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Desmitificando al liberalismo

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 4/1/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/01/04/desmitificando-al-liberalismo/

 

La mala imagen del liberalismo descansa en una serie de mitos. Aquí algunos de ellos

Hubo una época en la que Argentina sabía estar entre las naciones con mayores ingresos del mundo. Fue la época del liberalismo y la apertura comercial en Argentina. Con la llegada del peronismo, la Argentina giró 180 grados, se volvió un país alejado de los principios del libre mercado, donde la política de sustitución de importaciones es más importante que el comercio internacional. Actualmente Argentina ya no se encuentra entre las naciones de mayores ingresos del mundo y posee índices de pobreza cercanos al 30 por ciento. Es un país asociado a la corrupción, las expropiaciones y las recurrentes crisis económicas.

No obstante la mala imagen que el liberalismo posee en Argentina, en los últimos tiempos esta doctrina ha ganado presencia en el debate público y en los medios. En especial a través de los economistas liberales, que no se cansan de insistir una y otra vez con los beneficios del libre comercio. La mala imagen del liberalismo descansa en una serie de mitos. Aquí algunos de ellos.

El liberalismo no es pro empresa, es pro igualdad ante la ley.

El liberalismo no es una doctrina que busque beneficiar a un sector a expensas de otro. Si hay un sector sobre el cual Adam Smith ya alertaba tener cuidado, era justamente el empresarial. Es una doctrina que busca respetar la igualdad ante la ley. No sólo para trabajadores y empresarios, fundamentalmente también para el Estado. No hay lugar para la extorsión para mafias, ni para sindicatos, ni para funcionarios públicos.

Podría decirse que si hay un sector social al cual el liberalismo beneficia, es al trabajador. En los países con economías más libres del mundo el factor trabajo recibe un porcentaje del ingreso total mayor al factor capital. Mientras que en las economías menos libres, esta relación tiende a invertirse.

El liberalismo no es anti Estado, es pro límites al abuso de poder. Hay varias corrientes de liberalismo, por ejemplo, el liberalismo clásico, el anarco-capitalismo, el minarquismo, etcétera. El término “libertario” abarca a todas esas corrientes. Salvo el anarco-capitalismo, el liberalismo no busca eliminar al Estado. Lo que el liberalismo requiere son maneras eficientes de contener los abusos de poder estatal. Es un error conceptual pensar en el libertarismo como un indicador de pureza liberal. Mayor rechazo al Estado no implica necesariamente ser más liberal, es simplemente ser más anti Estado o quizás más anarquista.

Posiblemente los tres economistas liberales con mayor reconocimiento del siglo XX sean Ludwig von Mises, Friedrich A. Hayek y Milton Friedman (Karl R. Popper y Robert Nozick en el área de la filosofía). Ninguno de los tres era anarco-capitalista, los tres fueron liberales clásicos que consideraban al Estado necesario, en términos de liberalismo clásico, para tener una economía libre y estable.

El liberalismo no es despreocupado de las necesidades sociales, busca justamente ayudar a los más necesitados.

El liberalismo no es una doctrina fría a la que no le importa la suerte de los más necesitados. Por el contrario, considera que una economía libre es el sistema económico con más posibilidades de reducir la pobreza. De hecho, la historia muestra que los grandes procesos de reducción de pobreza se dan a la par de mayores libertades económicas. Quien crea que al liberalismo no le importan los pobres o los necesitados puede darse una vuelta por los textos de autores como Mises, Hayek, Friedman, Adam Smith, etcétera.

Hoy día se habla menos de pobreza y más de desigualdad del ingreso. Esto se debe, justamente, a la fuerte reducción en pobreza que se ha observado en las últimas décadas. La distribución del ingreso es un problema distinto al de pobreza. Y como sugiere Angus Deaton, nobel en Economía por sus estudios en este tema, el problema no es la distribución del ingreso en sí sino qué tan justo es el proceso por el cual se distribuye el ingreso. Al buscar la igualdad ante la ley en lugar de beneficios sectoriales, el liberalismo desea un sistema social más justo.

Se encuentra arraigado en la opinión pública que las economías más libres poseen una peor distribución del ingreso. Este no es el caso. El porcentaje del ingreso nacional que recibe el 10% de la población con mayores ingresos es independiente del grado de libertad económica. La diferencia es que en países como la Argentina del kirchnerismo o la Venezuela bolivariana los ricos son aquellos que se benefician a través del Estado. Mientras que en países con economías libres, los ricos son aquellos que sirven al consumidor. Empresarios como Bill Gates, Jeff Bezos o Steve Jobs se encuentran en países con economías libres, no con economías reprimidas como la de Argentina.

El liberalismo no es partidario, es constitucional. Al liberalismo le preocupan las normas que deben gobernar a una sociedad, es decir, su Constitución. El liberalismo no es un movimiento o un partido político, es una concepción constitucional o fundacional. Consiste en pensar cómo limitar al rey o al Estado, indistintamente de quién sea el gobierno de turno. Pedir que el liberalismo “arme un partido y gane las elecciones” es simplemente confundir cómo se debe administrar al Estado (partidos políticos) con cuál debe ser el papel del Estado (liberalismo como filosofía política).

El liberalismo es fundamentalmente democrático y republicano. Sugerir que el liberalismo es pro dictadura porque algún funcionario supuestamente liberal se ha identificado como tal no hace sombra la constante oposición al autoritarismo del liberalismo. Por ejemplo, a diferencia de los mitos que rondan por sectores de izquierda, ni Friedman ni Hayek apoyaron ni contribuyeron con la dictadura chilena. Por el contrario, en ambos casos dejaron cuestionamientos inequívocos a la dictadura.

La época de oro de Argentina coincide con su época liberal. Argentina tiene la posibilidad de volver a discutir estas ideas y dar inicio a un cambio en serio y de fondo. Para ello es necesario discutir las ideas del liberalismo, en lugar de perderse en mitos y versiones caricaturescas.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

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Carta abierta a los enemigos del ajuste

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 28/8/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2057135-carta-abierta-a-los-enemigos-del-ajuste

 

Es momento de escuchar otras voces que no sean las de incrementar el gasto público, los impuestos y el endeudamiento.

los que, dentro o fuera del Gobierno, se alarman por los llamados “ajustes” debo decirles que tienen razón en preocuparse, así como cuando se proponen medidas de shock. Ya bastantes ajustes y shocks sufre la población en nuestro medio desde que amanece hasta que se acuesta como para absorber otros reveses.

A partir del golpe fascista del 30 y mucho más desde el peronismo y sus imitadores venimos chocando contra una pared. Es momento de escuchar otras voces que no sean las de incrementar el gasto público, los impuestos, el endeudamiento y mantener la inflación a niveles inaceptables.

El asunto es precisar que si en verdad se quiere aliviar la situación de la gente, es imprescindible engrosar sus bolsillos, para lo cual deben transferirse recursos desde el leviatán, que ha venido saqueando el fruto del trabajo ajeno al acumular funciones incompatibles con un sistema republicano. No se trata entonces de ajustes y shocks adicionales, sino de restituir e incrementar el poder adquisitivo de los gobernados.

