad estatal brinda muchas mayores oportunidades para exhibir las falencias y fracasos humanos y –con frecuencia- es caldo de cultivo para dar lugar a altos niveles de corrupción. Creer que el mercado “atenta” contra “el bien común” no tiene ningún asidero, ni empírico ni teórico.

Con todo, sigue en pie la cuestión sobre a quién corresponde promover el bien común, para lo cual estatistas y liberales tienen desiguales respuestas. Así, un polémico e interesante autor plantea la cuestión y la contesta:

“Pregunta 1) ¿Con cuál de estas dos afirmaciones A o B está Ud. de acuerdo? A. “El Estado es el encargado de promover el bien común, por encima de los intereses privados que miran el bien particular”. B. “El Estado y los particulares son encargados ambos de promover el bien común, cada cual en su esfera de actividad”. La afirmación B describe en esencia el liberalismo. Y la A el estatismo.”[2]

Este argumento deja de lado la cuestión relativa a definir -en primer lugar- qué cosa es el bien común. Y da por sentado que es algo bueno y deseable para todos, lo que parece coincidir con nuestra conceptualización de bien común. La pregunta “A” admite un antagonismo entre el bien común y el particular y, efectivamente, es la posición en la que se basa el estatismo. Desconoce éste la verdad afirmada por Adam Smith en 1776, cuando advirtió que cada uno persiguiendo su interés particular promueve -sin quererlo y sin saberlo- el bien común mucho más y mejor que si se lo hubiera propuesto hacer.

Sin embargo, hay una corriente estatista que no opone el bien común al bien particular, sino que conjetura que todos los individuos buscan el bien común, pero que este sólo puede alcanzarse por la vía de la intervención y dirección del estado-nación. Esta corriente suele recibir el nombre de paternalismo y -pese a sus errores- se encuentra muy extendida en el mundo de nuestros días.

[1] Hubertus Müller-Groeling-“La Dimensión Social de la Política Liberal”- Publicado por Fundación Friedrich Naumann (FFN)-Oficina Regional América Latina-Pág. 9

[2] Alberto Mansueti. Las leyes malas (y el camino de salida). Guatemala, octubre de 2009. pág. 35

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

¿Otra vez regulación de los alquileres?

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 30/11/16 en http://www.cronista.com/columnistas/Otra-vez-regulacion-de-los-alquileres-20161130-0013.html

 

No se puede creer que, por unanimidad –es decir, macristas y oposición–, el Senado le haya dado media sanción a un proyecto para regular alquileres. Es como si se viviera en otro planeta. ¿No alcanzan las catástrofes que indefectiblemente han producido todas las legislaciones que han regulado alquileres en todas partes del mundo?

Las regulaciones compulsivas sobre alquileres naturalmente reducen sus valores artificialmente respecto a lo que hubieran sido si se respetaran los arreglos contractuales entre las partes.

Este aplanamiento forzoso de los alquileres por voluntad del Congreso estimula también artificialmente la demanda para alquilar, pero, por otra parte, indefectiblemente se reducirá la oferta con lo cual se producirá escasez en el mercado inmobiliario que, a su turno, afectará la construcción.

¿No es suficiente lo que ocurrió con las leyes peronistas de alquileres y desalojos que, de hecho, esquilmó a cientos de miles de familias de inmigrantes de sus ahorros que habían destinado para invertir en departamentos para alquilar de lo que dependía sus futuros?

Es que la grave enfermedad del voluntarismo está extendida en las cabezas de muchos burócratas: con solo desear un resultado lo legislan como si por arte de magia se produjera el desenlace que se pretende. Como se ha dicho, para esto es mejor no andar con rodeos e ir al grano y legislar la felicidad de toda la población.

Es de desear que este proyecto no pase la prueba de la Cámara de Diputados y es de suponer que a esta altura del partido la gente no coma vidrio con toda la experiencia vivida en tantos terrenos donde las demagogias han demostrado sus reiterados y estrepitosos fracasos.

Entre otros, el premio Nobel en Economía Friedrich Hayek ha explicado una y otra vez la arrogancia, la soberbia y la petulancia de gobernantes que pretenden coordinar el proceso de mercado por la fuerza, sin percatarse el orden espontáneo que subyace en el que el conocimiento está siempre disperso y fraccionado entre millones de operadores.

Precisamente Hayek en sus tres tomos de una de sus obras se dedica a diferenciar el derecho de la simple normativa y cómo, en este contexto, se destroza la idea de la Ley y el Orden para sustituirse por legislación y desorden.

Esta visión se complementa con una parte sustancial de la corriente de pensamiento conocida en su versión original como Law and Economics en la que resulta patente la íntima conexión entre dos campos tradicionalmente estudiados como independientes.

Esta separación altamente inconveniente ha hecho que el abogado considerara que su especialidad nada tiene que ver con los procesos de mercado y, a su vez, el economista estimara que su jurisdicción no tenía relación alguna con los marcos institucionales.

Las dos áreas son inseparables por lo que el que legisla tiene la responsabilidad de haber estudiado y entendido el estrecho correlato entre los mencionados campos de investigación.

En pleno siglo XXI no hay excusa para proponer leyes que en el mejor de los casos son ridículas y en el peor arruinan vidas y haciendas de aquellos que están obligados a representar.

El alarmante voluntarismo que pone de manifiesto el proyecto es digno del más escabroso escenario orwelliano.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

 

 

¿ARISTÓTLES EJECUTIVO DE EMPRESA?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Hace poco en una de mis columnas semanales subrayaba la importancia de la enseñaza clásica de las humanidades, hoy prácticamente olvidadas en la mayor parte de las facultades  de las universidades más destacadas del mundo. Importancia para la formación de la persona antes que el aprendizaje estrictamente  profesional al efecto, entre otras cosas, de mejorar el rendimiento en la propia profesión. Evitar “la desarticulación del saber” como señalaba Ortega y Gasset.

 

En otra oportunidad escribí sobre lo que denominé “la distribución del conocimiento”: en una punta se encuentra el diletante que habla de todo pero sabe bien poco de lo que expone y, en la otra, el especialista extremo que sabe cada vez más y más de menos y menos. La división del trabajo reclama la especialización, lo cual no es óbice para escarbar en otras direcciones al efecto de contar con una formación adecuada que ayuda a la propia especialización. En términos económicos, el balance tendrá en cuenta los beneficios y los costos marginales de cada cual.

 

Ahora me topo en mi biblioteca con un libro que he leído hace tiempo y que recuerdo disfruté mucho. También en  esa oportunidad le escribí al autor Tom Morris, quien obtuvo un doctorado en la Universidad de Yale y fue durante mucho tiempo profesor de filosofía en la Universidad de Notre Dame (pasando por los tres niveles que existen en el mundo académico estadounidense: assistant, associate y full professor) y luego dedicado a enseñar la relevancia de los valores tradicionales en el mundo de los negocios. La obra de marras se titula If Aristotle Ran General Motors para ilustrar su propuesta. Morris respondió muy amablemente a mi misiva y se extendió en señalar otros proyectos que en aquél momento tenía en carpeta en la misma línea argumental.

