PARA LOS CATÓLICOS QUE CREEN QUE TIENEN EL MONOPOLIO DE LA MORAL EN LOS PRECIOS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 2/4/21 en: http://gzanotti.blogspot.com/2021/04/para-los-catolicos-que-cren-que-tienen.html

CAPÍTULO IX:

LA ÉTICA DE LOS PRECIOS[1]

Del libro

Con el espíritu de aceptar aquello que, aunque originado en escuelas de pensamiento no cristianas, sea compatible con una antropología cristiana, no podemos dejar de nombrar un aspecto de la Escuela de Frankfurt, esto es, fundamentalmente, Adorno, Horkheimer y Habermas (Op.cit. y Habermas, Jürgen, Teoría de la acción comunicativa, Barcelona, Taurus, 1987). Como es sabido, en estos autores, la dialéctica de la Ilustración tiene una fase donde el capitalismo y la industrialización consecuentes, dada la explotación según Marx, presenta relaciones necesariamente de dominio de los unos sobre los otros, al estilo dialéctica amo-esclavo en Hegel. Nosotros no estamos de acuerdo, aparte de que nos parece no cristiana, con esa visión dialéctica-marxista de la historia, pero el elemento a rescatar es la sensibilidad que tienen estos autores por el tema de la alienación, que, descontextualizado de la “izquierda hegeliana”, presenta algo perfectamente coherente con una antropología y una  ética cristiana. Y es el tema de la relación dialógica yo-tú, presente en autores veterotestamentarios como Martin Buber (Buber, Martin, Yo y tú, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 1994), pero también en las condiciones de diálogo de Habermas (Habermas, Jürgen, Teoría de la acción comunicativaop.cit, vol. I, interludio I), que, nuevamente, pueden ser enfocadas desde una antropología cristiana (Hemos trabajado en esto en Zanotti, Gabriel, “Intersubjetividad y comunicación”, en Studium, Tucumán, UNSTA, 2000, t. IV, vol. 6). Considerando la dignidad humana que se desprende por estar creado a imagen y semejanza de Dios, la relación adecuada con nuestros semejantes implica el respeto a su condición de persona, esto es, tratarlo como otro en tanto otro y no en tanto mero instrumento. Esto es, una relación yo-tu, en cambio de una relación yo-eso. Una relación yo-eso es la que se tiene con una cosa-no-persona, que puede ser por ende un instrumento a nuestro servicio, al cual legítimamente se lo domina, se lo usa, se lo “manipula”, y si es necesario se deja de lado una vez que ya no funciona. En cambio, nunca una persona puede ser reducida solo a instrumento, quedando reducida a una mera X dentro de mi esfera personal: ello es precisamente alienarla, esto es, no respetar su propio yo y “convertirla en otro”, precisamente, aquel que la manipula. Ello es contrario a la dignidad de persona, es precisamente la situación a la cual quedan sometidas las personas en los totalitarismos y autoritarismos diversos, y por ello es coherente que un autor como Karol Wojtyla haya considerado cristiano en sí mismo al segundo imperativo categórico de Kant: “nunca tratarás a otra persona como medio, sino como fin” (Wojtyla, K., Cruzando el umbral de la esperanza, Barcelona: Plaza y Janés, 1994).

En lo que Habermas ha colaborado enormemente es en resaltar las condiciones lingüísticas del tratamiento instrumental del otro o, en cambio, tratarlo dialógicamente (Habermas, Jürgen, Teoría de la acción comunicativaop.cit.). En principio –decimos así porque en estas cosas no hay normas absolutas– si yo trato de captar lingüísticamente al otro, en una estrategia de manipulación, ello no es diálogo sino razón instrumental, en términos de Habermas; en términos de una antropología cristiana, ello no es tratar al otro confirme a su dignidad de persona creada. Por supuesto, en una antropología no determinista, esta posibilidad de manipulación al otro es eso: una posibilidad moral, no una necesidad de una etapa dialéctica de la historia. Y esa posibilidad necesita lingüísticamente de un acto del habla, esto es, de una acción que hacemos con el lenguaje (véase Wittgenstein, Ludwig, Investigaciones filosóficas, Barcelona: Crítica, 1988 y Austin, John L., Cómo hacer cosas con palabras, Barcelona, Paidós, 1990), perlocutivo, esto es, que intenta modificar la conducta o el pensamiento del otro. No hay nada de malo en ello, al contrario, en las relaciones intersubjetivas siempre nuestro lenguaje tiene efectos en el otro, y muchas veces tratamos de convencer al otro de un cambio de pensamiento y/o conducta. La clave ética, para que ello no se convierta en manipulación y, de ese modo, el otro no se vea alienado, es que el acto perlocutivo sea abierto y que el pacto de lectura sea relativamente claro, y la importancia de esto crece cuanto más delicada sea la cuestión y más sensible sea el otro ante el mensaje. Por ejemplo, si vamos a tratar de convencer a alguien de la verdad del Evangelio, es importante que el destinatario del mensaje en cuestión esté relativamente advertido de nuestra intención, no sea que nos escuche por otro motivo y luego se sienta relativamente engañado. Son normas generales que, por supuesto, hay que aplicar con prudencia a los casos concretos. Pero yendo a temas que todos conocemos, el manejo de estos actos del habla ocultos, por parte de personas psicóticas, hacia personas con un yo debilitado y susceptibles de ser alienadas y caer en el engaño, es lo que explica en gran medida que la mayor parte de los autoritarismos comienzan con discursos que luego generan fenómenos de masificación, con diversas hipótesis psicológicas explicativas sobre las causas por las cuales la psiquis es pasible de este tipo de manipulaciones (Sobre este tema, véanse Frankl, Viktor (1986), Ante el vacío existencial, Barcelona, Herder, 1986 y Freud, Sigmund, “Psicología de las masas y análisis del yo”, en Obras Completas, Buenos Aires, El Ateneo, 2008, T. III).

Llega entonces el momento de preguntar: ¿qué tiene todo esto que ver con el mercado? Que, precisamente, para muchos, cristianos o no, el mercado sería uno de los mejores ejemplos de manipulación y alienación, porque, en un acto de compra/venta, el vendedor –es habitual pensarlo de ese modo pero podría ser al revés– estaría aplicando una estrategia de venta y por ende tratando de lograr que el comprador compre y, en ese sentido, estaría tratando de manipularlo. Comprador y vendedor se verían como medios, uno con respecto al otro, de sus respectivos fines, y no se trataría al otro conforme a su dignidad.

Es una objeción grave, porque va mucho más allá de cualquier defensa que se pueda hacer del mercado por la vía de su mayor eficiencia o productividad. Es una objeción que toca el núcleo moral de la acción humana en el mercado.

Debemos decir al respecto lo siguiente:

En primer lugar, la posibilidad de manipulación del otro, como posibilidad moral, es innegable, o de lo contrario no habría libre albedrío. Es una posibilidad, por otra parte, no reducida solo al ámbito del mercado, sino, después del pecado original, a toda relación humana en sí misma buena. Puede suceder en el matrimonio, en las relaciones legítimas de poder, etc. Pero por ese mismo motivo, porque es una posibilidad moral, no es un proceso necesario de una determinada etapa de la historia, como en el materialismo dialéctico, y eso es lo que distingue a la alienación dentro de una posibilidad luego del pecado original y la alienación como proceso necesario del capitalismo como etapa de la lucha de clases (Ver al respecto, Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (1984), “Instrucción sobre algunos aspectos de la ‘teología de la liberación’, en L’Osservatore Romano, 1984, caps. 7-9.).