No se trata tampoco de disimular el gasto elefantiásico con el incremento del producto bruto para modificar la ratio respectiva; se trata de eliminar facultades que se han arrogado con inaudita insolencia los aparatos estatales, pero que son propias del ciudadano.

Entre otros, el decimonónico Frédéric Bastiat en su obra titulada La ley, explica con claridad que no se puede recurrir a subterfugios para disfrazar las recaudaciones gubernamentales que exceden las funciones específicas de una sociedad abierta, las cuales, subraya, se traducen en mero “robo legal”.

Ilustremos esto con un ejemplo extremo: supongamos que un ladrón arranca la billetera de un transeúnte; seguramente si es apresado se hará que el delincuente devuelva el botín a la víctima, pero no gradualmente, sino lo antes posible. De lo que se trata no es de implantar la justicia con cuentagotas, sino de restituir la propiedad.

Del mismo modo ocurre con un gobierno completamente desordenado en sus cuentas, con gastos siderales, déficit monstruoso, tributos insoportables, deudas crecientes y una inflación que se mantiene a niveles muy superiores a la de cualquier nación civilizada. Del mismo modo, si se gasta más de lo que ingresa, no puede evitarse la bancarrota de una empresa o los efectos nocivos del desorden en el seno de una familia.

Una vez pasadas las elecciones, el orden y el recorte de gastos se tornan más urgentes. Esto es para bien de las personas involucradas. Si esto no fuera así, habría que hacer la apología del desorden, pero de esa manera la historia termina siempre mal, tal como viene sucediendo sistemáticamente en nuestro medio desde hace décadas.

No se trata de causar dolor, sino alivio y mejora en la condición social de la gente. Lo relevante es que el balance neto entre costos y beneficios abra de par en par las puertas del progreso para todos, muy especialmente la de los más necesitados. No hay magias posibles, no puede engullirse la torta y tenerla al mismo tiempo.

El desorden conlleva costos altísimos que los pagan principalmente los más débiles económicamente, ya que los ahorros y las inversiones se contraen no sólo debido a las pesadas cargas impositivas, sino que disminuyen debido a climas como los descriptos.

Por supuesto que todo en la vida tiene un costo. No hay acción sin costo. El lector incurre en costos al leer esta nota, puesto que para hacerlo debe dejar de prestar atención a otros asuntos de su preferencia según la secuencia de prioridades de cada cual. En economía esto se denomina costo de oportunidad. En el caso que nos ocupa, en un primer momento absorberán costos quienes deben reasignarse a otros destinos al efecto de ser reabsorbidos en tareas distintas que no podían encararse, precisamente debido a que se encontraban esterilizadas en las órbitas de los aparatos estatales.

En este sentido, la liberación de factores humanos y materiales permite encarar otras tareas, hasta el momento imposibles de concebir, lo cual presenta nuevos negocios y las consecuentes capacitaciones. El proceso debe llevarse a cabo con el mayor cuidado, pero resulta imperioso comenzar con la tarea cuanto antes.

Debe hacerse foco en el sufrimiento, especialmente el de la gente de menores ingresos sobre la que recae el peso de verse obligada a mantener funcionarios cuyas faenas consisten en asignar recursos en direcciones distintas de las que hubiera decidido la gente en libertad (si el Gobierno decidiera lo mismo que prefiere la gente sería superfluo el uso de la fuerza que en todos los casos demanda la intervención estatal). La vida es corta, esta situación injusta que se viene prolongando clama a los cielos.

La herencia recibida es catastrófica, pero no podemos consumir nuestras existencias maldiciendo ese estado de cosas, sino tomar el toro por las astas y revertir el problema. Hasta el momento, el actual gobierno no sólo no ha reducido el gasto público y el déficit fiscal, sino que lo ha aumentado. La buena voluntad y la decencia no son suficientes para una buena gestión.

Liberar recursos se torna indispensable, insistir en que los actuales niveles del gasto público deben hacerse eficientes constituye un error.

En este contexto, es crucial comprender que los salarios e ingresos en términos reales dependen de las tasas de capitalización. Esta es la diferencia entre países prósperos y países pobres. No son los recursos naturales (África es el continente que los dispone con mayor abundancia y Japón es un cascote del que sólo el 20% es aprovechable). Es un tema de marcos institucionales confiables.

De todos modos, cualquiera que sea la situación, quienes estiman necesario ayudar en mayor medida al prójimo lo pueden hacer, por ejemplo, a través de una ONG especial de amplio acceso público donde cada uno ingresa su donación. Con esto, los políticos y sus socios dejarían de recurrir a la tercera persona del plural en sus discursos y, en su lugar, lo harían en la primera del singular asumiendo responsabilidades. En este supuesto no se usaría a los pobres para campañas electorales y se finiquitaría con la hipocresía de sostener que los gobiernos (es decir los vecinos) deberían ayudar a otros de modo coactivo.

Es muy loable que nuestros gobernantes hayan decidido abrirse al mundo, pero no es para mostrar las mismas mañas populistas de una burocracia sobredimensionada, sino para exhibir señales claras de una sociedad libre.

Se hace necesario retomar la tradición alberdiana y recordar que nuestro país estaba a la vanguardia del mundo libre cuando se adoptó. Los salarios e ingresos en términos reales del peón rural y del obrero de la incipiente industria eran superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España. Los inmigrantes venían a estas tierras para “hacerse la América”. Competíamos con Estados Unidos en los principales rubros. En el Centenario, miembros de la Academia Francesa compararon las sesiones del Parlamento argentino con las que tenían lugar en aquella corporación debido a la versación de sus integrantes. Ahora hay quienes han perdido la independencia de criterio y no son pocos los que pretenden convertir nuestro Parlamento en un aguantadero.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es Asesor del Institute of Economic Affairs de Londres.

Las contradicciones económicas del ex gobernador

Por Iván Carrino. Publicado el 1/6/17 en: http://www.infobae.com/opinion/2017/06/01/las-contradicciones-economicas-del-ex-gobernador/

 

La campaña para las elecciones legislativas ya está lanzada y el peronismo debate su reconstrucción después de dejar una economía al borde del colapso en 2015.

En ese marco, la puja pasa por si se hacen elecciones internas o se lleva a un único candidato. Curiosamente, los supuestos adalides de la democracia como Cristina Fernández y Daniel Scioli preferirían no ir a una elección interna abierta y decidir a dedo un candidato que represente la unidad.

En el ida y vuelta, fue el ex gobernador, ex motonauta y reciente licenciado en comercialización quien solicitó a su contrincante dentro del peronismo, Florencio Randazzo, que deponga sus ambiciones personales y trabaje por la unidad del movimiento.

