Por qué Argentina no crecerá con este “modelo”

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 30/1/19 en: https://www.ambito.com/por-que-argentina-no-crecera-este-modelo-n5013245?fbclid=IwAR1ipIgk2X46P77SEL6ZlN24WsWVnyZST_l9BFw-Mm5nTCn2lSdBYKAfORQ

 

Por qué Argentina no crecerá con este modelo

Dados dos motivos fundacionales, la eficiencia económica es una cualidad exclusiva del mercado (la sumatoria de las personas individuales). Primero, porque es el que la define: un tren puntual, rápido y bonito que llega al desierto, no sirve a nadie, es económicamente ineficiente. Segundo, es necesario competir. Un jugador, solo, no tiene marco de referencia ni contrincante que lo incentive a superarse.

Así, el Estado, es necesariamente ineficiente. No compite o porque es monopólico -como AySA- o porque tiene fondos inagotables del tesoro -como Aerolíneas Argentinas– de modo que no necesita ser eficiente, basta con ser “políticamente correcto”.

Entonces, el modelo oficial al aumentar el peso estatal sobre el sector privado sólo incrementa la ineficiencia y, por tanto, la economía caerá. Podrán inflar el PBI circunstancialmente -como en 2017- con entrada de dinero por préstamos, buena cosecha y mejora en la balanza comercial, pero el sistema seguirá perdiendo eficiencia, productividad.

Y los datos muestran que el peso estatal se agranda a costa de las personas. El Estado tiene tres modos de absorber recursos. Primero, con impuestos.

Según el IARAF, la presión tributaria que en 2018 finalizó en 32,6% del PBI (0,02% encima de 2017) llegará al 33,4% en 2019. Y esto a pesar de que entre 2015 y 2018 el gasto público bajó cuatro puntos del PBI, según Abeceb. Sucede que creció el servicio de la deuda y que la presión fiscal debe computarse sobre el PBI del sector privado, que cayó.

Dicen que la presión fiscal en Argentina llega al promedio de los países de la OCDE. Suponiendo que sea cierto, hay que sumar los otros dos modos de absorción de recursos: la inflación, 47,6% de disminución del valor de la moneda debido al exceso de emisión para solventar gastos estatales, y el tercer modo, el endeudamiento/tasas altas.

Un informe del Bank of America Merrill Lynch muestra que los préstamos al sector privado, en relación con el PBI, llegan al 18% en Argentina -el promedio de la región es 45% y en los emergentes llega a 90%-; el resto se lo “llevó” el Estado.

Pero hasta inflar el PBI con fondos del exterior se va a complicar, porque el “viento” parece ser de frente. Mientras el “brexit” se demora, entre hoy y mañana, se realiza otra ronda de negociaciones entre China y EE.UU. dentro de la tregua comercial que finaliza el 1 de marzo. Dejemos de lado, el suspendido cierre del Gobierno en EE.UU., además de los datos de empleo y crecimiento a ambos lados del Atlántico, hoy también se conocerán los resultados de la reunión de la Fed. Según el FedWatch, el 68,4% de los analistas cree que no moverá las tasas durante 2019 y 4,2% cree que podría hasta bajarlas en diciembre, dada la desaceleración global, y la sombra de recesión en EE.UU.

Habrá que ver si la Fed insinúa que se trata de una pausa, para tomar fuerzas, y seguir subiendo las tasas cuando los mercados se estabilicen. Además, es importante ver si decide finalizar el adelgazamiento de su balance antes de lo previsto. Desde el inicio de la dieta en 2017, la reducción trepa a u$s400.000 M, lo que tendría el mismo efecto que dos subidas de tasas, de 25 pb cada una, según Natixis.

Así, la tasa de fondos federales actual estaría cerca del 2,875%, el extremo superior de lo que la Fed considera neutral (2,8%). Y si reduce su balance en otros u$s400.000 M en 2019, equivaldría a una subida de otros 50 pb llevando la política monetaria a “territorio restrictivo”.

