Que hacer para evitar una crisis:

Por Aldo Abram. Publicado el 3/2/14 en: http://www.ambito.com/diario/noticia.asp?id=727028

 

Cada vez se generaliza más la percepción de que la economía argentina se encuentra en un rumbo de colisión. Por eso, es útil proponer qué debe hacerse en este contexto para evitar estrellarnos y naufragar.

valor del dolar

Lo primero, un buen diagnóstico. Como casi todos los anteriores, este Gobierno hizo crecer fuertemente el gasto público. Arribamos a los comicios presidenciales de 2011 y, para ganarlos, se intentó que el tipo de cambio no creciera al ritmo al que depreciaban el peso para cobrarnos el impuesto inflacionario que necesitaban para gasto electoral. Conclusión, perdieron más de u$s 6.000 millones de reservas. En vez de corregir el rumbo, después de una contundente victoria electoral, priorizaron seguir diluyendo la solvencia del Banco Central con una reforma de su carta orgánica para habilitar mayor financiación de más aumento excesivo de erogaciones. Para evitar la disparada del dólar que esto hubiera generado, pusieron el cepo. Es evidente que en los últimos meses el Gobierno ha venido reaccionando como pudo para moderar la caída del stock de divisas del Central. El problema es que es necesario que los exportadores, los importadores y otros demandantes de divisas de ese mercado le crean al Gobierno que el actual tipo de cambio oficial es un valor de equilibrio y que, a futuro, subirá moderadamente. La continuidad de la caída de reservas indica que no le creyeron ambas o alguna de esas premisas.

Con el diagnóstico correcto, podemos dar con el remedio adecuado. El objetivo debe ser volver a un mercado único y libre de cambios. Para eso, deberíamos recuperar el tipo de cambio oficial hasta que refleje el verdadero valor del peso. Eso implicaría un alza de cerca del 50%, que esta gestión sólo admitirá ante la misma crisis. Habrá que recetar algo más gradual, desdoblar el tipo de cambio, luego de un salto que permita una parte importante de lo que ya devaluaron el peso para cobrar el impuesto inflacionario y gastárselo. El comercio exterior quedaría en el oficial o “comercial” (excepto, quizá, algunos bienes de lujo importados) y todas las demás operaciones se harían libremente en lo que es hoy el paralelo, que pasaría a ser formalizado. En un plazo razonable, ambos deberían converger, para lo que todavía falta curar la verdadera enfermedad: el excesivo crecimiento del gasto público.

No vamos a pedir siquiera que congelen el gasto primario, sólo que se suba a una tasa más cercana al 20% (que igual es mucho) y no de más del 30%, como sucede actualmente. La devaluación mejora ostensiblemente los ingresos públicos, pero será necesario licuar una parte de las erogaciones y reducir al mínimo posible la inversión pública.

Sin embargo, el mayor esfuerzo lo deben hacer los que más tienen, y más del 70% de los subsidios a las tarifas públicas van a quienes pueden pagarlas. Por lo tanto, hay que ayudar a los más necesitados; pero subir lo que efectivamente pagamos de las tarifas gradual, pero rápidamente.

Si logramos contener la necesidad de financiamiento total del Banco Central a un monto en pesos (incluidas las divisas y ganancias transferidas) de $ 100.000 millones o menos, podemos lograr que la inflación y el alza del dólar financiero se moderen, permitiéndole al “comercial” que lo alcance con un mayor ritmo de suba. Esto tendrá otra consecuencia coyuntural que generará picazón a algunos funcionarios, un alza de las tasas de interés.

Hasta acá, ordenamos la parte fiscal y monetaria para, con suerte, evitar la crisis. Sin embargo, otras materias pendientes ayudarían a disminuir el costo social. Por ejemplo recuperar la seguridad jurídica, reinsertarse en el mundo, reducir la presión tributaria, desarmar la maraña de controles que dificultan la producción y la generación de empleo en el sector privado. Todo esto lo debe hacer un Gobierno que pierde poder en el presente proceso de transición política y que, con su actual gestión, diluye rápidamente su credibilidad. Así que no queda mucho tiempo, ya que, sin credibilidad, no hay solución posible, por buena que sea. Ojalá que escuchen y pronto.

 

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .

El turno de Kicillof

Por Adrián Ravier. Publicado el 14/1/14 en: http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2014/01/14/el-turno-de-kicillof/

 

No comprendí el optimismo que despertó en los medios el nombramiento de Capitanich al frente de la Jefatura de Gabinete hace sólo un par de meses. Es cierto que dialogó con la prensa en estos dos meses más de lo que sus antecesores lo hicieron en los años previos. Pero la situación argentina amerita cambios de fondo, no cambios de estilo. Y esos cambios de fondo brillaron por su ausencia.

Ahora es el turno de Kicillof, que estratégicamente supo hacer silencio y dejar caer la imagen de su socio en el gobierno sin ver deprimida la propia. Pero él es el ministro de Economía, y las noticias no son buenas en la órbita que maneja: las reservas siguen cayendo, el dólar blue se volvió a disparar, la inflación no cesa, la escasez de productos es cada vez más visible y el desequilibrio fiscal no encuentra financiamiento.

La Argentina necesita cambios estructurales, pero la apuesta oficial -especialmente de la presidente- va por otro camino. Se trata de llegar al 2015 sin abandonar la línea que caracterizó al gobierno todos estos años. Bajo esa premisa, conjeturo que veremos un fracaso atrás de otro, con caras nuevas recurrentemente que intentarán lo imposible. Kicillof no podrá escapar a lo sucedido con sus antecesores. El problema central, una vez más, es el exacerbado gasto público. La teoría de las finanzas públicas nos enseña que para financiarlo hay tres instrumentos centrales. Impuestos, deuda y emisión.

En el primer caso, la presión tributaria ha ido aumentando incesantemente desde el comienzo del kirchnerismo. De poco más del 20% al final del menemismo a más del 40% en 2012. Este es un dato relevante que destaca la voracidad fiscalque ha caracterizado al gobierno argentino durante los últimos 10 años.

Algunos analistas creyeron encontrar el límite a la presión tributaria hace algunos años, pero el ingenio y la creatividad de este gobierno siempre encontró nuevas respuestas. Hoy muchos analistas dicen que no habrá más recursos por esta vía, aunque yo no lo veo tan claro. Este gobierno tiene una única meta, otra vez, que es llegar a 2015 sin cambiar la línea. No importa que paguemos un nivel de impuestos europeo o nórdico y recibamos servicios públicos africanos. Sólo importa evitar el ajuste a cualquier costo. Conjeturo entonces que la presión tributaria continuará su ascenso aunque resta definir qué sector de la población pagará el costo.

En el segundo caso, el gobierno buscará tomar deuda. Cinco o diez mil millones de dólares que refuercen las reservas harían la diferencia. En este sentido, Kicillof sólo hizo una cosa desde su llegada al nuevo rol en el gobierno. Trató de llegar a un acuerdo con Repsol tras la expropiación de YPF y viajó a Asia en busca de fondos. Muchos analistas destacan el “alto costo” de este potencial financiamiento, sin embargo, esto no será un limitante. Si alguien accede a prestarle dinero al gobierno y esto le permite evitar el ajuste antes de 2015, el gobierno avanzará “sin importar el costo”.Conjeturo entonces que el endeudamiento aumentará en estos dos últimos años de mandato.

Por último, la fuente de financiamiento que el gobierno viene utilizando y que también parece llegar a un límite es la de la emisión monetaria. La consecuente inflación ya está en boca de todos. El malestar social por la suba continua de precios es generalizado. Y muchos analistas concluyen entonces que no podrán seguir abusando de este “recurso”. Sin embargo, insisto, lo único que está en juego en este último período del kirchnerismo es evitar el ajuste. Conjeturo entonces que emitirán todo lo necesario para sostener el modelo. Las fuentes alternativas de financiamiento están agotadas, pero el gobierno se niega a creerlo. No habrá un cambio estructural de la política económica, y sólo decantará el modelo cuando los estallidos sociales impongan un límite. Ahora sólo podemos sentarnos a ver lo que la creatividad de Kicillof nos depara, pero aumentando a la vez la presión tributaria, el endeudamiento y la inflación, mientras la oposición va preparando propuestas estructurales que recién en 2015 iniciarán el cambio.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Monotributo para Pymes

Por Pablo Guido. Publicado el 30/7/13 en http://economiaparatodos.net/monotributo-para-pymes/

En Argentina el 98% de las empresas pertenecen a la categoría de “pequeñas y medianas” (PYMES), estas proveen más del 43% del total de empleos formales y una participación del 41% en la facturación total empresarial

