Solidaridad con los pobres

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/05/solidaridad-con-los-pobres.html

 

Se dice permanentemente que tenemos que ser “solidarios” con los pobres. Pero raramente o nunca quienes eso pregonan (socialdemócratas, populistas, socialistas, izquierdistas, progresistas, etc.) nos aclaran qué significa la palabra solidaridad. En consecuencia, debemos acudir al diccionario para encontrar su verdadero significado.

Y allí el diccionario nos define:

solidaridad[1]

(De solidario).

  1. f. Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros.

Siendo así lo que se nos solicita, entonces, es adherir circunstancialmente a la causa o empresa de los pobres. Es decir, convertimos en uno de ellos, o convertirnos todos en todos ellos.

En realidad, el reclamo se dirige hacia los ricos, que es a quienes se les pide -en consecuencia- que se empobrezcan entregando parte de sus riquezas a los pobres. Pero el problema consiste en que si los ricos entregan parte o toda de su riqueza a los pobres los ricos se empobrecen en la misma medida en que los pobres se enriquecen. Entonces, para seguir cumpliendo la regla de la solidaridad, debería ahora procederse al revés: los nuevos ricos (antes pobres) deberían devolver parte o toda de la riqueza recibida de los antes ricos y ahora pobres a estos.

Todo parece indicar que, siguiendo este círculo vicioso, no se resolvería nunca el problema de la pobreza, simplemente, pobres y ricos cambiarían sus roles perpetuamente, en una suerte de ciclo sin fin.

Evidentemente entonces, la solidaridad no soluciona el tema de la pobreza, sino que escuetamente la va trasfiriendo de unos grupos a otros, quienes van girando sus rótulos, conforme reciban o pierdan riqueza.

No interesa si los ricos dieran su riqueza espontáneamente, o sean despojados por el gobierno mediante impuestos y otras confiscaciones haciéndolo por ellos, porque -en dicho caso- el dilema se le plantearia al gobierno y no a los actores directos de dicho circulo vicioso.

El sentido común (comprendiendo el significado de la solidaridad) tendría que decirles a esos grupos progresistas, izquierdistas, populistas, socialdemócratas, etc. que ese no es el camino si lo que quieren -en realidad- es reducir y suprimir la pobreza.

La solución no es empobrecer a los ricos para enriquecer a los pobres sino -y desde el punto de vista liberal capitalista- la única solución pasa por la creación de riqueza para todos, o sea, mutar el juego de suma cero de la solidaridad por el juego de suma positiva para todos. El único sistema que ha hecho esto en la historia -y lo sigue haciendo allí donde se le permite actuar (muy pocos lugares, por cierto)- es el capitalismo. Ninguno de los demás procedimientos ensayados en la historia, y los que se practican ahora en casi todos los países, ha podido suplantarlo en esa función de enriquecer a todos sin distinción de grupos sociales o de personas particulares.

Entonces, lo que se necesita para reducir y eliminar la pobreza no es solidaridad sino anti-solidaridad, por muy paradójico que parezca.

Pero si se quiere insistir en el término solidaridad cuyo uso es impropio, entonces habrá que convenir que el sistema más solidario para reducir la pobreza y eliminarla fue y es el capitalismo. No es cuestión de entrar a discutir términos, sino de analizar datos y tener conceptos claros de cómo se llaman cada una de las cosas.

El capitalismo es un mecanismo de producción en masa para las masas como lo definió el fenomenal Ludwig von Mises. Si por solidaridad se entienden más bienes y servicios para los pobres, entonces tenemos que concluir que el capitalismo fue y es el sistema más solidario del mundo, porque es el único que provee masivamente alimento, calzado, vestido, habitación y demás objetos del confort para todos. Claro que no en forma igual, porque todos somos desiguales, y no todos producimos lo mismo, pero lo importante no es la igualdad, sino que cada uno en lo suyo pueda adquirir y consumir más. Solo el capitalismo logra esto último.

Lo que, si es cierto y observable, es que todos los que pregonan “solidaridad” con los pobres nunca lo son personalmente con ellos. Demandan que los “otros” sean solidarios. Y los socialistas/izquierdistas más ricos son los menos solidarios de todos, porque exigen que sean los ricos no-izquierdistas o anti socialistas los solidarios.