Esta unidad debería girar en torno a cinco ejes, todos ellos relativos a la economía. De acuerdo con Scioli: “Es necesario que el peronismo, dentro de un gran frente nacional y popular” se reorganice “detrás de un compromiso basado en algunos puntos concretos: mercado interno, un freno al endeudamiento, un aumento a los jubilados, la baja de precios de alimentos y de las tarifas”. Como no podía ser de otra manera, estos cinco puntos son una maraña de contradicciones.

Frenar el endeudamiento implica necesariamente reducir el déficit fiscal. Así como la inflación es en todo momento y lugar un fenómeno monetario, el endeudamiento interno y externo es en todo momento y en todo lugar un fenómeno fiscal.

Sin déficit no hay deuda. Esto quiere decir que para reducir el endeudamiento Scioli debería proponer o bien subir los impuestos o bien reducir el gasto público. Claramente, esto se da de bruces con la idea del aumento a los jubilados o la baja de las tarifas. Un aumento del gasto previsional implica mayor gasto público. Todo esto en un marco donde el gasto social, que incluye jubilaciones, pasó del 18% al 31% del PBI entre 2004 y 2015. ¿Hay que subirlo más todavía?

Por otro lado, bajar las tarifas implica volver al esquema kirchnerista de congelamiento tarifario, lo que supone gastar más en subsidios para evitar que las empresas proveedoras quiebren. Este esquema, en el pasado, multiplicó por tres el gasto destinado a subsidios económicos; pasó del 2,3% al 6,7% del PBI.

Cuando Scioli lanza sus propuestas demagógicas de mayor gasto previsional o tarifas de servicios públicos más baratas, contradice su propuesta de menor endeudamiento. A menos que esté dispuesto a regresar al esquema “vanolístico” de emisión monetaria descontrolada. Si el gasto excesivo no se financia con deuda, entonces hay que emitir billetes, lo que genera inflación. Esto, por supuesto, entra en contradicción con otro de los puntos defendidos por la unidad peronista de Scioli: la baja del precio de los alimentos.

Una última cuestión que se suma a su propuesta de defender el mercado interno es el comentario de Scioli respecto de la necesidad de que el peronismo priorice lo que “en este momento necesita la gente: que defendamos su salario y su trabajo”.

Es paradójico que un peronista de ley sostenga esto. Es que, cuando dicho partido llegó al poder, el ingreso promedio de un argentino era 71% del de un australiano. En 2015, y tras gobernar nada menos que el 53% del tiempo, pasamos a ingresar sólo 43% del ingreso de un australiano. Es decir, pasamos de país casi rico a país de mitad de tabla.

Por último, entre 1975 y 2014 el salario real cayó 40% en el país (Kornblihtt y Seiffer, 2014). En ese período, cerca del 63% del tiempo transcurrió durante gobiernos peronistas. ¿Qué salario quieren defender si son principales responsables de su destrucción?

Los dichos de Scioli están llenos de inconsistencias y promesas incumplibles. Sin embargo, hay algo aún peor: esconden la gran responsabilidad del partido en la larga pero persistente decadencia económica y social argentina.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

HAZTE PIQUETERO Y RENOVARÁS LA FAZ DE LA TIERRA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 8/12/16 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2016/12/hazte-piquetero-y-renovaras-la-faz-de.html

 

Que el peronismo NO es marxista es una de las más absolutas falsedades de toda la política argentina. Perón era, ante todo, un fascista mussoliniano, un dictador por convicción, que borró con todas las instituciones republicanas tradicionales porque eran, precisamente, las estructuras burguesas explotadoras contra el “pueblo” trabajador. Maquiavélica fue luego la estrategia lingüística de los peronistas de llamar fascistas a todos los que no eran peronistas. Era como si los nazis hubieran ganado la guerra y hubieran llamado antisemitas a todos los que no fueran nazis.

Que Perón no haya convertido a la Argentina en Cuba no quita nada de su marxismo. Astuto como serpiente y astuto como serpiente, estatizó todo lo que quiso y al resto, al estilo nazi, la reguló ad infinitum, convirtiéndola en la esclava del estado –esclavos muy felices la mayoría- y no estatizó directamente al campo también para llenar las arcas de un estado re-distribuidor. Al principio, claro, como en el inicio de todos los populismos, le funcionó muy bien. Luego comenzaron la inflación, el subdesarrollo, la pobreza, el crecimiento macrocefálico de Buenos Aires, las villas miseria, pero todo eso, claro, era fruto del imperialismo yanqui. Así de simple.

El sindicalismo, en medio de esto, se convirtió en un estado dentro de otro estado. Organizado hasta hoy según la Carta del Laboro de Mussolini, sus huelgas extorsivas, su capacidad de detener el país, se convirtieron en la acción directa de la clase explotada versus la clase dominante. Cuando llegan los 60 y los 70, Montoneros, ahora sí el peronismo directamente castrista, es la expresión más coherente de las semillas plantadas por el primer trabajador.

Pasados algunos acontecimientos que son de dominio público, estas profundas ideas marxistas se recrean en dos formas. Una, más incoherente, mafiosa, corrupta, negociadora, es la CGT y sus paros generales, desde 1983 hasta la fecha, con sus líderes, modelos siempre de austeridad de vida, probidad, santidad y bondad. Otra, más coherente, atomizado como células terroristas, menos negociador y esperando siempre la “represión” de las clases dominantes, son los conocidos piquetes, en rutas, calles, organismos públicos tomados o privados amenazados. Tienen su mística, sus uniformes, su relato, y dirigentes atomizados muy diferentes de los “gordos”. Se cubren la cara, portan un palo, que seguramente es un símbolo inspirado en Mahatma Gandhi, y hacen lo que saben hacer: cortan calles y avenidas enteras, producen el caos, esperan la reacción. Si, son delincuentes totales y completos, pero desde el punto de vista de una República. Para ellos, son los verdaderos representantes de la lucha de la clase dominada. Por eso desafían a todo lo que sea el Estado de Derecho: jueces, la fuerza pública, la ley.

El kirchnerismo (que como Hitler a partir del 33, utiliza las formas democráticas como una más sutil capucha que cubre su cara) los utilizó al principio a su favor. Pero luego quedaron, como debe ser, fuera de control, mientras Cristina Kirchner, Madres de Plaza de Mayo, Abuelas de Plaza de mayo, también estaban “fuera de control”, in a way, pero manejaban lo recursos del estado y sabían bien lo que hacían: convertirnos en una provincia del estado chavista.

El triunfo de Macri pudo haber sorprendido a algunos kirchneristas, pero no a los piqueteros. Ellos siguieron en la suya. Qué hacer con ellos es un problema político complejo. Acciones judiciales frente a obvios delitos de acción pública, tal vez, pero sus dirigentes esperan y utilizan las condenas judiciales como parte de su estrategia. Difìcil.

