CON LA DEMOCRACIA SE CURA, SE COME… Y ¡CRECE EL PIB!

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 21/11/16 en:

 

No es la intención de este artículo criticar la trayectoria de Roberto Lavagna, en particular, pero tampoco quiero obviar un hecho curioso. “Su currículum lo convierte en protagonista cada vez que habla” decía un matutino como suelen decirlo prácticamente todos los medios -reflejando a la opinión pública- de casi todos aquellos personajes que han ocupado un cargo “importante”.

Es curioso: no importa que haya sido un presidente durante cuyo mandato hubo corrupción, ineficiencia y caída del PIB, sigue siendo muy escuchado debido “al peso de su trayectoria”. Qué pasa por la mente de las personas, de la opinión pública, como para seguir citando a personajes -que en la actividad privada hubieran sido despedidos por su mala perfomance- cuando existen jóvenes, y no tan jóvenes, brillantes con ideas y propuestas más acertadas.

La forma en que las personas toman las decisiones que afectan su vida en general -no en particular como el ejecutivo de un sector de la empresa- es una de las cuestiones que más intriga a científicos políticos, especialistas en marketing y publicitarios. Detrás del secreto de por qué la gente elige una cosa, y no otra, existe poderosa información valuada en millones que puede significar la llave del poder político.

Dicen los especialistas que las decisiones dependen, básicamente, de la historia personal y del medio ambiente, lo que conlleva conservadurismo al punto que, según Steven Rosenstone, de la Universidad de Michigan, el 97% de las veces gana una elección para el Congreso quien corre por la reelección, independientemente de si su trabajo fue malo. Es decir que, como todo en el cosmos, las personas, las sociedades avanzan solo por lenta maduración. En fin, curiosidad de lado, veamos las declaraciones de Lavagna que nos dan pie para cosas interesantes.

Según este ex ministro, en 2017 la economía argentina va a crecer “muy poco, lo que cayó en 2016” pero, como la población crece a un ritmo superior al 1%, el PIB per cápita bajaría aumentando la pobreza. Ahora, es curiosa su afirmación de que el PIB “en los años pares cae y en los impares de elecciones, crece”. Si esto fuera así, deberíamos tener elecciones más a menudo. ¡Y viva la democracia!

En realidad, lo que sucede es que PIB no mide realmente lo que el país produce y mucho menos su crecimiento económico sino, en todo caso, el consumo, el movimiento de dinero que es lo que los políticos suelen incentivar en épocas de elecciones para ganar votantes. Aunque conviene no olvidar que el fondo de la cuestión es que, como ya decía Ludwig von Mises entre otros, la econometría carece de rigor científico y, por lo tanto, solo es ilustrativa.

Dice Lavagna cosas obvias como que las tasas y la presión impositiva (“entre 40 y 50%”) son muy altas. Pero no está claro si cuando dice que la inversión no vendrá por falta de rentabilidad, dado el bajo consumo -debido a la caída entre el 8 y el 10% del poder adquisitivo en los últimos diez meses- y lo poco rentables que resultan las exportaciones, tiene claro que, precisamente, es este altísimo “costo argentino” (presión fiscal, costos laborales, inflación, tasas, etc.) el que provoca la falta de rentabilidad.

Más bien pareciera achacar la falta de competitividad exportadora al atraso cambiario, “política populista en la que el gobierno se identifica cada vez más con el final de Cristina, modelos de ajuste, de achicamiento que ha llevado a la pérdida de 120.000 puestos de trabajo en blanco, más una cifra indefinida -no inferior a ésta- de trabajos en negro”. Y advierte de no seguir culpando a la “pesada herencia” o a Trump.

En donde se equivoca claramente es en sus ideas keynesianas que lo llevan a firmar que “hay que empezar a poner la economía en marcha para frenar la inflación”. Como si la inflación, que no es otra cosa que una exagerada oferta monetaria, pudiera no ser un vicio y sí una virtud. Tiene razón cuando dice que el modelo macrista “funciona con endeudamiento… e indefectiblemente termina en… un… colapso”, ya que saturada la presión fiscal y la inflación no queda más que endeudarse ante la negativa de adoptar una política sana y bajar el gasto.

