EL PARTIDO POLITICO CEPAL

Por Martín Krause. Publicado el 13/3/20 en: https://bazar.ufm.edu/articulo-pulso-la-tercera-chile-partido-politico-cepal/

 

Hagamos este ejercicio: abajo encontrará ciertos comentarios y tiene usted que decir a un dirigente de qué partido político podrían pertenecer. O, al menos, en qué posición del espectro político se encuentra. Aquí van:

“La gran fábrica latinoamericana de desigualdad sigue siendo la brecha entre compañías grandes y pequeñas.

  1. ¿Por qué la política industrial ha sido, por muchos años, un anatema en Latinoamérica?
  2. Por el neoliberalismo puro y duro; por la escuela de Milton Friedman. El consenso de Washington tuvo un gran impacto en países como Chile, y el resultado es una economía desigual y nada diversa. En general, el modelo económico que se ha aplicado en América Latina está agotado: es extractivista, concentra la riqueza en pocas manos y apenas tiene innovación tecnológica.”

¿Alguna idea? Va más:

“No es el mercado el que nos va a llevar, por ejemplo, a más innovación tecnológica.“

… Pienso en Apple, IBM, Intel, Google (Alphabet), Oracle, Samsung, Tesla, Whole Foods ….

Más declaraciones:

“P. Llevan años apuntando a la desigualdad y a la necesidad de cambiar el modelo de desarrollo de la región. Sin mucho éxito: los Gobiernos apenas les han hecho caso. ¿Siente que han predicado en el desierto?

  1. Lo que ocurre es que no hemos logrado penetrar en la estructura misma: no hemos logrado un pacto social entre Estado, empleadores y trabajadores, como el de los países nórdicos, para cerrar la enorme disparidad entre el trabajo y el capital. Ahí sí siento que hemos predicado en el desierto: todos hablamos de mayores y mejores empleos, de formalización… Lo que hace falta es una vuelta estructural del modelo.”

¿Tiene ya una respuesta?

Pues se trata de Alicia Bárcena, Secretaria Ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), un organismo que es parte de Naciones Unidas, en declaraciones a El País, Madrid, 6/2/20.

Tratemos en entender esto. Se trata de un organismo internacional, financiado por Estados y no un partido político o un think tank con una agenda definida. Sin embargo, financiado con dineros públicos, eso es lo que es. Se supone que un organismo público debería, al menos, presentar las distintas visiones que se encuentran entre los contribuyentes que lo sostienen.

Nada de eso. Nunca fue así. Ya desde Raúl Prebisch, quien fue Secretario Ejecutivo de 1950 a 1963, desarrolló y se embanderó en lo que denomina “estructuralismo”, proponiendo el proteccionismo, la sustitución de importaciones, el análisis de “centro y periferia”, etc. Esas políticas llevaron a varios países al colapso hiperinflacionario en los años 1980s. Tal fue el fracaso que incluso alguno de sus principales teóricos, como Fernando Henrique Cardoso, nada de eso hizo cuando llegó a la presidencia de Brasil a parar la hiper y sacó el país de ese pozo siguiendo políticas que ahora la Secretaria Ejecutiva llamaría “neoliberalismo puro y duro”.

Resulta que el modelo económico aplicado en la región está agotado. ¿A cuál se refiere? No hay ninguna referencia a Venezuela o Cuba, tampoco ningún comentario sobre Bolivia y, como señalé antes al agotamiento del mismo modelo que la Cepal parece seguir promoviendo ahora, eso sí, con un nuevo tinte tecnológico y ambiental.

Por cierto, la gente tiene todo el derecho a opinar como le parezca y a juntarse con aquellos que piensan en forma similar para promover ciertas ideas. Eso es incuestionable. Pero distinto es cuando se trata del dinero de todos. Al menos habría que respetar las ideas diversas que tienen los contribuyentes que pagan sueldos, viajes y vacaciones.

La Cepal no tiene razón de existir, su trabajo hasta aquí no justifica el dinero gastado y sus argumentos tendrían mucho más peso moral si fueran autofinanciados por quienes así piensan.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade). Síguelo en @martinkrause

El negacionismo económico. Un manifiesto contra los economistas secuestrados por la ideología: De Pierre Cahuc y André Zylberberg

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 16/3/18 en: http://www.elcultural.com/revista/letras/El-negacionismo-economico-Un-manifiesto-contra-los-economistas-secuestrados-por-la-ideologia/40795

 

Pierre Cahuc y André Zylberberg

Este libro expulsa a los economistas antiliberales más radicales, como los podemitas galos “aterrados”, al mundo de la superstición. La economía, alegan los autores, es una ciencia, y oponerse a sus conclusiones es como sostener que el tabaco garantiza la buena salud de los pulmones.

