Lord Keynes y el pleno empleo

Por Gabriel Boragina: Publicado el 11/9/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/09/lord-keynes-y-el-pleno-empleo.html

 

M. Keynes ha pasado a la historia económica como el paladín del “pleno empleo”. Sin embargo, aun no se encuentra suficientemente difundido (especialmente entre el vulgo) que sus recetas nunca consiguieron el tan ansiado objetivo y que, lejos de obtenerlo, tampoco podrían hacerlo, dado que su teoría para llegar a ello, fue y es -desde todo punto de vista- inviable.

Examinemos a continuación más en detalle la falacia keynesiana:

“Keynes argumentaba en La Teoría General que la economía de libre mercado no contenía ningún mecanismo interno para asegurar el pleno empleo. La debilidad crucial, decía, yace en la relación entre el ahorro y la inversión. La gente tiende a consumir más cuando sus ingresos suben, pero este incremento no es tan grande como el aumento en el ingreso. En otras palabras, también se ahorra una parte del aumento del ingreso. El problema, insistía, es que el ahorro es “no-gasto” y si la gente no gasta todo el ingreso extra que ganan, los empresarios pueden no tener el incentivo para invertir lo suficiente para emplear a todos aquellos que quieren trabajos a los salarios establecidos. Como resultado, una gran parte de la mano de obra puede acabar desempleada porque el sector privado ha fallado en crear suficientes puestos de trabajo. La economía, por tanto, se puede quedar atascada durante un periodo prolongado en lo que Keynes llamó un “equilibrio con desempleo”. ¿No podrían mejorar los trabajadores sus perspectivas aceptando salarios monetarios más bajos? No, insistía Keynes, porque los trabajadores sufren de una “ilusión monetaria” -incluso cuando los precios estuvieran cayendo y un recorte en los salarios no les afectara en términos de poder de compra, los trabajadores rechazarían aceptar menos dinero-“.[1]

El error de Keynes consistía en que impugnaba como “falsa” la ley de la oferta y la demanda, también denominada “Ley de Salidas” de Say. De haber aceptado la verdad de esta ley básica de la economía habría advertido que su planteo era por completo equivocado. Pero no era su único desconocimiento, sino que tampoco tenía claro cómo funcionaban el ahorro y la inversión, lo que brinda evidencia que sus conceptos sobre ambos también eran oscuros. No obstante, su ataque principal estaba dirigido contra el ahorro, que Keynes asimilaba por completo al atesoramiento, campo este último donde también padecía de una severa confusión. En suma, parecía creer que -en última instancia- lo que provocaría el desempleo sería el excesivo ahorro, lo cual bien sabemos que resulta por completo falso. En su diseño mental, suponía que la única forma de generar empleos era mediante el consumo íntegro del ingreso por parte de la gente, lo que demuestra la falacia de las conexiones causales que establecía en su “teoría”. El pleno empleo sólo reconoce una exclusiva y única causa : la total ausencia de interferencias regulatorias por parte de los gobiernos en el mercado laboral, es decir el más absoluto y riguroso respeto a las convenciones pactadas en los contratos laborales celebrados en el marco de la más incondicional libertad entre empleadores y empleados. En otras palabras, lo necesario para la existencia de pleno empleo es la no interferencia del gobierno en el mercado laboral, y no las abstrusas “elaboraciones” keynesianas.

“En vez de pedir que los trabajadores aceptaran cobrar menos, Keynes estaba a favor de aumentar el nivel general de precios para que los empresarios pudieran obtener beneficios sin recortar los salarios. En otras palabras, la solución de Keynes para el desempleo era la inflación de precios.”[2]

También proponía la misma solución respecto de los salarios, lo que demuestra un nuevo desconocimiento adicional de la teoría keynesiana, a saber: en qué consiste realmente la inflación y cuáles son sus efectos. En realidad, los empresarios no podrían obtener beneficios si por un excesivo nivel de precios los consumidores se veían impedidos de aumentar sus compras, lo que hacía necesario que por un mecanismo análogo (inflacionario) se aumentara el poder de compra de los asalariados. No obstante, Keynes tampoco parecía advertir que en el mediano y largo plazo la inflación no aumenta el poder de compra real del salario. Lo que se genera en los hechos, es una carrera infernal entre precios y salarios (en rigor, entre dos tipos de precios diferentes, pero ambos precios al fin).

“Déficit público. El gasto deficitario del gobierno proporcionaría una demanda adicional al mercado, empujando los precios hacia arriba y estimulando la contratación. Esta política continuaría hasta que se consiguiera el “pleno empleo”. Pero debido a que, desde el punto de vista de Keynes, los empresarios eran normalmente cortoplacistas e irracionales en sus miedos acerca de las perspectivas de las inversiones, el sector privado siempre se retrasaría en crear trabajos. El gobierno tendría que estar constantemente al control de los instrumentos monetarios y fiscales, inyectando gasto en la economía para evitar que volviera a hundirse en niveles de desempleo inaceptables.”[3]

A esa demanda adicional del gobierno es a lo que los keynesianos llamarían pomposamente “demanda agregada”. Keynes creía que las mayores ganancias de los empresarios, fruto, a su turno, del aumento de precios generado por la demanda adicional del gobierno, impulsarían a una superior contratación de empleo, pero es de sentido común saber que no necesariamente habría de ser así. En realidad, también en eso se equivocaba Keynes. El mayor gasto de consumo gubernamental podría tener como efecto –alternativamente- un incremento de los gastos personales o familiares del empresario en cuestión, o el atesoramiento empresarial, o bien mayor inversión en tecnología, dado que los empresarios siempre están alertas a cualquier oportunidad de abaratar costos. Es verdad que esta mayor inversión en tecnología podía, indirectamente, crear nuevo empleo, pero -al mismo tiempo- antiguos puestos de trabajo desaparecerían como fruto de la innovación tecnológica. Por otra parte, el gasto continuaría empujando los precios al alza, desalentando la demanda de los trabajadores que no pudieran afrontar esos aumentos.

[1] Richard M. Ebeling.”Hazlitt y el fracaso de la economía keynesiana”. The Freeman. Ideas on Liberty. Nº 2

[2] Ebeling R.”Hazlitt y el…” op. cit. p. 2

[3] Ebeling R.”Hazlitt y el…” op. cit. p. 2

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

MÁS SOBRE KEYNES

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Mucho se ha escrito sobre John Maynard Keynes a favor y en contra, pero es de interés intentar una vez más indagar en aspectos centrales de su tesis al efecto de comprender el cometido con la mayor claridad posible.

