Pobreza, necesidad y religión

Por Gabriel Boragina Publicado el 5/8/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/08/pobreza-necesidad-y-religion.html

 

Comencemos definiendo que se entiende por pobreza:

«pobreza. Carencia de los bienes y servicios necesarios para satisfacer las necesidades básicas. El concepto, como lo indica su propia definición, es de índole relativa: se es pobre -o rico, en este contexto- con respecto a la situación de otras personas o países, pues la misma idea de necesidades «básicas» es imprecisa y porque los individuos nunca pueden satisfacer por completo sus necesidades.»[1]

Una necesidad siempre es básica en la medida que se experimenta. Una vez satisfecha deja de ser básica y pasa a ser básica la siguiente necesidad que se pasa a experimentar. Dado que las necesidades humanas son ilimitadas todas las necesidades (en la medida que se sienten) son básicas. Por lo que no tiene sentido clasificar las necesidades en «básicas» o «superfluas», porque -por lo dicho- esta distinción no tiene significación alguna. Adicionalmente, todos experimentamos necesidades de todo tipo, por lo que tampoco es correcto asimilar el vocablo «necesitado» al de «pobre». Si bien todos estamos necesitados no todos estamos pobres. Tampoco se «es» pobre o rico, sino que se «está» pobre o rico. Se tratan de estados transitorios no permanentes.

«Aceptado este carácter relativo, el concepto de pobreza tiene interés para definir la forma en que se distribuye la riqueza dentro de una sociedad. Los actuales análisis sociológicos y económicos tratan de definir la proporción de personas que, dentro de una sociedad, no poseen los ingresos necesarios como para satisfacer un conjunto de necesidades delimitado previamente. Para ello se define una cesta o canasta básica de bienes y servicios, se cuantifica su valor en un momento dado, y se obtienen datos sobre los ingresos de las personas o de las unidades familiares. Aquellos que no tengan ingresos suficientes como para adquirir dicha cesta básica se consideran entonces en condición de pobreza, pudiéndose calcular así el porcentaje de pobres que existe en la población total. Pueden adoptarse diversos criterios para hacer estas mediciones, dando por resultado la distinción entre varios niveles de pobreza: relativa, crítica, extrema, etc.»[2]

Aceptado el carácter relativo del término pobreza, no tiene demasiado objeto discutir quien es (o está) más pobre o más rico, ya que, precisamente (por tal carácter relativo) todos somos pobres o ricos dependiendo de con quién nos comparemos. Es más, estas etiquetas van a variar también en el tiempo y en el espacio, incluso respecto de las mismas personas que se estén evaluando porque, si el mercado es abierto y la sociedad es libre, tales posiciones relativas van a verse modificadas de manera constante de forma natural. Si dichas condiciones no se dan porque el mercado no es abierto ni la sociedad es libre, es bastante probable que las situaciones patrimoniales y los niveles de rentas y patrimonios de las personas permanezcan estáticos. Esto era, ni más ni menos lo que ocurría antes de la Revolución Industrial en la mayor parte del mundo, por ejemplo, en las sociedades feudales ricos y pobres eran estados casi permanentes, la sociedad estaba estratificada en compartimentos estancos, dado que al no existir mercados libres ni sociedades abiertas quien nació en escenarios de pobreza o de riqueza difícilmente saliera de ellas. Allí los ricos crecían en riqueza en la medida que los pobres lo hacían en pobreza.

«Estas mediciones, si bien de interés cuando se las sigue a lo largo de un período suficientemente amplio y se toma en cuenta su carácter relativo, pueden dar pábulo a interpretaciones erróneas: en primer lugar porque la cesta de bienes y servicios puede estar definida con criterios poco adecuados para representar las necesidades de las personas que, por otra parte, varían bastante en el tiempo; en segundo lugar porque las rentas personales -medidas casi siempre a través de encuestas- tienden a dejar de lado muchos ingresos que provienen de actividades informales; en tercer lugar porque algunos bienes y servicios pueden ser obtenidos, entre la población de menos recursos, con costos considerablemente inferiores a los precios de mercado.»[3]

Estos ejercicios estadísticos son tan relativos como los son los conceptos de riqueza y pobreza. Resultan muy ciertas las observaciones que hace el autor citado en el párrafo transcripto, pero -en suma- no evidencian otra cosa que darnos cuenta de lo variable del concepto que estamos analizando. Y por, sobre todo, de la carga de subjetividad que conllevan los términos de pobreza y riqueza.