Y aquí sí se va a ver el “efecto Trump”, que está complicando el tema de la deuda. El bono global más importante, el de 30 años de EE.UU., ya cayó más de 6% solo en lo que va de noviembre, llevando a su rendimiento a superar el 3% anual. Entretanto el Vanguard Total International Bond ETF (BNDX) que nuclea bonos soberanos “investment grade” de Asia y Europa, cayó 1,5% también en noviembre y el Vanguard Emerging Markets Government Bond ETF (VWOB), que incluye bonos soberanos de países emergentes, cae todavía más, un 4%.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

¿QUÉ DIRÍA TOCQUEVILLE HOY SOBRE ESTADOS UNIDOS?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

A veces es de interés embarcarse en un ejercicio contrafactual y esforzarse en una mirada a la historia y al presente muñido de una lente que nos haga pensar que hubiera ocurrido si las cosas hubieran sido distintas de las que fueron. En nuestro caso sugiero una perspectiva para meditar sobre las posibles reflexiones de un gran cientista político sobre el que se conocen sus consideraciones y su filosofía pero extrapoladas al presente.

 

Esta gimnasia no es original puesto que otros la han llevado a cabo. Tal vez el autor más destacado en la historia contrafactual sea Niall Ferguson. En todo caso, en esta nota periodística me refiero al gran estudioso de los Estados Unidos, el decimonónico Alexis de Tocqueville. Como es sabido, el libro más conocido de este pensador de fuste es La democracia en América donde describe los aspectos medulares de la vida estadounidense en su época.

 

Tocqueville destaca la importancia que el pueblo de Estados Unidos le atribuye al esfuerzo y al mérito, la sabia separación entre el poder político y la religión (la “doctrina de la muralla” en palabras de Jefferson), el federalismo y el no ceder poderes al gobierno central por parte de las gobernaciones locales con la defensa de una posible secesión, las instituciones mixtas en la constitución del gobierno y la separación de poderes, la negación de “las mayorías omnipotentes” porque  “por encima de ella en el mundo moral, se encuentra la humanidad, la justicia y la razón” puesto que “en cuanto a mi cuando siento que la mano del poder pesa sobre mi frente, poco me importa saber quien me oprime, y por cierto que no me hallo más dispuesto a poner mi frente bajo el yugo porque me lo presentan un millón de brazos” ya que “el despotismo me parece particularmente temible en las edades democráticas. Me figuro que yo habría amado la libertad en todos los tiempos, pero en los que nos hallamos me inclino a adorarla”.

 

Pero también advierte de los peligros que observa en algunas tendencias en el pueblo norteamericano, especialmente referido  al igualitarismo que “conduce a la esclavitud”, al riesgo de olvidarse de los valores de la libertad cuando se “concentran sólo en los bienes materiales”  y las incipientes intervenciones de los aparatos estatales en los negocios privados sin detenerse a considerar que “en los detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hombres. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar la una sin poseer la otra”.

 

Gertrude Hilmmefarb lo cita a Tocqueville con otras de sus preocupaciones y es el asistencialismo estatal que denigra a las personas, las hace dependientes del poder en el contexto electoral y demuele la cultura del trabajo, a diferencia de la ayuda privada que hace el seguimiento de las personas, proceso ajeno a la politización y la busca de votos (en su conferencia de 1835 en la Academia Real de Cherbourg, en Francia). Y en El antiguo régimen y la Revolución Francesa concluye que “el hombre que le pide a la libertad más que ella misma, ha nacido para ser esclavo”, obra en la que también destaca que generalmente allí donde hay un gran progreso moral y material la gente de por sentado esa situación y no se ocupa de trabajar para sustentar las bases morales de ese progreso (“el costo de la libertad es su eterna  vigilancia” repetían los Padres Fundadores en Estados Unidos).

 

Este es el pensamiento de Tocqueville sobre el país del Norte puesto en una apretada cápsula pero ¿qué hubiera dicho si observara lo que ocurre hoy en el otrora baluarte del mundo libre? Estimo que se hubiera espantado junto a los Padres Fundadores al constatar la decadencia de ese país por el cercenamiento de libertades debido a regulaciones inauditas, por el endeudamiento público que excede el cien por cien del producto bruto interno. Por la maraña fiscal, por las guerras en  las que se ha involucrado, por los llamados “salvatajes” a empresas irresponsables o incompetentes o las dos cosas al mismo tiempo. Por el centralismo, por la eliminación de la privacidad al espiar a los ciudadanos,  por un sistema de “seguridad” social quebrado, por la intromisión gubernamental en  la educación, por la sangría al financiar a gobiernos extranjeros en base a succiones coactivas de recursos. Y ahora debido a candidatos a la presidencia impresentables por parte de los dos partidos tradicionales debido a razones diferentes, aunque en su programa televisivo “Liberty Report”, el tres veces candidato presidencial Ron Paul señala que, dejando de lado las apariencias, los dos coinciden en muchos temas cruciales, a su juicio muy mal tratados.