 

En el capítulo 22 de su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero Keynes resume su idea al escribir que “En conclusión, afirmo que el deber de ordenar el volumen actual de inversión no puede dejarse con garantías en manos de los particulares”.

 

En el capítulo 2 del segundo volumen de su Ensayos de persuasión afirma que “Estamos siendo castigados con una nueva enfermedad, cuyo nombre quizás aun no han oído algunos de los que me lean, pero de la que oirán mucho en los años venideros, es decir el paro tecnológico”. Este comentario sobre “la nueva enfermedad” pone de relieve la incomprensión de Keynes sobre el tema del desempleo.

 

Como se ha puntualizado en diversas ocasiones, en una sociedad abierta, es decir, en este caso, allí donde los salarios son el resultado de arreglos libres entre las partes nunca se produce sobrante de aquél factor que resulta esencial (el trabajo manual e intelectual) para la producción de bienes y para la prestación de servicios. En otros términos, no hay desocupación involuntaria (la voluntaria es irrelevante para nuestro estudio como lo es la involuntaria para quienes están en estado vegetativo).

 

Esto es así aunque se trate de un grupo de náufragos que llegan a una isla desierta: no les alcanzarán las horas del día y de la noche para todo lo que deben trabajar. Sin duda que los salarios en términos reales en ese caso serán reducidos por falta de inversión suficiente pero no habrá desempleo. Por su parte la nueva tecnología permite liberar recursos humanos y materiales al efecto de asignarnos en otros emprendimientos que no podían encararse mientras los siempre escasos factores de producción estuvieran esterilizados en las áreas anteriores.

 

Y no es cuestión de centrar la atención en la transición puesto que la vida es una transición permanente. Cualquiera que cotidianamente en su oficina propone un cambio para mejorar está de hecho reasignando recursos hacia otros campos. La mayor productividad produce siempre ese resultado. Los empresarios en su propio interés están interesados en la capacitación en los nuevos emprendimientos.

 

Tampoco tiene sentido aludir a una así denominada “desocupación friccional” puesto que todos pueden trabajar si se adaptan a los salarios ofrecidos según sean las tasas de capitalización del momento. En el extremo, si por arte de magia todo estuviera robotizado (dejando de lado el trabajo para fabricar robots) estaríamos en Jauja puesto que el objeto del ser humano no es trabajar. Pero en la realidad debe verse el asunto como lo hemos ejemplificado tantas veces con el hombre de la barra de hielo cuando apareció la refrigeradora o el fogonero cuando apareció la máquina Diesel. La tecnología incrementa la productividad y, por ende, los salarios e ingresos de la población. En última instancia, el volumen de inversión es lo que diferencia un país adelantado de uno atrasado.

 

La enorme desocupación que observamos en distintos países se debe precisamente a las intromisiones gubernamentales al pretender el establecimiento de salarios por medio del decreto que naturalmente sacan del empleo formal a quienes más necesitan trabajar. La ocupación informal es una respuesta de la gente para sobrevivir en lugar de estar condenados a deambular por las calles sin encontrar empleo a los salarios y con los tributos impuestos por las normas de aparatos estatales irresponsables.

 

  1. R. Steele en su Keynes and Hayek resume bien el aspecto medular del autor a que nos venimos refiriendo al sostener que Keynes paradójicamente aparece como el salvador de un sistema que condena, es decir el capitalismo y concluye que “Keynes considera el capitalismo como estética y moralmente dañino por cuya razón justifica el aumento de las funciones gubernamentales” y afirma muy documentadamente que “Hayek tenía gran respeto por el hombre, pero muy poco respeto por Keynes como economista”.

 

Su conocida visión de que las obras públicas en si mismas permiten activar la economía pasan por alto el hecho de que los recursos del presente son desviados de las preferencias de los consumidores para destinarlos a las preferencias políticas lo cual implica consumo de capital. Si las obras en cuestión son financiadas con deuda, se comprometen los recursos futuros de la gente.

 

Todas las acciones políticas, cualquiera sea su color, son consecuencia de previas elucubraciones intelectuales que influyen sobre la opinión pública que, a su turno, le abren caminos a los buscadores de votos. Muy citado y muy cierto es un pasaje escrito por John Maynard Keynes en la obra mencionada que “Las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, tanto cuando están en lo cierto como cuando no lo están, son más poderosas de lo que se supone corrientemente. Verdaderamente, el mundo se gobierna con poco más. Los hombres prácticos, que se creen completamente libres de toda influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto”.

 

El párrafo no puede ser más ajustado a la realidad. Keynes ha tenido y sigue teniendo la influencia más negativa de cuantos intelectuales han existido hasta el momento. Mucho más que Marx, quien debido a sus inclinaciones violentas y a su radicalismo frontal ha ahuyentado a mas de uno. Keynes, en cambio, patrocinaba la liquidación de la sociedad abierta con recetas que, las más de las veces, resultaban mas sutiles y difíciles de detectar para el incauto debido a su lenguaje alambicado y tortuoso. Los ejes centrales de su obra mas difundida a la que hemos hecho referencia consisten en la alabanza del gasto estatal, el déficit fiscal y el recurrir a políticas monetarias inflacionistas para “reactivar la economía” y asegurar el “pleno empleo” ya que nos dice  en ese libro que “La prudencia financiera está expuesta a disminuir la demanda global y, por tanto, a perjudicar el bienestar”.

 

Como hemos recomendado antes, subrayamos nuevamente que tal vez los trabajos mas lúcidos sobre Keynes estén consignados en el noveno volumen de las obras completas de Friedrich A. Hayek (The University of Chicago Press, 1995), en el meduloso estudio de Henry Hazlitt traducido al castellano como Los errores de la nueva ciencia económica (Madrid, Aguilar, 1961) y ahora agregamos el  voluminoso análisis de William H. Hutt  The Keynesian Episode (Indianapolis, IN., Liberty Press, 1979). Numerosas universidades incluyen en sus programas las propuestas keynesianas y no como conocimiento histórico de otras corrientes de pensamiento, sino como recomendaciones de la cátedra. Personalmente, en mis dos carreras universitarias y en mis dos doctorados tuve que estudiar una y otra vez las reflexiones keynesianas en el mencionado contexto. Todos los estatistas de nuestro tiempo han adoptado aquellas políticas, unas veces de modo explícito y otras sin conocer su origen. Incluso en Estados Unidos irrumpió el keynesianismo mas crudo durante las presidencias de Roosevelt: eso era su “New Deal” que provocó un severo agravamiento de la crisis del treinta, generada por las anticipadas fórmulas de Keynes aplicadas ya en los Acuerdos de Génova y Bruselas donde se abandonó la disciplina monetaria.

