Un Gobierno que terminó siendo Continuemos en vez de Cambiemos

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 1/9/2019 en: https://www.infobae.com/opinion/2019/09/01/un-gobierno-que-termino-siendo-continuemos-en-vez-de-cambiemos/

 

(Prensa Presidencia)

La decisión del Gobierno de restringir la compra de dólares por parte de las personas físicas y el requerimiento de una autorización previa no es otra cosa que un cepo o cepito dependiendo de los límites que finalmente se establezcan para la compra de divisas. En definitiva, el Gobierno vuelve al punto de partida cuando asumió en 2015 y pensaba en cómo desarmar el cepo cambiario.

Cuando se establecen restricciones cuantitativas a la compra de un bien a un precio máximo, es porque se está racionando por cantidad.Esto ocurre cuando se pone un precio máximo a cualquier mercadería. Todo precio máximo siempre se pone por debajo del precio de mercado. Nadie pone un precio máximo al mismo precio que opera el mercado o por encima del precio al que opera el mercado.

Como a ese precio artificialmente bajo no alcanza la oferta del bien en cuestión, en este caso los dólares, la decisión de los gobiernos es racionar por cantidad. Es lo mismo que cuando se pone un precio máximo al papel higiénico y luego se establece que cada persona no puede llevar más de cuatro rollos por compra. Acá se establece un monto máximo de dólares a comprar por mes por cada persona física y el funcionario de turno decidirá cuánto le autoriza a comprar a las empresas.

Es sorprendente la capacidad que ha tenido el Gobierno para negar la realidad: la gente no quiere el peso. Lo desprecia. Cuando un gobierno pone una tasa de LELIQs del 83%, está poniendo una zanahoria tan grande para que la gente no compre dólares que agranda la desconfianza porque esa tasa de interés no es consistente con la tasa de rentabilidad que cualquier empresa puede tener. Porque en definitiva, si el BCRA le paga a los bancos el 83% por las LELIQs, ¿en qué actividad puede colocar el BCRA esos fondos que obtiene de los bancos a, por lo menos, la misma tasa del 83%? Primera señal de inconsistencia. Ahora están diciendo que los dólares no alcanzan, con lo cual racionan la cantidad a la que pueden acceder los ciudadanos en un intento por hacerles tener pesos que la gente no quiere. Nueva señal para espantar a la gente que seguramente comprará en el mercado negro lo que no puede comprar el mercado oficial.

Finalmente, establecen que el dueño de un producto o servicio tiene la obligación de ingresar las divisas obtenidas por sus exportaciones, con lo cual se establece una violación a la propiedad privada, generando más temor en los agentes. Dicho de otra manera, exporto el trigo que yo produzco, ese trigo es mío. Y si cambio el trigo por los dólares de un alemán, los dólares también son míos. Si el Gobierno me obliga a traer los dólares se meten, en última instancia, con mi trigo que es mi propiedad. Nuevo desestimulo a invertir en Argentina para asegurarse que nunca llegue la lluvia de inversiones.

Ahora bien, la obligación de ingresar las divisas de exportaciones de granos en un breve plazo, va a hacer que el productor retenga más granos para ahorrar en granos que son dólares. Con lo cual las exportaciones pueden disminuir y el ingreso de divisas por exportaciones ser menor al esperado agregando más tensiones cambiarias a las ya existentes.

En síntesis, cuando llegó Cambiemos al gobierno, recibieron un cepo cambiario que obligaba a las personas a pedir autorización a la AFIP para comprar dólares. Por ahora, no sabemos hasta cuándo porque viven cambiando las reglas de juego, las personas físicas tienen una racionamiento en la compra de divisas y las empresas un cepo para comprar dólares que antes autorizaba la AFIP y ahora el BCRA.

Triste final para un Gobierno que siempre se negó a tener un plan económico, convocar a economistas de trayectoria creyendo que el gradualismo que le vendieron sus economistas progres, mágicamente iba a generar una lluvia de inversiones. Esos mismos economistas que lo asesoraron al Presidente no solo no generaron la lluvia de inversiones sino que terminaron produciendo una sequía de dólares que lo obliga a terminar estableciendo las mismas restricciones que había dejado el kirchnerismo.
Que los gradualistas se hagan cargo de la vuelta del kircherismo.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE. Síguelo en @RCachanosky 

Dujovne: ¿Un ministro liberal?

Por Iván Carrino. Publicado el 29/12/16 en: http://inversor.global/2016/12/dujovne-un-ministro-liberal/

 

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El flamante Ministro de Hacienda escribió a favor de abrirse al comercio, bajar impuestos, reducir el poder sindical y congelar el gasto público. ¿Se viene el liberalismo?

En el año 2014 estuve en Ecuador, invitado por la Universidad San Francisco de Quito a un evento para conmemorar los 15 años de la dolarización. Uno de los paneles los compartí con el prestigioso economista, Lawrence White, quien fue consultado acerca del rol de los economistas en la política pública.

La respuesta de White fue bien concreta: los economistas están en la gestión pública para alertar a los políticos acerca de lo que no deben hacer. Así, frente a los planes megalómanos de los  políticos en  funciones, los economistas deben enfatizar las restricciones presupuestarias y las consecuencias no intencionadas de las políticas intervencionistas.

Por ejemplo, si el  gobierno quiere imponer un precio máximo, el economista le dirá que eso generará escasez y que mejor no tomar dicha medida. Si el gobierno, por otro lado, desea regalar viviendas a los necesitados, ahí estará el economista para sostener que eso implicará un aumento del gasto público que deberá financiarse con más impuestos, afectando el crecimiento económico.

Es en este marco donde siempre genera preocupación la salida de un Ministro de Economía. Durante los últimos años especialmente, la salida de los ministros o altos funcionarios del área económica del kirchnerismo implicaba eliminar un obstáculo a la hora de profundizar el intervencionismo.

Fue el caso de Lavagna, cuando gobernaba Kirchner, o de Martín Redrado, presidente del Banco Central durante el mandato de CFK.

Sin embargo, el cambio decidido por el gobierno de Macri hace pocos días no generó ningún nerviosismo. Además, tampoco parece implicar un mayor intervencionismo. De hecho, sería todo lo contrario.

Quien asumirá como Ministro de Hacienda a partir del lunes es Nicolás Dujovne, ex economista jefe del Banco Galicia y conocido por sus columnas periódicas en el Diario La Nación y en la señal de televisión Todo Noticias.

Su rol como columnista hace fácil la tarea de averiguar quién es y cómo piensa el futuro funcionario.

A la luz de sus notas, es probable pensar que estemos frente a un ministro contrario al intervencionismo y que entienda el valor de la libertad económica.

Nicolás Dujovne siempre fue crítico con kirchnerismo. En una nota de julio de 2015, lo definió como “un nacionalismo populista que expandió el gasto público y la influencia del Estado tanto como pudo, apropiándose para ello de cuanta caja se le cruzó por el camino” y que “cuando las cajas ‘heterodoxas’ se agotaron, los mecanismos de estiramiento del no ajuste se tornaron más costosos y derivaron en la imposición de medidas cada vez más disfuncionales (el cepo, las restricciones a las importaciones)”

Con elegancia y suavidad en los términos, la crítica de Dujovne no deja de ser demoledora.

Otro de los temas que tocó fue el debate por el tipo de cambio. El 26 de septiembre de este año sostuvo que el tipo de cambio no era el problema fundamental de la competitividad argentina, sino “los altísimos costos del transporte interno, el proteccionismo y la presencia de numerosos impuestos muy distorsivos”.

En su nota apuntó directamente contra el sindicalismo y especialmente al gremio de Camioneros, que “controla 15 ramas de actividad, que van desde todo el transporte de cargas por camión a nivel nacional e internacional, la logística petrolera, la distribución de alimentos…”.

Respecto del proteccionismo y la política comercial, Dujovne sostiene que trabar importaciones impide exportar, debido a que incrementa el costo de los insumos:

Si todos los insumos cuestan más en la Argentina, sólo les podemos exportar manufacturas a países con una estructura de protección similar a la nuestra, es decir, con insumos caros. No es casual que 60% de las exportaciones industriales de la Argentina vayan a Brasil, país con el que compartimos la anticuadísima estructura arancelaria que determina el Mercosur.

Otro problema que destaca del proteccionismo es el alto precio que pagan las familias por bienes como la indumentaria, la electrónica y los juguetes. Una economía más libre implicaría, de acuerdo al flamante Ministro:

… un fuerte aumento del ingreso disponible de las familias. A nivel macroeconómico, aumentar el ingreso disponible de las familias por esta vía implicaría un mayor nivel de inversión, y a nivel microeconómico, habría más familias capaces de acceder a una vivienda, de mejorar la educación de sus hijos o de ahorrar dinero en el banco o gastar en otros bienes: nacerían empresas que aún no conocemos y que nadie defiende.

Concluyendo que “sólo podemos ir en una dirección: más apertura, más competencia y mejores salarios.”

Amén.

El 5 de septiembre, el nuevo ministro también abordó la cuestión fiscal, y sostuvo que había tres claves para tener un país normal: banco central independiente, democracia republicana y un “fisco bajo control”.

En esa nota destacaba que el gobierno de Cambiemos tenía los dos primeros elementos dentro de su cartera,  pero que todavía faltaba para controlar al fisco. Dos semanas después, afirmaría que el gobierno jugaba “al fleje” en esta materia, sugiriendo que el exceso de gradualismo era una estrategia riesgosa.

Para combatir el déficit público, de sus notas se extrae que el gobierno debería tener una menor cantidad de empleados públicos y que, como Brasil, debería congelar el gasto en términos reales, al menos hasta 2026.

Las ideas que esbozó Dujovne durante este último tiempo como columnista de La Nación son todas muy razonables y necesarias para que la economía del país crezca de manera sostenible en el futuro.

Argentina necesita menos costos de producción, más apertura comercial y un sector público más chico. Sobre el nivel del gasto público, a uno le gustaría que, en lugar de congelarse, bajara en términos reales, pero debemos celebrar que un ministro de Hacienda esté dispuesto a debatir en serio sobre este tema.

La duda que tengo es si, en su rol de Ministro de Hacienda podrá llevar a la práctica siquiera alguna de estas ideas. La política es un mundo difícil y hoy en día deberá coordinarse con al menos otros 7 ministerios, un jefe de gabinete y dos vicejefes que toman todas las decisiones.

Dicen que cuando los teóricos y analistas llegan al poder, dejan las convicciones en la puerta de los ministerios. Esperemos que no sea éste el caso de Nicolás Dujovne.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

El control de precios de los Nazis, ¿era muy distinto del que aplica ahora Maduro en Venezuela?

Por Martín Krause. Publicado el 22/2/15 en: http://bazar.ufm.edu/el-control-de-precios-de-los-nazis-era-muy-distinto-del-que-aplica-ahora-maduro-en-venezuela/

 

En una sección con un título apropiado a nuestra época (El Caos Monetario), Mises explica en 1944 los problemas de los controles de precios, parte de una monografía titulada “Una propuesta no inflacionaria para la reconstrucción monetaria de posguerra”:

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Las falacias del control de precios

Los gobiernos generan inflación. Pero, al mismo tiempo, pretenden combatirla contra sus inevitables consecuencias.

Un gobierno infla su moneda porque quiere utilizar el poder de pago adicional para una reducción del consumo privado y aumento del gasto público. Un gobierno beligerante, por ejemplo, quiere retirar algunos productos del público porque los necesita para la guerra. Los ciudadanos, por lo tanto, han de consumir menos.

Pero la inflación, esto es, el papel moneda y los depósitos bancarios adicionales ocasionan un aumento del ingreso nacional (en términos de la moneda inflada). Los ciudadanos tienen más dinero para gastar, mientras que la oferta de bienes disponible para consumo privado cae. Hay menos bienes para comprar, pero los ciudadanos tienen más dinero para comprarlos. Un importante aumento de los precios es inevitable.

Un aumento de precios podría evitarse solamente financiando la guerra exclusivamente con impuestos o préstamos del público sin ninguna inflación. Si al gobierno no le gusta ese aumento de precios, debería abstenerse de la inflación.

Los controles de precios son inútiles. Si, por ejemplo, el precio de un bien se fija a un nivel más bajo que el precio potencial correspondiente a las condiciones inflacionarias, muchos productores, para evitar pérdidas, dejarán de producir ese bien. Los productores marginales se retirarán de esta rama de los negocios. Utilizarán los factores de producción –tanto materiales como humanos, esto es, trabajo- para la producción de otros bienes no afectados por los límites fijados por el gobierno. Este resultado es contrario a la intención del gobierno. Ha fijado el precio del producto en cuestión porque lo considera una necesidad vital. No quería reducir su oferta. La única forma de prevenir una caída de su oferta sería eliminar el precio máximo. Pero al gobierno tampoco le gusta esta alternativa. Así, avanza más y fija los precios de los factores de producción necesarios para la producción del bien en cuestión. Pero entonces el mismo problema aparece en relación a la oferta de estos factores. El gobierno ha de proceder más allá y fijar el precio de los factores de producción de los factores necesarios para producir el bien donde comenzó todo el proceso. Está forzado a no dejar afuera de sus precios máximos a ningún bien, ya sea de consumo o de producción, y ningún tipo de servicio laboral. Tiene que determinar para qué producción se utilizará cada factor de producción ya que el mercado, ahora paralizado por los controles de precios, no provee a los emprendedores una guía para la toma racional de decisiones. El gobierno los tiene que forzar, y a cada trabajador, a continuar produciendo y trabajando según sus órdenes. Debe decirle a cada empresario qué producir y cómo; qué materiales comprar y dónde y a qué precios; a quién emplear y a qué salarios; a quién vender y a qué precios. Si quedara alguna brecha en esta ronda de fijación de precios y salarios, y si alguno no fuera instruido para trabajar de acuerdo a las ordenes gubernamentales en este completo sistema de comando, entonces la actividad empresarial –y el capital y el trabajo- se dirigirían a las ramas de industria que permanezcan libres. Los planes del gobierno se frustrarían parcialmente porque la intención es, precisamente, incrementar o mantener la producción de esos bienes cuyo precio el gobierno ha fijado.

Pero si ese sistema de control total de precios y producción se alcanza, la estructura social y económica completa del país ha cambiado. Si todos los precios y los salarios son fijados, si los capitalistas no son libres de determinar la forma en la que pueden utilizar su capital, si –como resultado del control completo de precios por el gobierno- la tasa de ganancias y la tasa de interés es virtualmente fijada por las autoridades, se ha sustituido al capitalismo de libre empresa por el socialismo planificador. Los precios, los salarios y las tasas de interés ya no son lo que eran en el sistema de mercado. Ahora son simples términos cuantitativos fijados por decreto gubernamental en el marco de una sociedad socialista. El dinero no es dinero, esto es, un medio de intercambio, pero una cuenta. No hay más emprendedores, solamente administradores de fábricas que deben obedecer incondicionalmente a las autoridades. El nivel de vida de cada uno es fijado por el gobierno; cada uno es un sirviente público, un empleado de esta gran maquinaria. Este es el tipo de socialismo alemán, Deutscher Sozialismus, como lo practicaron los Nazis. El Fuehrer solamente opera todo el sistema; su voluntad solamente decide y dirige la actividad de cada sujeto y fija su nivel de vida”.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).