 

La manía de la igualdad que preocupaba tanto a Tocqueville no  permite ver que una de las cosas más atractivas de los seres humanos es que somos diferentes, lo cual, entre otras cosas, hace posible la división  del trabajo y la consiguiente cooperación social y, por ende, la mayor satisfacción de las necesidades culturales y materiales. Esto último debido a que asigna los siempre escasos recursos para que estén ubicados en las manos de quienes la gente considera mejor para satisfacer sus demandas, sin ser posiciones irrevocables sino cambiantes en relación a la capacidad de cada cual para ajustarse a las  preferencias de la gente.  Seguramente también Tocqueville hubiera rechazado con vehemencia a los llamados empresarios que se alían con el poder para obtener favores y privilegios a expensas de los ciudadanos.

 

Incluso Paul Johnson en A History of the American People reproduce una cita de las Obras Completas del  escritor francés quien ilustra la trascendencia de la responsabilidad individual. Así escribió Tocqueville “Una de las consecuencias mas felices de la ausencia de gobierno (cuando la gente tiene la suerte de poder operar sin el, lo cual es raro) consiste en el desarrollo de la fuerza individual que inevitablemente se sigue de ello. De este modo, cada hombre aprende a pensar, a actuar por si mismo. El hombre acostumbrado a lograr su bienestar a través de sus propios esfuerzos, se eleva ante la opinión de los demás y de la suya propia, su alma es así mas grande y mas fuerte al mismo tiempo”.

 

¡Que lejos se encuentra este pensamiento de lo que hoy ocurre en Estados Unidos donde el aparato estatal es omnipresente! Y ¡que lejos se encuentra del reiterado pensamiento fundacional de que “el mejor gobierno es el que menos gobierna” al efecto de concentrarse en la protección de los derechos de todos y no convertir año tras año el balance presidencial de la gestión ante el Congreso en una minuta empresaria como si el Ejecutivo fuera el gerente, en lugar de permitir que cada uno se ocupe de sus pertenencias.

 

¡Que lejos se encuentra Estados Unidos del pensamiento del General Washington en el sentido de que “mi ardiente deseo es, y siempre ha sido cumplir estrictamente con todos nuestros compromisos en el exterior y en lo doméstico, pero mantener a los Estados Unidos fuera de toda conexión política con otros países”! En esta línea argumental es también de interés lo dicho por John Quincy Adams quien escribió que “América [del Norte] no va al extranjero en busca de monstruos para destruir. Desea la libertad y la independencia de todos. Es el campeón solamente de las suyas […] Alistándose bajo otras banderas podrá ser la directriz del mundo pero ya no será más la directriz de su propio espíritu”

 

En otra oportunidad hemos escrito sobre hechos sobresalientes de la pasada administración estadounidense que abren serios interrogantes respecto del futuro de aquel país como baluarte del mundo libre, como es el caso de la patraña que justificó la invasión “preventiva”  a Irak, conclusión ampliamente difundida con mucha antelación en el libro Against all Enemies, de Richard A. Clarke, asesor en temas de seguridad para cuatro presidentes incluyendo el gabinete del propio George W. Bush.
James Madison escribió: “De todos los enemigos de las libertades públicas, la guerra es lo que más debe ser temido porque compromete y desarrolla el germen para todo lo demás” (“Political Observations”, abril 20, 1795). Recordemos además que EEUU intervino en Somalia para poner orden y dejó caos, en Haití para establecer la democracia y dejó tiranía, en Vietnam para liberar al país que finalmente quedó en manos comunistas.

Recordemos también, por otra parte, que Ben Laden y Saddam Hussein eran lugartenientes preferidos de los Estados Unidos, uno en Afganistán con motivo de la invasión rusa y el otro con motivo de la guerra con Irán. Fueron entrenados y financiados con el fruto del trabajo de estadounidenses. También recordemos que en su discurso de despedida de la presidencia, el General Dwight Eisenhower declaró que “nada es más peligroso para las libertades individuales que el complejo militar-industrial”.