También hoy al anunciar el reembolso trimestral -de la próxima semana- el Tesoro aumentaría las ventas de deuda, para financiar el creciente déficit dado el crecimiento del gasto y de los servicios de la deuda, récord, de u$s16 B. La cantidad total de títulos a 3, 10 y 30 años que se ofrecerán en la próxima subasta de reembolso se estima en $84.000 M, 1.000 M más que hace tres meses.

La emisión de deuda nueva neta total del Tesoro en 2018 ascendió a u$s1,34 B, contra u$s550.000 M en 2017. En 2019, sería de u$s1,4 B y oscilaría entre u$s1,25 y 1,4 B en los próximos cuatro años. A pesar de la inundación de oferta, los rendimientos del Tesoro no se elevan debido a la firme demanda.

Pero el problema de la deuda global empieza a preocupar. Gracias a tasas del 0% ofrecidas por los bancos centrales, según el Instituto Internacional de Finanzas (IIF) superó el 318% del PBI global en el tercer trimestre de 2018. Y no sólo es deuda pública sino, sobre todo, privada que no está en entidades financieras. Hoy la cifra ronda u$s72 B, frente a 27 B de hace una década.

Y, dadas las perspectivas, los inversores se están deshaciendo de los bonos de deuda. Pero no sólo los principales compradores, los bancos centrales, también muchos secundarios. De hecho, según los datos que maneja Bank of America Merrill Lynch, el pasado año salieron u$s63.000 M de fondos de deuda corporativa, lo que ha llevado a acuñar el término Crexit para definir estos reembolsos en bonos corporativos.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

El tema de la semana: la suba de tarifas

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 27/4/18 en: https://www.portfoliopersonal.com/Research/Noticia/7020

 

El gobierno de Macri se ha visto complicado en las últimas semanas por el problema del ajuste de tarifas. La quita de subsidios que lleva a un incremento en el precio que deben pagarse por estos servicios ha mostrado cierto hartazgo en la opinión pública. Lamentablemente, la oposición se ha visto más inclinada a utilizar este descontento con fines políticos que ha ofrecer soluciones de fondo.

El atraso tarifario es unas de las herencias más costosas que el kirchnerismo le ha dejado a Cambiemos. Es, también, un problema muy pobremente explicado por Cambiemos. Una cosa es entender que al no ajustarse las tarifas de los servicios públicos las mismas deban ser subsidiadas y eventualmente tendrán que ser corregidas. Otra cosa es tener una comprensión de la dimensión y alcance del problema. Cambiemos parece funcionar bajo la ilusión que entender un problema es lo mismo que ser consciente del tamaño del mismo. Es por este motivo que en el cambio de gobierno varios economistas insistían con que se explique en detalle y de forma accesible lo heredado de la gestión K.

Que las tarifas deben ser actualizadas no debería ser tema de discusión. Cuando se fijan precios por debajo de sus valores de equilibrio se generan tres problemas: (1) se produce un faltante de recursos, que se traduce en importaciones y perdida de reservas, (2) se enfrentan otros costos como cortes de energía, servicios de baja calidad, etc. y (3) se facilita la corrupción, donde el funcionario de turno tiene el poder elegir a quien asignar la energía a cambio, por ejemplo, de contribuciones a campañas políticas. La discusión política debería centrarse en cómo ajustar las tarifas y no en si deben o no ajustarse sus valores.

Hay dos motivos por los cuales el aumento de tarifas de niveles irrisoriamente bajos (aunque no en todo el país) a valores razonables ha generado descontento.

