Hasta siempre Charly

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 3/1/16 en: http://economiaparatodos.net/hasta-siempre-charly/

 

En un medio en el que saber no es fashion, Charly tenía la vocación de enseñar

Tengo frente a mí la página en blanco para comenzar a escribir sobre la partida de mi hermano Juan Carlos (Charly de ahora en más).

Me resulta difícil condensar en una nota los 60 años de vida que compartí con mi hermano. Al morir, él tenía 62 años y yo 60. La escasa diferencia de edad hizo que como hermanos compartiéramos muchas cosas juntas. Desde los juegos de chicos, hasta ir al mismo colegio, estudiar ambos en la UCA (gracias al esfuerzo y cariño de nuestros padres), los dos estudiamos economía e hicimos varios trabajos profesionales juntos, además de compartir los inolvidables seminarios de los lunes en ESEADE, allá a fines de los 70 y principios de los 80, donde nos juntábamos varios economistas a debatir temas diferentes.

Charly estaba más dedicado a la actividad académica y yo a la coyuntura económica y a escribir y participar en los medios. Sin embargo puedo asegurar que a pesar de su bajo perfil mediático su muerte hizo que me llegaran infinidad de saludos. Hoy en día tenemos celulares, mensajes de texto, WhatsApp, Twitter, mensajes directos por Twitter, Facebook, mensajes directos por Facebook y, por supuesto, mails. De los 9 medios de comunicación que acabo de enumerar, por todos lados me llegaron mensajes de recuerdos y agradecimientos hacia Charly.

Claro, Charly dio clases en la UBA en Derecho cuyo titular era el querido amigo y destacado profesor Alberto Benegas Lynch (h), en ESEADE, en UCEMA, en la Universidad Francisco Marroquin en Guatemala, en la UCA de Rosario, en la UCA de Buenos Aires, en Tucumán, en Córdoba y paro aquí porque tengo miedo de aburrir al lector.

Tantos años dando clases hizo que infinidad de ex alumnos lo recordaran. Además, como para él dar clase era una pasión, terminaba haciéndose amigo de sus alumnos que con el tiempo lo consultaban en su oficina. Me consta por la cantidad de mensajes que me mandaron o leí historias en las redes sociales recordándolo como su profesor y amigo.

Además, académicamente escribió gran cantidad de artículos y ensayos. Recuerdo a vuelo de pájaro algunos como las causas de la Crisis de 1929, que tiene un enfoque muy innovador respecto a las verdaderas causas de la crisis y cómo se solucionó. También trabajó y escribió en si es posible aplicar las matemáticas en la economía, desarrolló mucho la historia del pensamiento económico, ensayos sobre las diferentes teorías del valor y sigue el listado. Últimamente se había volcado más a temas de economía empresarial.

Esto es solo parte de su actividad académica en apretada síntesis. Pero quiero concentrarme no tanto en sus amplios logros académicos sino en el Charly persona, el que tenía un sentido del humor irónico por momentos y naif en otras oportunidades. Pero además tenía la particularidad de ser muy torpe. Todos nos reíamos de sus torpezas y él era el primero en reírse de las cosas que le pasaban.

Solíamos veranear en Pinamar. Un día estábamos en el mar con sus hijos Nicolás, Iván y Alejandra y mis tres hijos (todos eran muy chicos). En eso Charly mira a su alrededor en el agua y dice: ¡uh! plata. Miren, hay plata en el agua. ¡Qué divertido! De golpe pone esa cara de pocker que solía poner cuando le pasaba algo y dice: es la plata que yo traía en el bolsillo del pantalón de baño. Sin inmutarse juntó la plata con la ayuda de sus hijos y los míos, se fue para la carpa de la playa y puso los billetes a secar al sol como si nada.

Los dos cursamos economía en la UCA. Salíamos temprano a la mañana a tomar el colectivo 17 en Recoleta. A las 7 de la mañana los porteros lavaban las veredas de los edificios. No había mañana que no pisara alguna baldosa floja y me salpicara el pantalón. Lo insultaba y con una sonrisa me decía: la baldosa a mí no me hizo nada. Es a vos al que le tiene bronca.