Todavía hay otro asunto más en este complicado tejido de denuncias. Se trata de la cuestión religiosa . En estas trifulcas con el terrorismo hay quienes pretenden endosar la responsabilidad a los musulmanes (por ejemplo, el hoy candidato a la presidencia por parte del Partido Republicano). En el mundo hay más de 1500 millones de musulmanes. Es muy injusto imputar estas tropelías a quienes adhieren al Corán en el que, entre otras cosas, leemos que “Quien mata, excepto para castigar el asesinato, será tratado como si hubiera matado a la humanidad y quien salva a uno será estimado como si salvara a la humanidad” (5:31). La misma expresión jihad que ha sido tan tergiversada, como explica Houston Smith, significa guerra interior contra el pecado. Ya bastante ha sufrido la humanidad por la intolerancia religiosa. En nombre de Dios, la misericordia y la bondad se ha quemado y mutilado. Identificar el Islam con el terrorismo es tan impropio y desatinado como asimilar el cristianismo a la Inquisición o la “guerra santa” aplicada en América en tiempo de la conquista. Hay, sin duda, quienes pretenden ese tipo de identificaciones y extrapolaciones clandestinas al efecto de enmascarar e inculcar el crimen con fervor religioso fundamentalista, pero caer en esa trampa no haría más que desviar la atención del ojo de la tormenta y agregar complicaciones a un cuadro de situación ya de por sí muy sombrío.

Estados Unidos, en consonancia con las célebres palabra de  Emma Lazarus inscriptas al pie de la Estatua de la Libertad, ha recibido con los brazos abiertos a inmigrantes de todas las latitudes. Hace algún tiempo que se observan síntomas que tienden a revertir aquellos valores y principios esenciales que hoy cuestionan quienes adhieren a la siempre cavernaria xenofobia.

 

En resumen, con estos pocos ejemplos al correr de la pluma pensamos que, después de todo, ha sido mejor que Tocqueville no haya sido contemporáneo puesto que sus ilusiones se hubieran desvanecido, aunque advirtió de algunos peligros en el horizonte que desafortunadamente se cumplieron.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Hay pueblos que no pueden progresar porque su cultura no permite superar la envidia.

Por Martín Krause. Publicado el 27/12/14 en: http://bazar.ufm.edu/hay-pueblos-que-no-pueden-progresar-porque-su-cultura-no-permite-superar-la-envidia/

 

En el libro “El Foro y el Bazar” se resalta la importancia de los valores y cultura predominantes para explicar la calidad institucional de los países y, luego, su mayor o menor progreso.

Unos meses atrás publiqué un post mostrando el espíritu emprendedor de la tribu de los Seminoles, en el sur de Florida, quienes son dueños del Hard Rock Café. http://bazar.ufm.edu/wp-admin/post.php?post=864&action=edit

Ahora la contraparte. Comenta Helmuth Schoeck en su interesante libro “Envy” (Liberty Fund, 1987), sobre la tribu de los Navajos:

“Los Navajos son la tribu más grande que todavía sobrevive en Estados Unidos. La existencia que llevan en su reservación es miserable. Los Navajos no tienen nada que se corresponda con nuestro concepto de ‘éxito personal’ o ‘logro personal’. Tampoco puede tener Buena o mala suerte. Cualquiera que prospere o, según sus conceptos, se enriquezca, lo habrá logrado solo a costa de algún otro. Por lo tanto, el Navajo que está mejor se siente bajo constante presión para ser pródigo en hospitalidad y generoso con los regalos. Sabe que si fracasa en esto ‘la voz de la envidia hablará en susurros de brujería’ que harán penosa su vida en sociedad…”

Comenta Schoeck:

“No es cierto, como muchos críticos sociales nos quieren hacer creer, que solo la gente más afortunada en este mundo, aquellos con propiedades heredadas o con oportunidades de riqueza, tienen un interés creado en una ideología que inhiba la envidia. Tal ideología es, en verdad, mucho más importante para la persona envidiosa, quien podrá comenzar a hacer algo sobre su vida solamente cuando haya construido alguna especie de teoría personal que desvíe su atención de la envidiable Buena fortuna de otros, y guíe sus energías hacia objetivos realistas a su alcance.”

El autor afirma que no es posible eliminar la envidia (ése sería el objetivo de las ideologías igualitaristas, que piensan que eliminando las diferencias la envidia desaparecería). La envidia se daría por otras cosas, íncluyendo envidia hacia quienes están en posición de redistribuir todo para que no haya envidia.

