Intervención cambiaria: un posible alivio para llegar a las elecciones, pero luego habrá que trabajar en serio

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 30/4/2019 en: https://www.infobae.com/opinion/2019/04/30/intervencion-cambiaria-un-posible-alivio-para-llegar-a-las-elecciones-pero-luego-habra-que-trabajar-en-serio/?fbclid=IwAR3ROY9r9L29gBGzyz_sApAyzFz6Jt2aBFKxN78MKQKX62iQXdGSojrkDtE

 

Desde octubre el BCRA viene cumpliendo con la promesa de no aumentar la base monetaria, sin embargo, la inflación no cede. La venta de dólares sin límite puede ayudar a bajar el ritmo de suba de los precios, pero no es la solución de fondo

Bajar la inflación es mucho más complejo que acordar “precios cuidados con productos esenciales”

Bajar la inflación es mucho más complejo que acordar “precios cuidados con productos esenciales”

Hay que distinguir entre IPC e inflación. Por una cuestión de simplificación, los economistas solemos usar el Índice de Precios al Consumidor del Indec como reflejo de la inflación, sin embargo, no es tan así. Técnicamente la inflación se produce cuando se expande moneda más allá de lo que demanda el mercado. Pero para no hacer las cosas más complicadas, aceptemos el IPC como una explicación del fenómeno. La realidad es que bajar el ritmo de suba generalizada de los precios lleva más tiempo del que livianamente dijo Mauricio Macri cuando estaba en campaña para la presidencia. Veamos un caso concreto.

A comienzos de 1991, el presidente Carlos Menem todavía no había logrado encontrar el camino para estabilizar una economía que venía con una inflación anual del 753% en enero de ese año. Ni el plan Bunge & Born, ni Erman González terminaban de encontrarle la vuelta a la economía y en particular a la inflación.

Domingo Cavallo asume como ministro de Economía a principios de 1991 y luego de un intento fallido de establecer una convertibilidad móvil, con una banda superior y otra inferior en el tipo de cambio, en marzo de 1991 enfrentó una fuerte corrida cambiaria que lo llevó a anunciar la convertibilidad, regla monetaria que tuvo fuerza de ley a partir de abril de 1991.

Es importante resaltar que la convertibilidad fue solo una regla monetaria por la cual cada peso que circulaba tenía un dólar de respaldo en el BCRA. Insisto en resaltar que fue una regla monetaria porque sus detractores la identifican como una política económica completa.

El gráfico previo muestra la evolución de la tasa de inflación anual de cada mes, antes de la convertibilidad y luego de la convertibilidad. Y si bien comenzó a bajar rápidamente, recién en agosto de 1993, 2 años y cuatro meses luego de haberla aplicado la tasa anual se ubicó en un dígito anual. Inclusive fue un dígito anual alto, 9%, para una regla monetaria que tenía un tipo de cambio fijo. Además, había un plan económico sólido detrás.

Ahora es comprensible que con la nueva regla monetaria del Gobierno de no aumentar la base monetaria, pero sin un plan económico detrás, continúe la huida del peso. Digo esto porque la gente no comprende qué es la base monetaria, por lo tanto no es tan convincente como la convertibilidad a la hora de generar expectativas positivas en el común de la gente acerca del peso.

Si a la gente le dicen que hay un dólar respaldando cada peso que hay en circulación, la gente no huye del dinero. Si se le dice que no va a aumentar la base monetaria, el tema se complica porque, salvo los economistas, el común de la gente no tiene porqué saber qué es la oferta de dinero

Cómo se determina el poder adquisitivo de la moneda
Relación entre la cantidad de dinero transaccional y la disponibilidad de bienes y servicios en la economía
Chart

Fuente: Elaboración propia

Determinación del nivel general de precios

Para comprender qué es la huida del dinero veamos el cuadro 1. Tomemos el caso 1. Supongamos que el Banco Central emite $10.000 que es todo el dinero que hay en circulación. Supongamos que la gente demanda moneda por las dudas (tiene pesos para gastar la semana que viene o en un tarrito de galletitas por las dudas) por $2.000. El stock de dinero que realmente circula es de $8.000. Si la oferta de bienes es de 800 unidades, el precio promedio máximo que se puede pagar es de 10. No hay posibilidad física de que el promedio aumente.

Ahora bien, si vamos al caso 2 suponemos que, por cualquier razón, las expectativas de la gente son que los precios seguirán subiendo o el contexto político deteriorará más el poder adquisitivo de la moneda, por lo tanto, suponemos que la demanda de moneda baja de $2.000 a $1.000. En ese caso la cantidad de moneda que circula pasa a ser 9.000, es decir, aumenta el total de pesos que se usan para transacciones sin que el Banco Central haya emitido un solo peso. Si la oferta de bienes es de 800, el precio promedio aumenta a 11,3 por ciento.

Finalmente, supongamos que junto con la caída en la demanda de moneda disminuye la oferta de bienes y el Banco Central sigue sin emitir un peso, como es el caso 3 del cuadro en que la oferta de bienes disminuye a 700. Sin que el Banco Central emita, el precio promedio de los bienes en la economía pasó de 10 a 12,9 en nuestro ejemplo porque se juntaron menor oferta de bienes y menor demanda de moneda. Bien, esto es lo que está ocurriendo en la economía argentina y explica en gran medida las dificultades que tiene el gobierno para bajar la tasa de inflación.

Con una regla monetaria que la gente no comprende y sin un plan económico detrás que genere confianza y atraiga inversiones, es muy difícil que la gente no huya del dinero. Encima con nuestra historia de destrucción monetaria generar confianza en el peso es más difícil.

Tal vez ahora, con el renovado apoyo del FMI al Gobierno para controlar el tipo de cambio, disminuya la huida del dinero. Si bien es cierto que el nivel de la tasa de interés por arriba del 73% anual sigue siendo inconsistente con el sector real de la economía y ya genera más desconfianza que confianza, en el corto plazo, y sin decir que está bien, el Gobierno podría llegar a controlar el tembladeral que es el mercado de cambios.

