ZELIG, EL PERSONAJE DE NUESTRO TIEMPO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Me refiero a la producción cinematográfica de Woody Allen en la que se representaba a un fulano que carecía de timón interior y que todo lo operaba según lo que decían, hacían o pensaban quienes tenía en su cercanía. Recordemos que Zelig era del Partido Demócrata si estaba con un demócrata, era del Partido Republicano si estaba con un republicano, si está con un psicoanalísta se mimetiza con esa profesión,  incluso si está con un negro comienza a mutar su piel. Es estrictamente un camaleón. Woody Allen que adopta el personaje central en ese rodaje, dice que “es más seguro” proceder de ese modo.

 

Es lo que en gran medida ocurre hoy en día. La mayoría siente la necesidad de ajustarse a los demás. Se renuncia a la individualidad, a los más distintivo y precioso que tiene el ser humano: su unicidad en toda la historia de la humanidad. Se amputa de su tesoro más valioso. Deja de ser para ser los demás. Hay pereza y temor por pensar distinto. Hay inseguridad y debilidad interior. La responsabilidad lo abruma, prefiere endosar las decisiones al grupo. Abdica de su persona y se incorpora a la manada. No tiene voz sino que es eco. Es inconcebible ir contra la corriente. Se masifica. Tiene que ser parte del coro. Es un masoquismo moral. Se entrega a la nada.

 

Estos personajes que padecen el síndrome Zelig, necesitan de un gurú, de un caudillo, de un líder puesto que son incapaces de liderar sus propias vidas. Los sistemas educativos de nuestro tiempo se encaminan a la guillotina horizontal, es decir al igualitarismo donde en gran medida los profesores no enseñan a pensar sino a repetir.

 

En otra ocasión he recordado aquél célebre experimento donde se acuerda con un grupo al que se deja afuera una persona para que todos digan que frente a una serie de barras de distinto tamaño que la más chica es la más grande. Así se invita a la persona que no está al tanto de lo acordado por los demás y comienza la sesión. En una primera rueda naturalmente el extraño al grupo se pronuncia por la verdad de lo que ve y queda sorprendido por la opinión de todos los otros. Se suceden distintas ruedas y finalmente el sujeto se rinde y opina como los demás al sostener algo que no se condice con lo que está viendo. Es para probar la inclinación a ceder ante la opinión de los demás. Es raro el caso de quien se mantienen en su posición en cuanto a lo que consideran verdadero en estos reiterados experimentos.

 

Por supuesto que no se trata de encapricharse en lo que uno primero piensa y machacar con la idea. Hay que estudiar y contrastar las propias conclusiones a los efectos de pulir las ideas lo más que se pueda. Este es un proceso que no tiene término. Pero a lo que me refiero en esta nota es al miedo de pararse contra la corriente, a la mentira a sabiendas para quedar bien con otros. A la cobardía moral.

 

Hoy son muchos los ensayos sociológicos que en definitiva sostienen que un ingrediente fundamental para la felicidad es el ajustarse a los requerimientos de los demás. Alguien con personalidad y opiniones distintas es considerado una persona difícil. La conformidad al grupo es el alarido de la época. Incluso en la religión se ha perdido la individualidad. El otro día asistí a una misa en la que un obispo la celebraba y en el sermón dijo textualmente “la salvación es grupal, algunos pretenden ir en bicicleta pero lo cierto es que si no vamos todos en ómnibus no se salva nadie”, es decir, lo contrario de la responsabilidad personalísima y el rendir cuentas por lo que uno ha hecho, lo contrario a una noción colectivizante y amorfa. Ese día la mayor parte de los fieles aplaudieron a rajatabla al referido obispo por su peculiar sermón, tal como se hace en una cancha de football.

 

Hay que ser “normal” para lo cual debe uno calzar con la visión del grupo. En este sentido siempre recuerdo el sugestivo título de un libro de Erich Fromm que ilustra la cuestión: La patología de la normalidad. Es que todos somos en este sentido anormales, cada uno es distinto. Como ha apuntado Julián Marías “la persona es mucho más de lo que se ve en el espejo”. Todos somos extraordinarios como destaca William Rogers. Mi abuelo materno, médico y secretario académico de esa facultad en la Universidad de Buenos Aires, tituló su tesis doctoral en medicina No hay enfermedades sino enfermos. El caso de la individualidad en la medicina, me decía para subrayar las diferencias entre las distintas personas que si alguna vez uno le dijera a su médico que tal o cual remedio le provoca dolor de cabeza y el facultativo responde que no puede ser, “abandona ese médico enseguida ya que no entiende su profesión”.