 

Actualmente preside el Morris Institute for Human Values que mantiene como clientes a corporaciones tales como Toyota, General Motors, Ford Motor Company, Merrill Lynch, IBM, Coca Cola,  Wells Real Estate Funds, Price Waterhouse, NBC Sports, Business Week Magazine, Bayer, Deloitte and Touche, Federated Investors, Prudential, Citi Mortgage, Goldman Sachs (como banca comercial después de 2008), Campbell Soup, The American Heart Association, United Health Group y The Young President’s Organization.

 

Antes de comentar el libro de Morris, menciono tres apectos clave para situar en contexto los temas que trata la obra. En primer lugar, el estar en guardia de los empresarios en el sentido que si bien los que se destacan lo hace debido a su notable intuición para percibir oportunidades donde conjeturan que los costos están subvaluados en términos de los precios finales y, por tanto, sacan partida del correspondiente arbitraje. Sus cuadros de resultados permiten timonear la administración adecuada de los siempre escasos recursos en dirección a las necesidades de la gente. Pero, el empresario, independientemente del talento mencionado, por ser empresario no necesariamente tiene que entender el significado del proceso de mercado y, por tanto, a la primera tentación de privilegios ofrecidos por el poder de turno los acepta y así se convierte en un destructor del sistema denominado de libre empresa.

 

Este comentario va para reforzar la educación en cuanto a la trasmisión de valores y principios compatibles con la sociedad abierta como resguardo para que la opinión pública demande marcos institucionales que no permitan el bandidaje de los empresarios prebendarios que, como queda dicho, demuelen el sistema de la libertad de mercado tan necesaria para atender las necesidades de la gente.

 

En segundo lugar y por la misma incomprensión señalada, lo que se ha dado en llamar “responsabilidad social del empresario” muestra hasta que punto no se ha comprendido que el empresario exitoso que opera en mercados abiertos y competitivos hace un bien enorme a la comunidad ya sea a través de medicinas, alimentación, recreación, tecnología, vestimenta, transporte, comunicación y cuanta área se nos ocurra. Sin embargo aquella figura de la actividad “social” del empresario se lleva a cabo bajo el complejo de inferioridad suponiendo tácitamente que debe “devolver” a la sociedad algo que le ha quitado con lo que se demuestra que no se ha entendido nada del proceso económico ni del rol de las ganancias y las pérdidas para orientar la producción.

 

En tercer y último lugar, también en estrecha relación a lo que comentaremos sobre la obra de Morris, es menester que nos percatemos que en un mercado laboral libre bajo ninguna circunstancia hay tal cosa como desocupación involuntaria. Los recursos son limitados y las necesidades ilimitadas y el recurso por excelencia es el factor laboral sea intelectual o manual ya que no se concibe la producción de ningún bien o servicio sin el concurso del trabajo. Desde luego que los salarios podrán ser altos o bajos según sea la dosis de inversión, pero no sobra aquello que por definición es escaso. Sin duda que si los salarios no son libres, por ejemplo, a través del establecimiento de salarios mínimos que son superiores a los de mercado, es decir, a los que las tasas de capitalización permiten, en ese caso, necesariamente habrá desempleo debido al espejismo de que los ingresos pueden aumentarse por decreto.

 

Dicho esto, lo que sigue es lo que muy resumidamente transcribo en mis palabras de lo que consigna el profesor Morris en el libro mencionado. Todo lo que dejo escrito a continuación es lo que presenta este autor.

 

Muchas veces se piensa que para tener éxito en la actividad empresaria, además del talento, debe tenerse en cuenta lo que hacen colegas alrededor que han mostrado buenos resultados y, en su caso, leer libros contemporáneos sobre la gestión empresarial al efecto de compenetrarse de las técnicas de reingeniería, estrategias gerenciales, tecnologías, focus groups, nuevos paradigmas de auditoria, finanzas y administración y equivalentes. Sin embargo, hace mucha falta compenetrarse y repasar textos con enseñanzas clásicas que ponen en el centro de todo al ser humano. Y esto es lo que en primer lugar, en definitiva, está atrás de todo emprendimiento.

 

No es suficiente el incremento salarial o de honorarios, ni la promoción a jerarquías más elevadas, ni aumentar el bonus, ni las compensaciones no monetarias, se trata de que el ser humano que trabaja no viva en estado de ansiedad, ni de inseguridad y que esté debidamente reconocido en su autoestima. En última instancia, igual que en otras facetas de la vida, se trata de evitar la crisis espiritual para lo cual resulta indispensable el sentido de plenitud que otorga satisfacción y sentido de autorrealización, todo lo cual, entre otras cosas, permite un rendimiento mucho mayor.

 

El trabajador intelectual o manual da todo lo mejor de si cuando opera en un clima que le permite disfrutar de lo que hace al tiempo que se siente reconocido por sus logros. Todo lo contrario ocurre en un ámbito de conflicto y sistemas de incentivos pobres.

 

No se trata simplemente contar con paz interior asimilada a la quietud y la pasividad, en ese sentido esta actitud solo se logra con la muerte. La vida sana implica una tensión con metas con las que el trabajador está compenetrado de su valor y peso en la organización y en su propia trayectoria.

 

Ahora bien, como es sabido, todos los seres humanos son únicos e irrepetibles por una sola vez en la historia de la humanidad y, por ende, cada uno tiene un sentido de plenitud en muy diferentes campos y planos pero hay cuatro dimensiones aristotélicas que pueden generalizarse en la empresa.

 

La dimensión intelectual que apunta a la verdad, la dimensión estética que apunta a la belleza, la dimensión moral que apunta a la bondad y la dimensión espiritual que apunta a la integridad de la persona.

 

La primera dimensión remite a la necesidad de ideas en cualquier área de que se trate. La mente necesita de buenas ideas, del mismo modo que el cuerpo necesita de buen alimento. Nadie en la vida puede operar a ciegas, requiere de un mapa para moverse y en esto residen las ideas que conducen a la verdad. Esto está íntimamente ligado a la confianza y a la honestidad intelectual. Cualquiera sea el problema demanda de una buena idea para resolverlo, tendencia que está estrechamente vinculada a la excelencia y a la noción de superación. En este contexto, resulta mucho más productiva y constructiva la competencia con uno mismo para mejorar la marca que medirse respecto a la performance del vecino.

 

La segunda dimensión se conecta con el medio en el que se desarrolla la empresa: la arquitectura, las pinturas, las esculturas, la iluminación, los ventanales, los paisajes y la música funcional que inspiran, que refrescan, que liberan energía, que mueven a la creatividad.