Capacidad de regulación del mercado de cambios

En efecto, el total de depósitos en pesos del sector privado a plazo fijo es de $1,2 billones. Si se divide por $51, que es el techo cambiario, serían el equivalente a USD 22.650 millones. El Tesoro puede vender unos USD 9.600 millones de aquí a fin de año. El campo puede llegar a liquidar USD 10.000 millones para cancelar deudas comerciales por la seca del año pasado y recomponer su capital de trabajo para la nueva siembra. Siendo que no hay crédito bancario, no parece disparatado que los productores liquiden esa cifra en los próximos meses.

Si se agregan USD 5.000 millones que venda el BCRA, aún en el supuesto extremo que no quedara un solo centavo en plazo fijo en los bancos, el mercado de cambios quedaría relativamente equilibrado. Claro que eso implica el supuesto de que no hay más emisión y la demanda de moneda no llega a cero.

Si uno imagina la situación del mercado de cambios como una guerra y de cada lado cada uno tiene 100 balas, cuando se acaban las balas, si no hay más abastecimiento (emisión monetaria) la única manera en que sigan los tiros es que siga cayendo la demanda de moneda. Si el Gobierno logra tranquilizar el mercado de cambios y congela las tarifas de los servicios públicos, tiene chances calmar el IPC y la caída en la demanda de moneda.

Aclaro que no digo que esta sea la salida de Argentina ni por asomo, es solo una estimación de corto plazo de cómo puede llegar Cambiemos a las PASO y luego a octubre, porque luego de las elecciones el ajuste del sector público se tendrá que hacer por las buenas o por las malas, o terminamos en una decadencia al estilo Venezuela con Cristina Fernández o con Mauricio Macri aunque renueve su mandato. Seguir con este cuento del gradualismo para bajar el gasto público y hacer las reformas estructurales no da para más, sean los k o los amarillos.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

El valor del peso, ¿crónica de una muerte anunciada?

Por Aldo Abram: Publicado el 12/8/18 en: https://www.lanacion.com.ar/2161332-el-valor-del-peso-cronica-de-una-muerte-anunciada

 

Muchos economistas y políticos argentinos no aprenden ni con las crisis. Nuevamente, están reclamando que el Banco Central (BCRA) baje la tasa de interés y deje que el dólar suba. Como el valor de este último lo fija la Reserva Federal de los Estados Unidos, lo que están pidiendo es que el BCRA emita mucho para que de esa forma aumente el crédito local y baje la tasa de interés. Como a esos pesos no los querrá nadie, perderán valor y, por ello, veremos que el tipo de cambio subirá. Porque es en el mencionado mercado donde se refleja inmediatamente la variación de cualquier moneda.

El gran problema es que, luego, con esos pesos que perdieron poder adquisitivo querremos comprar algo en el supermercado o pagarle al gasista, y en ambos casos nos pedirán más billetes, porque cada uno valdrá menos y lo que queremos adquirir mantiene su valor. La inflación es la pérdida de poder de compra de la moneda en que cobramos nuestros sueldos y ahorramos. Por eso, nos hace a todos más pobres y, en particular, afecta más a los más pobres que son los que menos pueden defenderse.

Tenemos que asumir que la Argentina tiene una moneda en la que nadie confía y eso no es casualidad. Desde 1970 a la fecha se le sacaron 13 ceros a la moneda. O sea, un peso de entonces equivale a $10.000.000 de millones de hoy. De hecho, el cepo cambiario es una muestra de esa desconfianza, ya que implicó tratar de obligar a los argentinos a demandar pesos.

Este gobierno tuvo una gran oportunidad de recuperar la credibilidad del Banco Central y de nuestra moneda. Cuando salió del cepo, la gente hizo una gran apuesta a favor, por lo que el tipo de cambio, lejos de subir por arriba del dólar “informal”, como la mayoría esperaba, tendió a bajar. Lamentablemente, desde inicios de 2016 el BCRA volvió a las andadas y priorizó licuar los problemas que genera el exceso de Estado y no la defensa de la moneda y la recuperación de la solvencia de una entidad a la que había recibido casi quebrada. Así es como se dedicó a emitir pesos y destruir su poder adquisitivo para financiar al gobierno y, además, para bajar la tasa de interés y aumentar el crédito. Es que el Estado (municipal, provincial y Nacional) absorbía gran parte del financiamiento local para cubrir su enorme exceso de gasto y lo que quedaba para prestar al sector privado era escaso y caro.

No es extraño que, con semejante bastardeo del peso, en cuatro ocasiones la gente decidiera dejar de demandarlo (corrida cambiaria) generando una fuerte baja de su valor.

La primera, en los primeros meses de 2016, que obligó al BCRA a corregir coyunturalmente el rumbo. Después, a partir de mayo de 2017 hubo una creciente corrida contra el peso y recién se frenó cuando el BCRA, asustado por el efecto del alza cambiaria sobre los votantes, decidió defender el valor del peso vendiendo dólares.

En el siguiente episodio, en diciembre de 2017, la violencia política y las dificultades que enfrentó el Gobierno para sancionar algunas reformas llevaron a una nueva caída de la demanda de pesos, a lo que el BCRA respondió dándole a la maquinita para bajar la tasa de interés generando una nueva caída del valor de nuestra moneda. ¿A alguien le puede extrañar que cuando se produjeron las primeras leves turbulencias internacionales nadie creyera en la capacidad y/o voluntad del Banco Central de defender el valor del peso? Era natural que se dejara de demandarlo, lo que terminó en una crisis cambiaria.

La actual gestión del Central parece haber entendido que la prioridad debe ser estabilizar el valor de la moneda para frenar la escalada de los precios. Además, al no poder emitir lo que la gente no demanda, la tasa de interés alta termina reflejando la realidad de un mercado de crédito que se contrajo por la fuga de capitales y al que siguen exprimiendo los distintos niveles de Estado para cubrir sus enormes excesos de gasto.

Para resolver el problema hay que recuperar la credibilidad. De esa palabra viene “crédito”. Imposible que haya más confianza sin estabilidad monetaria. Lo otro que hay que hacer para ampliar el financiamiento interno es dar muestras contundentes de resolver la madre de todos los problemas, “el exceso de Estado”.