 

Reitero ahora parcialmente lo que consigné en otra ocasión. Así digo que en una época en la que la politización abarca áreas crecientes, resulta más necesario que nunca preservar espacios íntimos. Los aparatos estatales se inmiscuyen en el deporte, la música, la familia, los medios de comunicación, el teatro, las jubilaciones, los contratos entre particulares y tantos otras áreas de la vida que se mantenían a buen resguardo cuando primaba el espíritu republicano. Ahora no hay prácticamente recoveco en el que los tentáculos del poder político no están presentes. Mientras, paradójicamente, los gobiernos tienden a abandonar responsabilidades en campos tan sensibles y cruciales como la justicia y la seguridad.

 

Resulta que los gobernados son siempre maravillosos en tiempos de elecciones, pero ineptos para manejar sus propias vidas ni bien salen del cuarto oscuro. Claro que los politicastros de turno no aparecen por ósmosis, son el resultado de un pavoroso achatamiento en el debate de ideas y un desconocimiento supino de los principios más elementales de una sociedad abierta. Hay pocos candidatos para el estudio y la reflexión sesuda y demasiados candidatos para la foto, la pose y el protagonismo. A estos últimos aludía Borges al señalar que se esfuerzan en aparecer como alguien “para que no se descubra su condición de nadie”. Son los tilingos que operan cual anti rey Midas, mas que políticos a la vieja usanza son agitadores -ellos mismos siempre están muy agitados- necesitan de un ruido constante para suplir su endeble personalidad. Personalmente, tengo por estos hombrecillos la misma opinión que tienen las palomas por las estatuas.

 

De cualquier modo, entre un ritmo de vida que empuja a una carrera contra el reloj y el acoso del Leviatán no siempre se permite distinguir entre el tiempo del calendario y el tiempo interior, lo cual hace imperioso un alto en el camino para abrir lugares en los que se ausculte y escudriñe el estado del alma. Muchas veces quienes tienen las agendas mas cargadas son aquellos que se fugan de si mismos y que, en última instancia, duermen la siesta de la vida. Se anestesian y dejan la vida en la banquina. Este es el sentido de que aquel sacerdote, acostumbrado a confesar empresarios en el lecho de muerte, quien decía que presenció muchos arrepentimientos pero nunca oyó decir que había congoja por no haber frecuentado más la oficina o por haber dejado pasar un arbitraje.

 

Este fenómeno se hace mas patente allí donde hay la tozuda manía de expropiar y deglutir espacios privados. En este sentido, hay muchas formas de proceder en consecuencia, pero hay una que suele resultar especialmente fértil. Se trata de poner en blanco y negro lo que a uno le ocurrió y le ocurre. Se trata de una especie de tarea arqueológica, una labor de excavación interior, una faena detectivesca al efecto de exponer frente a uno mismo distintas facetas de la propia vida.

 

El ejercicio en cuestión permite un autoexamen fidedigno y reservado que, al explorar muy diversas avenidas interiores, pone al descubierto el verdadero peso relativo de los respectivos problemas y la verdadera naturaleza de eventuales respuestas y soluciones. Tanto unos como otros muchas veces quedan empañados y distorsionadas sus dimensiones en el contexto de angustias que, puestas en perspectiva, no se condicen con la realidad de las cosas. Esto tiende a disiparse al exhibir en el papel con toda crudeza las razones y sinrazones de las preocupaciones y las alegrías. Mas aún, en no pocos casos se trocan problemas por soluciones y viceversa y, sorpresivamente, aparecen asuntos novedosos que hasta el momento de escribir yacían eclipsados, opacados y teñidos en el fondo del ser. La pluma hace las veces de escafandra para bucear en profundidad y hurgar en nuestros rincones interiores.

 

Estos manuscritos privados también facilitan la necesaria toma de distancia de los momentos críticos por los que en algún momento todos atravesamos para así desmenuzar y enfrentar la crisis y someterla a minucioso escrutinio y, sobre todo, sirve para calibrar quien es quien según hayan sido las respectivas conductas o inconductas de los diversos actores. Esta gimnasia interior pone de manifiesto las prioridades que se establecen en los hechos y no meramente lo que se decalma en el discurso. Como decimos los economistas, permite descifrar “las preferencias reveladas”. Y tengamos en cuenta que el establecimiento de prioridades no es un asunto menor puesto que, precisamente, la vida consiste en una ubicación y reubicación permanente de prioridades.

