Vladimir y otros socialdemócratas

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 24/6/16 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/vladimir-y-otros-socialdemocratas/

 

Pablo Iglesias argumentó que su socialdemocracia no contradice su pasado comunista, porque “Marx y Engels eran socialdemócratas”. No se trata de condenar que la gente cambie de opiniones políticas, lo que muchos hacemos, e incluso para bien. Pero en este caso sospecho que es humo, destinado a conseguir votos. De hecho, esa frase puede servir tanto para promover un frente con la izquierda socialista más moderada como para tranquilizar a Alberto Garzón.

En ¿Qué hacer? (1902), Lenin reconoce que “en el seno de la socialdemocracia internacional contemporánea se han formado dos tendencias”: condena la de Bernstein por ser crítica del marxismo y proponer que “la socialdemocracia debe transformarse de partido de la revolución social en un partido democrático de reformas sociales…todo aquel que no cierre deliberadamente los ojos tiene que ver por fuerza que la nueva tendencia crítica surgida en el seno del socialismo no es sino una nueva variedad del oportunismo”.

Años antes, Marx escribió El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852), el famoso texto que empieza hablando de la historia repetida como tragedia y como farsa. Allí habla de “una coalición de pequeños burgueses y obreros, el llamado partido socialdemócrata…a las reivindicaciones sociales del proletariado se les limó la punta revolucionaria y se les dio un giro democrático; a las exigencias democráticas de la pequeña burguesía se les despojó de la forma meramente política y se afiló su punta socialista…la socialdemocracia consiste en exigir instituciones democrático-republicanas, no para abolir a la par los dos extremos, capital y trabajo asalariado, sino para atenuar su antítesis y convertirla en armonía…una transformación dentro del marco de la pequeña burguesía”.

Así fue la línea de Lassalle que dio lugar al socialismo europeo, empezando por el alemán, que se llamaría Socialdemócrata hasta hoy. Esa propuesta reformista fue la del Programa de Gotha de 1875, que desató las iras de Marx en su Crítica publicada años más tarde.

El problema estriba en que la violencia carnívora del comunismo no tiene buena defensa, mientras que la violencia vegetariana del socialismo está desgastada tras décadas de impuestos y corrupción. Es el momento populista. Así como Perón procuró disfrazar sus orígenes fascistas, Pablo Iglesias hace lo propio con el comunismo, que defendió hasta hace un cuarto de hora, aplaudiendo sus “avances innegables en la modernización y la industrialización” (New Left Review, mayo-junio 2015). Ahora dice que la derecha y la izquierda ya no cuentan, a la vez que reivindica a Allende, supongo que confiando en la desmemoria sobre lo que fue su Gobierno.

Recordemos, pues, a don Vladimir y su crítica del oportunismo, y contengamos el rubor ante el narcisismo prestidigitador del líder (que es profesor, como se ocupa de aclarar, como si eso equivaliera a saber), y ante el bochornoso culto a la personalidad que alienta con sus secuaces. Esto dijo Irene Montero sobre Iglesias: “El liderazgo de Pablo es tan fuerte como la gente quiere”. Ni Evita lo habría dicho mejor.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Acerca del contragolpe de Estado

Por Alberto Benegas Lynch (h).  Publicado el 11/7/15 en: http://opinion.infobae.com/alberto-benegas-lynch/2015/07/11/acerca-del-contragolpe-de-estado/

 

Es de gran relevancia destacar que en la tradición liberal está presente la rebelión contra el abuso insoportable del poder. En la obra más conocida y citada de John Locke puede decirse que comenzó el tratamiento sistemático de esa tradición donde se subraya que “Aquél que ejerciendo autoridad sobrepasa el poder que le fue otorgado por la ley y utiliza la fuerza que posee a su mando para gravar sobre sus súbditos obligaciones que la ley no determina, por ello mismo deja de ser juez y se le puede oponer resistencia, igual que a cualquier persona que atropella el derecho de otra por la fuerza”.

En este contexto, se trata de un contragolpe de Estado, puesto que el golpe de Estado original lo dieron quienes avasallaron derechos, atropellaron instituciones clave de una república que, como es sabido, significa alternancia en el poder, transparencia en los actos de gobierno, responsabilidad de los gobernantes ante los gobernados, igualdad ante la ley anclada en el “dar a cada uno lo suyo” de la Justicia y división e independencia de poderes.

Por supuesto que pude suceder, y de hecho sucede, un golpe de Estado contra un sistema republicano, lo cual es condenable desde toda perspectiva moral, pero aquí nos referimos al contragolpe en el sentido explicado.

La antes referida tradición de pensamiento se basa en el aspecto epistemológico del no sé socrático como razón para no entrometerse en las vidas y las acciones legítimas de otros, además del aspecto ontológico del necesario respeto a las personas. El derecho romano y el common law constituyeron bases institucionales del espíritu liberal junto a los aportes de la escolástica tardía. Pero con Sidney y Locke, como queda expresado, comenzó la sistematización de los marcos institucionales que posteriormente Montesquieu fortaleció en esa primera etapa, especialmente resumida en su pensamiento en cuanto a que “una cosa no es justa por el hecho de ser ley, debe ser ley porque es justa”.

La revolución estadounidense -un espejo en el que se miraron muchas de las naciones libres del planeta- tomó la idea del derecho de resistencia en su Declaración de la Independencia, donde consigna claramente que “cuando cualquier forma de gobierno se torna destructivo para estos fines [los derechos inalienables de los gobernados], es el derecho del pueblo de alterarlo o abolirlo y constituir un nuevo gobierno y establecer su fundación en base a aquellos principios”.

De más está decir que la referida rebelión contra la opresión inaguantable debe hacerse con criterio prudencial para no caer en la misma situación (o peor), solo que con otros gobernantes, como en la práctica han sido la mayor parte de las revoluciones, a diferencia de la norteamericana, por la que se aplicó una política diametralmente opuesta a la autoritaria de Jorge III (de un tiempo a esta parte, Estados Unidos abandonó los principios de los padres fundadores para lo que recomiendo, entre la mucha literatura disponible, Dismantling America de Thomas Sowell). Hasta el momento, en los otros ejemplos, en el mejor de los casos se produjo un alivio más o menos transitorio para luego, en mayor o menor medida, recaer en que los aparatos estatales atropellaran los derechos vitales a la libertad y a la propiedad.

Incluso en otros casos, la situación después de la revolución fue muchísimo peor, como es el ejemplo de la revuelta de Castro contra las tropelías inaceptables de Batista. En otros casos, el alivio fue grande, como es el ejemplo de Hitler. Salvando las distancias, la revolución popular contra Ferdinand Marcos también permitió un paréntesis en el totalitarismo. Lo mismo va para el caso de la tiranía rosista y, con independencia de los graves desbarranques posteriores, similar fenómeno ocurrió con la sublevación como consecuencia del sistema opresivo de Perón contra la libertad de prensa y las libertades básicas de las personas y también de otros dictadores latinoamericanos, y mucho antes que eso, los movimientos revolucionarios independentistas (por ejemplo, constituye una sandez oponerse a la Revolución de Mayo en lo que luego fue suelo argentino contra un déspota que había reemplazado a otro sátrapa en España). Las revueltas que desembocaron en el derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín despertaron enormes esperanzas en los espíritus libres. Claro que hay cuestiones de grado que hacen diferencias por lo que no puede meterse todo en la misma bolsa.