Y la economía demuestra que la demonización de las finanzas y la propuesta de la Tasa Tobin (que no es de Tobin) son insostenibles, aunque “prestan inmensos servicios a los políticos, sobre todo en campaña electoral y en periodos convulsos. Con arrojarlas de carnaza a las masas vengativas, el éxito está asegurado”. Además: “las subidas de impuestos tienen un efecto negativo en el crecimiento”. Desmontan asimismo varias falacias de suma cero, o maltusianas: la llegada de inmigrantes no aumenta el paro ni reduce los salarios, y la reducción de la jornada laboral no crea empleo, como tampoco lo crean las prejubilaciones. Terminan refutando las jeremiadas sobre los peligros de los robots y “el fin del trabajo” pregonadas desde Davos y otros saraos análogamente arrogantes y buenistas.

Para colmo, nadie puede acusarlos de ser agentes del poder económico. Cahuc y Zylberberg dedican un capítulo a desollar a los “empresarios que arruinan Francia” con los camelos de la “política industrial”, cobrando fortunas de consumidores y contribuyentes. Es el típico capitalismo de amiguetes, “fábula” que no sirve para nada “porque son las empresas en declive las que más se movilizan para recibir ayudas públicas. Se juegan su supervivencia. Por desgracia, también vemos que las subvenciones concedidas a esas empresas no les permitieron superar sus dificultades”.

Como era de esperar, muchos han arremetido en Francia contra los autores acusándolos de liberales, y llevándose las manos a la cabeza: ¿cómo es posible que sigamos con el liberalismo del FMI, de los bancos centrales, y de la economía neoclásica? Sin embargo, la teoría neoclásica no es liberal, como sabe cualquiera que haya hojeado un manual, los bancos centrales tampoco, y el FMI menos todavía, porque se ha pasado toda la vida reclamando subidas de impuestos. Y, por asombroso que parezca, tampoco lo son los autores. No critican a los bancos emisores, y no quieren que el gasto público sea menor sino mejor. Afirman que bajar los impuestos es apenas un “remedio milagroso”. Ellos quieren subirlos. Les gusta, como a tantos en la izquierda y en la derecha, el modelo escandinavo, con altos impuestos, con retenciones y sin deducciones, para que nadie se escape, pero con mercados abiertos y flexibles.

Los liberales estarán tentados también de criticarlos por su reduccionismo, o “cientismo”, que diría Hayek, y por su visión de la economía como una disciplina puramente experimental. No estoy de acuerdo. La teoría económica no está tan alejada de los problemas reales de la gente como a veces se afirma, y ha mostrado en las últimas décadas una mayor pluralidad de enfoques, incluido el institucional. Los autores no declaran que la economía es igual que la física; y, por cierto, la economía experimental no es terreno exclusivo de los antiliberales: que se lo cuenten a Vernon Smith.

Las debilidades de este volumen son otras, empezando por su propio énfasis en la contrastación, que los lleva a ser imprudentes, como cuando dan por sentado que los multiplicadores del gasto local están en torno al 1,5: B. Dupor y R. Guerrero calculan, en cambio, que se sitúan entre el cero y el 0,5 (Journal of Monetary Economics, diciembre de 2017). Como muchos otros economistas, no analizan bien el Estado, y creen que es una suerte de condición exógena, que plantea unas demandas, que los economistas responden de manera técnica y asignativa.

La lógica del propio Estado, como decía equivocadamente Hicks, nos es ajena. Se trata de desatino, que a la postre bloquea el análisis robusto de la realidad. Hay otros errores, como cuando hablan de “bancos” en España, y es obvio que se refieren a las cajas; o de “desregulación” cuando quieren decir lo contrario.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

El llanto de los empresarios prebendarios

Por Iván Carrino. Publicado el 15/3/18 en: http://www.ivancarrino.com/el-llanto-de-los-empresarios-prebendarios/

 

Cuando se sacan el casete, algunos funcionarios dicen cosas interesantes.

El Tango es una de esas cosas que rápidamente las personas asocian con lo argentino, el país, y la cultura nacional.

A mí, que no soy muy seguidor de ese tipo de música, suele pasarme que me encuentro con extranjeros y me comentan lo mucho que les gusta este género del arte… Por lo general, respondo con una sonrisa, como diciendo: “ah, mirá vos, seguro vos sabés del tema mucho más que yo”.

Es cierto, no sé mucho de Tango, pero hay uno que es muy famoso y que dice algo así como:

Siglo veinte, cambalache, problemático y febril. El que no llora no mama y el que no roba es un gil.

¿Definen estas palabras a la Argentina? Si respondemos afirmativamente, seguro estamos exagerando. Sin embargo, a algunos sectores empresarios, políticos y sindicales, sin duda que la descripción les sienta a la perfección.

De hecho, el “llanto de los industriales” fue la música que sonó durante toda la semana pasada.

Funcionario sin casete

En los años previos a la llegada de Cambiemos,  los argentinos estábamos acostumbrados a las peleas diarias entre el gobierno y los empresarios. El kirchnerismo, en su momento, acusaba a los hombres de negocios por subir los precios, crear inflación, e incluso por subir el precio del dólar.