En los últimos años, tanto estas empresas como el resto de las que existen en el mercado local, están fuertemente presionadas por incrementos en los costos de financiamiento, costos salariales, costos regulatorios y también por el aumento de la carga tributaria. En este último caso, la presión tributaria a nivel consolidado (Nación, provincias y municipios) se habría incrementado un 50%, al pasar del 22% al 34% del PIB, de acuerdo a datos del Instituto Argentino de Análisis Fiscal (IARAF). Según informes de la Organización para la Cooperación de Desarrollo Económico (OCDE), la presión tributaria sobre las empresas argentinas estaría al mismo nivel que los países más desarrollados, que tienen niveles de productividad varias veces mayor al de Argentina. De acuerdo al informe anual Doing Business (Banco Mundial) las pymes argentinas se ubicaron en el puesto 149 de un total de 185 países en lo que respecta a la facilidad para el pago de impuestos.

Es evidente la desventaja de nuestras empresas ante sus competidoras mundiales y regionales al tener que soportar un peso mayor de los tributos en relación a sus ventas, ganancias o activos. Podríamos sintetizar en tres aspectos las dificultades más grandes de nuestras pequeñas y medianas empresas: la excesiva presión tributaria, la falta de simplicidad en los mecanismos de liquidación de impuestos y los altos costos de administración tributaria.

La Resolución 21/2001 de la Secretaría de Pyme del Gobierno Nacional establece los montos máximos de facturación anuales de una pequeña y mediana empresa, para encuadrarse dentro de los diferentes beneficios de fomento que la Ley 25.300 provee a este tipo de empresas. Dichos montos van desde los 590.000 pesos anuales para las empresas de servicios a los 1,8 millones de pesos para las del sector industrial y minero. Por su parte, el Régimen Simplificado para Pequeños Contribuyentes (Monotributo) establece un límite de facturación bruta de 200.000 pesos anuales para las personas físicas o jurídicas que proveen servicios o de 300.000 pesos para quienes venden cosas muebles. De esta forma, una proporción importante del universo de las pymes estaría quedando fuera de los beneficios que provee el régimen de Monotributo al superar el monto máximo de facturación permitido por la ley para ser beneficiario del régimen especial.

En función de todo esto resulta necesario simplificar y reducir la carga tributaria de las pymes mediante la creación de un régimen tributario especial, similar al del Monotributo pero de aplicación para aquel sector de la economía. El régimen reemplazaría el pago del impuesto a las ganancias, el IVA y el de ganancia mínima presunta; debería tener, según diversas estimaciones, una alícuota del 8% sobre la facturación bruta de las empresas y los montos máximos de facturación permitidos en el régimen deberían ajustarse anualmente de forma automática mediante una combinación del Índice de Precios al Consumo, del Índice de Precios Mayoristas y de la Construcción.

De esta manera, se estaría logrando el objetivo de reducir los costos tributarios, simplificar la liquidación de los tributos y agilizar la administración del pago de los mismos para las pequeñas y medianas empresas del país.

Pablo Guido se graduó en la Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Doctor en Economía (Universidad Rey Juan Carlos-Madrid), profesor de Economía Superior (ESEADE) y profesor visitante de la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala). Investigador Fundación Nuevas Generaciones (Argentina).Director académico de la Fundación Progreso y Libertad.

 

Historia cíclica de un país con buena gente

Por Aldo Abram. Publicado el 28/6/13 en http://opinion.infobae.com/aldo-abram/2013/06/28/historia-ciclica-de-un-pais-con-buena-gente/

Hace tiempo conocí a Rafael, un indigente que no siempre había vivido en esa situación de pobreza extrema. Antes era un comerciante de buen pasar, que estaba casado con una mujer a la que amaba mucho. Por esas cosas de la vida, su esposa decidió que el matrimonio no funcionaba y se divorciaron. Fue un duro golpe anímico para Rafael, que seguía amándola. Al poco tiempo, el país entró en una de sus periódicas crisis y lo agarró con las defensas bajas.

Lamentablemente, terminó perdiendo todo y eso le quitó las últimas ganas de luchar por reconstruir su vida, por lo que terminó viviendo en la calle y de la caridad. Se estableció en una plaza y pronto advirtió que podía hacer algunos manguitos cuidando los autos de quienes estacionaban allí para ir al centro, donde hacían trámites y compras. Rafael, como buena persona que era, se fue ganando a sus “clientes”, de los que recibía unas monedas (a voluntad), ya que les daba tranquilidad dejar su vehículo seguro.