 

A veces no hay más remedio que reiterar algunos temas debido a la aceptación de algunos conceptos sin analizar debidamente, como algunas de las  terminologías y los neologismos más atrabiliarios que son de factura del autor de marras. No quiero cansar al lector con las incoherencias y los galimatías de Keynes, pero veamos solo un caso que hemos apuntado en otra oportunidad y es el que bautizó como “el multiplicador”. Sostiene que si el ingreso fuera de 100, el consumo de 80 y el ahorro 20, habrá un efecto multiplicador que aparece como resultado de dividir 100 por 20, lo cual da 5. Y préstese atención porque aquí viene la magia de la acción estatal: afirma que si el Estado gasta 4 eso se convertirá en 20, puesto que 5 por 4 es 20 (sic). Ni el keynesiano más entusiasta ha explicado jamás como multiplica ese “multiplicador”.

 

En definitiva, Keynes apunta a “la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de escasez del capital”. Resulta sumamente claro y específico lo que escribió como prólogo a la edición alemana de la obra mencionada, en 1936, en plena época nazi: “La teoría de la producción global, que es la meta del presente libro, puede aplicarse mucho mas fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario que la producción y distribución de un determinado volumen de bienes obtenido en condiciones de libre concurrencia y un grado considerable de laissez-faire”.

 

Resulta esencial percatarse de lo inexorablemente malsano de cualquier política monetaria del mismo modo que es altamente inconveniente la politización de la lechuga o de los libros. Este es el consejo, entre otros, de los premios Nobel en economía Hayek y Friedman en su última versión. Cualquier dirección que adopte la banca central ya sea para expandir, contraer o dejar la base monetaria inalterada, alterará los precios relativos con lo que las señales en el mercado quedan necesariamente distorsionadas y el consiguiente consumo de capital se torna inevitable que, a su turno, empobrece a todos.

 

Por último, para no recargar una nota periodística, es del caso destacar la voltereta de Keynes para apoyar al proteccionismo aduanero que, a diferencia de lo que sostenía con anterioridad, según su último criterio favorece el empleo y la actividad económica tal como, entre otros, subraya R. F. Harrod basado en extensas citas consignadas en La vida de John Maynard Keynes, cuando justamente esa política obliga a una mayor inversión por unidad de producto lo cual naturalmente se traduce en una menor cantidad de productos adquiridos a mayor precio y con una menor calidad, lo cual significa que se reduce la productividad y, por ende, se contraen  salarios e ingresos en términos reales.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Keynes y las contradicciones del kirchnerismo

Por Adrián Ravier: Publicado el 4/6/15 en http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2015/06/04/keynes-y-las-contradicciones-del-kirchnerismo/

 

El 25 de mayo pasado se cumplieron doce años desde que Néstor Kirchner asumió la Presidencia de la Nación Argentina, lo que nos permite hacer un primer balance de la gestión kirchnerista en los sucesivos tres gobiernos. Lo que me propongo aquí es ofrecer un análisis desde la perspectiva keynesiana para mostrar que su política económica sólo fue “keynesiana” en sus primeros dos gobiernos para dejar de serlo a partir del tercero.

Como breve referencia biográfica, podemos recordar que John Maynard Keynes alcanzó su fama en el contexto de la gran depresión de los años 1930. Se podrá apuntar que su figura ya era relevante antes de su Teoría General (1936), pero fue esa obra la que le dio una fama inmortal entre los economistas. Keynes apunta en este libro revolucionario que para salir de una depresión el Estado debe asumir un rol activo, impulsando la demanda agregada con políticas monetarias y fiscales expansivas. Pero cabe insistir que el contexto en el que Keynes propone estas ideas no es el de una economía normal de pleno empleo, sino una economía depresiva, donde los consumidores no consumen porque temen quedarse sin empleo, y los inversores no invierten por desconfianza en poder colocar su producción.

Si la economía, por el contrario, se encontrara en pleno empleo, entonces Keynes podría ser guardado en un cajón, como de hecho sugería su biógrafo Robert Skidelsky.

El propio Keynes habría dicho –de hecho lo dijo- que en pleno empleo cualquier inyección exógena de la demanda lleva a la inflación. Éste era el “caso especial” donde regía la economía clásica, en el que el mayor crecimiento del producto sólo puede provenir de una productividad incrementada y una técnica mejorada –cuestiones sobre las que Keynes no tenía nada especial que decir-. (Robert Skidelsky, Keynes, 1996, p. 189).

La profunda crisis argentina de 2001-2002 dejó un nivel de capacidad instalada en torno al 50 %. En ese contexto depresivo, los economistas keynesianos como Paul Krugman han enfatizado lo exitoso del modelo argentino, pues para fines de 2009 la Argentina ya había recuperado su economía, con un nivel de capacidad instalada por encima del 80 % y un nivel de desempleo de sólo un dígito. Sin embargo, desde entonces la Argentina continuó expandiendo la demanda agregada con más gasto público, programas asistencialistas, que ni el propio Keynes habría sugerido aplicar.

Desde la receta keynesiana, a partir de 2010 la economía argentina se encuentra en el “caso especial” donde debería regir la economía clásica, en el que el crecimiento sólo puede provenir de la nueva acumulación de capital y su consecuente aumento de productividad. Continuar impulsando la demanda agregada con programas asistencialistas sólo pueden tener como contrapartida el aumento de la inflación, lo que efectivamente se observa con claridad desde entonces.

Cabe remarcar que la “gran recesión” americana de 2008 tuvo un impacto negativo en la economía argentina en 2009, y que ello requirió continuar estimulando la demanda agregada, lo que efectivamente se hizo con políticas fiscales extremadamente expansivas que le permitieron salir bastante rápido de la recesión de ese año (no reconocida por el Indec), pero claro que a costa de revertir totalmente el superávit primario, que hasta ese momento era uno de los pilares del “modelo”, el que nunca más se recuperó.