En segundo lugar, en ese sentido, cabe reiterar que “el mercado” del que hablamos es un proceso espontáneo, connatural a la naturaleza humana que trata de minimizar la escasez (ya hemos tratado este tema), que tiene sus diversas fases de evolución y que no se identifica solo con el capitalismo concomitante y posterior a la revolución industrial, que, por lo demás, tampoco es moralmente indebido en sí mismo (Nos referimos al punto 101 de la encíclica Quadragesimo anno; ver al respecto Doctrina Pontificia, Madrid, BAC, 1964, p. 672; sin olvidar, por supuesto, el famoso punto nº 42 de la Centesimus annus, citado anteriormente.).

En tercer lugar, los actos de compra/venta en un mercado, y también en las características culturales del mercado en Occidente, son habitualmente una estrategia abierta, anunciada, conocida por conocimiento común del mundo de la vida y del horizonte de pre- comprensión cultural, y en ese sentido no son estrategias maliciosamente ocultas. El mercado implica, precisamente, personas comunicándose, hablando, expresando sus preferencias y valoraciones, con pactos de lectura que dependen de usos y costumbres culturales abiertas. Las normas de regateo cuando se compra o se vende un departamento, o las normas de regateo en un mercado indígena de Centroamérica, o las normas de compra/venta en un supermercado occidental, se suponen conocidas para quienes participan en esos “juegos de lenguaje”. Yo no puedo denunciar engaño porque vaya a la India o a Nueva York y no conozca las normas implícitas que manejan sus respectivos mercados. En este sentido, los órdenes espontáneos, en tanto procesos de comunicación de conocimiento disperso, se manejan con actos del habla perlocutivos abiertos y no caen, por ende, en el carácter casi necesariamente manipulador de un acto del habla ocultamente estratégico. O sea: en los mercados (igual que en la política o en las relaciones entre los sexos) se manejan estrategias, pero son abiertas y, en ese sentido, parte de pactos de lectura conocidos implícitamente. Para pasar a otro ámbito, ningún caballero puede sentirse engañado porque una dama rechace su primera invitación salir dando cualquier excusa, cuando en un determinado “juego” ello es entendido como una prueba para ver si el caballero le invita de vuelta. Si el caballero decodifica “no quiere salir conmigo, punto”, es que no está entendiendo el juego de lenguaje. De igual modo, si un comprador interpreta “el precio es 100, yo compro solo por 80, punto”, se produce una situación similar. El mercado es por ende un juego de lenguaje abierto. Presuponiendo el conocimiento común de un determinado mundo de la vida y un normal libre albedrío, es un proceso natural de comunicación y no de alienación.

En cuarto lugar, desde el punto de vista jurídico, un acto de compra/venta puede ser perfectamente legítimo aunque la intención última de alguno de sus participantes sea “dominar indebidamente” al otro. Ello es así porque, en los actos de compra/venta donde rige la justicia conmutativa, se cumple también que en la virtud de la justicia, un acto puede ser justo aunque la intención última del ser humano sea otra. Y ello es así porque el objeto de la justicia es lo justo. Si yo devuelvo a otro una suma debida, mi acto es justo aunque mi intención última sea indebida, por ejemplo, solo quedar bien con él. Por ende, la justicia humana –esa ley humana que no puede abarcar, precisamente, todo lo exigido por la ley natural– (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, q. 96, a. 2c) no puede pedir el control de las intenciones últimas de las personas intervinientes, donde entra precisamente el fin último de la acción. O sea, la justicia humana, para seguir la clásica característica tripartita de un acto moral, cae sobre el objeto, nunca sobre el fin y a veces sobre la circunstancia de la acción. O sea, si yo ejecuto un acto de compra/venta sin atentar contra la justicia pero sin mirar al otro en tanto otro, ello es moralmente malo por ese “sin mirar al otro en tanto otro”, pero justo desde un punto de vista moral y legalPor ello es importante, al realizar un acto de compra/venta, mirar al otro no solo como aquél que está comprando o vendiendo, sino además como lo que es en sí mismo, persona, más allá de que “me sirva”. Pero ello está más allá de lo que la ley humana pueda contemplar.

Por último, alguien podría decir que en el mercado hay engaño si se vende o se compra a un precio mayor o menor de lo que la cosa vale en sí misma pero para contestar esa objeción debemos pasar el punto siguiente, la ética de los precios en el mercado.

***

Recordemos que según Santo Tomás el deber ser es un analogado del ser. Ello se desprende de la ética de Santo Tomás y de la filosofía cristiana en general, donde la ley natural no es más que el despliegue de las capacidades de la naturaleza del ser humano. Por eso, desde esa perspectiva, la famosa separación de Hume entre ser y deber ser no tiene sentido.

Por ende, para analizar el deber ser en los precios hay que analizar el ser en los precios, esto es, la naturaleza de esa relación intersubjetiva que llamamos precios (norma que se cumple, mutatis mutandis, para todas las cuestiones de ética económica).

Hasta ahora hemos dicho algo que creemos importante, esto es, que los precios son síntesis de conocimiento disperso, pero hay que extender el análisis de dicha caracterización para el tema que nos compete.

Repasemos dos cuestiones: propiedad y teoría del valor.

Analicemos para ello un caso simple: Juan decide vender su automóvil por 10.000 dólares y Roberto no lo quiere comprar por más de 8.000 dólares. Por supuesto, una consecuencia muy importante, a efectos de teoría económica, es que en ese caso no habrá intercambio, pero a efectos de lo que estamos analizando, hay dos cuestiones previas.

En primer lugar, que Juan decida vender su automóvil presupone la propiedad de su automóvil. Por ende la oferta, la demanda y los precios presuponen la propiedad de los bienes y servicios que se intercambian. La propiedad de la que hablamos aquí está justificada como precepto secundario de la ley natural, según lo afirmado por Santo Tomás en Suma Teológica, I-II, q. 94 a. 5 ad 3, por su utilidad, como un “adinvenio” del intelecto humano, que, como hemos visto en todo lo que venimos diciendo, en la economía actual pasa por minimizar el problema de la escasez. La propiedad es sencillamente una institución evolutiva para minimizar el problema de la escasez y por ello es precepto secundario de la ley natural (he desarrollado en detalle ese aspecto en Zanotti, Gabriel J., Crisis de la razón y crisis de la democracia, Episteme, Buenos Aires, 2015, e id, “La ley natural, la cooperación social y el orden espontáneo”, en Revista de la Facultad de Derecho Nº 19, Guatemala, Universidad Francisco Marroquín, 2001).

En segundo lugar,cuando dijimos que los precios son síntesis de conocimiento disperso, dijimos que ello permite leer en el mercado la escasez relativa de los bienes, esto es, cuán escaso es un bien. Pero esa escasez no es objetiva, sino, como todos los fenómenos sociales, intersubjetiva y subjetiva. ¿Qué quiere decir ello? Que el valor de los bienes en el mercado, que se traduce en los precios, no es una propiedad de la cosa en sí misma independientemente de su intercambio humano, sino de la cosa en tanto intercambiada y valorada por las personas (“subjetivo”) que intercambian. Esto es muy conocido por los economistas como teoría subjetiva del valor, como ya se ha analizado, pero habitualmente choca con la noción escolástica de bien cuyo valor, en tanto “bonum”, es “objetivo” (“la cosa es apetecida por ser buena y no buena por ser apetecida”, hemos mostrado su complementariedad en el capítulo sobre los bienes económicos); y por ello ahora la estamos presentando de modo tal que no se produzca ese conflicto, pero no por nuestro modo de presentación sino porque verdaderamente no consideramos que lo haya (hemos desarrollado esto en detalle en nuestra tesis de doctorado de 1990, Zanotti, Gabriel, Fundamentos filosóficos y epistemológicos de la praxeología, Tucumán, UNSTA, 2004).