Con la llegada de Macri, este tipo de peleas parece haber quedado atrás. Es que el equipo de gobierno del PRO siempre realza su voluntad de “diálogo” con “todos los sectores” y su buena predisposición para discutir “todos los temas”.

Ahora bien, hace unos días, la paz y la onda Feng Shui se cortó de manera súbita.

Es que tras la queja de un empresario de la alimentación por el fuerte crecimiento de las importaciones de tomate enlatado, el Ministro de la Producción, Francisco Cabrera, se sacó el “casete” y respondió con ímpetu:

Que se dejen de llorar y que se pongan a invertir y a competir. El gobierno no castigará a todo el pueblo para enriquecer a empresas grandes

¡Al fin! Al fin alguien responde a un reclamo anti-importador de manera tajante y sin acudir al aburrido libreto de lo políticamente correcto.

Es que muchos empresarios –no todos–  el único recurso que tienen a mano es lo que reza el tango de Gardel, llorarle al gobierno para que cierre las importaciones y les dé créditos blandos.

¿Sólo así puede competir nuestra sagrada industria nacional?

Este reclamo escuchado una  y otra vez hace más de 50 años se disfraza con el argumento de que es necesaria una política industrial. La verdad es que esa política no es otra cosa que más subsidios y proteccionismo, políticas que pagan todos los argentinos para favorecer al sector elegido a dedo por el poder.

Así que bien por Cabrera, los empresarios prebendarios tienen que dejar de llorar y ponerse a competir. Ahora para eso, claro, hay que abrir la economía.

Tres beneficios de importar

Cuando se habla de abrir la economía, empresarios, sindicatos y políticos demagogos se apresuran a gritar todos los potenciales riesgos de permitir aunque sea un clavo de compras externas. Que se van a perder puestos de trabajo, que nos vamos  a quedar sin dólares, o que se va a disparar el rojo de la balanza comercial…

Lo que no dicen, sin embargo, son los potenciales beneficios de ser un  país abierto e integrado al mundo.

Veamos algunos de ellos.

Más importaciones generan mayor cantidad de bienes a menores precios: imaginemos si en nuestro barrio sólo tuviéramos un supermercado en el cual comprar nuestros víveres. Si, de un día para el otro, la cantidad de supermercados se cuadruplica, la mayor competencia haría bajar los precios, mejoraría la calidad y ampliaría la variedad de productos para comprar. Claro,  el primer supermercadista seguro estaría muy preocupado, pero los consumidores se beneficiarían enormemente.

Más importaciones reducen los costos de producción y benefician a las empresas: Contrariamente a lo que se cree, las empresas en Argentina y en el mundo también son consumidoras, por lo que los mejores precios y calidades que pueden conseguir en el mercado mundial potencian su propia producción. Esto en Argentina es todavía más marcado. En el año 2017, 76% de las compras al extranjero fueron insumos de producción, por lo que es evidente que si hubiese menos trabas al comercio, menores serían los costos que deberían enfrentar las empresas en el país.

Más importaciones promueven la eficiencia y la innovación. Los países más abiertos al comercio son 5 veces más ricos que los cerrados. Una economía más abierta implica mayor competencia, lo que incentiva el dinamismo y la creatividad de los empresarios para servir mejor a los consumidores.

País cerrado

Vistos los beneficios de abrirse al mundo y recibir con los brazos abiertos a las importaciones, cabe preguntarse si Argentina tiene una economía abierta. Después de todo, si el gobierno les pide a los empresarios que compitan, tendrán que hacerlo contra alguien, ¿no?

Paradójicamente, el caso es que los empresarios nacionales no tienen mucha competencia extranjera. Es que Argentina se encuentra entre los países más cerrados del mundo al comercio global.

Si miramos el monto de las importaciones sobre el PBI, por ejemplo, vemos que estamos en el puesto 213 sobre un total de 215 países analizados por el Banco Mundial. Ahora como este indicador no es el mejor para mostrar el grado de apertura, miremos mejor las tarifas aduaneras.

Si analizamos los números de los aranceles, veremos que tenemos las barreras arancelarias más altas del continente.

Ponderada por el volumen de comercio, las tarifas aduaneras de Argentina son más altas que en Brasil, Ecuador, Paraguay, Colombia, Chile, México y otros países americanos. Es difícil que haya “avalanchas importadoras” en este escenario.

Un último dato a considerar: mientras Chile y Estados Unidos tienen 21 y 14 Tratados de Libre Comercio respectivamente, Argentina tiene solo 5, y todos consensuados con el resto del Mercosur.

Argentina es una de las economías más cerradas al comercio del planeta. Y, sin embargo, hay quienes aún se quejan de las importaciones.

No sé si hay que responderles que son unos llorones, pero sin dudas que se deben hacer oídos sordos a este tipo de reclamos. El proteccionismo nos acompaña hace décadas y es una de las causas principales de nuestra decadencia.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.