 

La tercera dimensión se dirige al centro de las relaciones interindividuales cual es el respeto por el otro, al valor de la palabra empeñada, al coraje para no dejarse arrastrar por el conformismo y, como un eje central del trabajo en equipo tener en cuenta las contribuciones y el mejoramiento del grupo cuando no se cede a las presiones de lo políticamente correcto ni a corruptelas que a veces se dan por sentadas. Por último, en esta tercera dimensión no debe confundirse la bondad con la imposible renuncia al interés personal ya que no hay acción sin que el sujeto actuante revele su interés por actuar en esa dirección, siempre en un clima de buenos modales.

 

La cuarta dimensión en este análisis se identifica con la no partición de la persona, integrando su trabajo a su personalidad. No se trata de un comportamiento en la casa y otro en el trabajo, la integración resulta inexorable para fortalecer el espíritu corporativo, mientras que la escisión conduce a incomodidades insalvables.

 

Termino con una cita de la obra de Morris que venimos comentando: “El trabajo en equipo que la organización debiera promover no es la mentalidad del rebaño que conduce al grupo en la dirección equivocada, en línea con la conformidad y la obediencia ciega a las ordenes autoritarias. Es precisamente lo opuesto, un estado mental y un patrón de conducta en que los individuos se unen a sus asociados para hacer cosas juntos que no hubieran podido hacer el soledad”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Funcionarios universitarios, ¿ética o ideología?

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 10/12/15 en: http://esblog.panampost.com/editor/2015/12/10/funcionarios-universitarios-etica-o-ideologia/

 

El comportamiento del kirchnerismo hacia las universidades ha sido como el del resto de las estructuras sociales: Dar recursos esperando el retorno en forma de apoyo

Durante el siglo posterior a la aparición de Una Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones, de Adam Smith, el progreso económico se aceleró hasta niveles nunca antes vistos en la historia de la humanidad.

El desarrollo tecnológico, la economía, la vida de las personas e incluso la política del mundo occidental produjeron cambios profundos y permanentes en términos de calidad. Los estándares de vida se situaron en umbrales mucho más altos: la educación se extendió a toda la sociedad y se incrementó en grande la expectativa de vida.

En la actualidad, se sabe que es el lucro −a nivel social− lo que actúa como elemento orientador y produce efectos de acuerdo con lo que es económicamente más rentable. Sin embargo, con cierta lentitud y en forma gradual fue advirtiéndose que el proceso de mercado permitió disponer del conocimiento personal para alcanzar sus propios objetivos. Solo así se hizo posible incrementar de manera sostenida mejores condiciones para todos los ciudadanos.

No era de esperar, entonces, que los cambios que acompañaron tan extraordinario crecimiento económico suscitaran profundas críticas y áspera oposición por parte de algunos sectores. Dando la espalda a los grandes avances intelectuales de Smith, una mirada sesgada, tendenciosa y elemental de la sociedad emergió de entre las sombras de las ciencias sociales y ha servido de fundamento de lo que se ha dado en llamar el ideario populista.

El populismo –término no registrado por la Real Academia Española− tiene ciertos rasgos característicos, tales como: oponerse a las élites (esgrime una presunta paternidad social hacia los más débiles, pero, en verdad, desde la élite se busca domeñarlos), el predominio de la emoción sobre la razón, la simplificación dicotómica, la corrupción, el liderazgo carismático, la imprevisibilidad económica, el oportunismo, la completa ausencia de una conducta moral y ética entre otras peculiaridades.

El primer rasgo del populismo surge a simple vista, busca extenderse e imponerse de modo absoluto. Las elecciones populares, que sirven de presentación a los futuros líderes populistas, se caracterizan por su marcado tono personalista. No se discuten ideas ni proyectos de país, el debate electoral se circunscribe casi con exclusividad a consignas o eslóganes que exaltan la figura del cabecilla, procuran simplificar la realidad política y manipular la historia. Solo se trata de un conjunto de frases tan altisonantes como carentes de contenido. Las campañas electorales no tardan en convertirse en un culto al candidato, y las estructuras políticas que habilitan legalmente la candidatura son simples medios para un fin: el acceso al poder.

El entorno cercano del líder, un compuesto de seguidores pusilánimes, destaca a un grupo de laderos (circunstanciales cómplices de sus tropelías). Entre ellos se ha de citar al conjunto del cual proviene el repertorio de las principales ideas en la Argentina de hoy, quizás el portavoz menos esperado: ¡la “intelectualidad”! Deliberadamente, el énfasis añadido esconde el sentido real, pues el fin es llamar la atención de quienes con su actitud apenas rozan el mote de “pseudointelectuales”.

No se propone ninguna insinuación sobre la deficiencia de rectitud de los intelectuales, la cual, en una mirada personal, se cree que es tan alta como lo permite el mercado de ideas. Porque es muy pequeño el número de los mal llamados intelectuales o, en rigor de verdad, pseudocientíficos (a los que se hace alusión en el presente artículo), que cambian de posición después de mojar un dedo y exponerlo al viento.

Aquí se distingue a un intelectual de alguien que se hace pasar por tal sin serlo. Se debe comprender que cuando las características de uno y otro se llevan al extremo, se puede distinguir mejor lo que define y separa a cada uno.

El intelectual, consciente de su ignorancia relativa, se motiva en la búsqueda de la verdad; en cambio, el pseudocientífico está seguro que ya la posee y su interés principal es la predicación, la propaganda y adoctrinamiento de los seguidores.

El intelectual estudia los puntos de vista opuestos, prescindiendo de juicios personales, y hace un esfuerzo consciente por no tergiversarlos; pero el “pseudointelectual” crea una caricatura tergiversada de las opiniones y doctrinas de las que difiere, para rebatirlas más fácilmente y mostrar  así su superioridad ante los demás. Unos defienden ideales; los otros, al mejor postor.

Con el fin de exaltar el rol del segundo grupo −los pseudocientíficos− el Estado nacional ha reducido el coste relativo de la educación superior para el estudiante individual, pero ha causado un fuerte incremento en el coste relativo para la sociedad. Análogamente, la inmensa armadura de políticas reguladoras ha generada un empleo público desmesurado y sin precedentes, creando nuevas universidades y nacionalizando otras, todas con el mismo fin.

En síntesis, los funcionarios políticos que dirigen las universidades o centros de educación superior son los verdaderos beneficiarios del rol económico del Gobierno (“Polémica por los sueldos de hasta AR$200.000 en la Universidad del Comahue”, Clarín.com 14/10/15).+

Los mismos funcionarios se han mostrado desdeñosos contra la economía competitiva y las dificultades experimentadas por aquellas actividades culturales que no se encuentran con la prueba del mercado, curiosamente la causa de su oposición: “el materialismo hostil frente a los valores éticos estimados por las clases intelectuales”. Aún cuando el crecimiento del Gobierno en relación con la actividad económica privada está condicionado a la productividad de la economía, el interés propio de esos funcionarios está en la expansión del gasto gubernamental.

