Estafa inflacionaria y recetas cosméticas

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 15/4/19 en: https://www.cronista.com/columnistas/Estafa-inflacionaria-y-recetas-cosmeticas-20190414-0028.html

 

Estafa inflacionaria y recetas cosméticas

Lamentablemente no hemos aprendido nada. Seguimos a las andadas. Como el gobierno no puede resolver la estafa inflacionaria, se decide por aplicar recetas que disimulan transitoriamente el problema. Prefieren la cosmética. Como la parla de control de precios es a esta altura inconveniente dados los rotundos fracasos de esa política, se piensa que puede camuflarse con otras denominaciones, por ejemplo, con el fascista “acuerdo de precios y salarios” inaugurado por Mussolini y en nuestras latitudes continuado por gobiernos peronistas, imitados por casi todos los demás desde hace siete décadas y siempre con los mismos resultados bochornosos.

 

Sin embargo, es importante insistir que los precios no constituyen un simulacro o números que pueden manipularse en distintas direcciones según los deseos de políticos, empresarios o sindicalistas. Se trata de un mecanismo delicado de información de constante prueba y error al efecto de encontrar el nivel que hace oferta y demanda  iguales. No es un proceso estático sino eminentemente dinámico que no puede anticiparse puesto que es el resultado de valorizaciones cruzadas en las millones de transacciones diarias en el momento.

 

Sea a través del control directo de precios o vía el subterfugio del mencionado “acuerdo”, cuando esos indicadores se establecen a niveles inferiores a los estipulados en un proceso abierto de mercado, inexorablemente (desde Dioclesiano a la fecha) se suscitan cuatro efectos centrales, muy dañinos.

Primero, se expande la demanda. Segundo, en el instante inicial, por el hecho de que la demanda se incrementa no aparece una mayor oferta, por tanto se produce un faltante artificial. Tercero, los productores marginales -los menos eficientes- al reducirse su margen operativo desaparecen del mercado, con lo que se agudiza el referido faltante. Y cuarto, al alterarse los precios relativos y consecuentemente los diversos márgenes operativos, artificialmente surgen otros reglones como más atractivos y, por ende, se invierte en áreas que en verdad no son prioritarias, lo cual se traduce en derroche de capital que, a su vez afecta salarios e ingresos en términos reales.

Si en verdad se quiere disminuir la pobreza, lo peor es trastocar las únicas señales con que cuentan los participantes en el mercado a los efectos de guiar sus ocupaciones. Indicadores falseados indefectiblemente conducen al despilfarro y, consiguientemente a la contracción de salarios puesto que estos dependen exclusivamente de las tasas de capitalización.

No se gana nada con la cosmética en base a la idea de obtener algunos votos circunstanciales puesto que el problema se agudiza a la vuelta de la esquina.

Una vez más repetimos que el gasto estatal elefantiásico succiona recursos para financiarse a través de presiones tributarias exorbitantes y colosales deudas gubernamentales. Este no es el camino por más que momentáneamente pueda disfrazarse la situación con divisas producto de la  estacionalidad.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Pobreza, moral y religión

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2018/11/pobreza-moral-y-religion.html

En el debate sobre la pobreza existen muchos ángulos de opinión que enfrentan a distintos sectores sociales. No obstante, suele existir un consenso generalizado sobre que la pobreza es un estado indeseable de cosas que debe ser suprimido, eliminado o al menos reducido, a cualquier costo y mediante la implementación de medidas de cualquier género. Hay, con todo, posturas que no son del todo claras como sería de querer y, en ese marco, podemos encuadrar la posición de políticos, periodistas, analistas sociales, religiosos y teólogos. Veamos seguidamente un punto de vista católico sobre el tema, que por supuesto, no lo agota:

“Al igual que sucede con la idea de “justicia social”, la expresión “opción preferencial por los pobres” es parte del lexicon católico. Algunos utilizan la frase para insistir en la aplicación de políticas económicas de corte intervencionista. El Magisterio Social de la Iglesia católica, sin embargo, conduce a conclusiones más matizadas –tanto a nivel económico como teológico.”[1]

Lo expuesto en el párrafo anterior podría llevar a la apresurada suposición de algún lector de que la Iglesia católica no ha sido o no es partidaria de adoptar “políticas económicas de corte intervencionista”, pero quien esto concluyera de la cita del autor comentado estaría cayendo en un gran error. La Iglesia ha sido y lo sigue siendo en alguna medida favorable a la adopción de tales políticas como instrumento para suprimir o -al menos- reducir la pobreza, lo que la conduce a posiciones más que ambiguas en torno a la cuestión. La Iglesia a menudo ha exhortado (y aun lo hace) con mucho mayor énfasis a que los estados-nación patrocinen políticas intervencionistas en favor de los pobres.