Charly fue un apasionado por la tecnología. Cuando hizo su doctorado con Hans Sennholz, que a su vez era discípulo de Ludwig von Mises, tenía que presentar su tesis doctoral en formato de Word justificado. Así que se compró una computadora gigante (hablo de 1982 o 1983 cuando tener una PC era de ultra avanzada) y desde entonces utilizó mucho la tecnología para dar clases. En 1999 comenzó con las clases en aulas virtuales y las siguió hasta el 31 de diciembre último cuando falleció.

Charly era un tipo que no aprobaba tan fácilmente a los alumnos en los exámenes. Yo diría que era muy estricto. Recuerdo que en varias oportunidades nos tocó formar mesa en el postgrado de ESEADE y los alumnos tenían que dar examen oral. Yo era el bueno y él era el malo tomando examen. La cuestión es que Charly hacía una pregunta y miraba con cara de nada al alumno mientras los escuchaba. Yo le decía, no podés ser tan hijo de p… de no darles un indicio de si van bien o no. Se reía y me decía: ellos saben si te están verseando. Sin embargo, todos los alumnos lo adoraban. Lo iban a ver antes de entrar a clase, muchos le pedían que fuera su tutor de tesis. Incluso, una personalidad argentina política a nivel mundial le pidió que fuera su tutor de tesis en la licenciatura, dónde también dio clases. La cuestión es que tenía ese don de no regalar nota y, al mismo tiempo, ser apreciado y con el tiempo sus alumnos terminaban siendo sus amigos. Podría dar infinidad de casos al respecto.

Lo buscaban a Charly para que fuera su tutor porque como profesor era sobresaliente. Sus ideas de la libertad como las mías, podrán o no ser compartidas, pero es innegable que Charly tenía una gran capacidad didáctica y además lograba esa amistad con los alumnos. Una combinación no tan sencilla de lograr. Ser amigo de los alumnos y, al mismo tiempo, respetado. Creo que eso se logra siendo respetado intelectualmente. Cuando alguien sabe, no tiene que demostrar nada. Se gana el respeto solo con sus conocimientos y su buena educación. Eso tenía Charly, además de ese sentido del humor con el que todos nos divertíamos.

Charly fue un lector casi compulsivo. Pero leía de todo. Economía, historia, biografías, física. Todo lo que pasara por sus manos lo leía, y no en vano tiene una amplia biblioteca que si uno mira, advierte que los libros no están nuevitos y con las hojas pegadas. Por el contrario, están bastante baqueteados. Claro, últimamente compraba infinidad de ebooks que fueron reemplazando libros de papel.

Su pasión por las ideas de la libertad comenzó desde muy joven. Él y Alejandro Chafuen, compañeros en la UCA en la carrera de economía, eran los chicos malos que salían con las ideas liberales en un momento en que el keynesianismo tenía mucha fuerza en los claustros universitarios argentinos. Estoy hablando de la década del 70.

Podría decir que Charly, junto con Alejandro Chafuen, Eduardo Marty, Ponciano Vivanco y yo, éramos casi toda la juventud liberal de los 70 que había en Argentina. Luego se fueron sumando entrañables amigos, algunos más jóvenes como Gabriel Zanotti, Alejandro Gómez, Gustavo Lazzari o no tan jóvenes como Martín Krausse, José María Ibarbia, la legión de Rosario como Willy Covernton y Walter Castro, y otros como Pablo Guido, Adrián Ravier, Wenceslao Gimenez Bonet y no sigo para no ser injusto por olvidarme de gente muy valiosa, injusticia que seguro estoy cometiendo y desde ya pido disculpas.

Claro que viene ahora la nueva camada de defensores de la libertad como Nicolás Cachanosky, Iván Cachanosky (ambos hijos de Charly y muy buenos economistas), Iván Carrino y tanta gente que se acercó gracias los grupos que iba conformando Charly. Insisto, pido disculpas por cometer la injusticia de olvidarme de gente valiosa, pero la realidad es que escribo estas líneas a vuelo de pluma y todavía bajo el shock de haber perdido a Charly.