Prueba de ello es el apoyo explícito recibido por Daniel Scioli por 28 rectores de universidades de cara al balotaje pasado 22 de noviembre. De igual tenor fue el comunicado que emitieron las autoridades de la Universidad Nacional de La Plata para votar en favor del candidato oficialista, entre ellos Fernando Tauber, ex rector y hoy vicerrector de la UNLP, “entendemos la necesidad de sostener políticas sociales, educativas y científicas inclusivas que han permitido la recuperación y jerarquización del sistema público de educación superior y de ciencia y tecnología, así como recuperar y consolidar el vínculo de la universidad con el Estado y la Sociedad”.+

Las elecciones en esta dirección son ciertamente tan variadas y arbitrarias como la selección de sistemas éticos (o abyectos). Tal vez nadie tiene derecho a despreciar esos sistemas, pero sí a expresar escepticismos sobre su coherencia y contenido, y, sobre todo, sobre los aspectos de la actual aceptación −a gran escala− de cualquier ideología semejante.+

Pues bien, los hechos ofrecen luz a la interpretación. En abril del año pasado, Cristina Fernández de Kirchner regresó a la UNLP y recibió el título de Doctora Honoris Causa de la mano de Tauber. Todo ello, en medio de una agitada controversia sobre el título de abogado de la presidente que, a pesar de grotescas tachaduras y enmiendas en datos sensibles, fue bendecido por el juez federal Norberto Mario Oyarbide, el mismo que sobreseyó al matrimonio presidencial en la causa de enriquecimiento ilícito.

Finalmente, frente a los abultados presupuestos que financian estructuras sin contrapesos institucionales, solo queda apelar a una palabra extrañamente ausente en las centenarias cadenas nacionales de la presidente, la ética (o el conjunto de normas con respecto a las relaciones con otras personas que custodian los beneficios generales), y a un argumento esencial de los intelectuales: su integridad.

 

Carlos Alberto Salguero es Doctor en Economía y Máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), Profesor Titular e Investigador en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.

EQUILIBRIO Y ESCUELA AUSTRIACA, OTRA VEZ

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 20/9/15 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2015/09/equilibrio-y-escuela-austriaca-otra-vez.html

 

  1. (Art escrito en el 2008* y publicado en Conocimiento vs información)

Un reciente artículo de D. W. MacKenzie “The Equilibrium Analisis of Mises, Hayek, and Lachmann”[1] ha puesto nuevamente de relieve la importancia de esta cuestión en la Escuela Austriaca de Economía. Lo ha hecho de un modo muy singular. Aunque no es el objetivo de este breve ensayo reseñar y/o comentar en detalle el artículo de Mackenzie, baste decir que su desafío consiste en apartarse de lo que hoy sería la visión “Kirzner en adelante” de esta cuestión. En efecto, estamos acostumbrados hoy a decir que la EA implica una teoría del proceso de mercado versus los modelos neoclásicos de equilibrio, que, como ya hemos dicho en otra ocasión[2], incorporan el problema de la insuficiente “información” de los agentes (hemos dicho también que información no es igual a conocimiento[3]) como una hipótesis ad hoc posterior al núcleo central de equilibrio. Pero MacKenzie no contrapone mercado como proceso a equilibrio, sino que afirma que la EA, especialmente en Mises, Hayek y Lachmann –nada menos– es una teoría del equilibrio, aunque diferente y superior a las teorías de equilibrio walrasiano. Muy resumidamente, su tesis central consiste en afirmar que hemos olvidado la importancia que tiene en Mises el tema del “plain state of rest” (estado natural de reposo) distinguido de la construcción imaginaria del estado final de reposo. Lo primero es esencial para el análisis del proceso de mercado en Mises. Cuando Hayek habla de la tendencia al equilibrio, continúa el autor, se refiere precisamente a ese estado final de reposo, el cual no se alcanza porque el mercado real implica una tendencia a la coordinación de planes individuales, nunca plenamente alcanzada. De igual modo, Lachmann, el supuesto partidario de un mercado aleatorio y caleidoscópico, no habría dicho eso, sino que enfatizó el desequilibrio para distinguirlo precisamente de ese estado final e imposible de coordinación total, y enfatizó la pregunta de cómo se alcanza la coordinación una vez planteada la pregunta hayekiana sobre las condiciones del proceso dinámico de coordinación. Es interesante cómo se destaca la importancia, en Lachmann, de estado natural de reposo en los mercados financieros, siguiendo con ello a Mises. Todo lo cual conduce no solo a la revisión de esta visión equilibrium versus market process que tenemos de estos autores, sino a esta conclusión general: la EA es una teoría del “equilibrio cambiante” versus el “equilibrio estático” walrasiano, pero es una teoría del equilibrio.

Nos imaginamos la sorpresa que este ensayo puede llegar a causar, sobre todo en momentos donde la diferenciación con los modelos de equilibrio tradicionales es tan importante para la EA. La sutil diferencia entre estado natural y final de reposo parece haber caído en el olvido; los partidarios de un “Mises versus Hayek” acusan precisamente a este último de no haberse distanciado suficientemente del paradigma walrasiano de equilibrio, e incluso ya se está comenzando a decir que ni siquiera debería hablarse de “tendencia al equilibrio” en la EA, que la construcción imaginaria de Mises sobre “estado final de reposo” es inútil, etc. Frente a este énfasis “anti”-equilibrio de los austriacos actuales (que no llegan a Lachmann porque la mayoría se mantiene en Mises), esta posición de MacKenzie parece ir contra la corriente –nada malo en ello, solo muy interesante– y des-equilibrar la balanza (ya que hablamos de des-equilibrio) hacia los modelos neoclásicos. Si algunos critican a Hayek por demasiado walrasiano (no es nuestra posición), ¿qué pensarán de este ensayo de MacKenzie, donde se presenta a la EA como otra escuela de equilibrio?

Pero, ¿es así? Queremos decir: este ensayo de MacKenzie, ¿inclina la EA hacia una posición neoclásica? ¿Seguro?

Pensamos que no.

En primer lugar, sin necesidad de reiterar las excelentes citas textuales que MacKenzie hace de Mises en La Acción Humana, digamos que, efectivamente, la distinción entre estado final de reposo y estado natural de reposo es sumamente relevante. El estado final de reposo es una construcción imaginaria, una herramienta mental que, aunque imposible en la realidad, nos sirve para el razonamiento praxeológico. En este caso, para distinguir, precisamente, un estado de equilibrio donde la acción humana ha alcanzado todos sus fines, de un estado dinámico donde los agentes tienden a coordinar oferta con demanda. Para esa tendencia, los precios son indispensables, y el estado natural de reposo desempeña en los precios un papel indispensable. Para la realización del cálculo económico, para la previsión, falible, de expectativas futuras en el mercado, para el sistema de precios en el mercado de capitales –nada más ni nada menos– el sujeto actuante necesita interpretar los precios “hoy” para poder proyectar sus valoraciones subjetivas hacia “mañana”. Por ello el papel de los precios es conditio sine qua non en Hayek y en su seminal The Use of Knowledge in Society[4]. Pues bien, volviendo al tema, para ello el momento de “cierre” de los diversos mercados es importantísimo..La globalización actual y el uso de internet no imposibilitan el proceso, sino que agregan un elemento adicional a la complejidad de la interpretación que tiene que hacer el sujeto actuante –con su margen de empresarialidad–, lo cual da más razones para la importancia de un mercado abierto por el aumento de los fenómenos complejos.