Pero parece que Macri ha decidido hacer con ellos lo que NO hay que hacer: negociar. NO se negocia con terroristas. Concederles sus demandas sólo les da más poder. Por supuesto, todo al estilo argentino: parece que se los quiere sindicalizar, darles planes sociales, etc. Desde el lado de ellos aceptarlo sería incoherente, pero tal vez guarden algo de las estrategias maquiavélicas del primer trabajador, del qué grande sos. El asunto es que, como bien ha explicado Nicolás Cachanosky con los elementos de la good economics, esto es un gran incentivo para que todos los grupos en busca de renta (del estado) comiencen a cortar, bloquear, intimidar, todo cuanto sea espacio público para conseguir sus demandas. Argentina coherente: no emprendas, hacete piquetero. Te vas a hacer rico. Quién sabe, tal vez los profesores de filosofía podríamos ir ensayando cómo nos quedaría una capucha y un pacífico palo en nuestras manos.

 

Como dijo Gustavo Hasperué: “…Amigo político, podés seguir aumentando el gasto e inventar nuevos impuestos; lo que no vas a poder es evitar las consecuencias. Pero quedate tranquilo; la mayoría de la gente no entiende nada y le va a echar la culpa al capitalismo y reclamará, para tu tranquilidad, más estado y más política. Eso sí, con políticos buenos…”.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

 

Opinar diferente también es ayudar al Gobierno

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 28/8/16 en: http://economiaparatodos.net/opinar-diferente-tambien-es-ayudar-al-gobierno/

 

El debate franco siempre genera ganancias para las partes

Cada vez me sorprende más la cantidad de gente que quedó tan asustada con el kirchnerismo que a la más mínima diferencia que uno plantea con las medidas que toma el gobierno de Cambiemos, reaccionan tipo k, es decir con agresión o, los más educados, diciendo que hay que tener paciencia o bien argumentando que hay que apoyar al gobierno como sea.

Si uno descarta a los macristas que reaccionan como los k, se encuentra con un universo que, a mi juicio, lejo está de aportar algo positivo para reconstruir el país y evitar que vuelvan los k, regreso que, creo, es bastante poco probable. Tal vez podría volver el peronismo, pero bajo otro de los múltiples formatos que tienen para tratar de mantenerse en el poder.

Creo que es un grosero error otorgar un cheque en blanco al que se vota. Uno vota a una persona en un momento determinado para que administre la cosa pública, dentro de un gobierno limitado entendiendo por gobierno limitado un gobierno que no puede utilizar el monopolio de la fuerza para violar los derechos individuales. La larga decadencia argentina es consecuencia de idealizar a personas como salvadoras de la patria, cuando en realidad son las instituciones las que salvan a un país. Las que lo hacen progresar. Y las personas son solo administradoras transitorias de la cosa pública dentro de ese marco institucional de un gobierno limitado.

Ahora bien, considero que descalificar o mirar con desconfianza al que opina diferente sobre cómo encarar la herencia recibida del kirchnerismo, no solo implica adoptar un comportamiento igual al del kirchnerismo que no tolera ninguna opinión diferente a la de la mandamás, sino que además no contribuye a lograr el éxito del gobierno diciéndole a Macri sí bwana a todo lo que hace. El apoyo constructivo es mostrar las diferencias cuando se las ve, y queda a decisión de Macri aceptar las opiniones diferentes o rechazarlas. Pero se equivocan quienes creen que no opinar diferente es ayudar al gobierno. Al contrario, de todo debate uno siempre sale fortalecido.

Si yo tengo una opinión sobre cómo encarar un tema y otra persona tiene una visión diferente, del debate pueden surgir dos opciones. Una opción es que la otra persona me convenza que estoy equivocado, en cuyo caso salgo ganando porque me saca del error. La otra opción es que la otra persona acepte que yo tengo razón, en cuyo caso, no gané la discusión, sino que gané confirmando mi teoría.

Insisto, acá no se trata de ganar la discusión, sino de encontrar soluciones a los problemas que dejaron los k. Y en esa búsqueda de soluciones hay diferentes opiniones que el debate franco siempre genera ganancias para las partes.

Pregunta para el debate: la ausencia de un plan económico global que el gobierno no quiere aplicar, ¿aleja o acerca la vuelta de la horda k? El plateo es válido porque si a la gente todo el tiempo la van limando con medidas que afectan su nivel de vida pero no le explican la herencia recibida, para qué se adoptan esas medidas y cuáles serán los resultados finales, la gente vive la transición sin esperanza porque no entiende para qué está haciendo el esfuerzo. Es como poner a dieta a una persona y no explicarle que al cabo de cierto tiempo va a bajar de peso.

Lo peor es que el PRO se esfuerza por mostrarse como un gobierno progresista al punto que tiene a un ministro de economía que viene del progresismo, pero la gente lo identifica como de derecha. Incluso los que los votaron lo ven como un partido de derecha a pesar de continuar con la misma política impositiva, los mismos planes sociales y el mismo nivel de gasto público y estado ineficiente que tenía el kirchnerismo. Así, el PRO paga todos los costos de una política que no asume cambios profundos y continúa con la estructura de la decadencia argentina, pero no cosecha los beneficios políticos del populismo.

Lo que pretendo transmitir es que la mejor contribución que uno puede hacer para que el kirchnerismo quede sepultado para siempre, es contribuir a implementar un plan económico consistente que la gente comprenda rápidamente sus beneficios, para entrar en una sólida senda de crecimiento que destierre el clientelismo político de los planes sociales.

Esa es la mayor objeción que hoy se le puede formular al gobierno. Por miedo a desarmar la estructura estatal que se fue construyendo a lo largo de décadas y explotó en envergadura con el kirchnerismo, el PRO mantiene esa legión de planes sociales y ñoquis entrando en una competencia populista con el peronismo en todos sus formatos.

Nadie pretende que de un día para otro se cancelen todos los planes sociales ni se echen a todos los millones de empleados públicos que hay en el estado, solo se busca iniciar un camino. Decir que el tamaño del estado va a seguir siendo éste pero bien administrado es no comprender el problema. La plata no alcanza para financiarlo y encima ese estado elefantiásico aplasta al sector privado que es el que lo sostiene con los impuestos confiscatorios que cobra el estado.

El gobierno habla que la salida es el crecimiento. ¿Cómo puede crecer el sector privado con un estado que lo aplasta? Y si no hay crecimiento basado en un plan económico consistente, la pobreza y el empleo público seguirán siendo el alimento del populismo y los aspirantes a autócratas.

En definitiva, si el gobierno quiere cambiar en serio este lago proceso de decadencia, quienes decimos lo “políticamente” incorrecto somos los que más contribuimos a cambiar el país, porque cumplimos la misión de decir las cosas que el gobierno, por corrección política, no puede decir. Todos sabemos que hay que bajar el gasto público. Si en el gobierno no se animan a decirlo por razones políticas, los “salvajes” liberales cumplimos una función de oro al decir lo que el gobierno no puede decir.

O sea, los que empujamos hacia el cambio y marcamos nuestra diferencia, somos más útiles que los que le dicen sí bwana a todo lo que dice el gobierno por miedo a que vuelvan los k.