Aquí hay que reiterar que el rico no siempre adquiere su riqueza por vías capitalistas. Rico y capitalista no son sinónimos. La riqueza siempre la produce el capitalismo, pero los ricos no se hacen ricos solamente produciéndola sino que muchos ricos lo son porque requieren auxilio a los gobiernos para que expropie la riqueza de los verdaderos capitalistas que producen, y se la entreguen a los otros que se enriquecen meramente porque adhieren a una ideología, político o partido político determinado que -llegado al poder- tiene los instrumentales necesarios para expoliar y confiscar la riqueza producida por los verdaderos capitalistas. Esto es importante tenerlo en claro, porque el vulgo ignorante confunde -sin más- rico con capitalista, cuando no siempre coinciden uno y otro.

Muchas “empresas” y pseudo “empresarios” cimentaron sus “fortunas” al amparo y abrigo de los gobiernos que les concedieron patentes o monopolios exclusivos para esto o aquello otro; que buscaron el calor del poder político de turno, desplazando a los productores.

Pero también es verdad que todo el que trabaja es un capitalista, la mayoría de las veces sin saberlo como ya hemos tenido oportunidad de explicarlo antes[2], porque para producir cualquier cosa tenemos que utilizar herramientas que son bienes de capital, ya que sirven para generar otros bienes. Desde el momento que usamos esas herramientas estamos empleando bienes de capital, y un capitalista es quien usa bienes de capital. En tal sentido, el trabajo es un bien de capital, y el trabajador un capitalista. Sin embargo, al no saberlo ese trabajador puede adherir a ideas socialistas, populistas, progresistas, etc. haciéndolo incurrir en error acerca de su verdadera condición (capitalista).

Si el trabajador es un capitalista y la mayoría de ellos no lo sabe ¿por qué deberá sorprendernos que haya empresarios que tampoco sepan que hacen su riqueza a través de métodos capitalistas que -por ende- los convierte en capitalistas? Aunque ideológicamente adhieran al socialismo y nieguen que su riqueza la formen gracias al capitalismo, la ideología que profesen no los hace menos capitalistas.

[1] Real Academia Española © Todos los derechos reservados.

[2] Ver nuestra nota ¿”Qué” es ser un capitalista? En http://www.accionhumana.com/2014/05/que-es-un-capitalista.html

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

La salida inmediata está en la exportación

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 4/9/16 en: http://economiaparatodos.net/la-salida-inmediata-esta-en-la-exportacion/

 

Como principio básico, es imposible consumir sin antes invertir y producir

La semana pasada el ex ministro de economía, Roberto Lavagna, afirmó que “las inversiones no van a llover, se van a mover cuando se mueva el consumo”. Llama la atención esta afirmación de un economista de reconocida trayectoria dado que como principio básico, es imposible consumir sin antes invertir y producir.

Imaginemos que un náufrago llega a una isla. Al tiempo de estar en la isla tiene hambre y ve unos cocos en el cocotero. ¿Puede el náufrago comerse el coco antes de invertir tiempo y trabajo en producirlo? No. Para poder consumir primero tiene que invertir tiempo y trabajo en treparse al cocotero y conseguir el coco. Con el tiempo, si no se come todo el coco y ahorra algo, puede destinar parte del tiempo a construir una escalera (stock de capital) para subir más rápido al cocotero hasta donde están los cocos y aumentar su productividad. Eso le permitirá disponer de muchos más cocos, no treparse al cocotero durante unos días para conseguir cocos y destinar ese tiempo a pescar, con lo cual incrementará su consumo en cocos y peces.

Con cocos y peces ahorrados puede destinar el tiempo a hacerse una choza que lo proteja de la lluvia y, por lo tanto, podrá seguir incrementando su consumo, ahora en bienes de consumo durables. Es más, al tener más cocos gracias a la escalera (stock de capital) puede destinar tiempo a fabricar un medio mundo (más stock de capital) y conseguir más peces. Al tener más peces puede consumirlos o intercambiarlos con los isleños vecinos que tienen buenos abrigos.

