Archivos por Etiqueta: Prebenda

Proteccionismo “Hood Robin”: sacarle a la gente para darle a los ricos

Por Aldo Abram: Publicado el 19/11/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1995093-proteccionismo-hood-robin-sacarle-a-la-gente-para-darle-a-los-ricoshttp://www.lanacion.com.ar/1995093-proteccionismo-hood-robin-sacarle-a-la-gente-para-darle-a-los-ricos

 

 

Son cada vez mayores las presiones de los sectores que fabrican productos que compiten con importaciones para que el Gobierno los proteja. Las demandas tienen que ver con un incremento de la llegada de productos del exterior, que no se verifica en los datos totales, pero sí en algunos sectores en particular. Hay que tener en cuenta que estamos comparando un período, 2016, donde se eliminaron algunas restricciones para comprar en el exterior, con un 2015 signado por una fenomenal cerrazón, por lo que es lógico que quienes son más ineficientes vean subir su competencia externa.

Obviamente, todos estos sectores han focalizado sus críticas en la estrategia de gradual apertura de la Secretaría de Comercio Interior y Exterior. Pero, ¿a quién está defendiendo esta secretaría con su política? Cuando se protege a un sector que compite con importados se le permite cobrar más de lo que vale ese bien. Por lo tanto, se genera un subsidio que va directamente desde el bolsillo del consumidor al del empresario ineficiente que se enriquece. Es notable que algunos “progres” defiendan el proteccionismo, convirtiéndose en “Hood Robin”. Lo lógico es que, si quieren ganar plata, los empresarios estén al servicio de la gente, proveyéndolos de mejores bienes y servicios más baratos.

Entonces, ¿por qué en otros países también hay sectores protegidos? Porque en todos lados hay empresarios ineficientes dispuestos a garantizarse seguir ganando plata, invirtiendo millones de dólares para convencer a la gente y a los funcionarios de que hay que protegerlos. Lamentablemente, al frente están millones de personas que se ven perjudicadas, pero que no tienen la posibilidad de juntarse a reclamar. Pues bien, esta es una oportunidad para apoyar la apertura que alienta la Secretaría de Comercio Interior y Exterior en defensa del bolsillo de todos y exigirle que la profundice.

Además, no es cierto que el proteger a un sector salva empleos; sólo los destruye en otros sectores. Si se protege un bien, la demanda de importaciones bajará y, con ella, la de las divisas que eran necesarias para comprarlas. Por lo tanto, el tipo de cambio disminuirá, por lo que se complicará la situación de los productores que compiten con importados y no tuvieron la suerte de conseguir esa prebenda. También la de los sectores que podrían exportar, lo hagan o no, ya que serán menos rentables, porque valdrán menos sus productos. Por lo tanto, ambos reducirán su producción y el empleo. En una palabra, los trabajadores de los sectores ineficientes protegidos no tienen oportunidades de empleo en los más eficientes, que pueden pagar mejor, porque estos generan menos puestos culpa del proteccionismo.

Imaginemos que tenemos una empresa que sabe producir algo que la gente aprecia mucho y está dispuesta a pagar bien. De golpe, el gerente general nos dice que quiere usar parte de la fábrica para hacer otra cosa de la que no sólo produciremos menos por no saber hacerla, sino que podremos cobrar un precio menor porque a la gente no le interesa tanto. ¿Se lo permitiríamos? No, porque los accionistas ganaríamos menos y deberíamos abonarles menores sueldos a nuestros trabajadores. Sin embargo, eso es lo que dejamos que hagan los gobiernos desde hace décadas y, después nos extraña nuestro perseverante subdesarrollo y bajo poder adquisitivo salarial.

Existe el mito de que un país tiene que producir todo para que le vaya bien. No es cierto. ¿Quién de nosotros hace en su casa los zapatos, la ropa o los artículos electrónicos que usa? Nadie. Trabajamos de aquello que sabemos hacer y que alguien está dispuesto a pagar bien. Luego, con el dinero que ganamos compramos lo que necesitamos a los que saben hacerlo mejor y más barato. De esa forma, nos garantizamos el mayor bienestar económico para nuestra familia. Sin embargo, cuando proponemos algo para el país, queremos hacer lo contrario. Un absurdo, ya que eso baja la cantidad de bienes y servicios que tendremos disponibles los argentinos, lo que significa menos bienestar y más pobreza.

El principal argumento para justificar la ineficiencia de los distintos sectores es el famoso “costo argentino”, pero el problema es que éste afecta a todos los productores de bienes y servicios. Gracias a la protección y debido al sobreprecio que les permite cobrar, algunos logran transferirles parte o toda esta carga a otros que no lograron obtener esa misma prebenda y, entonces, deberán acarrear la propia y la ajena. Esto es sumamente injusto. Por lo tanto, si el problema es el “costo argentino”, juntémonos para reclamarle a los políticos que se reduzca la presión tributaria, se disminuya y eficientice el gasto público, y se reforme la arcaica legislación laboral. De esta forma, lograremos potenciar las posibilidades de desarrollo de la Argentina y las oportunidades de progreso de todos sus habitantes.