El Gobierno y la oposición deben entender que ya nadie “apostará por ver”, ya lo hicieron y perdieron. No basta con promesas. Todos deberían reclamar señales claras de austeridad a nuestros políticos. El gobierno nacional tiene cubiertas sus necesidades de recursos con el Fondo Monetario Internacional (FMI) por este año, pero no todas las de 2019. En tanto, la mayoría de las provincias y municipios que tienen excesos de gastos no podrán pagarlos si no vuelve el crédito. También el sector privado productivo lo necesita para recuperar la demanda interna y la producción.

El Banco Central no debe escuchar a los milagreros que pretenden “multiplicar los panes y los pesos” dándole a la maquinita y empobreciendo a todos los argentinos. Una próxima corrida contra el peso será muy difícil de frenar, pudiendo llevar a su repudio como moneda, como en 1989, y a su desaparición.

 

Aldo Abram es Lic. en Economía y fue director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .

Carta abierta a los enemigos del ajuste

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 28/8/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2057135-carta-abierta-a-los-enemigos-del-ajuste

 

Es momento de escuchar otras voces que no sean las de incrementar el gasto público, los impuestos y el endeudamiento.

los que, dentro o fuera del Gobierno, se alarman por los llamados “ajustes” debo decirles que tienen razón en preocuparse, así como cuando se proponen medidas de shock. Ya bastantes ajustes y shocks sufre la población en nuestro medio desde que amanece hasta que se acuesta como para absorber otros reveses.

A partir del golpe fascista del 30 y mucho más desde el peronismo y sus imitadores venimos chocando contra una pared. Es momento de escuchar otras voces que no sean las de incrementar el gasto público, los impuestos, el endeudamiento y mantener la inflación a niveles inaceptables.

El asunto es precisar que si en verdad se quiere aliviar la situación de la gente, es imprescindible engrosar sus bolsillos, para lo cual deben transferirse recursos desde el leviatán, que ha venido saqueando el fruto del trabajo ajeno al acumular funciones incompatibles con un sistema republicano. No se trata entonces de ajustes y shocks adicionales, sino de restituir e incrementar el poder adquisitivo de los gobernados.

No se trata tampoco de disimular el gasto elefantiásico con el incremento del producto bruto para modificar la ratio respectiva; se trata de eliminar facultades que se han arrogado con inaudita insolencia los aparatos estatales, pero que son propias del ciudadano.

Entre otros, el decimonónico Frédéric Bastiat en su obra titulada La ley, explica con claridad que no se puede recurrir a subterfugios para disfrazar las recaudaciones gubernamentales que exceden las funciones específicas de una sociedad abierta, las cuales, subraya, se traducen en mero “robo legal”.

Ilustremos esto con un ejemplo extremo: supongamos que un ladrón arranca la billetera de un transeúnte; seguramente si es apresado se hará que el delincuente devuelva el botín a la víctima, pero no gradualmente, sino lo antes posible. De lo que se trata no es de implantar la justicia con cuentagotas, sino de restituir la propiedad.

Del mismo modo ocurre con un gobierno completamente desordenado en sus cuentas, con gastos siderales, déficit monstruoso, tributos insoportables, deudas crecientes y una inflación que se mantiene a niveles muy superiores a la de cualquier nación civilizada. Del mismo modo, si se gasta más de lo que ingresa, no puede evitarse la bancarrota de una empresa o los efectos nocivos del desorden en el seno de una familia.

Una vez pasadas las elecciones, el orden y el recorte de gastos se tornan más urgentes. Esto es para bien de las personas involucradas. Si esto no fuera así, habría que hacer la apología del desorden, pero de esa manera la historia termina siempre mal, tal como viene sucediendo sistemáticamente en nuestro medio desde hace décadas.

No se trata de causar dolor, sino alivio y mejora en la condición social de la gente. Lo relevante es que el balance neto entre costos y beneficios abra de par en par las puertas del progreso para todos, muy especialmente la de los más necesitados. No hay magias posibles, no puede engullirse la torta y tenerla al mismo tiempo.

El desorden conlleva costos altísimos que los pagan principalmente los más débiles económicamente, ya que los ahorros y las inversiones se contraen no sólo debido a las pesadas cargas impositivas, sino que disminuyen debido a climas como los descriptos.

Por supuesto que todo en la vida tiene un costo. No hay acción sin costo. El lector incurre en costos al leer esta nota, puesto que para hacerlo debe dejar de prestar atención a otros asuntos de su preferencia según la secuencia de prioridades de cada cual. En economía esto se denomina costo de oportunidad. En el caso que nos ocupa, en un primer momento absorberán costos quienes deben reasignarse a otros destinos al efecto de ser reabsorbidos en tareas distintas que no podían encararse, precisamente debido a que se encontraban esterilizadas en las órbitas de los aparatos estatales.

En este sentido, la liberación de factores humanos y materiales permite encarar otras tareas, hasta el momento imposibles de concebir, lo cual presenta nuevos negocios y las consecuentes capacitaciones. El proceso debe llevarse a cabo con el mayor cuidado, pero resulta imperioso comenzar con la tarea cuanto antes.

Debe hacerse foco en el sufrimiento, especialmente el de la gente de menores ingresos sobre la que recae el peso de verse obligada a mantener funcionarios cuyas faenas consisten en asignar recursos en direcciones distintas de las que hubiera decidido la gente en libertad (si el Gobierno decidiera lo mismo que prefiere la gente sería superfluo el uso de la fuerza que en todos los casos demanda la intervención estatal). La vida es corta, esta situación injusta que se viene prolongando clama a los cielos.

La herencia recibida es catastrófica, pero no podemos consumir nuestras existencias maldiciendo ese estado de cosas, sino tomar el toro por las astas y revertir el problema. Hasta el momento, el actual gobierno no sólo no ha reducido el gasto público y el déficit fiscal, sino que lo ha aumentado. La buena voluntad y la decencia no son suficientes para una buena gestión.

Liberar recursos se torna indispensable, insistir en que los actuales niveles del gasto público deben hacerse eficientes constituye un error.