“La expresión “opción por los pobres” cobró fuerza en el pensamiento católico hacia finales de la década del ‘60 y durante los ‘70. El término sirvió de inspiración para varias formas de teología de la liberación durante esa época, pero afirmaciones de este tipo tienden a restar importancia al hecho de que la Iglesia siempre ha mantenido una especial predilección por los pobres.”[2]

Esto ha hecho pensar en muchos que la Iglesia ha presentado a la pobreza como una virtud, como un ejemplo de conducta, como algo a seguir, a imitar, una preferencia o forma de vida. Y ciertamente no han sido pocos los representantes de la Iglesia católica que se han manifestado en tal sentido y han condenado la riqueza como pecaminosa y merecedora del infierno, fuente de toda culpabilidad y el peor de los pecados. Esa predilección se ha interpretado como una preferencia por una forma de vida querible. Cuanto más miserable la condición económica de las personas más elevados se encuentran espiritualmente ante los ojos de la Iglesia. Naturalmente no compartimos esa exégesis. Solo la exponemos.

“Los profetas del Antiguo Testamento se expresaron rotundamente contra la opresión de los pobres, por no mencionar las palabras de Cristo, donde Él mismo enseña que se le puede reconocer entre los pobres y los que sufren persecución. Más aún, el amor por los pobres y los marginados se puso en práctica desde los mismos inicios de la Iglesia. En tiempos del Imperio Romano, por ejemplo, los paganos –griegos y romanos– quedaban asombrados ante el afán que manifestaban los católicos por ayudar a los enfermos y discapacitados, los ancianos y los abandonados, independientemente de que estos fueran cristianos o no.”[3]

Aquí se mezclan varias cuestiones diferentes. Una es la opresión de los pobres, y otra distinta el amor por ellos. Serían opuestos. Se podría decir que la distinción es obvia, pero no es clara entonces cual sería la opción o preferencia. La lógica indica que la opción será optar por la no opresión de los pobres, pero ¿Qué tipo de opresión debería evitarse contra ellos? Suponemos que la económica. Esto definiría, pues, la opción o predilección como aquella conducta que no oprima a los pobres y amarlos. Ese amor se expresaría con no oprimirlos. Pero hay una cuestión que se omite en todo lo visto hasta aquí y lo que queda por verse del tema y de la que nos hemos ocupado en otras partes. Y es aquella que muchos pobres optan voluntariamente por su estado de pobreza y se niegan a salir del mismo. Ergo, desde nuestro propio punto de vista, la opción debería ser, no por no oprimir a los pobres sino por la de la libertad de estos ¿Qué tipo de libertad? La libertad de permitirles ejercer su propia opción por permanecer pobres o por salir de su pobreza. Este último análisis suele estar ausente en textos como el que ahora nos encontramos examinando. No obstante, a nosotros esta última cuestión nos parece de mayor importancia que la primera.

“La comprensión católica de la pobreza, sin embargo, no comete el error de imaginar que la pobreza se reduce al problema de la privación de bienes materiales. Durante los años ‘80, en medio de la más aguda crítica a la Iglesia hecha por la teología de la liberación, bajo influencia del marxismo, la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) recordó a los católicos que la pobreza tiene un significado bastante más amplio en el contexto de la fe, el pensamiento y la praxis cristianas.”