Un cliente habitual era un hombre muy mayor, sin familia, con quien solía compartir conversación y así trabaron una buena relación. Este señor no sólo le daba una buena propina por cuidarle el auto, sino que a menudo lo invitaba a comer algo, para así poder charlar tranquilos. Un día dejó de venir a visitar a su amigo el “cuidautos”, que extrañaba sus charlas. Al tiempo, llegó un abogado que le avisó que había muerto y que él había heredado sus bienes. Un lindo auto, un departamento muy bien puesto y una galería en la que se alquilaban los locales.

Rafael dejó la plaza y el cuidado de vehículos. Se instaló en su nuevo hogar y empezó a gozar de una nueva vida. Los alquileres eran buenos y le permitían mantener un alto estándar de gastos. Además, no le faltaba generosidad y ayudaba a muchos de sus viejos amigos de infortunio. El problema es que el dinero no alcazaba para tanto y, además, para hacerle un adecuado mantenimiento a la galería que con el tiempo empezó a decaer. La situación se volvió tan grave que el contador aconsejó venderla a alguien que pudiera invertir lo necesario para ponerla nuevamente en valor. Así se hizo y Rafael siguió con su alto nivel de gasto hasta que un día se encontró que no le quedaba nada y que, incluso, había tenido que vender el auto e hipotecar el departamento. En definitiva, Rafael tuvo que volver a la plaza y a la vida que había abandonado unos años antes.

Esta historia nos puede servir de base para entender lo que, muchas veces, le sucede a algunas economías.

Cuando algunos países tienen la suerte de que el escenario mundial les sonría y los bendiga con favorables precios para sus productos exportables, los gobiernos suelen gastarse toda la plata en redistribuir riqueza sin prever cómo mantener su futura generación. Es lo que le sucedió a Venezuela que, en 10 años, tuvo una suba de más de 10 veces del valor del crudo y una entrada de varios cientos de miles de millones de dólares extras de ingreso que se gastó en una “gesta populista”. Así el chavismo llevó a la economía al estado de postración actual, asomándose al precipicio de una enorme crisis.

También, es la historia de la década “ganada” del kirchnerismo o, mejor dicho, desperdiciada. Comparada con el peor escenario inmediato anterior, la dura crisis de 2001-2002, es lógico que la situación haya mejorado muchísimo. Los índices de desempleo y de pobreza bajaron fuertemente. Muchos sectores de bajos ingresos se vieron beneficiados por generosos planes sociales y otros, no tan pobres, con enormes subsidios al consumo de servicios públicos e, incluso, bienes privados, como los combustibles y algunos alimentos. En general, hemos tenido niveles de consumo muy superiores a los que acostumbrábamos y nunca nos preguntamos si eran sostenibles o si dejábamos facturas por pagar.

El gasto de los distintos niveles del Estado se duplicó en términos del PBI y la cantidad de sus empleados creció más de 40%; a pesar de lo cual la calidad de las funciones que desarrollan no ha mejorado. Obviamente, esto implicó la necesidad de aumentar fuertemente la presión tributaria sobre el sector productivo, particularmente aquellos más eficientes que, con semejante mochila, se les volvió cada vez más difícil competir en la carrera del comercio internacional.

Por lo que no extraña que, a pesar de haber aumentado las exportaciones en más de 220%, Argentina haya sido el país de América del Sur que menos las incrementó durante los últimos 10 años.

También, se desincentivó la inversión en los sectores más productivos y, muchas veces, el intervencionismo estatal dio señales de asignación equivocada del capital, lo que ha hecho que la ganancia en eficiencia rondara la mitad de la lograda en la década anterior. Por otro lado, la falta de seguridad jurídica y funcionarios que se extralimitan en el ejercicio de sus funciones ahuyentaron a los inversores locales y extranjeros. Hoy los niveles de llegada de capitales productivos del exterior (IED) a la Argentina, medidos per cápita, son sólo superiores a los de Ecuador, Paraguay y Venezuela.

Los sectores productivos que fueron obligados a financiar al Estado o a subsidiar los consumos han quedado en una situación de extrema fragilidad. Fuerte caída del rodeo de ganado vacuno, las menores cosechas de trigo de los últimos cien años, producción y reservas de petróleo y gas que decrecen, servicios públicos que no cuentan con el mínimo de mantenimiento necesario, con los riesgos y la pésima calidad de prestación que eso significa. Va a llevar años de inversiones lograr recuperar a estos sectores.