Mi balance es que en lo profesional Charly logró hacer algo que amaba en la vida: ser un excelente profesor de economía. Obtuvo el respeto académico en Argentina y en el exterior. Pero su logro mayor fue el de ser alguien muy querido por sus colegas y sus alumnos.

En lo personal, formó una hermosa familia. Su mujer Beatriz, una madre ejemplar, sus hijos Nicolás, Iván y Alejandra construyeron con Charly una familia con valores.

¿Qué más puede pedirle uno a la vida que ser respetado profesionalmente, pero sobre todo querido por mucha gente y conformar una familia adorable?

Como hermano me siento orgulloso de esos logros, pero también te agradezco Charly esos momentos de alegría que compartimos juntos y en familia.

Charly, el momento de tu muerte te sorprendió en lo tuyo, trabajando en tus temas de economía. La pantalla de la computadora encendida y alguna frase de algún autor célebre que estabas destacando.

Ya te estoy extrañando, pero al mismo tiempo estoy feliz de ver el inmenso caudal de mensajes de recuerdos de cariño y admiración hacia tu persona.

No sé por qué te imagino en este momento, sentado con Mises y Hayek discutiendo algún tema sobre la libertad haciendo tus acotaciones graciosas y con fina ironía.

Charly, construiste una familia, fuiste muy querido por tus alumnos y colegas, y admirado como profesional.

¡Lo lograste, Charly! ¡Lo lograste!

En definitiva, y robándole a mi querido amigo Dardo Gasparré una frase que puso en Twitter, podríamos decir que en un medio en el que saber no es fashion, Charly tenía la vocación de enseñar y logró que lo no fashion se transformara en un tsunami de amigos y agradecimientos además del reconocimiento a su prestigio profesional.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

OTRO CRITERIO UNIVERSITARIO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Bertie, uno de mis hijos, me pasó un artículo de Nathan Harden publicado en The American Interest titulado “The End of University as we Know It”. El autor sostiene que toda la estructura universitaria se está modificando radicalmente a raíz de la enseñanza por medio de aulas virtuales que comenzó con los ya muy difundidos MOOC (Massive Open Online Courses) pero que en última instancia apunta a sustituir en gran medida la enseñanza presencial en carreras de grado y posgrado (no en su totalidad puesto que hay asignaturas en ciertas carreras que por el momento requieren la relación personal).

 

Con razón el Harden destaca las ventajas de esta evolución al facilitar a estudiantes que se encuentran ubicados lejos de la casa de estudios de su preferencia y si deben trasladarse pierden su trabajo y otras ventajas de su lugar de origen. También apunta la reducción de costos debido a que no se hace necesario amortizar cargas fijas de peso, la facilidad de contratar profesores en otros puntos del planeta sin necesidad de desplazamientos y, sobre todo, las cargas de los llamados créditos estudiantiles no solo muy politizados en algunos lugares sino que se están incrementando de modo alarmante los incobrables.

 

Más  aun, explica el mismo autor que ahora que existen los ebooks la idea de la biblioteca para consultas e investigaciones cambia por completo de sentido. Cita a un profesor de Stanford que subraya la importancia de poder ampliar su número de alumnos y declaró al New York Times que si no fuera por este nuevo sistema debería dedicarle 250 años con el método anterior para enseñar al ritmo que lo venía haciendo. Muestra los avances en esta dirección moderna en universidades como Yale, MIT, Michigan, Harvard, Purdue y Carnegie y alude a la inversión en ladrillos como algo en general arcaico.

 

Señala que incluso existe la posibilidad que los alumnos elijan materias diferentes en diferentes universidades y eventualmente hacer un consolidado con otra institución dedicada a esa faena. Finalmente, hace un correlato con la música y dice que a partir de los Mp3 y los iPod ya es anticuado eso de adquirir un álbum completo sin poder circunscribirse a lo que al comprador le interesa, del mismo modo viene ocurriendo a paso acelerado en las instituciones educativas.