La principal dificultad reside -a nuestro juicio- en no haber entendido que el Señor Jesús exaltó la pobreza en espíritu (conforme enseña Mateo) y no la pobreza material. Textualmente: “Mat 5:3 Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielosNo hay pues una referencia concreta y directa a la pobreza material:

los pobres en espíritu. La frase en espíritu modifica a pobres, que normalmente se refiere a los que no tienen posesiones materiales ni para las necesidades de la vida. Aquí los pobres, lo que no tienen es el egoísmo y la arrogancia de los fariseos que creían que sus esfuerzos y méritos les habían concedido una posición especial delante de Dios (cp. Lc 18:9–14).”[4]

En suma, la palabra “pobres” ha de aplicárseles a los humildes de corazón y no a los carentes de recursos materiales. La pobreza material no es pues una virtud, ni un estado óptimo para los seres humanos como se ha querido interpretar. Sino que lo ambicionado es la pobreza entendida como actitud como disposición de ánimo.

[1]Samuel Gregg. “LA EMPRESA Y LA OPCIÓN POR LOS POBRES”. Fuente: Legatus Magazinehttp://www.legatusmagazine.org/business-and-the-option-for-the-poor 1 de febrero de 2014

[2] Gregg S. ibidem

[3] Gregg S. ibidem

[4] LA BIBLIA DE LAS AMÉRICASCopyright © 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation. Comentario a Mateo 5:3

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Pobre sentido común

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 16/6/18 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/pobre-sentido-comun/

 

En vez de analizar cómo salen los pobres de la pobreza, muchos recurren solo al sentido común: como la pobreza es la falta de dinero, a los pobres hay que darles dinero. Por ejemplo, la renta básica, que les encanta a los estatistas de todos los partidos.

Sin embargo, como dice el economista James Ahiakpor: “la pobreza no es la falta de dinero sino la deficiencia de nuestra producción”. Por lo tanto, la clave es ver qué obstáculos impiden que nuestra producción aumente y nos sirva para dejar atrás la pobreza.

Esto requiere una reflexión más allá de los atajos del tipo de la renta básica o demás mecanismos redistributivos que promueven políticos, sindicalistas, ONGs, etc., como la ayuda exterior y otras intoxicaciones que parten del supuesto de que los pobres se benefician de la creciente coacción, como si fuera una solución fácil y no la fuente de problemas.

El sentido común invita a propuestas de ese estilo: entregar un dinero a todos, por el mero hecho de ser ciudadanos. Ahora bien, Ahiakpor advierte: “Para lograr el objetivo, los que son más productivos deberán ceder, a la fuerza, mediante impuestos, una parte de su producción a los que son menos productivos”. Para los antiliberales de cualquier laya, esto es algo que está bien, y no tiene contraindicaciones, ni económicas, ni políticas, ni morales. Pero las tiene.

No parece que la estrategia promueva el crecimiento económico, más bien, al contrario, por la reducción de la productividad global y porque el papel del Estado a la hora de fomentar el desarrollo y el bienestar debería ser salvaguardar la propiedad de sus súbditos, y no violarla. Y si la producción no aumenta por encima de nuestro nivel deseado de consumo, el quitarnos a unos para darnos a otros quizá rebaje el nivel de consumo para la mayoría, y no está claro que eso sea bueno para el conjunto.

Asimismo, hay experiencia sobre la mejoría de la condición de los pobres, y hay teoría para explicarla, desde hace mucho tiempo. No es la redistribución de la riqueza ya creada la que ha servido para enriquecer a los pobres. Cientos de millones han dejado atrás la pobreza extrema en las últimas décadas en China o la India, y otros países de Asia, África o América. No lo hicieron arrebatando riqueza sino creándola.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Liberalismo, mercado y bien común

Por Gabriel Boragina: Publicado el 10/12/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/12/liberalismo-mercado-y-bien-comun.html

 

 

A menudo, se escucha en boca de economistas, políticos, profesores, periodistas y gente común afirmar -en forma tajante- que el mercado se opone al bien común, y que -por consiguiente- es el estado-nación (como “garante” del “bien común”) el que debe imperiosamente intervenir en el mercado para evitar “abusos” que podrían –de concretarse- obstaculizar, o directamente hacer imposible la tarea del gobierno para “consolidar” el bien común. Cuando uno quiere indagar un poco más acerca de este curioso “razonamiento” se encuentra que quienes lo “argumentan” explican que, dado que el mercado por “su propia naturaleza” privada tiende a “fallar”, se hace necesario que un supra-organismo sea el encargado de corregir esas supuestas “fallas” y, en su caso, suprimirlas. El mercado forma parte de lo que algunos autores denominan “la dimensión social de la política liberal”, y hay otros quienes tratan de diferenciar el proceso de mercado del proceso social. Uno de tales autores lo explica de este modo:

“De manera consecuente, la dimensión social de la política liberal no va a ser encontrada ante todo en el taller de repuestos del proceso social, donde se supone que las políticas sociales del gobierno corrigen los resultados de la competencia y del proceso del mercado. Reducir la dimensión social a este tipo de taller de repuestos, y presuponer una contradicción de las preocupaciones sociales y políticas del mercado, es un malentendido básico muy difundido. Y se intensifica por citas tendenciosas de ejemplos de supuestas “fallas del mercado”, que sirven de excusa para hacer nuevos llamados a favor de la intervención estatal, usualmente sin considerar las mucho más serias “fallas del Estado”. La dimensión social del Liberalismo no significa tanto reparaciones post facto, sino que ante todo es inherente en el mismo modelo de sociedad, en su orden legal y económico, el cual garantiza el derecho a la propiedad, y canaliza la competencia mediante reglas que apuntan hacia el bien común.”[1]

El malentendido de las “fallas del mercado” proviene -en parte- de la extensa falacia que recibió por nombre “el modelo de competencia perfecta”. De momento que, ciertos economistas dieron por seguro que dicho modelo es el que debe o debería presentarse en la realidad, confundiendo el modelo con esta última, y asumiendo que el modelo de “competencia perfecta” nunca se dio ni se da en los hechos, terminan afirmando que el mercado en situación de competencia presenta “fallas” y que, por tal motivo, las mismas deben ser corregidas, y que esta última intervención debe ser llevada a cabo por el gobierno. Este curioso modo de “razonar” pasa enteramente por alto que el mercado forma parte del proceso social y no constituye algo por separado de este. Por lo que, las discrepancias y distinciones que se intentan para apartar el proceso de mercado del proceso social están –de antemano- destinadas al fracaso, si es que con ellas, en realidad, no se quiere buscar otra cosa, tal como algún fin político inconfesable.

Por otra parte, también se pasa por alto que el proceso de mercado -como parte del social- es por esencia humano, con todas las falibilidades que tal condición ofrece, y que el gobierno también está compuesto por seres humanos. Lo que los enemigos del mercado (y de sus aparentes “fallas”) nunca explican es: ¿sobre qué bases suponen que las personas a cargo del gobierno no fallarían nunca en sus métodos preventivos o correctivos de las imaginarias “fallas” de este último? ¿Por qué asumen omnisciencia en simples y comunes seres humanos por el hecho de que han accedido mediante el voto o por otras vías a ocupar posiciones de poder? Parecen presumir que la mera circunstancia de ingresar en la esfera estatal los hace introducir en una especie de atmósfera de superioridad intelectual y moral que, en realidad, no sólo no tiene ninguna base fáctica, sino que la menor experiencia demuestra que la actividad estatal brinda muchas mayores oportunidades para exhibir las falencias y fracasos humanos y –con frecuencia- es caldo de cultivo para dar lugar a altos niveles de corrupción. Creer que el mercado “atenta” contra “el bien común” no tiene ningún asidero, ni empírico ni teórico.

Con todo, sigue en pie la cuestión sobre a quién corresponde promover el bien común, para lo cual estatistas y liberales tienen desiguales respuestas. Así, un polémico e interesante autor plantea la cuestión y la contesta:

“Pregunta 1) ¿Con cuál de estas dos afirmaciones A o B está Ud. de acuerdo? A. “El Estado es el encargado de promover el bien común, por encima de los intereses privados que miran el bien particular”. B. “El Estado y los particulares son encargados ambos de promover el bien común, cada cual en su esfera de actividad”. La afirmación B describe en esencia el liberalismo. Y la A el estatismo.”[2]

Este argumento deja de lado la cuestión relativa a definir -en primer lugar- qué cosa es el bien común. Y da por sentado que es algo bueno y deseable para todos, lo que parece coincidir con nuestra conceptualización de bien común. La pregunta “A” admite un antagonismo entre el bien común y el particular y, efectivamente, es la posición en la que se basa el estatismo. Desconoce éste la verdad afirmada por Adam Smith en 1776, cuando advirtió que cada uno persiguiendo su interés particular promueve -sin quererlo y sin saberlo- el bien común mucho más y mejor que si se lo hubiera propuesto hacer.