En este contexto, es crucial comprender que los salarios e ingresos en términos reales dependen de las tasas de capitalización. Esta es la diferencia entre países prósperos y países pobres. No son los recursos naturales (África es el continente que los dispone con mayor abundancia y Japón es un cascote del que sólo el 20% es aprovechable). Es un tema de marcos institucionales confiables.

De todos modos, cualquiera que sea la situación, quienes estiman necesario ayudar en mayor medida al prójimo lo pueden hacer, por ejemplo, a través de una ONG especial de amplio acceso público donde cada uno ingresa su donación. Con esto, los políticos y sus socios dejarían de recurrir a la tercera persona del plural en sus discursos y, en su lugar, lo harían en la primera del singular asumiendo responsabilidades. En este supuesto no se usaría a los pobres para campañas electorales y se finiquitaría con la hipocresía de sostener que los gobiernos (es decir los vecinos) deberían ayudar a otros de modo coactivo.

Es muy loable que nuestros gobernantes hayan decidido abrirse al mundo, pero no es para mostrar las mismas mañas populistas de una burocracia sobredimensionada, sino para exhibir señales claras de una sociedad libre.

Se hace necesario retomar la tradición alberdiana y recordar que nuestro país estaba a la vanguardia del mundo libre cuando se adoptó. Los salarios e ingresos en términos reales del peón rural y del obrero de la incipiente industria eran superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España. Los inmigrantes venían a estas tierras para “hacerse la América”. Competíamos con Estados Unidos en los principales rubros. En el Centenario, miembros de la Academia Francesa compararon las sesiones del Parlamento argentino con las que tenían lugar en aquella corporación debido a la versación de sus integrantes. Ahora hay quienes han perdido la independencia de criterio y no son pocos los que pretenden convertir nuestro Parlamento en un aguantadero.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es Asesor del Institute of Economic Affairs de Londres.

El tema no es solo ganancias, es el gasto público

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 11/12/16 en: http://economiaparatodos.net/el-tema-no-es-solo-ganancias-es-el-gasto-publico/

 

Lo que están buscando tanto el oficialismo como la oposición es simplemente buscar el máximo de la curva de Laffer

Francamente me parece patético el debate sobre ganancias. El oficialismo ofrece disminuir un poco la expoliación de los que pagan impuestos y la oposición propone expoliar menos que el oficialismo pero busca otras fuentes alternativas de aplicar impuestos. Todo se concentra en ver hasta dónde se puede exprimir al contribuyente, pero no se emitió una sola palabra sobre el gasto público, porque en definitiva, cada peso que se gaste tendrá que salir de impuestos, deuda pública (impuestos futuros) o consumo de stock de capital como ya ocurrió con el kirchnerismo que nos dejó con el sistema energético destrozado, nos consumimos 12 millones de cabeza de ganados, las rutas destruidas y sigue el listado.

El problema de la carga impositiva no se resuelve retocando las escalas de un impresentable impuesto a las ganancias. Además es demagógico de punta a punta en cualquiera de las propuestas porque no se permite el ajuste por inflación de los balances de las empresas, que son las que van a dar el trabajo del que tanto pide Macri en sus discursos, y a los autónomos nos siguen pisando la cabeza sin piedad, por no hablar de lo que hacen con  los monotributistas.

Por empezar, la carga impositiva siempre va a ser mayor en la medida que el gasto público crezca. Podrá suplantarse por un tiempo con el impuesto inflacionario, pero la pérdida de poder adquisitivo de la gente continuará.

Lo que están buscando tanto el oficialismo como la oposición es simplemente buscar el máximo de la curva de Laffer.

Cuadro 1

lafer

En el eje horizontal se muestran las tasas del impuesto y en el eje vertical cuánto se recauda a cada nivel de tasa de impuesto. En la medida que se va aumentando la tasa del impuesto, crece la recaudación. Pero llega un punto máximo, el C, a partir del cual el estado recauda menos porque las empresas dejan de producir dado que la carga impositiva es insostenible, la gente pasa al mercado informal o las empresas se van del país.

Viendo cómo evoluciona la recaudación impositiva, como el sector privado despide gente porque sufre el ajuste y se achica y la cantidad de gente que trabaja en negro, parece bastante claro que el gobierno actual y el anterior se fueron del otro lado de la curva de Laffer, digo pasaron del punto C hacia la derecha y por eso están intentando volver al punto C. El problema es a quién cobrarle más impuestos teniendo el menor costo político. Los políticos que siempre esgrimen argumento para no bajar el gasto público, buscan expoliar a un sector de la población que tenga un peso electoral menor para beneficiar a un sector de la población con un peso electoral mayor.

Estoy convencido que tratar de ponerle parches a este sistema impositivo es inconducente. Basta con recordar que para pagar impuestos hay que pagar el impuesto al cheque, un verdadero disparate, para advertir que el sistema impositivo argentino enloqueció.

Mientras la oposición y el oficialismo no se sienten a debatir la baja del gasto público, vamos a ver este debate ridículo en el que todos pretenden mostrarse como progresistas diciendo que hay que cobrarle más impuestos a los que más ganan. Es decir, se sigue castigando el éxito y por esa razón Argentina es un fracaso. La única idea que se les cae a los políticos es igualar hacia abajo. Al que más ganan hay que perseguirlo, por lo tanto, la inversión no llega y la pobreza sigue aumentando.

Se equivocan los políticos cuando pretenden usar el sistema impositivo para redistribuir el ingreso. Los impuestos deben ser lo menos distorsivos posibles y limitarse a generar ingresos para financiar el sector público. Si los políticos quieren redistribuir que lo hagan vía el gasto público, especificando a quién, por qué y el monto de lo que el resto de la sociedad le va a transferir.

En la medida que no se presente un plan económico global para liberar al sector privado del aplastante sector público, continuarán las discusiones superficiales que estamos viendo en las que el oficialismo acusa a la oposición de no ser responsable con su proyecto impositivo y la oposición acusa al oficialismo de no querer cumplir con sus promesas de campaña.

En la medida en que nadie se ocupe de proponer una baja del gasto público, todo va a limitarse a un debate muy parecido a una competencia populista para ver a quién se puede seguir expoliando impositivamente con el menor costo político.