 

En lo personal, hace algún tiempo vengo dictando clase para la maestría en economía de una universidad suiza y verifico la calidad del audio y la resolución de imagen (salvo tormentas fuertes que no permiten la señal). También me percato de lo interesante de entidades que se ocupan de acreditaciones en competencia y tejiendo una auditoria cruzada al efecto de liberarse de las agencias politizadas como los ministerios de educación y equivalentes para lograr los necesarios niveles de excelencia.

 

Estos procedimientos a través de Internet también pueden mitigar los problemas financieros de universidades y su vínculo con el poder de turno. Por ejemplo, Richard Pipes en su Property and Freedom pone de manifiesto que las universidades de Columbia, Stanford y Harvard  reciben del gobierno federal estadounidense el 50, 32.4 y 38 por ciento respectivamente de sus presupuestos. También los problemas que se esconden tras la figura del tenure alegando libertad académica que podrían sortearse en la medida en que la legislación no alcance a quienes operan a escala planetaria y en algunos casos sin asiento visible, tema este de la desfiguración de la libertad académica que fue muy bien expuesto por William Buckley, Jr en su God and Man at Yale. The Supertitions of Academic Freedom.

 

A su turno, en un ámbito mucho más abierto podrían disminuirse los estragos del adoctrinamiento bajo el paraguas de la educación estatal tal como lo describió Thomas Sowell en Inside American Education para el baluarte del mundo libre y tal como lo analizó Carlos Escudé para el caso argentino en El fracaso del proyecto argentino. Para una ilustración detenida, me concentro en este último país y libro para lo cual reitero parte de lo ya escrito en otra oportunidad.

 

El proceso educativo requiere la prueba y el error en un contexto evolutivo y competitivo y, sin embargo, no es lo que se autoriza cuando está en manos de la burocracia. Afortunadamente, en la actualidad, por ejemplo, está el home schooling que se saltean las trabas burocráticas estatales para navegar en libertad por parte de quienes se dedican a la educación que son elegidos, precisamente, por su excelencia y no por grados de politización forzosa, y con programas de actividades sociales sumamente atractivas (hace poco, The Economist le dedicó bastante espacio a una tarea de investigación al antedicho home schooling en el que concluye que los oficiales de admisión de las universidades del Ivy Leage estadounidense declararon su admiración por estudiantes que aplicaban y que provenían de ese sistema “por sus altos niveles educativos, por sus muy buenos modales y por sus cuidadas vestimentas”).

 

En nuestro país, mucho antes de los fenómenos de los textos obligatorios de “Evita me ama” y los engendros de La Cámpora, surgen elementos clave que permiten bucear en el problema educativo. En la referida obra, Escudé revela con documentación de gran calado que el eje central de la educación estatal mostraba que las tareas educativas estaban (y están) dirigidas a “subordinar el individuo al Estado” donde “el Estado no es la defensa del individuo y sus derechos” situación en la que “el individuo vive para servir a su Patria [generalmente con mayúscula]; así y no al revés, se define la relación esencial entre el individuo y estado-nación”.

 

Todo el desbarajuste educacional -a contramano de las ideas, principios y valores alberdianos-  comenzó a manifestarse con crudeza durante la tiranía rosista. Más adelante, la revista “El Monitor de la Educación Común” fundada en 1881 y distribuida gratuitamente a todos los maestros, fue paulatinamente aumentando su nacionalismo e intervensionismo estatal en la educación que rodearon al Primer Congreso Pedagógico de 1882. Incluso la ley de Educación Común (la 1420) de 1884 subraya la importancia de la educación obligatoria y gratuita.

 

En los sucesivos artículos de la mencionada revista se advierte sobre la “desnacionalización que sufría la Argentina” diagnóstico que logró imponer una ley en 1908  “de ingeniería social” al efecto de “deseuropeizar” el país, “pero el objetivo primordial del proyecto educativo argentino, más que impulsar el progreso, fue el de adoctrinar a la población en un argentinismo retórico y esencialmente dogmático y autoritario, cuando no militarista” anticipada por la Ley de Residencia de 1902 por la que podía expulsarse a inmigrantes sin juicio previo y las arbitrariedades del creado Consejo Nacional de Educación que incluso tenía las facultades de reglamentar los programas de las escuelas privadas por medio de la Ley Lainez de 1905.