Así llegamos a la actual situación, en la que para sostener niveles excesivos de gasto público se ha exprimido al Banco Central llevándolo a cobrarnos elevados impuestos inflacionarios. En tanto, la apropiación de las reservas terminó de debilitar su solvencia y su capacidad moderadora del mercado cambiario; lo que derivó en el cepo. Lamentablemente, los controles de cambio han demostrado ser desastrosos, no sólo en Venezuela, sino en la Argentina. En los últimos 70 años, tuvimos más de 20 planes con este engendro y todos terminaron mal. Empiezan a llegar las “cuentas” de un auge artificial populista y, ahora, nos encontramos que no hemos aprovechado la bonanza internacional para hacer las inversiones necesarias para generar riqueza y, encima, debemos afrontar las facturas que dejamos por pagar. Conclusión, más allá de algunos “parches” coyunturales como blanqueos o desdoblamientos cambiarios, que pretenderán extender la “fiesta” y evitar pagar los costos de tantos desmanejos, la realidad terminará imponiéndose al relato. En definitiva, nos encontraremos como empezamos esta historia, con mucha buena gente que vuelve a la pobreza.

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .

China: un país con fuertes desigualdades de ingresos

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 10/4/13 en http://www.cronista.com/opinion/China-un-pais-con-fuertes-desigualdades-de-ingresos-20130410-0038.html

El pasado mes de febrero el gobierno chino emitió un esperado informe sobre como tratará de corregir las muy notorias desigualdades en materia de ingresos que afectan a su economía, que están generando un creciente ‘mal humor’ social.
Ocurre que, en el 2012, el ingreso anual disponible (después de impuestos y cargas sociales) de la población china urbana ha sido del orden de los u$s 4.000 por año, lo que supone un aumento del 9,6% –en dólares– respecto del 2011 y que, en cambio, el ingreso anual disponible de la población rural de China, siempre en el 2012, ha sido de apenas u$s 1.300, lo que supone un aumento del 10,7% respecto del año anterior.
Esto muestra que existe una diferencia realmente enorme entre los ingresos de ambos grupos de la población. De nada menos que el 67%, en rigor, entre un grupo y el otro. Lo que conforma es un tema de disparidad bien difícil de mantener en el tiempo sin provocar, en algún momento, muy serios problemas sociales.
Esto se confirma cuando, por primera vez, se ha dado a conocer el llamado ‘Índice Gini’ que corresponde a China: 0,47%. En una ecuación que tomó el nombre de un conocido estadístico italiano, donde el 0 es la igualdad perfecta y el 1 es la desigualdad perfecta.
Ese índice para China, medido por economistas y consultores privados, es de 0,61%. Para quienes tengan fe ilimitada en el comunismo, China es hoy tan desigual como los Estados Unidos, si tomamos las cifras oficiales y, mucho más desigual que el país del norte, si –en cambio– nos basamos en los números del sector privado.
Para remediar la situación, el Estado está presionando a las empresas del propio Estado para que distribuyan un porcentaje más alto de sus utilidades. Para así poder fondear mejores viviendas, programas sociales, pensiones y coberturas médicas para todos. Además, se está presuntamente persiguiendo a los corruptos, en todos los niveles.
En paralelo se anuncia que el gobierno chino aumentará pronto la presión tributaria sobre los ingreso de los más ricos, hoy bajísima.
Si tomamos las cifras del 2011, las empresas del Estado chino han distribuido como dividendos a un orden del 52% de sus utilidades anuales. El resto lo dedican a autofinanciamiento y a alimentar prebendas de distinto tipo, para beneficio de sus más altos funcionarios, lo que es una verdadera enormidad.
Por esto la presión de las autoridades para que esto se modifique. Presión que naturalmente choca contra una trama gruesa de ‘intereses creados’, desde que, con mucha frecuencia, son los propios parientes y familiares de los dirigentes políticos chinos quienes, en los hechos, conforman la pequeña ‘elite’ que se enriquece y enriquece a otros con las utilidades de las empresas del Estado.
En ese esfuerzo se anuncia, asimismo, que se vigilará de cerca el cumplimiento, por parte de los funcionarios y sus parientes, de las normas que los obligan a hacer conocer a sus superiores todas sus fuentes de ingresos y su patrimonio, que hoy son cumplimentadas muy pocas veces. En este sentido la forma de corregir lo que hoy sucede es la de hacer públicos esos ingresos. Transparentes, en consecuencia.
Mientras esta cuestión comienza a corregirse, aunque muy lentamente, los salarios chinos están aumentando, en términos reales. Lo que no debería ser sorprendente en un régimen que aún dice ser comunista.
La oferta y la demanda de trabajo en China están prácticamente ‘calzadas’, sin que, en líneas generales, existan en toda China bolsones de desocupación que generen preocupaciones importantes.
En el 2012 ellos subieron un 7,6%. Para este año se proyecta un más fuerte crecimiento del salario, que se ha estimado en un 9,2%. Esto es bueno para que la economía no sea, como hasta ahora, tan dependiente del sector externo y comience a moverse, en buena medida, al compás del consumo interno. Pero es ciertamente malo para la competitividad general de la economía china, así como para el control de la inflación doméstica.
Esto es lo que explica que estén apareciendo empresas que ahora se van de China y se instalan en México, cuyos salarios son hoy bastante competitivos con los chinos y cuyo acceso al mercado es bastante mejor que el de China.
Pero cuidado, para no hacer las cosas demasiado dramáticas, China está también aumentando muy fuertemente la productividad de su trabajo, como factor de producción. En el 2012, ese aumento fue excepcional: del 8,3% para el año. Lo que es ciertamente saludable.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