En cualquier caso, el caso clásico debió haber comenzado a aplicarse a más tardar a partir de 2010 o en este último gobierno de Cristina Fernández de Kirchner que comienza en 2011, año en el que el actual Ministro de Economía, Axel Kicillof, se incorpora al gobierno en distintos puestos y empieza a asesorar a la Presidente. En otros términos, más que profundizar el modelo, éste debió cambiar, dada la nueva coyuntura de 2010, tan diferente a la de 2001.

Lo más curioso de esta situación es que el actual Ministro de Economía es reconocido académicamente por su tesis/libro sobre los Fundamentos de la Teoría General, lo que se dice lo convierte en un experto en Keynes. Si este es el caso y la economía se encuentra recuperada, ¿por qué se sigue presionando sobre la demanda agregada con sucesivos planes de gasto? Si la situación es de pleno empleo, como de hecho manifiestan las estadísticas del Indec, ¿por qué se extienden los planes sociales y el asistencialismo? Quizás ya es tarde para que el Ministro de Economía, experto en Keynes, recuerde las lecciones de su maestro, pero sería deseable que lo comentado sea aprehendido por el gobierno que resulte vencedor en las elecciones de octubre.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Mitos y falacias laborales.

Por Gabriel Boragina. Publicado el 4/10/14 en: http://www.accionhumana.com/2014/10/mitos-y-falacias-laborales.html

 

Las horas de trabajo obrero no reportan ninguna ganancia al capitalista. Ni aun en el caso que el empresario decidiera obligar a sus empleados trabajar las 24 horas del día los 365 días el año, obtendría ninguna “ganancia” o “lucro” de ese trabajo. Si el producto de dicha jornada laboral de 8.760 horas fueran -por ejemplo- discos de pasta o de vinilo, el valor de esas 8760 horas de trabajo dedicadas a estas “mercancías” sería exactamente igual a cero para el capitalista, sencillamente porque -hoy en día- no tendría a nadie a quien venderle un artículo semejante. En consecuencia, ningún capitalista obtiene ningún “lucro desmedido” del trabajo obrero. Es más, ni siquiera obtiene “lucro” alguno. El lucro del capitalista (y también el del obrero) no surge del trabajo, de ningún trabajo, sino que emana del consumidor, nunca del trabajador.

Que las leyes laborales reduzcan las horas laborales no le hace “ganar más” al empleado/obrero, porque las horas laborales -como vimos arriba- no cuentan para nada en el valor final del producto o servicio. Lo que da “valor” al trabajo no es su duración ni su extensión, sino su productividad, pero esta productividad dependerá -a su turno- de la demanda del respectivo objeto producido (producto). Si el artículo producido carece de demanda (como en el ejemplo de los discos de pasta o de vinilo) la productividad laboral será nuevamente igual a cero. Caso este en el que no gana nadie: ni el empresario, ni el obrero/empleado, ni el consumidor. Por el contrario: pierden todos ellos.

En definitiva -como vemos- no existe nexo alguno entre la ganancia del capitalista y el trabajo obrero/empleado. Sin embargo, si es cierto a la inversa: el obrero/empleado obtiene una ganancia del capitalista, que de no existir este jamás conseguiría. Si no existiera ningún capitalista sobre la faz de la tierra, no habría ni obreros ni empleados. Estos quedarían obligados a ser sus propios “empleadores”. Es decir, se retrotraería la situación social a la época feudal y pre-feudal, en la que sólo había una economía de autarquía, o sea, miserable y paupérrima al extremo, en la que cada uno deberíamos hacer nuestros propios alimentos, zapatos, pantalones, camisas, casas, muebles, etc. dado que esta era la situación previa de la gente a la Revolución Industrial. Obreros y empleados deben su misma existencia como tales al capitalista. El capitalismo rescató, de una vez y para siempre, a aquellas gentes de la vida miserable. Lástima que luego el mundo dejó de lado el capitalismo.

Volviendo a la falacias laborales populares: si el trabajador trabaja “mas” horas el empleador no gana “mas” dinero por este hecho.

Por estos mismos razonamientos, las leyes que fijan “salarios mínimos” tampoco consiguen que los trabajadores ganen “mas” dinero, sino que pierdan sus puestos de trabajo. Obtienen el efecto contrario al deseado por el legislador. A medida que el “salario mínimo” sube el desempleo crece de modo más que proporcional. Es una ley inexorable de la economía contra la que el legislador nada puede hacer para cambiarla.

Nuevamente: porque si las ventas finales son inferiores a la cuantía del total de salarios pagados por el producto invendido el capitalista incurrirá en pérdidas.

Numéricamente: si por una silla el capitalista debe pagar (forzado por legislación laboral) un salario mínimo (por ejemplo) de 100.- al obrero carpintero, pero la silla se termina vendiendo en el mercado al precio de 50.- (precio supuesto de mercado) al no poder ajustar el salario a una cifra menor a 50.- la única salida que la ley laboral le deja al capitalista esdespedir al obrero carpintero. Lo que es exactamente igual a decir que las leyes de “salario mínimo” generan desocupación. En realidad, son las mismas leyes del trabajo las que originan la llamada precariedad laboral. Si el empleador quiere subsistir como tal (en el ejemplo de la silla, o cualquier otro) deberá contratar “en negro” a quien esté dispuesto a trabajar por el salario de mercado (menor de 50.-). El empleador puede subir el salario y tomar más empleados “en blanco” sólo en dos casos:

  1. Que las ventas de sillas superaran los 100.- por unidad vendida, más un margen de ganancia razonable para el empresario.
  2. Que se derogue el “salario minino” para la actividad.

De no darse los supuestos 1 y 2, la única alternativa que la ley le da al empleador para subsistir como tal es despedir mano de obra “en blanco” y contratarla “en negro”. Resultado al que las mismas leyes laborales empujan a los empresarios y empleadores en general, posiblemente como efecto “no querido” por el legislador laboral, pero las leyes económicas operan de todos modos, con independencia de los deseos y la voluntad del legislador humano. A diferencia de las leyes jurídicas, las leyes económicas son de cumplimento inexorable e irreversible. Jamás pueden ser violadas impunemente por nadie, ocupe la posición de poder que ocupe.

