El problema no es el nivel de deuda, es el nivel de gasto

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 24/1/20 en: https://puntodevistaeconomico.com/2020/01/24/el-problema-no-es-el-nivel-de-deuda-es-el-nivel-de-gasto/

 

El gobierno sostiene que los problema de deuda de la nación se deben a que la misma es insostenible. Es decir, como caído del cielo, la Argentina tiene demasiada deuda. Las palabras que se usan, especialmente en política, importan. El problema de Argentina no es el nivel de deuda, es el nivel de gasto público.

Debajo algunos datos concretos sobre gasto público. Se puede ver que, en términos reales, el mismo ha aumentado de manera significativa. Ya sea mirando la cuenta de “gasto público” en el PBI sobre el total o la evolución, en términos reales, de los gastos del Tesoro Nacional.

En términos de PBI, el gasto público se encuentra significativamente por encima de los valores históricos. La evolución de los gastos del tesoro (ajustado por inflación) muestran una caída con el gobierno de Cambiemos, pero aún se encuentra en niveles elevados. De hecho, se ha vuelto a niveles similares a los del 2010.

Salvo la crisis del 2007, el kirchnerismo ha aumentado de manera consistente el gasto en términos reales. El problema de la deuda es un problema de nivel de gasto. El problema de la deuda no se soluciona con un “reperfilamiento” o canje de bonos, se soluciona con una reforma del estado que disminuya el gasto a niveles sostenibles.

Este nivel impagable de gasto se observa en el déficit estructural del gobierno (en todos sus niveles).

¿Cómo se financia el déficit?

El déficit (D) es la diferencia entre los gastos (G) y la recaudación de impuestos T. Dada la ya excesiva carga impositiva en Argentina, podríamos decir que la recaudación ya se encuentra en su máximo valor T^{MAX}. Es difícil que se pueda pagar la deuda con más impuestos.

El déficit se cubre con emisión de bonos (B), monetización del déficit (M), u “otros” (X).

G - T^{MAX} = D = \Delta B + \Delta M + X

Dentro de otros se encuentran métodos de financiación “menos convencionales” como expropiaciones, nacionalizaciones, privatizaciones, etc.

Si Argentina cae nuevamente en default, entonces \Delta B = 0. Dado que T ya se encuentra en sus máximos valores, las opciones que quedan son:

  • Mayor inflación (aumento de \Delta M)
  • Mayores expropiaciones, etc.
  • Ajuste a la baja de G

El kirchnerismo no lo va a querer admitir, pero desde que asumió comenzó a trabajar sobre T y en alguna medida sobre G. Esto último vía jubilaciones, no vía gasto improductivo del estado.

Lo que aún no está claro es qué postura tendrá el gobierno respecto a la emisión monetaria. Por un lado, el Ministro Guzmán sostuvo en su primer conferencia de prensa que monetizar el déficit no es una buena idea. Por el otro, el resto del gobierno sostiene que la emisión no genera inflación (o que la misma es necesaria para incentivar el consumo). Aún no está claro cuál de estas dos visiones prevalecerá.

Otro problema: El “pecado original”

Argentina no puede emitir deuda en su propia moneda. A esto se lo llama el “original sin (pecado original)”. Por lo tanto, el Tesoro necesita hacerse de dólares para poder pagar sus obligaciones de deuda.

Sin embargo, hasta el momento las medidas tomadas por el gobierno de Alberto Fernández tienen el efecto de disminuir la entrada de dólares en lugar de incentivarla.

El historial argentino

Argentina tiene un triste track-record en términos de defaults y reestructuraciones de deuda. Desde su independencia, Argentina ha pasado el 30% de su tiempo en default (o reestructuración). Valor comparable con otros países de la región. Sin embargo, desde fines de la Segunda Guerra Mundial ha estado en default (o reestructuración) casi un 40% del tiempo, mientras que el resto de los países de la región han disminuido sus problemas de deuda.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

Latinoamérica necesita empresarios, no lobistas

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 17/3/17 en: http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article139230518.HTML

 

Eran los tiempos del presidente Menem en Argentina y la apertura, la desregulación y las privatizaciones parecían ameritar seminarios y “rondas de negocios” en el exterior, y colaboré con su organización hasta que, entre otras cosas, comprendí que eran inútiles.

Es que cuando la información vuela alrededor del globo, no tiene sentido que funcionarios viajen para “explicar” nada. Basta con crear las condiciones, y las inversiones solas volarán: bajar impuestos para que las personas tengan recursos para emprender con rentabilidad, y desregular liberando la creatividad y la capacidad de desarrollarlas… salvo que prefieran el lobby…

Según Jesús Huerta de Soto, “la función empresarial no exige medio alguno… es esencialmente creativa”. Es esa capacidad de crear en pos del mejoramiento social para lo que es necesario depender de los clientes –y no de los políticos– que deben inducir el camino de la eficiencia creadora.