Por supuesto que el valor moral es “objetivo”, en tanto que el bien moral de una acción humana depende de un objeto, fin y circunstancias que no son decididos arbitrariamente por la persona actuante. Por supuesto que además puede haber otro tipo de valores involucrados en una mercancía (artístico, afectivo, etc.,) independientes del acto de intercambio. Por supuesto que el “bonum” es un trascendental del ente y como tal el grado de bondad de una cosa depende de su “gradación entitativa”, dependiente de su esencia. Pero nada de ello obsta a que, como hemos visto, la escasez de la que hablamos es intersubjetiva, en relación a lo humano, y por ello si un bien o servicio no es demandado en el mercado no tiene valor –a ello llamamos subjetividad del valor en el mercado–. Puede ser que algo “deba” ser demandado por los consumidores, pero lo que determina su precio en el mercado es que efectivamente sea demandado y ofrecido. Por ello los economistas saben que la teoría subjetiva del valor soluciona la famosa “paradoja del valor” de los economistas clásicos: algo tan importante como el agua puede tener menos valor en el mercado que una pepita de oro en la medida de que el agua en determinadas situaciones (no en un desierto) sea más ofrecida en el mercado y el valor de cada unidad de agua (que los economistas llaman “utilidad marginal”) sea menor.

Por ende algo vale en el mercado (repetimos: en el mercado) en la medida que una persona valore lo que ofrece y lo que demanda. Pero el precio implica el encuentro entre las valoraciones de oferente y demandante. Si yo valoro mi teléfono móvil en 5000 dólares y nadie me compra por esa valoración, tendré que ir bajando mis pretensiones hasta encontrar un comprador. Pero si mi celular comienza a ser altamente demandado por mucha gente, puede ser que lo venda por esa valuación o más. Esto es, recién en el momento del intercambio se establece el “precio”, que depende, como vemos, del encuentro de las valuaciones subjetivas de oferentes y demandantes, y por eso los precios indican la “escasez relativa”: porque la escasez en el mercado no depende de la cantidad objetivamente contable del bien, sino de cuánto sea demandado y ofrecido por personas. Y esto es importante porque, a su vez, como ya explicamos, permite que las expectativas se ajusten: si yo soy oferente (tal vez empresario) de teléfonos celulares/móviles y “leo” que los precios de los celulares suben, tal vez me decida a hacer inversiones adicionales en ese sector, lo cual aumentará luego la oferta de teléfonos celulares/móviles y su precio comenzará a bajar. Todas estas explicaciones, que para algunos economistas (no todos) son muy conocidas, las estamos resumiendo a fines de comprender la naturaleza de esas relaciones intersubjetivas llamadas precios y por ende poder analizar bien su “deber ser”.

Las conclusiones respecto a la ética de los precios, dado en el análisis anterior, son las siguientes:

1. La decisión de vender o no vender, comprar o no comprar (A), que es lo que implica que aumente o no la oferta y la demanda, depende de la propiedad como precepto secundario de la ley natural (B). Por ende, si B es éticamente correcto, A lo será también. Luego, si, por ejemplo, yo decidiera NO vender mi auto, y este, a su vez, fuera altamente demandado, su precio potencial tendería a infinito, o sea, “no se vende”. Pero si la propiedad de mi auto es éticamente correcta, entonces que el precio sea “alto” en el sentido de tender al infinito, también lo es. Por ende un “precio alto” no es fruto de una acción inmoral, sino de una propiedad éticamente justificada, frente, a su vez, de una demanda del bien en cuestión.

2. La pregunta de si es lícito vender o comprar en el mercado por más o menos de lo que la cosa vale está mal planteada en cuanto que el valor en el mercado es subjetivo en el sentido que lo hemos explicado. La cosa en el mercado vale lo que vale en el mercado. Es casi tautológico. Si tiene algún otro tipo de valor, no es el valor que conforma los precios.

3. Cuando aumenta la demanda de un bien, alguien con buena voluntad puede decidir mantener el precio como está o bajarlo, pero la cantidad ofrecida del bien se acabará rápidamente. Un convento de benedictinos puede estar vendiendo miel por 10 dólares el frasco. Supongamos que la demanda de miel aumenta repentinamente porque las personas están convencidas de sus propiedades curativas o lo que fuere. Los benedictinos pueden decidir bajar el precio o más aún, repartir todo su stock, y ello parecerá muy meritorio. Pero ese stock se acabará rápidamente. Tienen que producir más cantidad, lo cual requiere más inversión por parte de ellos, lo cual no es nada sencillo y, mientras tanto, si no quieren agotar el stock, deberán (con “necesidad de medio”, no “ontológica”) ver si pueden obtener un precio más alto, si la demanda les responde, para que no haya largas filas de demandantes alrededor del convento que luego se queden sin miel, y para, a su vez, obtener un margen adicional de rentabilidad que les permita obtener nuevos créditos para re-invertir en la producción de miel. Nada de ello se produce por la maldad moral de los benedictinos. A su vez, ese nuevo precio de la miel, más alto, atraerá a otro oferentes (excepto que los benedictinos tengan una licencia exclusiva para producir miel concedida por el gobierno) que lentamente harán que el precio de la miel tienda nuevamente a la baja.

Dado el corazón humano después del pecado original, puede ser perfectamente que alguien saque provecho de un precio alto, de un bien que es su propiedad, sin importarle en absoluto el prójimo, sobre todo en situaciones tales como ser vendedor de agua en un desierto, etc. Ello, obviamente, no sería correcto moralmente. Pero entonces, ¿qué hacer? La tentación es que los gobiernos (esto es, otras personas con poder de coacción) intervengan ese mercado y expropien la producción o fijen precios máximos, etc. Pero ello produciría los siguientes resultados: a) como explicamos antes, al intervenir en un precio se borra la fuente de interpretación de la escasez relativa en el mercado y la situación es peor; b) la expropiación de la producción en cuestión desalienta los incentivos para la producción y la situación es peor, atentando contra el principio de subsidiariedad.

Desde el punto de vista de la ley humana, hemos visto ya que Santo Tomás deja bien en claro que dicha ley no abarca todo lo prohibido por la ley natural. Por ende, vender al precio de mercado puede ser perfectamente bueno desde el punto de vista del objeto, fin y circunstancias de la acción, o no, pero en este último caso, por los motivos a y b, no es conveniente que la ley humana interfiera en el proceso de mercado. Lo inteligente es, desde el punto de vista de la ley humana, en un caso de emergencia, que una agencia gubernamental compre el bien en cuestión y lo venda más barato o lo regale y con ello no interfiere con el delicado proceso de precios. Por supuesto, esta propuesta es alto opinable, y depende de condiciones que los economistas han estudiado para los casos de “decisión pública”; en este caso se requerirían condiciones harto difíciles como que el gobierno sea preferentemente municipal, tenga sus cuentas en orden, no se financie con emisión monetaria o impuestos a la renta (Hayek, Friedrich A. von, Nuevos estudiosop.cit., cap. 8), etc.