Otro ejemplo demostrativo de la manera en que las leyes laborales precarizan la situación del obrero/empleado es el siguiente: generalmente, estas leyes establecen indemnizaciones por despido que crecen en cuantía conforme aumenta la antigüedad del empleado en el puesto de trabajo. Esta legislación tiene dos efectos inmediatos:

  1. Por el primero, constituye un poderoso incentivo a que el obrero/empleado se interese más en acumular años en el puesto, que a trabajar en sí. “Calentar un asiento” por X cantidad de años en una oficina o una fábrica, le generará una indemnización suculenta.
  2. Del lado del empleador, la misma norma opera como incentivo para despedir personal con poca antigüedad, lo que crea una elevada rotación de empleados.

En suma, el resultado de disposiciones de este tipo origina una altísima inestabilidad en el empleo, hoy llamadaprecariedad laboral.

En materia laboral es donde más se verifica el famoso refrán que dice que “El camino al infierno está sembrado de las mejores intenciones”. Estas “buenas intenciones” de los legisladores laborales conducen al obrero/empleado a un verdadero infierno laboral, del cual el único retorno es volver al pleno empleo del capitalismo.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Argentina: Volver a las Bases

Por Adrián Ravier. Publicado el 26/3/14 en http://www.elcato.org/argentina-volver-las-bases

 

Juan Bautista Alberdi fue un actor fundamental en la conformación del estado argentino. No sólo fue fundamental en influenciar nuestra Constitución Nacional, sino que también dejó las Bases para que Argentina emprendiera un camino de desarrollo sostenido por varias décadas.

Me propongo en este artículo resumir su posición sobre distintos temas al sólo efecto de reintroducir sus “bases” en el debate moderno.

El gobierno debe limitarse a funciones esenciales

Bajo la estatolatría que nos rodea, el estado moderno ha asumido funciones que han distraído a los gobiernos de sus funciones esenciales. Se podrá decir que este es un fenómeno novedoso, que comienza en el siglo XX y se expande hacia comienzos del siglo XXI, pero Alberdi anticipó esta amenaza, como queda claro en las siguientes citas.

“Si los derechos civiles del hombre pudiesen mantenerse por sí mismos al abrigo de todo ataque, es decir, si nadie atentara contra nuestra vida, persona, propiedad, libre acción, etc., el Gobierno del Estado sería inútil, su institución no tendría razón de existir. Luego el Estado y las leyes políticas que lo constituyen, no tienen más objeto final y definitivo que la observancia y ejecución de las leyes civiles, que son el código de la sociedad y de la civilización misma (…) La democracia es la libertad constituida en gobierno, pues el verdadero gobierno no es más ni menos que la libertad organizada” (Juan Bautista Alberdi, Obras Completas, Tomo VII, p. 90/91).

En otras palabras,

“El Estado se hace fabricante, constructor, empresario, banquero, comerciante, editor, y se distrae así de su mandato esencial y único, que es proteger a los individuos de que se compone contra toda agresión interna y externa. En todas las funciones que no son de la esencia del gobierno obra como ignorante y como un concurrente dañino de los particulares, empeorando el servicio del país, lejos de servirlo mejor” (Juan Bautista Alberdi, “La omnipotencia del Estado de la negación de la libertad individual”).

Influenciado por Adam Smith, y anticipando la literatura moderna desarrollada por Friedrich Hayek o James M. Buchanan, Alberdi creía en un gobierno limitado, pues conocía las limitaciones cognitivas de los funcionarios, así como los perversos incentivos bajo los cuales actúan.

La riqueza no debe re-distribuirse

En el viejo debate entre la economía de mercado y el socialismo, entre la propiedad privada o pública de los medios de producción, tanto teórica como empíricamente ha surgido victoriosa la primera posición. El nuevo socialismo ya no pide privatizar los medios de producción ante su evidente fracaso global, sino re-distribuir la riqueza producida por el sector privado.

Al respecto, Alberdi también ofreció sus reflexiones:

“Para proteger mejor el fin social de la riqueza, ha preferido la distribución libre a la distribución reglamentaria y artificial. La distribución de las riquezas se opera por sí sola, tanto más equivalentemente cuanto menos se ingiere el Estado en imponerle reglas” (Juan Bautista Alberdi T. IV P. 253).

Y es que la intervención del estado no es gratuita. Como ejemplificó Joseph Stiglitz en su libro sobre la economía del sector público, si una persona tiene 10 manzanas, y otras cuatro ninguna, el estado puede dividir las 10 manzanas en partes iguales, pero no llegarán a manos de los cinco destinatarios las dos manzanas, sino que el estado se consumirá en el proceso burocrático la mitad de ellas, quedando al final una manzana para cada uno de los cinco miembros de la sociedad.

No sólo ello. Qué incentivos tendrá el contribuyente para seguir produciendo manzanas, si luego de sufrir los riesgos y costos asociados a la tarea, termina compartiendo forzosamente su esfuerzo con la sociedad. La consecuencia lógica de este proceso de re-distribución de riqueza, es reducir la propia riqueza e incrementar la pobreza.

El estado no produce riqueza, la extrae de los particulares

Se exige al estado que asuma cada vez más funciones, que reparta cada vez más riqueza, pero se olvida muchas veces que el estado no crea su propia riqueza sino que debe costear cada proyecto con recursos privados que extrae a otros particulares.

“¿Qué es la renta pública? Una parte de la renta privada de los habitantes del país, y mejor para la doctrina que vamos a exponer, si es una parte del capital o haber cualquiera de los particulares. Es la unión de las porciones de rentas que los particulares satisfacen al cuerpo social en que viven, para asegurar el orden, que les protege el resto de su renta, el capital, la vida, la persona y su bienestar. Luego hay renta pública donde quiera que hay rentas y capitales particulares” (Juan Bautista Alberdi, T. IV. P. 339).

Esto no implica que el estado no pueda en la Argentina, por mandato constitucional, cobrar impuestos para cumplir sus funciones esenciales, pero debería haber un límite que Alberdi se preocupó por establecer en la Constitución Nacional:

“Es verdad que la tendencia natural de la renta pública es a ser grande y copiosa; pero en la doctrina económica de la Constitución argentina, la abundancia de la renta pública depende del respeto asegurado a los derechos naturales del hombre, en el empleo de sus facultades destinadas a producir los medios de satisfacer las necesidades de su ser. Esos derechos, en que reposa el sistema rentístico, el plan de hacienda o de finanzas, que es parte accesoria del sistema económico del país, son la propiedad, la libertad, la igualdad, la seguridad en sus relaciones prácticas con la producción, distribución y consumo de las riquezas.