Lo que estamos diciendo no es que el estado natural de reposo sea igual a la coordinación de expectativas dispersas, sino que es condición para esa coordinación. Por ende, se podrían distinguir dos tipos de equilibrio. El equilibrio momentáneo como igual al estado natural de reposo, de “cierre” de las actividades de un determinado mercado libre en determinadas coordenadas espacio-tiempo. Y equilibro como tendencia a la coordinación de expectativas dispersas entre oferta y demanda, para lo cual el estado natural de reposo es indispensable.

La pregunta que sigue es terminológica. ¿Por qué llamar “equilibrio” a esa tendencia a la coordinación? Bien, MacKenzie no dice simplemente “equilibrio” sino “equilibrio cambiante”, para distinguirlo precisamente del equilibro estático de los modelos neoclásicos. Si, a su vez, tampoco se quiere usar allí la palabra “equilibrio cambiante” (yo diría “equilibrio dinámico”), la cuestión es dejar de debatir por los términos por un momento y preguntarnos, usando el método fenomenológico: ¿de qué estamos hablando?

En esto tiene razón Kirzner. Si de algún modo hay una ciencia económica, y no una mera casualidad, es que podemos establecer “universalmente” bajo qué condiciones oferta y demanda de algún modo “se encuentran”, o “tienden a coordinar sus expectativas” dando por sentado –dada precisamente la construcción imaginaria del estado final de reposo– que dicha coordinación nunca es “plena”. Mises es claro en que las construcciones imaginarias contienen en sí aporías que no están en las teorías sobre el mundo real. La competencia nunca es perfecta porque, en primer lugar, en ese caso no habría “competencia”, sino que es una competencia “suficiente”[5]. ¿Suficiente a efectos de qué, si no, precisamente, de una coordinación?

Si no queremos llamar a ello equilibrio, ok, pero es evidente que hay “algo” allí más que una mera “casualidad” de coordinación. En ese sentido cabe re-valorar los aportes de Lachmann: por lo que hemos visto hasta ahora de su pensamiento, no afirmó que la coordinación en el mercado sea casual, sino que enfatizó la dificultad del problema de la coordinación una vez planteado el aprendizaje en Hayek y la incertidumbre en Mises[6].

Por supuesto, queda la gran pregunta que este tema, estos autores, y MacKenzie también, dejan abierta: ¿por qué suponer que, aun en supuestos institucionales de mercado libre, los agentes tenderán a coordinar?[7] Ivo Sarjanovic ha sugerido entre nosotros la intrínseca dificultad de cualquier respuesta en los mercados monetarios[8], y yo mismo, en el número anterior de esta revista,[9] me incliné por una respuesta metodológicamente condicional: “Si hay alertness suficiente, entonces…”.

La cuestión allí pasa por un tema de antropología filosófica. En tiempos donde el aporte de los escoceses se relativiza, hay que enfatizar que no es más que el análisis experiencial de la naturaleza humana, al estilo Hume/Smith/Ferguson[10], lo único que nos puede llevar a universalizar una hipótesis general de tendencia al aprendizaje en la naturaleza humana, suficiente (esto es esencial) a efectos de la coordinación a la que se refieren Mises y Hayek. No creemos que haya otro modo u otro camino. Solo esa relativa confianza en una naturaleza humana medianamente capaz de aprender es lo único que puede explicar, no solo (y retrospectivamente) la evolución espontánea de ciertas instituciones, sino también la pattern prediction general de una tendencia a la coordinación en el mercado dadas ciertas condiciones institucionales. Sin esa premisa, solo habría la certeza de que, dadas ciertas condiciones institucionales, “we can hope for the best” y nada más. Habría ciencia económica, pero solo como un ejercicio de un condicional material simple: “Si hay aprendizaje, entonces…”. Nunca podríamos afirmar “que lo hay”, y entonces sí que verdaderamente todos estos debates sobre qué tipo de equilibrio hay en la EA se convierten en meramente terminológicos.

Pero lo que no es terminológico es lo siguiente. Nos atrevemos a decir que, sin pensar en estrategias ni nada que se le parezca, la auto-presentación que a veces hacemos los partidarios de la EA, como contrarios a todo tipo de análisis de equilibrio, no es fiel a esa misma tradición. La cuestión no es decirle al neoclásico que la EA hoy es contraria a toda noción de equilibrio, sino que la EA tiene otra noción de equilibrio, dinámico, identificado como una coordinación tendencial de expectativas bajo ciertas condiciones institucionales, y que esa noción de equilibrio es una respuesta a un mejor y más adecuado planteo del problema económico. Si no queremos llamar a eso equilibrio, ok. Pero los partidarios de la EA verdaderamente piensan que el mercado es “equilibrante”, en el sentido de que “tiende a”, mientras que los gobiernos producen precisamente el efecto contrario. Si no, sincerémonos y resumamos toda la ciencia económica en lo siguiente: el gobierno nunca puede coordinar; el mercado, a veces, y no sabemos por qué.

¿Seguro? ¿Eso es todo?

Con esta inquietud dejamos abierto el debate.

 

* En “La EA en el s. XXI”, junio de 2008.

[1] Bajo revisión para su publicación en The Review of Austrian Economics. Last revised on January 21st 2008.

[2] Ver nuestro libro El método de la economía política, Ediciones Cooperativas, Buenos Aires, 2004.

[3] “Paradigma de la información vs. paradigma del conocimiento”, enNOMOI, Revista Digital sobre Epistemología, Teoría del Conocimiento y Ciencias Cognitivas (2008), 2, pp. 17-21, en http://www.ufm.edu

[4] [1945], en Individualism and Economic Order, Chicago University Press, 1980.

[5] Ver Schwartz, P.: Empresa y libertad, Unión Editorial, Madrid, 1981, p. 62.

[6] Ver Lachmann, L.: Capital, Expectations, and The Market Process; Sheed Andrews and McMeel, 1977. Part III.

[7] MacKenzie lo dice de este modo: “…How do we know that there exists a strong tendency towards a final state of rest? Do we know if the forces of intertemporal equilibration outweigh the forces of intertemporal disequilibration?” (op.cit., p. 13).

[8] Ver su art. “Procesos de mercado: precios en desequilibrio + moneda en desequilibrio”, en La crítica como método, Ensayos en honor de Rogelio T. Pontón, Fundación Libertad, Rosario, 2007.

[9]  “La metodología de Friedman y una importante consecuencia para la Escuela Austriaca de Economía”, en La Escuela Austriaca en el s. XXI (2008), año 2, n.º 8.