En otras palabras, veo un debate en el que ambos bandos tratan de maximizar su conveniencia política, pero ninguno de los dos ofrece una solución en serio por la madre de todas las batallas: bajar el gasto público.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

Las fórmulas K para no lograr reducir la inflación en Argentina

Por Iván Carrino. Publicado el 14/3/16 en: http://es.panampost.com/ivan-carrino/2016/03/14/las-formulas-k-para-no-lograr-reducirla-inflacion-en-argentina/

 

La pérdida del valor de la moneda sigue siendo un tema de debate en Argentina, pero muchos especialistas equivocan tanto el diagnóstico como las propuestas

En un mundo en que la inflación alta dejó de ser un problema, en Argentina se trata de la principal preocupación de la población. A nivel continental, solo nuestro país y Venezuela muestran tasas de inflación superiores al 20%, con la particularidad de que ese ritmo de aumentos viene sosteniéndose hace ya diez años.

Por este motivo, y en paralelo con el cumplimiento de los tres primeros meses del nuevo Gobierno, el periódico económico de Buenos Aires, El Cronista Comercial, le pidió a expertos analistas su opinión y consejo acerca de cómo bajar la inflación.

Si bien entre estos diez análisis podemos encontrar acertadas ópticas relacionadas con el desequilibrio presupuestario y la descontrolada emisión monetaria que deteriora el poder de compra del dinero, lo cierto es que también aparecieron entre los “consejos” algunos diagnósticos incorrectos seguidos de propuestas sencillamente disparatadas. En este sentido, se tratan de consejos acerca de cómo no bajar la inflación.

Analicemos algunos de ellos.

El economista Agustín D’Atellis, miembro de la agrupación la “graN maKro” (N y K en mayúsculas en honor a Néstor Kirchner), sugirió que:

… la libertad de mercado en la formación de precios conduce a una dinámica inflacionaria creciente, en detrimento del poder adquisitivo de los salarios.

La afirmación es, a todas luces, falsa. En el cuadro de abajo se observa a los países más libres del mundo en términos económicos. Es decir, aquéllos donde la libertad de mercado “forma precios”, como diría Agustín D’Atellis.

Lo que se extrae del análisis es lo contrario a lo que dice el analista. Allí donde existe libertad de mercado, la inflación no es alta, sino considerablemente reducida, con un promedio de 1,8% anual. Es decir, nada menos que 94% inferior a la que tuvo Argentina en el mismo año.

Libertad Económica

La inflación, consecuentemente, no es un problema del mercado libre.

Otro que dio su opinión fue Roberto Feletti, contador público, diputado y exsecretario de Política Económica del Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. En línea con lo anterior, Feletti aseguró:

La política antiinflacionaria efectiva es aquella que combina regulación de mercados, esencialmente en aquéllos bienes de oferta monopólica y demanda rígida, con acuerdos de precios y salarios.

El problema de este análisis es que confunde los precios altos que pueda poner una empresa, con la inflación. Es decir, si un monopolio establece que el precio para su producto será de US$100, pero ese precio se mantiene por 10 años, ¿quién podría hablar de inflación? Dado que se trata de un monopolio, probablemente coincidamos que el precio será alto, pero precios altos no es lo mismo que inflación, por lo que controlar los precios de los monopolios no constituye de ninguna manera una “política antiinflacionaria”.

También dio su opinión Mercedes Marcó del Pont, expresidenta del Banco Central de Argentina entre 2010 y 2013. Para la economista con posgrado en la Universidad de Yale, “la decisión del BCRA de reducir al mínimo sus intervenciones [en el mercado de cambios] con el objeto de promover la libre flotación no parece consistente con su objetivo de controlar la inflación”.

Según esta visión, un tipo de cambio libre y definido por el mercado con un Banco Central con metas de inflación es una pésima idea. Sin embargo, es lo que hace una buena cantidad de países en la región como Perú, Colombia, Chile e incluso Brasil.

En todos estos países la autoridad monetaria deja flotar el tipo de cambio y se preocupa por mantener a la inflación en un nivel predeterminado. En este contexto, y para sorpresa de Marcó del Pont, pueden sostener un tipo de cambio libre con una inflación muy baja en comparación con la de Argentina o la de Venezuela, quienes optaron por el control de cambios como estrategia antiinflacionaria.

En nuestro país abundan los errores de diagnóstico en cuanto al fenómeno inflacionario. Que la culpa es de los comerciantes, que es del mercado libre, o que el responsable es el dólar. Elementos como el gasto público desbordado o una alocada emisión monetaria nunca forman parte del análisis de estos especialistas.

No extraña entonces que, a la hora de ofrecer respuestas, solo aconsejen hacer todo lo que ya ha fracasado en múltiples ocasiones en el pasado.

Así que tengamos una cosa clara: si seguimos sus recetas, repetiremos los errores del pasado y, para colmo, no bajará la inflación. Lo mejor que puede hacer el nuevo Gobierno es hacer oídos sordos a este tipo de recomendaciones.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

La falacia de la “inmigración ilegal”

Por José Benegas. Pubicado el 10/3/16 en: http://josebenegas.com/2016/03/10/la-falacia-de-la-inmigracion-ilegal/

 

Si establecemos una religión legal y determinamos que las demás son ilegales, eso sería terminar con la libertad religiosa, creo que cualquiera podría darse cuenta de eso. Sin embargo he visto mucha gente decir que está a favor de la inmigración, pero no de la ilegal. No hay aspecto en el que tal sentencia no esté equivocada: en la conceptualización del a inmigración, en su valoración económica y, sobre todo, en el sentido de “ley”. Sin embargo, cuando me preguntan qué es lo que está mal en el giro anti inmigratorio que ha tomado la campaña dentro del partido republicano, mi respuesta es que lo peor es la visión lúgubre del futuro que hay detrás del miedo a los extranjeros, a la invasión mexicana, a la posibilidad de que los locales no puedan competir con los con ellos y queden en la ruina ¿Qué idea de país derrotado y perdido tiene que haber detrás de ese pánico?