La Constitución quiere que la ley fiscal o rentística respete y proteja esos derechos, lejos de atacarlos” (Juan Bautista Alberdi, T. IV, P. 382).

Y entonces qué podemos decir respecto de los fines de la recaudación:

“Según el art. 4 de la Constitución argentina, la contribución es para formar el Tesoro nacional; el Tesoro, como medio de ejecución, es para gobernar; el gobierno es para hacer cumplir la Constitución; la Constitución, como dice el preámbulo, es para afirmar la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz, servir a la defensa común, promover el bienestar y asegurar los beneficios de la libertad. La contribución es, según esto, el precio con que se obtiene el goce de estas cosas; luego su erogación forma el gasto más precioso del hombre en sociedad. Pero la experiencia prueba que esos fines pueden ser atacados por la misma contribución establecida para servirlos” (Juan Bautista Alberdi, T. IV, p. 411).

Y luego aclara un poco más:

“Todo dinero público gastado en otros objetos que no sean los que la Constitución señala como objetos de la asociación política argentina, es dinero malgastado, y malversado” (Juan Bautista Alberdi, T. IV, p. 460/461).

El estado no debería administrar el dinero, ni la política monetaria

Al contrario de sus países vecinos, la Argentina hoy sufre niveles de inflación elevados. Se cree, sin embargo, que el propio estado puede corregir la situación. Se han sincerado en los últimos días las estadísticas oficiales, pero el problema de la inflación está lejos de corregirse. Alberdi tenía muy en claro el problema de la banca pública.

“La reforma de un Banco del Estado es imposible. No hay más que un remedio de reformarlo: es suprimirlo” (Juan Bautista Alberdi, Estudios Económicos, Buenos Aires, Talleres Gráficos L. J. Rosso, 1934, p. 236).

Ahora, como todos sabemos, estos bancos públicos operan a través de los redescuentos obtenidos del Banco Central (BCRA). Dichos redescuentos no son otra cosa que emisión monetaria. Nuevamente Alberdi nos enseña:

“Respecto a la manera de emplear el crédito público por la emisión de papel moneda al estilo de Buenos Aires, la Confederación tiene la ventaja inapreciable de no poder ejercer, aunque quiera, ese terrible medio de arruinar la libertad política, la moralidad de la industria y la hacienda del Estado. Es una ventaja positiva para las rentas de la Confederación la impotencia en que se halla de hacer admitir como valor efectivo un papel, sin más valor ni garantía que el producto de contribuciones tan inciertas como la estabilidad del orden, y que jamás alcanzaría para amortizar una deuda que se agranda por su misma facilidad de dilatación para la que no bastarán después todas las rentas del mundo” (Juan Bautista Alberdi, T. IV. P. 377).

Y para ser más claro:

“Mientras el gobierno tenga el poder de fabricar moneda con simples tiras de papel que nada prometen, ni obligan a reembolso alguno, el poder omnímodo vivirá inalterable como gusano roedor en el corazón de la Constitución misma…” (Juan Bautista Alberdi, T. IV, P. 197).

El gobierno debe responder a sus obligaciones con los acreedores

Acceder al endeudamiento externo es algo que sólo debiera ocurrir en situaciones de emergencia. Así lo mantienen los tratados clásicos de finanzas públicas, y el propio espíritu de nuestra constitución. Pero si se accediera a tomar crédito, entonces es imperioso que se cumpla con las obligaciones asociadas. El bienestar de la población está asociado a la imagen que el mundo tiene del país. El riesgo aleja al capital, y sin él, no hay inversión, ni desarrollo.

“Siendo el crédito del Estado el recurso más positivo de que pueda disponer en esta época anormal y extraordinaria por ser de creación y formación, será preciso que los gobiernos argentinos sean muy ciegos para que desconozcan que faltar a sus deberes en el pago de los intereses de la deuda, es lo mismo que envenenar el único pan de su alimento, y suicidarse; es algo más desastroso que faltar al honor, es condenarse a la bancarrota y al hambre. El gobierno argentino acaba de dar una prueba de que comprende esta verdad en toda su latitud, cambiando la organización que había ensayado por error para su crédito público, por otra que la restablece a sus bases más normales y más firmes” (Juan Bautista Alberdi, T. IV, P. 374).

El gobierno no debe regular el mercado laboral, ni intentar alcanzar el pleno empleo

Uno de los objetivos que el estado moderno se ha propuesto en la actualidad es alcanzar el pleno empleo por medio de la política económica. Para ello regular el mercado laboral, fija salarios mínimos, desarrolla una compleja y restrictiva legislación laboral, y crea puestos de trabajo. Sin embargo, la situación laboral continúa siendo precaria, cíclica y desafortunada para los trabajadores. Alberdi comprendía muy bien las consecuencias lógica de estas políticas.

“La ley no podrá tener a ese respecto más poder que le que le ha trazado la Constitución. Su intervención en la organización del trabajo no puede ir más allá del deber de garantizar los beneficios de la libertad, de la igualdad, de la propiedad y seguridad, a favor de los provechos del trabajo. He aquí la organización legítima y posible de parte del Estado; cualquiera otra es quimérica o tiránica” (Juan Bautista Alberdi, T. IV, P. 261″).

Para ser más preciso:

“Garantizar trabajo a cada obrero sería tan impracticable como asegurar a todo vendedor un comprador, a todo abogado un cliente, a todo médico un enfermo, a todo cómico, aunque fuese detestable, un auditorio. La ley no podría tener ese poder, sino a expensas de la libertad y de la propiedad porque sería preciso que para dar a los unos lo quitase a los otros; y semejante ley no podría existir bajo el sistema de una Constitución que consagra a favor de todos los habitantes los principios de libertad y de propiedad, como bases esenciales de la legislación” (Juan Bautista Alberdi, T. IV, P. 255).

Y respecto del salario:

“El salario es libre por la Constitución como precio del trabajo, su tasa depende de las leyes normales del mercado, y se regla por la voluntad libre de los contratantes. No hay salario legal u obligatorio a los ojos de la Constitución, fuera de aquel que tiene por ley la estipulación expresa de las partes, o la decisión del juez fundada en el precio del corriente del trabajo, cuando ocurre controversia” (Juan Bautista Alberdi, T. IV, P. 255).

El gobierno no debiera restringir el libre comercio internacional

Las prácticas mercantilistas y proteccionistas fueron aniquiladas por la obra de Adam Smith,La riqueza de las naciones. Sin embargo, es recurrente en el estado moderno imponer fines colectivos arbitrarios por encima de la libertad individual de los consumidores de adquirir productos del exterior.

“¿De dónde saca el pueblo argentino los objetos de su consumo? Una parte la produce él dentro de su suelo; otra adquiere del extranjero en cambio de sus productos nacionales: productos que por necesidad tiene que crear, porque son el precio único con que puede pagar los artefactos extranjeros de que necesita para hacer vida civilizada. Si no siembra trigos ni cría ganados, ni trabaja las minas, no viste seda, ni paños, ni usa muebles de la Europa. Este cambio de productos del país por productos extranjeros, comprensivo de una escala de cambios intermedios y accesorios, deja… utilidades y rentas privadas…” (Juan Bautista Alberdi, T. IV, p. 349).

Respecto del control a los capitales, Argentina no siempre fue un país cerrado al mundo. Al contrario, se trata de un país que se formó con capitales externos y flujos inmigratorios. La única obligación que esos capitales debían seguir era cumplir con las mismas leyes que las empresas locales. La igualdad ante la ley predominaba:

“No debiendo las leyes orgánicas emplear otros medios de proteger la venida de los capitales que los medios indicados por la Constitución misma, importa tener presente cuáles son esos medios designados por la Constitución, como base fundamental de toda ley que tenga relación con los capitales considerados en su principio de conservación y de aumento, y en sus medios de acción y de aplicación a la producción de sus beneficios.

Esos medios de protección, esos principios de estímulo, no son otros que la libertad, la seguridad, la igualdad, asegurados a todos los que, habitantes o ausentes del país, introduzcan y establezcan en él sus capitales” (Juan Bautista Alberdi, T. IV, P. 266).

Respecto de la libertad para entrar y salir del territorio, recordemos que Alberdi fue uno de los responsables más directos de la fuerte inmigración recibida por nuestro país:

“¿Podéis concebir una ley que proteja la inmigración por restricciones y prohibiciones? Semejante ley atacaría los medios que señala la Constitución misma para proteger ese fin. En efecto, la Constitución dice por su artículo 25: -El gobierno federal fomentará la inmigración europea; y no podrá restringir, limitar, ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar la industria, e introducir y enseñar las ciencias y las artes. Este artículo pone en manos del Estado cuanto medio se quiera fomentar la inmigración, excepto el de las restricciones y limitaciones” (Juan Bautista Alberdi, T. IV, p.180).

¿Qué diría Alberdi entonces de la protección que hoy recibe la industria local?

“En efecto, ¿podría convenir una ley protectora de la industria por medio de restricciones y prohibiciones, cuando el art. 14 de la Constitución concede a todos los habitantes de la Confederación la libertad de trabajar y de ejercer toda industria? Tales restricciones y prohibiciones serían un medio de atacar ese principio de la Constitución por las leyes proteccionistas que las contuviesen; y esto es precisamente lo que ha querido evitar la Constitución cuando ha dicho en su artículo 28: “Los principios, derechos y garantías reconocidos en los anteriores artículos, no podrán ser alterados por las leyes que reglamenten su ejercicio. Esta disposición cierra la puerta a la sanción de toda ley proteccionista, en el sentido que ordinariamente se da a esta palabra de prohibitiva o restrictiva” (Juan Bautista Alberdi, T. IV, p.180).

Y respecto de los privilegios que significa proteger sectores determinados:

“…(L)os medios ordinarios de estímulo que emplea el sistema llamado protector o proteccionista, y que consisten en la prohibición de importar ciertos productos, en los monopolios indefinidos concedidos a determinadas fabricaciones y en la imposición de fuertes derechos de aduanas, como atentatorios de la libertad de los consumos privados, y, sobre todo, como ruinosas de las mismas fabricaciones nacionales que se trata de hacer nacer y progresar. Semejantes medios son la protección dada a la estupidez y a la pereza, el más torpe de los privilegios” (Juan Bautista Alberdi, T. IV, p.182).

El gobierno debe proteger el Estado de Derecho

Por último, debemos analizar un área de enorme importancia para los puntos que hemos venido desarrollando. Nada puede lograrse en una sociedad libre si no se protege el Estado de Derecho. Como señalamos, es ésta la función esencial del Estado.

Si el Estado logra respetar el Estado de Derecho, proteger las libertades individuales, clarificar las reglas de juego, priorizar la ley o en otras palabras, hacer cumplir las disposiciones enumeradas en la Constitución Nacional, entonces ya nada más se le exigirá:

“¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra” (Juan Bautista Alberdi, Obras Completas, Tomo IV, P. 150).

Y respecto de la propiedad:

“La libertad de usar y disponer de su propiedad es un complemento de la libertad del trabajo y del derecho de propiedad; garantía adicional de grande utilidad contra la tendencia de la economía socialista de esta época, que, con pretexto de organizar esos derechos pretende restringir el uso y disponibilidad de la propiedad (cuando no niega el derecho que ésta tiene de existir), y nivelar el trabajo del imbécil con el trabajo del genio” (Juan Bautista Alberdi, Tomo IV, P. 159).

Y no olvida la seguridad:

“La seguridad es el complemento de la libertad, o más bien es la libertad misma considerada en sus efectos prácticos y en sus resultados positivos. Donde quiera que la seguridad de la persona y de la propiedad existe como un hecho inviolable, la población se desarrolla por sí misma sin más aliciente que ése” (Juan Bautista Alberdi, Tomo IV, P. 306).

Reflexión final

Las reformas constitucionales fueron cambiando el espíritu de la constitución —y con ello se fue olvidando el pensamiento de Alberdi—, pero intento mediante estas citas recordar al lector cuáles fueron las Bases sobre las cuales Argentina se convirtió en un país próspero y rico, que atraía inmigrantes europeos y hace sólo un siglo encabezaba los indicadores de desarrollo.