En primer lugar, el gobierno no se ha preocupado por explicar la necesidad y el alcance de los ajustes. Las explicaciones de Cambiemos son tardías, poco claras, y terminan sonando a excusa política. Si hay algún tema que amerita una conferencia de prensa o cadena nacional para informar a la opinión pública de problema serios es justamente el ajuste de tarifas. El timbreo y los posts en Facebook y Twitter no alcanzan. Hay que tener en cuenta que hay una generación que nunca ha pagado tarifas razonables. El ajuste que se les pide no es parte de su experiencia de vida. Recordar que hace 15 años se pagaban valores mayores de tarifas poca relevancia tiene para el ánimo presente de la opinión pública.

En segundo lugar, un entendible descontento de la opinión pública con la situación económica. La lluvia esperada de inversiones no ha llegado. La inflación está estancada hace ya varios meses en valores similares a los del gobierno kirchnerista. La presión fiscal sigue estando al límite. Ante este escenario, el gobierno pide a la población que se ajuste aún más mientras al gasto público se lo trata como un bien sagrado. En concreto, mientras a quien apenas llega a fin de mes se le pide que de algún manera pague el aumento de tarifas, el gobierno extiende subsidios a piqueteros. Cambiemos erosiona su propia autoridad moral de pedir repetidamente ajuste al contribuyente mientras el gasto público recibe un trato preferencial. El trato que los legisladores han dado al tema del cambio en efectivo libre de impuestos pasajes de avión es un ejemplo de este problema.

Para que el aumento de tarifas sea soportable para la población, es necesario liberarle recursos por otro lado. Como se viene sugiriendo hace tiempo, una opción es reducir la pesada carga impositiva atada a las tarifas. Quizás algunas de estas tasas sean necesarias y razonables, pero muy difícilmente lo sean en su conjunto. ¿Dónde tiene su mente Cambiemos, si una alternativa que sólo requiere de sentido común se las ha pasado por alto? Ciertamente puede ser difícil bajar varios de estos impuestos dado que no son nacionales, pero nada impide a Cambiemos bajar impuestos bajo su jurisdicción como el impuesto el cheque o IVA.

El tema de las tarifas es, en definitiva, síntoma del problema de fondo, un nivel de gasto público insostenible y nivel de déficit fiscal que debería preocupar más. El gradualismo que ha elegido el gobierno funciona si la opinión pública está dispuesta a recibir malas noticias de manera repetida. Para ello, es necesario que el gobierno no escape a explicar las medidas tomadas. Al no informar de manera clara a la población la dimensión del problema, a la par que la dirigencia política continúa con gastos innecesarios, se perpetúa la ilusión K de que Argentina tiene un nivel de ingresos y recursos mayores a los reales.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

CON LA DEMOCRACIA SE CURA, SE COME… Y ¡CRECE EL PIB!

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 21/11/16 en:

 

No es la intención de este artículo criticar la trayectoria de Roberto Lavagna, en particular, pero tampoco quiero obviar un hecho curioso. “Su currículum lo convierte en protagonista cada vez que habla” decía un matutino como suelen decirlo prácticamente todos los medios -reflejando a la opinión pública- de casi todos aquellos personajes que han ocupado un cargo “importante”.

Es curioso: no importa que haya sido un presidente durante cuyo mandato hubo corrupción, ineficiencia y caída del PIB, sigue siendo muy escuchado debido “al peso de su trayectoria”. Qué pasa por la mente de las personas, de la opinión pública, como para seguir citando a personajes -que en la actividad privada hubieran sido despedidos por su mala perfomance- cuando existen jóvenes, y no tan jóvenes, brillantes con ideas y propuestas más acertadas.

La forma en que las personas toman las decisiones que afectan su vida en general -no en particular como el ejecutivo de un sector de la empresa- es una de las cuestiones que más intriga a científicos políticos, especialistas en marketing y publicitarios. Detrás del secreto de por qué la gente elige una cosa, y no otra, existe poderosa información valuada en millones que puede significar la llave del poder político.