Escucho todo tipo de justificaciones para lo que dice Trump y para lo que dicen los demás candidatos, todas sostenidas con un alto grado de irritación y ninguna disposición a escuchar. La gente se pone furiosa porque padece de una profunda xenofobia, no reconocida, en su más estricto sentido literal, como miedo y depósito de ese miedo en el extraño. Miedo al extranjero tienen los países perdidos, no los que lideran al mundo. La razón por la ese discurso derrotista y aplastante puede llegar a servir para vencer al partido demócrata, es que estos son todavía más miedosos, le tiene miedo también a las empresas, a los capitales, a los ricos y al motor de la vida y la existencia que es la ambición. Estos creen que solo se puede morder al otro para sobrevivir, por lo tanto los que están mejor es porque han mordido más. Pero los republicanos, estos republicanos del 2016, están difundiendo que nada más hay que morder a los mexicanos, porque si ellos están mejor será a costa de que los locales estén peor. Con parar esa avalancha los Estados Unidos serán “grandes otra vez”.

En el caso de Trump su miedo se extiende a los chinos y a todo tipo de amenazas, con el mismo tipo de prevenciones que todos los miedosos latinoamericanos, que de tanto proteger a sus países los han condenado a ser cola del mundo. Es curioso, porque quienes muestran ese pánico suicida a que Estados Unidos sea como Latinoamérica, llevan en si mismos el espíritu mezquino y cobarde del fracaso más típicamente latinoamericano.

Imaginemos un empresario cuyo propósito sea ahorrar gastos, en lugar de maximizar beneficios, no competir y por lo tanto instalarse en la selva amazónica a vender hamburguesas porque su obsesión es que no haya otros haciendo hamburguesas. O un obrero que decidiera irse a vivir a la Antártida donde no van los mexicanos ni gente de ninguna parte, con la esperanza de una vida mejor. O imaginemos a los mexicanos con miedo a trasladarse a los Estados Unidos donde hay gente mucho mejor capacitada. Tal vez a un estudiante que buscara ingresar a la universidad con menores calificaciones para salvarse de ser comparado con unos mejores ¿Qué piensa de si mismo ese estudiante, ese inmigrante o aquél fabricante de hamburguesas? Bien, así es como se ve la economía con los ojos de alguien que dice que hay que impedir que se le de a un “extranjero” el puesto que “pertenece” a un norteamericano. Así es la Latinoamérica que estos políticos están evitando que los invada. No hace falta la invasión, la llevan ellos en la mente ¿Esa es la “América Grande otra vez”? Pareciera verse más chica que sus vecinos.

Primera aclaración. A los efectos económicos de todos los que no son parte de la relación en sí, la contratación de un extranjero o de un nacional o de un extranjero nacionalizado, de un residente o un portador de una visa A, B, C o X, da exactamente igual. Genera un beneficio para ambas partes y oportunidades para todos los demás. Ingreso de gente implica que habrá más consumidores.

Con el mismo tipo de falso razonamiento económico con que se piensa en detener el ingreso de inmigrantes que demanda el mercado para sostener los salarios, habría que impedir el ingreso de turistas para prevenir que hagan subir los precios de los bienes que consumen los locales. Parece que a ningún político experto en meter miedo se le ha ocurrido sacar provecho de algo así.

Una persona que se integra a una economía es un demandante y un oferente, en ambas operaciones beneficia a otras personas. La incorporación de inmigración no “parasita” una “dotación de empleos”, crea nuevos, agranda la economía, hace posibles negocios que no son posibles sin esa incorporación. Por poner un ejemplo burdo, la industria de la comida italiana no aparece hasta que no llegan los italianos.

No se puede ejercer proteccionismo sin dañar alas personas y empresas que hubieran contratado extranjeros y a las personas y empresas que hubieran sido proveedores de esas personas nuevas. Solo se consigue ecorcetar a la economía e impedirle crecer.

Los salarios que interesan son los salarios reales, es decir lo que se puede comprar con los ingresos obtenidos. lo que se denomina “poder adquisitivo”. El nivel de vida de todos los norteamericanos está alterado por la falta de servicios que cubrirían los inmigrantes, eso es tiempo de menos para trabajar en las áreas para las que se preparan o para recreación. Cuando no se permite a las personas que buscan mejores ingresos entrar en una economía más próspera, las empresas simplemente salen del país para buscarlos. Eso es una pérdida neta de salarios y de otras oportunidades. Si a eso se responde con proteccionismo comercial, como quiere Trump, el problema se agrava disminuyendo los salarios reales de todas las personas que se ven obligadas a pagar más caro por los bienes que consumen, iniciando el camino de servidumbre que señaló Hayek.

La creencia de que “hay puestos de trabajo que son norteamericanos y los extranjeros roban”, es de partido político de país bananero. Es falso, el trabajo es de quién lo demanda, no de la nación, el estado, la sociedad o el mandamás. Económicamente condena al país a vivir con miedo “defendiéndose” de la competencia en lugar de competir. Eso achica las expectativas, achica las oportunidades y en definitiva le da la razón a la izquierda en toda su agenda.

Se que un porcentaje de los votantes piensan esto. Pues los han dejado pensar esto, pero yo creo algo mucho peor: así piensan los candidatos.

Vamos a la legalidad. El rule of law puede ser definido como ausencia completa de arbitrariedad. No puede estar prohibido lo que no implica una violación de derechos. No puede estar prohibido algo simplemente porque está prohibido, eso es el antítesis completo del concepto de rule of law. Deberíamos caracterizarlo como el “law of rule”, o le ley del mandamás. “Este es un país de leyes” decía Trump, con razón en el enunciado pero sin entender el contenido. Ley implica regla general aplicable a todos y en primer lugar al propio estado, respetando la libertad. Como decía una máxima de los tribunales ingleses citada por Bruno Leoni en “La libertad y la ley” «La ley es la herencia más elevada que el rey tiene, pues tanto él como sus súbditos están gobernados por ella, y sin ella no habría ni rey ni reino».