Una de sus principales tesis: “cuanto más puedan, los individuos privados y los custodies del poder politico, actuar como si no existiera tal cosa como la envidia, mayor será la tasa de crecimiento económico y el número de innovaciones en general”.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

 

Capitalismo, política, empleo y salarios.

Por Gabriel Boragina. Publicado el 13/9/14 en: http://www.accionhumana.com/2014/09/capitalismo-politica-empleo-y-salarios.html

 

Aunque parezca mentira la ignorancia que existe sobre el capitalismo sigue siendo tan grande que no deja de sorprendernos la cantidad de juicios disparatados que se emiten de continuo sobre el mismo. A pesar de habernos ocupado bastante de este tema, volveremos a analizar algunos de los dislates más comunes que aun hoy en día todavía se siguen profiriendo sobre esta cuestión.
Por ejemplo, se dice que el capitalismo es el resultado de “las manipulaciones del poder”. Pero ya hemos explicado que el capitalismo no tiene nada que ver con los “manipuladores del poder”. Capitalismo y manipuladores del poder son términos antitéticos. El capitalismo es anti-poder, si por la palabra “poder” entendemos el poder político, ya que este último siempre ha sido el gran enemigo del capitalismo. Por el contrario, el poder político siempre ha querido absorber el poder económico que el capitalismo genera. Y como ya hemos expuesto, el poder político se nutre del poder económico del capitalismo y termina sofocándolo, hasta el punto en que los políticos se dan cuenta que si extinguen al capitalismo ellos mismos se quedarán sin el cuerpo económico del cual parasitan y lucran.
Luego se indica que el capitalismo “se beneficia” de las leyes políticas. Pero, al contrario, las leyes políticas siempre han perjudicado al capital, y por ende, al capitalismo desde luego. El capitalismo no tiene nada que ver con las leyes políticas, porque normalmente las leyes dictadas por los gobiernos a lo que apuntan es a expropiar el capital privado de mil maneras posibles: impuestos, tasas, controles de precios, aranceles, cuotas, inflación, racionamientos, y un sin fin de medidas que tratan por todos los medios de estrangular al capital, con el fin último siempre de que el capital privado pase a manos de los gobiernos y sus burócratas, que son los que lucran a costa del capital particular. Claro que hay “empresarios amigos” del gobierno, que también medran de este modo, pero estos “empresarios” no son capitalistas, sino estatistas, y en la medida que participan del robo estatal y del botín que el gobierno roba a los verdaderos capitalistas, dejan de ser empresarios y se convierten en cómplices del estado-gobierno delincuente.
Raramente se encuentran leyes que “beneficien” al capital privado. Cada vez es más extraño verlo en más países. Normalmente, las leyes benefician a los políticos exclusivamente, succionando el capital de los capitalistas. De este modo, el capital pasa del bolsillo de la gente al de los políticos. Que los políticos al frente del gobierno roben el capital privado no convierte a dichos políticos en “capitalistas”, sino en lisos y llanos ladrones “de guante blanco” que tienen la ley de su lado. Es una aberración llamar a estos ladrones estatistas por el nombre de “capitalistas”.
También otra sandez que se repite a menudo es que sería “falso” que el capital sea insuficiente. Pero quien diga esto no sólo nada sabe de economía, sino que además ni siquiera está al corriente de la actual situación económica mundial. En este marco descripto antes, el capital siempre será insuficiente, porque al haber pasado al bolsillo de los políticos implica consumo de capital. Enriquecen los políticos porque (debido a que) empobrecen los capitalistas. Tenemos que recordar que el capital siempre es privado, y siempre rinde sus frutos en manos privadas. Cuando el capital es expropiado por los gobiernos, los políticos que lo han expoliado generalmente tienden a dilapidarlo, por cuanto nada les ha costado obtenerlo. De la misma manera que el ladrón se da la gran vida con el botín, los gobernantes operan de idéntica forma cuando roban el capital de los privados mediante leyes que -directa o indirectamente- significan expoliación de capital, que es lo que ocurre en nuestros días en la mayor parte del mundo.
Asimismo se señala que el capitalismo es fruto de la política. Mezclar “capitalismo” con “política” es un gravísimo error. Que por común que es (y lo es) no deja de ser grave. El capitalismo no “nace” de la política, ni es su “resultado”. Por el contrario, como ya hemos descrito, la política es la gran enemiga del capitalismo. El político trata de ser popular para obtener votos. Y va de suyo que los votos que le interesan son los de la mayoría. Los grandes capitalistas no forman parte de esa mayoría. ¿Por qué razón los políticos podrían tratar de “favorecer” a personas que no forman parte de la mayoría de los votantes? Ningún político ganaría elecciones solamente con los votos de los capitalistas. No tiene pues ningún motivo para hacerse “amigo” de capitalistas que no constituyen parte de la masa electoral. Masa electoral que si da el triunfo a los políticos. Por esto, el estúpido “argumento” que los políticos estarían en “connivencia” o “conciliábulos” con los capitalistas para beneficiarse, no es más que otra de las tantas boberías que dicen muchas personas que no tienen ni la menor idea ni de economía ni de política.
Se expresa que por “culpa” del capitalismo hay exceso de oferta por sobre la demanda. Y que esto es lo que causa desempleo o salarios “miserables”. Otro grave error, fruto de desconocer economía. Ya que si la oferta crece más que la demanda y no se ajusta por el precio de mercado, quiere decir que allí no hay ni “capitalismo” ni “mercado libre” ni nada de esto. En este caso, lo que hay es estatismo, por cuanto si oferta y demanda no ajustan es porque existen medidas del gobierno que lo impiden, tales como las leyes de “salarios mínimos”, que fijan salarios por encima del nivel de productividad laboral, generando desocupación.
Es por esto que el desempleo o paro (como le llaman en España) sólo existe en regímenes estatistas, no capitalistas. Es estatismo puro, de tipo intervencionista. No capitalismo.
Si no hay elevación de salarios no hay capitalismo. Hay estatismo. Intervencionismo. Porque si hubiera capitalismo, los salarios subirían vertiginosamente en todas partes. En este caso, al aumentar el capital, se generará inmediata competencia entre los empleadores para captar y atraer mano de obra desocupada o ya empleada. Esta competencia obligará a los empresarios a ofrecer mejores sueldos a la masa de trabajadores, con la consecuencia de disminución del desempleo y -simultáneamente- aumento de salarios. Pero en el sistema actual -estatista- esto no sucede, porque el gobierno restringe la competencia cada vez más. A la vez que ataca impiadosamente al capital. La derivación de esto último es: menores salarios reales, mayor tasa de desocupación, incremento de los niveles de pobreza. Esto es estatismo, no capitalismo.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