En otro plano de análisis, la pobreza material no es una virtud espiritual como creen muchos religiosos que son afectos a citar contradictoriamente textos sagrados sacados de contexto para sustentar tan erróneos puntos de vista. Cuando mencionan -por ejemplo- a Cristo diciendo «Bienaventurados los pobres» suelen omitir que el Señor se estaba refiriendo a los pobres en espíritu y no a los pobres materiales. Caso contrario, no hubiera dicho en Mat_25:35  «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis;». Estas acciones que Dios aprueba indican a las claras que no está considerando la pobreza material como una virtud, sino como una situación a remediar. Pero, socorrer a los pobres no implica convertirse en uno de ellos, de lo contrario la pobreza no se suprimiría, sino que sería un simple pasaje de términos : si Juan (el «rico») tiene el bien «A» que Pedro (el «pobre») no tiene, y la «solución» a la pobreza consistiera sencillamente en expropiar a los ricos lo que les falta a los pobres, entonces el resultado final sería que, lo que antes tenía Juan (el rico), ahora lo tiene Pedro (el pobre), con lo que el resultado final viene a ser que Juan ahora es pobre pasando Pedro a ser rico.

Esta que es la propuesta comunista, socialista y populista como supuesto «remedio» para erradicar la pobreza, jamás ha funcionado, ni tiene apoyo tampoco en el Nuevo Testamento. Por lo que entendemos que un «socialismo cristiano» es una contradicción en términos.

[1] Carlos SABINO; Diccionario de Economía y Finanzas. Contiene léxico inglés-español y traducción de los términos al inglés. Consultores: Emeterio Gómez; Fernando Salas Falcón; Ramón V. Melinkoff. CEDICE. Editorial Panapo. Caracas. Venezuela. Voz respectiva.

[2] Sabino C. Ibidem.

[3] Sabino C. Ibidem.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

El tigre celta nos marca el camino para crecer

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 12/9/17 en: http://www.infobae.com/opinion/2017/09/12/el-tigre-celta-nos-marca-el-camino-para-crecer/

 

En Argentina chocan la presión impositiva con las aspiraciones de crecimiento de largo plazo. Irlanda logró crecer con rebaja de impuestos

La modernidad también forma parte del paisaje de Dublín. (iStock)
La modernidad también forma parte del paisaje de Dublín.

En el mundo en general y en Argentina en particular, los gobiernos no buscan cuánto tienen que cobrar de impuestos para mantener un Estado eficiente, buscan el máximo de expoliación posible. Dado que la democracia parece haberse transformado en una competencia populista en la cual gana el que más y mejor promete quitarle a unos pocos para distribuirlos entre muchos, limitar el gasto público luce como una utopía.

Los gobiernos quieren gastar cada vez más, para eso necesitan recaudar más y es en ese punto en el que chocan la presión impositiva con las aspiraciones de crecimiento de largo plazo. Esa competencia populista lleva a tal voracidad fiscal que impide el proceso natural que consiste en primero generar más inversiones para luego, ante la mayor demanda de mano de obra y productividad de la economía, pagar mejores salarios y, como resultado final, mejorar el nivel de consumo. Veamos cómo se comportan los gobiernos.

GRÁFICO 1

El Gráfico 1 nos muestra la famosa curva de Laffer. En el eje vertical se mide cuánto recauda el gobierno y en el horizontal la tasa del impuesto a las ganancias. Si la tasa es cero se recauda cero y si la tasa es del 100% también se recauda cero porque no hay estímulo para producir dado que todas mis ganancias se las lleva el Estado.
A medida que el estado va aumentando la tasa impositiva, la recaudación va subiendo. En el gráfico que muestro con números que son solo ejemplos, si el estado cobra el 5% de impuesto, recauda 9. Si sube la tasa al 20%, la recaudación aumenta a 30 y así hasta llegar a la tasa del 50% (es solo un ejemplo) donde se recauda el máximo que es el punto C en el gráfico. A partir de esa tasa de impuesto, si el Estado sigue aumentándola, disminuye la recaudación. ¿Por qué?