Dicen los especialistas que las decisiones dependen, básicamente, de la historia personal y del medio ambiente, lo que conlleva conservadurismo al punto que, según Steven Rosenstone, de la Universidad de Michigan, el 97% de las veces gana una elección para el Congreso quien corre por la reelección, independientemente de si su trabajo fue malo. Es decir que, como todo en el cosmos, las personas, las sociedades avanzan solo por lenta maduración. En fin, curiosidad de lado, veamos las declaraciones de Lavagna que nos dan pie para cosas interesantes.

Según este ex ministro, en 2017 la economía argentina va a crecer “muy poco, lo que cayó en 2016” pero, como la población crece a un ritmo superior al 1%, el PIB per cápita bajaría aumentando la pobreza. Ahora, es curiosa su afirmación de que el PIB “en los años pares cae y en los impares de elecciones, crece”. Si esto fuera así, deberíamos tener elecciones más a menudo. ¡Y viva la democracia!

En realidad, lo que sucede es que PIB no mide realmente lo que el país produce y mucho menos su crecimiento económico sino, en todo caso, el consumo, el movimiento de dinero que es lo que los políticos suelen incentivar en épocas de elecciones para ganar votantes. Aunque conviene no olvidar que el fondo de la cuestión es que, como ya decía Ludwig von Mises entre otros, la econometría carece de rigor científico y, por lo tanto, solo es ilustrativa.

Dice Lavagna cosas obvias como que las tasas y la presión impositiva (“entre 40 y 50%”) son muy altas. Pero no está claro si cuando dice que la inversión no vendrá por falta de rentabilidad, dado el bajo consumo -debido a la caída entre el 8 y el 10% del poder adquisitivo en los últimos diez meses- y lo poco rentables que resultan las exportaciones, tiene claro que, precisamente, es este altísimo “costo argentino” (presión fiscal, costos laborales, inflación, tasas, etc.) el que provoca la falta de rentabilidad.

Más bien pareciera achacar la falta de competitividad exportadora al atraso cambiario, “política populista en la que el gobierno se identifica cada vez más con el final de Cristina, modelos de ajuste, de achicamiento que ha llevado a la pérdida de 120.000 puestos de trabajo en blanco, más una cifra indefinida -no inferior a ésta- de trabajos en negro”. Y advierte de no seguir culpando a la “pesada herencia” o a Trump.

En donde se equivoca claramente es en sus ideas keynesianas que lo llevan a firmar que “hay que empezar a poner la economía en marcha para frenar la inflación”. Como si la inflación, que no es otra cosa que una exagerada oferta monetaria, pudiera no ser un vicio y sí una virtud. Tiene razón cuando dice que el modelo macrista “funciona con endeudamiento… e indefectiblemente termina en… un… colapso”, ya que saturada la presión fiscal y la inflación no queda más que endeudarse ante la negativa de adoptar una política sana y bajar el gasto.

Y aquí sí se va a ver el “efecto Trump”, que está complicando el tema de la deuda. El bono global más importante, el de 30 años de EE.UU., ya cayó más de 6% solo en lo que va de noviembre, llevando a su rendimiento a superar el 3% anual. Entretanto el Vanguard Total International Bond ETF (BNDX) que nuclea bonos soberanos “investment grade” de Asia y Europa, cayó 1,5% también en noviembre y el Vanguard Emerging Markets Government Bond ETF (VWOB), que incluye bonos soberanos de países emergentes, cae todavía más, un 4%.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Últimos golpes a la economía global

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 7/8/15 en: http://www.panamaamerica.com.pa/opinion/ultimos-golpes-la-economia-global-987069

 

Según la Cepal, en América Latina entre 1982 y 1989 la pobreza aumentó del 40.5% al 48.4% (de 136 a 204 millones de personas) que luego, durante los noventa, dadas “las reformas estructurales”, se redujo pasando del 48.4% al 43.8% entre 1990 y 1999. Destaca Chile que, de casi 50% de pobres en 1988, pasó al 6% a comienzos del siglo XXI. Debido al boom de las materias primas, entre 2002 y 2013, los países crecieron a ritmos del 5/6% y se redujo del 43.9% al 28% la población pobre mientras que el índice Gini de distribución del ingreso cayó 10%, del 0.542 al 0.486. La región pasó de tener casi 190 millones de pobres, a comienzos del siglo XXI, a 138 en 2012, el 25.3% de los 528.3 millones de habitantes, según el PNUD que destacó que entre 2000 y 2012 Bolivia fue el país que más redujo la pobreza en Sudamérica: 32%.

