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El Futuro De Occidente

Por Armando Ribas. Publicado el 2/5/17 en: http://institutoacton.org/2017/05/02/el-futuro-de-occidente-armando-ribas/

 

Existe la teoría de que en la historia las civilizaciones nacen, se desarrollan y mueren en un ciclo de vida semejante al de los seres vivos. Si analizamos la historia universal no cabe la menor duda de que el proceso descripto es su carácter esencial. Desde ese punto de vista parecería que eso que llamamos Occidente y que yo, tal como me pregunté en mi libro ¿Quién es Occidente?, no sé muy bien qué es lo que es, estaría viviendo su Zenit. Más allá del acceso de Japón a la segunda potencia industrial después de la Segunda Guerra Mundial, ahora surge la amenaza de que la antorcha en algún momento del siglo XXI sería pasada al Celeste Imperio donde viven hoy casi un quinto de la población mundial.

En dos recientes artículos publicados en “Foreign Affairs”, Richard Bernstein y Ross Munro, de una parte, y Robert Ross, de la otra, trataron el tema. Los primeros sostienen que en la misma medida que la China se desprende de las cadenas ideológicas del maoísmo y aumenta su riqueza, será cada vez más amenazante y más peligrosa. La posición de Ross es distinta en el sentido de que la China es demasiado débil como para significar una verdadera amenaza para la hegemonía política de Estados Unidos. Creo que ambas evaluaciones se integran en la teoría anterior de la historia universal, y no toman en cuenta, ni la una ni la otra, la diferente realidad que enfrenta la humanidad a partir de la existencia de las armas nucleares y la revolución de las comunicaciones.

La guerra en el sentido escatológico que existió a través de la historia ha desaparecido como elemento determinante de alcanzar la supremacía mundial. Enfrentamiento y colisiones en el siglo XXI no significan, como hasta la primera mitad del siglo XX, guerra. Este solo fenómeno cambia de por sí la historia universal, donde las civilizaciones se sucedieron hasta conformar hoy una sola civilización en eso que se ha dado en llamar globalización. En ese sentido hoy están más vigentes las palabras de Kant en su “Paz Perpetua” que el predicado hegeliano, de que la guerra era la forma en que los estados hacían su irrupción en la historia. Hoy los estados están todos en la historia con más o menos poder de negociación, pero no con más poder de destrucción. No existe en la actualidad la capacidad de destruir sin ser destruido. Es decir, las aspiraciones de poder no van a desaparecer de la faz de la tierra pero los instrumentos para ejercerlos han sido y siguen siendo modificados.

Cualquier país europeo que hasta la mitad del siglo XX hubiera tenido el poder relativo de los Estados Unidos, habría intentado la conquista mundial. La guerra era “the name of the game” (el nombre del juego). Hoy hemos ido aprendiendo no a deponer los intereses nacionales en pro de una hermandad sublime, sino a expresarlo de otra manera. Ya bien decía Hume en sus escritos económicos: “…el incremento de la riqueza y del comercio en cualquier nación, en lugar de perjudicar, promueve la riqueza y el comercio de todos sus vecinos, y un estado puede difícilmente desarrollar su comercio e industria cuando todos los estados que le rodean están hundidos en la ignorancia, la pobreza y la barbarie”.

Es decir que la guerra no desaparecería de la faz de la tierra por la moral, sino por el interés y el egoísmo humano consciente del terror del holocausto y a través  de las comunicaciones. Demás está decir que la misma tecnología que hace a la riqueza de las naciones, las hace más vulnerables. De qué le sirve a los propios Estados Unidos hacer desaparecer de la faz de la tierra, ya fuera la Unión Soviética o a la China, cuando al menos la mitad de su población  se pierde en el empeño. Pero más aún, cada vez existen menos naciones cuya riqueza no dependa de su integración en la economía mundial. Eso quiere decir algo más. Si Japón hoy se hundiese en el Océano Pacífico, una gran parte de la riqueza de otros países y en particular de Estados Unidos desaparecería con el imperio del Sol Naciente.

Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que esta realidad no ha sido construida sólo a partir de hechos, sino que detrás de ella han estado las ideas que dieron paso a lo que Popper denominara sociedad abierta. Ha sido el reconocimiento de los intereses privados el que ha construido la riqueza que se sustenta en la propiedad y el comercio. Ese mal llamado “materialismo” ha sido la fuente de los mayores logros que han permitido satisfacer las necesidades de la gente común. No sé en virtud de qué espiritualidad la guerra pudo haberse considerado como un acto desinteresado y digno frente a la concupiscencia adscripta al comercio. No hay que ir a las castas hindúes para encontrar en toda la historia de la humanidad, la religión y la guerra como los paradigmas excelsos de la virtud, en tanto que el comercio, las finanzas y el trabajo eran descalificados por indignos. Fue sólo cuando se revirtieron estos principios, a partir del pensamiento liberal, que ha sido posible alcanzar el estadio de civilización que hoy disfruta una gran parte de la humanidad. Esto no quiere decir que en función de la globalización han de desaparecer ni las identidades nacionales ni las culturas. Pero sí que éstas habrán de adaptarse a los principios que podríamos llamar de la civilización, si es que los pueblos pueden aspirar a elevarse por sobre la pobreza. Y ése no es el modo de la generosidad, sino del interés, no del reparto, sino de la creación. Ninguna cultura que intente desconocer los principios de la civilización universal puede esperar alcanzar los estadios de libertad y bienestar que gozan hoy los países industrializados. Esos principios no son otros que el reconocimiento del derecho del hombre a la búsqueda de la propia felicidad, a la vida, a la libertad y a la propiedad. Y estos derechos individuales parten del reconocimiento de la naturaleza falible del ser humano tanto en el orden moral como en el del conocimiento. De ahí la necesidad de la limitación del poder político.

Mi preocupación, entonces no surge del que otros países orientales o africanos alcancen la riqueza que hoy parece patrimonio del Occidente industrializado y Japón. El problema de Occidente está dentro del mismo Occidente. Curiosamente el propio Bernstein, en su explicación de la nueva posición China, de hecho reconoce el problema. Así dice: “La ironía en las relaciones chino-americanas es que cuando China estaba bajo la féerula del maoísmo ideológico y proponía tal ferocidad ideológica que los americanos creían que eran peligrosos y amenazadores, era realmente un tigre de papel, débil virtualmente sin influencia global. Ahora que China se ha liberado de la trampa del maoísmo y se ha embarcado en un curso pragmático de desarrollo económico, y de comercio global, parece menos amenazadora, pero de hecho está adquiriendo la posibilidad de apoyar ambiciones globales y sus intereses con verdadero poder”.

Es evidente que el poder surge en las propias palabras de Bernstein del capitalismo que no es una faceta económica de la existencia, sino una concepción ética que se implementa políticamente y produce la riqueza. El estar bajo el umbral ideológico de Mao es precisamente la actitud opuesta que diluye las motivaciones para la creación de riqueza en función de un deber ser absoluto y fútil que significa la opresión y la inseguridad. El problema en Occidente es precisamente que sus intelectuales descreen de ese mal llamado sistema capitalista y en la medida que el estado se apodera de la economía se cae, casi sin darse cuenta, en la trampa ideológica del maoísmo. Ahí reside el peligro de que se cumpla el ciclo histórico y Occidente dé lugar a otra civilización no distinta sino precisamente porque aprendió lo que Occidente olvidara.