[10] Cabe aclarar que dicho análisis es perfectamente compatible con una antropología filosófica entre aristotélica y tomista, pero eso excede obviamente los fines de este artículo.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

UNA PERLA EN LA BIBLIOTECA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Días pasados buscando un libro me encontré con la grata sorpresa (afortunadamente suele ocurrir con alguna frecuencia) de una obra publicada por seis estudiantes universitarios, en 1974. Se titula The Incredible Bread Machine que, ni bien parió, tuvo los mejores comentarios en la prensa estadounidense y de académicos de peso y, consecuentemente, logró una venta sustancial en varias ediciones consecutivas y traducciones a otros idiomas. Los autores son Susan L. Brown, Karl Keating, David Mellinger, Patrea Post, Suart Smith y Catroiona Tudor, en aquel momento de entre 22 y 26 años de edad.

 

Abordan muchos temas en este libro, pero es del caso resaltar algunos. Tal vez el eje central del trabajo descansa en la explicación sumamente didáctica de la estrecha conexión entre las llamadas libertades civiles y el proceso de mercado. Por ejemplo, muchas personas son las que con toda razón defienden a rajatabla la libertad de expresión como un valor esencial de la democracia. Sin embargo, muchos de ellos desconocen el valor de la libertad comercial al efecto de contar con impresoras y equipos de radio y televisión de la mejor calidad si no existe el necesario respeto a la propiedad privada en las transacciones. Estos autores muestran la flagrante incongruencia.

 

Además, como nos ha enseñado Wilhelm Roepke, la gente está acostumbrada a fijar la mirada en los notables progresos en la tecnología, en la ciencia, en la medicina y en tantos otros campos pero no se percata que tras esos avances se encuentra el fundamento ético, jurídico y económico de la sociedad libre que da lugar a la prosperidad.

 

Este es un punto de gran trascendencia y que amerita que se lo mire con atención. Se ha dicho que los que defienden el mercado libre son “fundamentalistas de mercado”. Si bien la expresión “fundamentalismo” es horrible y se circunscribe a la religión y es del todo incompatible con el espíritu liberal que significa apertura mental en el contexto de procesos evolutivos en los que el conocimiento es siempre provisorio sujeto a refutación, es útil traducir esa imputación al respecto irrestricto a los deseos del prójimo puesto que eso y no otra cosa significa el mercado. Quien lanza esa consideración en tono de insulto es también parte del mercado cuando vende sus servicios, compra su ropa o adquiere su alimentación, su automóvil, su computadora o lo que fuere.

 

El asunto es que en general no se percibe el significado del “orden extendido” para recurrir a terminología hayekiana. Tal como nos dice Michael Polanyi, cuando se mira un jardín bien tenido o cuando se observa una máquina que funciona adecuadamente, se concluye que hay mentes que se ocuparon del diseño respectivo. Eso es evidentemente cierto, pero hay otro tipo de órdenes en lo físico y en la sociedad que no son fruto de diseño humano. Tal es el caso sencillo del agua que se vierte en una jarra que llena el recipiente con una densidad igual hasta el nivel de un plano horizontal. Y, sobre todo, remarca también Polanyi el hecho de que cada persona siguiendo su interés personal (sin conculcar derechos de terceros) produce un orden que excede en mucho lo individual para lograr una coordinación admirable.

 

En otras oportunidades he citado el ejemplo ilustrativo de John Stossel en cuanto a lo que ocurre con un trozo de carne envuelto en celofán en la góndola de un supermercado. Imaginando el largo y complejo proceso en regresión, constatamos las tareas del agrimensor en el campo, los alambrados, los postes con las múltiples tareas de siembra, tala, transportes, cartas de crédito y contrataciones laborales. Las siembras, los plaguicidas,  las cosechadoras, el ganado, los peones de campo, los caballos, las riendas y monturas, las aguadas y tantas otras faenas que vinculan empresas horizontal y verticalmente. Hasta el último tramo, nadie está pensando en el trozo de carne envuelto en celofán en la góndola del supermercado y sin embargo el producto está disponible. Esto es lo que no conciben los ingenieros sociales que concluyen que “no puede dejarse todo a la anarquía del mercado” e intervienen con lo que generan desajustes mayúsculos y, finalmente, desaparece la carne, el celofán y el propio supermercado.

 

Es que el conocimiento está fraccionado y disperso entre millones de personas que son coordinadas por el sistema de precios que, en cada instancia permite consultarlos al efecto de saber si se está encaminado por la senda correcta o hay que introducir cambios.

 

Los autores del libro que comentamos, se refieren a este proceso cuando conectan la libertad con el mercado abierto, al tiempo que se detienen a considerar los estrepitosos fracasos del estatismo desde la antigüedad. Así recorren la historia de los controles al comercio desde los sumerios dos mil años antes de Cristo, las disposiciones del Código de Hamurabi, el Egipto de los Ptolomeos, China desde cien años antes de Cristo y, sobre todo, Diocleciano de la Roma antigua con sus absurdos edictos estatistas.

 

Los autores también se detienen a objetar severamente el llamado sistema “de seguridad social” ( en realidad de inseguridad anti- social) que denuncian como la estafa más grande, especialmente para los más necesitados,  a través de jubilaciones basadas en los sistemas de reparto. Efectivamente, cualquier investigación que llevemos a cabo con gente de edad de cualquier oficio o profesión comprobaremos lo que significan los aportes mensuales durante toda una vida para recibir mendrugos vergonzosos, ya que puestos esos montos a interés compuesto puede constatarse las diferencias astronómicas respecto a lo que se percibe.

 

Incluso, aunque se tratara de sistemas de capitalización estatal (que no es el caso en ninguna parte) o de sistemas privados forzosos de capitalización (que si hay ejemplos), se traducen en perjuicios para quienes prefieren otros sistemas o empresas para colocar sus ahorros. Al fin y al cabo, los inmigrantes originales en Argentina, compraban terrenos o departamentos como inversión rentable hasta que Perón las destruyó con las inauditas leyes de alquileres y desalojos, perjudicando de este modo a cientos de miles de familias.

 

Por otra parte, las legislaciones que obligan a colocar los ahorros en empresas privadas elegidas por los gobiernos, no solo bloquean la posibilidad de elegir otras (nacionales o extranjeras), sino que esta vinculación con el aparato estatal indefectiblemente termina en su intromisión en esas corporaciones, por ejemplo, en el mandato de adquirir títulos públicos y otras políticas que, a su vez, hacen que los directores pongan de manifiesto que no son responsables de los resultados y así en un efecto cascada sin término.

 

Por supuesto que hay aquí siempre una cuestión de grado: es mejor tener una inflación del veinte por ciento anual que una del doscientos por ciento, pero de lo que se trata es de liberarse del flagelo.