Dado el fin del auge de las materias primas, la crisis de la UE, el menor empuje de China y el lento crecimiento en EE.UU., América Latina crecerá 0.5% en 2015 y se ralentizará la reducción de la pobreza que afectaba en 2014 al 28% de la población, estancado en ese nivel desde 2012.

Días atrás, en Adís Abeba se realizó la Tercera Conferencia de Financiación para el Desarrollo, de la ONU, para “fijar el marco para la financiación de la agenda de desarrollo para los próximos 15 años”, con el fin de erradicar la pobreza y el hambre y reducir la inequidad social. Esto basado en un endurecimiento de la presión tributaria para que los Gobiernos obtengan mayores recursos. Van a conseguir lo contrario.

Tomemos por caso Argentina. La presión fiscal habría llegado en 2014 al 35.1% del PIB. Así, en 2015, el fisco se lleva entre 47% y 62% del ingreso total de una familia media, según sus ingresos. Estos cálculos se refieren a lo que debería pagar un trabajador al fisco y no tiene en cuenta que los impuestos, aun cuando teóricamente sean dirigidos a los ricos, son derivados hacia abajo. Un empresario, por caso, los paga subiendo precios, bajando salarios, etc. Entonces, además de los impuestos formales, los pobres pagan los de los ricos vía aumento en el costo de vida y rebaja de remuneraciones.

Según el Barómetro de la Deuda Social, a fines de 2014, el 28.7% de los argentinos era pobre, 11 millones de personas. La canasta básica total (que marca la línea de pobreza) costaba $6,384. Entonces, si tomamos la recaudación y la dividimos por los pobres nos quedan $12,800 mensuales para cada uno, siendo que a una familia tipo de cuatro personas le corresponde el cuádruple, es decir, unas ocho veces la canasta básica total.

La recaudación fiscal en Argentina en junio pasado llegó a $140.838 millones. Si el Gobierno dejara de recaudar impuestos, los pobres desaparecerían ? y no es descabellado creer esto- aunque tendrían que hacerse cargo de la obra “pública”. Pero es más eficiente que cada uno pague, por caso, el peaje en las rutas que utiliza antes que pagar hasta las que no usa a través de una burocracia estatal que se come buena parte.

 

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Brechas.

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 13/7/14 en: http://www.libremercado.com/2014-07-13/carlos-rodriguez-braun-brechas-72859/

 

Es habitual considerar al FMI o la OCDE como liberales. Nunca lo han sido, y menos ahora, donde replican y vocean el pensamiento único sin cesar ni titubear. Por ejemplo, se han apuntado ambos al mantra de la desigualdad, para regocijo de los políticos y los mismos medios de comunicación que hasta hace nada los censuraban por su supuesto liberalismo.

Así, la OCDE señaló que “el 1% más rico en España acumula el 8% de todas las rentas”, tras lo cual, lógicamente, pidió que subieran los impuestos. Los medios se entusiasmaron hablando de “la brecha social”, pero antes de que deplore usted su retórica simplista y populista vea cómo se expresa el circunspecto y neoliberal informe de la OCDE: “El 1% de la cumbre ha capturado una cuota desproporcionada de todo el incremento de rentas de la últimas tres décadas”. La solución liberal de esta venerable y seria institución es: “Distribuir mejor”. Léase: intervenir más y cobrar más impuestos sobre (¿no lo adivina usted?) “los que más ganan”.