Esta capacidad creativa supone el hallazgo de “conocimiento que se desconocía que podía existir”, dice Esteban Thomsen, como cuando un nuevo móvil supera al anterior mejorando la calidad de vida. Así “…prescindir de las típicas características de imaginación, atrevimiento y sorpresa equivale a eliminar enteramente la naturaleza humana”, remata Israel Kirzner, desmintiendo a los políticos que regulan poniéndole límites al atrevimiento.

Cuando el Estado interfiere al mercado con regulaciones que coartan la libertad creativa, destruye el rol empresario y da lugar a los lobistas, inmorales y faltos de ética desde que no responden a la naturaleza del mercado siendo que la moral es la adecuación al orden natural.

Durante aquellos seminarios daba vergüenza ajena el ver a los “empresarios” –lobistas– más importantes sentados durante horas, literalmente, en los lobbies esperando a los funcionarios que establecerían las regulaciones –monopolios, condiciones favorables, etc.– que los enriquecieran en detrimento del mercado.

Días atrás, como todos los años, fui invitado a la inauguración de Arco Madrid. Por una cuestión de ética y principios, quise evitar la coincidente “visita oficial” del presidente argentino. Pero fue inevitable encontrarlos en la inauguración, y allí estaban los más importantes “empresarios” –lobistas– argentinos…

Luego, encontré a ejecutivos españoles que participaron en la visita oficial que, entre otras cosas, me dijeron que hacer negocios con lobistas es tonto, sobre todo en países donde, por la inestabilidad, el funcionario interlocutor de hoy no es el de mañana. Y en general no invertirán en Argentina, al menos hasta las elecciones legislativas de octubre y hasta que aclare la economía, que no parece favorable a pesar de los pronósticos de los gurús.

Argentina –cuyo gobierno podría definirse ideológicamente como “peronista caviar”– crecerá en 2017 según estos gurús, cosa que dudo mientras que, irónicamente, la economía de la populista Bolivia tiene una mejor reputación internacional y se espera que crezca 4.6% en 2017. Ahora, es preocupante el que estos gurús suelen errar porque sus predicciones no tienen asidero racional, y son los mismos que suelen equivocarse y, sin embargo, siguen siendo escuchados. Así es como el país va a los tumbos.

En fin, Latinoamérica necesita elevar sus principios, su ética y su moral, y una dirigencia social, empresaria, académica, de medios, etc., más seria e ilustrada, mucho más.

 

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

El “ogro” monopólico

Por Gabriel Boragina. Publicado el 6/3/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/03/el-ogro-monopolico.html

 

En materia económica existe un “fantasma” que continuamente es esgrimido por todos aquellos que se declaran “defensores” de la intervención del gobierno en la economía, y que -en consecuencia- propician posiciones socialistas como las ideales para liberar a la gente de tan “pavoroso espectro”. Ese “monstruo” económico constantemente blandido en los discursos de políticos, comentarios periodísticos, aulas universitarias, y hasta en reuniones familiares y de amigos, no es otro que el “malvado” monopolio. Sin embargo, el monopolio está lejos de ser aquel “ogro feroz que se devora a los niños”, si es que se hacen las distinciones adecuadas acerca de lo que se quiere significar con dicho vocablo.

“Respecto de las situaciones de monopolio mencionadas debe señalarse que hay dos tipos de monopolios. El artificial y el natural. El primero opera en base a dádivas que recibe de los gobiernos y, por tanto, explota a los consumidores. El segundo significa que, dadas las circunstancias imperantes en todo el planeta, al momento, el oferente en cuestión es el mejor. Es importante subrayar que el progreso está muy ligado a este tipo de monopolio: cada invento y descubrimiento es una situación de monopolio. Si, en éste sentido, se impusiera una ley antimonopólica, significará una prohibición para progresar puesto que nadie podría instalar una nueva empresa en un nuevo rubro a menos que exista una segunda (?). Por último, nadie en el mercado cobra el precio que quiere, se tenderá a cobrar el más alto que se pueda, lo cual es sustancialmente distinto. El precio del monopolista natural será siempre el de mercado, los precios máximos, la fijación de márgenes operativos o el establecimiento de cuotas compulsivas produce los mismos efectos nocivos que los que se producen cuando hay varios compitiendo en el mercado. Cuando se alude al mercado abierto no se afirma que debe haber varios, uno o ninguno operando. Simplemente se afirma que el mercado debe estar abierto.”[1]