 

Las ideas vertidas en esa revista (“una paranoia”, dice Carlos Escudé) eran las de “el espíritu de raza” (Ernesto Quesada), “la pureza del lenguaje” (Mario Velazco y Arias), los inconvenientes de las escuelas de comunidades extranjeras “como la galesa” (Raúl B. Díaz), “homogenizar los estudios” (José María Ramos Mejía), “forjar una intensa conciencia nacionalista” y “el individualismo anárquico es un peligro peligro en todas las sociedades modernas, reagravóse como tal en la República Argentina por la afluencia del extranjero inmigrante” (Carlos Octavio Bunge), ”en la conversación, en todos los grados, incluir con frecuencia asuntos de carácter patriótico” y “el extranjero que incesantemente nos invade” (Pablo Pizzurno), el “catecismo patriótico” en el que se leía el siguiente diálogo: “maestro-¿cuáles son los deberes de un buen ciudadano, alumno- el primero el amor a la patria, maestro- ¿antes que a los padres?, alumno- ¡antes que todo!” (Ernesto A. Bavio), el “Canto a la Patria” de Julio Picarel sobre el que Escudé aclara que “cito estos pésimos versos a riesgo de alinear al lector” y agrega el poeta de esta xenofobia que “los sonidos ejecutados por una banda militar llegan al oído del niño como un lenguaje fantástico y fascinador”, “el Honorable Consejo Nacional de Educación, al inaugurar la bien meditada serie de medidas tendientes a fortificar el alma de los niños argentinos, el sentimiento augusto de la Patria y a convertir la escuela en el más firme e indiscutible sostén del ideal nacionalista” (Leopoldo Correijer), “la escuela argentina tiene un carácter completamente definido, ella es el agente de nuestra formación nacional” (Juan G. Beltrán), “formemos con cada niño un idólatra frenético por la República Argentina” (Enrique de Vedia), “la escuela oficial, única que mantiene puro el espíritu de la nacionalidad en pugna con la particular cuyo florecimiento es de profusión sospechosa” (Bernardo L. Peyret), “quienes no están conformes con la orientación nacionalista que el Consejo ha dado a la enseñanza, deben tener la lealtad de renunciar al puesto que desempeñan en el magisterio” (Ángel Gallardo), nacionalismo solo realizado eficazmente “en la escuela porque es allí donde hemos de realizar la unidad moral de la raza argentina” (Ponciano Vivanco), “el amor a la patria para ser fecundo debe tener carácter de una religión nacional y ese culto a la Patria no se concibe sin la fuerza nacional” (Francisco P. Moreno).

 

Por supuesto que a la abundante lista referida por Escudé -casi todos antisemitas- no faltan los nombres de los nacionalistas Ricardo Rojas (“las escuelas privadas son uno de los factores activos de la disolución nacional”), Manuel Carlés, ambos con escritos absolutamente contrarios al cosmopolitismo y al respeto recíproco adornados como es el caso de este último autor con cánticos inauditos como el del “Himno a la Nueva Energía” a lo que deben añadirse los numerosos escritos del nacionalsocialista y judeofóbico Manuel Gálvez.

 

A los nombres mencionados cabe agregar todavía muchos otros como los de Carlos Ibarguren, el sacerdote ultra nazi Julio Meinvielle, Leopoldo Lugones y tantos otros que sentaron las bases para que luego penetrara el cepalismo, el keynesianismo, el marxismo y todas las variantes totalitarias y planificadores de las vidas y haciendas ajenas donde “lo nuestro” es siempre un valor y lo foráneo siempre un desvalor por lo que se incita a la pesadilla de un sistema de cultura alambrada. Una vez que se idolatra la patria escindida del respeto recíproco y las libertades individuales, está preparado el camino para que el mesías del momento indefectiblemente encarne la patria.

 

Es de esperar que la revolución tecnológica que abarca el delicado terreno educativo sirva para abandonar en gran medida los designios de las reparticiones de control de aparatos estatales desbordados.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.