4. Los precios en el mercado se manejan en una franja de máximo y mínimo: el límite máximo de venta es aquel más allá del cual no se encuentran compradores, y límite mínimo de compra es aquel por debajo del cual no se encuentran vendedores. Yo puedo querer que mi computadora se venda a 10.000 dólares pero es muy factible que más allá de 500 dólares no se encuentren compradores; de igual modo, yo puedo querer comprar un ordenador (usado) por 1 dólar pero es muy factible que por debajo de 400 dólares no se encuentren vendedores. Esos límites están determinados precisamente por la oferta y la demanda del bien en cuestión y no se pueden pasar so pena de que no haya intercambio. Por ende la voluntad del vendedor o comprador en el mercado no “fija” los precios sino que depende de la interacción con la otra valoración. Esa franja es lo que implica el “precio de mercado”. Ahora bien, un cristiano debe tener en cuenta el bien de su prójimo y por ende puede ser perfectamente bueno que, al vender algo, en determinada circunstancia, no busque el límite máximo de venta sino el mínimo, pero más allá del mínimo no va a poder bajar. Yo puedo ser farmacéutico y propietario de mi farmacia y ante determinada circunstancia, bajar mi valuación de un medicamento de 100 a 80, pero si lo sigo bajando, por un lado aumentará enormemente la demanda y no voy a poder satisfacerla y, por el otro, los vendedores del medicamento en cuestión dejarán de proveerme. En ese caso, es perfectamente cristiano seguir vendiendo a 80 y, por otro lado, en una acción fuera de mercado, distribuir gratuitamente medicamentos que yo haya podido adquirir con mis recursos, ayuda de una fundación, etc. Hacemos todas estas aclaraciones precisamente para que se vea que la ética de los precios no tiene autonomía absoluta en la determinación de los precios. El nivel de los precios no depende de la buena o mala voluntad de las personas; esta última puede incidir pero hemos visto que el factor básico es la demanda subjetiva de los bienes y todas las consecuencias de la interacción de las valoraciones cuyos ejemplos hemos explicado.

Conclusión: la cosa “en sí misma”, esto es, independientemente de su intercambio en el mercado, puede tener tal o cual valor, pero ese valor no tiene que ver con los precios. Estos últimos surgen de las valoraciones intersubjetivas de las personas en el mercado, y hay que tener en cuenta esto último para analizar la ética de oferentes y demandantes en el mercado.

Pero este mercado, como hemos visto, no es un mecanismo, que se mueva por acción y reacción, sino un proceso, una interacción entre personas. Y el factor que lo mueve hacia una mayor coordinación de expectativas es la referida tendencia al aprendizaje, que se traduce en el factor empresarial. Pero ese papel –el empresario, la empresarialidad– ha quedado muy desdibujado ante una ética cristiana. Será objetivo de estos artículos encaminar nuevamente esa cuestión.


[1] Lo que sigue es una versión ligeramente modificada, de este mismo tema, incluida en nuestro reciente libro Antropología cristiana y economía de mercado, Unión Editorial, Madrid, 2011.

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

Psicología del votante político promedio

Por Gabriel Boragina. Publicado en: https://gboragina.blogspot.com/

 

Siempre me ha interesado analizar las razones por las cuales en épocas electorales la gente vota como lo hace. Mis lectores ya saben que he dedicado varios trabajos con esa finalidad.
La praxeología investiga cuales, en las consecuencias de la acción humana, la psicología -en cambio- cuales son los móviles o causas de determinada acción, y porque esos y no otros.
El tema es complejo e intervienen muchísimos factores, lo que lo hacen precisamente más complejo todavía.
Voy a reducirme al caso argentino que es el más curioso y atípico en cierto sentido, aunque en otros es bastante previsible conociendo la idiosincrasia de ese pueblo.
En lo praxeológico ya hemos dicho que todo resultado electoral responde persistentemente a la categoría a priori de la acción humana: el hombre siempre actúa buscando pasar de un estado de inferior satisfacción a otro de superior. Por eso, constantemente, se inclinará en el cuarto oscuro por aquel candidato que personalmente considera que le brindará mayores beneficios.
Ahora bien, al buscar esta mejora los móviles pueden fundarse en razones que encuentran su base en el pasado o en el presente. Puedo votar a X porque en el pasado estuve mejor con él, o porque lo estoy ahora en el presente. En el caso argentino, la coyuntura del momento tiene mayor peso que cualquier razón histórica a la hora de votar.
Por ejemplo, si durante los primeros tres años y 9 meses de gobierno del partido X el nivel de vida del elector fue -por caso- de 10 y durante los tres últimos meses (de -supongamos- un periodo de cuatro años de gobierno) ese nivel de vida baja a 5 o 4, serán estos últimos tres meses de gobierno los que determinarán para la mayoría cual será el destino de su voto, que devendrá en negativo para el partido al frente del mando en dicho momento.
Y viceversa, si durante los primeros 3 años y 9 meses antes de las próximas elecciones el nivel de vida del elector promedio fue de 5 y los últimos dos o tres meses (que incluyan al final del último mes la fecha de las elecciones nacionales) el nivel de vida pasa a ser superior a 5, esto determinará el triunfo del partido gobernante.
El pasado pasa a ser irrelevante para este amplio sector del electorado y que -al menos en el caso argentino- es invariablemente el mayoritario. Todo lo cual denota la visión cortoplacista del argentino medio en materia política y economía, donde lo que importa es el ahora, no el pasado ni el futuro. En el mejor de los casos el pasado eternamente será el inmediato, igual que el futuro, pero no van más allá.
Y en esto, objetivamente, poco cuenta lo que realmente la acción política haya tenido que ver con la suba o baja del nivel de vida del elector en cuestión, aunque subjetivamente le sea relevante.
El grueso de la masa tiende a no vincular sus acciones personales con el resultado de las mismas, atribuyendo su buena o mala fortuna al ejercicio político, y es teniendo en cuenta este que decidirá el signo de su voto. Tanto si en lo personal o familiar le va bien o le va mal económicamente, tenderá a creer que poco o nada tienen que ver sus actos particulares con su éxito o fracaso, sino que estos «se deberán» exclusivamente a lo que el gobierno al mando haga o deje de hacer a ese respecto.
Este efecto es fruto del relajamiento general que -desde hace muchísimo tiempo- la «cultura» socialista ha venido produciendo en la conciencia de la responsabilidad personal, la que aquella viene carcomiendo y debilitando hasta hoy día prácticamente desaparecida.
No cabe duda que los actos de gobierno influyen sobre la sociedad civil y a veces en gran medida, pero en una proporción más importante las personas son responsables de sus actos, aunque exista una mayoría que no lo entienda así ni lo asuma.
La coyuntura económica recurrentemente depende de dos variables: la que manejan los gobiernos al intervenir en la economía y la de las personas particulares que se acomodan, reaccionan o resisten aquella coyuntura. Sin embargo, el común de las personas sólo tiene en cuenta la primera, y en función de ella elige un gobierno u otro conforme imputan al primero o al segundo sus mejores éxitos económicos al momento de emitir el sufragio.
En esa evaluación cortoplacista priman las condiciones económicas de los que concurren a los comicios al momento de ser convocados a ello.
Alguien cuyas malas o nulas aptitudes laborales le impiden conseguir un empleo es bastante probable que lo asigne al gobierno de turno, aunque objetivamente este no tuviera nada que ver con esa puntual situación. No obstante, dicha persona -si estamos en época electoral- votará en contra de ese partido en el poder y a favor de otro que prometa en su plataforma política generar puestos de trabajo u haga hincapié en otros «beneficios» laborales. Si -por el contrario- consigue el puesto, su voto será favorable al gobierno de turno, cuando, en realidad, la causa puede obedecer simplemente a haber hallado a un empleador con un menor nivel de exigencias que los otros donde fortuitamente el aspirante haya ido a «golpear las puertas».
Inversamente, alguien cuyas calificaciones laborales son sobresalientes adjudicaría la obtención de un empleo (que tuviera en cuenta dichas cualidades) a una favorable coyuntura laboral «gestada» por el gobierno de turno cuando no fuera objetivamente esta la causa de la nueva colocación lograda sino las primeras. Al contrario, en las más agudas crisis laborales exclusivamente los más competentes obtienen los escasos empleos disponibles. Si no consiguiera trabajo en su área votaría en contra
Únicamente una minoría no dependiente psicológicamente de la política reconocería en sus propias cualidades personales la causa de sus logros y fracasos en la proporción correspondiente que tienen comparativamente en relación a las injerencias políticas. Dependerá pues de cuál sea el grado de politización de la población.
En los países cuyos gobiernos menos interfieren en la economía es donde las condiciones económicas son más favorables a todos, incluyendo aptos y no aptos para el trabajo. Ero esta realidad será interpretada de manera diferente por los ocupados y por los desocupados en épocas electorales.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

REFLEXIONES FALIBLES SOBRE MACRI, CRISTINA, ESPERT Y ALBERTO BENEGAS LYNCH (h).