Bien visto, toda circunstancia comienza siendo monopólica. Los actos más triviales de la vida comenzaron siendo únicos y exclusivos de alguien. Todo tuvo y sigue teniendo una primera vez y un actor único e irrepetible que fuera su autor. El monopolio es un escenario cotidiano que se da en la vida diaria con mucha más frecuencia que con la que lo imaginamos, y está lejos, muy lejos de ser algo perverso, excepto en el caso de que se trate de un monopolio artificial, ya que el principio que inspira a todo monopolio artificial es el de encontrarse respaldado por el uso de la fuerza, lo que lo hace particularmente dañino. No es pues, la mera condición de “monopólico” lo que hace de un acto o producto algo bueno o malo en sí mismo, sino que lo que determina la “bondad” o “maldad” de cualquier monopolio es su mismo origen, esto es si es fruto espontáneo del mercado (o sea de la libre elección y determinación de la gente) o si bien –en contrario- es obra de una imposición, ya sea de un particular amparado por el uso del poderío gubernamental, o bien de la autoridad estatal misma constituida en monopolio o concediendo licencias para el uso, la detentación o explotación de determinado bien o servicio. Esto es, en rigor, lo único que ha de tomarse en consideración en cuanto a este tema.

Socialistas e intervencionistas, en general, suelen “alegar” contra el monopolio ciertos falsos remedios como los nominados el de “la industria incipiente”, el dumping, y otras muchas falacias de ese tipo. Pero:

“En resumen, en el análisis económico no tienen asidero los argumentos de la industria incipiente, el dumping y las derivaciones como las del monopolio esgrimidas para imponer restricciones al comercio. Jacques Rueff no considera pertinente que los gobiernos lleven las estadísticas del comercio exterior porque mantiene que esto se traduce en una tentación para intervenir. Esta sugerencia refuerza la posibilidad que “el sector externo” se trate igual que el interno donde nunca se producen problemas de balance comercial ni balance de pagos debido, precisamente, a la ausencia de aduanas interiores y controles de cambios. Un río, una montaña o una frontera política no modifican las relaciones causales de la economía.”[2]

Por lo que el “argumento” del combate a los monopolios mediante políticas de comercio exterior también deviene falaz. La mejor defensa hacia los monopolios de cualquier tipo es el libre mercado, que opera sus propios mecanismos contra los monopolios naturales (que en sí mismos nada tienen de malo, ni moral ni económicamente hablando, ya que son monopolios nacidos de la voluntad y del deseo de todos aquellos consumidores que -mediante sus compras y abstenciones de comprar- elevaron -probablemente sin proponérselo- a determinado producto, comercio y empresa a la condición de un monopolio). Lamentablemente, el mercado cuando es obstruido, obstaculizado o directamente anulado por parte de los gobiernos, nada puede hacer frente a los monopolios genuinamente dañinos, esto es los monopolios gubernamentales (o como los llama el autor citado, artificiales) dado que estos últimos monopolios -que constituyen la mayor parte de los monopolios existentes en el mundo- están legalmente blindados frente de los mecanismos saneadoras del mercado. En consecuencia, esta clase de monopolios tiene a sus anchas el campo abierto para perjudicar a todos los consumidores en su conjunto, y no solamente a aquellos que necesitan el producto o servicio monopolizado.

“En la década que ahora termina han estado de moda las llamadas “privatizaciones”. Prima facie esto daría la impresión que la gente pueda elegir el proveedor de su agrado. Pero no es así. Estas peculiares “privatizaciones” se han traducido las más de las veces en traspasos de monopolios estatales a monopolios privados con lo que, en muchos casos, la explotación ha sido mayor, especialmente a la gente más necesitada: tarifas más elevadas y, simultáneamente, impuestos y endeudamiento creciente, déficit fiscal en aumento y manipulaciones monetarias de diversa índole.”[3]

El autor se refiere a la década de los años 90. En la actualidad –debemos apuntar- la situación no es muy diferente a la señalada en la cita que comentamos.

[1] Alberto Benegas Lynch (h) Entre albas y crepúsculos: peregrinaje en busca de conocimiento. Edición de Fundación Alberdi. Mendoza. Argentina. Marzo de 2001. pág. 453

[2] A. Benegas Lynch (h) Entre albas y….. ob. Cit. Pág. 454

[3] Alberto Benegas Lynch (h) “Economía, libertad y globalización”. Especial para la Fundación Adenauer. pág. 2

 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

El estatismo que hundió a Argentina en la decadencia y la corrupción

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 26/7/15 en: http://economiaparatodos.net/el-estatismo-que-hundio-a-argentina-en-la-decadencia-y-la-corrupcion/

 

Es muy fácil jugar al empresario con el dinero del contribuyente y decir que la empresa puede ser rentable

Todo parece indicar que las privatizaciones se han transformado en una mala palabra. Es casi un sacrilegio hablar de privatizar Aerolíneas Argentinas, el sistema jubilatorio o el fútbol para todos. Es como si hubiese una carrera populista por ver quien ofrece más estatismo, el mismo estatismo que hundió la economía argentina en la decadencia y la corrupción.