 

Como es sabido, el ser humano es psique y materia. El conocimiento permite reducir nuestra colosal ignorancia, en la esperanza de incorporar dosis crecientes de autoperfeccionamiento en el contexto de un intrincado y azaroso camino de prueba y error.

 

Si fuéramos solamente kilos de protoplasma, no existiría tal cosa como la libertad, el libre albedrío o la capacidad de decidir por una u otra senda. Supongamos por un instante que irrumpe a nuestra habitación un determinista y le hacemos la siguiente pregunta: ¿podría usted afirmar algo distinto de lo que está afirmando? Si la respuesta es por la positiva, está probado el libre albedrío, si es por la negativa nuestro interlocutor estaría haciendo “las del loro”, por tanto no hay argumentación posible. En rigor, sus dichos no son susceptibles de juicio crítico.

 

El libre albedrío es la característica central del hombre. Al examinarnos a través de un ejercicio como el sugerido, estamos en mejores condiciones de corregir o ratificar nuestras decisiones. No parece atractivo deambular por la vida como “almas deshabitadas” al decir de Giovanni Papini o como “mamíferos verticales” según la expresión de Miguel de Unamuno. Nuestra condición humana nos obliga a dejar testimonio en nuestro efímero paso por esta vida, a trascender lo anodino, a hacer algo más que las rutinas y menesteres puramente animales. Sin tomarnos demasiado en serio, es deseable apuntar -aunque más no sea milimétricamente- a la realización de contribuciones que demuestren integridad y coherencia, en la esperanza de que nuestro hábitat resulte algo mejor.

 

La redacción que proponemos hace de apoyo logístico para  mejorar como personas y ayuda a mantener la brújula, al tiempo que desahoga el alma y clarifica encrucijadas. En mi caso, el escrito que he ido elaborando y puliendo desde hace mucho tiempo lo he titulado Sapo de otro pozo. No voy a cometer la imprudencia de reseñar aquí este texto voluminoso y a todas luces impublicable, pero en relación a las aludidas prioridades como ejes centrales de la vida, transcribo un cuento que me relataron cuando era muy chico con el que abro el mamotreto de marras y que ilustra el punto.

 

El cuento se refiere a un profesor que exhibió ante sus alumnos un frasco en el que encajó piedras grandes hasta el tope. A continuación preguntó a su audiencia si consideraban que el adminículo estaba lleno a lo que, por unanimidad, le respondieron afirmativamente. Luego procedió a volcar piedritas chicas en el recipiente y volvió a preguntar lo mismo. Esta vez obtuvo respuestas dispares y se observó cierto desconcierto. Nuevamente el catedrático repitió la operación, primero con arena y luego con agua y, después de idéntico interrogatorio, concluyó que igual que con las piedras grandes, en la vida no queda espacio si no se le otorga prioridad a lo que es importante.

 

En resumen, Zelig es la antipersona que conviene denunciar al efecto de abrir paso a la energía creadora y las potencialidades que todos tenemos que fomentar para facilitar la capacidad de las respectivas actualizaciones.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

“SEREÍS COMO DIOSES”

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Esta sentencia bíblica contiene gran sabiduría puesto que prácticamente todos nuestros problemas derivan de una colosal presunción del conocimiento que se traduce en una formidable arrogancia y petulancia superlativa.

 

Hay demasiado economistas anti-economía cuya misión consiste en manipular las vidas y haciendas ajenas sea directamente a través de esa absurda repartición denominada “ministerio de economía” o indirectamente a través de consejos a los dictadores de turno (electos o de facto). Son incapaces de comprender la propia ignorancia respecto de las preferencias del prójimo recién reveladas con la acción, lo cual se extiende a sus mismas preferencias imposibles de pronosticar a ciencia cierta puesto que las agendas se modifican a medida que se modifican las circunstancias. Apenas pueden con ellos mismos (igual que el resto de los mortales) pero pretenden manejar los deseos y prioridades de millones de personas con lo que naturalmente producen todo tipo de desbarajustes.