Si las Bases deben ser olvidadas necesariamente en el siglo XXI para amoldarse a las necesidades de la población argentina o no, es algo que cada lector debe repensar.

Mi impresión es que la Argentina necesita volver a las Bases, y con ello, a la libertad individual, la economía de mercado, la propiedad privada y el gobierno limitado.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Repasando a Keynes

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 12/12/13 en:

http://independent.typepad.com/elindependent/2013/12/repasando-a-keynes.html

Todas las acciones políticas, cualquiera sea su color, son consecuencia de previas elucubraciones intelectuales que influyen sobre la opinión pública que, a su turno, le abren caminos a los buscadores de votos. John Maynard Keynes escribió con razón que “Las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, tanto cuando están en lo cierto como cuando no lo están, son más poderosas de lo que se supone corrientemente. Verdaderamente, el mundo se gobierna con poco más. Los hombres prácticos, que se creen completamente libres de toda influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto”.

El párrafo no puede ser más ajustado a la realidad. Keynes ha tenido y sigue teniendo la influencia más nefasta de cuantos intelectuales han existido hasta el momento. Mucho más que Marx, quien debido a sus inclinaciones violentas y a su radicalismo frontal ha ahuyentado a más de uno. Keynes, en cambio, patrocinaba la liquidación de la sociedad abierta con recetas que, las más de las veces, resultaban mas sutiles y difíciles de detectar para el incauto debido a su lenguaje alambicado y tortuoso.

Hemos consignado antes que los ejes centrales de su obra mas difundida (Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, México, Fondo de Cultura Económica, 1936/1963)) consisten en la alabanza del gasto estatal, el déficit fiscal y el recurrir a políticas monetarias inflacionistas para “reactivar la economía” y asegurar el “pleno empleo” ya que nos dice  en ese libro que “La prudencia financiera está expuesta a disminuir la demanda global y, por tanto, a perjudicar el bienestar”.

Tal vez los trabajos mas lúcidos sobre Keynes estén consignados en el noveno volumen de las obras completas del premio Nobel en Economía F.A. Hayek (The University of Chicago Press, 1995), en el meduloso estudio de H. Hazlitt traducido al castellano como Los errores de la nueva ciencia económica(Madrid, Aguilar, 1961) y  en la extraordinaria obra de W. H. HuttKeynesianism: Prospect and Retrospect (Chicago, Henry Regenery, 1963). Numerosas universidades incluyen en sus programas las propuestas keynesianas y no como conocimiento histórico de otras corrientes de pensamiento, sino como recomendaciones de la cátedra. Personalmente, en mis dos carreras universitarias y en mis dos doctorados tuve que estudiar una y otra vez las reflexiones keynesianas en el mencionado contexto. Todos los estatistas de nuestro tiempo han adoptado aquellas políticas, unas veces de modo explícito y otras sin conocer su origen. Incluso en Estados Unidos irrumpió el keynesianismo mas crudo durante las presidencias de Roosevelt: eso era su “New Deal” que provocó un severo agravamiento de la crisis del treinta, generada por las anticipadas fórmulas de Keynes aplicadas ya en los Acuerdos de Génova y Bruselas donde se abandonó la disciplina monetaria.

Las terminologías y los neologismos mas atrabiliarios son de su factura. No quiero cansar al lector con las incoherencias y los galimatías de Keynes, pero veamos solo un caso, el que bautizó como “el multiplicador”. Sostiene que si el ingreso fuera de 100, el consumo de 80 y el ahorro 20, habrá un efecto multiplicador que aparece como resultado de dividir 100 por 20, lo cual da 5. Y préstese atención porque aquí viene la magia de la acción estatal: afirma que si el Estado gasta 4 eso se convertirá en 20, puesto que 5 por 4 es 20 (sic). Ni el keynesiano más entusiasta ha explicado jamás como multiplica ese “multiplicador”.

En definitiva, Keynes apunta a “la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de escasez del capital”. Resulta sumamente claro y específico lo que escribió como prólogo a la edición alemana de la obra mencionada, también en 1936, en plena época nazi: “La teoría de la producción global, que es la meta del presente libro, puede aplicarse mucho mas fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario que la producción y distribución de un determinado volumen de bienes obtenido en condiciones de libre concurrencia y un grado considerable de laissezfaire”.

Como es sabido, hay ríos de tinta explicando los errores de Keynes, pero, fuera de los libros señalados, hay dos ensayos que resultan de gran interés. Se tratan de “The Critical Flow on Keynes´s System” de Robert P. Murphy y “Dissent on Keynes: A Critical Appraisal of Keyneisn Economics” de Mark Skousen.

En el primero, el autor se detiene especialmente en el plano laboral donde muestra las consecuencias perniciosas de intentar derretir salarios en términos reales a través de la inflación monetaria en momentos en que hay consumo de capital manteniéndo los salarios nominales inalterados, un engaño que se sugiere en lugar de permitir que los niveles se adaptan a la situación imperante sin introducir las alteraciones en los precios relativos que indefectiblemente provoca la inflación. Por otra parte, destaca la incomprensión del fenómeno del desempleo de Keynes y, consecuentemente, su propuesta de encarar obras públicas que en definitiva significan detraer recursos del sector privado para faenas no productivas, lo cual se traducen en un empeoramiento en el nivel de vida de todos.

En el segundo ensayo, Skousen describe las falacias de sostener que Keynes fue “el salvador del capitalismo” en lugar de su victimario, en el mismo contexto cuando actualmente se apunta a “la crisis del capitalismo” en lugar de percatarse que el sistema imperante consiste en el estatismo. En ese trabajo, el autor detalla los consejos del keynesianismo de controlar precios y salarios, al tiempo que propugna el deterioro del signo monetario, el deficit fiscal, el incremento del gasto público y, unas veces de facto y otras de jure, la nacionalización de empresas.

Es raro no encontrar algunos aciertos, incluso en autores cuyos textos están plagados de falacias. Tal es el caso de Keynes, como el párrafo que apuntamos al abrir esta nota. Para cerrar, agrego otra verdad que señala este autor en la misma obra que venimos comentando: “Un parte demasiado grande de la economía matemática reciente es una simple mixtura, tan imprecisa como los supuestos originales que la sustentan, que permiten al autor perder de vista las complejidades e interdependencias del mundo real en un laberinto de símbolos pretenciosos e inútiles”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.