En todo caso, tal como reza la citada declaración norteamericana, la gente tiene el derecho a defenderse contra ataques permanentes a su dignidad y consiguientes autonomías individuales en manos de gobiernos que teóricamente se han instalado para proteger los derechos de todos, por ello, como queda dicho, se trata de un contragolpe, puesto que el golpe de Estado lo dan quienes desmantelan instituciones fundamentales de la República.

Pero lo más importante es comprender que las revoluciones no producen milagros, en casos extremos permiten espacios de mayor respeto que resultan muy efímeros si no hay ideas suficientemente sólidas como para reemplazar lo que venía ocurriendo. Si no es así, en definitiva, se habrán consumido energías y recursos sin resultados que compensen los sacrificios, los desgastes y los conflictos que así se convierten en infructuosos.

La educación es la clave para contar con sociedades libres. Un traspié que obligue a sustituir el gobierno y llamar a elecciones en el plazo más rápido posible no hará que nada cambie si previamente no se han entendido y aceptado los fundamentos y las ventajas de la sociedad abierta.

No hay iluminados que deban imponer sus ideas a otros. No hay la peligrosa fantasía del filósofo rey, sino la necesidad de establecer instituciones que dificulten el abuso del poder. Se trata de fortalecer las democracias entendidas como el respeto de las mayorías a los derechos de las minorías. No dictaduras electas ni cleptocracias basadas en la tiranía del número, sino en la entronización del derecho de cada cual sin que energúmenos instalados en el gobierno se arroguen la facultad de manejar a su arbitrio las vidas y haciendas de los demás. Ya desde los inicios de la República, Cicerón advirtió que “el imperio de la multitud no es menos tiránico que la de un hombre solo, y esa tiranía es tanto más cruel cuanto no hay monstruo más terrible que esa fiera que toma la forma y el nombre del pueblo”.

En esta instancia del proceso de evolución cultural, solo hay dos posibilidades de formas de gobierno: la democracia y el gobierno de facto. Esta última forma constituye una irregularidad, puesto que se sale de la elección de la gente para sustentarse solamente en la fuerza. Todos los gobiernos de cualquier color o formato son de fuerza (de eso se trata), pero el que asume de facto lo es en mayor medida por la razón apuntada, situación que debe modificarse cuanto antes para volver a la normalidad democrática, no entendida como otra ruleta rusa: la mayoría ilimitada que generan los Chávez de nuestra época, en cuyo caso competirán dos formas de gobierno que avasallan libertades y aniquilan todo vestigio de contralor republicano.

Es de interés enfatizar que en no pocos casos, aunque la opresión resulte manifiesta, no es para nada aconsejable sustituir a los gobernantes en funciones por dos motivos centrales. En primer lugar, debido a que, a pesar de los sufrimientos de la gente, se hace necesario que el gobierno de turno absorba las consecuencias de su propia mala praxis y no se le dé un pretexto para exculparse y victimizarse, como, por ejemplo, es hoy el caso argentino en el contexto de una atmósfera estatista que incluye en gran medida a la oposición. En segundo lugar, también en la opinión pública prevalecen aquellas ideas estatistas y, por ende, en última instancia autoritarias, que rechazan los modales, pero adhieren “al modelo” del manotazo al fruto del trabajo ajeno, por lo que necesariamente hará que se redoblen los males, a pesar de que en el caso argentino, además de los ataques grotescos a la Justicia, acaba de decidir el Gobierno aplicar tareas de inteligencia interna para detectar y castigar “golpes de mercado” (es para un guión de Woody Allen si no fuera dramático).

Por lo dicho es que con urgencia debe trabajarse en la educación a los efectos de la defensa propia, es decir, la imperiosa necesidad de entender qué significa vivir en libertad y no simplemente declamar acerca de una democracia falsificada que de contrabando se transforma en otra forma de absolutismo. De todos modos, por ejemplo, es de desear que pueda tener lugar un exitoso contragolpe de Estado en Corea del Norte antes que se les vaya la vida a tantos ciudadanos desesperados por las botas de un sátrapa asesino (botas son las de sus súbditos, porque el megalómano de marras usa taquitos altos para parecer más alto).

Como muchas veces se ha señalado, no es conducente poner el carro delante de los caballos y dedicarse a los políticos del momento, ya que naturalmente no aceptarán otro discurso que el que es capaz de digerir la opinión pública y si no se hace nada para modificarla en la dirección de una sociedad libre, no puede esperarse un discurso distinto que el que conduce al abuso del poder. Si no hay suficientes esfuerzos educativos, se estará en una encerrona imposible de sortear.

En general hay pereza para dedicarse a las faenas de explicar y difundir los fundamentos éticos, económicos y jurídicos de vivir en libertad, porque se piensa que es más rápido y eventualmente más lucido desempeñarse en la arena política. Esto no es cierto, si nos encontramos en un ámbito estatista, es completamente inútil tratar de influir a los políticos del momento con ideas contrarias, ya que inexorablemente serán rechazadas si es que los políticos pretenden seguir en ese oficio.

Se dice que es una tarea a largo plazo la educativa, pero si ese es el diagnóstico y la receta adecuada para revertir los problemas, cuanto antes se comience se acortarán los plazos. Es curioso, pero en muchos casos desde hace décadas se viene recitando la misma cantinela sin percatarse de que si se hubieran puesto manos a la obra ya estaríamos en el instante eureka, “el largo plazo”. No es mi autor favorito, pero Mao Tse Tung decía con razón que “la marcha más larga comienza con el primer paso”.

En resumen, la mejor manera de evitar los contragolpes de Estado (generalmente fallidos en el sentido de la reincidencia o incluso el engrosamiento del estatismo) consiste en ocuparse de las tareas educativas mencionadas al efecto de despejar telarañas mentales, lo cual beneficia a toda la comunidad, pero muy especialmente a los más necesitados.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

Cómo en 60 años se construye y se destruye un país

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 10/5/15 en: http://economiaparatodos.net/como-en-60-anos-se-construye-y-se-destruye-un-pais/

 

¿El gran interrogante es por qué después de 60 años de la caída de Perón, que dejó el país destruido por el populismo, Argentina no pudo recuperarse al igual que después de Caseros?