 

El mercado es un proceso en el que actúan infinidad de personas, cada uno persiguiendo su interés personal contribuyen a las coordinaciones más complejas e intrincadas imposibles de ser administradas por mentes planificadoras puesto que no solo no existe el conocimiento concentrado sino que está siempre fraccionado y disperso en las personas en el spot, sino que, como queda dicho, los datos no se encuentran disponibles antes de que se lleve a cabo la acción correspondiente.

 

Antes he ilustrado, el proceso de coordinación con lo dicho por John Stossel quien nos invita a pensar en regresión la cadena productiva de un trozo de carne envuelto en celofán en el supermercado. Los agrimensores que miden campos, los alambrados, los postes con las forestaciones y talas, las cosechadoras, los pesticidas y fertilizantes, los caballos y las monturas y riendas todo imaginado con las múltiples empresas en sentido vertical y horizontal (cartas de crédito, transportes, asuntos laborales, administrativos y financieros), la construcción de mangas y aguadas, el ganado, los fardos, los galpones y tantas otras tareas y labores sin que nadie hasta el final de proceso esté pensando en el trozo de carne ni en la consiguiente fabricación y distribución del celofán y el propio manejo del supermercado. Sin embargo, vía los precios como señales de mercado la coordinación se lleva a cabo sin que haya un burócrata que intervenga y cuando lo hace todo el proceso se desmorona.

 

Tal como ha señalado Warren Nutter, por eso es tan atractiva la palabra “progreso” en oposición a “desarrollo” tan cara a los funcionarios estatales puesto que no puede planificarse el progreso, es decir, lo desconocido, sin embargo el desarrollo es más de lo mismo (como un tumor que se desarrolla). No hay más que leer los trabajos de los Raúl Prebisch de este planeta para comprobar el aserto.

 

Es típico de las mentes liliputenses el pretender jugar a Dios y muchas veces incluso ser más que Dios puesto que en este caso está presente el libre albedrío para hacer el bien o el mal, sin embargo muchos burócratas obligan a seguir ciertos caminos “para bien de la humanidad” y castigan a los que se apartan de sus decisiones inapelables.

 

Más aún, hay quienes pretenden establecer nuevos paradigmas forzosos al efecto de rediseñar la naturaleza del hombre (introducir un así denominado “hombre nuevo”) y anular las nociones tradicionales del bien y el mal. Por ejemplo, el caso del seguidor freudiano y destacado psiquiatra canadiense George Brock Chisholm (convertido en médico-general del ejército durante la Segunda Guerra Mundial), luego Secretario General de la Organización Mundial de la Salud, muerto en 1971, en su trabajo titulado “The Re-Establishment of a Space-Time Society” (publicado en la revista académica Psychiatry) aconseja “la erradicación del concepto de bien y de mal” al efecto de “liberarse de estas cadenas morales”. Es el fenómeno tan difundido bajo muy diversos ropajes que Jorge Bosch ha descripto tan ajustadamente en su libro Cultura y contracultura.

 

Es paradójico pero buena parte de los predicadores religiosos, en lugar de comprender el valor de la libertad y de que cada uno debe asumir su responsabilidad por el camino que elije y que la fuerza no debe emplearse a menos que se lesiones derechos de terceros,  insisten en que los aparatos estatales deben imponer políticas como la guillotina horizontal del igualitarismo. Es en este contexto que también puede situarse lo escrito en Violencia y libertad por Víctor Massuh, quien fuera mi muy apreciado amigo: “Los inflexibles creyentes en paraísos terrenales son los que, por lo general, han dejado mayor cantidad de cadáveres en el camino […] El hombre apocalíptico se siente el brazo armado de la moral y está sacudido por estertores punitivos” ya que como antes había apuntado, estos sujetos destrozan al hombre concreto con la pretensión de salvar a la humanidad.

 

No hay mayor ignorancia (y más nociva) que el desconocimiento de la propia ignorancia. En la noción del derecho se observa el mismo fenómeno: en la respectiva Facultad egresan estudiantes de las normas positivas que pueden recitar leyes y sus respectivos incisos y párrafos pero no son abogados propiamente dichos puesto que no conocen el fundamento extramuros de la norma. No comprenden que el derecho es un proceso de descubrimiento y no de diseño, no aceptan que las normas de convivencia no son inventadas por una mente sino que se descubren en un proceso de prueba y error en fallos en competencia, tal como se concibe en el common law. No se entiende que el origen del llamado Poder Legislativo era para administrar las finanzas del emperador o del rey y solicitar los impuestos correspondientes, a contracorriente de lo que se piensa hoy en cuanto a que pueden fabricar cualquier ley en cualquier sentido por más que sea incompatible con el derecho. Por eso es que tal vez resulte más apropiada referirse al Poder Administrador y no al “Legislativo”.