La la ley por lo tanto no es la voluntad del estado, de otro modo deberíamos convalidar los campos de concentración en la Alemania Nazi, el Aparheid sudafricano, la censura en Cuba o las normas opresivas y delirantes de Corea del Norte. Contra toda tiranía, toda arbitrariedad, se encuentra sentado el sentido del rule of law. Nunca nada está prohibido porque está prohibido si rige este principio fundante del sistema jurídico civilizado. Un país de leyes no es lo mismo que un país de reglas políticas, de ordenes emanadas de los órganos legislativos. Por la mera voluntad de quién decide están regidos los ejércitos y las tiranías.

Por otra parte si la nacionalidad fuera determinante de los derechos que tenemos, concepto de cualquier modo aberrante y opuesto, además, a toda la retórica falsa de los derechos humanos universales, toda restricción a un nacido fuera del país para contratar implica violar la libertad de contratación del “nacional” que sería su contraparte. A un “nacional” se le pretende proteger, violando los derechos de los demás nacionales. Son contratos libres celebrados por habitantes del país con gente que viene de cualquier parte. Prohibir esos contratos es una violación del rule of law, porque forman parte de la más estricta libertad y no violan los derechos de nadie.

Lo que veo es una gran hipocresía. Gente que dice “estoy a favor de la inmigración, pero estoy en contra de la inmigración ilegal”. Primero porque a continuación como hacen los candidatos republicanos vienen con el cuento de que hay que proteger al “trabajo de los norteamericanos”. Pues hay norteamericanos que han trabajado y después quieren gastarse como quieren el fruto de su trabajo, como por ejemplo haciéndose cortar el pasto por un señor de cuya nacionalidad ni se interesan en averiguar. Es su derecho. Si el problema es “proteger” el trabajo local ¿A que viene entonces lo de la inmigración “legal” o “ilegal”? Es una forma de no hacerse cargo de la xenofobia y del proteccionismo laboral. Entonces ya el concepto de ley está tan degradado, que se usa el término para esconder una farsa meramente fáctica.

Es obvio algo o es libre o es ilegal. Alguien que dice que está a favor de la inmigración pero no de la ilegal, está en contra de la inmigración por la sencilla razón de concederle al gobierno determinar cuándo hay o no hay inmigración.

A un país que se le vende que está derrotado, se le puede vender también un populismo.

Se pone la excusa de los también supuestos beneficios del “estado de bienestar”. Pues está muy bien que los demócratas crean que son beneficios, pero los miembros del partido que liderara Ronald Reagan no. El estado de bienestar es un peso parasitario sobre la economía que levanta los márgenes de los negocios viables, dejándolos fuera del sistema. El estado de bienestar es una sábana corta cuyas peores consecuencias caen en los que están tratando de ingresar al mercado por la parte de abajo. En segundo lugar alguien que trabaja es un cotizante del sistema, aporta a él pagando impuestos, que la propia ilegalidad arbitraria en muchos casos impide recaudar. En segundo lugar el estado de bienestar es un problema haya o no extranjeros, pero lo más ridículo es que se concedan beneficios del sistema a quienes no aportaron a él. Eso sin embargo es un problema de la “ley”. Si fueran coherentes los “legalsitas”, tendrían que decirme que solo están en contra del estado de bienestar “ilegal” y si está contemplado por los reglamentos hacerle la venia y aceptarlo. No lo dicen.

La otra cuestión es la ciudadanía. No existe ningún derecho a gobernar. La ciudadanía no es un derecho universal y a los inmigrantes no les interesa nada más que porque eso los pone a resguardo de la ley arbitraria migratoria y fuera de la mira de cualquier deportación. De manera que la fórmula debería ser no intervenir el estado en la libertad contractual, pero no necesariamente conceder ciudadanía. Eso debería estar atado a servicios al país como tal.

La legalidad de los padres fundadores, en un país que tenía mucha menos demanda de empleados y no miraba al futuro con miedo sino con ambición es esta: “todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. No creo que nadie crea en un creador norteamericano. Por suerte no lo ha habido, porque bajo la doctrina nacionalista y perdedora la mayor parte de la población del país estaría padeciendo privaciones en el resto del mundo y este no sería el gran país que es.

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

Un discurso y un adiós…

Por Gabriela Pousa: Publicado el 2/3/16 en: http://economiaparatodos.net/un-discurso-y-un-adios/

 

Si a Cristina Kirchner se le pedía que hable de inflación, el silencio era ensordecedor. Si acaso se demandaba alguna alusión a la inseguridad, ese término se acallaba en la oratoria presidencial. Nunca el kirchnerismo respondió a las demandas perentorias del pueblo. Es más, las carencias de la sociedad eran consideradas “sensaciones”, inventivas de apátridas, cipayos, oligarcas y desestabilizadores. 

Durante los últimos días, incesantes fueron los pedidos a Mauricio Macri para que hiciese hincapié en cómo recibió el país después del 10 de diciembre. Pues bien, casi la mitad de los 62 minutos que duró el discurso, el Presidente demostró que escuchó y aludió a la herencia de la gestión anterior. Un cambio de singular trascendencia en lo que respecta a la dirigencia. 

La inseguridad no es una sensación. Es un flagelo negado sistemáticamente, que a su vez generó otra violencia, la verbal. Hoy la argentina es un país próspero para los narcotraficantes“. Ambas frases sitúan a Macri en un punto de partida realista. Ya no existe el país de maravillas que pintaba Alicia, perdón Cristina. De ese modo, el discurso consiguió un equilibrio básico entre lo caótico de la situación y las posibilidades de enmendarlo. 

No hubo optimismo exitista sino conciencia de la realidad y destierro del relato. Un gran paso dado. La década ganada se desojó en un santiamén: “Entre 2006 y 2015 pagamos 694.000 millones de dólares más que en la década anterior. Encontramos un Estado destruido. Faltan documentos, no hay estadísticas. Cuesta encontrar un papel”. Si acaso el ahorro es la base de la fortuna como alguna vez supo ser, Macri desnudó los infortunios: “En estos años de vacas gordas no ahorramos, sino que nos cominos nuestras reservas”. A ese “nos comimos las reservas” hay que agregarle que con ellas también deglutimos parte del futuro.