Está bastante difundida la idea, entre los no peronistas, que Argentina entró en una imparable decadencia a partir de Perón. Sin duda Argentina entra en una profunda decadencia a partir de la década del 40, sin embargo, ya han pasado casi 60 años desde que Perón fue derrocado por la Revolución Libertadora y todavía seguimos considerando que todos los males de la Argentina provienen de Perón. No sé si el argumento me termina de convencer porque es como si 60 años después de la caída de Rosas, esto es hacia 1912, en Argentina se hubiese estado discutiendo porque no crecíamos y que toda la culpa de no crecer era de Rosas.

Recordemos que Rosas fue vencido por Urquiza en la batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852. La Constitución Nacional de 1853 es promulgada el 1 de mayo de 1853, es decir un año y unos meses luego de Caseros, pero Buenos Aires termina de unirse a la Confederación Argentina recién en 1860, es decir, pasaron otros 7 años más hasta que quedó completamente unificada la nación tal cual la conocemos hoy. Recién en 1880 terminan las guerras civiles y podemos decir que se logra el proceso de organización nacional.

Ahora bien, en ese período hubo una generación que se conoce como la generación del 80, que hoy es denostada por los progres e ignorantes, que fue la que, aún con sus enfrentamientos políticos y sus defectos, construyeron una Argentina que 60 años luego de Caseros hacía que la economía argentina fuera líder de América Latina. El flujo de inversiones que captó ese modelo de país basado en la Constitución de 1853/60 fue impresionante.

Siempre salta algún ignorante diciendo que en esos años había crecimiento pero no había redistribución del ingreso. La realidad es que hacia la Argentina venían muchos inmigrantes con un saldo migratorio anual positivo que llegó a las 200.000 personas anuales.

Recordemos que en esos años había inmigrantes que venían solo para la época de la cosecha y luego volvían a sus países de origen. Recién en 1914, con el inicio de la Gran Guerra, se corta el saldo positivo entre inmigrantes y emigrantes. Entre 1896 y 1913 llegaron y se quedaron definitivamente en la Argentina 1.941.000 personas. Seguramente esa gente no venía a morirse de hambre.

Llegaba a la Argentina luego de la conquista del desierto, cuando la gente podía ir a los campos sin miedo a que los malones que venían de Chile los atacaran, les robara su ganado, matara a los campesinos y secuestrara a mujeres y niños. Bastante brutitos son los que dicen que Roca salió a aniquilar a los pueblos originarios de Argentina.

Cuando Sarmiento hace el primer censo nacional en 1869, descubre que el 78% de la población era analfabeta.

La generación del 80 recibe, entonces, un país despoblado, con el 78% de la población analfabeta, sin infraestructura  y con mucha tierra pero asolada por los malones que venían desde Chile. Pero esa generación respetó el marco institucional que ofrecía la Constitución Nacional de 1853/60 y logró transformar este desierto lleno de analfabetos en un país que progresó y llegó a ubicarse entre los 5 más importantes del mundo.

En rigor no fue la generación del 80 que obró el milagro que permitiera que, 60 años después de la caída de Rosas, Argentina recibiera grandes corrientes inmigratorias, inversiones y lograse exportar el 3% del total del comercio mundial. Fue el marco institucional diseñado por Alberdi el que obró ese milagro, que tampoco es un milagro, sino la lógica consecuencia de respetar la propiedad privada, un gobierno limitado e integrado económicamente al mundo. Lo que se llama una república liberal. Sí fue la concepción de una república liberal la que hizo grande Argentina.

¿El gran interrogante es por qué después de 60 años de la caída de Perón, que dejó el país destruido por el populismo, Argentina no pudo recuperarse al igual que después de Caseros? La respuesta parece estar en que ha calado muy hondo en la población argentina la demanda de populismo. Es decir, en el mercado electoral vemos una competencia de oferta de populismo porque los políticos perciben que hay demanda de populismo. Y como para gobernar hace falta conseguir los votos, ofrecen populismo.

Si 60 años después de la caída de Perón Argentina no se recuperó del populismo, cómo sí había logrado despegar 60 años después de la caída de Rosas, quiere decir que, si bien puede haber alguna demanda de populismo por parte de la población, la dirigencia política no se animó a intentar cambiar los valores populistas impuestos por Perón. En otras palabras, o el resto de la dirigencia política e incluso los gobiernos militares, hablando en términos generales, también era populista o no se animaron a formular una propuesta de crecimiento volviendo a las raíces de nuestra organización nacional. Me refiero a los valores que contienen la Constitución de 1853/60 explicados ampliamente por Juan Bautista Alberdi, no solo en su libro las Bases, sino, particularmente, en el Sistema Económico y Rentístitico de la Confederación de la República Argentina.

¿Podemos salir de esta larga decadencia aún con una población que demanda populismo? Mi impresión es que sí se puede considerando que el populismo solo  es viable en la medida en que haya recursos para financiarlo y ese financiamiento se está acabando. El kirchnerismo destrozó la economía argentina, aprovechando el viento de cola para impulsar el populismo. El problema es que ya no hay más viento de cola y tampoco stock de capital acumulado para financiar más populismo. En consecuencia, el próximo gobierno tiene la oportunidad de girar 180 grados en esta política populista, pero además es deber de las dirigencia política en general ayudar a cambiar esta cultura de vivir sin trabajar.

Cristina Fernández se ha encargado de meterle en la cabeza a los que viven del trabajo ajeno que es un derecho de ellos vivir de esa manera. La perversidad de ese discurso para transferirle al próximo el infinanciable populismo disfrazado de planes sociales muestra que los límites no existen para el kirchnerismo. El poder es un negocio que para ellos hay que cuidar.

Se puede argumentar que luego de Caseros gobernaba una elite y no había el tipo de democracia que hay hoy en día. En rigor esto no es democracia, es, como sostenía Alberdi, un sistema para elegir a nuestros propios tiranos.

Respecto a que luego de caseros la gobernaban unos pocos, la pregunta es: ¿y ahora? Basta con ver a toda una legión de políticos profesionales que han hecho de la política una profesión y van saltando de partido en partido dependiendo de cuál les ofrece más chances de seguir cobrando en algún puesto del estado. ¿Cuántos son los que hoy deciden sobre los grandes lineamientos de la política argentina? Un grupo que deben ser menos que los dedos de una mano.

Por eso, el próximo gobierno tiene, a mi entender, las siguientes misiones básicas: 1) demostrar cómo el poder se ha utilizado para acumular fortunas personales, 2) aplicar una política económica racional y 3) iniciar un firme discurso que vuelva a poner en lo más alto los valores que de nuestra Constitución de 1853 que fueron los que permitieron hacer de la Argentina una país de inmigrantes que venían a buscar su futuro trabajando duro y una tsunami de inversiones que transformaron un desierto en una de los país más próspero de la tierra.

Poder cambiar el rumbo de la Argentina se puede. Solo hace falta una dirigencia política, intelectuales y comunicadores que lideren ese cambio.