 

En definitiva, haciendo honor al título, la obra comentada ilustra a las mil maravillas la increíble máquina de producir bienes y servicios por parte de los mercados libres. Concluyen afirmando que todo este análisis “no significa que el capitalismo es un elixir que garantiza que se resolverán todos los problemas que confronta el ser humano. El capitalismo no proveerá felicidad para aquellos que no saben que los hace felices […] Lo que hará el capitalismo es proveer al ser humano con los medios para sobrevivir y la libertad para mejorar en concordancia con sus propósitos”. Y, de más está decir, no se trata de un capitalismo inexistente como el que hoy en día tiene lugar donde el Leviatán es inmenso, fruto de impuestos insoportable, deudas y gastos públicos astronómicos y regulaciones asfixiantes.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

LA RESPUESTA (AGAIN) A QUIENES NOS ACUSAN DE “NEGAR LOS HECHOS”.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 16/2/14 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2014/02/la-respuesta-again-quienes-nos-acusan.html

 

¿Cuántas veces nos han preguntado “y el mercado libre dónde se aplica”, con la afirmación implícita de que estamos hablando de castillos en el aire?
La contestación a esa pregunta implica meditar un poco de epistemología de la economía. Israel Kirzner, en su curso de economía de 1994, en NYU, dijo: tracen una línea imaginaria. En un extremo coloquen la absoluta descentralización de decisiones, y en el otro coloquen la absoluta centralización. Obviamente en el mundo real no encuentran ninguno de los dos extremos, pero si tiene clara la teoría del proceso de mercado, sabrán dónde ubicar, siempre de modo gradual, las diversas situaciones del mundo real.
 
La respuesta tiene mucha riqueza epistemológica. Por un lado, nos muestra que las proposiciones de teoría económica que explican al mercado libre no dependen de casos singulares. Son proposiciones del tipo (x) (Px ent Fx), o sea, para todo x, si x es P, entonces x es F. Por ejemplo: si aumenta la oferta monetaria (en términos austríacos), entonces el poder adquisitivo de la moneda (PPM) desciende. La proposición afirma una relación causal universal que como tal es verdadera, independientemente de que exista un caso concreto de aumento de oferta monetaria: por algo es una proposición condicional que expresa esa causalidad que se da “siempre”, y por ende “siempre que” en el mundo real haya un aumento de oferta monetaria. O sea, en lógica de clases la clase “oferta monetaria” es una clase vacía, esto es, no afirma la existencia de un individuo de esa clase. Esa afirmación sería del tipo (Ex) (Px), esto es, existe al menos un x tal que x es P, o sea, hay una caso de aumento de oferta monetaria. En cuyo caso se deduce, si la relación causal universal es verdadera, que su consecuencia será un caso singular de descenso del PPM.
Esta forma lógica puede resumir el eje central de la teoría del proceso de mercado: si hay un mercado libre, entonces la dispersión del conocimiento entre oferentes y demandantes tenderá a ser menor. Esa consecuencia es verdadera independientemente de que haya o no un caso de mercado libre, que en el mundo real siempre será mezclado con diversas dosis de intervencionismo. Por algo la proposición dice “si hay….”, y no “hay”, o sea, “existe al menos un x tal que x es….”.
Pero este detalle lógico nos lleva al tema ontológico. La relación causal universal es verdadera porque es el resultado de una reducción eidética, esto es, un poner entre paréntesis a la existencia concreta y concentrarse en las relaciones inter-esenciales que Husserl llamaba el contenido objetivo del concepto. Esas “esencias” de las cosas en la fenomenología del mundo social (Husserl-Schutz) son las esencias de las relaciones inter-subjetivas consideradas en sí mismas (por ejemplo, cuando Mises define la esencia del cambio indirecto). ¿Pero qué es, a su vez, ese “en sí mismas”? Si fundamentamos la fenomenología de Husserl en Brentano y en Santo Tomás de Aquino, la esencia de una relación inter-subjetiva está totalmente en cada caso singular, pero la inteligencia humana capta esa esencia “en sí”. Que esa esencia sea “en sí” no depende de la inteligencia humana sino de que esa esencia existe realmente en cada caso singular pero no se reduce a cada caso singular. Por ejemplo, si seguimos a Santo Tomás en De ente et essentia, cada ser humano es totalmente ser humano, por eso podemos decir que Adrián Ravier es totalmente ser humano (bueno, depende del día J ), pero la humanidad como tal no se reduce a Adrián Ravier, de lo contrario sólo Adrián sería humano y no podríamos predicar “humano” de otros seres humanos. De igual modo, la esencia de cada relación intersubjetiva está totalmente en cada inter-acción pero no se reduce a ella. Por ejemplo, en cada intercambio monetario, la esencia “cambio indirecto” se da totalmente, pero el cambio indirecto no es sólo este o aquel caso de cambio indirecto, sino que existe realmente en todos los intercambios indirectos.
Se puede comprender entonces que todas las definiciones y relaciones causales analizados por Mises, por ejemplo, en su construcción imaginaria de la economía pura de mercado, tienen el status ontológico de ser esencias “en sí” que tienen su fundamento real en la esencia que se da totalmente en cada caso singular. La inteligencia humana capta esa esencia, por la reducción eidética más la capacidad de abstracción intelectual (Husserl + Santo Tomás) y entonces tiene la capacidad de “predicarla de varios”. Quiere esto decir que la universidad de las esencias tiene su fundamento próximo en la inteligencia que predica de varios, pero su fundamento último en la realidad misma que tiene esencias que no se reducen a los casos singulares.
No sé si esto servirá para contestar “dónde está el mercado” en un programa de televisión, pero….:-)  En ese caso yo recomendaría decir “el mercado está realmente cada vez que usted compra o vende algo porque se le canta”. No sé si Aristóteles, Santo Tomás, Brentano y Husserl aceptarían esa versión “folk” de su filosofía pero al menos, académicamente, hemos tratado de resumir su pensamiento.

 

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

 

 

La recurrente manía del igualitarismo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 6/1/13 en  http://www.lanacion.com.ar/1653078-la-recurrente-mania-del-igualitarismo

 

Más allá de las buenas intenciones, en las sociedades abiertas redistribuir ingresos es contraproducente, incluso para los más necesitados, dice el autor. Lo importante es maximizar los incentivos.

Con la mejor de las intenciones, seguramente, se machaca sobre la necesidad de contar con sociedades más igualitarias desde el punto de vista de ingresos y patrimonios. Pero esta visión, tan generalizada, es en verdad del todo contraproducente, y de modo especial para los más débiles y necesitados.

La manía del igualitarismo lleva a los aparatos estatales a ocuparse de “redistribuir ingresos”. Robert Nozick ha escrito que le resulta difícil comprender cómo es que la gente vota diariamente en el supermercado sobre la base de sus preferencias sobre los bienes y servicios que más le agradan y, luego, los políticos se empeñan en redistribuir aquellas votaciones, lo cual significa contradecir las previas decisiones de los consumidores. Esto, a su vez, se traduce en un desperdicio de los siempre escasos factores productivos y, por consiguiente, en una reducción de salarios e ingresos en términos reales.