La pena de no caber en Granada

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 22/6/14 en: http://www.libremercado.com/2014-06-22/carlos-rodriguez-braun-la-pena-de-no-caber-en-granada-72664/

 

Leí en El Ideal de Granada que el presidente de la Asociación Provincial de Hospedaje, Gerardo Castilla, pidió a la Junta de Andalucía y al Ayuntamiento una “clara moratoria” en la construcción de plazas hoteleras ante la falta de rentabilidad a la que se enfrentan gran parte de los establecimientos ya existentes. “En Granada no cabe ni un hotel más, sobran hoteles”, sentenció.

 

La prueba irrefutable que presentó el señor Castilla fue la ocupación media de los hoteles granadinos: el 55 %. Es decir: “Casi sobran la mitad de los hoteles”; con lo cual “lo que tenemos que hacer es rentabilizar las que tenemos, no abrir más plazas hoteleras”.

 

Vemos aquí un diagnóstico disparatado y una receta inquietante. Un poco de reflexión basta para comprender que nadie puede decidir cuántos hoteles caben en Granada, porque esa es una decisión que toman los visitantes que acuden a esa bellísima ciudad. Pero lo que es un completo despropósito es afirmar que los que caben son ¡los que ya están!

 

En efecto, esa decisión también compete a los clientes. En caso contrario los empresarios existentes podrían hacer lo que les viniese en gana en términos de oferta, calidad y precio. Esa situación de falta de competencia promovería la explotación de los turistas. En cambio, la competencia es lo que permite garantizarles una oferta múltiple y accesible. Esa competencia tendría como resultado que los hoteles malos y caros desaparecerían o serían adquiridos por nuevos empresarios menos dispuestos a maltratar a los visitantes.

 

El diagnóstico, por tanto, es un dislate: no puede seriamente afirmarse que los hoteles de Granada tienen que ser los que ya están, ni uno más, ni uno menos.