Como se ve, nuestro náufrago puede ir incrementando su consumo pero primero tiene que invertir para incrementar su productividad. De lo anterior se desprende que antes de consumir, el náufrago tuvo que invertir. Si hubiese querido consumir sin invertir (subirse al cocotero) ya estaría muerto de hambre. El primer paso está en invertir.

En el caso de la economía argentina, no veo como posible que el consumo sea el motor que ponga en funcionamiento la economía. Si bien es cierto que el fin último de la actividad económica es consumir, hay un paso previo que es producir y para producir hay que invertir. En los estadios más elementales de situación económica la inversión es tiempo y trabajo. No es casualidad que los países con mayor nivel de vida de la población sean los que tengan la mayor cantidad de stock de capital por persona. A medida que se va acumulando cada vez más stock de capital, se incrementa la productividad de la economía (se producen más bienes por unidad de tiempo) y hay más riqueza para consumir.

Salvo que Lavagna esté pensando en algún esquema de cerrar más la economía para que la gente tenga que consumir solo bienes domésticos y que esa mayor demanda de bienes domésticos se traduzca en más inversión, no veo razón para pensar que es posible que primero aumente el consumo y luego la inversión. Incluso en el hipotético caso que Lavagna esté pensando en que con una economía cerrada las empresas invertirán más para abastecer la mayor porción de demanda para consumo derivada de la restricción de la oferta por el cierre de la economía, tampoco veo que vaya a haber inversiones. Si el empresario tiene un mercado cautivo, no invierte porque no tiene competencia que lo obligue a ser más eficiente. Con un mercado cautivo el empresario ajusta por precio, no por cantidad producida. Es decir, no invierte, aprovecha la protección que le da el gobierno para subir los precios y obtener una renta que no tendría en condiciones de libre competencia.

Tal cual están dadas las condiciones actuales y con un gobierno que tiene fuertes restricciones política, me parece que la salida más rápida de la recesión es por vía de la exportación. Esto significa que el BCRA se retire del mercado de LEBACs, deje de toquetear la tasa de interés, permita que el tipo de cambio flote libremente y mientras la economía se mueve por más exportaciones tiene que ir implementando las reformas estructurales en el sector público, en el sistema tributario y en la legislación laboral para atraer inversiones, crear más puestos de trabajo y generar más ingreso que lleve a niveles más altos de consumo.

Creo que el populismo político caló tan hondo en las mentes de los argentinos que hasta influye perversamente en el razonamiento económico de hombres de la economía como Lavagna.

En forma irresponsable el populismo siempre va a proponer incrementar el consumo para tener contenta a la gente. No importa que ese incremento del consumo sea insostenible en el tiempo. Los políticos populistas son así de irresponsables. Con tal de conseguir votos prometen e impulsan lo que no puede cumplirse. Ahora, que lo prometa e impulse un hombre como Lavagna, que tiene su trayectoria, es lamentable porque él sabe que el kirchnerismo llevó la economía a niveles de consumo insostenibles en el tiempo y que la herencia recibida de los k es que la gente va a descubrir que ya no puede consumir como antes. Que los niveles de consumo que tuvieron durante la era k fueron una ficción y que la realidad es que ahora todos tendremos que aceptar niveles de consumo menores.

Por otro lado, siendo que la inversión depende, entre otros factores, de la confianza en las instituciones y que esa confianza llevará tiempo recuperarla luego del destrozo que hizo el kirchnerismo, francamente no veo en lo inmediato otra salida de esta recesión que el camino de las exportaciones. Y, para eso, hay que dejar de toquetear las tasas de interés e ir a una libre flotación.