Porque estimula el trabajo en negro, cierran empresas que no pueden bancar esa carga tributaria, conviene producir menos para pagar menos impuestos, etcétera. Digamos que en los estados populistas, el gobierno para esquilmar a la oveja directamente la mata.

El Gobierno debería plantearse qué desea: ¿recaudar más o crear un clima que atraiga las inversiones y cree puestos de trabajo? Planteo este punto porque la actual carga tributaria solo promete matar puestos de trabajo y espantar inversiones. Si el objetivo es llegar al punto C de la curva de Laffer, es posible que se logre, pero lo que seguro no se conseguirá es hacer crecer la economía, mejorar los ingresos reales y producir un verdadero tsunami de inversiones que permita absorber los 250.000 jóvenes que anualmente se incorporan al mercado de trabajo, pasar empleados públicos al sector privado y aumentar tanto la demanda laboral para que los piqueteros ya no tengan excusas para no trabajar.

¿Es posible lograr ese tsunami de inversiones bajando los impuestosy flexibilizando el mercado laboral? Veamos el caso de Irlanda. En 1981 tenía una tasa de impuesto a las ganancias de las corporaciones del 45% y a partir de la década del 90 comienza a reducirla aceleradamente hasta llegar al actual 12,5 por ciento.

GRÁFICO 2

Si bien la baja del impuesto a las ganancias de las corporaciones comienza a acelerarse a principios de los 90, es a fines de esa década que disminuye fuertemente. ¿Qué paso con la recaudación del impuesto a las ganancias a las corporaciones al bajarse la tasa?

GRÁFICO 3

A principios de los 90 cuando la tasa del impuesto a las ganancias de las corporaciones baja del 43% al 40%, 38% y continúa bajando, el impuesto pasó a representar el 1% del PBI hasta llegar a un máximo del 3,71% del PBI. La caída que se observa a partir de 2008 es producto de la crisis internacional pero luego se estabilizó por arriba del 2% del PBI con tendencia al alza. El último dato disponible de 2014 la relación era del 2,39% del PBI. A pesar de la crisis y de tener una tasa de impuesto del 12,5% en vez del 45% como era en 1981, hoy se recauda, en términos de PBI, un 54% más de impuesto a las ganancias de las empresas aplicando solo el 12,5 por ciento.

Este dato muestra lo falso que es el argumento de los populistas y progresistas de establecer un impuesto alto a las empresas para recaudar más y redistribuir. A mayor presión tributaria menos recurso para redistribuir.

GRÁFICO 4

Aún más, en 1982 el impuesto a las ganancias era del 50% para las empresas y representaba el 30% de la recaudación total (Gráfico 4). Con una tasa del 12,5% en 2015 el impuesto a las ganancias de las empresas representó casi el 40% del total de la recaudación. La simple observación del gráfico muestra la tendencia ascendente de la participación del impuesto a las ganancias a medidas que va bajando la tasa de imposición. Pero la gran ganancia estuvo en la Inversión Extranjera Directa (entrada neta).

En la década del 80, con tasas del 50% de impuesto a las ganancias la IED representaba el 1% del PBI, en 2016 representó el 26% del PBI, de acuerdo a datos del Banco Mundial. Puesto en euros fueron 25.300 millones. La IED creó más de 200.000 puestos de trabajo para un país con solo 4,5 millones de habitantes.

En síntesis, el caso de Irlanda muestra claramente que no es cierto que primero haya que combatir la evasión para bajar las tasas impositivas. La curva de Laffer ha demostrado que funciona perfectamente en el caso irlandés, donde no se perdió recaudación, creció fenomenalmente la inversión, el ingreso per capita supera al de Inglaterra y el déficit fiscal de 2016 fue de solo el 0,5% del PBI. Por algo le dicen a Irlanda el tigre celta.

Argentina podría transformare en el tigre latinoamericano, pero para eso tiene que copiar a los países que les va bien y dejar de insistir con la medicina progresista, que lo único que ha logrado hacer progresar es la pobreza.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.