 

Aldo Abram es Lic. en Economía y fue director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .

Anuncios

Destruyendo la competencia

Por Gabriel Boragina. Publicado el 8/11/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/11/destruyendo-la-competencia.html

 

En la mayoría de los países existen leyes célebremente denominadas de “defensa de la competencia” cuyo propósito -en el desarrollo de sus objetivos- suelen coincidir con el nombre que reciben. Sin embargo, y curiosamente, este tipo de leyes acostumbran coexistir con un gran número de otras leyes que, de una u otra manera, declaman la imperiosidad de “ayudar” o subsidiar determinados tipos de actividades o sectores sociales, bajo pretexto de la “necesidad” de “estimular” el consumo, la producción o ambas cosas al mismo tiempo. Si no existieran este último tipo de leyes de ningún modo harían falta las primeras, por cuanto la mejor defensa de la competencia que puede existir es aquella que nos brindan los mercados completamente libres y desregulados, lo que implica, naturalmente la total ausencia de subsidios, porque :

“Una vez que se abren las compuertas de los subsidios se monta una máquina que hace que se desate una competencia por los recursos escasos de lo que se ofrece. De este modo los empresarios desvían su atención del mercado y la centran en quienes otorgan subsidios. Se desata así una lucha para ver quién saca mejor partida a expensas de los demás ya que el subsidio necesariamente proviene de los bolsillos de otros que resultan expoliados. Pero aquí no se trata simplemente de una suma cero, es decir, de una transferencia coactiva de un grupo o de una persona a otro grupo o persona. La competencia por obtener se desata debido a que los recursos son limitados. También son limitados los privilegios aunque no se trate de una transferencia directa de recursos puesto que si todos son privilegiados no habría privilegiados.” [1]

Cuando el argumento es que el subsidio se otorga para “fomentar el consumo” sucede exactamente lo mismo a lo que se describe arriba, pero esta vez el fenómeno se verifica del lado de la demanda y no de la oferta. Se traduce en una clarísima discriminación entre los consumidores que reciben el subsidio y aquellos que quedan excluidos del mismo, siendo estos últimos manifiestamente perjudicados. Por otro lado, el mayor consumo que el subsidio le permite a los consumidores subsidiados hará que los precios del artículo en cuestión se eleven, con lo cual aquellos otros consumidores que quedaron excluidos del beneficio del subsidio verán aumentar el precio del producto que necesitan, lo que hará que sus posibilidades de adquirirlo sean más remotas aun que antes de haberse decretado el subsidio al consumo. En definitiva, puede llegarse a la conclusión que cualquier subsidio -además de antieconómico- es discriminatorio respecto de los conjuntos que el poder político de turno considera “no merecedores” de la prebenda. Pero como además los recursos son escasos, sería imposible extender el beneficio o ayuda a todos. Con lo que, queda demostrado que la mal llamada “ayuda” es, en realidad, un “salvavidas de plomo” para los conglomerados más desfavorecidos, o de más bajos ingresos.

“Aquella competencia no se desarrolla en base al aspecto físico del empresario, se lleva a cabo en base a ofertas de uno u otro tipo que realizan los competidores a manos de los oferentes de privilegios. No necesariamente debe recurrirse al cohecho directo o indirecto. Pero, en cualquier caso, para proceder en este sentido se montan sistemas de lobbies para acercarse al poder, sea para convencer al burócrata de la “bondad” de la propuesta o, debido a que no hay criterio racional para otorgar el subsidio, para concretar una oferta monetaria a los efectos de que se resuelva el privilegio en beneficio del postulante. En cualquiera de los dos casos deben destinarse recursos para obtener el cometido, aunque más no sea el factor tiempo lo cual también se traduce en costos de oportunidad. Supongamos que se trata de un subsidio de 10 millones de dólares, en este caso el empresario estará dispuesto a invertir hasta 10 millones de dólares para lograr el subsidio de referencia, lo cual, desde la perspectiva del resto de la comunidad significará, por ejemplo, 19 millones de dólares derrochados. Los primeros 10 millones significan un despilfarro debido a que todo subsidio implica que se sacan recursos de las áreas preferidas por la gente hacia las áreas preferidas por los gobernantes del momento. “[2]