 

Armando P. Ribas, se graduó en Derecho en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, en La Habana. Obtuvo un master en Derecho Comparado en la Southern Methodist University en Dallas, Texas. Es abogado, profesor de Filosofía Política, periodista, escritor e investigador y fue profesor en ESEADE.

Gobierno y gente

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 14/4/17 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/gobierno-y-gente/

 

Llevo unas tres décadas con la consigna de “a pesar del Gobierno”, que se me ocurrió cuando colaboraba con Iñaki Gabilondo en Hoy por Hoy en la Cadena Ser. Como es natural, no gusta a todo el mundo. En una entrevista reciente, dije: “El empleo, la riqueza y la prosperidad los crea la gente, no un gobierno” (http://goo.gl/wPn5gy). Obtuve varias respuestas interesantes en twitter (@rodriguezbraun), que intentaré responder.

Un amable seguidor subrayó un aparente problema de reciprocidad. Apuntó: “Entonces: el desempleo y la pobreza, ¿también los crea la gente, o se los atribuimos al gobierno?”.

Este comentario yerra porque identifica a la política con la sociedad civil. Si todos somos iguales en acciones, recursos y poder, si el Estado equivale a la sociedad, entonces, cuando creamos riqueza, lo hacemos todos, y cuando la destruimos, también. Pero el Estado no es la sociedad, porque esta se basa en la libertad y los contratos voluntarios, y por eso crea riqueza. En cambio, el Estado se basa en la coacción y la imposición a la comunidad de normas arbitradas y generadas desde el poder.

Dirá usted: entonces, si las normas protegen y amparan la libertad y los contratos voluntarios, entonces la política coopera con y contribuye a la prosperidad social. Eso es verdad, si fuera así. Pero como casi nunca lo es, como casi siempre la política conspira contra la libertad y los contratos libres de los ciudadanos, cabe concluir que la riqueza y el empleo son mérito de la gente, mientras que la pobreza y el paro son impulsados o fomentados por los gobiernos.

Otra persona apuntó: “el gobierno, diputados, senadores… ¿los cambiamos por maniquies?”. Pero puede haber gobiernos de Estados pequeños: el Estado actual tiene apenas unas pocas décadas de vida, con lo cual no hay por qué suponer que es una necesidad.

Un tercer seguidor observó: “el gobierno ha de colaborar con las leyes”. El problema de esta observación, que es de puro sentido común, es que el Gobierno hace las leyes, y las hace a un ritmo frenético al mismo tiempo que crece sin cesar gracias a esas mismas leyes que hace. Esto se debe a que la noción de “derecho” ha cambiado radicalmente, y ya no surge de manera evolutiva a partir de los tratos y contratos de los ciudadanos, sino que es algo propio del poder y que este confiere graciosamente, al tiempo que, de manera poco graciosa, viola los derechos del pueblo para satisfacer los derechos que el poder crea.

Y un cuarto: “sin Gobierno el trabajador sería un esclavo y habría más desigualdad”. Empecemos por el final: la desigualdad no sería el resultado de la ausencia de la política, puesto que la tenemos ahora con su presencia. Y la idea de que el mercado o el capitalismo darían lugar a la esclavitud es un error, puesto que fue el propio capitalismo el que promovió la abolición de la esclavitud. Es verdad, asimismo, que fue reintroducida en el siglo XX por el comunismo, mientras que en el mundo no comunista el enorme peso de los Estados hace que haya sido identificados con regímenes feudales, con los contribuyentes como siervos.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

ESCASEZ: POR FIN ME LA SAQUÉ DE ENCIMA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 26/3/17 en:  http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/03/escasez-por-fin-me-la-saque-de-encima.html

 

En el tiempo de vida de un alumno, algunas o casi todas las materias son algo a través de lo cual hay que pasar. Un mal, algo espantoso, que no queda más remedio pero…………. Pasará. Finalmente no veremos más ese tema, nos olvidaremos de su insoportable profesor, dejaremos tirados los apuntes por los pasillos, venderemos los libros, en fin, como decía una gran pensadora argentina, te vas, te vas y te vas. Esto dice mucho de la falsedad del “aprendizaje” en el sistema educativo formal pero de eso HOY no voy a hablar.

Yendo del tiempo de vida de un alumno al tiempo de vida de la humanidad, la escasez corre igual destino. Grandes pensadores, como Karl Polanyi o Marx, han denunciado a la escasez como un estadio del capitalismo, pasado el cual, nos liberaremos de la alienación del trabajo y volveremos, cual paraíso resucitado, a poner nombres a los animalitos mientras Dios baja a conversar con nosotros al atardecer.

De manera comprensible, ambos autores citan a Aristóteles. El cual no se destacó precisamente por saber algo de economía, a pesar de que hablaba de ella o algo parecido (como casi todos hoy, entre paréntesis). El varón, terrateniente y ciudadano de una Atenas autárquica y esclavista, no tenía que preocuparse de cómo llegar a fin de mes. Y sí, así cualquiera.

La escasez siguió totalmente presente en la historia de la humanidad pero ignorada y negada como las bacterias hasta 1870. Curiosamente, en 1871 nace –NO sin antecedentes- la Escuela Austríaca y, oh malos capitalistas, recuerdan a todo el mundo que porque hay escasez hay precios, propiedad, y que el mercado es la compensación de la inevitable escasez mediante la mayor coordinación de conocimiento disperso en el mercado (Hayek 1936, Mises 1949, Kirzner 1973).

Por supuesto, hubo quienes no quisieron saber nada con esta “defensa ideológica de los intereses del capital”. Desde toooooooooooooooooodos los marxistas habidos y por haber –no, Gabriel, Marx no es eso, no entendés nada- pasando por los keynesianos, los corporativistas y hasta los neoclásicos que parten de un modelo donde no hay escasez, todos se encargaron de negarla de algún modo, de sacarla por la puerta, aunque siempre entra por la ventana como desocupación, crisis cíclicas, faltantes, hambrunas, pobreza, etc. Ah, pero qué tonto soy, cierto que todo eso es el capitalismo. Me olvidaba.

Pero últimamente la negación de la escasez ha tenido un curioso revival tecnológico. Comenzó con páginas webs de aficionados que mostraban al replicador de Viaje a las Estrellas como la superabundancia total y la solución de todos los problemas. Pero ahora muchos entusiasmados con la robótica, las neurociencias y al transhumanismo, nos dicen que en pocos años los robots trabajarán por nosotros y que, otra vez, la escasez será cosa del pasado, excepto que, por supuesto, los pérfidos capitalistas se apropien del paraíso, con lo cual el tema de la riqueza seguirá siendo, como en casi todos los paradigmas, una cuestión de distribución pero no de producción de riqueza.