Sin embargo, hay una corriente estatista que no opone el bien común al bien particular, sino que conjetura que todos los individuos buscan el bien común, pero que este sólo puede alcanzarse por la vía de la intervención y dirección del estado-nación. Esta corriente suele recibir el nombre de paternalismo y -pese a sus errores- se encuentra muy extendida en el mundo de nuestros días.

[1] Hubertus Müller-Groeling-“La Dimensión Social de la Política Liberal”- Publicado por Fundación Friedrich Naumann (FFN)-Oficina Regional América Latina-Pág. 9

[2] Alberto Mansueti. Las leyes malas (y el camino de salida). Guatemala, octubre de 2009. pág. 35

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

¿Puede la “economía de la conducta” mejorar Public Choice y así acercarla más a los Austriacos?

Por Martín Krause. Publicada el 22/11/16 en: http://bazar.ufm.edu/puede-la-economia-de-la-conducta-mejorar-public-choice-y-asi-acercarla-mas-a-los-austriacos/

 

Con los alumnos de la materia Public Choice, vemos el trabajo de Schnellenbach, Jan; Schubert, Christian sobre un campo nuevo en esta área, “behavioral public choice” o, ¿cómo traducirlo? ¿análisis económico de la conducta política?. El paper se titula “Behavioral public choice: A survey” Freiburger Diskussionspapiere zur Ordnungsökonomik, No. 14/03; Freiburger Diskussionspapiere zur Ordnungsökonomik, No. 14/03 (2014). Disponible en: http://hdl.handle.net/10419/92975 Walter Eucken Institut; ORDO Constitutio in Libertate. Algunos párrafos:

“En el origen de la teoría de Public Choice se encuentra un llamado para alinear los supuestos motivacionales que subyacen en el estudio de la política con los de la economía. Se asume típicamente que la gente maximiza su utilidad subjetiva tanto en el mercado (como productores o consumidores) como en la política (como votantes, políticos, burócratas o lobbystas). Como enfatiza Brenna (2008), sin embargo, esa simetría motivacional no se traslada necesariamente a simetría conductual, dados los débiles incentivos para invertir en una toma de decisiones racional en el campo de las decisiones colectivas. Esto ocurre particularmente con los votantes, cuya conducta perfectamente racional puede llevar a resultados colectivos catastróficos, porque los mecanismos individuales de aprendizaje en la política son mucho más débiles y más indirectos que los del mercado.

Por ello, se espera que los sesgos cognitivos jueguen un papel tan importante en la política como en el mercado. La teoría de Public Choice es, por lo tanto, uno de los campos que muy probablemente se beneficiará de aplicar conceptos de la economía conductual (behavioral economics). Sorprendentemente, estos enfoques son relativamente nuevos en Public Choice. Tal vez se explique porque los académicos de PC se enfocaron originalmente en exportar el enfoque de la elección racional a áreas de no-mercado, y no consideraron modificar sus propios métodos analíticos (Wallerstein, 2004).

Al aplicar enfoques conductistas al Public Choice, afirmando que los individuos son más proclives a sesgos y otros problemas cognitivos cuando entran la arena política no ha de ser el fin de la historia. Más bien, un análisis sistemático de los desvíos del supuesto básico de conducta racional es requerido. Por ello, muchos autores han alentado a los académicos a que se aventuren más allá  de los supuestos básicos de racionalidad y maximización de utilidad (p. ej., Simon 1995; Ostrom 1998; Kliemt 2005).”…