 

Pero la receta de don Gerardo Castillo, además, es inquietante: reclama que el poder político y legislativo impida la apertura de más establecimientos hoteleros. Obviamente, tampoco las autoridades pueden saber cuántos hoteles caben en Granada. Ahora bien, lo que sí tienen los políticos, por desgracia, es la capacidad de impedir que se abran otros, y lo malo es que, presionados por los que ya están, vayan y, en contra del interés general, lo hagan.

 

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

El límite está en la economía

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 21/4/12 en http://www.economiaparatodos.com.ar/ver_nota.php?nota=3443
 
La expropiación de YPF es solo un paso más de un gobierno que avanza sin límites sobre los derechos de propiedad y el orden republicano. La indiferencia de la gente frente a estos avances hace pensar que el límite está en la economía.
Si bien el gobierno no deja macana por hacer en materia de política económica, hay que reconocer que esas macanas apuntan a sostener su poder político. Hoy vemos como, encandilada por televisores, autos y celulares, una mayoría relativa le otorgó un cheque en blanco a Cristina Fernández que, por ahora, lo sabe usar muy bien. No porque esté generando políticas sustentables de largo plazo, sino porque está acumulando un poder que anula el sistema republicano y tiende a una autocracia cada vez más marcada.
Cristina Fernández tiene el monopolio de la fuerza. Muy pocos confían en la justicia y el parlamento está controlado por sus seguidores que votan sin chistar cuanto proyecto de ley le envía el Ejecutivo. En definitiva, Cristina Fernández detenta hoy un poder casi absoluto. Ese poder absoluto determina que aquellos que no comparten la política del gobierno tengan miedo de hablar. No digo en público solamente, sino por teléfono. Por mi profesión de asesor económico son muchas las charlas telefónicas que tengo y la gente tiene pánico a ser escuchada por miedo a tener sus teléfonos intervenidos. Hasta en los mails se observa ese temor. La gente se siente observada y controlada. La impunidad con que se mueve el gobierno puede llegar a límites inconcebibles. ¿Será cierto que en la Secretaría de Comercio, a los empresarios que van a tramitar un permiso de importación, los atiende el Sr. 12, 34, o 17? ¿Será cierto que no dan a conocer sus nombres y se manejan con números?
Lo concreto es que Cristina Fernández interpreta que el 54% de los votos que obtuvo en octubre pasado la autoriza a utilizar esa mayoría circunstancial para imponer leyes que pueden ser sancionadas por el Congreso pero que no tienen legitimidad. Y cuando digo que no tienen legitimidad quiero decir que una ley, por más que sea votada por la totalidad de los miembros de la Cámara de diputados y senadores, no pueden violar el derecho a la libertad y a la propiedad. Nadie decide pertenecer a una sociedad para ser sometido como un esclavo por el monopolio de la fuerza del Estado.
Las personas están dispuestas a sacrificar parte de sus ingresos y mantener un Estado para que éste defienda sus derechos, no para que los viole. El problema se presenta cuando, ya estando dentro de la sociedad, una mayoría relativa le otorga poderes a una persona para que use el monopolio de la fuerza a su antojo, por más que los fundamente en leyes ilegítimas, y someta a la población con el monopolio de la fuerza que le fue delegado para otra cosa. Y en este punto insisto una y otra vez: las leyes votadas por una mayoría no son legítimas cuando violan los derechos de las personas.
La estatización de YPF, más allá de si cumplió con las inversiones comprometidas o no, es solo un paso más en ese contante avance del Estado sobre la propiedad privada y explica la fuga de capitales que tiende a acelerarse. Basta con ver como escaló el dólar contado con liquidez para advertir que la gente entró nuevamente en pánico ante esta arremetida estatizadora. Puesto en otros términos, la estatización de YPF es otro paso más en la aplicación de políticas que buscan sostener el poder político del gobierno aún violando el derecho de propiedad.
Recordemos que los intentos por avanzar sobre los derechos de propiedad incluyen a la fallida 125, la confiscación de los ahorros en las AFJP, la apropiación de reservas del BCRA y luego la reforma de la Carta Orgánica, la prohibición de ejercer toda industria lícita como es la de importar o vender los bienes que uno produce al precio de mercado y mil formas más de intervencionismo y estatismo.