Es impresionante la enorme esperanza depositada en los robots. Yo no soy tan optimista, será que no me anda el koynor J. Pero desde Cherry 2000, pasando por Inteligencia Artificial y llegando a Her, la cosa es que los robots serán capaces de amar. Los que no entendemos nada decimos que no, que ello implica la presencia de un yo espiritual irreductible a la materia –que ridículo neocartesianismo- y los que aún estamos en el oscurantismo medieval pensamos que uno de los grandes errores de Antony Kenny fue no haber endendido la demostración de Santo Tomás sobre la subsistencia de la forma sustancial humana después de la muerte.

Pero ahora hay algo más. Ahora, como decíamos antes, los robots nos salvarán de la escasez.

Los economistas austríacos (o sea, como diría Mises, los economistas) preguntan de dónde saldrá el capital y el trabajo necesarios para producir los robots, pero parece que también resulta que los robots se producirán a sí mismos.

Lo que se olvida habitualmente es que la escasez es un tema fenomenológico. Esto es, la cuestión es la naturaleza física ante el mundo de vida del cual nos enseñó Husserl. El mundo de la vida humano, esto es, la cultura y su historia, son lo que implica que la naturaleza física sea irremisiblemente insuficiente ante “lo humano”. Porque las necesidades humanas no son ni naturales ni artificiales. Son, sencillamente, manifestaciones de lo simbólico que nace de esa inteligencia humana irreductible a un plato de neuronas o de silicio. El arco, la flecha, la lanza, los adornos, son arte-factos del un mundo de la vida, igual que las naves espaciales y las computadoras son artefactos de otro mundo de la vida. Todo en ese sentido es “arti-ficial” en tanto simbólico de lo que una cultura considera necesario. En todo caso habrá virtudes morales –como la frugalidad, la austeridad- ante las cuales determinados consumos no se consideran éticamente adecuados, pero la comida, el vestido y la reproducción, en lo humano, están humanizados y para ello requieren de instrumentos culturales que re-significan a lo simbólico, mediante ritos y tradiciones para los cuales la naturaleza solamente física es totalmente insuficiente.

Por lo tanto la escasez, como la insuficiencia de lo físico ante las demandas inter-subjetivas de lo humano, no es una etapa de la historia, no es una defensa del capitalismo: es una condición de la humanidad, como lo histórico, lo artístico, lo político, lo sexual, etc. Creer que va a desaparecer porque haya robots es como pensar que la política va a desaparecer porque haya robots.

¿Y qué sucedería si los robots se hicieran a sí mismos –cosa dudosa, pero manejémosla como hipótesis de trabajo- y nos cayeran encima como rayos de sol en una fría mañana de invierno? ¿No serían bienes “libres” a nuestra disposición que nos librarían de “producir”? Bueno, esa era la Atenas con la que soñaba Aristóteles. Ahora la cosa es más humana porque no habría esclavos sino robots. Pero cuidado, porque si es verdad los que piensan que los robots tendrán autoconciencia, entonces ellos se rebelarán de su esclavitud –como ya sucede en algunos capítulos de Viaje a las Estrellas con los androides y los hologramas con autoconciencia-. Y, entonces, Skynet está cerca. Entonces claro que no habrá escasez, porque ya no habrá humanidad.

Pero los dinosaurios que no entendemos nada seguimos pensando que seguirá habiendo escasez y que los robots son sólo un cambio tecnológico más que, como todos, implicarán como mucho una re-ubicación friccional del factor trabajo no-específico.

Es curioso esto de los robots. De alguna manera, ante tanto post-modernismo, es como un revival del ideal iluminista de progreso ilimitado. La esperanza no está en lo trascendente, sino en un futuro inmanente a lo humano donde los robots serán el paraíso. No como Terminator, sino como Star Trek. Pero sea una o la otra, son todas inmanentistas: en una, todo mal, en otra, todo bien, pero el junco que piensa, de Pascal, ha desaparecido. Pero no. El yo de la interioridad agustinista, la forma sustancial subsistente de Santo Tomás, el yo pienso cartesiano, la intersubjetividad husserliana, el mundo 3 de Popper, no han sido refutados, ni por los filósofos ni por los robots. Y no es un tema empíricamente falsable, porque cuando en el siglo 25 la cosa siga igual, los entusiastas de los robots nos dirán que “ya veremos en el s. 30”. La pura verdad es que en el s. 30, si llegamos, todo lo humano será igual. Habrá escasez, habrá política, habrá neurosis, y las esperanzas inmanentes serán la misma ilusión que hoy. Lo que sí puede pasar es que no lleguemos. De lo cual ni siquiera Gort, otro robot, nos podrá salvar.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

El verso de la brecha del ingreso

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 19/12/16 en: http://economiaparatodos.net/el-verso-de-la-brecha-del-ingreso/

 

No es casualidad que los países con menor seguridad jurídica, impuestos altos, gasto público elevado, regulaciones y estatismo, terminen generando condiciones de vida para el grueso de la población similares a la edad media

De acuerdo a los datos publicados por el INDEC la pobreza alcanza al 32,2% de los habitantes, dato que nuevamente se ha vuelto a publicar luego que el kirchnerismo escondiera la pobreza detrás del famoso argumento de Kicillof que era para no estigmatizar a los pobres. Aclaremos que el dato del INDEC está en línea con los datos que publica la UCA sobre pobreza, de manera que, si bien el ajuste parcial de algunos precios relativos que había dejado el kirchnerismo pudo haber aumentado un par de punto la pobreza heredada del kirchnerismo, es claro que 12 años de una economía cerrada, con sustitución de importaciones, estatizaciones, regulaciones de precio, control de cambios, aumento del gasto público, presión impositiva descomunal y planes sociales solo consiguieron aumentar la tasa de pobreza. El kirchnerismo es el ejemplo más categórico de lo letal que es el intervencionismo estatal, el estatismo y el estado benefactor para la calidad de vida de la población.

En este sentido, sería bueno que el macrismo reflexione y entienda que no es cuestión de administrar “bien” un sistema con incentivos perverso como el que dejó tantos pobres con el kirchnerismo. Tampoco tiene que concentrarse el gobierno en la distribución del ingreso. Hablar de la distribución del ingreso no tiene sentido, pero sí tiene sentido bajar la pobreza.

Respecto a la distribución del ingreso voy a dar un ejemplo de lo tramposo que puede ser el tema. Supongamos que en el momento 1 el sector que menos gana tiene un ingreso de 10.000 y el que más gana de 50.0000, la diferencia entre el que más gana y el que menos gana es de 5 veces.

Supongamos que vamos a una economía de mercado y el que, sin inflación, el que menos gana tiene un ingreso de 55.000 y el que más gana de 550.000. La diferencia entre ambos es de 10 veces. O sea, la distribución del ingreso empeoró respecto al momento 1 pero resulta que ahora el que menos gana multiplicó por 5,5 veces su ingreso respecto al que menos gana del momento 1 y encima gana más que el que más ganaba en el momento 1. ¿Cuál es, entonces, el problema que la distribución del ingreso haya “empeorado”? El problema no es la distribución del ingreso, que es en lo que se concentran los políticos populistas, sino el nivel de pobreza.

El problema es que los políticos, para conseguir más votos y retener el poder, apuestan siempre al corto plazo, esto es, suelen señalar como a los que más ganan como los responsables de la pobreza de los que menos ganan. Por eso hay que expoliarlos con impuestos. Hay que matar con impuestos a las empresas y a los que más ganan para redistribuir ese dinero entre los más pobres en nombre de la solidaridad social, la justicia social y todo lo que tenga como adjetivo social. Siempre queda bien para lucir sensible como político para conseguir más votos.