Claro que toda deuda que se hereda hoy atañe a lo económico, y en la apertura de sesiones del Congreso quedó claro esto: “Nos encontramos con un Estado plagado de clientelismo. Al servicio de la militancia política y que destruyó el valor de la carrera publica“. A esa destrucción debe sumarse la desaparición lisa y llana de valores, principios, tradiciones, cultura y educación.

La pirámide de jerarquías se hizo trizas. Los docentes, los policías, los mismísimos padres de familia quedaron superados por infantes con “derechos” ampliados, es decir con el extraño derecho a menoscabarlos, a no escucharlos, a ignorarlos. Ese default de moral se plasmó con más ahínco todavía en la administración pública donde el interés particular superó al interés público o social. 

Macri no titubeó: “La corrupción mata, como lo demostró Cromañón, Once y rutas de la muerte. La corrupción no puede quedar impune”. La gente hoy, además de pedir un freno a la inflación, quiere ver responsables tras las rejas. Es cierto que ese deseo no debe terminar siendo similar al del revanchismo instaurado por el kirchnerismo. Existe el peligro de crear una corriente macrista tan extremista y fundamentalista como lo fueron los militantes de Néstor y Cristina. 

El pedido de justicia es lícito pero no es al jefe de Estado a quién debe hacérselo. Hay un poder judicial que debe recuperar su naturaleza intrínseca: la independencia a la hora de actuar, la dignidad, la valentía. “Será una tarea de la Justicia determinar si esta herencia que recibimos es fruto de la desidia, de la incompetencia o de la complicidad”. El mandatario le mandó así el mensaje a jueces y magistrados.

Lo cierto y rescatable es la conciencia que hay en la actual administración por restaurar los cimientos éticos perdidos durante el kirchnerismo. Hay una crisis cultural profunda que Macri descubrió al decir que “la negatividad es el principal problema de la Argentina. El creer que la corrupción era una forma de ser de los argentinos, que la pobreza no tiene solución. Quiero denunciar esa visión triste, aplastante, frustrante, porque no es verdad, puede cambiar y ya lo estamos cambiando”.

Esto implica la necesidad de cambiar el ser más allá del tener. El discurso fue por eso también, un pedido desesperado del Presidente: solo no puede. Lo había dicho durante la campaña: “si quieren un mago voten a Copperfield”, sonó desafiante y poco sutil pero certero hasta el tuétano. A muchos no les gusta la verdad, la mentira les seduce más. Hoy están desahuciados porque la ficción solo pueden verla en cine o televisión.

Tenemos que alejarnos definitivamente de la viveza criolla mal entendida. Hay que cambiar la cultura del atajo por la cultura del trabajo y el esfuerzo que dignifica”, un modo sencillo y claro de advertir que el clientelismo pasará a ser cosa del pasado. El Estado al servicio de la gente no es un Estado benefactor que reduce al ciudadano al rol de esclavo.

La inflación existe porque el gobierno anterior la promovió como herramienta económica válida. Siempre estuvimos en contra de esa mirada. La inflación es perversa. Destruye el poder adquisitivo de los más débiles”, el objetivo de máxima en lo económico quedó claro en la alocución aunque los ciudadanos prefieran verlo plasmado en actos más que en enunciados. Ese es ahora, el desafío del Presidente de la Nación.

Breve, conciso, critico pero conciliador fue el discurso de hoy. El kirchnerismo interrumpió salvajemente recordándonos que tienen la naturaleza del escorpión. Se sintieron aludidos, un buen síntoma porque significa que reconocen el error. De todos modos, esperar un mea culpa es como esperar a Godot. Ese germen populista y demagogo subsiste en la política argentina. Van a fagocitarse, los kirchneristas no morirán por acciones ajenas a sus miembros sino por implosión.

La astucia del nuevo mandatario se plasmó en la referencia a la asignación universal por hijo y en el 40 aniversario del golpe de Estado. Algunos dirán que eso sigue inflando el gasto público, pero el caudal electoral de Cambiemos en la última elección obliga a optar por gradualismo y no shock. Macri develó la cuestión, y a su vez fue un modo de decir que no vino a destruir y recordar que estamos frente a un gobierno democrático. Hay sectores de la sociedad que olvidan eso con facilidad.

Un año atrás, a quienes no comulgábamos con el quehacer oficial se nos acusaba de “Idiotas, necios, estúpidos”, sin eufemismos. Esos fueron los vocablos elegidos por Cristina en las 4 horas de relato en marzo pasado. Los gritos fueron desproporcionados, la ira de la ex mandataria signó el año que pasó. Macri no se inmutó frente a los carteles que llevó la oposición, no insultó ni buscó enemigos. Recalcó la necesidad de unir a los argentinos, algo que por el momento no parece que vaya a suceder.

El odio sembrado está cosechando, una pena sí, pero también una verdad insoslayable que no puede negarse.  Los modos son distintos, distinta es la perspectiva de Argentina con miras al futuro. Antaño se nos pintó un país de maravilla donde todo había sido hecho e inventado entre el 2003 y el 2015.  Hoy la cosa cambió: se nos mostró la Argentina sin maquillaje pero con la posibilidad de volver a verla producida y radiante.

Sin embargo, el jefe de Estado fue claro: todos estamos involucrados. Hasta no entenderlo seguiremos viviendo del acervo patrimonial heredado. Las medidas que enunció son promisorias: devolución IVA alimentos, el camino al 82% móvil a jubilados y sobre todo el concepto de “gobierno abierto” y acceso a la información pública. Asignaturas pendientes que parecían jamás iban a rendirse. Luego habrá que ver cómo sale el examen. La teoría y la práctica son cosas diferentes.

Hoy Macri debía hablar no hacer. El hacer se evaluará después.Y habló. Habló lo suficiente, lo óptimo, lo hizo con corrección, énfasis y también discreción. Eso votó la ciudadanía. Adiós desmesura, adiós.

 

Gabriela Pousa es Licenciada en Comunicación Social y Periodismo por la Universidad del Salvador (Buenos Aires) y Máster en Economía y Ciencias Politicas por ESEADE. Es investigadora asociada a la Fundación Atlas, miembro del Centro Alexis de Tocqueville y del Foro Latinoamericano de Intelectuales.