INTRODUCCIÓN A MI LIBRO SOBRE LA OBRA DE LUIS JORGE ZANOTTI, QUE ESTÁ PRÓXIMO A APARECER

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 7/8/22 en: https://gzanotti.blogspot.com/2022/08/introduccion-mi-libro-sobre-la-obra-de.html

“¡Maestros somos, y con ese gran gozo en el alma vamos adelante en la labor!

¡Ah vosotros: poetas, filósofos, artistas del sonido o del color; vosotros: soñadores de siempre; vosotros: los que sentís vibrar el espíritu ante lo bello; vosotros: los altos, los puros, los idealistas; acordaos ya de los maestros!

También nosotros sentimos el alma infinitamente grande cuando estamos en el aula”.

“¡Maestros somos! Seguros estamos de nuestra gran labor, de que realizamos una tarea magnífica y nobilísima. Luchamos, sin embargo, contra la incomprensión general, contra la falta de recursos, contra la falta de estímulo, contra la mediocridad ambiente, contra la maledicencia, contra la maldad de la gente, contra los incapaces de entender nuestro apostolado. Luchamos contra todo lo malo, para no dejar que caiga de todo ello ni una partícula sobre nuestros niños, para que no se contaminen sus mentes de los errores de los adultos. Luchamos para defender a los niños; luchamos para defender a los hombres, a los futuros hombres, de los otros hombres, de los que ya lo son.

Y en esta tremenda y desigual contienda, tan sólo una fe nos mantiene, un solo ideal nos alienta, un solo entusiasmo nos mueve, un solo faro nos alumbra, una sola estrella nos marca el rumbo, una sola frase nos lo dice todo:

¡Maestros somos y con ese gozo en el alma vamos adelante en la labor!” (12 de abril de 1948).

“…Maestro se es siempre, no sólo en la hora de la clase. Maestro se es cuando se duerme. El sacerdote no deja de ser tal porque no oficie, o porque no confiese. Lo es siempre. Y el maestro también…”

¡Ah! Ha de llegar un día en que se forme la “Agrupación Argentina de Maestros”. Llevaremos, cada integrante, un símbolo en el ojal del saco. El dirá: “A.A.M.”. Y todos sabrán que somos maestros. Y nos reconoceremos los colegas por las calles. Y actuaremos sabiendo que lo somos, dignificando lo que somos. La gente dirá: “Es un maestro”. Y nosotros, al sentirlo, nos enorgulleceremos, con el legítimo orgullo del que ostenta un galardón bien ganado. Y subiremos al tranvía, o tomaremos un café, o pasearemos por la calle, simplemente, pensando en el distintivo que lucimos en el pecho.” (15 de febrero de 1948).

“…hablé, en dos recreos[1], con otros tantos alumnos sobre sus ambiciones, a raíz de unas composiciones que sobre las mismas habían redactado. Uno me dijo que estaba preocupado por lo que yo había expresado en el sentido de que era necesario encontrar una vocación. Le contesté que por ahora se tranquilizara, que ya surgiría esa vocación, que aún era joven, y que en tanto leyera y cultivara su espíritu. Le pregunté si tenía al menos la vocación de ser “bueno”, y ante su respuesta afirmativa le dije que ya tenía bastante que hacer para ir cumpliéndola. Y por fin lo estimulé en su afición literaria.

El otro alumno es un muchacho que trabaja como “aparador” de calzado, y que en la composición había expresado que esperaba tener un taller propio, y, en general, prosperar en su oficio. Es un alumno muy atrasado en el cual se nota, o se notaba, que la escuela no le interesaba en lo más mínimo. Traté de persuadirlo de que debe saber escribir bien, pues en el mañana lo necesitará, ya que si llegara a tener un taller propio le será indispensable cierta instrucción.

Pasado revista, pues, a todo, me doy por contento. Puedo decir:

¡Loado sea Dios! ¡Hoy he sido maestro!” (21 de abril de 1948).

“En la segunda hora enseñé un tema nuevo de Aritmética: descomposición de números en sus factores primos. Sentí que la clase estaba entusiasmada y que trabajaba a la par mía. Y de pronto tuve la prueba palpable de ello. ¡Ah, qué satisfacción! ¡Cómo se siente uno grande, poderoso, cómo se siente uno “maestro” cuando pasa algo así, y cómo recuerda a Gentile cuando éste habla de la compenetración espiritual entre alumno y profesor!

Yo había dicho, hacía sólo un instante, que en vez de poner: 2(4) = 2 x 2 x 2 x 3, se podía poner 2(4) = 2 (3) x 3. Esto lo habían llegado a descubrir los mismos alumnos luego de varios equívocos. Y bien: puse después, de intento así, que 4 (8) = 2 x 2 x 2 x 2 x 3, y al hacerlo ya sentí detrás de mí las voces de varios: “¡No, señor, no, no, así no!”. Entonces (radiante mi espíritu) me di vuelta y dije: “¿Cómo, pues?”. Fue ahí cuando muchas voces, cuando “la clase” en síntesis, me respondió: “2 (4) x 3”; sin mucha disciplina es cierto, sin niños bien sentados en sus bancos que levantaran correctamente sus manos para contestar recién cuando se les preguntase, sino niños que estaban “viviendo” su aprendizaje” (17 de junio de 1948).

Este joven venteaniero, idealista, apasionado, con un Español unamuniano, este joven maestro, que mientras tanto estudiaba Pedagogía y soñaba con grandes ideas y reformas, este caballero andante que cuidaba fieramente a sus niños de 11 y 12 años como Don Quijote a sus Dulcineas, este joven que fuera luego el hombre que intentó liberar a los galeotes, este joven efusivo, este joven samurai al servicio de su señor, la niñez,… Era mi padre.

Devino luego el joven en el hombre maduro y de exquisitas formas que conocieron sus amigos, alumnos y familiares, su Español fue más orteguiano, de estilo claro, bello, preciso y de escondida pasión. Se convirtió en el profesor, de palabra medida y justa, en el hombre de consulta y de acción, en el escritor, en el docente, periodista, en el pater familis, en el gran pedagogo y estudioso de Política Educacional, pero nunca dejó de ser el joven apasionado que escribió esas líneas que luego ocultaba con íntimo pudor.

Murió tempranamente, en 1991, a los sesenta y tres años, dejando no sólo el testimonio de su vida, sino sus libros, sus artículos, sus revistas académicas y sus propuestas de reforma. Todo ello constituye un legado que quisiera rescatar y ofrecer a las nuevas generaciones, porque junto con sus circunstancias históricas, hay en sus escritos una pedagogía perenne, un ideal de libertad que parece hoy más olvidado que nunca pero que por eso mismo debemos recordar, en ese recordar que proyecta el futuro y da nueva vida a lo que parece acabado por las miserias humanas, esas de las que él quería proteger a sus alumnos y a todos, con dos brazos que no daban abasto a todo lo que quería hacer y escribir.

Espero que este libro pueda servir a los que aún no han bajado los brazos ante este mundo actual tan opresivo de esa libertad que fue siempre el ideal regulativo de sus escritos, que se fue develando progresivamente hasta ser un verdadero paradigma alternativo al entrenamiento casi inhumano que se esconde hoy bajo el término educación[2].


[1] Extractos de su primer libro, autopublicado, a los 19 años, La generación del medio siglo, de 1949. Todos sus libros y artículos, excepto éste, están publicados on line en www.luiszanotti.com.ar. En esa edición on line (quedan en poder de mi hermano y yo algunos ejemplares físicos: Luis Jorge Zanotti, Su Obra Fundamental, Tomos I y II, Instituto de Investigaciones Educativas, 1993) el lector podrá encontrar una introducción biográfica escrita por mi hermano Pablo y yo. Aquí la hemos reproducido como Apéndice uno. Aconsejamos al lector que lo lea ya mismo si quiere, porque el autor es inseparable de su mundo de la vida (Husserl) o sea la circunstancia en términos de Ortega.

[2] El lector se preguntará en qué medida el análisis que un hijo hace sobre su padre puede ser “objetivo”. Esa preocupación está marcada, sin embargo, por un paradigma dominante cultural positivista que ha dividido al mundo en lo subjetivo y lo objetivo. No es así. El conocimiento tiene que ver con el habitar un mundo de la vida, vida no como ADN, sino con la “ontología de la vida” analizada por García Morente, la “circunstancia” de Ortega, el “mundo de la vida” de Husserl, el “horizonte” de Gadamer. Para explicar este tema, siempre pregunto a mis alumnos: háblame de alguna actividad extra-escolar que hagas, que te guste. Surgen muchas respuestas. Por ejemplo, “juego al tenis”. Entonces le pido que me hable, que nos hable, de ese “mundo que habita”. Y lo hace con toda naturalidad. Entonces le pregunto por qué ha podido hablar de ello “sin tener que estudiar para un examen”. Luego de unos momentos de perplejidad, todos se dan cuenta de que ha podido hablar de ello porque el habla (el juego de lenguaje, Wittgnestein) surge de un conocimiento que es igual a “habitar un mundo”. Un habitar que implica una vivencia, una empatía donde intelecto y voluntad son una sola cosa. Y entonces añado: lo que estás diciendo, ¿es tu interpretación? Como la palabra es ya peyorativa en nuestra cultura, el alumno se defiende diciendo que no, que “es verdad”. Sí, precisamente, le digo, es verdad porque habitas en ese mundo y por ende, lo puedes interpretar, que es igual a conocer. Por ende a mayor radicación en ese mundo de la vida, mayor interpretación y, por ende, mayor verdad. ¿O a quién prefieren que les explique literatura inglesa? ¿A Borges o a mí? Después de algunas sonrisas, la respuesta es obvia: Borges. Allí se ve que la presencia del sujeto es indispensable para la verdad. Por ende mi presencia en el mundo de vida de mi padre, mi habitar ese mundo, no garantiza infalibilidad, pero sí, presupuesta la sinceridad y el no mentir, una mayor verdad. Por supuesto, al explicar un autor hay que diferenciar (Eco) entre la intentio auctoris y la intentio lectoris. La primera es qué quiso decir el autor, la segunda, la conjetura interpretativa a la que llega el lector sobre lo primero, desde el horizonte de preocupaciones del lector. Las dos no se pueden separar y entre las dos se da un círculo hermenéutico (Gadamer). Por ende es obvio que yo, como cualquiera, leo a Luis J. Zanotti desde mi intento lectoris, tratando de explicar al lector la obra de mi padre, pero obviamente atravesada por mi conjetura interpretativa de qué quiso decir, influida necesariamente por mi propio horizonte de preocupaciones. Yo podría haber escrito otra introducción aclarando al lector cuál es ese horizonte propio, pero no lo quisiera predisponer a una confusión entre mis preocupaciones y las de mi padre, que no fueron las mismas. El lector irá descubriendo ambas a medida que el texto avance. Sobre todos estos temas, remito a mi libro La hermenéutica como el humano conocimiento, Arjé, Guatemala, 2019. 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises

Sarmiento: mucho más que el padre del aula.

Por Alejandro O. Gomez. Publicado el 15/2/2014 en: 

Hoy sábado 15 de febrero se cumplen 203 años del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento. Es una pena que semejante personalidad sólo sea recordada tibiamente cuando cada 11 de septiembre se celebra el día del maestro. Sarmiento fue mucho más que un entusiasta impulsor de la educación en nuestro país. Su figura trasciende casi todos los ámbitos de la vida pública argentina entre 1830 y 1888, año de su fallecimiento. Entre otras cosas fue escritor, militar, viajero, diplomático, educador, periodista y político (ocupando cargos ejecutivos y legislativos a nivel nacional y provincial); pero, por sobre todas las cosas, fue un apasionado en cada una de las actividades que emprendió.

Cuando en la década de 1830, junto a sus compañeros de la llamada “generación del 37” (Juan Bautista Alberdi, José María Gutiérrez, Esteban Echeverría, Bartolomé Mitre, entre otros), comenzó a participar en los debates políticos, Sarmiento se propuso analizar qué sucedió en Argentina después de la revolución de mayo de 1810, cuáles fueron las dificultades que impidieron el surgimiento de una república bien organizada y, sobre todo, cómo sería la organización nacional después de la caída de Juan Manuel de Rosas.

Desde su exilio chileno, Sarmiento desarrolló una intensa actividad como escritor, la cual tenía por destinatarios a aquellos políticos e intelectuales que deberían dirigir el país luego de la batalla de Caseros de 1852. Precisamente, estos hombres eran herederos de las facciones que habían estado en pugna desde 1820 en adelante, representados en las corrientes unitaria y federal. El desafío que se presentaba era superar esta dicotomía y encausar al país hacia un futuro de progreso y civilización, algo que Sarmiento esbozó en los escritos que fue elaborando desde mediados de la década 1840.

Sus trabajos más destacados de ese período son “Civilización y Barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga” (1845), “Viajes por Europa, África y América, 1845-1847” (1849-51), “Recuerdos de Provincia” (1850) y “Argirópolis o la Capital de los Estados Confederados del Río de la Plata” (1850). En Facundo, Sarmiento busca develar el “enigma argentino”, explorando las raíces de la dualidad que dio en llamar “civilización y barbarie”. En su análisis la civilización representa el Valor al que había que apuntar, el objetivo que habría que alcanzar con el transcurrir de los años. En contraposición estaba la región pampeana que representaba el pasado colonial asociado a una sociedad feudal atrasada liderada por el caudillismo. Así las cosas, la civilización sarmientina se traduce en el establecimiento de un orden republicano reflejado en ideas liberales, espíritu europeo, imperio de la ley y movilidad social en sentido ascendente. Su propuesta se vio reflejada en el programa de gobierno que Sarmiento sugiere a lo largo del Facundo, el cual se basó en el fomento de la inmigración, la libre navegación de los ríos, la nacionalización de las rentas de aduana, la libertad de prensa, la educación pública, el gobierno representativo, la religión como agente moralizador, la protección a la seguridad individual y la institucionalización de la propiedad privada.

En los “Viajes por Europa, África y América, 1845-1847”, los cuales fueron financiados por el gobierno chileno, Sarmiento dejaría de mirar hacia Europa como había hecho en el Facundo para centrar su mirada en Estados Unidos. Le llamó poderosamente la atención el espectacular crecimiento que se estaba produciendo en aquella nación. Inclusive llegaría a lamentar no haberle dedicado más tiempo de aquel viaje a recorrer y analizar con más detenimiento el desarrollo de la gran nación del norte del continente americano. En su primera visita a aquel país, tomó nota del progreso y el potencial de crecimiento que tenía Estados Unidos gracias al impulso del ferrocarril, la educación y el orden institucional. Las semejanzas geográficas que observó con respecto a Argentina, le hicieron pensar que nos podríamos convertir en una nación de granjeros propietarios como lo era la sociedad norteamericana de aquel tiempo.

Sarmiento enfatizaba especialmente el valor del trabajo en la agricultura como agente civilizador, en contraposición a la ganadería extensiva que se venía practicando en Argentina desde la época colonial. En este sentido, el desarrollo de la agricultura quedaba asociado directamente con el sistema republicano ya que, de acuerdo a su visión, la agricultura promueve la cultura del trabajo a diferencia de la ganadería tradicional que hacía del gaucho un ser indolente. Así las cosas, la idea de una “civilización agrícola”, se basaba en la promoción del acceso masivo a la propiedad de la tierra por medio de la creación colonias agrícolas como la de Chivilcoy.

Sarmiento era consciente de que esto solo no bastaba, ya que también había que promover el desarrollo del ferrocarril, los barcos a vapor, el telégrafo y el correo. Además, todos estos avances deberían ser apuntalados con la aplicación de un sistema educativo que permitiera fomentar el progreso a largo plazo. De acuerdo a su visión, el desarrollo económico no bastaba para que el país se convirtiera en una república de ciudadanos civilizados. En su proyecto de nación, la educación era un pilar fundamental. Esto también lo había visto de primera mano en Estados Unidos, sobre todo en su etapa como embajador argentino en aquel país durante la presidencia de Bartolomé Mitre (1862-1868). En su proyecto educativo la instrucción no sólo debería ser cívica sino también práctica, ya que su idea era promover el surgimiento de ciudadanos y trabajadores. Sarmiento consideraba que la educación serviría para desarrollar en los jóvenes hábitos de orden y disciplina. A su vez, consideraba que la educación cumpliría un rol armonizador en las diferentes regiones de un país que había estado fragmentado desde la época de la independencia.

Para finalizar estas líneas, es importante destacar que Sarmiento era un hombre de acción que trató de poner en práctica muchas de sus propuestas durante su presidencia entre 1868 y 1874. Aún cuando la misma se vio afectada por serios inconvenientes como ser la última etapa de la Guerra del Paraguay y la crisis económica internacional de 1873 y el levantamiento de los caudillos provinciales, ello no fue obstáculo para que durante su mandato se crearan 800 escuelas, ni para que la cantidad de alumnos pasara de 30.000 a 100.000, junto con la fundación de Escuelas Normales formadoras de maestros, complementado con la creación de observatorios, bibliotecas e institutos. También durante su mandato se realizó el primer censo nacional en 1869 y se impulsó la llagada de 280.000 inmigrantes, en un país que apenas superaba el millón y medio de habitantes. Por su parte, las piezas postales pasaron de 4 a casi 8 millones, el ferrocarril extendió su red de 573 a 1.333 kilómetros, mientras que el telégrafo llegó a los 5.000 km de extensión con conexión a toda América y Europa. Como vemos, Sarmiento fue mucho más que el padre del aula del que habla el himno escrito en su honor.

Alejandro O. Gomez se graduó de Profesor de Historia en la Universidad de Belgrano, en el Programa de Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Master of Arts in Latin American Studies por la University of Chicago y Doctor en Historia por la Universidad Torcuato Di Tella. Es profesor de Historia Económica en la Universidad del CEMA