Esos políticos, intelectuales y comunicadores existen. El tema es que logren tener cabida para poder expresar sus ideas, las que, por cierto, están bastante ausentes del debate sobre el país que podemos ser.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

UNA CONVERSACIÓN PECULIAR

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Me refiero al libro titulado El diálogo. El encuentro que cambió nuestra vida sobre la visión de la década del 70, editado en Buenos Aires por Sudamericana en el año que corre de 2015 donde se consignan las conversaciones entre Graciela Fernández Meijide y Héctor Ricardo Leis con la coordinación de Pablo Avelluto. Como es sabido, los contertulios son una madre a la que el gobierno militar de entonces secuestró y mató a uno de sus hijos y un ex miembro de la banda Montoneros.

 

Personalmente he escrito en varias ocasiones sobre los procedimientos militares en la guerra antiterrorista a través del secuestro, la tortura, la exterminación y el robo de hijos de los capturados, todo inadmisible para cualquier persona con un mínimo de decencia, por un lado, y la responsabilidad que le cabe a los guerrilleros que iniciaron las matanzas y masacres a diestra y siniestra de civiles indefensos y blancos variados y en muy diversos frentes, al tiempo que se aplicó y se aplica una grave hemiplegia moral y una justicia tuerta al condenar a los primeros y eximir a los segundos de lo que les cabe en esta tragedia superlativa.  Leis explica que “Los intelectuales de izquierda siempre estaban en contra de la violencia del Estado contra los guerrilleros. Pero de la violencia de los guerrilleros contra el Estado no decían nada […] A nadie le interesaban las leyes de la guerra ni a nosotros ni a los militares. Cuando tenías secuestrado a alguien, si te pedía que aplicaras la Convención de Ginebra te morías de risa”, tema sobre lo que Fernández Meijide recuerda que “en la época de las Brigadas Rojas a Dalla Chiesa [general italiano] le habían propuesto torturar detenidos como un modo de obtener información sobre el secuestro de Aldo Moro y declaró que Italia podía sobrevivir a la pérdida de Aldo Moro pero que no iba a sobrevivir a la introducción de la tortura”.

 

De entrada subrayo una vez más la actitud criminal de la tortura sobre lo que escribí la última vez en “La Nación” de Buenos Aires en un largo artículo titulado “Ninguna causa justifica la tortura”, el 23 de julio de 2007 donde aludí al abuso monstruoso que significa y destacaba el valor de cada persona que, como se ha dicho, nunca puede utilizarse como medio para los fines de otros con la pretensión de sonsacar la información que fuere (que, además, como escribe César Beccaria, no es confiable) al tiempo que reflexionaba sobre lo improcedente de pretender el establecimiento de normas compatibles con el derecho en base a life boat situations  y citaba la opinión de Michael Ignatieff en cuanto a que para evitar todo debate sobre si se recurre o no a la tortura, los respectivos procedimientos e interrogatorios deben ser filmados y archivados en organismos de auditoría.

 

Fernández Meijide, refiriéndose a los militares,  concluye que “Podrían haber hecho un juicio y nos hubieran puesto en un gran problema a los organismos de derechos humanos. Hubiéramos tenido que poner abogados para defender el derecho de un grupo de personas a ingresar al país con armas para llevar adelante acciones subversivas. ¿Como hubiéramos hecho? Nos hubieran deshecho políticamente. Y en lugar de hacer eso, los liquidaron prácticamente a todos”; así es, el juicio y el proceder a cara descubierta no hubiera generado las tremendas consecuencias morales que tuvieron lugar. Si no fue posible con la Cámara Federal en lo Penal debido al ataque a mansalva a sus miembros y al bloqueo del gobierno peronista, por lo menos había que haber establecido juicios en la jurisdicción militar en base al debido proceso y consecuentemente con las necesarias garantías procesales. En una línea argumental equivalente, dejando de lado otros aspectos reprobables, es pertinente citar la muy oportuna advertencia del general Lanusse dirigida a sus camaradas de armas el 29 de diciembre de 1970: “En la lucha contra el enemigo subversivo debe evitarse la fácil tentación de emplear los mismos métodos que los terroristas, ya que ello deterioraría gravemente la eticidad de nuestra posición y destruiría el fundamento de nuestra lucha”.

 

Leis elabora sobre la violencia a la que incitaba Perón que era “un ejemplo de fomento al odio” y “Entonces no veíamos los contenidos fascistas dentro del peronismo” y “Después del asesinato de Aramburu, Perón coqueteaba con la idea de la guerra revolucionaria y lanzó la consigna del Socialismo Nacional. Cualquier parecido con el nacionalsocialismo no lo registramos” puesto que antes que nada “el peronismo es violento”. Leis en su origen  comenzó “en la Juventud Comunista y después, en el Partido Comunista” que “se dio en simultáneo con la Revolución Cubana” y “en la universidad comencé a leer, me pasaron textos y me convertí al marxismo y el deseo de la Revolución, atrapado por una facilidad romántica”. Por su parte, Graciela Fernández Meijide apunta sobre los guerrilleros que “muchos de esos jóvenes de clase media y media alta provenían de familias católicas. Hay que sumar el surgimiento de la Teología de la Liberación. Antes de ese momento, en los 60, existían los curas obreros” a lo que Héctor Leis adhiere al destacar que “Los Montoneros eran católicos conservadores unidos con izquierdistas marxistas”. En todo caso, Leis enfatiza que “Cuando me miro a la distancia no me reconozco. Eso es justamente porque hice cosas que no podía explicar […] cuando pusimos las manos en la masa, en la violencia, la estética y la ética desaparecieron […] Nos fuimos brutalizando […] El ERP se dedicaba a asaltar cuarteles y los montoneros a matar gente, secuestrar y robar dinero”.

 

Fernández Meijide recuerda que a los tres días de asumir Alfonsín dictó dos decretos “uno pidiendo el procesamiento de las cúpulas de las organizaciones guerrilleras y en el otro el de las cúpulas militares” lo cual en parte se descompuso con las leyes de punto final y obediencia debida y, mucho peor, con los indultos del menemato lo cual permitió que muchos miraran para otro lado hasta su abrogación para entrar en la faz de la justicia tuerta a la que nos referimos más arriba.

 

Continúa Graciela Fernández Meijide en referencia a los perseguidos por las Fuerzas Armadas que “Nos está faltando reconocer que la mayoría era militante, que en buena parte eran combatientes y que las consecuencias de todo esto fueron brutales” a lo que responde Leis recordando que “Hubo muchísimos intelectuales que en esa época también incentivaron la lucha armada y no se dieron por aludidos […] Hay un oportunismo y un cinismo terribles en esta cuestión” y que, a su criterio, “Firmenich es igual a Videla. Porque ninguno de los dos se hace cargo de lo que hizo. El problema está en las conducciones que piden que el otro bando se haga cargo de todo. Como si no hubiera habido errores y crímenes contra la humanidad en ambos lados”.

 

Hago un paréntesis o una digresión para decir que hay una frase de Leis que contiene una idea muy cara a nosotros los liberales y es cuando se refiere a la “ilusión según la cual todos somos iguales. Es la mentira populista. Somos iguales desde el punto de vista de la ley pero en el resto de las cosas de la vida no somos todos iguales”. Más claro imposible, con el agregado de que en un mercado abierto los que quieren mejorar patrimonialmente deben servir a sus semejantes: los que aciertan en sus necesidades ganan y los que yerran incurren en quebrantos, a diferencia de los pseudoempresarios que en cópula hedionda con el poder explotan miserablemente a los demás a través de prebendas y canonjías varias con el apoyo logístico de organismos perversos como el FMI y el Banco Mundial que operan con recursos succionados al fruto del trabajo ajeno. Las diferencias de ingresos en una sociedad abierta dependen de los votos diarios de la gente en el supermercado y afines.

 

El jugoso diálogo inserto en este libro da para muchas otras reflexiones pero no hay espacio en una nota periodística. Termino con una anécdota que he relatado en otras ocasiones. Como rector de ESEADE, uno de mis invitados fue Henri Lepage que cuando recibió la invitación me respondió que no la aceptaba en vista de las torturas que tenían lugar en la Argentina. Enfrascado en mis críticas a la política económica del gobierno militar que se consignaron en los medios de la época y concentrado en mis faenas docentes, daba por sentado que el combate al terrorismo se llevaba a cabo por canales normales, en ese entonces no me percaté de lo que venía sucediendo y le contesté de inmediato al profesor francés que lo que decía era infundado. Lo convencí y finalmente dictó sus conferencias entre nosotros y manifestó que por lo que pudo ver e informarse estaba “completamente equivocado”. Al tiempo de su regreso a París -por aquello de noblesse oblige– le escribí nuevamente pidiendo perdón puesto que él tuvo razón en su opinión original.

 

Ganar batallas en el terreno militar y perderlas en el terreno moral conducen a resultados muy perjudiciales a los ojos de la civilización, por más que como ha escrito Jorge Masetti en El furor y el delirio “si hubiéramos ganado, el continente se hubiera convertido en un río de sangre” debido a “la gran barbarie que significó el comunismo cubano”.  Cuando me informé de los procedimientos criminales de los militares en el combate a los terroristas tuve una crisis feroz que me revolvió las tripas y, como dije en otra ocasión, me produjeron náuseas en sentido literal, porque una cosa es discutir acaloradamente sobre las equivocaciones gruesas en materia de política económica (incluso la irresponsabilidad canallesca del gobierno militar de entonces por la guerra de las Malvinas) y otra es recibir un cachetazo en pleno rostro por haberse abandonado las bases más elementales de la conducta moral.

 

Cierro finalmente al dejar nuevamente constancia de mi plena coincidencia con el tres veces candidato presidencial estadounidense Ron Paul y el Juez Andrew Napolitano del mismo país, en cuanto a que Edward Snowden es un héroe al poner al descubierto las inmundicias de los aparatos de inteligencia del llamado mundo libre con el pretexto de combatir el terrorismo.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

¿Puede el próximo gobierno revertir la decadencia?

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 29/3/15 en: http://economiaparatodos.net/puede-el-proximo-gobierno-revertir-la-decadencia/

 

Ni los k podrían seguir con este sistema porque ya no habrá suficientes recursos para financiar sus fechorías

Responder al interrogante del título de esta nota no es tan sencillo. Están los pesimistas que no le ven remedio. Los optimistas sin fundamentos. Los indiferentes y hasta un Duhalde que dijo que Argentina estaba condenada al éxito y nos dejó de regalito a los k, que hundieron el país sin piedad.

El argumento que normalmente se usa, y yo personalmente también uso, es que un país sin instituciones no puede crecer, entendiendo por instituciones las normas, códigos, leyes y costumbres que regulan las relaciones entre los particulares y entre los particulares y el estado. Si esas instituciones son eficientes, es decir, permiten desarrollar la capacidad de innovación de la gente, desplegar la iniciativa privada atrayendo inversiones, entonces ese país tiene grandes posibilidades de entrar en una senda de crecimiento sostenido.

Podríamos resumir la cosa de la siguiente manera. A mayor riesgo institucional menores inversiones y, por lo tanto, menos crecimiento y bienestar de la población.

Por el contrario, a menor riesgo institucional, llegan más inversiones, se crean más puestos de trabajo, aumenta la productividad y el salario real. El país entra en una senda de crecimiento y mayor bienestar para la población. En definitiva, es la calidad de las instituciones que impera en un país la que definirá si ese país tiene un futuro de progreso, de estancamiento o de decadencia.

Ahora bien, esas instituciones surgen de los valores que imperan en una sociedad o en la mayoría de los habitantes de esa sociedad. Como hemos caído en la trampa de creer que el que tiene más votos impone las reglas de juego, si hay una mayoría cuyos valores llevan a instituciones contrarias al crecimiento, el mismo es imposible.

No hay reunión, comida o charla informal en que no surja el famoso debate si Argentina está definitivamente perdida. Algunos alegan que Perón destruyó las instituciones que hicieron grande a la Argentina, visión que comparto en gran medida, pero no del todo. Otros le agregan el ingrediente que los k crearon tanto clientelismo político, que han desarrollado una generación de votantes que se acostumbró a no trabajar y a vivir a costa del esfuerzo ajeno, con lo cual la mayoría siempre va a votar por aquél que le prometa más populismo, es decir el que prometa expoliar a los que producen para mantener a una gran legión de improductivos. Bajo esta visión podríamos decir que Argentina tiene un futuro negro. Y la verdad es que la tentación de seguir esta línea de razonamiento es muy fuerte cuando uno ve como se han destrozado valores como la cultura del trabajo, de la iniciativa individual, de la capacidad de innovación, la misma propiedad privada, etc. En definitiva, una primera mirada sobre el futuro de Argentina indicaría que más que estar condenados al éxito estamos condenados al fracaso. Sin embargo, cabe otro tipo de análisis totalmente diferente.

Quienes me siguen saben que no soy de formular pronósticos optimistas por deporte o porque es políticamente correcto. Digo lo que pienso, asumiendo el costo de ser tildado de pesimista.

Recuerdo que en una oportunidad el presidente de una institución empresarial me dijo, mientras estaba hablando, que viera las cosas con optimismo para no deprimir a los asistentes. Mi respuesta fue muy clara: yo analizo la economía, no hago terapia grupal.

Volviendo al razonamiento sobre el futuro de la Argentina, me voy a tomar la libertad de dejar abierto el interrogante. Aún con todo el destrozo institucional y de valores que hicieron los k, no creo que estemos condenados ni al éxito o al fracaso. Para eso voy a utilizar algunos ejemplos.

En la década de los 70 y los 80, cuando a los economistas nos preguntaban por países exitosos con economías de mercado, teníamos dos ejemplos para dar: 1) Alemania con Adenauer y Erhard y 2) Japón, ambos luego de la Segunda Guerra Mundial. Hoy esos ejemplos siguen siendo válidos pero hay muchos más.

Tenemos el caso de Corea del Sur que al dividirse quedó con el peor territorio y escasos recursos humanos. Hoy dispone de un ingreso per capita de U$D 33.100

O Irlanda, cuando la gente emigraba y solo producía papa y encima de mala calidad. Irlanda se abrió al mundo, luego ingresó a la UE y hoy tiene un ingreso per capita de U$S 46.140, superando al mismo Reino Unido que tiene U$S 38.540.

España, que hasta la muerte de Franco estaba aislada del mundo, logra, gracias a las gestiones Adolfo Suárez y el fundamental apoyo del rey Juan Carlos, reunir a todos los partidos políticos, firmar los pactos de la Moncloa e incorporarla al mundo. Hoy tiene un ingreso per capita de U$S 33.000. Y podría seguir con otros ejemplos como Chile, Hong Kong,  Singapur y el resto del sudeste asiático.

Esos países no tenían un capital humano tan preparado que les permitiera consolidar instituciones que los llevara al crecimiento. Ni siquiera España o Irlanda tenían un recurso humano de altísima calidad. Solo tuvieron dirigentes políticos que supieron ver el mundo como una oportunidad y decidieron hacer las reformas económicas necesarias para poder incorporarse al él. El denominador común  de todos los casos nombrados es que todos se integran al mundo. Al comercio mundial. Pero para poder hacerlo tenían que ser competitivos y eso les exigía tener instituciones, reglas de juego, que les permitiera a las empresas competir con las de otros países.

Cada uno de los países tiene su particularidad en la forma que llevó a cabo los cambios. En Chile fue Pinochet el que hizo el grueso de la transformación pero los partidos políticos que asumieron el poder luego de él ni intentaron cambiar lo que se había hecho. Por el contrario, continuaron por el mismo rumbo.

En España, un hombre como Felipe González que venía de la izquierda más absurda advirtió el desastre que era Francia con el socialismo y moderó notablemente su discurso y medidas. Pero por sobre todas las cosas, supo que no podía aislarse del mundo.

En Irlanda su dirigencia política también advirtió que solo incorporándose al mundo iba a poder avanzar e implementaron las reformas económicas necesarias para poder competir. Todos, absolutamente todos, cambiaron las reglas de juego y, sobre todo, se integraron al mundo.

Por el contrario, nosotros seguimos viendo al mundo como un riesgo en vez de una oportunidad y cada vez nos aislamos más, tanto económica como políticamente. Argentina, Venezuela, Bolivia y Ecuador son los típicos ejemplos latinoamericanos de lo que no hay que hacer.

Ahora bien, yendo al punto, ¿podemos cambiar la Argentina con esta cultura del vivir a costa del prójimo que se instauró hace décadas y los k la llevaron a su máxima expresión? Considero que sí. No voy a decir que es sencillo ni pretendo ser un optimista sin fundamentos, pero otros países lograron salir del aislamiento internacional y de políticas populistas gracias a que, en determinado momento, sus dirigentes políticos lideraron el cambio.

Con esto no estoy diciendo que hay que sustituir las instituciones por los líderes, solo que en determinados momento los políticos tienen que liderar el cambio mostrándole el camino al resto de la población que, por cierto, no es experta en todos los temas económicos y desconocen la relación entre calidad institucional y crecimiento económico.

Los que en soledad venimos defendiendo las ideas de disciplina fiscal, monetaria y seguridad jurídica ya hemos hecho bastante para que los dirigentes políticos comprendan el cambio que hay que encarar. Ahora es su turno de recoger esas banderas e impulsar el cambio.

Que quede claro, este modelo es inviable. Según mis estimaciones solo el 17% de la población genera riqueza para sostener al resto: jubilados, menores de edad, empleados públicos, gente que vive de los llamados subsidios sociales, etc. Tal es la presión tributaria que, por primera vez, vemos que los sindicatos salen a hacer un paro general por la carga impositiva. Esto no se había visto nunca en Argentina. Si los k hubiesen estudiado historia, sabrían que hay muchos casos en que la voracidad fiscal de los monarcas terminó en revoluciones y su derrocamiento. La diferencia es que antes los monarcas exprimían a la gente con impuestos para financiar sus conquistas territoriales y ahora la exprimen para financiar sus políticas populistas que les permiten cosechar más votos.

Volviendo, si solo el 17% de la población sostiene al resto, ni los k podrían seguir con este sistema porque ya no habrá suficientes recursos para financiar sus fechorías. Destruyeron tanto al sector privado que atentaron contra los que los mantenían.

El país pide a gritos un cambio. Pero no esa estupidez de un cambio con continuidad. La realidad impone un cambio de política económica. Un giro de 180 grados. Otros países pudieron hacerlo. No veo razones que impidan lograr lo mismo en Argentina. Solo falta que una nueve dirigencia política tenga la audacia de transformar la Argentina de la misma forma que la generación del 80, hoy denostada, transformó un desierto en un país pujante que llegó a ser el séptimo país más rico del mundo. La causa: nuestra constitución de 1853 otorgaba el marco institucional para crecer y sus dirigentes políticos, que se peleaban entre ellos, tenían todos, el mismo respeto por esas instituciones y rumbo que debía seguir el país.

Si nuestros antecesores lo lograron y otros países también lo consiguieron, no veo motivos para afirmar que estamos condenados al fracaso. Todavía no está dicha la última palabra.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

A no dormirse: el proyecto autoritario acecha:

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 8/2/15 en: http://economiaparatodos.net/a-no-dormirse-el-proyecto-autoritario-acecha/

 

Ellos todavía quieren ir por todo y es obligación de los dirigentes políticos y la gente plantarse ante la dictadura que imponer si los dejamos

La semana pasada debatíamos con Pablo Torres Barthe sobre la posibilidad de un autogolpe (http://goo.gl/wmmphg ). Con sólidos argumentos Pablo explicaba en ese video cómo sería operativamente ese autogolpe. No es que necesariamente vaya a ocurrir, pero, considerando los antecedentes de los k, no es descartable la posibilidad.

La cuestión viene a cuento porque todos sabemos que el proyecto que tenía el matrimonio era ir alternándose en las candidaturas a presidente de manera de, en principio, quedarse 20 años en el poder. Por supuesto que la muerte de Néstor Kirchner cerró esta posibilidad y la derrota electoral de CF en 2013 le impidió obtener los 2/3 para poder reformar la Constitución Nacional y así ir por la re reelección indefinida.

¿Por qué buscar ser reelectos indefinidamente? Porque todos los sistemas autoritarios buscan eso. Perón reformó la Constitución para ser reelegido. Hitler quería 1000 del Tercer Reich, Fidel Castro está en el poder hace 56 años, el chavismo está en el poder hace 16 años y se mantienen a sangre y fuego y los ejemplos de todos los tiempos muestran lo mismo. Los gobiernos autoritarios quieren el poder para siempre, como dijo la autoproclamada estalinista Diana Conti: “querían a Cris for ever”.

Es que los sistemas autoritarios solo pueden sostenerse en el poder violando los derechos individuales. Pero como al mismo tiempo no hay controles republicanos de los actos de gobierno, suelen desatarse importantes casos de corrupción que, si dejan el poder, también serán investigados. Es decir, el gobernante autoritario, por más que llegue por el voto, recordemos que el voto no asegura tener una democracia republicana, luego la destruye en nombre de la justicia social. Inventa enemigos que conspiran continuamente contra el bienestar de la población. Denuncian conspiraciones para derrocarlos a ellos con el único objeto de hacerle creer a la gente que ellos, los autoritarios, son los que van a defender a la gente de los malvados y siniestros grupos concentrados del interior del país apoyados por extrañas cofradías del exterior que quieren hacer que la gente viva en la miseria. Y cuando el sistema populista colapsa económicamente, denuncian más conspiraciones como la hace este payaso de Maduro que acaba de meter preso a empresarios por “sabotear” la economía. Puesto de otra forma, el autoritario tiende a ponerse cada vez más violento y autoritario en la medida que su modelo económico le hace agua.

El comportamiento de Capitanich rompiendo un diario en una conferencia de prensa porque decía algo que él desmentía y finalmente fue cierto, refleja el grado de descontrol que hay en el temperamento del gobierno.

La gran duda que tenemos todos es si el gobierno intentará hacer alguna pirueta institucional para tratar de quedarse en el poder o, en su defecto, condicionar a los que vienen. En rigor sobre esto último ya están intentándolo pero puede ser revertido por el próximo gobierno. La pregunta que todos nos formulamos es si van a entregar tan fácilmente el poder considerando los casos de corrupción pendientes, lavado de dinero y las sospechas que hay sobre la muerte de Nisman.

Es cierto, como dice Pablo Torres Barthe, que podrían autogenerar un conflicto social en la calle para darle pie a CF a declarar el estado de sitio, encarcelar a los opositores (políticos, periodistas, economistas, etc.) e ir a las elecciones condicionando fuertemente a la oposición y a población bajo un régimen de terror. No obstante mi gran duda es si existe margen dentro de la sociedad para tolerar ese tipo de agresiones y estrategias. Puesto de otra manera, en su momento de esplendor, cuando Néstor Kirchner y CF tenían altas imágenes positivas, una estrategia de ese tipo era posible. Hoy solo sería posible derramando mucha sangre en la calle. Tendrían que recurrir a los violentos para que rompan cabezas en las manifestaciones que juntan multitudes pacíficas y que la policía deje la zona liberada.

¿Son capaces de hacerlo? Son capaces, pero en ese caso sería tan abierta la instauración de una dictadura que no podría disimularla ante el mundo. Obviamente quedaríamos aislados como lo estamos ahora y  con la gente sumergida en la pobreza. El sistema debería ser cada vez más brutal y autoritario.

En rigor, tanto los montoneros como el ERP era lo que querían imponer en los 70 mediante el terrorismo y las armas. Querían a sangre y fuego imponer un gobierno de terror. Derrotados en el campo militar, advirtieron que era mejor disfrazarse de demócratas para infiltrar la democracia y desde el poder destruirla e instaurar una dictadura como la que pretendían establecer en los 70 pero a sangre y fuego. Lo paradójico es que la situación de todos esos resentidos que hoy ocupan cargos en el poder es tan endeble políticamente que solo recurriendo nuevamente a la violencia podrían retener los resortes del poder. Cerca del 70% de la gente los rechaza y la realidad es que solo con el apoyo inicial de la gente un autócrata puede lograr la suma del poder público. Luego utiliza el aparato estatal para doblegar al que piensa diferente o quiere ser libre.

La oposición no puede permanecer ajena a este dilema que tiene el kirchnerismo que consiste en dejar el poder y afrontar un tsunami de juicios o tratar de establecer una autocracia rompiendo cabezas opositoras. Debe salir a denunciar que quienes hoy gobiernan están entre la espada y la pared y pueden cometer actos de locura. La gente tiene que estar advertida del riesgo que corre su libertad.

Insisto, el kirchnerismo está en el gran dilema que tantos años de impunidad, corrupción y abuso del poder los deja en una delicada situación frente a la justicia. Y no me vengan con que en Argentina nadie va preso argumentando que Menem zafó.

La realidad es que Menem no había generado la división social, el grado de violencia verbal y física que generó el kirchnerismo y mucho menos el resentimiento que esta gente produjo. El destrato a funcionarios de carrera y a sus mismos seguidores han generado rencores muy grandes que no son comparables con la salida de Menem del poder.

Mi punto es, no hay que relajarse pensando que en octubre pierden las elecciones y se van pacíficamente. Por el contrario, este 2015 va a ser una batalla  a todo o nada que planteará el mismo oficialismo, por la sencilla razón que volver al llano puede significarle una catarata de juicios y condenas comparables a los juicios de Nuremberg.

A no dormirse, ellos todavía quieren ir por todo y es obligación de los dirigentes políticos y la gente plantarse ante la dictadura que, al igual que en los 70, pretende instalar a sangre y fuego.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

La riqueza del país vs. la riqueza del Tesoro:

Por Armando Ribas. Publicado el 11/12/14 en: https://www.dropbox.com/s/4sy1nfer0wn3xfi/Armando%20Ribas%20La%20riqueza%20del%20pa%C3%ADs%20vs.%20la%20riqueza%20del%20Tesoro%20-%20Ambito.pdf%2020141211.pdf?dl=0

 

Espero que algún día tomemos conciencia de la sabiduría de la brillante observación de Alexis de Tocqueville, que creo haberla repetido en múltiples oportunidades: “Tanto más fuertes son los vicios del sistema, que la virtud de los que lo practican”. Y seguidamente añadió: “Socialismo y concentración del poder son frutos del mismo suelo”. Ante esa realidad me voy a permitir hacer una análisis histórico de la Argentina, a partir de Rosas, hasta Perón y después. No olvidemos que la historia es un aprendizaje (David Hume).

La primera pregunta al respecto del tema que nos ocupa sería: ¿Que cultura y empresariado tenía la Argentina en la época de Rosas? Me atrevería a decir ningún empresario. Entonces ¿qué fue lo que permitió que Argentina entre 1853 y principios del siglo XX diera un salto cuántico en la historia y pasara de ser uno de los países más atrasados del mundo, al séptimo país más rico del mundo? Indudablemente que Caseros no tenía por objeto la libertad, sino eliminar el monopolio de la aduana de Buenos Aires del comercio internacional argentino y permitir la libre navegación de los ríos.

Dada esa realidad el paso subsiguiente se produjo cuando Justo José de Urquiza, sin quien no habría existido la Argentina, se enamoró de las ideas del pensador más grande de América Latina, Juan Bautista Alberdi. Fue en razón de ello que se aprobó la Constitución de 1853, basada en la Constitución americana, y se inició la libertad en la Argentina. Y volviendo a Tocqueville: “Los países no son más ricos por la fertilidad de sus tierras, sino por la libertad de sus habitantes”. Lamentablemente en Argentina se cree que la riqueza fue producida por la Pampa Húmeda, y por ello me he permitido sostener que entonces se humedeció en 1853 y se secó en 1942.

Argentina llegó a principios del siglo XX como el segundo país del mundo en estatuir e implementar el sistema del Rule of Law, que había cambiado la historia universal. Así competía con Estados Unidos y tal como lo reconociera The Economist recientemente, tenía un ingreso per cápita más alto que Alemania, Francia e Italia. En ese período había pasado de tener un millón de habitantes con un 80% de analfabetos, a siete millones de habitantes y 25% de analfabetos.

Creo entonces que la Argentina es un ejemplo para la historia universal. No obstante las dificultades políticas generadas por el gobierno de Irigoyen y su última consecuencia su destitución en 1930, la Argentina, aun durante la denominada década infame, soportó la recesión del treinta en mejores condiciones que Estados Unidos. Pero también llegó el Nacionalismo Católico y con él se produjo la llegada del fascismo con la presidencia de Juan Domingo Perón y Evita. Basta analizar la Constitución de 1949 para tomar conciencia de que se habían abandonado todos los principios y derechos garantizados por la Constitución de 1853-60, y se iniciaba el proceso fascista que había comenzado en Europa con la presidencia de Mussolini en Italia y siguiera en Alemania con Hitler.

Como bien dijera Lenín: “Un fascista es un liberal asustado”. O sea ante la alternativa de ser expropiados, los capitalitas empresarios colusionan con el Estado. Esa es la alternativa de la que nos debemos liberar en la conciencia de que el gobierno es una administración de hombres sobre hombres, y los hombres no son ángeles. Por tanto es necesario limitar el poder político y tomar en cuenta que las mayorías no tienen derecho a violar los derechos de las minorías (James Madison). Y tal como dijera Hume, el problema no son las mayorías sino las asambleas que pretenden representarlas, y a los hechos me remito.

Entonces recordemos que el fascismo se inicia en Italia, donde Mussolini, un antiguo socialista, adopta las ideas de Lenín expuestas en su NEP: (Nueva Economía Política). En ella Lenín al darse cuenta del fracaso del comunismo en el orden económico llegó a la siguiente conclusión en su “Introducción a la Nueva Política Económica”:

“Podemos permitir el libre intercambio local en una apreciable extensión, pero sin destruir, sino en la realidad reforzar el poder político del proletariado”

O sea siguiendo las máximas de Machiavello en el Príncipe: “El príncipe no puede controlar el amor, pero sí el miedo”. Y siguiendo en la NEP dijo: “Los capitalistas están operando entre nosotros. Están operando como ladrones, tienen ganancias, pero saben cómo hacer las cosas”.O sea el fascismo fue el engendro político surgido de esa apreciación de la realidad, por tanto a partir de otra colusión con el socialismo, que determina el poder absoluto. Es decir, no se respetan los derechos individuales. Los empresarios (capitalistas) ante esa alterativa o abandonan los países o colusionan con el gobierno para salvar su propiedad.

Como antes dijimos el fascismo llega de la mano del Nacionalismo Católico que se pergeñeó finalmente en la Argentina de conformidad con el acuerdo de Mussolini con el papa Pío XI, es decir, el Concordato de Letrán de donde surgió la encíclica Quadragesimo Anno, en la que se encuentran los siguientes principios:

“Por tanto la autoridad pública, guiada siempre por la ley natural y divina e inspirándose en las verdadera necesidades del bien común, puede determinar más cuidadosamente lo que es lícito…”

“El Estado, el cual libre de todo partidismo, de bienestar erigido en soberano supremo árbitro de las ambiciones y concupiscencia de los hombres”.

En función de esos principios llegó Perón y así se impuso a los empresarios la alternativa de la supervivencia. Así ocurrió en la Alemania de Hitler donde las empresas más destacadas colaboraron con el nazismo aun en plena Guerra Mundial. Ese proceso, lamentablemente no terminó con la caída de Perón en 1955, cuando los militares la primera medida que adoptaron fue la ruptura del contrato petrolero con la California.

Debemos tomar conciencia pues que la naturaleza humana es universal, y los comportamientos dependen del sistema ético político en que se encuentra el hombre. De tomar conciencia de esta realidad surgió el sistema contrario del socialismo y el  fascismo, que determinó el respeto por los derechos individuales y la limitación del poder político. De esa concepción político-filosófica surgió el empresariado y la consecuente creación de riqueza por primera vez  en la historia. La política no depende de los empresarios, los empresarios dependen de la política.

La Argentina con votos o sin votos no ha salido en la práctica del proceso que iniciara Perón y la Constitución de 1853-60 pasa por debajo de la mesa de peronistas y no peronistas. Por ello podemos decir que la sociedad, empresarios incluidos, se encuentra perdida en el llano. Son los políticos los que tienen en sus manos la responsabilidad de restituir los principios que llevaran a la Argentina por las cimas de la historia. Tenemos que rescatar las ideas de Alberdi y Sarmiento, a los cuales en la actualidad el gobierno los descalifica por extranjerizantes. Y recordemos una observación del primero que está hoy más vigente que nunca: “Hasta aquí el peor enemigo de la riqueza del país es  la riqueza del fisco”. Y esta realidad no solo se está viviendo en Argentina, sino que puedo decir que la Unión Europea está más quebrada que Argentina. Cuando el gasto público alcanza o supera el 50% del PBI se viola el derecho de propiedad, y cuando esto ocurre desaparecen los empresarios que crean la riqueza, y quedan los que en virtud de la supervivencia “colaboran” con el Estado. En este caso debo recalcar la excepción de la Sociedad Rural y su presidente Luis Miguel Etchevehere, y del presidente de Shell Sr. Aranguren.

Cuando todo el mundo se tiene que ocupar de la política, es precisamente porque esta no funciona como debe, y se vive la incertidumbre y la falta de libertad. Lo necesario es que surjan los políticos que en función de las ideas de la libertad, ofrezcan al público la alternativa del respeto por los derechos individuales. Es posible que ante esa posibilidad surjan empresarios capaces de colaborar directa o indirectamente al rescate de la Constitución.

 

Armando P. Ribas, se graduó en Derecho en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, en La Habana. Obtuvo un master en Derecho Comparado en la Southern Methodist University en Dallas, Texas. Es abogado, profesor de Filosofía Política, periodista, escritor e investigador y fue profesor en ESEADE.