En una sociedad abierta es absolutamente irrelevante el delta o el diferencial entre los patrimonios de los diversos actores económicos, puesto que, como queda dicho, las diferencias corresponden a las preferencias de la gente puestas de manifiesto en el plebiscito diario con sus compras y abstenciones de comprar. Lo importante es maximizar los incentivos para que todos mejoren, y la forma de hacerlo es, precisamente, respetando los derechos de propiedad de cada cual.

Como los bienes y servicios no crecen en los árboles y son escasos, en el proceso de mercado (que es lo mismo que decir en el contexto de los arreglos contractuales entre millones de personas) la propiedad se va asignando y reasignando según sea la calidad de lo que se ofrece: los comerciantes que aciertan en los gustos del prójimo obtienen ganancias y los que yerran incurren en quebrantos. Es obvio que esto no ocurre si los operadores están blindados con privilegios de diversa naturaleza, ya que, de ese modo, se convierten en explotadores de los demás y succionan el fruto de sus trabajos. Estamos hablando de mercados abiertos y competitivos, lo que desafortunadamente es muy poco usual en nuestros días.

La riqueza no es un proceso estático de suma cero, en el sentido que lo que uno gana lo pierde otro. Es un proceso dinámico de creación de valor, puesto que en las transacciones libres ambas partes ganan, lo que explica el motivo de la transacción. La denominada justicia social sólo puede tener dos significados: o se trata de una grosera redundancia, puesto que la justicia no es vegetal, mineral o animal, o significa quitarles a unos lo que les pertenece para entregarlo a quienes no les pertenece, lo cual contradice abiertamente la definición clásica de “dar a cada uno lo suyo”. Es lo que el decimonónico Frédéric Bastiat, ajustadamente, llama “robo legal”.

Para combatir la pobreza se requieren marcos institucionales civilizados que aseguren respeto recíproco en las vidas, libertades y propiedades. Ésa es la diferencia entre Angola y Canadá. Si un pintor de brocha gorda se muda de Bolivia a Alemania, multiplicará varias veces su salario. No es que el alemán sea más generoso que el boliviano, sino que Alemania tiene tasas de capitalización más elevadas, es decir, mayores y mejores equipos, herramientas y conocimientos pertinentes que hacen de apoyo al trabajo para elevar su rendimiento. Y tampoco es que el alemán sea más trabajador y realice esfuerzos mayores que sus congéneres. Al contrario, los esfuerzos son mucho menores y en jornadas más reducidas respecto de colegas de un país pobre, que llevan a cabo faenas agotadoras en jornadas más largas.

Si no somos racistas y si nos damos cuenta de que nada tiene que ver el clima ni los recursos naturales (África es el continente más rico en ellos y Japón es una isla cuyo territorio es habitable sólo en el 20%), debemos percatarnos de la trascendencia de las antedichas tasas de inversión, si es que en verdad nos preocupan las personas que con más peso sufren la pobreza.

Sobre la base de la antedicha “redistribución de ingresos” se agudiza el desmoronamiento del esqueleto jurídico, puesto que la igualdad ante la ley se convierte en la igualdad mediante la ley, con lo que el eje central de la sociedad abierta queda gravemente dañado. Thomas Sowell sugiere que los economistas dejemos de hablar de distribuir y redistribuir ingresos, “puesto que los ingresos no se distribuyen, se ganan”, para lo cual es menester abolir todos los privilegios de los seudoempresarios que se apoderan de recursos, cosa que nada tiene que ver con la adecuada atención a las necesidades del prójimo.

Anthony de Jasay apunta que la metáfora, tomada del deporte, que dice que todos deberían partir de la misma línea de largada en la carrera por la vida, sin ventajas de herencia, es autodestructiva. Esto es así porque el que se esforzó por llegar primero y ganar la carrera percibirá que en la próxima largada habrá que nivelar nuevamente, con lo que el esfuerzo realizado resultó inútil.

Del mismo modo, John Rawls, Ronald Dworkin y Lester Thurow, al insistir en principios de compensación a los menos dotados en cuanto a los talentos naturales, están, en definitiva, perjudicando a los que menos tienen. En primer lugar, los talentos adquiridos son consecuencia de los naturales en la formación de la personalidad, con lo que no resulta posible escindirlos. En segundo término, nadie sabe -ni siquiera el propio titular- cuál es su stock de talentos mientras no se presente la oportunidad de revelarlos, y esas oportunidades serán menores en la medida en que los gobiernos “compensen”, con lo que inexorablemente distorsionan los precios relativos. Por último, cada uno tendrá habilidades diferentes para usar la compensación otorgada por los aparatos estatales; en consecuencia, habría que compensar la compensación y así sucesivamente.

Todos los seres humanos somos únicos e irrepetibles desde el punto de vista anatómico, bioquímico y, sobre todo, psicológico. El igualitarismo tiende a que se desmorone la división del trabajo y, por ende, la cooperación social. Son indispensables las diferentes tareas. Por otra parte, el tedio sería insoportable en una sociedad igualitaria; la misma conversación con otro sería similar a hablar con el espejo. También es importante destacar que la guillotina horizontal exige un gobierno totalitario, ya que no bien alguien se sale de la marca impuesta hay que recurrir a la fuerza para igualar.

En estos contextos, es de interés subrayar la inconveniencia de la cantinela del impuesto progresivo. Como es sabido, hay básicamente dos tipos de impuestos: el proporcional, en el que, como su nombre lo indica, la alícuota es proporcional al objeto imponible, y el progresivo, en el que la tasa crece cuando aumenta el objeto imponible. El último gravamen constituye un privilegio para los más ricos, ya que su instalación en el vértice de la pirámide patrimonial antes del establecimiento de la progresividad les otorga una gran ventaja respecto a los que dificultosamente vienen ascendiendo en la pirámide, lo cual bloquea la movilidad social. Además, el tributo progresivo altera las posiciones patrimoniales relativas, a diferencia del impuesto proporcional, que las mantiene intactas; es decir, no desfigura los resultados de las mencionadas votaciones de la gente. Además, la progresividad se transforma en regresividad, ya que los contribuyentes de jure con mayores posibilidades de inversión al dejar de invertir afectan los salarios de los de menor poder adquisitivo. Tengamos en cuenta que el 20% de los puntos del célebre decálogo de Marx y Engels se refieren a la conveniencia de la progresividad y que, entre nosotros, Alberdi y, en Estados Unidos, los Padres Fundadores, se oponían férreamente al impuesto progresivo por los motivos antes apuntados.

En estos contextos, se recurre a la expresión desafortunada de “darwinismo social”, mediante la que se lleva a cabo una ilegítima extrapolación del campo biológico al campo de las relaciones sociales. En este último terreno, los más fuertes económicamente, como una consecuencia no buscada, trasmiten su fortaleza a los relativamente más débiles, vía las referidas tasas de capitalización y, en este caso, no se seleccionan especies sino normas. Darwin tomó la idea del evolucionismo de Mandeville, pero con un sentido sustancialmente distinto.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.