Para salir de este populismo hace falta audacia, no timoratos temerosos de los k que no se animan a formular opiniones diferentes pero constructivas.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

El miedo a la vuelta k paraliza el cambio

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 17/7/16 en: http://economiaparatodos.net/el-miedo-a-la-vuelta-k-paraliza-el-cambio/

 

El miedo a la vuelta del kirchnerismo paraliza el cambio. La mejor forma de contribuir es debatir cómo hacer el cambio

Vengo notando que, aun entre amigos liberales, hay un temor reverencial a criticar públicamente la política económica del gobierno. Fueron tan nefastos los años del kirchnerismo que tienen pánico a que vuelvan los k. Con tal que eso no ocurra solo se animan a formular comentarios en privado. Muchos quedan como paralizados por miedo al kircherismo.

Por supuesto que más de uno que no es liberal pero también detesta los años de atropello del kirchnerismo también tiene pánico a que vuelva el kirchnerismo. Se produce una especie de autocensura y censura. Nadie puede objetar lo que hace el PRO en nombre de preservar el país de la vuelta del kirchnerismo, con lo cual, irónicamente, muchos antik terminan teniendo un comportamiento k en términos de libertad de expresión. Las agresiones más despiadadas que uno puede ver en las redes sociales pueden venir de gente que rechazaba las agresiones de los cibyerk por pensar diferente y ahora aplican el mismo criterio.

Tan profundo ha calado el peronismo en general y el kirchnerismo en particular que uno ve la política económica del PRO y no verifica cambios drásticos respecto a los que se venía haciendo. Digamos que por miedo a que vuelva el kirchnerismo o el peronismo en otra de sus formas terminan haciendo cosas parecidas a las que hacían el peronismo y el kirchnerismo, eso sí, reconociendo que tienen un comportamiento civilizado y permitieron recuperar ciertos valores.

Con solo comparar los festejos del bicentenario del 2010 que fueron simples actos partidarios kirchneristas marginando al resto de los argentinos con los festejos del bicentenario de la independencia en que el PRO, no solo gastó muchísima menos plata que el kirchnersimo sino que, además, fueron actos patrios, como los que se hacían cuando éramos chicos, cuando se incluía a todos los habitantes sin distinciones partidarias. Cuando flameaba la bandera argentina y no la de La Campora. Cuando se ponía la imagen de San Martín en vez de la del Che Guevara. No puedo dejar de reconocer que hay años luz con lo que se vivió hasta hace pocos meses atrás. Se respira civilización en vez de barbarie. Se respira respeto en vez de atropello.

Ahora, reconociendo el impresionante cambio de clima donde la agresión nunca proviene del gobierno, como era costumbre bajo el kirchnersimo cuando Cristina Elizabet Fernández usaba indiscriminadamente la cadena nacional y escrachaba por cadena nacional al primero que opinaba diferente, también es cierto que en el gobierno en materia económica no se animan a cambiar el rumbo de decadencia.

Posiblemente el kirchnerismo quede sepultado como uno de los tantos movimientos que tuvo el peronismo, como consecuencia del tsunami de escándalos de corrupción que destruyó todo a su paso. Además de Perón, luego vino la renovación con Cafiero, el menemismo, el duhaldismo, el kirchnerismo y ahora está por verse. El peronismo muta en sus formas para mantener su base populista y retener el poder.

Ahora, lo curioso es que el resto de los partidos políticos no se animan a formular propuestas económicas tan diferentes a las del peronismo. Me refiero tanto al radicalismo como al PRO. Todo se limita a mantener un gasto público gigante e ineficiente, una presión tributaria asfixiante, regulaciones, redistribución del ingreso y estatismo. Nadie quiere tocar el populismo peronista por miedo a que vuelva el peronismo y, por lo tanto, todo el esfuerzo para frenar al peronismo termina en seguir haciendo lo mismo que haría el peronismo si estuviera en el poder, pero siempre con formas más educadas. Digamos que el virus populista ha calado tan hondo en la dirigencia política argentina que, como decía Perón, todos terminan siendo peronistas.

Pero tal vez no sería un problema que todos fuesen peronistas si no fuera porque el peronismo es un cáncer que va destruyendo los valores más elementales que son los que pueden hacer de Argentina un país próspero.

No debe sorprender el costo político que pagó el gobierno con el aumento de las tarifas de gas ya que se limitó a actualizar una nefasta tabla tarifaria inventada por un personaje como De Vido. Si el PRO hubiese tirado al diablo esa nefasta tabla tarifaria heredada del kirchernismo y hubiera establecido una tarifa única, el promedio general de aumento del gas no pasaba de multiplicarlo por 4 o 5 en el peor de los casos. Por supuesto que el que pagaba $ 20 pesos por bimestre iba a pasar a pagar $ 400, es decir $ 200 por mes. Nadie si hubiese encontrado con miles de pesos de factura de gas que no puede pagar por querer “acomodar” la tablita de De Vido.

Es más, lo que dispuso transitoriamente el gobierno es que nadie puede pagar más de 5 veces el monto de la factura del mismo mes del año anterior. Es decir, si en mayo del año pasado alguien pagó una factura de gas por $ 200, ahora pagará $ 1.000. Pero lo curioso es que establece el límite de aumento al monto de la factura sin importar la cantidad de metros cúbicos que la gente consuma. Si en mayo del año pasado alguien pagó $ 200 por consumir 10 m3 de gas y en mayo de este año consume 10.000 m3 igual paga como máximo $ 1.000. Un disparate porque por un lado el gobierno dice que no hay gas y por el otro lado establece un sistema de ajuste que incentiva el derroche de gas.

Los parches sobre un sistema ineficiente no van a hacer que el sistema sea eficiente. Tampoco un sistema ineficiente se transforma en eficiente porque las personas que gobiernan se consideran mejores que los anteriores administrando un gasto público desorbitado, un sistema tributario que destruye la producción, una economía cerrada que desestimula la inversión, etc. Desafortunadamente la gente del PRO no cree que nuestro problema de fondo es un problema de sistema económico sino que cree que es un problema de gestión. Que un sistema con incentivos perversos puede ser gestionado eficientemente.

Por eso, la mejor forma de ayudar al gobierno a resolver la herencia recibida y de evitar que vuelva el kirchnerismo es debatiendo sin miedo caminos alternativos que nos saquen de este sistema ineficiente y vayamos hacia un sistema eficiente.

Cambiemo solía decir en la campaña electoral: sí se puede. Sin embargo cuando uno propone cambios estructurales todo es: no se puede.