Todos parecen haber olvidado, o no vivieron, lo que fue el período en que los teléfonos, sistema energético o autopistas estaban en manos del estado. Podían pasar 30 o 40 años desde el momento en que uno pedía una línea telefónica hasta que se la instalaban, si tenía suerte. La sección cartas de lectores de los diarios estaba llena de cartas de gente que se quejaba porque hacía años que no le funcionaba el teléfono y la empresa estatal ENTEL nunca se lo arreglaba o cartas de quienes reclamaban que hacía muchos años que había pedido una línea telefónica y seguía esperando.

Una vez que uno tenía la suerte de disponía una línea telefónica, tenía que tener una segunda suerte: que funcionara la línea a la que llamaba. Recuerdo que allá por los 80, época de Alfonsín ya, vivía frente al hipódromo de San Isidro en un departamento que tenía teléfono. Todo un lujo en esos años. Bien, sistemáticamente todos los fines de semana, especialmente los domingos, me quedaba sin tono. Un día la línea había quedado ligada, es decir, podía escuchar qué hablaban, y escuché que me afanaban la línea para hacer apuestas clandestinas por las carreras de caballos del hipódromo.

Tal era la locura del mal funcionamiento de ENTEL, que los departamentos que se publicaban para vender aclaraban en el aviso si tenía teléfono o no. El mismo departamento con teléfono y sin teléfono tenía una diferencia de precio de U$S 3.000, con lo cual uno puede concluir que el precio de una línea de teléfono en el mercado era de U$S 3.000.

Los más jóvenes tienen que saber que Alfonsín, como gran avance de estrategia comercial, lanzó el plan Megatel. El plan Megatel era una especie de plan cerrado en el cual la gente iba pagando la cuota y en determinado momento le instalaban la línea, previa coima al instalador  que siempre encontraba un problema para poder instalarlo. Así que la gente, después tanto esperar, le pedía que no se fuera. Le daba la coima y milagrosamente la traba técnica para instalar la línea desaparecía. En definitiva, el plan Megatel no era otra cosa que el cliente pagando para darle capital de trabajo a ENTEL, que además de ser ineficiente, tenía enormes pérdidas y estaba sobredimensionada en personal.

Los ejemplos pueden seguir con el puerto de Buenos Aires que fue declarado puerto sucio por las demoras que había para que entraran los barcos a cargar y descargar mercadería. Eso quiere decir que para venir a la Argentina, una empresa naviera cobraba más caro que a otro destino el flete correspondiente.

El sistema energético se caía a pedazos como ahora gracias al milagro del modelo. Ir a Mar del Plata por la ruta 2 insumía, en plena temporada de verano, no menos de 8 horas de viaje con un altísimo riesgo de accidente. No existía la autopista Buenos Aires-La Plata y la ahora autovía 2. Era una ruta angosta, peligrosa y repleta de autos, camiones y micros. YPF tenía alrededor de 45.000 empleados y gigantescas pérdidas operativas. Era el milagro de la única empresa petrolera en el mundo que tenía pérdidas. Cuando se la privatizó se quedó con solo 5.000 empleados, comenzó a producir más y tuvo ganancias.

La cantidad de ejemplos que pueden darse sobre lo terrorífico que fueron las empresas estatales para el país por ser grandes bolsones de corrupción, ineficiencia y pérdidas que tenía que pagar el contribuyente, puede ser interminable.

Si uno observa lo que pasa actualmente, hemos vuelto a esos nefastos años. Por ejemplo, en esos años de empresas estatales, la gente paga una parte de la factura de luz en el banco y la otra parte vía impuestos o el impuesto inflacionario, porque las pérdidas de las empresas estatales se financiaban con aportes del tesoro, el que también tenía déficit y, por lo tanto, recurría al impuesto inflacionario para cubrir las pérdidas. De nuevo, una parte de la cuenta se pagaba en el banco y la otra vía el impuesto inflacionario: ¡igual que hoy! Hoy días las empresas privadas, con los precios controlados, tienen pérdidas que son cubiertas por el estado, el que a su vez recurre al Banco Central para que le financie el déficit fiscal vía emisión monetaria bajo mediante diferentes artilugios contables.

Uno puede discutir los marcos regulatorios de las privatizaciones de los 90, pero lo que no puede negar es que las privatizaciones, además de ser una necesidad para alcanzar mejores servicios y eficiencia, también constituían un instrumento de estabilización económica o, si se prefiere, un instrumento para luchar contra la inflación. ¿Por qué? Porque al privatizarse esas empresas, el tesoro redujo sus erogaciones generadas para sostener las pérdidas de las empresas estatales y se necesitó menos emisión monetaria para cubrir el déficit fiscal. Que luego se haya disparado el gasto público por el objetivo de Menem de buscar su reelección, no quiere decir que antes no se lograra eliminar el déficit fiscal.