Ahora, ¿cuál es el resultado de este tipo de trampa política que se ocupa de perseguir a los que más ganan? Muy sencillo, al castigarse con mayor intensidad a los que invierten y son emprendedores se quitan los incentivos para invertir, generar más puestos de trabajo y mejorar la productividad, factores que permitirán aumentar el ingreso real de los que menos tienen. El progresismo y el populismo lo que logran es igualar hacia abajo. Que todos sean pobres en vez de que los más pobres sean cada vez más ricos y mejoren su calidad de vida.

Durante décadas Argentina ha tenido políticas de castigar impositivamente la inversión y perseguir a los innovadores obteniendo como resultado este 32% de pobreza. Porque, además, para poder incrementar la carga tributaria, el estado tiene que disponer cada vez de más poder arbitrario para expropiar impositivamente a la gente, creando inseguridad jurídica y espantando las inversiones.

Mucho bien le harían los políticos a los pobres si en vez de mirar a los ricos se miraran a sí mismos y se dieran cuenta que no es persiguiendo al innovador y al que invierte como se elimina la pobreza. Que el problema no es la distribución del ingreso, sino que el haber perseguido a las inversiones es lo que genera la pobreza.

No es casualidad que los países con menor seguridad jurídica, impuestos altos, gasto público elevado, regulaciones y estatismo, terminen generando condiciones de vida para el grueso de la población similares a la edad media, con gente sin agua potable, corriente eléctrica, ni cloacas, mala alimentación y sin un sistema de salud eficiente.

Vean la Venezuela chavista con su modelo socialista del siglo XXI. Ha sumergido al grueso de la población en la pobreza más aberrante. Los emprendedores y de mayor ingreso emigraron hace rato y la única gran diferencia en la distribución del ingreso es entre los jerarcas chavistas, que tienen todas las comodidades a punta de fusil (copiando el modelo de Fidel Castro) mientras el resto de la población revuelve la basura para encontrar comida y los saqueos están a la orden del día.

Con la historia de la distribución del ingreso, lo que se ha conseguido no es sacar a los pobres de la pobreza, sino bajar a la condición de pobres a la clase media, dejar a los pobres en la pobreza, hacer que los emprendedores emigren y ampliar la brecha entre los más ricos y los más pobres, pero con la característica que los más ricos pasaron a ser los dirigentes políticos que decían que iban a reducir la brecha entre ricos y pobres. En síntesis, el negocio de los políticos ha sido el hablar de la brecha entre ricos y pobres. La dirigencia política ha sido la gran ganadora del verso de la brecha entre ricos y pobres.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

HAZTE PIQUETERO Y RENOVARÁS LA FAZ DE LA TIERRA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 8/12/16 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2016/12/hazte-piquetero-y-renovaras-la-faz-de.html

 

Que el peronismo NO es marxista es una de las más absolutas falsedades de toda la política argentina. Perón era, ante todo, un fascista mussoliniano, un dictador por convicción, que borró con todas las instituciones republicanas tradicionales porque eran, precisamente, las estructuras burguesas explotadoras contra el “pueblo” trabajador. Maquiavélica fue luego la estrategia lingüística de los peronistas de llamar fascistas a todos los que no eran peronistas. Era como si los nazis hubieran ganado la guerra y hubieran llamado antisemitas a todos los que no fueran nazis.

Que Perón no haya convertido a la Argentina en Cuba no quita nada de su marxismo. Astuto como serpiente y astuto como serpiente, estatizó todo lo que quiso y al resto, al estilo nazi, la reguló ad infinitum, convirtiéndola en la esclava del estado –esclavos muy felices la mayoría- y no estatizó directamente al campo también para llenar las arcas de un estado re-distribuidor. Al principio, claro, como en el inicio de todos los populismos, le funcionó muy bien. Luego comenzaron la inflación, el subdesarrollo, la pobreza, el crecimiento macrocefálico de Buenos Aires, las villas miseria, pero todo eso, claro, era fruto del imperialismo yanqui. Así de simple.

El sindicalismo, en medio de esto, se convirtió en un estado dentro de otro estado. Organizado hasta hoy según la Carta del Laboro de Mussolini, sus huelgas extorsivas, su capacidad de detener el país, se convirtieron en la acción directa de la clase explotada versus la clase dominante. Cuando llegan los 60 y los 70, Montoneros, ahora sí el peronismo directamente castrista, es la expresión más coherente de las semillas plantadas por el primer trabajador.

Pasados algunos acontecimientos que son de dominio público, estas profundas ideas marxistas se recrean en dos formas. Una, más incoherente, mafiosa, corrupta, negociadora, es la CGT y sus paros generales, desde 1983 hasta la fecha, con sus líderes, modelos siempre de austeridad de vida, probidad, santidad y bondad. Otra, más coherente, atomizado como células terroristas, menos negociador y esperando siempre la “represión” de las clases dominantes, son los conocidos piquetes, en rutas, calles, organismos públicos tomados o privados amenazados. Tienen su mística, sus uniformes, su relato, y dirigentes atomizados muy diferentes de los “gordos”. Se cubren la cara, portan un palo, que seguramente es un símbolo inspirado en Mahatma Gandhi, y hacen lo que saben hacer: cortan calles y avenidas enteras, producen el caos, esperan la reacción. Si, son delincuentes totales y completos, pero desde el punto de vista de una República. Para ellos, son los verdaderos representantes de la lucha de la clase dominada. Por eso desafían a todo lo que sea el Estado de Derecho: jueces, la fuerza pública, la ley.

El kirchnerismo (que como Hitler a partir del 33, utiliza las formas democráticas como una más sutil capucha que cubre su cara) los utilizó al principio a su favor. Pero luego quedaron, como debe ser, fuera de control, mientras Cristina Kirchner, Madres de Plaza de Mayo, Abuelas de Plaza de mayo, también estaban “fuera de control”, in a way, pero manejaban lo recursos del estado y sabían bien lo que hacían: convertirnos en una provincia del estado chavista.

El triunfo de Macri pudo haber sorprendido a algunos kirchneristas, pero no a los piqueteros. Ellos siguieron en la suya. Qué hacer con ellos es un problema político complejo. Acciones judiciales frente a obvios delitos de acción pública, tal vez, pero sus dirigentes esperan y utilizan las condenas judiciales como parte de su estrategia. Difìcil.

Pero parece que Macri ha decidido hacer con ellos lo que NO hay que hacer: negociar. NO se negocia con terroristas. Concederles sus demandas sólo les da más poder. Por supuesto, todo al estilo argentino: parece que se los quiere sindicalizar, darles planes sociales, etc. Desde el lado de ellos aceptarlo sería incoherente, pero tal vez guarden algo de las estrategias maquiavélicas del primer trabajador, del qué grande sos. El asunto es que, como bien ha explicado Nicolás Cachanosky con los elementos de la good economics, esto es un gran incentivo para que todos los grupos en busca de renta (del estado) comiencen a cortar, bloquear, intimidar, todo cuanto sea espacio público para conseguir sus demandas. Argentina coherente: no emprendas, hacete piquetero. Te vas a hacer rico. Quién sabe, tal vez los profesores de filosofía podríamos ir ensayando cómo nos quedaría una capucha y un pacífico palo en nuestras manos.