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 17/7/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/07/reflexiones-falibles-sobre-macri.html

 

Lo que está sucediendo entre los liberales con la pelea sobre Espert o no Espert tiene muchos aspectos, y supera lo que pueda decir cualquier espert-o.

Primero, el tema del conocimiento. Los liberales, a pesar de Hayek y Popper, se han ideologizado. Una de las características de las ideologías es la pretensión de conocimiento absoluto, muy bien denunciada por estos dos últimos autores. Es cierto que algunas cuestiones en teoría económica (no todas) se pueden deducir de la praxeología. En las deducciones no entran las incertidumbres de las opciones, que implican el manejo prudencial y falible de las circunstancias, como el mismo Kuhn enseñó para la Física. Rothbard trató de llevar esa no incertidumbre al ámbito de la política, y muchos de sus lectores hacen lo mismo. Por lo tanto no terminan de advertir que en este tipo de opciones en materia política, no hay deducciones absolutas y que todas las opciones tienen sus riesgos, sus incertidumbres y que por ende no hay certezas totales. Por eso muchos hablan como si lo conocieran todo, como su pudieran tener la receta infalible de qué hacer, cuando por el contrario, se trata de un ámbito prudencial, donde la opinión puede tender hacia una de las soluciones plausibles pero sin alcanzar la certeza. Pero muchos liberales lo ignoran. Han leído a autores que sistemáticamente rechazan este llamado a la humildad en el conocimiento por parte de Popper y Hayek, y hasta los tildado de socialistas por ello. De la certeza total pasan al insulto y al desprecio del otro, porque claro, si la cosa es tan clara, el que piensa diferente tiene que ser malo o tonto.

Esto tiene que ver, por lo tanto, con el otro aspecto, el psicológico. Las ansiedades, las obsesiones personales, las inseguridades personales inconscientes, tienen siempre como aliada a una epistemología que pretenda saberlo todo. La incomprensión del otro, los insultos y los comportamientos psicopáticos surgen como síntomas de personalidades inseguras que hacen de las ideologías, incluida la liberal-constructivista, su racionalización ideal.

Dicho esto, pasemos al plano político concreto y al conocimiento limitado que nos hará opinar de un modo aunque faliblemente, corriendo el riesgo de ser insultado mil veces más por los liberales que por los católicos que en el 85 me calificaron de hereje por afirmar que el mercado era compatible con el Catolicismo.

Claro que Macri no es liberal y claro que Espert sería un mejor presidente.

Pero las sociedades, en general, son evolutivas. Sólo crueles acontecimientos bélicos, y hasta ahí, son ocasión, no causa, para un cambio, pero ello no nos permite elaborar la cruel teoría que sólo el derramamiento de sangre las hace cambiar. Hay una mejor teoría, pero más lenta: la evolución, propuesta precisamente por Hayek. Los liberales latinoamericanos “la tienen difícil” en ese sentido. La evolución no los satisface. El comprensible horror al estatismo los (nos) hace caer en las tentaciones de revoluciones constructivistas. En realidad el liberalismo latinoamericano ha sido más constructivista que evolucionista. Y ello es más bien una tendencia inconsciente que una elaboración consciente, pero luego se traduce en la acción.

Creo que eso les pasa a quienes dicen que Macri es igual que Cristina. Comparan a Macri con Rothbard. Pero esa no es, creo, la opción real. La opción real es entre Venezuela y Macri. Los liberales apurados y ansiosos no terminan de ver la igualdad entre el kirchnerismo y Venezuela, porque la cancha de juego en la que juegan se parece más de Hegel que a la Historia y sus alternativas reales.

Casi ninguno de ellos, por ejemplo, prestó atención al artículo de Loris Zanatta sobe el acuerdo entre Macri y Pichetto. Independientemente de las intenciones de cada uno, las consecuencias no intentadas del acuerdo –algo sobre lo cual los liberales deberían saber algo- son importantes, porque implica, por primera vez, la absorción involuntaria de un sector del peronismo a una opción republicana, y un giro evolutivo en la historia del peronismo y en la historia de una Argentina que es peronista. Eso es un horizonte cultural que no cambia de golpe. Las costumbres culturales son modos no razonados de acción profundamente arraigados. Sólo un liderazgo excepcional, aleatorio, o una terrible guerra, las pueden cambiar, y hasta ahí, como dijimos. Por eso el peronismo no se va a ir de Argentina. El mejor escenario es una evolución muy lenta, línea recta muy levemente inclinada a 10 grados hacia arriba como mucho. Las alternativas nerviosas y revolucionarias están destinadas al fracaso.

Por ende, ante la posibilidad de que el kirchnerismo, o sea Cuba y Venezuela, ganen en primera vuelta, la opción de no quitar votos a esa fórmula es al menos razonable.

Por último. Cómo puede ser…. Que a Alberto Benegas Lynch (h) se lo llegue a acusar de haber “arreglado” con el gobierno, o con “un” gobierno. Lo conozco desde 1978. He trabajado con él desde 1984 hasta 1992. Hemos diferido en muchas cosas y seguimos teniendo nuestras diferencias. Pero su honestidad es indiscutible.

Que haya que salir a aclararlo es un signo del acaloramiento ideológico en el cual han caído muchos liberales. Que, espero, no se despierten un día en Argenzuela.

Espero equivocarme.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Síguelo en @gabrielmises 

Así comienza uno de los grandes libros del siglo XX: La Acción Humana, de Ludwig von Mises

Por Martín Krause. Publicado el 3/8/18 en: http://bazar.ufm.edu/asi-comienza-uno-los-grandes-libros-del-siglo-xx-la-accion-humana-ludwig-von-mises/

 

Con los alumnos de la materia Ética de la Libertad, leemos el comienzo de una de las grandes obras del siglo XX, de Ludwig von Mises, La Acción Humana, que comienza así:

“La acción humana es conducta consciente; movilizada voluntad transformada en actuación, que pretende alcanzar precisos fines y objetivos; es consciente reacción del ego ante los estímulos y las circunstancias del ambiente; es reflexiva acomodación a aquella disposición del universo que está influyendo en la vida del sujeto. Estas paráfrasis tal vez sirvan para aclarar la primera frase, evitando posibles interpretaciones erróneas; aquella definición, sin embargo, resulta correcta y no parece precisar de aclaraciones ni comentarios.