 

Bruno Leoni en La libertad y la ley señala que “De hecho la importancia creciente de la legislación en la mayor parte de los sistemas legales en el mundo contemporáneo es, posiblemente, el acontecimiento más chocante de nuestra era […] La legislación aparece hoy como un expediente rápido para remediar todo mal y todo inconveniente, en contraste con las resoluciones judiciales, la resolución de disputas a través de árbitros privados, convenciones, costumbres y modos similares de acuerdos espontáneos por parte de los individuos […] Si uno valora la libertad individual para decidir y actuar, uno no puede eludir la conclusión de que debe haber algo malo en todo el sistema”.

 

Los integrantes de la Escuela Escocesa en el siglo XVIII, Adam Smith, Ferguson y Hume primero, y el premio Nobel en economía Friedrich Hayek después mostraron los graves errores de los ingenieros sociales y el reiterado intento fallido de organizar sociedades en lugar de permitir el funcionamiento de la energía creativa en procesos espontáneos y abiertos. Los referidos pensadores escoceses primero y la tradición hayekiana después, no apuntan a cambiar la naturaleza del ser humano sino que la describen y así concluyen que cada uno, al seguir su interés personal, sin lesionar derechos de terceros, contribuye a formar un orden que ninguna mente individual puede abarcar y mucho menos dirigir y que, como una consecuencia no buscada, beneficia a los demás en el contexto de la división del trabajo que ese orden permite establecer.

 

Los que aluden a la “anarquía del mercado” en un sentido peyorativo no son capaces de interpretar el significado y la trascendencia de los procesos espontáneos que no surgen por arte de magia sino debidos a las millones y millones de contribuciones de personas que no se conocen entre si ni tampoco buscan el bienestar ajeno pero lo logran como consecuencia del referido orden. Los que pretenden ser irónicos con el mercado o “la mano invisible” smithiana no pueden concebir que algo tenga lugar sin la participación deliberada de lo que en definitiva son megalómanos que en verdad arruinan y descompaginan todo a su paso.

 

En algunas ocasiones se ha trazado un paralelo entre la evolución biológica y la cultural por lo que se llega a la atrabiliaria noción de “darwinismo social”. La evolución biológica selecciona especies y las de mayor aptitud eliminan a las de menor capacidad, mientras que en la evolución cultural se seleccionan normas y los más fuertes transmiten su fortaleza a los más débiles debido a las tasas de capitalización que permiten incrementar salarios. Darwin, vía su abuelo, tomó la idea evolutiva de Bernard Mandeville quien desarrolló los primeros pasos de la evolución cultural pero una extrapolación lisa y llana de un campo a otro es inadmisible por los gruesos errores que significa.

 

Conviene a esta altura señalar que la evolución en libertad es condición necesaria para el progreso moral y material más no es condición suficiente, a pesar de los optimistas como Joseph Priestley y Richard Pierce que en el siglo XVIII sostuvieron que dadas aquellas condiciones el resto se daría por añadidura. Sin embargo, es perfectamente concebible que pueda ocurrir una degradación en gran escala si no se cuida la estructura axiológica. Por ejemplo, si la gente decidiera drogarse hasta perder el conocimiento, la involución es segura por más que los marcos institucionales aseguren climas de libertad.

 

Es pertinente cerrar esta nota con una cita del antes mencionado Hayek en su muy recomendable y sustancial ensayo titulado “El uso del conocimiento en la sociedad”, en el sentido de que si el mercado “fuera el resultado de la invención humana deliberada, y si la gente guiada por los cambios de precios comprendiera que sus decisiones tienen trascendencia mucho más allá de su objetivo inmediato, este mecanismo hubiera sido aclamado como uno de los mayores triunfos del intelecto humano […] Pero aquellos que claman por una ´dirección consciente´ no pueden creer que algo ha evolucionado sin ser diseñado” del mismo modo que ha ocurrido con procesos clave como el del lenguaje que no es fruto de planificación alguna y por eso es que los diccionarios son libros de historia, en verdad un ex post facto.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.