 

Como dijo Gustavo Hasperué: “…Amigo político, podés seguir aumentando el gasto e inventar nuevos impuestos; lo que no vas a poder es evitar las consecuencias. Pero quedate tranquilo; la mayoría de la gente no entiende nada y le va a echar la culpa al capitalismo y reclamará, para tu tranquilidad, más estado y más política. Eso sí, con políticos buenos…”.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

 

Argentina necesita más liberalismo que nunca

Por Iván Carrino. Publicado el 7/10/16 en: http://www.ivancarrino.com/argentina-necesita-mas-liberalismo-que-nunca/

 

El liberalismo es la corriente de pensamiento económico que sacó al mundo de la pobreza. Nada menos. Antes de la Revolución industrial, a principios de 1800, la pobreza en el mundo superaba el 90% de la población. Pero gracias al desarrollo del capitalismo y la globalización, en 2015 este número se redujo 80 puntos, al 10% del total. En poco más de 100 años, la civilización alcanzó un grado de desarrollo que jamás antes había sido posible, con una mayor cantidad de población y mayor esperanza de vida.

A pesar de los agoreros y apocalípticos, Adam Smith se alzó vencedor.

Por el contrario, el intervencionismo, con sus variantes socialistas, desarrollistas y populismos de izquierda y derecha, llevan al fracaso de los países. En su afán de gastar más de lo que se ingresa e hiperregular la economía, siempre termina igual. O con incontrolables niveles de inflación, o con crisis de deuda, o con un sistema productivo colapsado como el caso de la Venezuela actual.

A la luz de los datos, es claro que el camino que debe tomar el país es el de la libertad económica. Además, está visto que los países más libres son los que mejor calidad de vida ofrecen a su población. Las 5 naciones que encabezan el Índice de Desarrollo Humano (Noruega, Australia, Suiza, Dinamarca y Holanda) tienen altos niveles de libertad económica. Respetan los derechos de propiedad, comercian libremente con el mundo, no tienen inflación y no controlan precios destruyendo la rentabilidad de las empresas.

Ahora para alcanzar a estos países, el gobierno de Mauricio Macri necesita ser mucho más agresivo en su compromiso con la libertad de lo que ha sido hasta ahora. ¿Por qué? Porque contamos con un pasado que genera muchas dudas entre los inversores del mundo y los propios argentinos.

Desde la creación del Banco Central en 1935, la inflación anual equivalente fue de 55%, con dos episodios hiperinflacionarios y el cambio de seis signos monetarios. Además, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el país estuvo en situación de default, o de incumplimiento de sus compromisos de deuda, 36 años, el 52% del tiempo transcurrido. Expropiaciones, privatizaciones, re-estatizaciones e impuestazos también han sido protagonistas de nuestra historia reciente, y hoy la presión tributaria alcanza niveles insospechados.

El gobierno de Cambiemos lleva diez meses en el poder. En ese lapso, eliminó de un plumazo el cepo cambiario, quitó la mayor parte de las absurdas retenciones a la exportación, intenta ajustar las atrasadas tarifas de los servicios públicos, bajar la inflación, y reducir gradualmente el déficit fiscal. Como frutilla del postre, organizó en Buenos Aires un Foro de Inversión y Negocios que buscó seducir a los empresarios para que inviertan en el país.

Todo esto es positivo. Pero incluso sumándolo todo, es posible que los inversores nos sigan mirando con desconfianza. Hazte la fama…

Por eso, la única alternativa que nos queda es mostrar un compromiso mucho mayor con los principios básicos de la libertad económica. Los impuestos tienen que bajar drásticamente, y para ello se debe renunciar a mega-proyectos de gasto político. La economía debe desregularse, e innovaciones como Uber deben ser parte de nuestra vida cotidiana, no víctima de reglamentos hechos a la medida de las mafias. El comercio debe abrirse, y de manera unilateral, sin necesidad de negociar “contrapartidas” con otros países.

Abrirse es bueno: nos permite comprar más barato del exterior y a su vez vender más caro. El comercio genera siempre beneficios para las partes que comercian y es totalmente falaz que genere desempleo en términos agregados.

Argentina está frente a una coyuntura histórica. Los ojos de los inversores están puestos sobre nosotros, pero el gobierno teme ser catalogado de liberal o, peor aún, de “neoliberal”.

Así que mi recomendación es sencilla: estimado presidente, libérese de los prejuicios y haga lo que tiene que hacer. En un mundo competitivo como el de hoy, hay que ser doblemente agresivos para captar inversiones. Y ese objetivo solo se conseguirá con más libertad económica, no con mensajes ambiguos y demagogia política.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Opinar diferente también es ayudar al Gobierno

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 28/8/16 en: http://economiaparatodos.net/opinar-diferente-tambien-es-ayudar-al-gobierno/

 

El debate franco siempre genera ganancias para las partes

Cada vez me sorprende más la cantidad de gente que quedó tan asustada con el kirchnerismo que a la más mínima diferencia que uno plantea con las medidas que toma el gobierno de Cambiemos, reaccionan tipo k, es decir con agresión o, los más educados, diciendo que hay que tener paciencia o bien argumentando que hay que apoyar al gobierno como sea.

Si uno descarta a los macristas que reaccionan como los k, se encuentra con un universo que, a mi juicio, lejo está de aportar algo positivo para reconstruir el país y evitar que vuelvan los k, regreso que, creo, es bastante poco probable. Tal vez podría volver el peronismo, pero bajo otro de los múltiples formatos que tienen para tratar de mantenerse en el poder.

Creo que es un grosero error otorgar un cheque en blanco al que se vota. Uno vota a una persona en un momento determinado para que administre la cosa pública, dentro de un gobierno limitado entendiendo por gobierno limitado un gobierno que no puede utilizar el monopolio de la fuerza para violar los derechos individuales. La larga decadencia argentina es consecuencia de idealizar a personas como salvadoras de la patria, cuando en realidad son las instituciones las que salvan a un país. Las que lo hacen progresar. Y las personas son solo administradoras transitorias de la cosa pública dentro de ese marco institucional de un gobierno limitado.

Ahora bien, considero que descalificar o mirar con desconfianza al que opina diferente sobre cómo encarar la herencia recibida del kirchnerismo, no solo implica adoptar un comportamiento igual al del kirchnerismo que no tolera ninguna opinión diferente a la de la mandamás, sino que además no contribuye a lograr el éxito del gobierno diciéndole a Macri sí bwana a todo lo que hace. El apoyo constructivo es mostrar las diferencias cuando se las ve, y queda a decisión de Macri aceptar las opiniones diferentes o rechazarlas. Pero se equivocan quienes creen que no opinar diferente es ayudar al gobierno. Al contrario, de todo debate uno siempre sale fortalecido.

Si yo tengo una opinión sobre cómo encarar un tema y otra persona tiene una visión diferente, del debate pueden surgir dos opciones. Una opción es que la otra persona me convenza que estoy equivocado, en cuyo caso salgo ganando porque me saca del error. La otra opción es que la otra persona acepte que yo tengo razón, en cuyo caso, no gané la discusión, sino que gané confirmando mi teoría.