El segundo motivo fue la venta de las empresas del estado permitió reducir la deuda pública porque los que compraban las empresas podían hacerlo pagando con bonos que eran parte de la deuda. Es decir, el estado entregaba empresas descapitalizadas, ineficientes y corruptas a cambio de deuda que tenía que pagar el estado.

Siempre se dijo que las privatizaciones significaron vender las joyas de la abuela. Puede ser que fueran de la abuela, pero no eran joyas, justamente.

Ya sé que es políticamente incorrecto decir que había que privatizar, pero yo no me caracterizo por ser políticamente correcto ni me interesa serlo. ¿Dónde está escrito que los votos solo se ganan mintiendo y defendiendo lo indefendible?

Veamos ahora el tema desde otro ángulo. ¿Por qué las empresas estatales no son eficientes? En primer lugar porque suelen responder más a las necesidades políticas del gobierno de turno que a las necesidades de los consumidores.

Pero hay otro punto que no es menor, el estado no tiene recursos propios para fundar una empresa estatal. Esos recursos solo puede obtenerlos de los bolsillos de los contribuyentes. Lo que hace el burócrata que se cree un iluminado, es jugar a ser empresario con los recursos del contribuyente. Le quitan dinero por la fuerza al contribuyente para crear una empresa estatal. La pregunta es: ¿quién dijo que el burócrata asigna mejor los recursos que el que los genera? Es decir, ¿por qué el burócrata va a saber mejor que Ud. dónde asignar sus ingresos?

En segundo lugar, si la actividad que va a hacer la empresa estatal es rentable, quiere decir que perfectamente el sector privado puede proveer ese bien o servicio. Finalmente el empresario está siempre a la búsqueda de utilidades porque esa es su función primordial. Ganarse el favor del consumidor y generar utilidades con esa actividad. De manera que no hace falta que el estado le meta la mano en el bolsillo a la gente para que un grupo de burócratas jueguen al empresario.

Si por alguna razón el estado decide subsidiar alguna parte del transporte o lo que sea, no hace falta crear una empresa estatal. Solo hace falta llamar a licitación al sector privado para ver quién está dispuesto a hacer esa actividad licitando el menor subsidio a recibir del estado.

Finalmente vayamos al debate de hoy en día. Se dice que el problema de Aerolíneas no es si está en manos del estado o del sector privado, sino cómo se gerencia. En definitiva, lo que se propone es despedir a un Recalde inepto y prometen poner otro “Recalde” pero eficiente. Me parece muy flojo el argumento pero sí estoy dispuesto a tomarlo con dos condiciones:

1)   Que Aerolíneas Argentinas tenga que competir con el sector privado. Es decir, una política de cielos abiertos donde no haya restricciones para que el sector privado tenga nuevas rutas.

2)   Ya que los políticos y directores de esas empresas dicen que es un problema de manejarla con eficiencia, entonces que dejen Aerolíneas en manos del estado pero el presidente de la Nación, el presidente de la Aerolíneas Argentinas y todo su directorio pongan como garantía sus bienes personales como una propiedad con un valor no menor a los U$S 100.000.

Porque es muy fácil jugar al empresario con el dinero del contribuyente y decir que la empresa puede ser rentable. Si tan seguros están, que pongan sobre la mesa su garantía. Si hay pérdidas pierden la garantía y los contribuyentes tendrán que financiar la otra parte de las pérdidas. Pero terminemos con esta historia de decir que se puede administrar sin pérdidas una empresa estatal y luego transferirle al sufrido contribuyente los disparates que hacen los burócratas de turno.

En síntesis, en la cancha se ven los pingos. Si tan seguro están de hacer rentable una empresa estatal, que por lo menos jueguen parte de su patrimonio, como lo hace cualquier empresario.

Quiero ver cuántos quedan a la hora de formalizar su garantía.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

Es el gasto público, te guste o no.

Por José Benegas. Publicado el 2/5/14 en http://josebenegas.com/2014/05/02/es-el-gasto-publico-te-guste-o-no/

 

Los llamados niveles de pobreza son similares, algunos dicen incluso superiores a los del 2001. Digo llamados porque es el objetivo bajito que se pone el estado para auditar su “política social” Para medirse a sí mismo es humilde al extremo, para exigirle al mercado es Torquemada.

La industria demanda menos empleos y tiene menos puestos que en el 2000, plena recesión, nos cuenta Daniel Sticco hoy en Infobae.com basado en datos del indeK. Sumemoslé alta inflación y consumo del capital instalado que había tras una década de una relativa apertura.

