Sobre la moneda y los sistemas bancarios

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 7/2/18 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2018/02/07/sobre-la-moneda-y-los-sistemas-bancarios/

 

El tema monetario es de gran importancia puesto que está indisolublemente atado a los patrimonios de la gente. Trastornos en  ese campo repercuten de inmediato en el nivel de vida de todos, muy especialmente de los más necesitados puesto que la característica central de esos barquinazos se traducen en consumo de capital, lo cual, a su turno, significan disminuciones en salarios e ingresos en términos reales.

Desde tiempo inmemorial los aparatos estatales se han querido apoderar del instrumento monetario al efecto de hacerse de recursos. Ningún gobierno en la historia de la humanidad ha preservado el poder adquisitivo del dinero, siempre lo ha derretido. El premio Nobel en economía Friedrich Hayek fue un pionero contemporáneo en señalar la imperiosa necesidad de apartar a los gobiernos de la administración de la moneda, a lo cual han seguido numerosos autores, tema que en la actualidad ha producido una muy prolífica bibliografía. Hayek escribe que su esperanza estriba en que no ocurra con el dinero lo que sucedió con la inconveniente unión entre el poder y la religión que tardó siglos en percibirse los daños que provocaba esa unión. Del mismo modo, sigue diciendo Hayek que el dinero debe separarse cuanto antes de todo vestigio de contacto político y que la independencia de la banca central no hace más que trasladar los problemas a otro sector apoyado por el poder.

Otro premio Nobel también en economía, Milton Friedman, en su último trabajo sobre temas monetarios sostiene que “el dinero es un asunto demasiado importante como para dejarlo en manos de banqueros centrales”. Es cierto que Friedman antes sugería la implantación de una “regla monetaria” que analizamos  más abajo.

Este cambio  no solo ocurrió con Friedman, el propio Hayek en una obra anterior sostenía que es “la administración de la moneda constituye función indelegable del gobierno”. Esto es solo una muestra de la evolución del pensamiento para quienes están atentos a nuevos conocimientos.

Antes de entrar de lleno en el tema, tengamos en cuenta que el dinero no calza en la definición de bien público puesto que no incorpora los principios de no-excusión y no-rivalidad. Por otra parte, se ha sostenido la conveniencia de la moneda estatal partiendo de la arbitraria premisa que se trata de un monopolio técnico aunque en este caso resulta de la imposición de un monopolio artificial (es de interés en este contexto atender un ensayo de otro premio Nobel en economía, Gary Becker, titulado “There is Nothing Natural about Natural Monopoly”), de lo contrario, liberado el mercado de regulaciones se brinda la posibilidad de elegir en competencia con todos los controles cruzados que de ello se deriva. También llama poderosamente la atención que se alegue que la politización de la moneda pueda suplir la asimetría de la información cuando, precisamente,  cuanto menos críptico y cerrado sea el mercado menor es la exposición y la transparencia. Por último, se ha pretendido desacreditar la competencia abierta de monedas recurriendo a una interpretación equivocada de la Ley de Gresham al afirmar que la moneda mala desplaza a la buena sin tener en cuenta que eso ocurre cuando el gobierno impone tipos de cambio forzosos.

La inflación es uno de los problemas económicos y sociales más graves. Es siempre producida por los aparatos estatales que con el curso forzoso y la banca central no dan salida a la gente para defenderse de ese flagelo. Es realmente llamativo que a esta altura del partido, con toda la bibliografía moderna disponible a la que nos hemos referido más arriba, no se haya decidido cortar amarras con los gobiernos en materia monetaria y no se haya percibido que la única razón por la cual el Leviatán administre la moneda es para succionar poder adquisitivo de la gente al efecto de financiar sus propios desbordes.

Se ha dicho que la inflación es el aumento general de precios, lo cual revela dos errores garrafales de concepto. En primer lugar, pretende aludir a la causa de la inflación la cual consiste en la expansión exógena del mercado y, en segundo término, el efecto estriba en la alteración de los precios relativos y no en un aumento general. Si produjera un incremento generalizado, no se produciría el problema central de la inflación cual es la angustia por el desequilibrio entre precios e ingresos. Si mi salario (uno de los precios) se incrementara en un 50% mensual y el resto de los precios lo hace en la misma forma, no hay problema. Eventualmente habrá que modificar las columnas en los libros de contabilidad, habrá que expandir los dígitos en las máquinas de calcular y, tal vez, acarrear el dinero en carretillas pero no hay el problema central señalado.

La alteración en los precios relativos reviste la mayor de las importancias ya que se distorsionan todas las señales en el mercado, que son las únicas que muestran donde conviene invertir y donde desinvertir en los diversos sectores con lo que se consume capital y, por ende, bajan los salarios e ingresos en términos reales puesto que las tasas de capitalización son la únicas causas del nivel de vida.

Como hemos dicho en tantas ocasiones, la banca central solo puede decidir entre uno de tres caminos posibles: a que tasa contraer, a que tasa expandir o dejar inalterada la base monetaria. Pues bien, cualquiera de los tres caminos deterioran los precios relativos respecto de lo que hubieran sido de no haber intervenido (incluso, como decimos, si los banqueros centrales deciden no modificar la base monetaria habrán desfigurado los precios relativos en relación al mayor o menor volumen de moneda que se hubiera decidido en el mercado…y si se hace lo mismo que hubiera hecho la gente en el mercado no hay razón alguna para la irrupción de la banca central ahorrándose todos los gastos administrativos correspondientes).

Más aun, una banca central independiente del secretario del tesoro o de hacienda o del Parlamento inexorablemente errará el camino debido a las razones antes apuntadas que no cambian por el hecho de recibir instrucciones o proceder autónomamente, esto no modifica la naturaleza del problema. Sin duda, que si a la existencia de la banca central se agrega el curso forzoso la situación se agrava exponencialmente ya que no deja salida a la gente para sus transacciones diarias y deben absorber quitas permanentes en su poder adquisitivo.

Conviene también precisar que la cantidad de dinero de mercado, es decir, de los activos financieros que la gente elija para sus transacciones no tienen porqué ser constantes. Esto dependerá de las respectivas valorizaciones, del mismo modo que ocurre con cualquier bien o servicio, lo cual, en nuestro caso, si se decide expandir, se trata de una expansión endógena, a diferencia de la exógena al mercado, esto es, la que ocurre debido a decisiones políticas que son el origen del problema inflacionario.

No hay tal cosa como “expectativas inflacionarias” como causas de la inflación. Se podrán tener todas las expectativas que se quieran pero si no están convalidadas por la expansión monetaria exógena, no hay inflación. Tampoco “inflación de costos” por idénticos motivos, ni inflaciones provocadas por el incremento en el precio de un bien considerado estratégico como, por ejemplo,  el petróleo ya que si aumenta el precio de este bien y no hay expansión monetaria habrá dos posibilidades: o se reduce el consumo de otros bienes si se decidiera mantener el nivel de consumo del petróleo o se debe contraer el consumo de este bien al efecto de permitir el mismo consumo de otros bienes y servicios. En todo caso, no resulta posible consumir todo lo que se venía consumiendo si el precio del petróleo se incrementó.

La errada definición que hemos comentado, además, conduce a otras dos equivocaciones técnicas. En primer lugar, el consejo para la banca central de emitir a una tasa constante similar al crecimiento económico para “permitir la previsibilidad de los actores  en el mercado”. Este consejo pasa por alto el hecho de que si la expansión “acompaña” el crecimiento económico, manteniendo los demás factores constantes, por ejemplo, se anulará el efecto de algunos precios a la baja que generan las importaciones y al alza de las exportaciones ya que la masa monetaria en un caso disminuye y en el otro aumenta y así sucesivamente.

La segunda equivocación, aun más gruesa, es que la expansión a tasa constante no trasmite previsibilidad puesto que, precisamente, los precios no se incrementan de modo uniforme, sino, como queda dicho, se alteran los precios relativos de modo que una tasa anunciada de expansión no trasmite información a determinado sector como afectará en sus precios.

Este análisis, a su vez, se traduce en el pensamiento que es posible recomponer el problema inflacionario a través de indexaciones lo cual no es correcto ya que pretendidos índices de corrección solo suben los valores absolutos en los rubros del balance, pero las distorsiones relativas se mantienen inalteradas.

A toda esta situación debe agregarse que para contar con un sistema monetario saneado debe eliminarse el sistema bancario de reserva fraccional que no solo genera producción secundaria de dinero, sino que permite que los bancos operen en un contexto de insolvencia permanente, con lo que se hace necesario implementar el free banking o el sistema de encaje total para los depósitos en cuenta corriente y equivalentes.

En este último sentido, hay un jugoso debate que viene de hace cincuenta años sobre si es mejor el free-banking (y no digo “banca libre” porque tiene otro significado ya que alude a la entrada y salida libre al sistema bancario) o la reserva total, pero en todo caso cualquiera de los dos es infinitamente mejor que la reserva fraccional que genera inflaciones y deflaciones con el apoyo de la banca central.

Resultan tragicómicos los esfuerzos y las acaloradas discusiones sobre “metas de inflación” y las correspondientes manipulaciones monetarias y cambiarias que impone la banca central, en lugar de comprender que el problema estriba en esa institución, en el medio argentino creada por el golpe fascista de los años treinta.

Como han expresado tantos economistas de gran calado, es de esperar entonces que no transcurra mucho tiempo antes de que se  perciban los inmensos daños de la banca central y el sistema bancario de reserva parcial con todas sus consecuentes políticas. Cual es el dinero que preferirá la gente dependerá de las circunstancias ya que si todo es dinero no hay dinero y preguntarse cual es la cantidad de dinero que habrá es lo mismo que interrogarse cual es la cantidad de lechuga que habrá en el mercado.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es Asesor del Institute of Economic Affairs de Londres

Confusión de causas y efectos:

Por Carlos Alberto Salguero.

Los controles de precios son argumentos tan poco originales como inefectivos a la hora de contener la indomable carrera ascendente del precio de los bienes. En verdad, medidas de este tipo,  fundadas en supuestas buenas intenciones de los gobernantes de turno, no advierten las causas del fenómeno sino, lo que es peor, las confunden con los efectos que el mismo provoca. Así, un mal diagnóstico, en lugar de resolver el problema, terminará por agravar la situación. 

Desde los tiempos más remotos, los gobernantes y sus funcionarios han tratado de controlar sus economías. La noción de que existe un precio justo para determinados bienes, un precio que puede y debe ser impuesto por el gobierno, es, en apariencia, contemporáneo con el nacimiento de la civilización. Por ejemplo, el Código de Hammurabi, el primero de los grandes códigos de derecho, impuso en Babilonia hace unos 40 siglos un rígido sistema de controles de precios. Dichos controles restringieron la producción y distribución, y ahogaron el progreso económico del Imperio, quizás por varios siglos.

Los gobernantes de la antigua China compartían la misma filosofía paternalista que se encontrara entre los egipcios y babilonios y que, más adelante,  sería adoptada por los griegos y romanos. Naturalmente, en todos los casos, los resultados fueron similares, devastadores. Mirando hacia atrás, una y otra vez, lo que se advierte es la historia ineficaz de los intentos gubernamentales de controlar la inflación regulando precios, sin embargo, resulta claro que se trata de una ley de la economía que muchos líderes políticos no han aprendido hasta hoy.

El miércoles 22 del corriente se hizo un anuncio para extender los controles de precios que estableció el gobierno, a partir del 1 de junio y hasta agosto, por el cual los supermercados no podrán aumentar el precio de 500 productos. La denominada campaña “Mirar para cuidar” consiste en disponer de las fuerzas políticas y juveniles con el fin de controlar que se cumpla el plan. La mandataria pidió además colaboración a los intendentes y, en alusión a los empresarios, dijo: “Parece ser que cuando aumentan los precios los aumentan (Guillermo) Moreno o Cristina Kirchner; los que ponen los precios son ustedes”.

Frente a estas afirmaciones deben aclararse, en principio, dos cosas: qué es un precio y qué, no lo es. Un precio es un tipo de cambio que se establece a través de acuerdos libres y voluntarios entre oferentes y demandantes de los bienes en cuestión. Por lo tanto, los precios reflejan la interacción de las partes involucradas en las respectivas transacciones. Se trata, precisamente, de la consecuencia del proceso de intercambio.  Es decir, son simples fenómenos accidentales de hombres que intentan mejorar, todo lo posible, su situación económica. Ahora, cuando este proceso se desvirtúa, por cuanto la voluntad de oferentes y demandantes es reemplazada por el arbitrio de un funcionario público, el sistema de precios deja de operar y su esencial función de transmitir información es reemplazada por otra entidad, el precio político o,  en este caso, el precio máximo.

Lo que se busca con estas medidas es ocultar el deterioro del poder adquisitivo del dinero con origen en la expansión monetaria. No obstante, los precios políticos, como ha mostrado la historia, lejos de resolver la cuestión notablemente la empeoran.

En primer lugar, abaratar artificialmente determinados bienes origina un exceso de demanda, es decir, se produce un desbalance respecto del precio que limpia el mercado  puesto que el  grupo de bienes depreciados estará disponible para un mayor número de compradores.  Por ese motivo, se producen colas y frustración resultantes del faltante artificial. Luego, las empresas menos eficientes o productores marginales, ante la imposibilidad de producir un precio inferior al de mercado, deben retirarse de la actividad lo que contrae la oferte y profundiza el faltante.  Finalmente, la consecuencia más grave de la intervención se materializa en la mala asignación de los siempre escasos recursos productivos, atrayendo capitales donde no resultaba prioritario invertir y ahuyentándolos desde el destino que el mercado estableció para ser atraídos. Por lo tanto, la medida que persigue el noble fin de proteger al consumidor, de precios presumiblemente exorbitantes, termina por perjudicarlo ya que entre los principales efectos se encuentran: faltantes en el momento presente, disminución de la producción futura y dispendio de los recursos productivos.

Lo que amenaza desde adentro la estructura de nuestra economía y de nuestra sociedad es el avance incontenible del Estado y la erosión del valor del dinero. Existe entre ambos un estrecho vínculo originario de sus causas comunes y de su refuerzo mutuo. Los dos se inician lentamente, pero al poco tiempo el ritmo se acelera y el peligro se acrecienta. La dificultad estriba en que es extraordinariamente difícil lograr que se oiga la voz de la razón antes de que sea tarde. Los demagogos sociales emplean las promesas de gobiernos populistas y de la política inflacionaria para seducir a las masas, y cuesta prevenir a la gente, de modo concluyente, acerca del precio que todos habrán de pagar al final. Ambos, son expresión de la relajación de aquellos principios morales firmes que otrora se aceptaban como incuestionables.

Los grandiosos planes para regular son presentados con gran estruendo y enormes esperanzas pero, a la luz de los acontecimientos, se despiden desvanecidos en el anonimato, en el mejor de los casos.

Carlos Alberto Salguero es Doctor en Economía y Máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), Profesor Titular en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.