El proceder consciente y deliberado contrasta con la conducta inconsciente, es decir, con los reflejos o involuntarias reacciones de nuestras células y nervios ante las realidades externas. Suele decirse que la frontera entre la actuación consciente y la inconsciente es imprecisa. Ello, sin embargo, tan sólo resulta cierto en cuanto a que a veces no es fácil decidir si determinado acto es de condición voluntaria o involuntaria. Pero, no obstante, la demarcación entre conciencia e inconsciencia resulta clara, pudiendo ser trazada la raya entre uno y otro mundo de modo tajante. La conducta inconsciente de las células y los órganos fisiológicos es para el «yo» operante un dato más, como otro cualquiera, del mundo exterior que aquél debe tomar en cuenta. El hombre, al actuar, ha de considerar lo que acontece en su propio organismo, al igual que se ve constreñido a ponderar otras realidades, tales como, por ejemplo, las condiciones climatológicas o la actitud de sus semejantes. No cabe, desde luego, negar que la voluntad humana, en ciertos casos, es capaz de dominar las reacciones corporales. Resulta hasta cierto punto posible controlar los impulsos fisiológicos. Puede el hombre, a veces, mediante el ejercicio de su voluntad, superar la enfermedad, compensar la insuficiencia innata o adquirida de su constitución física y domeñar sus movimientos reflejos.

En tanto ello es posible, cabe ampliar el campo de la actuación consciente. Cuando, teniendo capacidad para hacerlo, el sujeto se abstiene de controlar las reacciones involuntarias de sus células y centros nerviosos, tal conducta, desde el punto de vista que ahora nos interesa, ha de estimarse igualmente deliberada. Nuestra ciencia se ocupa de la acción humana, no de los fenómenos psicológicos capaces de ocasionar determinadas actuaciones.

Es ello precisamente lo que distingue y separa la teoría general de la acción humana, o praxeología, de la psicología. Esta última se interesa por aquellos fenómenos internos que provocan o pueden provocar determinadas actuaciones. El objeto de estudio de la praxeología, en cambio, es la acción como tal. Queda así también separada la praxeología del psicoanálisis de lo subconsciente. El psicoanálisis, en definitiva, es psicología y no investiga la acción sino las fuerzas y factores que impulsan al hombre a actuar de una cierta manera. El subconsciente psicoanalítico constituye categoría psicológica, no praxeológica. Que una acción sea f r u t o de clara deliberación o de recuerdos olvidados y deseos reprimidos que desde regiones, por decirlo así, subyacentes influyen en la voluntad, para nada afecta a la naturaleza del acto en cuestión. Tanto el asesino impelido al crimen por subconsciente impulso (el Id), como el neurótico cuya conducta aberrante para el observador superficial carece de sentido, son individuos en acción, los cuales, al igual que el resto de los mortales, persiguen objetivos específicos.

El mérito del psicoanálisis estriba en haber demostrado que la conducta de neuróticos y psicópatas tiene su sentido; que tales individuos, al actuar, no menos que los otros, también aspiran a conseguir determinados fines, aun cuando quienes nos consideramos cuerdos y normales tal vez reputemos sin base el raciocinio determinante de la decisión por aquéllos adoptada y califiquemos de inadecuados los medios escogidos para alcanzar los objetivos en cuestión. El concepto «inconsciente » empleado por la praxeología y el concepto «subconsciente » manejado por el psicoanálisis pertenecen a dos órdenes distintos de raciocinio, a dispares campos de investigación. La praxeología, al igual que otras ramas del saber, debe mucho al psicoanálisis. Por ello es tanto más necesario trazar la raya que separa la una del otro.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Ludwig Von Mises y su planificación para la libertad.

Por Adrián Ravier. Publicado el 23/11/12 en http://www.economiaparatodos.com.ar/ver_nota.php?nota=4207

En junio de 2012 recibí una invitación de Fritz Thomas, Decano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Francisco Marroquín, para viajar a Guatemala y dictar algunos cursos durante el segundo semestre de ese mismo año. Uno de estos cursos fue La Filosofía de Mises, sobre el cual tuve el desafío de preparar un programa que incluyera lo más esencial de su literatura.

 El programa naturalmente incluyó su tratado de economía, pero también trabajos metodológicos como Teoría e Historia, e incluso algunos capítulos de sus libros de filosofía política como Liberalismo o Burocracia. Dado que el curso era de grado, me pareció oportuno incluir un libro que quien escribe leyó a los veinte años, precisamente como mi primer acercamiento a la filosofía del autor. Pero al buscarlo entre las colecciones de Unión Editorial, este libro brillaba por su ausencia. Aquel libro -que hace tiempo robé de la biblioteca de mi padre- se titulaba Planificación para la Libertad.

Me pareció oportuno entonces proponer a Juan Pablo Marcos, Director de la mencionada editorial, la posibilidad de reeditar esta obra, publicada por primera vez en español en 1986 bajo el sello del Centro de Estudios para la Libertad y gracias al esfuerzo de Alberto Benegas Lynch padre. La extraordinaria eficacia de Juan Pablo, sumado a la voluntad y generosidad desinteresada de Alberto Benegas Lynch (h), permitió muy rápidamente conseguir los derechos del libro, y a poco más de un mes de aquella idea, mientras escribo estas líneas, el libro está siendo diagramado.

Fue tal el impacto que este libro generó en mi formación, que desde entonces nunca dejé de reflexionar sobre los procesos de mercado y las políticas económicas en los términos de la lógica misesiana. Y es que Mises hace fácil lo difícil. Cuando uno comprende la filosofía de este autor, su praxeología y los teoremas de la economía política, la complejidad de la acción humana, sus interrelaciones y el mundo social que éstas conforman, se simplifica. Planificación para la Libertad  no explica concretamente la filosofía del autor, ni su economía política en forma integral, pero abre las puertas que conducen a ella. Al menos, esa fue mi experiencia.

Aquí el lector encontrará una claridad conceptual única para tratar los temas más complejos de las políticas públicas como la inflación, el control de precios, las inversiones de capital, la seguridad social, el desempleo, así como las consecuencias del intervencionismo o aquellas del socialismo.

Pero esta claridad conceptual jamás habría sido posible sin el entendimiento teorético que el autor desarrolló en los trabajos previos.

Es por esta razón, que aquí me propongo describir sintéticamente el contexto biográfico de Mises, recorriendo su vida y su obra, pues sin ello, las líneas que el lector encuentre en Planificación para la Libretad no podrían comprenderse en su plenitud. Es mi intención que leída esta obra, el lector desee recorrer el camino más extenso que lo conduzca a absorber también la filosofía de una de las mentes más brillantes del siglo XX.

Mises en Viena

Ludwig von Mises nació el 29 de septiembre de 1881 en la ciudad de Lemberg, en el Imperio Austro-Húngaro, hoy conocida como Lvov, en Ucrania. Hijo de un ingeniero, se mudó a Viena siendo un niño.

Desde joven se interesó por la historia y la política, hasta que en 1903 leyó los Principios de Economía Política de Carl Menger, y decidió volcar su atención a esta ciencia. Se doctoró en derecho en 1906 y hasta 1914 participó del seminario privado de Eugen von Böhm Bawerk, donde surgieron otras figuras como el prestigioso Joseph Schumpeter.

En 1912, hace precisamente cien años, Mises publica su primer gran trabajo, La teoría del dinero y del crédito, un tratado de teoría monetaria en el que elabora sus primeras contribuciones a la ciencia económica (resumidas en el capítulo 13 de este ejemplar).

Al año siguiente Mises comienza a ejercer la docencia en la Universidad de Viena, actividad que debe interrumpir para participar de la Primera Guerra Mundial como oficial de la artillería y asesor económico del Departamento de Guerra.

Terminada la guerra, Mises retorna a la academia, pero siempre con un pie en el mundo real. Habiendo sido testigo de la disolución del Imperio Austro-Húngaro, en 1919 escribe Nación, Economía y Estado, donde muestra su entendimiento de la historia y la política europea de los primeros años del siglo XX, y donde empieza a manifestar sus preocupaciones en torno al avance del socialismo.

Por entonces impulsa también el Instituto Austriaco de Coyuntura Económica, colocando a Friedrich Hayek al frente del mismo, quien más tarde tendría la responsabilidad de expandir estas ideas hacia Estados Unidos e Inglaterra.

En 1920 abre su propio seminario privado en el despacho oficial de la Cámara de Comercio de Viena, desde donde influye en la política económica de su país, como bien relata Richard Ebeling en los hoy conocidos “Lost Papers” o “Papeles perdidos” de Mises. En este seminario participaron figuras centrales de la historia del pensamiento económico del siglo XX, como el mencionado Hayek, Fritz Machlup, Gottfried von Haberler, Oskar Morgenstern, Paul Rosenstein Rodán, Félix Kaufman, Alfred Schutz, Richard von Strigl, Karl Menger (hijo matemático del fundador de la Escuela Austriaca), Lionel Robbins y Albert Hart, entre otros.

Si bien no duraría demasiado, Mises lograba entonces retornar al ambiente cultural de la Viena del Siglo XIX, interrumpida por la Primera Guerra Mundial. En 1920 escribe un artículo donde desarrolla otra de sus grandes contribuciones, ahora en torno al socialismo o la “socialización” de los medios de producción. En pocas palabras, Mises explicaba que en ausencia de derechos de propiedad sobre los medios de producción, no habrá mercados para esos medios de producción. Si no tenemos mercados para esos medios de producción, no tendremos precios monetarios. Si no tenemos precios monetarios, es imposible el cálculo económico. Si no hay cálculo económico, el sistema socialista está condenado al fracaso dado que los precios relativos no podrán reflejar la escasez o abundancia relativa de los bienes de capital y entonces las decisiones de inversión dejarán de ser racionales. La tesis fue ampliada dos años más tarde en un libro clásico de Mises que justamente se titula El Socialismo.

Mises, sin embargo, no era un anarquista. En su sistema capitalista, había un lugar fundamental para el Estado, entendido como “Estado de Derecho”. Y esto se ve claramente en su libro de 1927 titulado Liberalismo, definido este concepto como el primer movimiento político que quiso promover, no el bienestar de grupos específicos, sino el bienestar general. Para Mises la función del Estado no es la de un Ingeniero que lo planifica todo, sino la de un Jardinero que crea el ambiente adecuado para que florezcan los órdenes espontáneos. Ese marco institucional de respeto por la propiedad privada, es un rol que el Estado no puede delegar. Bajo este Estado de Derecho, dice Mises, surge la cooperación entre los individuos y los pueblos, siendo la iniciativa individual y la sociedad civil la protagonista del desarrollo económico.

Mises, sin embargo, no era ingenuo. Sabía también que la existencia del mismo Estado, crearía incentivos en los empresarios para buscar privilegios y rentas (rent-seeking), pero entendía que la única forma de luchar contra esa amenaza, era a través de las reglas constitucionales, la división de poderes, el federalismo y hasta el derecho de secesión, entre otras herramientas desarrolladas bajo la larga tradición de liberalismo clásico que incluye una larga lista de autores y literatura. Sin ánimo de ser exhaustivo, esta literatura incluye los trabajos de John Locke (Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil), Algernon Sidney (Los discursos acerca del gobierno), Charles Louis de Secondat, Barón de Montesquieu (Del espíritu de las leyes), David Hume (Ensayos Políticos), Alexander Hamilton, James Madison y John Jay (El Federalista), los papeles Anti Federalistas, Thomas Jefferson (Borrador y Reforma de la Constitución del Estado de Virginia), Thomas Paine (Sentido Común), William von Humboldt (Los derechos del hombre), Benjamin Constant (Ideas para un ensayo de determinación de los límites que circunscriben la acción del estado), Benjamín Constant (De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos), Alexis de Tocqueville (La democracia en América), Frédéric Bastiat (La ley) y John Stuart Mill (Sobre la libertad).

Al respecto, publicó una serie de libros, desde la Crítica del intervencionismo en 1929, hasta Burocracia y Gobierno Omnipotente en 1944, trabajos que pueden entenderse hoy como la continuación de la mencionada tradición política del liberalismo clásico y también como el origen del Public Choice o Escuela de la Elección Pública, que precisamente profundiza hoy sobre distintos modos de controlar al Leviatán.

Mises en Ginebra

Los quince años que unen a estos últimos tres trabajos, sin embargo, no pasaron sin sobresaltos en la vida de Mises. En 1934 se ve obligado a abandonar la ciudad de Viena, interrumpir el seminario privado que venía dictando desde 1920, para trasladarse a Ginebra, Suiza, y así huir de los Nazis. Consigue un cargo de catedrático en el Instituto de Relaciones Internacionales de Ginebra, y entonces, por primera vez en su vida, logra trabajar exclusivamente para la academia.

Esto le permite iniciar el trabajo que concluirá con su obra monumental, la primera redacción de un tratado completo de economía, sistematizando todo su pensamiento teórico y atendiendo a lo que en 1933 había llamado los Problemas epistemológicos de la economía. En 1940 publica su trabajo de 756 páginas bajo el título Nationalökonomie: Theorie des Handelns und Wirtschaftens [Economía: Teoría de la acción y del cambio] el que recibe escasísima atención, dado el comienzo –un año antes- de la Segunda Guerra Mundial.

Con casi 60 años, y sólo después de estar seis años en Ginebra, Mises debe abandonar la ciudad para salvar su vida, emprendiendo un viaje hacia Estados Unidos para volver a empezar de cero.

Mises en Estados Unidos

La situación no era nada fácil para un autor tan revolucionario como Mises. Metodológicamente, Mises defendía el apriorismo y criticaba el positivismo, por entonces de moda.  En economía, Mises se había mostrado opuesto al intervencionismo y la revolución keynesiana que crecía rápidamente desde la publicación de la Teoría General en 1936. En filosofía política, Mises era un liberal, y criticaba abiertamente el socialismo en todos sus formas.

Es recién en 1945 que Mises consigue un cargo de Profesor en la Universidad de Nueva York, obteniendo un año más tarde la ciudadanía americana. En 1947 se suma al proyecto de Hayek de impulsar la Mont Pelerin Society, que reunía académicos de Chicago y Viena indistintamente, además del filósofo Karl Popper, entre muchas figuras de renombre internacional.

En 1948 vuelve a abrir un seminario privado, el que se extenderá hasta 1969, y con nuevos alumnos, como Murray Rothbard, Hans Sennholz, Israel Kirzner, George Reisman y Louis Spadaro.

Finalmente, en 1949 publica su tratado de economía La Acción Humana, partiendo de aquel trabajo ignorado de 1940. El éxito de este libro fue rotundo, considerando las sucesivas ediciones. Algunos analistas sostienen que sin él, no habría una Escuela Austriaca Moderna. Las traducciones al alemán, español, italiano, chino, taiwanés, francés, coreano, portugués y japonés demuestran el alcance de la obra.

Mises, sin embargo, no abandonó la academia luego de este logro. Siguió trabajando en su programa de investigación y nos regaló otros escritos, ahora sobre cuestiones metodológicas quizás no cubiertas en su tratado de economía. En 1958 publicó Teoría e Historia, donde retoma el debate entre Menger y el historicismo de Gustav Schmöller, y establece claros límites a la tarea del historiador. Y sólo cuatro años después, insistió con El fundamento último de la ciencia económica.

Habrá que recordar también su paso por Buenos Aires, no porque quien escribe sea natural de esa ciudad, sino porque en 1959 ofreció seis conferencias de política económica, que desde mi punto de vista, son una extensión a este libro, en lo que concierne a la persuasión.