 

¿En qué se parecen Obama y Evita?

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado en http://www.panamaamerica.com.pa/periodico/edicion-actual/opinion-interna.php?story_id=1189106

“Voy a proponer… la necesaria reducción del déficit con el indispensable estímulo de la economía”, ha dicho Hollande, que exigirá a Merkel el final del “duopolio francoalemán”, cuando asumía con sobriedad republicana como el séptimo presidente de la V República Francesa y el segundo socialista desde la posguerra.

 El PIB de la eurozona evitó la recesión, en el p rimer trimestre de 2012, gracias a que Alemania (que concentra el 27% del PIB euro) supuestamente creció 0.5%, según Eurostat, que asegura que Francia está estancada mientras caen Italia (0.8%), España (0.3%), Holanda (0.2%) y Grecia (6.2%) que ya ha perdido más del 20% en cuatro años. Entre tanto, el PIB de EE.UU. crece 0.5%. En los mercados ya se habla del corralito (gran invento argentino) en España, pero “se quedan tranquilos” cuando el mismo Gobierno que dice ser pro mercado y estatiza Bankia descarta esa hipótesis como “un salto al vacío irracional”.

 Durante un acto en apoyo a su reelección, en Nueva York, convocado por la organización Futuro Fund y la comunidad gay norteamericana, Obama recomendó: “Aquellos que no hayan visto Evita aún, deberían hacerlo”, frente a Ricky Martin que trabaja en el musical sobre la icónica figura argentina en Broadway.

 En fin, al mejor estilo estatista, de derechas e izquierdas, la vieja y trillada propuesta de Hollande de bajar el déficit sin detener “el estímulo” (el gasto) implica aumentar la presión tributaria. Así le va a Europa, es que sucede que, más impuestos, implican menos recursos en el sector privado, que es el que produce. Así, mientras que nadie rehúye pagar por un recurso que le sirve para ganar aún más dinero (para producir), en 2011, mil 780 estadounidenses renunciaron a la nacionalidad para evitar tener que presentar información al Servicio Interno de Impuestos (IRS, en inglés), mientras que en 2010 fueron 485 mil  personas, duplicando la cifra del año previo.

 Cuenta Daniel J. Mitchell, en The Wall Street Journal, que en 2001 en Suiza, el 85% votó a favor de una ley “freno a la deuda”, que exige que el gasto del Estado central no crezca más rápido que los ingresos. Antes de que entrara en vigor, el gasto público se expandía un 4.3% anual y ahora 2.6% anual.

 Aunque el sistema no es lo ideal, lo cierto es que el gasto anual del Estado central hoy no llega al 20% del PIB, y el gasto total en todos los niveles del Estado es del 34% del PIB, 36% menos que antes del “freno a la deuda”.

 Obviamente, los políticos no quieren restricciones a su capacidad de comprar votos con el dinero ajeno, pero las personas están comenzando a tener consciencia de que este negocio “como costumbre” ya no es aceptable, salvo en países políticamente subdesarrollados, discípulos de Evita, como en Argentina y Venezuela, a la que Obama mira con tanta admiración.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.