Mi impresión es que sí se puede cambiar en serio, pero el cambio no debe limitarse a las personas sino al sistema. Pasar de un sistema con incentivos perversos a un sistema con incentivos positivos que conduzcan al crecimiento. El camino es debatir cómo salir del sistema nefasto que destruyó la Argentina, no como administrar mejor un sistema con incentivos perversos. Esa es la verdadera contribución que podemos brindarle al gobierno quienes no estamos en la función pública ni pertenecemos al PRO. Debatir cómo cambiar el sistema perverso por otro exitoso.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

Carta abierta al nuevo gobierno

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 29/11/15 en: http://www.cronista.com/columnistas/Carta-abierta-al-nuevo-gobierno-20151130-0020.html

 

Si no aparece algún estropicio adicional del gobierno en funciones que pretenda empañar lo que se ha decidido en las urnas por el voto mayoritario, nos habremos librado de un aparato estatal que no solo ha degradado instituciones fundamentales del sistema republicano sino que ha deteriorado en grado sumo todos los indicadores de la economía.

Esto es indudablemente para celebrar. Sin embargo, dada la bipolaridad de muchos argentinos en cuanto a pasar de la euforia a la depresión, debemos evitar este zigzagueo que ha ocurrido repetidas veces en la decadente historia argentina de las últimas largas décadas. Esto viene ocurriendo desde al golpe fascista de los años 30 que pretendió una Constitución corporativa y estableció el control de cambios, el impuesto progresivo, la banca central, las juntas reguladoras y la embestida contra el federalismo fiscal, un estatismo que fue mucho más acentuado a partir del peronismo y sus imitadores donde el Leviatán estrangula libertades esenciales.

Ahora se presenta una oportunidad de enderezar las cosas aunque más no sea parcialmente. El clima del que no salta es un inglés debe sustituirse por meditaciones calmas y sustanciales.

Es cierto que en el nivel político no puede articularse un discurso que vaya más allá de lo que la opinión pública puede digerir. El problema de fondo es educativo, pero no debe caerse en la ingenuidad de pensar que es suficiente una buena gestión por parte de profesionales competentes puesto que no queremos un campo minado bien gestionado, ni siquiera se trata de seguir con un campo minado sin la lacra de la corrupción. De lo que se trata es de remover las minas.

En este sentido, es insoportable un aparato estatal sobredimensionado. Es imprescindible eliminar funciones incompatibles con un sistema republicano, no simplemente podar porque como en la jardinería la planta crece con más vigor. Resulta indispensable cortar el fenomenal gasto público y centrar la atención en las funciones esenciales de todo gobierno que opera en una sociedad abierta.

Lo que no se hace en los primeros meses no se hará aunque el primer tramo esté cubierto por fundadas denuncias de corrupción del gobierno anterior radicadas en la Justicia a través del debido proceso y cubierto por las medidas saludables respecto a la dictadura venezolana y el inaudito memorándum del sonado caso iraní vinculado a las masacres que son de público conocimiento.

La decencia y las buenas intenciones son condiciones necesarias pero no suficientes para que nuestro país vuelva a ubicarse a la vanguardia de las naciones civilizadas, como cuando venían nuestros ancestros a hacerse la América debido a que las condiciones de vida eran mucho más atractivas que las de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España.

Entonces, no se trata de hacer la plancha y administrar la bomba de tiempo existente y operar con la misma estructura estatista financiado con más deuda, sino de remover cuanto antes el peligro al efecto de transferir recursos a los bolsillos de la gente y así brindar el mejor nivel de vida, especialmente para los más necesitados.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Estatismo, capitalismo y desigualdad:

Por Gabriel Boragina. Publicado el 1/3/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/02/estatismo-capitalismo-y-desigualdad.html

 

Argentina hacia la década de 1920 se encontraba entre los países con las mejores posiciones económicas, disputando con las potencias mundiales de la época. ¿La razón? Su economía era preponderantemente capitalista, lo que empezó a cambiar hacia la década del 30 del siglo XX en que se inicia el camino primero hacia una economía mixta y luego cada vez más hacia un estatismo más acentuado (peronismo) para volver a un estatismo un poco menos acusado, pero conservando todos los males y descalabros inherentes a las economías mixtas. Situación que se mantiene en el presente con todas sus consecuencias negativas.
Los casos de Alemania, Francia, países nórdicos y Japón que se citan a menudo como “exitosos”, lo son en la medida que sus economías no están basadas en la distribución sino en la capitalización. Producción y distribución son dos fenómenos concomitantes, paralelos y simultáneos, como dos caras de una misma moneda y no procesos separados, ni en compartimentas estancos. Pero, para que la producción (y consecuente distribución) sea posible, el requisito previo, indispensable, y excluyente es la capitalización. Sin capital es imposible producir (e invariablemente distribuir) nada. Ergo, decir que esas economías “deben su éxito” a la distribución es una tremendísima barrabasada propia de incompetentes. En cuanto a la capitalización, tal y como su mismo nombre lo indica, sólo es posible si la economía es capitalista y no en ningún otro supuesto. Las economías no-capitalistas o anticapitalistas por definición no capitalizan nada, ergo no pueden producir nada, y correlativamente no habrá nada para distribuir. En suma, no pueden recibir siquiera el nombre de “economías”. Por ello, querer hablar de “economías mixtas” o “intervencionistas” o “socialistas” o “comunistas” es un contrasentido completo. Estos últimos engendros son antieconomías, no “economías”.
Hay que tener muy en cuenta que ningún sistema económico puede disminuir la desigualdad. Si -en cambio- se puede reducir la pobreza. No la desigualdad. Como dice Alberto Benegas Lynch (h) la igualdad es sólo una abstracción de las matemáticas y no existió ni existe en ninguna parte, pese a que se la busca desde que el hombre es hombre. Se trata de una quimera. La fortuna es fruto del talento o -si se quiere- de la suerte, y ninguno de ambos pueden ser igualados en todos los seres humanos. Y quien tuviera tal potestad dejaría de ser igual a los demás, para pasar a ser un dictador mundial por definición desigual a todos desde su condición de dictador y dueño de todos los bienes y destinos humanos. A este resultado conduciría insistir sobre el dogma de la igualdad como lo hacen los igualitaristas. La pobreza -en cambio- es algo diferente; es un mal que debe ser combatido por todos los medios, y la única arma para batallarlo es el capitalismo y no ninguna otra.
La gente cree que los impuestos abultados disminuyen la pobreza. Pero los tributos exorbitantes son anti-capitalistas, porque aumentan la pobreza. Onerosas tasas impositivas restan, no suman, tan cierto como que 5 – 2 = 3, y que 3 < 5, y no al revés. Quien diga que los “países ricos” lo son porque cobran elevados impuestos deberían volver al colegio primario, porque ni siquiera dominan las reglas de sumar y restar. Si el PBI total de una sociedad es de 100 millones y el gobierno recauda 50 millones en impuestos, tendremos esta cuenta = 100 (PBI) – 50 (impuestos) = 50 (PBI) + 50 (impuestos) = 100 (PBI). ¿Cuál es la “riqueza”, el “crecimiento” o el “progreso” que habría “creado” el impuesto? Ninguno. Es igual a cero. Lo único que ocurrió es que la riqueza (ya existente antes del impuesto) simplemente cambió de manos: antes, el 100 % de ella estaba en manos de los productores de esa riqueza. Luego del impuesto, el 50 % de esa riqueza pasó a manos de los burócratas y gobernantes, y sólo el 50 % restante quedó en las de los productivos. ¿Conclusión?: Se enriquecieron los parásitos burócratas a costa de los trabajadores que se empobrecieron. Por supuesto que, la propaganda del gobierno siempre irá a decir que los impuestos “crean riqueza”, y es esto lo que la gente cree y repite de memoria casi sin pensar, ya que es lo que todos hemos escuchado sin cesar desde pequeños. Claro ¿qué van a decir los gobiernos contra los impuestos, si estos son el “salario” de burócratas y gobernantes? Si que “crean riqueza”, pero sólo para ellos y sus “amigos”, pero para nadie más. El pueblo (todos aquellos que no cobran impuestos, sino que sólo se limitan a pagarlos o ir a la cárcel) se empobrece con cada nuevo tributo, o con cada aumento de alícuota de algún gravamen ya existente.
El problema de fondo en esto es la propiedad. Debe ser privada. Esta es la solución. Al pagar impuestos la sociedad productiva (en adelante, SP) se empobrece a favor de la sociedad improductiva que está compuesta por los burócratas, los gobernantes, que con buen tino se los ha llamado la clase parasitaria, (en adelante, abreviada como CP) porque la SP pierde la propiedad privada de lo expoliado por la CP vía impuestos. Al botín, la CP le designa como “recaudación” o “recursos públicos”, fórmulas estas más “elegantes”, y en apariencia más “decentes” que lo que realmente es: el botín robado a la SP. Es decir, propiedad privada que pasa a ser estatal.
Pero tal como hemos visto, los mal denominados “recursos públicos” no existen. Los recursos siempre son privados. El gobierno los roba y los califica “públicos”. Esa es la única diferencia. Pero el nombre que la CP le asigne no cambia la naturaleza ni la esencia final de los bienes expoliados. El gobierno no posee nada sin que antes lo hubiera robado al pueblo (entendiendo aquí por la palabra “pueblo” a no otra cosa que a gente que esta fuera del gobierno, lo que también indicamos SP).
Y la propiedad privada es crucial que se defienda, porque es la única vía existente para capitalizar los recursos. Cuando los recursos privados pasan a ser propiedad estatal su destino es el despilfarro, la dilapidación, el derroche, con lo cual toda la sociedad se convierte en más pobre. Incluyendo a los depredadores burócratas y gobernantes.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

 

El default argentino: jugando política con los tribunales de Estados Unidos y Wall Street

Por Alejandro A. Chafuén. Publicado el 14/8/14 en:  http://www.eldiarioexterior.com/el-default-argentino-jugando-politica-44265.htm

 

Hasta la llegada del peronismo, Argentina fue una de las estrellas más brillantes entre todas las naciones amantes de la libertad.

Ahora es una estrella de los estados en default. Argentina no era un país perfecto, pero era una de las 10 naciones más ricas del mundo. Gracias a tanta promesa y oportunidad, los europeos acudieron en masa a este país sudamericano. Esto ya no sucede. ¡Qué cambio! Enamorado con el nacionalismo y el populismo, la Argentina ha caído en el ranking mundial económico durante la mayor parte de los últimos 75 años.

La estrategia nacionalista implementada por los peronistas y los aspirantes al peronismo jugó un papel importante en la decadencia argentina. Tal vez el mejor ejemplo es la primera elección que llevó a Perón al poder. Casi nadie recuerda el nombre del candidato presidencial que compitió contra Juan Domingo Perón en 1945. Todo el mundo, sin embargo, recuerda el lema “Braden o Perón”. Spruille Braden era el embajador de Estados Unidos quien, alarmado por las similitudes y la colaboración del peronismo con el fascismo, criticó abiertamente al peronismo cuando este todavía estaba en su infancia. Representar a Braden como un entrometido extranjero en una época en que los movimientos nacionalistas eran fuertes en todo el mundo, especialmente en Argentina, permitió a los peronistas utilizar este lema como un símbolo del imperialismo. No es que las acusaciones de Braden fueran incorrectas. Argentina continuó colaborando no sólo con los fascistas, sino también con los nacional socialistas. Nací en Argentina, y durante mi infancia Joseph Mengele, el “ángel de la muerte”, vivía a tres casas de la mía, protegido por el aparato de inteligencia peronista.
Frecuentemente, los políticos en el poder culpan a países extranjeros por los males de su país. El gobierno argentino es un ejemplo estelar de esta estrategia. Hace alrededor de un mes, la Corte Suprema de Estados Unidos se rehusó a escuchar el fallo del juez del Distrito de Nueva York, Thomas Griesa, exigiendo el pago de la deuda a los tenedores de bonos que no aceptaron las condiciones ofrecidas en liquidaciones parciales anteriores (los “holdouts”). El gobierno argentino vio el fallo de la Corte Suprema como una oportunidad política.
En una entrevista reciente en Panampost.com, Ricardo López Murphy, presidente del think tank RELIAL y un destacado economista que se desempeñó como Ministro de Defensa de Argentina, declaró que su país “ha logrado dos hazañas increíbles: ha protagonizado el mayor default en la historia y el default más pequeño en la historia. En 2002, tuvimos un incumplimiento masivo, y tuvimos un problema grave con la deuda, con condiciones externas adversas. Ahora tenemos buenas condiciones y una pequeña deuda”.
En relación al PBI, la deuda Argentina es inferior a 50 por ciento y los pagos de intereses de la misma representan sólo el 1 por ciento del PBI. Sería difícil encontrar a un gobierno que elija sufrir las dificultades de un default bajo condiciones tan favorables. López Murphy continúa diciendo “que el gobierno argentino ha subestimado este problema, y ha recurrido a la retórica barata dirigida para el consumo local, en vez de resolver el problema. No creo que perciben costo del default de la misma manera como lo hago yo, con inmensos costos para Argentina”. El “consumo local” se refiere a los mercados políticos, no a los mercados económicos.
En su columna más reciente, Andrés Oppenheimer coincide con López Murphy en que el gobierno de Argentina maneja este tema con “típica arrogancia e incompetencia”, pero luego afirma que “la opinión de Griesa puede tener consecuencias internacionales negativas que trascienden este caso”. ¿Cómo puede ser, pregunta Oppenheimer, que una pequeña parte de los tenedores de bonos (el 7 por ciento en este caso) pueda impedir que la mayoría alcance un acuerdo con el gobierno? La clave está en los detalles y para dar una opinión educada, como requisito mínimo uno debe consultar a los gobernantes y a los varios tratados legales.

López Murphy opina que “nadie debe hablar sin un abogado a su lado”.

Pero lo que es una consecuencia negativa para Oppenheimer es realmente un impacto negativo para los gobiernos que derrochan sus recursos e intentan renegar sus contratos. Las resoluciones del juez Griesa y la Corte Suprema de Estados Unidos están basadas en leyes vigentes. Para ellos, el caso es claro, la Argentina tiene que pagar.

Estos fallos están basados en la ley, y no en juegos políticos y manipulaciones de agentes gubernamentales, acostumbrados a presionar a los tribunales.

En una columna anterior pronostiqué que este caso debería crear una mejora en el marco jurídico que rige la deuda entre los gobiernos y los inversores privados. Es evidente que lo que está dirigiendo la posición del gobierno argentino no es la economía sino la política. Se preocupan poco sobre las implicaciones internacionales; se preocupan por el poder, los votos y los resultados políticos locales. Si pueden enmarcar las discusiones actuales como un nuevo “Braden o Perón”, y la narrativa como “el gobierno argentino defiende sus intereses y soberanía frente a los jueces peones de Wall Street”, se convencerán de que tienen una estrategia ganadora. El pueblo argentino no está acostumbrado a jueces independientes, por lo tanto será fácil vender esta historia.
Sin embargo, como la oposición argentina no tiene un líder, o un partido nacional que pueda ser identificado con el juez Griesa, una campaña mediática de “Argentina frente a Griesa” o “Argentina frente a los buitres” tendrá un efecto temporal pero no logrará tener el mismo impacto que tuvo “Braden o Perón”. Podría levantar la popularidad de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su futuro sucesor, pero sólo hasta que se comience a sentir el impacto económico del default.
Jugar y ganar partidos políticos es muy diferente que trabajar para ayudar a construir economías prósperas modernas.

Argentina ha desperdiciado muchas ventajas en el pasado y su actual gobierno parece decidido a perder aún más tiempo y recursos con el fin de prolongar su estancia en el poder. Esta vez, nadie llora por Argentina.


Este artículo fue publicado originalmente en inglés en 
Forbes el 6 de agosto de 2014. Republicado en USA Hispanic con autorización explícita de su autor. Traducido al español por Jack McDowell.

 

Alejandro A. Chafuén es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), es miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Fue profesor de ESEADE.

Se termina un ciclo económico… ¿y uno político?

Por Aldo Abram. Publicado el 14/6/13 en http://www.lanacion.com.ar/1600739-se-termina-un-ciclo-economico-y-uno-politico

Algunos políticos y economistas peronistas intentan reciclarse como alternativas al fin de ciclo de la gestión de Cristina Kirchner, que diferencian del rumbo iniciado por Néstor Kirchner. Como opción al peronismo en el poder ofrecen el peronismo opositor. Nada nuevo bajo el sol en una Argentina en la que han gobernado 22 de los últimos 24 años.

La matriz del peronismo es eminentemente populista, de izquierda o de derecha; se basa en la redistribución del ingreso y la concentración del poder. Los instrumentos pueden diferir según el caudillo de turno. Pero hay uno que se mantiene en el tiempo: el gasto público. Un ejemplo, Carlos Menem se autoimpuso un “corset monetario” para superar la hiperinflación. Sin embargo, como todo gobierno populista, a la recuperación económica generada por la estabilidad monetaria y cambiaria, la “aceleró” con el “combustible” de los recursos de las privatizaciones y endeudándose, en un mundo con buenos niveles de liquidez que veía positivamente el rumbo del país. Lamentablemente, en algún momento, “estos auges artificiales” se pagan. La cuenta se la dejó a su sucesor, Fernando de la Rúa, quien terminó enfrentando una crisis económica que derivó en una política y en un default.

Cualquiera que hubiera analizado el gobierno de Néstor Kirchner en Santa Cruz, hubiera podido prever el rumbo populista que tomó su gestión. La concentración de poder, el control de los medios de comunicación, la búsqueda del dominio total de la Justicia y un Estado omnipresente y gastador. La única duda era de dónde saldrían los recursos necesarios, en un país sin crédito. Inicialmente, los aportaron la fuerte reactivación, que se inició a fines de 2002, y un escenario internacional con liquidez y precios relativos nunca antes vistos para nuestras exportaciones. Esto último, además, le permitió aumentar fuertemente la presión tributaria sobre los sectores beneficiados por el contexto externo. El problema es que “los árboles no crecen hasta el cielo”, pero el gasto público populista sí lo hace.

Desde 2006, se empezó a usar crecientemente el impuesto inflacionario como financiamiento y, en 2008, la resolución 125 significó una nueva embestida sobre los “exprimidos” recursos del campo. Una rebelión fiscal y el “voto no positivo” frenaron este intento. La mira se puso en otra alcancía, la de los ahorros para la vejez que acumulaba el sistema privado de jubilaciones. Inicialmente, se les ofreció a los aportantes pasarse al régimen estatal de reparto, pero, como la opción generalizada fue quedarse, se los obligó a hacerlo.

Una alcancía más

Estos recursos tampoco alcanzaron y, en 2010, fueron por el otro “chanchito”, las reservas del Banco Central, al que exprimieron hasta quitarle la solvencia necesaria para regular un mercado único y libre de cambio. Aquí estamos ahora, con un cepo que asfixia crecientemente a los productores de bienes y que, aun así, no evita que el stock de divisas del Central siga “gastándose”. La factura del exceso de emisión y de saqueo de las reservas va a llegar y no será fácil pagarla.

Ahora también llegan otras “cuentas pendientes” de esta década populista ¿Cuáles? La caída de la inversión, producción y reservas de hidrocarburos, sector que fue sometido a absurdas y arbitrarias políticas, como fueron las excesivas retenciones y las tarifas controladas que alimentaron un insostenible subsidio a los consumidores. La otra cuenta a saldar es la de los servicios públicos, cuyas tarifas se manejaron arbitrariamente y se usaron para generar demagógicas transferencias generalizadas que terminaron con una mayor demanda de recursos y desincentivaron las inversiones, incluso, en mantenimiento. El capital físico se desgasta y, si se agrega una mayor demanda, no es raro que tengamos accidentes de transporte, una decreciente calidad de las prestaciones y una infraestructura decadente.

El ingreso de la cosecha de soja será como una “transfusión de sangre” a un paciente terminal: lo reanimará, pero no alcanzará para curarlo. Estamos pasando por un “veranito” demasiado fresco, que con un dibujo generoso del Indec, comparado con un período recesivo en 2012, será mostrado como una vuelta a las “tasas chinas”. Será sólo un nuevo “relato chino” al que, luego, se le impondrá la realidad.

Es cierto, en términos económicos, estamos ante un final de ciclo de otra gestión populista, que se inició con Néstor Kirchner y que continuó, con estilo propio, la Presidenta. Las facturas de este tipo de políticas llegarán y habrá que abonarlas. Algunos reclamarán que las paguen quienes disfrutaron de la fiesta y se la llevaron en bolsos. Pero, en todos lados y siempre, las paga la gente. Lo relevante es si, en esta ocasión, aprenderemos y si en las futuras elecciones, votaremos distinto. Sólo así podremos hablar de un fin de ciclo político, el del populismo, que nos tienta con un crucero al paraíso, con distinto barco, capitán y algunos otros tripulantes. Pero siempre con el mismo final: el del Titanic..

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .