Ciencia, política y después

Por Mauricio Alejandro Vázquez. Publicado el 19/5/21 en: https://www.perfil.com/noticias/opinion/mauricio-alejandro-vazquez-ciencia-politica-y-despues.phtml

La crisis producida por el Covid-19 ha generado pequeñas grietas en la imagen mental que la ciudadanía no especializada ha sostenido sobre la ciencia, que podrían, aún contra todo pronóstico, situarnos frente a otro período de oscurantismo generalizado.

Pandemia y crisis

Pandemia y crisis | ROTTONARA / PIXABAY

Podría decirse sin que medie un excesivo margen de error, de que uno de los ejes de la evolución del ser humano se encuentra en el denodado esfuerzo individual y colectivo por combatir la incertidumbre. Desde aquel momento en que decidimos asentarnos para formar pequeñas comunidades que ya no subsistirían en base a la sumamente aleatoria caza y recolección, sino a partir de una clase de rudimentaria ganadería y agricultura, hasta hoy, hemos intentado como especie disminuir lo desconocido y garantizarnos una protección creciente contra lo imponderable, siglo tras siglo.

De más está decir que la lucha, como reza el tango, ha sido cruel y mucha. Los períodos de oscuridad intelectual han resultado más bien la regla, que la excepción, y aun cuando por momentos hemos conquistado niveles técnicos y científicos fabulosos, como en la Babilonia antigua o la Roma algo más reciente, también hemos vivido luego recaídas profundas en las que la pérdida de conocimiento adquirido (o incluso su prohibición manifiesta), nos llevaron al patio de las sombras en donde mejor germina el más perverso dogmatismo oscurantista.

En este sentido, vale decir que el progreso científico e intelectual de la humanidad jamás ha tenido una senda unívoca, recta, ni garantida. Sin embargo, el gran desafío que se presenta, cuando se intenta señalar esta verdad histórica, es que las últimas dos o tres generaciones han vivenciado una evolución tecnológica masiva, que los invita a fortalecer un sesgo contrario; uno que sugiere falazmente, que el conocimiento progresa de forma lineal, del modo que han ido evolucionando los artilugios tecnológicos que han invadido nuestra vida en los últimos veinte o treinta años.

Sin embargo, considero que la crisis producida por el Covid-19 ha generado pequeñas grietas en la imagen mental que la ciudadanía no especializada ha sostenido sobre la ciencia, que podrían, aún contra todo pronóstico, situarnos frente a otro período de oscurantismo generalizado.

Mencionaba al comienzo la tendencia natural del ser humano a combatir la incertidumbre. En los últimos siglos, en tal sentido, las certezas que alguna vez provinieron de la Fe y de la verdad revelada, fueron sustituidas por el método de acumulación de conocimiento propio del iluminismo: la ciencia. Este proceso que puede ser poéticamente sintetizado a partir de la histórica frase «Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado”, de Friedrich Nietzsche, ha sido en términos históricos, concomitante con el prodigioso desarrollo humano con el que convivimos hoy, fundando en gran medida en el éxito científico. Por tanto, que la población global asocie acríticamente a la ciencia, con la certeza y con la verdad, no es del todo caprichoso, aunque no sea, del mismo modo, del todo correcto.

La ciencia, como supo advertir Karl Popper, no avanza en base a aciertos sino a refutaciones. Desde el advenimiento de esta afirmación, sabemos que ninguna teoría representa una verdad absoluta, sino que, conforme avanza el tiempo, esta puede ir acumulando progresividad empírica (experimentos que sostienen su validez) o caer en desuso, conforme la evidencia creciente demuestra su falibilidad. Aún más lejos llegó Thomas Kuhn, a partir de la publicación en 1962 de La estructura de las revoluciones científicas, al afirmar que lejos de ese proceso dialógico, abierto y ordenado que muchas veces se le atribuye al mundo científico, el progreso en este campo se asemejaba a revoluciones en las cuales la acumulación de evidencia en contrario llevaba, más por presión general que por animada aceptación, a la ruptura de los paradigmas imperantes y al surgimiento de otros nuevos. Y si quisiéramos ir más lejos, podríamos incluso traer al presente a Paul Feyerabend, quizá el más destacado de los discípulos de Karl Popper, que se animó a desafiar la coherencia de un único método científico, llegando a postular un anarquismo metodológico, que generó profundos debates que se sostienen hasta hoy día.

Desde ya que todo esto no suele estar en las conversaciones cotidianas de la ciudadanía. Y quizá sea justamente por ello, que la enorme expectativa que suele pesar sobre la certeza científica, haya sufrido un vasto golpe de realidad en este último año y medio, desde la declaración de la pandemia.

A partir de entonces, y como no podía ser de otro modo frente a una enfermedad desconocida, el mundo orientó su atención a los dos fenómenos modernos que se erigen como principales antídotos contra ese factor, percibido generalmente como un mal perverso, que es la incertidumbre: la ciencia y los estados. Sin embargo, desde principios de 2020, ambos han mostrado su verdadera naturaleza falible. La atención sobre la primera, ha permitido a millones en el mundo observar que los científicos avanzan a tientas sobre lo desconocido, que no tienen siempre certezas para compartir y que su progreso está signado, inevitablemente, por debates, aciertos, refutaciones, groseros yerros, y todo ese heroísmo y miseria del que es capaz cualquier tipo de organización humana.

Del mismo modo, los estados han demostrado que, aun considerando los diferentes resultados obtenidos en cada país, también son presa de esa incertidumbre que siempre impera, aunque por momentos la hagamos retroceder tácticamente. Sin embargo, el verdadero problema surge cuando la inmediatez propia de la política y sus intereses, colisiona de lleno con el habitual proceso científico y, sobre todo, cuanto esto ocurre frente a la mirada desesperada de estos cientos de millones de personas hambrientas de decisiones y certezas. De este modo, la multiplicidad de papers científicos, con datos parciales y teorías en proceso de construcción, se vuelven armamento pesado que los políticos utilizan irresponsablemente para denostar a sus contrincantes y justificar sus propias decisiones de administración. El gran costo de este culebrón de dimes y diretes con visos de cientificidad, es la potencial pérdida del prestigio que la ciencia ha ido adquiriendo en el tiempo.

Así las cosas, por delante no debiera sorprender si muchos en el mundo comienzan a dudar de que la ciencia pueda satisfacer, como alguna vez lo hicieron los dogmas de fe, nuestra necesidad tan humana de certidumbre, lo cual puede tener, entre otras, dos consecuencias opuestas: una sana, en que el aprendizaje con respecto al verdadero proceso de conocimiento científico nos invite no solo a tolerar el constante desafío de lo incierto sino también a un sano ejercicio de la prudencia, aquella virtud política prodigada por la gran mayoría de los pensadores clásicos; y una sombría, en la que millones se vuelquen a alguna variante de pensamiento mágico, propiciando dogmas y mesianismos, como ha ocurrido en el pasado, más de una vez.

Mauricio Alejandro Vázquez es Título de Honor en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, Magister en Ciencias del Estado por la Universidad del CEMA, Magister en Políticas Publicas por la Universidad Torcuato Di Tella y coach certificado por la International Coach Federation. Ha trabajado en la transformación de organismos públicos y empresas. Actualmente es docente de Teoría Política, Ética, Comunicación, Metodología y administración en UADE y de Políticas Públicas en Maestría de ESEADE. También es conferencista y columnista en medios como Ámbito Financiero, Infoabe, La Prensa, entre otros. Síguelo en @triunfalibertad

La señora y sus pagos a los ojos de los buenos izquierdistas

Por José Benegas: Publicado el 6/10/15 en: http://josebenegas.com/2015/10/06/la-senora-y-sus-pagos-a-la-luz-de-los-buenos-izquierdistas/

 

Ayer la señora Kirchner se jactó otra vez de la cancelación del Boden 2015 y el público oficialista la aplaudió con la misma efusividad que si hubiera anunciado lo contrario. Así es la política ahora; unos hacen y reparten, los otros festejan todo. Hoy el gobierno que se “desendeuda” (paga), se está “des-desendeudando” emitiendo nuevos títulos a una tasa superior. En eso consiste en realidad su fracaso. El pago tiene por fin facilitar la emisión de nueva deuda en mejores condiciones, al hacer al deudor más confiable.

Algunos comentarios apuntaron a la supuesta incoherencia de que un gobierno de izquierda (en Argentina, partidario de la “bondad”: que es obligatoria, excluyente y gran negocio) esté exhibiendo orgulloso el pago de las deudas, cuando lo “bueno” para ellos normalmente es no pagar y hacer patrioterismo con eso.

En esto se equivocan los críticos. Lo más coherente para un gobierno de izquierda es pagar de manera puntual cada centavo de deuda, para poder mantener el crédito y con él el alto gasto público que financia las dádivas y la relación de poder con los súbditos. La deuda pública es la contra cara de la veneración del gasto público. Endeudarse barato depende del “crédito” con el que se goce, lo que está en relación directa con el historial de pago. El problema es que la izquierda a la violeta quiere todo, hacer frente con el estado a cualquier necesidad, pedir prestado y no pagar. Es ahí donde hay una incoherencia. Infantiles son todos, pero estos últimos son demasiado caprichosos.

Un sistema parasitario necesita la sobrevivencia de la economía de la que extrae sus recursos. Los organismos internacionales de crédito dan pautas para que la rueda de la irresponsabilidad continúe hasta el infinito. El cash flow de una deuda pública es la espalda de sus ciudadanos- Las posibilidades de ingresos del estado están relacionadas no con un negocio con beneficios, como pasa en el mundo empresario, sino con la capacidad recaudatoria. El empresario tiene que hacer ganar a todos, el estado cobra a la fuerza y hace un mito con los beneficios que otorga basándose en una ficción, no en la voluntad del ciudadano. El empresario puede decir con argumentos muy concretos que el consumidor elige lo que produce, porque lo paga voluntariamente. El estado tiene que recurrir al pensamiento mágico del contrato social y hablar de prestaciones que la gente no paga cuando y como quiere, sino de acuerdo al criterio político del mandamás.

Si fuera tan maravilloso el estado para el ciudadano, no haría falta ninguna persecución fiscal. El empresario pone su producto en la góndola y el consumidor lo toma y lo paga. El estado quita el dinero al “contribuyente” y pone en la “góndola” las prestaciones que se le ocurren al político despreocupándose por lo que elijan quienes las van a consumir. Pero como el mal llamado “contribuyente” va a las mesas de entradas después de de que le han quitado los recursos, puede tener la falsa sensación de que es gratis lo que recibe. Ese es el secreto de que todo esto siga girando.

Hay dos métodos para inflar esto aún más y que el súbdito del gobierno no se de cuenta de lo que pasa. Uno es la inflación, es decir el cobro de un impuesto desvalorizando la moneda mediante si simple emisión. El otro es el endeudamiento interno o externo. Aún con los pagos, el gobierno argentino está mucho más endeudado de lo que estaba cuando irrumpió el kirchnerismo en el 2003. Paga porque ha perdido el crédito externo, pero necesita seguir endeudándose internamente. Cuenta con su capacidad de no cumplir con los “nacionales”, que para eso están, para aguantarse a su gobierno.

Lo que hay que entender es que la “izquierda”, es decir esta tendencia al regalo, a la compra de la voluntad del votante y la demagogia, no es un sistema económico, sino un sistema político incompatible con la economía. Pero no importa, no están interesados en otra cosa que en incrementar el poder del sistema y mantener al país como una propiedad de ellos. Discutir economía con un izquierdista, es como hablar de profilaxis con un virus. Es decir, no se están equivocando, sino que siguen el camino de sus intereses. Estos se pueden resumir como bondad para todos, poder para los bondadosos, recursos para los bondadosos, buena vida para los bondadosos. Si no hay recursos para el progre, hay otras satisfacciones narcisistas de menor cuantía, incluso moral.

Lo no bondadoso consiste en lo responsable. No llenar de caramelos y helados a los chicos es de malo, es de derecha. La cuestión es que la gente crea que le llueven beneficios sin pagar. Pero la realidad es que no existe tal cosa como un almuerzo gratis. Si se recibe algo se debe dar un valor a cambio, a criterio del que lo recibe, es decir, sin vulnerar su voluntad. Esto no nos coloca en estado de inanición e indefensión, sino todo lo contrario. No es cierto que necesitemos para ninguna de nuestras necesidades la instalación de un sistema parasitario. Al contrario, nuestra mayor necesidad institucional es que quienes tienen un capital para invertir, lo pongan en la economía, sin interferencias, sin recargos impositivos ni regulaciones innecesarias. El estado se dedica a las prioridades de conservación de poder del gobierno. Es el gobierno el que decide si va a crecer, no quién lo paga.

Si nos explicamos la vida como una desgracia en la que solo cabe salir perdiendo y que nuestros principales enemigos son los que tienen recursos, lo que queda es adherir a un bandido líder que robe por nosotros. Si en cambio pensamos que el ingenio y el trabajo permiten multiplicar bienes y servicios y salir ganando al lograr que el otro gane con lo que hacemos, hacen falta reglas de respeto, derechos individuales y propiedad privada.

El sistema de endeudamiento público y los organismos de crédito internacionales, no pertenecen a la segunda visión, que no llamaría optimista sino realista. Lo ilusorio es el bandido protector, cuya subsistencia están encargados de asegurar el FMI, el Banco Mundial, etc. nos va a resolver nuestros problemas y no los de él. La izquierda debe amar y venerar a todos esos elefantes enemigos de la gente común. Pero la gente común, si no es psicológicamente súbdita, se los debe sacar a todos de encima urgente.

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.