¿Qué tienen el período de la década del noventa con estos 14 años? A los comentaristas públicos, seguidores del humor futbolístico de ocasión de un país chanta les encanta decir la frase “esto es igual al menemismo”. Se la festejan entre ellos. La otra es que cuando esta señora millonaria tiene que pagar las cuentas de su apropiación del estado y su demagogia de manual es que hay un “giro a la derecha”. La fiesta es de izquierda y las cuentas son de derecha.

Es cierto que tienen algo en común el fin de la década del 90 y esta de los bandidos. Dos cosas para ser más precisos:

1. Descontrol en el gasto público. En el primer caso se ahogó a un mercado fortalecido en el inicio del período y en el segundo se ahogó a un mercado abierto por condiciones extraordinarias y una capacidad instalada de la recesión precedente, que a su vez se encaró con una brutal caída de salarios y la licuación de aquél gasto público vía devaluación.

El gasto público empobrece. Es un costo general sobre la actividad de todos. Cuando llevamos una tabla desde el aserradero a la obra en construcción, hay un plus de esfuerzo (¿dicen 40%?) que hay que hacer para que esa acción nos beneficie del mismo modo que si no tuviéramos unos mantenidos a cuestas. Cuando nos pagan por ese trabajo nos damos cuenta encima que tampoco nos rindió como esperábamos porque hay otro porcentaje (¿otro 40%?) al que se lo comen imprimiendo billetes. Ese es nuestro empobrecimiento que consiste en que tener algo nos cueste más y que cada vez más cosas no valga la pena hacerlas porque el costo supera al beneficio. Al margen una masa de la población se cae de la economía. Y antes de esta pérdida de empleos y de pobreza oficial, en la era chiflada se comieron el capital, las AFJP, el valor extraordinario de las exportaciones y el Banco Central.

2. Sus alternativas políticas. En ambos casos estas décadas terminan siendo explicadas por sus posibles sucesores de modo al revés al real. La Alianza pensaba que el problema de Menem eran las privatizaciones, la falta de control de la economía y de reparto de dinero a la capa empobrecida por el propio estado. Es decir el diagnóstico era al revés y así terminó esa experiencia. La actual oposición está pensando en un kirchnerismo bueno, más repartismo como solución, más gasto y menos responsabilidad.

El relato argentino, no el K, es así. Empieza en el propio menemismo pero podríamos ir más atrás y cada consigna es consecuencia de la o las anteriores:

1. “Ahora que la economía está pum para arriba, es hora de hacer peronismo tradicional y darle al gasto público” (1995, crisis del Tequila).

2. “La recesión es porque éste es el primero y gran gobierno corrupto de la Argentina, hay que parir una república de buenos” (Carrió – Verbisky – opinadores). “Hay que aumentar los controles, los impuestos, obtener más financiamiento” (2000 – Alianza), y “calidad institucional” (gente sin patillas – ongs de corrección política).

3. “El problema fue el mercado, la locura de creer que la gente produce sin un general económico a cargo. También la convertibilidad y la corrupción. Cuidado con los bancos que se están llevando la plata” (jueces federales deteniendo camiones de caudales pensando que el crack era salida de dinero físico – 2001 Duhalde – Clarín – Unión Industrial).

4. “Nunca existió el gobierno de la Alianza. LLegó Kirchner a poner fin a la década menemista, la corrupción y la falta de calidad institucional. Viva el estado. Kirchner tiene un estilo”. “La corte menemista se voltea en nombre de la calidad institucional y la independencia del poder judicial”. “Abajo los militares, arriba los terroristas, Hebe de Bonafini es la abuelita de caperucita”. “Kirchner está argentinizando” (capturar empresas de modo extorsivo para entregarla a amigos). “Lo importante es que se termine el menemismo” (2003/2005, abrumadoramente todos)

5. “El campo es malo” (Kirchner). “Kirchner cambió” (el campo – Clarín). “Kirchner no es el príncipe encantador y es un poquito autoritario” (A dos Voces). “No hay inflación, son reacomodamientos de precios”. “Está bien que mienta con los índices, es re piola, nos está haciendo zafar de de pagarle a los tenedores de bonos ajustados” (2007).

6. “Clarín es la explicación de todos los problemas, problemas no existen, solo mentiras de los medios” (Kirchner). “Lo importante es ponerle buena onda” (PRO). “Lo importante es repartirle plata a la gente” (Carrió) “¿Qué les pasó?” (Tenembaum) (2007-2011). “El problema es no repartir: Asignación Universal por Hijo”.

7. “Comer chancho es afrodisíaco, vamos por todo” (CFK). “Cristina tiene que terminar su mandato” (2011). “Nestor era distinto”.

8. Que roben, que mientan, que destruyan la economía, que liquiden la moneda, pero cuiden a Cristina (Papa Francisco).

9. “El problema es que el gobierno fue menemista y hace falta que lleguen unos socialistas de verdad que además le pongan onda”. “No al giro a la derecha” (UNEN). “Volver al primer kirchnerismo con las viudas del kirchnerismo” (Massa)

Es una apretada síntesis de sucesión de dogmas. Tengo la impresión de que cuando las cosas se hacen igual de mal y se miente de la misma manera, todo termina igual. En un caso se comieron la apertura, las privatizaciones y la desregulación, aunque estos beneficios no se perdieron. En el otro se perdió el llamado viento de cola, el capital ya instalado, la facilidad de la licuación del gasto público de la devaluación, las AFJP, las reservas del Banco Central, la moneda y la razón.

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

Disparatado “neoliberalismo”

Por Carlos Rodríguez Braun. Publicado el 2/12/13 en http://independent.typepad.com/elindependent/2013/12/disparatado-neoliberalismo.html

El periodista canario Antonio Salazar me ha puesto nuevamente sobre la pista del señor alcalde de Agüimes, en Gran Canaria, don Antonio Morales Méndez, cuyos errores ya había tenido ocasión de criticar en el pasado (véase “Miedo y democracia”). Ahora vuelve por sus fueros con otro extraviado artículo en Canarias7.es titulado “Libertades neoliberales”. Según el señor alcalde, lo que nos pasa es lo siguiente:

En la década de los ochenta, el neoliberalismo se va adueñando de la economía y de la política para romper con el modelo de capitalismo que había cedido demasiadas posiciones al Estado de Bienestar y a los derechos de los trabajadores, rémoras para la competitividad. La eficiencia y la competencia solo se pueden alcanzar, según sus tesis, dejando vía libre al mercado, que se regula solo, y disminuyendo el Estado a su mínima expresión. Las privatizaciones son el eje fundamental de este cambio de paradigma y se extienden por el mundo como una epidemia sin control.

No por repetidos estos disparates dejan de serlo. Lo que sucedió en la década de los ochenta fue la caída del Muro de Berlín, ante lo cual el pensamiento único reaccionó inventándose una amenaza. Prefirió no despotricar abiertamente contra el capitalismo, considerando los innegables resultados criminales y empobrecedores del socialismo, pero lo sustituyó por la globalización y el neoliberalismo. El problema es que los bulos soltados durante décadas en contra del capitalismo seguían siendo bulos aplicados al malvado neoliberalismo. En este párrafo del señor alcalde anidan bastantes.

Nadie se ha “adueñado” de la economía, más que precisamente el agente que, según se nos asegura, ha quedado exánime ante el empuje neoliberal. En efecto, no sólo el Estado no se ha reducido en ninguna parte del mundo, sino que sus supuestos verdugos, los políticos neoliberales, no han hecho otra cosa que hacerlo crecer, como se ve en la presión fiscal, en la deuda pública y en las múltiples incursiones del poder contra la libertad y los bienes de los ciudadanos.

Nadie quiere “romper con el modelo de capitalismo” contemporáneo, es decir, un pseudocapitalismo donde la propiedad privada y los contratos voluntarios, que son sus instituciones fundamentales, están severamente limitados por la política y la legislación.

Los capitalistas nunca “cedieron” ante el Estado de Bienestar, que les fue impuesto por las autoridades, como al conjunto de la población. Esa mayor coerción se tradujo en menos derechos para los trabajadores, no sólo en términos de dinero, que también, sino en términos de empleo. Los llamados “derechos sociales” pueden ser rémoras para la competitividad al ser usurpados por el poder y los grupos de presión que a su socaire medran, que establecen sistemas intervencionistas, supuestamente en beneficio de los trabajadores, pero que acaban castigándolos.

Nadie ha dicho nunca que el mercado no necesite regla alguna. Esa es una caricatura antiliberal sin fundamento, como también carece de fundamento la idea de que las privatizaciones reducen el Estado “como una epidemia sin control”. Es justo al contrario: los Estados puede retirarse de algunas áreas y actividades, generalmente cuando la rentabilidad política de ocuparlas es inferior a su coste político, pero eso no significa que el peso conjunto de la política disminuya.

En lugar de repetir tópicos, el señor Morales Méndez podría echar un vistazo a la realidad y comprobar que eso que dice que pasa no pasa, ni ha pasado ni, me temo, pasará.

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

¿Fracasó el neoliberalismo?

Por Adrián Ravier. Publicado el 4/6/13 en http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/06/04/fracaso-el-neoliberalismo/ 

Nadie sabe bien qué es el neoliberalismo, pero lo que parece estar claro en la opinión pública argentina es que ha fracasado. Se lo identifica generalmente con el “Consenso de Washington” o con algunos autores de la Escuela de Chicago y la Escuela Austriaca, especialmente Ludwig von Mises, Milton Friedman o Friedrich Hayek. Pero lo cierto es que las ideas que estos autores defendieron tienen poca o nula relación con la política económica de aquellos países que toman como ejemplo, especialmente la Argentina noventista. De hecho, la corrupción, el excesivo gasto público, los recurrentes déficits fiscales, el endeudamiento, la falta de federalismo, el mercantilismo del Mercosur y la falta de un sistema republicano de gobierno con respeto por las instituciones y la división de poderes, no parece ser consistente con el “liberalismo”. En lo que sigue, no intentaré volver sobre la disputa comentada, sino señalar que varios países latinoamericanos, a pesar de sufrir el impacto de la Crisis del Tequila de 1995, la crisis asiática de 1997, el default ruso de 1998, la devaluación de Brasil en 1999 y las depresiones norteamericana y argentina de 2001, aun así continuaron por el mismo camino “neoliberal” y los resultados fueron positivos.

Dos caminos alternativos

Tras la década perdida de 1980, los países de Latinoamérica emprendieron un camino de cierta apertura económica y privatización de sus empresas públicas deficitarias. El Estado había resultado incapaz de gestionar los servicios públicos como la luz, el agua, el gas o las telecomunicaciones, y en algunos países la monetización del déficit fiscal terminó con una acelerada inflación. Las reformas implementadas en la década del 90 permitieron a los países latinoamericanos modernizar sus economías. La inversión extranjera directa estaba representada en grandes flujos de dinero, pero también en know how, sobre cómo gestionar las inversiones en ciertos campos clave que permitieran a la economía tecnificarse. En prácticamente todos los países latinoamericanos se observó una extensión de los servicios públicos en toda la amplitud de sus territorios nacionales, cuando antes eran negados a una gran parte de la población, al mismo tiempo que se construyeron autopistas y rutas que hicieron más eficiente la comunicación entre los estados provinciales, extendiendo la frontera de posibilidades de la producción. En algunos países, como Argentina, Bolivia, Venezuela o Ecuador, -y por diferentes causas- el modelo hoy calificado como “neoliberal” no terminó bien, y la opinión pública decidió apoyar otros modelos que cambiaran el rumbo. Es así que en la última década estos cuatro países decidieron apoyar un modelo de desarrollo interno, privilegiaron las relaciones dentro del grupo, avanzaron -quizás con la excepción de Bolivia- en un modelo de sustitución de importaciones– y planificaron un entramado de subsidios y regulaciones que escaseaban en la década anterior. Otros países, sin embargo, continuaron con aquel modelo “neoliberal”. Chile, Brasil, Colombia, Perú y Uruguay evitaron cerrar sus economías y doblaron esfuerzos en intentar atraer capitales como base de su desarrollo productivo, al tiempo que mantuvieron las privatizaciones de los servicios públicos como un factor acertado de los gobiernos previos.

¿Resultados similares?

En la última década las estadísticas muestran que ambos modelos fueron exitosos en términos de aumentar la inversión, reducir la pobreza, crear empleo, alcanzar un crecimiento económico acelerado e incluso reducir la carga de la deuda en relación con el PIB. La similitud, sin embargo, es sólo aparente. Y no me refiero únicamente a lo engañosas que pueden resultar las estadísticas en el primer grupo -especialmente Argentina y Venezuela-, sino a otras cuestiones de fondo. Mientras Argentina, Venezuela, Bolivia y Ecuador expandieron la inversión pública, las otras economías estimularon la inversión privada. Mientras el primer grupo creó mayor empleo público, el segundo creó empleo privado. Mientras el primer grupo reduce la deuda pero acelera la inflación, el segundo grupo reduce la deuda, con estabilidad monetaria. Mientras el primer grupo muestra un crecimiento del gasto público sobre PIB, en el segundo grupo este ratio cae. Mientras el primer grupo nacionaliza empresas privatizadas en la década anterior, el segundo grupo profundiza aquel modelo y mejora las regulaciones.

Analizar lo genuino y sostenible de ambos modelos nos obliga a estudiar en profundidad estas diferencias. Lo que se busca, en definitiva, es que la caída de la pobreza sea continua, y no accidental. Habrá que esperar al final de la historia, pero mi optimismo radica en que un posible mayor éxito relativo de las políticas del segundo grupo, incentiven a los primeros a imitar aquel modelo abierto. Axel Kicillof insiste en revertir el noventismo, pero lo que en realidad hace hoy el gobierno argentino es profundizar lo peor del menemismo.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.