El FMI, por su parte, coincide en el diagnóstico: hay un grave problema social, la desigualdad, que debe ser corregida mediante una mayor intervención pública y una mayor presión fiscal. Declaró su director para América Latina: “Si no se avanza en la igualdad no es posible mantener el crecimiento”. Obviamente, avanzar significa más intervencionismo.

Recordemos de quién estamos hablando: estos no son bolivarianos ni comunistas, estos son supuestamente los más diestros economistas profesionales formulando recomendaciones responsables para promover el bienestar general.

Pero no, no es eso lo que promueven, ni lo han promovido nunca. En cambio, siempre han promovido las agendas políticas, siempre han buscado y animado cualquier motivo que contribuyese a legitimar la acción e intervención de los políticos, que, por cierto, para eso crearon todas esas instituciones internacionales que rara vez dejan de figurar en otras categorías aparte de estas dos: o son inútiles o son dañinas.

En el caso que nos ocupa el mensaje es engañoso y nocivo. La propia idea de brecha social convoca la urgencia de un cirujano que la suture. Pero la sociedad no está quebrada, y lo último que necesita es perder aún más derechos y libertades a manos del poder, un poder que, precisamente, no ha hecho más que subir los impuestos durante décadas con el argumento de que iba a cerrar todas las brechas y a “distribuir mejor”.

Y ahora nos vienen con el cuento de que la culpa es de un malvado 1% de ricos que “acumulan” o “capturan” caudales, vamos, que los roban y nos roban. Ellos son los malos: Amancio Ortega, que jamás le ha quitado a usted ni un duro, ese es el malo; en cambio los buenos son los políticos, que le quitan a usted el dinero a la fuerza, entre otras cosas para pagar nutridas burocracias de la ONU, la OCDE o el FMI, donde miles de burócratas cobran jugosos sueldos ¡libres de impuestos!

Eso sí, deles usted cinco minutos y ya estarán recomendando que le suban los impuestos a usted. Porque no creamos nunca que las recetas para cerrar las brechas estriban en castigar sólo a un puñado de multimillonarios: esto nunca ha sido así, y nunca lo será.

Cuando hablen de la brecha social, recuerde que lo que en realidad anhelan es abrírsela todavía más a usted.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Democracia y consenso

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 3/9/13 en: 

Los mayores enemigos de la libertad se han proclamado demócratas y han recurrido a la democracia para tomar el poder. No es casualidad que cuando había dos Alemanias, y en una los ciudadanos padecían una dictadura comunista, el país se llamaba República Democrática. A estos hechos se une la constatación reiterada de que la democracia puede llegar a conspirar contra las libertades y los derechos de los ciudadanos, puede dar lugar a innumerables controles, multas, regulaciones, vigilancias y prohibiciones. Y de hecho ha desembocado en los mayores niveles de presión fiscal que ha conocido nunca la humanidad. Sin embargo, en vez de reflexionar sobre ello, en vez de poner en valor la democracia de modo que signifique ampliar la libertad de elegir de los ciudadanos, en vez de poner coto a los abusos del poder, se instala el cliché de que todo lo que se haga democráticamente y con consenso está siempre bien.

La democracia desdibujada

Lo primero que se necesita es situar a la democracia en lo que debería ser: una forma de gobierno, no un objetivo. Un medio, no un fin. Es evidente que el fin tiene que ser superior, tiene que ser la protección de los derechos y libertades de los ciudadanos. A veces este fin queda desdibujado cuando se supone que la democracia es el único sistema para recambiar los gobernantes de modo pacífico, cuando Venecia los cambió durante mil años en paz, y en el último siglo hemos visto democracias nada pacíficas.

Tampoco es verdad que los defensores de la democracia lo sean siempre sin tapujos. Nadie aceptaría, por ejemplo, que se votara democráticamente la despenalización de la violación. Asimismo, se admite que algunas decisiones democráticas no se tomen por mayoría simple sino cualificada.