De lado del consumo -que venimos analizando- sucede un fenómeno análogo al del lado de la oferta que bien describe la cita anterior. En este caso, los políticos que detentan el poder -o aspiran a detentarlo- juegan un rol activo en el otorgamiento de subvenciones y prebendas pero direccionados a los que consideran su potencial clientela electoral. Y en esa línea, en sus discursos y campañas prometen la implementación de planes sociales o programas de “ayudas” a través del aparato estatal. Esto es algo que la experiencia ha confirmado ampliamente en los movimientos o partidos populistas que han sabido asolar la región en los últimos años, y que han buscado y siguen buscando perpetuarse en el poder. Su política ha consistido precisamente en campañas basadas en el tristemente célebre slogan socialista de “quitarle a los ricos para darle a los pobres” en una suerte de mal simulado Robin Hood encarnado por el paternalismo estatal. La fórmula no es nueva y ha fracasado una y otra vez en la historia, como cualquier registro lo puede demostrar. El populismo apunta básicamente a personas de muy bajos ingresos que no se encuentran contenidas por ninguna organización formal que los nuclee (como podrían ser los sindicatos, que en su hora consistieron en grupos de presión para obtener privilegios laborales por encima de los que la economía real podía permitir). El populismo se dirige, más bien, hacia sectores marginados fuera de toda estructura, que buscan captar para la militancia política a cambio de una prebenda, dadiva o privilegio que necesariamente implica quitarles a unos lo que les pertenece para darles a otros lo que no le pertenece y que suele designarse con el impreciso nombre de “justicia social”.

[1] Alberto Benegas Lynch (h). El juicio crítico como progreso. Editorial Sudamericana. Pág. 515 a 518

[2] Alberto Benegas Lynch (h) El juicio… Ob. Cit.pág. 515 a 518

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Nepotismo: ni para todos ni para todas

Por Iván Carrino. Publicado el 18/8/15 en: http://opinion.infobae.com/ivan-carrino/2015/08/18/nepotismo-ni-para-todos-ni-para-todas/

En la semana que pasó, se volvió viral el caso de Delfina, la hija del ministro de Defensa Agustín Rossi, quien, con solo 26 años y una escasa experiencia laboral, fue designada directora del Banco Nación. El Nación es el banco estatal más importante del país y, al cierre del año pasado, administraba activos por 380.881 millones de pesos, un monto superior al total de las reservas del Banco Central.

Uno pensaría que para ser miembro del directorio de un banco, nada menos que la posición de mayor responsabilidad dentro de la institución, no solamente hace falta haber estudiado, sino también contar con experiencia en el sector. Por ejemplo, en la misma página web del Nación puede verse un espacio donde jóvenes estudiantes y jóvenes graduados pueden dejar su CV para comenzar su carrera laboral en la entidad. Y de eso se trata, de comenzar la carrera, desde los puestos de menor jerarquía hacia los de mayor jerarquía, de manera de ir conociendo no solo el funcionamiento del banco, sino también las características de la industria, los clientes, etcétera.

Pero nada de eso sucedió en el caso de la hija de Rossi. El expediente, tal como explicó Aníbal Fernández, llegó al escritorio del jefe de gabinete y este lo firmó “con mucho orgullo”.

Es simple: la designación de Delfina Rossi no dependió de la capacidad, ni del estudio, ni de la experiencia de la joven, sino de la firma de Aníbal Fernández, a quien tampoco se le conoce experiencia en el manejo bancario.

Ahora bien, alguno podrá argumentar que también en el ámbito privado sucede, a menudo, que el que ocupa cargos de jerarquía no es el más idóneo, sino aquel que tiene mejor relación con el de arriba. Es cierto, a veces hay factores intangibles que pesan en estas decisiones y la confianza o la afinidad pueden derivar en un ascenso laboral. Sin embargo, la diferencia está en que, en el sector privado, si la persona contratada o ascendida no resulta apta para el cargo, el costo es asumido por el dueño de la compañía.

En el caso de la administración pública y sus organismos, la situación es diferente. Dado que el Banco Nación tiene acceso ilimitado al presupuesto público por ser una empresa estatal, el costo de las malas decisiones administrativas no es afrontado por nadie en particular, sino por todos los argentinos, que financiamos coactivamente con nuestros impuestos las aventuras de dicha empresa.

El caso de Delfina Rossi no es el único. De hecho, el directorio del Nación también está conformado por un compañero de colegio de Máximo Kirchner, el consuegro de Julio de Vido, y una militante de La Cámpora (organización que logró una verdadera colonización del Estado). Además, hace poco también se conoció que Alejandro Vanoli, presidente del Banco Central, nombró a su pareja y a su hijo en la planta permanente del organismo.

Es que esta es una característica intrínseca del modelo de Estado presente que patrocina el kirchnerismo. A mayor Estado, más y mayores son las empresas estatales, más y mayores son los fondos públicos administrados por funcionarios, más y mayores son las regulaciones y, finalmente, más y mayores son las posibilidades de que aparezcan la discrecionalidad y el nepotismo.

El caso de la hija de Rossi es uno más de esos que nos indigna y nos preocupa como sociedad. Y hasta que no haya un cambio profundo de sistema seguiremos indignándonos con los eternos beneficiarios de la prebenda y el privilegio.

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.