Insisto, acá no se trata de ganar la discusión, sino de encontrar soluciones a los problemas que dejaron los k. Y en esa búsqueda de soluciones hay diferentes opiniones que el debate franco siempre genera ganancias para las partes.

Pregunta para el debate: la ausencia de un plan económico global que el gobierno no quiere aplicar, ¿aleja o acerca la vuelta de la horda k? El plateo es válido porque si a la gente todo el tiempo la van limando con medidas que afectan su nivel de vida pero no le explican la herencia recibida, para qué se adoptan esas medidas y cuáles serán los resultados finales, la gente vive la transición sin esperanza porque no entiende para qué está haciendo el esfuerzo. Es como poner a dieta a una persona y no explicarle que al cabo de cierto tiempo va a bajar de peso.

Lo peor es que el PRO se esfuerza por mostrarse como un gobierno progresista al punto que tiene a un ministro de economía que viene del progresismo, pero la gente lo identifica como de derecha. Incluso los que los votaron lo ven como un partido de derecha a pesar de continuar con la misma política impositiva, los mismos planes sociales y el mismo nivel de gasto público y estado ineficiente que tenía el kirchnerismo. Así, el PRO paga todos los costos de una política que no asume cambios profundos y continúa con la estructura de la decadencia argentina, pero no cosecha los beneficios políticos del populismo.

Lo que pretendo transmitir es que la mejor contribución que uno puede hacer para que el kirchnerismo quede sepultado para siempre, es contribuir a implementar un plan económico consistente que la gente comprenda rápidamente sus beneficios, para entrar en una sólida senda de crecimiento que destierre el clientelismo político de los planes sociales.

Esa es la mayor objeción que hoy se le puede formular al gobierno. Por miedo a desarmar la estructura estatal que se fue construyendo a lo largo de décadas y explotó en envergadura con el kirchnerismo, el PRO mantiene esa legión de planes sociales y ñoquis entrando en una competencia populista con el peronismo en todos sus formatos.

Nadie pretende que de un día para otro se cancelen todos los planes sociales ni se echen a todos los millones de empleados públicos que hay en el estado, solo se busca iniciar un camino. Decir que el tamaño del estado va a seguir siendo éste pero bien administrado es no comprender el problema. La plata no alcanza para financiarlo y encima ese estado elefantiásico aplasta al sector privado que es el que lo sostiene con los impuestos confiscatorios que cobra el estado.

El gobierno habla que la salida es el crecimiento. ¿Cómo puede crecer el sector privado con un estado que lo aplasta? Y si no hay crecimiento basado en un plan económico consistente, la pobreza y el empleo público seguirán siendo el alimento del populismo y los aspirantes a autócratas.

En definitiva, si el gobierno quiere cambiar en serio este lago proceso de decadencia, quienes decimos lo “políticamente” incorrecto somos los que más contribuimos a cambiar el país, porque cumplimos la misión de decir las cosas que el gobierno, por corrección política, no puede decir. Todos sabemos que hay que bajar el gasto público. Si en el gobierno no se animan a decirlo por razones políticas, los “salvajes” liberales cumplimos una función de oro al decir lo que el gobierno no puede decir.

O sea, los que empujamos hacia el cambio y marcamos nuestra diferencia, somos más útiles que los que le dicen sí bwana a todo lo que dice el gobierno por miedo a que vuelvan los k.

Para salir de este populismo hace falta audacia, no timoratos temerosos de los k que no se animan a formular opiniones diferentes pero constructivas.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

La verdad sobre los subsidios energéticos en Argentina

Por Iván Carrino. Publicado el 11/8/16 en: http://www.ivancarrino.com/la-verdad-sobre-los-subsidios-energeticos-en-argentina/

 

Imaginemos a un padre que está tratando de educar a su hijo de aproximadamente 5 años. Una de las lecciones que intenta enseñarle es que no debe ser agresivo con sus compañeros del colegio.

Un día determinado, lo invitan a una reunión en el colegio, donde comenta los avatares de este proceso de enseñarle a su criatura dicha lección. Para su sorpresa, un grupo de padres le sugiere que no se haga mucho problema por ello, ya que todos los compañeros son agresivos. No sé bien qué pensará el lector al respecto, pero no parece del todo sensato que, porque un grupo de personas se comporte de manera equis, todos tengamos que comportarnos así o conformarnos con dicho comportamiento.

¿A qué viene todo esto? Principalmente, a que pocos días atrás se difundió un informe del Fondo Monetario Internacional (FMI) que muestra que la gran mayoría de los gobiernos del mundo destina importantes cantidades de dinero a subsidiar la energía en los países que administran. En términos de subsidios per cápita, nuestro país no estaría tan mal parado, ya que ocupa el puesto número 60 en una larga lista de naciones analizadas.

Obviamente, la relevancia de la difusión de este informe, que en realidad data de 2015, es criticar el intento del Gobierno por reducir estos gastos y el inevitable corolario de la suba en las tarifas que los consumidores pagan por la luz y el gas.

Ahora, la pregunta es si deberíamos tomar dicho ranking como válido, o como punto de referencia para nuestra problemática local. Mi respuesta es rotundamente negativa.

En primer lugar, porque uno de los principales focos en nuestro país está puesto en los subsidios a la energía eléctrica. Es decir, a que el Gobierno pague parte de lo que consumimos de luz en nuestras casas. Si uno mira ese mismo reporte del FMI, encontrará que entre los países avanzados (como Estados Unidos, Australia o Bélgica) casi ninguno destina un solo dólar a este tipo de subsidio.

Por otro lado, si nos comparamos con las economías avanzadas —y no con países que no deberíamos querer imitar, como Venezuela, Uzbekistán o Irán—, nos ubicamos en el quinto puesto a nivel mundial en términos de lo que subsidiamos la energía, siempre según los datos del FMI y en términos del PBI.

Ahora relacionando con el ejemplo del inicio, lo que no dicen quienes se encargaron de difundir este reporte es que la institución internacional hizo el análisis con el objetivo de concientizar a los países para que reduzcan inmediatamente este tipo de erogaciones públicas.

Para el FMI:

Eliminar los subsidios globales a la energía podría reducir las muertes relacionadas con las emisiones de combustibles fósiles en más del 50% […]. Las ganancias fiscales de eliminar los subsidios energéticos se estiman en 2,9 billones de dólares en 2015. Esto ofrece un enorme potencial para reducir otros impuestos y fortalecer la recaudación (…)

Las ganancias netas de la reforma, luego de reducir el costo que los mayores precios de la energía tendrían para los consumidores, derivadas de la ganancia fiscal y ambiental, se estima en 1,8 billones de dólares y podría ser mucho mayor si se utiliza para generar reducciones de impuestos que estimulen el crecimiento económico.

El problema fiscal es la clave en nuestro caso. El año pasado, el déficit ascendió a 370 mil millones de pesos, o 6,3% del PBI, mientras que los subsidios a la energía treparon al 2,9%, según datos de la Asociación Argentina de Presupuesto y Administración Financiera Pública (Asap) y el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec). A su vez, estos subsidios han venido creciendo año a año, al igual que el desequilibrio de las cuentas públicas. Como resultado, hoy somos uno de los países con mayor inflación en el mundo y tenemos una carga tributaria insoportable.

2016.08.09_Subsidiosenergía

Así las cosas, la reducción de los subsidios energéticos fue la vía que eligió el Gobierno nacional para achicar el déficit y bajar ese impuesto no autorizado por el Congreso que es la inflación.

A modo de conclusión, mi pregunta para los que no quieren tocar este gasto es: ¿Qué proponen? ¿Qué otro rubro del gasto público aconsejan reducir? ¿Quieren eliminar Fútbol para Todos, los subsidios a la cultura, privatizar Aerolíneas Argentinas, o todo lo anterior junto? ¿Quieren emprender una reforma del Estado que implique, al menos en el corto plazo, mayor cantidad de empleados públicos buscando trabajo en el sector privado y, por tanto, engrosando las filas del desempleo? ¿Quieren explorar la posibilidad de ir a un sistema de jubilaciones privado?

¿O lo que en realidad proponen es que sigan vigentes las políticas del kirchnerismo, que financiaron una fiesta de gasto público con inflación, atraso y pobreza?

No es relevante si Estados Unidos, Trinidad y Tobago, o Arabia Saudita gastan más en términos per cápita en subsidios a la energía. Lo relevante es cómo se hace para achicar el déficit fiscal, bajar la inflación y así empezar a desactivar la bomba atómica económica que el kirchnerismo le dejó a su sucesor.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

REFLEXIONES SOBRE EL LLAMADO “AJUSTE”

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 5/4/16 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2016/04/reflexiones-sobre-el-llamado-ajuste.html

 

Los preconceptos con los cuales la opinión pública mundial, y argentina en particular, enfrentan estos procesos, son tan absolutamente ignorantes del tema de la escasez que sencillamente lo falsean.

Nuestros actuales horizontes culturales tienden a pensar que todo depende de la buena voluntad de los gobiernos. Por ende, los gobernantes se dividen en buenos y malos. Los gobernantes buenos bajan los precios, suben los salarios, crean empleo, ayudan a los pobres. Luego están los malos, que dejan a las pobres gentes libradas a su suerte, al dominio de empresarios inescrupulosos, a las espantosas multinacionales, el FMI, etc., y hacen eso porque la gente no les importa, porque defienden sólo a los ricos y porque no tienen sensibilidad social.

Los gobiernos buenos, por ende, gastan. Como hay que redistribuir la riqueza, lo hacen: crean empleo público, subsidian a los que tienen menos, bajan las tarifas de los servicios públicos, suben los salarios, etc. Cuando la gente mala se enoja por todo ello, entonces tratan de que los buenos dejen el poder. Y si lo logran, cuando suben, entonces “ajustan”, porque son malos. Echan gente, suben las tarifas, cortan los subsidios, y gozan de todo eso cual perversos sádicos que absorben despiadados la sangre del pueblo.

Me van a decir: nadie lo dice así. Claro, así dicho, nadie, lo mio es una hipérbole, una caricatura, de creencias muy arraigadas que se observan en periodistas, políticos, sindicalistas, etc., que hablan todo el tiempo de la redistribución del ingreso y de la acción del estado, y que cuando hablan de quienes no piensan como ellos los tiñen verdaderamente de inmorales, malvados e insensibles.

Todo esto implica ignorar de manera radical el problema de la escasez. Hasta hoy mismo he leído por millonésima vez –en una persona culta y renombrada- que Argentina es un país muy rico. No, la riqueza no consiste en recursos naturales, sino en ahorro, capital e inversión. Y ello no se crea de la nada. Los bienes y servicios que salen del ahorro y etc. radicamente NO existen antes del proceso de ahorro e inversión.

Los gobernantes que creen que ellos son los buenos que van a crear riqueza se enfrentan inevitablemente con este dilema. Pueden aumentar los salarios por decreto, pueden aumentar el empleo público, pueden subsidiar tarifas y pueden dar todo tipo de ayudas materiales a los sectores más pobres pero, para hacerlo, viene el tema del financiamiento. Una de las primeras fuentes es aumentar los impuestos a la renta, para sacar a los ricos y dar a los pobres, hasta que, claro, los pobres mismos pagan impuesto a la renta y la presión impositiva es tal que corta de raíz el ahorro que es la clave para aumentar los bienes y servicios.

La segunda, ultrarecontraclásica, y para colmo sacralizada por los economistas que no entendieron a Mises, es aumentar la emisión monetaria. Con ello producen inflación, con lo cual suben los precios, bajan los salarios reales, baja el ahorro, se reducen las inversiones, aumenta la pobreza, etc. Pero no, lo niegan totalmente: son los formadores de precios, son los empresarios malos, es el capitalimo, es la Trilateral Comision, los judíos, etc. Pero la verdad que no quieren reconocer es que la inflación es el impuesto más cruel de todos y la política antisocial más terrible que la ignorancia de la escasez produce.

La tercera es la deuda pública. Puede durar décadas, pero, desde luego, siempre se paga al final, con cesación de pagos, fuga de capitales y, nuevamente, la pobreza y miseria que ello produce. Mientras tanto, es como si viviéramos del aire. Yo también puedo comprarme un yate y hacer allí mi próxima reunión de cumpleaños con 2000 personas y, para ello, me endeudo hasta la coronilla. Pero luego tengo que pagar la deuda. Miren si hiciera pagar la deuda a los 2000 amigos que asistieron, quitándoles todos los meses de sus salarios. Pues bien, eso es lo que hacen los estados.

Cuando todo esto explota, o está por explotar, entonces hay que enfrentar la realidad. Si no se frena la inflación se llega a la hiper y el colapso total del sistema financiero y monetario. Los precios, de bienes, tarifas y servicios, son los que son, o sea, altos después de todo ese proceso. Las divisas extranjeras son caras en relación a la moneda local. No se trata de que gobernantes malos suban las tarifas: son altas. No se trata de que gobernantes malos creen desempleo: ya lo había pero vivían de salarios financiados por inflación e impuestos que ya no pueden seguir. No se trata de que el malo va a devaluar: la divisa extranjera YA está davaluada.

Pero no. La opinión pública en general cree que un malo es el que va a despedir, aumentar, devaluar, etc., y que si hubiera sido bueno no lo hubiera hecho.

Pero no, no hay buenos y malos. Hubo gente equivocada que pensó que podía crear riqueza de la nada y financió su sueño con inflación, impuestos y deuda. Y hay gente igual de preocupada por el bien común que se da cuenta de que así no se puede seguir. Listo. En ambos casos, la escasez manda.

Esto NO es una defensa de ESTE gobierno. Las cosas podrían estar hechas mejor. Pero sí es una advertencia de la ingenuidad política y económica de gran parte de los argentinos.

Para colmo, tímidas admisiones de la realidad son colocadas como “la economía de mercado”, y el mercado queda identificado con la maldad que, se supone, es la causa de que las cosas sean escasas. El mercado libre es precisamente lo que procuce incentivos para el ahorro, la inversión y, de ese modo, el aumento de salarios reales, de empleo y la baja progresiva de los precios de todos los bienes y servicios. Que Argentina haya creado un estado gigante e insostenible cuyo precio es el llamado ajuste, no es precisamente responsabilidad del mercado libre que nunca existió.

Es más: el costo social del estatismo es aquello de lo que nunca se habla. No es que el estado “bueno” produce riqueza y que el mercado “ajusta” y produce pobreza. Es el estatismo el que baja la riqueza conjunta y conduce a las situaciones indiganantes de pobreza, miseria, marginalidad, villas miserias y demás problemas sociales en los cuales está sumergida casi toda América Latina. Salir de ello no es un costo social, es un progreso social: el costo estuvo antes, no después.

Esto es tan ignorado que buenas personas que han tratado de corregir el rumbo han quedado en Argentina poco menos que innombrables. Una persona proba y honesta como Alvaro Alsogaray ha quedado ridiculizado y denostado para siempre por peronistas, sindicalistas, radicales, periodistas, socialdemócratas, etc., que además han creído verdaderamente que era “malo”. Se rieron de su famoso pasar el invierno, y ese rechazo nos ha costado 30, 40, 50 inviernos más. Lo mismo pasó con Celestino Rodrigo, quien tuvo que soportar el oprobio de su nombre, al hablar todos del “rodrigazo” cuando lo único que hizo fue decir: miren, estos son los precios que realmente hay.

El progreso no consiste en echar gente del estado y mantener igual casi todo lo demás. Tampoco consiste en dejar de pagar los sueldos de gente inocente cuyos puestos eran artificiales. El progreso es crear las condiciones de mercado libre. Es eliminar todos los ministerios, secretarías y legislaciones estatales que están en contra del funcionamiento del libre mercado, de lo cual este gobierno parece estar lejos. La cuestión no es nombrar a un secretario de comercio honesto donde antes estaba una bestia: la cuestión es eliminar la secretaría de comercio. Porque la causa de que los ministerios y secretarías funcionen mal NO es la corrupción. La causa es su misma existencia.

 

Yo no soy de esos filósofos que comienzan a decirles a los gobernantes cómo deben comportarse en períodos de crisis y cambios como el que enfrentamos. No quisiera estar en sus zapatos y lo más probable es que sea otro incapaz como muchos. Pero sí consiste mi función en advertir a una mayoría de argentinos sobre la ingenuidad de sus planteos. En seguir diciendo que nunca hubiéramos llegado a esta situación si no hubieran apoyado masivamente a dictadorzuelos espantosamene ridículos que muchos consideraron “buenos” contra el mercado “malo”. “Malo, malo el mercado”. Como niños. Dramáticamente niños.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

El peronismo no es ningún ejemplo a seguir

Por Iván Carrino. Publicado el 22/6/16 en: http://www.ivancarrino.com/el-peronismo-no-es-ningun-ejemplo-a-seguir/

 

A pesar de ser una corriente popular en Argentina y en el mundo, los resultados económicos del peronismo dejan mucho que desear.

Poco tiempo atrás leía que la agrupación populista, Podemos, de España, tenía pensado importar el peronismo a ese país. En palabras de su líder, Pablo Iglesias, “Podemos tiene rasgos peronistas” y mucho de lo que proponen en materia de políticas públicas está en línea con el célebre movimiento argentino. Sin embargo, si Podemos lograra efectivamente su cometido, ésta no sería una buena noticia.

El peronismo es el movimiento político que surgió con Juan Domingo Perón durante la década del ‘40 y que marcó un antes y después en la sociedad argentina. En economía, el de Perón posee el dudoso mérito de haber sido el primer gobierno en llevar la inflación por encima del 50% anual en 1951. Como rasgo característico, además, el peronismo fue siempre crítico del capitalismo, amante del gasto público exacerbado, adicto a los controles de precios y cultor de la tristemente célebre frase “vivir con lo nuestro”, que refiere explícitamente a cerrar las fronteras del comercio internacional.

Ahora  a pesar de tener 70 años de historia, el peronismo hasta hace pocos meses gozó de muy buena salud en Argentina. Como explica Emilio Ocampo, desde el regreso de la democracia, en 1983, 76% del tiempo el país estuvo gobernado por un presidente peronista. Entre 1989 y 1999, fue Menem quien alzó las banderas peronistas. Desde 2002 a 2015, la tarea correspondió a Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner.

Si bien hubo diferencias entre cada uno de estos presidentes, todos ellos ascendieron al poder por su afiliación y defensa del partido de Perón. El peronismo de Menem privatizó empresas y mantuvo el tipo de cambio fijo con déficit fiscal. El peronismo de Duhalde abandonó el “1 a 1” y devaluó la moneda, pero consiguió superávit de las cuentas públicas. El peronismo de los Kirchner fue más parecido a aquél de la década del 40 y del 50: inflación, control de precios, cierre de la economía y una profunda destrucción del clima institucional y de negocios en el país.

Durante el mismo período, algunos de los países de la región tomaban un rumbo diferente. Tanto Chile, como Perú y Colombia fueron dándose cuenta que el camino del progreso venía de la mano de la apertura al comercio, el mayor equilibrio de las cuentas públicas, una baja inflación y también una menor deuda pública.

En definitiva, una mayor cercanía con el capitalismo y el respeto por las instituciones republicanas.

Los resultados de los diferentes caminos tomados pueden observarse en el cuadro de abajo. Allí se observa la evolución del PBI per cápita de cada uno de estos países desde 1983 hasta el 2016 de acuerdo a las estimaciones y proyecciones del FMI.

2016.06.21_Peronismo

Como puede verse, el país en donde más ha crecido el ingreso promedio de sus habitantes es Chile, que pasó de tener un PBI per cápita de USD 1.754 a uno de USD 12.938. La variación es un espectacular 638%. En segundo lugar está Perú, cuyo ingreso por habitante avanzó nada menos que 445%. Le sigue Colombia, con una suba de 191% yrecién en cuarto lugar se ubica Argentina, el país que era más rico que todos los demás en el año de partida, 1983. En dicho año, Argentina tenía un PBI per cápita de USD 4.244, mientras que según el FMI en 2016 este número será de USD 10.051, 22% inferior al chileno.

Alguno tal vez piensa que esta pobre performance económica tiene como contrapartida un buen desempeño en el plano social, como si existiera un intercambio entre una y otra cosa. Sin embargo, nada de eso sucedió. En promedio, desde 1968 a 1989 la pobreza en Argentina alcanzó al 14,7% de la población. Sin embargo, de 1989 a 2015 la misma se duplicó, promediando el 29,7%.

El peronismo resultó devastador para la economía Argentina. Si nuestra riqueza hubiera crecido al ritmo de Perú, Colombia y Chile, hoy tendríamos un ingreso comparable al de un país europeo. Los rivales políticos del peronismo también tienen su cuota de responsabilidad. Es que por más críticos que hayan sido, ninguno se atrevió a rechazar con firmeza las banderas del mítico movimiento populista de Argentina.

El daño económico que el peronismo originó en nuestro país está a la vista de todos. A la luz de ellos, uno no sabe si reír o llorar cuando alguien quiere tomar a esta expresión política como ejemplo a seguir.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.