La falacia de la democracia sometida al “poder económico”

Hemos visto ya que es una falacia que la democracia sea impotente frente al supuesto poder económico: al contrario, la democracia ha servido al poder político para crecer como nunca. El problema estriba en que ha crecido sobre la base de conceder a los ciudadanos libertad de elegir para votar, pero a continuación ha recortado su libertad de elegir en numerosos ámbitos, desde su vida privada hasta cómo disponer de sus propiedades. Lo hace con toda suerte de excusas, desde que protege (quebrantándolos) los derechos de los ciudadanos, hasta que los defiende de supuestos “poderes económicos antidemocráticos”, frente a los cuales, como vimos, el ciudadano puede elegir no entregarles su dinero.

A esta confusión democrática se une la idolatría del “consenso”, noción que jamás significa los acuerdos a los que voluntariamente llegan las personas en la sociedad civil. Eso nunca. El jaleado consenso sólo corresponde a los políticos y los oligárquicos grupos de presión que a su socaire medran.

Y así como se da la bienvenida a unos “electores” que eligen cada vez menos, se aplaude un “diálogo social” donde la sociedad no dialoga.

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Votar con los pies: ¿deporte mundial del siglo XXI?

Por Pablo Guido. Publicado el 7/1/13 en http://chh.ufm.edu/blogchh/

Hace unas semanas el actor francés, Gerard Depardieu, manifestó su intención de abandonar su país de nacimiento y establecer su residencia fiscal en otro país. El motivo de esta decisión estaría en la disconformidad del actor en el incremento de la carga tributaria por parte del Estado galo: para aquellos que tengan ingresos mayores al millón de euros se los gravaría con una tasa del 75%.

 ¿Cómo se llama lo que Depardieu hace? “Votar con los pies”, es decir, trasladarse a otras jurisdicciones para encontrar mejores servicios públicos y menor carga tributaria (clic acá para ir al artículo de Tiebout: “A Pure Theory of of Local Expenditures”). Es decir, frente a la disconformidad de los ciudadanos por las políticas adoptadas por los gobiernos existen varias alternativas: o votar en las urnas por el cambio de gobierno migrar a otro país. Esta última fue la decisión de Depardieu, a quien el gobierno ruso le acaba de dar la ciudadanía de ese país.

 El contexto actual en muchos países desarrollados occidentales es el siguiente: niveles muy elevados de gasto público, acompañado de una carga tributaria y deuda pública creciente. Los déficit fiscales resultantes en la mayoría de los casos obliga a los gobiernos o a continuar con el endeudamiento o a subir impuestos o a bajar los gastos. Los incrementos en la carga tributaria hace que muchas personas o empresas hayan decidido migrar a países donde la “confiscación” tributaria sea menor. ¿La decisión de Depardieu se profundizará y populizará en este siglo que comienza? Mi estimación es que sí, que veremos en los próximos años a muchas más empresas y personas migrar a regiones donde el Estado no castigue  con la voracidad que lo hace en el occidente desarrollado. La velocidad de este fenómeno dependerá de la velocidad con que los países de menor carga tributaria avancen en la incorporación de algunas instituciones que hasta ahora eran casi “patrimonio” exclusivo de las naciones avanzadas de Occidente: respeto a la propiedad privada, una economía abierta, moneda estable. Cada vez son más los países que logran ofrecer estas condiciones.

 El siglo XXI quizás sea un siglo de migraciones masivas. No esta vez por motivos de persecuciones religiosas o hambrunas como en los siglos pasados. Esta vez será para huir de la “mano visible” del Estado en lo que respecta a su afán de gravar cada vez más a los individuos.

Pablo Guido se graduó en la Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Doctor en Economía (Universidad Rey Juan Carlos-Madrid), profesor de Economía Superior (ESEADE) y profesor visitante de la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala). Investigador Fundación Nuevas Generaciones (Argentina). Director académico de la Fundación Progreso y Libertad.