La reconstrucción de la economía argentina llevará muchos años. De todas maneras puede disminuirse el sufrimiento de la población por las heridas que dejó el kirchnerismo en la economía, buscando por el lado exportador. Es, tal vez, el primer paso, en el largo camino de la reconstrucción de la Argentina luego del tsunami kirchnerista.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

Cambiando la camiseta

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 11/1/16 en: http://www.panamaamerica.com.pa/opinion/cambiando-la-camiseta-1008456

 

Las exportaciones de América Latina y el Caribe caerán, por tercer año consecutivo, este año 14%, según el BID, por la baja de los precios …

 

Las exportaciones de América Latina y el Caribe caerán, por tercer año consecutivo, este año 14%, según el BID, por la baja de los precios de bienes exportados y la débil demanda china. Lideran los descensos Venezuela (-49%), Colombia (-35%), Bolivia (-32%) y Ecuador (-28%). Según el Centro de Desarrollo de la Ocde, la Cepal y CAF, los flujos comerciales con China se multiplicaron por veintidós desde el 2000, frente a un incremento mundial del triple. Los créditos concedidos por Beijing a América Latina desde 2010 alcanzaron los $94 mil millones.

Así las cosas, según el FMI, el PIB de la región caerá -0.3% en 2015 y crecerá levemente, 0.8%, en 2016. Los que más caerán serán Venezuela (-10%), Brasil (-3%) y Argentina y Ecuador “alrededor de cero”. En cuanto a la Argentina, a pesar del cambio de gobierno, caería en -0.7% en 2016 contra un crecimiento del 2.8% para Colombia, 2.5% Chile, 3.3% Perú, 2.2% Uruguay y 3.8% Paraguay.

Los gobiernos están cayendo en descrédito, sobre todo los “populistas” que requieren crecientes recursos para sus “políticas sociales”. Perdió el kirchnerismo, luego el chavismo, Dilma está acorralada, Bachelet se desprestigia, pareciera que Rafael Correa no se presentará a la reelección y la derechista Keiko Fujimori ganaría en Perú en segunda vuelta por 11 puntos.

China salva a Ortega y a Morales. La construcción del canal nicaragüense incrementaría el PIB del país hasta los $20,800 millones en 2025 -11,800 millones sin el proyecto- creciendo al 9% anual, frente al 4.5% sin el canal. A Morales, Beijing le concederá un crédito de $7,000 millones y, eventualmente, otro por $10,000 millones.

Ahora, la división entre populismo y antipopulismo es solo cambio de camiseta, de lenguaje y de amistades, porque las políticas son casi las mismas. La derecha suele recortar gastos en “políticas sociales” que compensa aumentando militares y “políticas de desarrollo empresario”. La gobernadora Vidal, principal aliada de Macri, acaba de anunciar un aumento del gasto del 42%. La oposición al chavismo, el MUD, no tiene un programa coherente, es solo oposición.

Michelle Bachelet insiste en que logrará la educación gratuita en Chile. Macri quiere aumentar el gasto en educación “pública y gratuita”. Pura demagogia, nada es gratuito. Esta “educación”, supuestamente, es solventada por empresas y ricos que pagan impuestos. Pero las empresas los derivan hacia abajo vía precios o baja de salarios. Así, pagan los pobres y estudian los ricos. Según diversos relevamientos, solo 5% del quintil más pobre accede a la educación superior, y 75% del mayor quintil. En las universidades “gratuitas”, solo 2% de los alumnos pertenece al quintil más bajo, 10% al más alto y el resto está en el medio.

El mundo progresa por evolución, nunca por revoluciones y menos las violentas. El muro de Berlín cayó gracias a acciones pacíficas en las que el papa Juan Pablo II tuvo que ver, mientras que la “primavera árabe” que se caracterizó por los bombardeos de la Otan terminó empeorando las cosas. De modo que populismo y antipopulismo -izquierda o derecha- no implican un cambio real de políticas de fondo que son, básicamente, comprender que como la violencia -coacción- destruye, el crecimiento de un país es proporcional al levantamiento de políticas coactivas, sean de izquierda o derecha.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

 

 

En torno a la “gobernabilidad”

Por Gabriel Boragina. Publicado el 11/7/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/07/en-torno-la-gobernabilidad.html

 

En los comentarios y análisis políticos actuales es bastante frecuente encontrar preocupación por “garantizar” o “asegurar” la gobernabilidad de tal o cual país o región por parte de un determinado partido político o candidatos con posibilidad de acceder al poder. Esta inquietud de analistas y comentaristas políticos y -por fuera de ellos- de personas que no se dedican a tales actividades pero que han incorporado el vocablo gobernabilidad como una especie de muletilla que “queda bien” introducir en alguna que otra charla política, parece agudizarse en épocas pre y post electorales. Así, es habitual leer y escuchar que admonitoriamente una mayoría de personas advierten adustamente que hay que “garantizar” o “asegurar” la “gobernabilidad” a “tal” o “cual” gobierno de “tal” país por “cual” o “tal” persona o partido político.

