«El problema de los argentinos es cultural»

Por Belén Marty: Publicado el 6/3/16 en: http://cadenaba.com.ar/nota.php?Id=35366

 

¿Se acuerdan de esa publicidad que salió al aire en todas las teles del país en 2010 en la que dos hombres charlaban en un bar que en Europa si tirás un papel a la calle te dicen que lo levantes y el otro le contesta que era un tema cultural? Eso mismo me vino a la cabeza hace unos días cuando arranqué a seguir la telenovela de Canal 13 «Los ricos no piden permiso».

Mas allá de mi poca o nula experiencia en critica de series televisivas hubo una serie de condimentos (por así decirlo) que me llamaron la atención. En primer lugar, haber caído en el lugar común de «los ricos» versus «los pobres». El «tema cultural» acá es la esterotipación de los ricos como las personas poderosas, siniestras, maquiavélicas, dispuestas a todo y los pobres como las personas que han sido encasilladas a permanecer bajo las sombras de tales personas sin escrúpulos.

La noción misma de ricos y pobres refiere al concepto de «clases sociales». Las personas no deberían encasillarse en clases sociales, en este concepto marxista de «clase» que entendía (o entiende) a que las clases sociales burguesas y proletarias tienen estructuralmente diferencias lógicas.

Esta concepción marxista de clases sociales es utilizada por líderes de opinión, periodistas, expertos en diferentes áreas de marketing, finanzas o administración. El léxico que utilizamos define nuestro universo de pre comprensión. Las palabras que usamos son clave para entender cómo definimos nuestra realidad.

Jorge Luis Borges decía en 1973: «Yo creo que solo existen los individuos: todo lo demás, las nacionalidades y las clases sociales, son meras comodidades intelectuales». El concepto de clases sociales está arraigado en la idea de cuánto ingreso recibe cada «clase social».

En el programa previamente mencionado los ricos son los «privilegiados» dando a entender que, por lo general salvo excepciones, los ricos han adquirido su preciado patrimonio por medio de prebendas. Son los «buitres». Sin embargo, la realidad es bastante opuesta: Argentina está repleta de empresarios honestos y trabajadores que se ganaron la buena vida en buena ley.

Por supuesto, cuanto más abierto y libre es el mercado, mayor es la dificultad de que personas en situación de privilegio (cerca del poder) consiga favores políticos y aumente su riqueza por izquierda. Cuanto más transparente es el sistema comercial, cuantas menos trabas al comercio imponga un gobierno, mayor será la certeza de que triunfen aquellos que mejor servicio ofrezcan.

Aparece por debajo de la superficie también el hecho que los únicos que realmente trabajan son «los de la clase trabajadora» dejando de lado el trabajo realizado por los empresarios y como si ellos no fueran, realmente, verdaderos trabajadores.

¿No hay honor acaso en poner en riesgo el propio capital para invertir en un proyecto? ¿No hay honor en ser el primero en afrontar la quiebra en el caso de que la iniciativa no funcione?

Si bien esto no se vislumbra en la serie del Canal 13 es harto común escuchar expresiones en los medios de comunicación que defienden a los pequeños comercios y no a los grandes, como si estos no merecieran respeto o simplemente los pequeños no quisieran ser grandes al aumentar sus ventas.

Personas malvadas y personas honorables encontramos en todos los barrios, en todos los trabajos y empresas y en todos los países. No se trata de permanecer a una mal llamada clase social (en realidad, de obtener cierto grado de ingresos) sino de realizar el trabajo con dignidad y honradez.

Las personas de bajos ingresos pueden salir adelante con educación, trabajo y condiciones adecuadas que incentiven mejores condiciones de vida.

La riqueza, un poco contrariando la idea detrás de esta nefasta serie televisiva, no está fija. No es un juego de suma cero que si el rico tiene plata, el pobre por ende no tienen nada. La riqueza puede crearse y agrandarse constantemente.

Ahora el presidente Mauricio Macri tiene el visto bueno de la gente dado por la gradual devolución de ganancias, otros beneficios anunciados y el comienzo de clases. Pero este trampolín cortoplacista que tiene el mandatario en este momento necesita de un cambio cultural que vea con buenos ojos los emprendimientos, el trabajo de los empresarios y que entiendan que porque muchos tengan mucho no significa que muchos tengan poco.

La responsabilidad para que ello suceda es de todos nosotros.

 

Belén Marty es Lic. en Comunicación por la Universidad Austral. Actualmente cursa el Master en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE. Conduce el programa radial “Los Violinistas del Titanic”, por Radio Palermo, 94,7 FM.

Economía, moral y bien común

Por Gabriel Boragina. Publicado el 30/5/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/05/economia-moral-y-bien-comun.html

 

Normalmente se enfrenta el concepto de bien común al de bien particular tendiéndose a identificar a este último con sistemas como el capitalista, en tanto que al primero con el colectivista. No obstante, es cierto que, tanto los partidarios del capitalismo como los del colectivismo, emplean la expresión bien común como se destaca seguidamente:

«Conceptos indefinidos e indefinibles como el interés público o el bien común, que esgrimen tanto los enemigos como los defensores del capitalismo, serían resabios de una visión tribal del ser humano que sólo sirven para escapar de la moral, mas no de guía moral».[1]

Por nuestra parte, hemos sostenido –y lo seguimos haciendo- que la expresión bien común (sin calificaciones) remite al bien de todos los individuos, sea tomados como conjunto como individualmente, lo que implica que la violación de los derechos de una sola persona importa tanto una transgresión particular hacia ella en concreto como –simultáneamente- al bien común, por cuanto si hay por lo menos una persona que resulta lesionada en sus derechos se quiebra el bien comúnpara transformarse en el bien de una mayoría contra el de una minoría.