Mises falleció en 1973 dejando 22 libros publicados, centenares de artículos, numerosas contribuciones y un gran número de destacados alumnos y seguidores. Muchos pensamos que fue injusto el que no haya recibido el Premio Nobel de Economía. Pero sí debemos recordar la mención de la American Economic Association en su publicación oficial, The American Economic Review, en sepiembre de 1969. Allí se explica que el “importante flujo de publicaciones comenzó en 1902” y que a sus 88 años, en 1969, seguía enseñando. “Sus obras abarcan desde historia económica e historia del pensamiento hasta metodología y filosofía política, con especial énfasis sobre teoría monetaria, finanzas internacionales, fluctuaciones cíclicas, teorías de los precios y de los salarios, organización industrial y sistemas económicos.

Sería imposible enumerar las ideas que Mises ha concebido y difundido durante años, pero sí pueden mencionarse algunas de las más fructíferas: en teoría monetaria, la aplicación de la teoría de la utilidad marginal a la explicación sobre la demanda de dinero; en la teoría de los ciclos económicos, ciertas enmiendas a la teoría wickselliana del proceso acumulativo y la demostración de que una política monetaria que estabilizara ciertos índice de precios no estabilizaría al mismo tiempo la actividad empresaria; en la teoría de la planificación económica socialista, el descubrimiento de que es imposible realizar el tipo de cálculo económico necesario para una eficiente asignación de recursos sin un sistema de precios de mercado competitivo. Los recientes movimientos hacia una planificación descentralizada producidos en varias economías de tipo soviético demuestran que la historia confirma la veracidad de las conclusiones a que arribó Mises hace casi cincuenta años.”

Planificación para la Libertad

Lo dicho en las secciones previas, permitirá al lector conocer el contexto en el cual Mises publica Planificación para la Libertad, el que fue editado originalmente en 1952, apenas tres años después de la publicación de su tratado de economía. Incluía –en esa primera edición- unos 12 ensayos y conferencias, seleccionados y escritos por el propio Mises. El índice muestra entre paréntesis el año en que cada uno de ellos fue escrito.

Diez años más tarde, en 1962, se publicó la segunda edición, incluyendo el capítulo 7 titulado “Salarios, desocupación e inflación”.

Mises falleció el 10 de octubre de 1973, lo que motivó una tercera edición “conmemorativa” del libro, apenas un año más tarde. En esta reedición se incluyeron algunos agregados: “Salutación a von Mises”, por el Dr. Henry Hazlitt; “El seminario privado de Mises”, por el profesor Gottfried von Haberler; “Cómo Mises me hizo cambiar de opinión”, por el Dr. Albert Hunold; “Homenaje a un filósofo” y “Ludwig von Mises – Mención para un miembro distinguido”.

Una cuarta edición en inglés y ampliada apareció en 1980, pero ya el subtítulo había cambiado: Planificación para la Libertad “y otros ensayos”.

La primera edición en español de 1986 se basó precisamente en la versión de 1980, pero agregando además “Lo esencial de Mises”, por Murray Rothbard. En el prólogo de Alberto Benegas Lynch padre a dicha edición explica que la traducción y publicación se hicieron posibles por el apoyo financiero del Center for International Private Enterprise (CIPE), de Washington, comprometiéndose los editores a entregar los primeros 2000 ejemplares a jóvenes estudiantes que siguieran los cursos sobre los “fundamentos de la Libertad”, patrocinados por el CIPE y dirigidos por el contador Eduardo Marty.

Liberty Fund, sin embargo, reeditó el libro en inglés en 2008, retornando a la segunda edición ampliada y seleccionando sólo aquellos ensayos y conferencias escritas por el propio Mises. Esta reedición incluso separó los ensayos en cuatro partes y los reorganizó.

La reedición en español que el lector tiene en sus manos se basa precisamente en esta cuarta edición ampliada de 2008, donde reorganizamos los capítulos y donde incluimos esta introducción y un extenso estudio preliminar de Alberto Benegas Lynch (h).

Volviendo al contenido, Planificación para la Libertad se trata fundamentalmente de ensayos y conferencias que el autor ofreció en distintos lugares y contextos, pero siempre con una llamativa calidad de persuasión, con textos “informales”, de lectura amena, donde las ideas fluyen sin las “estructuras” y “rigideces” de las publicaciones científicas.

Brevemente, Mises transmite en este libro una idea que aun hoy es necesario recordar a los economistas. El debate no es acerca de si debe o no haber planificación en la economía. El debate es si dicha planificación deben llevarla adelante los empresarios, de manera descentralizada, o el Estado, de forma centralizada.

Aceptada la idea de que el socialismo es imposible –tesis resumida más arriba-, sólo nos queda la propiedad privada de los medios de producción. Sin embargo, dentro de este sistema capitalista, es necesario distinguir entre el capitalismo puro y el capitalismo intervenido, entre el laissez faire y el mercantilismo. En ambos existe propiedad privada, pero mientras en el primero hay lugar para la competencia privada entre empresarios, en el segundo la competencia sólo se concentra en la política, o en la idea de obtener una serie de privilegios de parte del Estado para evitar justamente la competencia aludida previamente. Mientras en el primero reina la soberanía del consumidor, en el segundo predomina el favoritismo, las regulaciones y los subsidios. Mientras en el primero los precios monetarios y libres habilitan al empresario a realizar el cálculo económico que le permite advertir los desequilibrios de mercado, en el segundo predominan los controles de precios con su consecuente distorsión de los precios relativos, y entonces no pueden tomarse decisiones racionales de inversión.

Mientras en el primero las ganancias y las pérdidas (capítulo 17) informan al empresario acerca del resultado de sus inversiones, en el segundo los pseudo-empresarios se mueven en la oscuridad, derrochando los recursos escasos que la economía enseña se deben racionalizar para satisfacer de la mejor manera posible las necesidades del consumidor.

Mises concluye que el intervencionismo keynesiano, también conocido como la tercera vía requiere a cada paso de una mayor dosis de regulaciones, controles, privilegios y subsidios, señalando que las políticas intermedias a menudo conducen al socialismo (capítulo 4).

Presentado de este modo, la crisis del mundo capitalista en 2008 y 2009 no es la crisis del capitalismo puro que presenta Mises en su obra, sino la crisis del capitalismo intervenido, cuyas raíces encontramos en el mercantilismo. Lo que el mundo necesita entonces para dejar atrás los ciclos económicos no es un mayor control del estado sobre la economía, sino un mayor espacio al mercado y al laissez faire. No necesitamos más estado, sino menos. En este libro queda clara la tesis de Mises de que el Estado –a pesar de sus buenas intenciones- siempre alcanza los resultados opuestos que se proponía alcanzar. Por un lado, por un problema de conocimiento, en el sentido que el gobierno no puede hacerse de la información necesaria para saber qué bienes y servicios debe producir, en qué cantidades y calidad. Corresponde a Hayek el mérito de haber extendido esta contribución de Mises al señalar que el Estado no puede hacerse de este conocimiento, porque la información que guía la función empresarial se encuentra dispersa en la mente de cada individuo, y además porque sólo puede crearse en una economía de mercado, a través de las interrelaciones de los individuos y los precios que surgen de ellas.

Pero además, aun asumiendo que pueda hacerse de este conocimiento, debemos considerar el problema de los incentivos. Corresponde a James Buchanan el haber extendido la tesis de Mises de que el gobierno no está compuesto por ángeles, sino por individuos que seguramente intentarán maximizar su situación individual o la de aquellos a quienes representan. De esta manera, quizás existen ciertas fallas de mercado, pero no debiéramos olvidar los fallos de la política.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.