Pocas veces, en cambio, se emplea tiempo en decir, aclarar o explicar por esas personas, en qué consiste la “gobernabilidad”, cuya “garantía” tanto les intranquiliza. Veamos si podemos aclarar un tanto los términos.

El prestigioso y ya clásico Diccionario del Profesor Ossorio[1] define la palabra “gobernar” del siguiente modo:

Gobernar

Regir un estado o una corporación pública. |

Mandar con autoridad. | Dirigir, guiar, conducir.

(Dic. Der. Usual).[2]

En cambio, no registra la palabra “gobernabilidad”, pero, si podemos hallarla en el diccionario de la Real Academia Española. Y allí se especifica de esta manera:

gobernabilidad.

  1. f. Cualidad de gobernable.
  2. f. gobernanza (‖ arte o manera de gobernar).

De donde se nos remite a gobernable:

gobernable.

  1. adj. Que puede ser gobernado.[3]

Por cuanto resulta más que claro que la gobernabilidad es aquello que puede ejercerse o directamente se ejerce sobre lo gobernable, y lo gobernable es lo que puede ser gobernado, es decir una persona, un grupo de ellas, una sociedad, un país, etc.

Entonces, cuando se pide que se “garantice” o “asegure” la gobernabilidad”, lo que en realidad se está requiriendo es que se avale que un determinado gobierno tenga a quien gobernar, o sea, a quien regir, mandar con autoridad, dirigir, guiar, conducir[4] en suma, a quien someter, doblegar, sojuzgar, etc.

Desde este punto de vista, resulta claro que la “gobernabilidad” es un término de contenido aborrecible para alguien que defienda o se posicione en una sociedad libre.

No es casual que quienes mayoritariamente efectúen dicho reclamo sean miembros de la clase política, quienes aspiran a mandonear desde posiciones de poder, las que la ocupación de cargos dentro del gobierno les asegura.

Lo pavoroso del caso, es cuando quienes hacen el pedido son los gobernados mismos en favor del gobierno, lo que implica la inconsciente confesión de su vocación servil, revelando de esta manera su enorme espíritu de rebaño.

Hay que tener en cuenta que en las democracias republicanas o liberales quien gobierna es el pueblo y no los políticos. Estos son simples instrumentos del público, mediante los cuales la sociedad ejerce su soberanía. El político -en una democracia liberal- es una simple herramienta, de la cual se vale el pueblo para ejecutar el poder.

En contraste, en las democracias antiliberales, antirrepublicanas, populares o populistas (que en definitiva, son todas pura demagogia), el pueblo pasa a ser instrumento gobernable por parte de la casta política.

En cualquier caso, el vocablo “gobernabilidad” denota y recae sobre el sujeto pasivo de la relación de gobierno, es decir sobre el gobernado y nunca sobre el sujeto activo (el gobernante) con absoluta independencia de quien cumpla el papel de activo o pasivo.

Pero lo usual en nuestro tiempo es que, con esta malograda palabra se desee designar el ilimitado poder de los políticos que circunstancialmente ocupan cargos en los órganos del estado-nación. Algo que -a luces vista- se da de bruces con los conceptos clásicos de democracia liberal o republicana, y se acerca más a los sistemas fascistas o socialistas.

Entonces -en pocas palabras- la “gobernabilidad” que pretenden los políticos, constituye un pedido de absoluta sumisión ciudadana al mando y capricho de los funcionarios estatales, elegidos (en las democracias republicanas o liberales) justamente para todo lo contrario, es decir para obedecer los mandatos del pueblo y no a la inversa. Lo terrible -como apuntábamos- es cuando la ex-ciudadanía (por darle un nombre realista) asume la “corrección política” de tal pervertido uso de la palabra, y asiente dócilmente a ser servil instrumento del político de turno en el poder.