«La justificación «moral» del capitalismo no está en la afirmación altruista de que representa la mejor forma de lograr «el bien común». Es verdad que el capitalismo permite alcanzar el bien común —si es que esa expresión efectista tiene algún significado—, pero ello constituye solamente una consecuencia secundaria. La justificación moral del capitalismo radica en el hecho que éste es el único sistema concordante con la naturaleza racional del hombre, que protege la supervivencia del hombre en tanto hombre, y cuyo principio rector es la «justicia».[2]

Resulta inaceptable para nosotros el machacón argumento colectivista que opone el bien común al bien particular o viceversa. Entendiendo que los derechos de unos no pueden violar derechos de otros (lo que sería -aparte de paradójico- contradictorio), nadie que ejerza su derecho puede ir en contra del bien común por aplicación de esta misma regla (los derechos no pueden violar derechos). Esto tiene inmediata aplicación práctica, por cuanto quien reclame el ejercicio legitimo de su derecho de propiedad no puede ser acusado de ir «en contra» del bien común. De la misma manera que, nadie en nombre del bien común puede impedir u obstaculizar que otro ejerza su legítimo derecho de propiedad, ya sea en forma individual o por medio de cualquier clase y especie de legislación, y ya fuere un particular quien lo intente o sea el gobierno mismo. En este último caso, quienes estarían violando el bien común serian ese particular o ese gobierno que pretenda restringir derechos de otros, como -por ejemplo- el de propiedad.

«el proceso de elaboración y decisión sobre políticas públicas necesita de sólidas instituciones que permitan su implementación en aras del bien común, evitando las presiones de los sectores afectados y superando los problemas de información e incentivos que afectan al mercado»[3]

Este enfoque parece contraponer el bien común al bien sectorial o de determinados grupos, lo que da a entender la expresión utilizada por el autor («sectores afectados»). De ser esta la interpretación correcta se enmarca dentro de lo que afirmamos en el párrafo anterior. No obstante, no podemos dejar de señalar el peligro que representa la elaboración de políticas públicas por parte de los miembros de las burocracias políticas y gubernamentales, justamente por el fuerte incentivo que estas tienen a favorecer precisamente a «sectores afectados», convirtiéndolos en sectores privilegiados, lo que, nuevamente, a nuestro criterio, viola el bien común. De esto último da buena cuenta la siguiente cita:

«La opinión general -cuidadosamente cultivada, claro está, por el Estado mismo- es que los hombres se dedican a la política o ejercen el gobierno motivados sólo por su preocupación por el bien común y el bienestar general. ¿Qué es lo que confiere a los gobernantes la pátina de una moral superior? Quizás el hecho de que la gente tiene un conocimiento vago e instintivo de que el Estado está involucrado en el robo y la depredación sistemáticos, y siente que sólo una dedicación altruista por parte del Estado hace tolerables estas acciones».[4]

Como han demostrado autores como James Buchanan y Gordon Tullock, las motivaciones que animan a los políticos -ya sea en función de gobierno o como aspirantes a ocupar posiciones de poder dentro del mismo en cualquiera de sus estructuras- es ni más ni menos que la de cualquier otra persona común y corriente. No están inspirados en el bien común más que en sus propios intereses personales, y con la mira puestas en su bien privado y particular como el menor en poder de los ciudadanos. En realidad, están menos infundidos en el bien común que en su bien personal y privado. La visión romántica -e infantil- del político como «defensor» y «representante» del bien común es increíblemente mayoritaria no obstante.

«En la medida en que se construían las fábricas y comenzaban a emitir humo, destruyendo las huertas de los granjeros vecinos, éstos demandaban a sus propietarios por daños y solicitaban la intervención de los tribunales para evitar una mayor invasión a sus propiedades. La respuesta de los jueces era: «Sabemos que, lamentablemente, el humo industrial (es decir, la contaminación del aire) invade y lesiona sus derechos de propiedad. Pero hay algo más importante que los meros derechos de propiedad, y es la política pública, el ‘bien común’. El bien común decreta que la industria y el progreso industrial son algo bueno, y por lo tanto sus simples derechos de propiedad privada deben ser abrogados en nombre del bienestar general».[5]

Aquí tenemos la versión colectivista del bien común a la que nos hubiéramos referido al comienzo, en la que se utiliza el bien común por parte de una autoridad (en este caso judicial) para destruir todos los demás derechos (en el ejemplo, el de propiedad que sirve de fundamento a todos los demás derechos).

[1] Ayn Rand. ¿Qué es el capitalismo? Estudios públicos. Introducción. pág. 64.

[2] Rand A. idem anterior, pág. 74

[3] Martín Krause. Índice de Calidad Institucional 2012, pág. 8

[4] Murray N. Rothbard. For a New Liberty: The Libertarian Manifesto. (ISBN 13: 9780020746904). Pág. 74

[5] Murray N. Rothbard, ídem. anterior, Pág. 298.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.