“Hay un cierto número de ancestros del Behavioral Public Choice (BPC). No sorprende que Adam Smith se haya adentrado en este territorio cuando especulaba, primero, que una razón clave para la existencia del gobierno es la protección de la propiedad privada de transgresiones que se alejen de la conducta “razonable” (que, para Smith, implicaba actuar moralmente). Segundo, argumentaba que los individuos racionales van a subinvertir en la calidad de las decisiones políticas: como observara George Stigler, Smith era un pesimista al respecto, en el sentido de que ‘daba un papel más importante a la emoción, el prejuicio y la ignorancia en la vida política de lo que diera alguna vez en los asuntos económicos ordinarios’ (Stigler 1982). Luego de Smith, la creencia que los individuos pierden algo de su capacidad de razonamiento cuando entran en la esfera política puede encontrarse en Mill (1948), quien defendiendo al laissez-faire advertía sobre la conducta de ‘manada’ en la política, la incompetencia debida a la falta de especialización, malos incentivos debido al pequeño interés personal en juego en las decisiones gubernamentales y el peligro que los individuos perdieran su capacidad de contribuir voluntariamente a los bienes públicos si se acostumbraban a delegar más y más competencias en el estado.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

El grupo Bilderberg y el Gobierno Mundial

Por José Benegas. Pubicado el 17/1/16 en: http://josebenegas.com/2016/01/17/el-grupo-bildelberg-y-el-gobierno-mundial/

 

Ayer escuché hablar por primera vez de algo llamado “Bilderberg Group”, un gran club de políticos, empresarios, periodistas y gente influyente que se reúnen en privado de manera periódica y, aparentemente, discuten eventos mundiales con la idea de unificar criterios. Lo que escuché fue que este grupo estaba impulsando la creación de un gobierno mundial, preocupación que ahora está de moda. Recuerdo allá por el 2001 cuando los bienpensantes del mundo decían que lo que estaba mal de Estados Unidos era que fuera a la guerra sin aprobación de las Naciones Unidas. Todos estaban de acuerdo con esa sentencia, del mismo modo que se festejó la internacionalización de la persecución penal en nombre de los “derechos humanos” y la construcción del Tribunal Penal Internacional. Todo eso conduce a la formación de un gobierno mundial, pero parece que la alarma está cuando un grupo se reúne de un modo secreto. Los elefantes pasan por delante, pero se buscan ratones abajo de la mesa.

Me puse a ver un par de videos, entre ellos este documental, en el que se denuncia el secreto de las reuniones. Adam Smith decía que cuando un grupo de empresarios se reúnen (agrego yo, en lugar de operar en el mercado de acuerdo a sus intereses), el consumidor está en peligro. Si los empresarios tienen negocios que gozan de permiso oficial para ganar poniendo en riesgo dinero ajeno, como los bancos, la cosa es peor. Si en el medio hay políticos, ni hablar. Pero de ahí a atribuirle a este club el ser el verdadero poder detrás de todos los tronos, me parece que hay un abismo.

Que algo sea secreto, por otra parte, no me indica para nada que sea incorrecto. Y si es incorrecto, tampoco tengo datos para saber incorrecto en qué, para qué, en perjuicio de quién y de cuánto perjuicio estamos hablando. El secreto puede obedecer nada más al deseo de hablar con libertad en un ámbito privado, sin que eso tenga consecuencias sobre sus intereses. Pero además, el hecho de que se considere al “secreto” privado como un problema, implica la habilitación del ojo colectivo y la invitación al gobierno a convertirse en El Gran Hermano. Ninguno de los que interviene en esta cruzada victimizante se detiene un minuto a pensar en la cuestión.

Vuelvo a los elefantes y las ratas. La opinión pública no es para nada engañada sobre los planes políticos y económicos peores del mundo, al contrario, los comparten. Cuando un político habla de proteccionismo (contra sus bolsillos), de derecho laboral (contra sus oportunidades laborales), de ambientalismo místico (contra su economía particular), de nacionalismo (contra su libertad como individuos), contra el capital (contra la posibilidad de mejorar sus ingresos), de educación pública y centralizada (contra su posibilidad de pensar libremente), contra las migraciones pacíficas (contra su libertad de escapar y de intercambiar con más personas mejorando sus condiciones de vida), a favor de la jurisdicción internacional y la legitimación de organismos internacionales (contra su propio control de lo que pasa en la política); no solo lo hacen en público y sin ningún secreto, sino que son apoyados de modo excluyente. Entonces el problema del poder y del atentado contra los intereses de la gente, no está para nada escondido. Está sobre la mesa y pocos lo ven.

No señores, lo peor de la política no ocurre en privado.

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.