La “gobernabilidad” es una “luz verde” o un “cheque en blanco” que pide y exige dicho político o partido al frente del poder para hacer, prácticamente, cuanto antojo se le ocurra, sin que nadie se le oponga ni se queje.

Este fenómeno, ha sido harto acostumbrado en Latinoamérica, lo que no implica que países de otros puntos del planeta se hayan encontrado exentos de este mal.

No pocas veces, el partido o político gobernante esgrime el vocablo para lamentarse de los partidos opositores cuando -precisamente- cumplen con su rol de tales, es decir de opositores. El partido oficialista, entonces, blande un clamor (y una interpelación al mismo tiempo) por una “mayor gobernabilidad”, en buen romance, una menor o -si es posible- nula oposición. Pero esto desconoce -a la vez- el espíritu de la democracia republicana, que se nutre necesariamente del disenso y de la pluralidad ideológica, y del derecho constitucional reconocido a ambos, al tiempo que deja al desnudo la vocación totalitaria del partido o la fuerza oficialista que pretende que le dejen “las manos libres”. Despotricar de que la oposición política despliegue indispensablemente su función opositora acusándola de “impedir” o “dificultar” con ella la “gobernabilidad” del partido oficialista, es lo más antidemocrático y totalitario que puede alegar el oficialismo en el poder. Tiempo atrás, esta misma excusa oponían los oficialistas, pero con otra palabra que fue moda política: “desestabilizar”. Y quien se resistiera al partido gobernante era -en consecuencia- tachado de “desestabilizador”, lo cual llegó a constituir un anatema político de cierta gravedad.

En conclusión, la demanda de “gobernabilidad” es una de impunidad para quien, detentando el poder, posee aspiraciones totalitarias o dictatoriales.

[1] Ossorio Manuel. Diccionario de Ciencias Jurídicas Políticas y Sociales. -Editorial Heliasta-1008 páginas-Edición Número 30-ISBN 9789508850553)pág. 439

[2] Ossorio Manuel. Diccionario….ob. cit. Pág. 439

[3] Real Academia Española © Todos los derechos reservados

[4] Ossorio Manuel. Diccionario….ob. cit. Pág. 439

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

 

 

“Volver al futuro” o cómo se repite la misma telenovela económica

Por Aldo Abram. Publicado el 31/5/13 en http://www.ambito.com/diario/noticia.asp?id=690964

Los gobiernos populistas son como las telenovelas. Cuando comienzan parecen diferentes a las anteriores que hemos visto. Algunos actores no son los mismos, se desarrollan en otros lugares o, incluso, en diferentes épocas; los protagonistas son de condiciones sociales distintas; pero, a medida que avanzan los capítulos, nos vamos dando cuenta de que el fondo del relato es igual. Pronto, más allá de las ocurrencias y parches de los autores para alargar la llegada del final, éste resulta más que previsible.Tras 10 años de kirchnerismo, la conclusión es que estamos viviendo un “deja vú o una especie de “Volver al futuro”. Si miramos nuestra historia, podemos encontrar otros gobiernos cuya gestión se le parece más; pero, por eso, es más interesante compararla con otra década, la menemista. No importa si las políticas populistas son de izquierda o de derecha, todas tienen un mismo desarrollo, generan un inicial e insostenible auge de gasto y, después, un período en el que empiezan a llegar las “facturas” que inevitablemente habrá que pagar con un ajuste.

En 1991, el Plan de Convertibilidad llegó para recuperar la estabilidad, tras pasar una hiperinflación, por bastardear la moneda nacional para financiar excesos de erogaciones del sector público. La solución fue atar el peso al dólar y restringir al mínimo la posibilidad del Banco Central de transferirle recursos al Estado para que gaste. Sin embargo, el menemismo no dejaba de tener su impronta populista y, a pesar de haberse encorsetado, buscó otros caminos para alimentar el “hambre del Estado”.

Consiguió recursos privatizando las empresas públicas que eran deficitarias y proveían pésimos servicios.

También, utilizaron el crédito y aunque es cierto que el sistema de capitalización bajaba los pasivos previsionales futuros, la deuda registrada (visible) de corto y mediano plazo se incrementó a pasos agigantados.