Cristina Fernández sabe que solo puede sostenerse en el poder si mantiene económicamente conforme a unos 10 u 11 millones de electores. Si uno mira la última elección, sobre 28,7 millones de electores, Cristina Fernández obtuvo 11,6 millones de votos que representan el 40% del electorado. Es decir, entre los votos en blanco, los impugnados y los que no van a votar, Cristina Fernández necesita el apoyo de unos 10 millones de personas para alzarse con la victoria. El resto, por una oposición incompetente, por desidia de la gente o lo que sea, queda sometida a los caprichos del kirchnerismo.
Debo reconocer que buena parte de la oposición tampoco se diferencia tanto de las propuestas kirchneristas. Puesto en otros términos, ofrece una especie de kirchnerismo bueno. Basta con ver cómo van a votar por la estatización de YPF y sus discursos en los medios para advertir que tampoco es que ofrecen una propuesta tan diferente. El gran interrogante es si existe demanda para una propuesta totalmente diferente. Me pregunto si prendería en el electorado un discurso que hable de la cultura del trabajo, de lo denigrante que son los llamados planes sociales, de las ventajas de participar del comercio internacional e integrarse al mundo, de los beneficios de la competencia, de la seguridad jurídica para atraer inversiones y generar más puestos de trabajo, en fin ¿prenderá en el electorado un discurso sobre la libertad que debe imperar en un país para que pueda desarrollarse la capacidad de innovación de la gente y de esta forma progresar? Francamente no tengo una respuesta categórica al respecto. Por ahora me inclino a pensar que esos 10 millones de votantes están más cómodos recibiendo una asignación universal por hijo, un subsidio, el empresario PYME feliz de no tener que competir con productos del exterior y grandes empresarios haciendo suculentos negocios con el Estado…hasta que se convierten en enemigos.
Lo cierto es que la base de apoyo de Cristina Fernández, que le permite arremeter contra la propiedad privada y atemorizar a la gente con el aparato de compulsión del Estado, es mantener relativamente tranquilos a esos 10 millones de votos que le otorgan la mayoría dada lo impresentable de la oposición y sus divisiones y vedetismos.
Si se acepta la tesis de los 10 millones de votantes conformes, entonces, lo que cabe esperar es que, ante la creciente escases de recursos para mantener contento a esos 10 millones de electores, en el futuro veamos nuevas confiscaciones y avances sobre los derechos de propiedad. Los que producimos todos los días en base a nuestro esfuerzo sin privilegios ni subsidios, tendremos que redoblar nuestro trabajo para sostener a esos 10 millones de personas. Y creo que la tarea va a ser agotadora porque al esfuerzo diario se le agregará las trabas que impone el Estado con su intervencionismo y creciente apriete fiscal.
El único límite que le veo al poder absoluto que ostenta el kirchnerismo, es la economía. En la medida que no se generan los recursos necesarios para mantener contento a los 10 millones que viven a costa de los que producen, el escenario político y social puede complicarse seriamente para el gobierno. Ellos saben que solo pueden seguir con este atropello institucional solo si redoblan continuamente la apuesta expoliando a los que producen y confiscan flujos e ingresos en nombre de la solidaridad social y la soberanía nacional.
El gran interrogante es el siguiente: ¿cómo reaccionaría el kirchnerismo ante un escenario de descontento social si cada vez hay menos recursos para repartir? ¿Utilizará la fuerza pública para disciplinar a los descontentos acentuando al autoritarismo o buscará alguna salida decorosa denunciando conspiraciones que no los deja gobernar?
Francamente no tengo la respuesta al interrogante del párrafo anterior, pero lo que sí me queda claro es que, por ahora, el único límite que le veo a esta destrucción de la república es la economía. Si la economía no les financia la fiesta de consumo, se acaba el apoyo de los 10 millones para los que gobierna el kirchnerismo.
Seamos sinceros, si bien es necesario insistir en el valor de las instituciones y los beneficios de un gobierno limitado, a la inmensa mayoría de la población poco le interesa ese tema. El bolsillo manda a la hora de votar. Por lo tanto, reconozcamos que el kirchnerismo leyó muy bien el comportamiento de la mayoría de los argentinos y actuó en consecuencia para construir su poder en detrimento de la democracia republicana.     
En definitiva, como el límite está en la economía, me parece que antes de perder el apoyo de los 10 millones de votantes veremos nuevos avances sobre los derechos de propiedad y las libertades individuales. Salvo que obre un milagro, se vienen tiempos difíciles.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA)y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.