Lamentablemente, el exceso de gasto público basado en financiamiento externo terminó destruyendo el tipo de cambio real y quitándole competitividad al sector privado.

Todo esto derivó en un necesario ajuste a partir de la segunda mitad de 1998 y que quitó sustento político a quienes tuvieron que pagar la “fiesta”. El resto es historia conocida.

Luego de la crisis que obligó a los argentinos a afrontar todas las facturas pendientes y ya en los inicios de un proceso de recuperación económica, en mayo de 2003, asume la presidencia el Dr. Néstor Kirchner. Con una visión peronista de izquierda “setentista”, que bautizaron como “progresismo”, empezó una nueva telenovela populista que asumimos distinta al “peronismo de derecha” de Menem. Empezamos una fiesta de gasto público y privado, financiado con los recursos de la reactivación y los que se les quitaba a los sectores beneficiados por un escenario internacional extraordinariamente favorable. También, nos consumimos el capital acumulado en los sectores de servicios públicos, en los que se incentivó una insuficiente e ineficiente inversión y mantenimiento, para subsidiar a los demandantes de esas prestaciones. Un ejemplo, hoy, visible del resultado de este desmán es el sector de la energía, donde los niveles de producción y de reservas han mermado fuertemente; pero, además, donde el estado de las redes de distribución es de una extrema fragilidad, ya que faltó hasta el mantenimiento mínimo necesario. Podemos sumar, la pérdida de rodeo ganadero y los menores niveles de cosecha de trigo en cien años para “priorizar la mesa de los argentinos”, como otros botones para la muestra.

Si vemos el gráfico adjunto, no queda duda que el auge se acabó; ya que “el mundo no se está cayendo” y sólo estamos empezando a pagar las facturas de la “fiesta”. La provisión de energía será cada vez más escasa e incierta, con niveles de subsidios y necesidades de importación crecientes. Lo mismo se observará en la calidad de las prestaciones de todos los otros servicios públicos “intervenidos” o estatizados por el gobierno. “Nada nuevo bajo el sol” para los que recordamos la década del ´80.

La necesidad de financiar los excesos de gasto público llevó a exprimir a más no poder al Banco Central. La primera consecuencia fue el fuerte aumento del impuesto inflacionario; pero, también, la merma del tipo de cambio real. Esto se agravó con el saqueo de las reservas internacionales, derivando en la pérdida de solvencia del BCRA que lo llevó a imponer el “cepo” a fines de 2011. A partir de allí, el gobierno se ha financiado devaluando fuertemente el peso; pero sin reconocerlo en el tipo de cambio oficial. El problema es que esta depreciación de la moneda nacional sí se refleja en la inflación y, por ende, en los costos de los productores. Por lo tanto, la pérdida de competitividad será mucho mayor a la que se venía observando antes del cepo.

Un ejemplo, la producción más eficiente de la Argentina, zona núcleo sojera. En el 2011, un productor recibía, descontadas sólo las retenciones, más de 60% del precio internacional. Este año, por la actual cosecha va a obtener, con suerte, alrededor de 40%. Cuando vea el resultado y se de cuenta que el cepo es equivalente a una retención creciente (en 2014 el porcentaje percibido estará más cerca de 30%), decidirá invertir menos en la próxima siembra. Por lo tanto, habrá menos rendimiento y producción. Si eso sucederá en el sector más competitivo de la economía, ¿qué le quedará a los que son relativamente menos eficientes?

Ya no quedan cajas para exprimir (más allá de parches como el blanqueo) que permitan darle impulso a la economía con un gasto público excesivo. El cepo se ha transformado en un corset cada vez más asfixiante para todos los productores de bienes exportables. La creciente inseguridad jurídica de un gobierno que se extralimita en el ejercicio del poder que fija la ley y la Constitución, ahuyenta a los inversores. Los próximos años habrá que pagar los costos de la fiesta K. Lástima que muchos se dieron cuenta tarde de que esta telenovela era igual a las anteriores. Nos hubiéramos ahorrado estos 10 años que, en definitiva, son el mismo relato de fracaso populista.

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .