Partido liberal

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 2/1/20 en: https://independent.typepad.com/elindependent/2020/01/partido-liberal.html

 

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Con toda la enorme simpatía que profeso por todas las manifestaciones de la tradición de pensamiento liberal, estimo que no es para nada el momento de insistir en el establecimiento de un partido liberal. Afortunadamente, en los peligrosos tiempos que corren una proporción relevante de personas han apoyado electoralmente a la actual oposición, no como manifestación de adhesión a la fallida gestión del anterior gobierno incapaz de haber reducido las dimensiones elefantiásicas del Leviatán en su propia jurisdicción del Ejecutivo. En consecuencia, se ha mantenido una estructura impositiva intolerable, incrementado exponencialmente la deuda y mantenido una inflación mensual equivalente a la anual de un país normal.

No deben confundirse el plano político y el andarivel intelectual imbuido de la imprescindible batalla cultural, que debe redoblarse. Las actuales circunstancias exigen el fortalecimiento de la oposición recién constituida al efecto de preservar valores republicanos esenciales, como la libertad de prensa y lo que queda de la Justicia, a pesar de otras deficiencias que pueden justificadamente señalarse. No es esta la oportunidad de distraer apoyos que resultan vitales.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

TODO EMPEZÓ CON PLATÓN

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

 

En no pocas personas hay, a veces guardado en el interior,  a veces exteriorizado, un sentimiento de envidia, celos y resentimiento por los que tienen éxito en muy diversos planos de la vida. Y estos sentimientos malsanos se traducen en políticas que de distintas maneras proponen la guillotina horizontal, es decir, la igualación forzosa para abajo al efecto de contemplar la situación de quienes, por una razón u otra, son menos exitosos.

 

Pero estas alharacas a favor del igualitarismo inexorablemente se traducen en la más absoluta disolución de la cooperación social y la consecuente división del trabajo. Si se diera en la naturaleza lo que pregonan los igualitaristas como objetivo de sus utopías, por ejemplo, a todos les gustaría la misma mujer, todos quisieran ser médicos sin que existan panaderos y lo peor es que no surgiría manera de premiar a los que de mejor modo sirven a los demás (ni tampoco sería eso tolerable puesto que el premio colocaría al premiado en una mejor posición que es, precisamente, lo que los obsesos del igualitarismo quieren evitar). En otros términos, el derrumbe de la sociedad civilizada. Incluso la misma conversación se tornaría insoportablemente tediosa ya que sería equivalente a parlar con el espejo. La ciencia se estancaría debido a que las corroboraciones provisorias no serían corregidas ni refutadas en un contexto donde todos son iguales en sus conocimientos. En resumen un infierno.

 

Este ha sido el desafío de la corriente de pensamiento liberal: como en la naturaleza no hay de todo para todos todo el tiempo, la asignación de derechos de propiedad hace que los que la usen bien a criterio de sus semejantes son premiados con ganancias y los que no dan en la tecla con las necesidades del prójimo incurren en quebrantos. La propiedad no es irrevocable, aumenta o disminuye según la utilidad de su uso para atender las demandas del prójimo. Este uso libre maximiza las tasas de capitalización, lo cual incrementa salarios e ingresos en términos reales. Esto diferencia a los países ricos de los pobres: marcos institucionales que respeten los derechos de todos para lo cual los gobiernos deben limitarse a castigar la lesión de esos derechos.

 

No se trata de buscar una “justicia cósmica” al decir de Thomas Sowell, sino una terrenal en dirección a “dar a cada uno lo suyo”, a saber, la propiedad de cada cual, comenzando por su cuerpo, la libertad de la expresión del pensamiento y el  uso y disposición de lo adquirido lícitamente.

 

Sería muy atractivo vivir en Jauja donde no hayan terremotos ni sequías ni defectos humanos ni físicos ni mentales, pero la naturaleza es la que es no la que inventamos, de lo que se trata es de minimizar costos, especialmente para los más necesitados.

 

En cambio, hoy en día observamos por doquier gobiernos que se entrometen en los más mínimos detalles de la vida y las haciendas de quienes son en verdad súbditos de los aparatos estatales, en teoría encargados de proteger a los gobernados, a lo que se agrega el otorgamiento de privilegios inauditos a pseudoempresarios aliados con el poder político para explotar a la gente, endeudamientos estatales mayúsculos, presión fiscal astronómica, gastos públicos siderales y demás estropicios que lleva a cabo el aparato de la fuerza.

 

Se podrá decir que la guillotina horizontal no es necesaria llevarla al extremo del igualitarismo completo (por otra parte, imposible de realizar dado que cada ser humano es único e irrepetible en toda la historia de la humanidad), con que se “modere en algo” es suficiente. Pues bien, en la medida de que se tienda al igualitarismo, en esa medida surgirán los problemas señalados que, recordemos, siempre redunda en daños especialmente a los más pobres ya que son los que más sienten el impacto de la disminución en las antes referidas tasas de capitalización. El delta entre los que más tienen y los que menos tienen (al momento puesto que es un proceso cambiante) dependerá de las decisiones de la gente que cotidianamente expresan sus preferencias en los supermercados y afines.

 

Henos aquí que estos problemas y la manía del igualitarismo y el consecuente ataque a la propiedad privada comenzó a sistematizarse con Platón cuatrocientos años antes de Cristo. Platón en La República y en Las Leyes patrocina el comunismo, es decir, la propiedad en común y no solo de los bienes sino de las mujeres, en esta última obra dice el autor que su ideal es cuando “lo privado y lo individual han desaparecido” lo cual nos recuerda que con razón Milan Kundera concluye que cuando “lo privado desaparece, desaparece todo el ser”. Claro que Platón no vivió para enterarse de “la tragedia de los comunes”, aunque de modo más rudimentario la explicó su discípulo Aristóteles quien además destacó que los conflictos son más acentuados cuando la propiedad es en común respecto a la asignación de derechos de propiedad.

 

Claro que los autores que con más énfasis propusieron la liquidación del derecho de propiedad fueron Marx y Engels que en su Manifiesto Comunista escribieron que “la teoría de los comunistas se puede resumir en una sola frase: la abolición de la propiedad privada”.

 

Esta declaración marxista se subsume en la imposibilidad de evaluación de proyectos, de contabilidad, en definitiva, de todo cálculo económico puesto que cuando no hay propiedad no hay precios (que surgen del intercambio de propiedades), con lo cual no se sabe si es mejor una asignación de los siempre escasos recursos respecto de otro destino tal como lo explicó detalladamente Ludwig von Mises. En otros términos, no existe tal cosa como una economía socialista o comunista (Lenin escribió que el socialismo es solo la primera etapa para llegar al comunismo), de allí el descalabro que exhibió el derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín.

 

Nuevamente reiteramos que no es necesario abolir la propiedad para que aparezcan los trastornos que señalamos en la medida en que se afecte esa institución clave. Cuando irrumpen los megalómanos concentran ignorancia en lugar de permitir la coordinación de conocimiento disperso a través del sistema de precios libres (en realidad un pleonasmo ya que los precios que no son libres resultan ser simples números que dicta la autoridad gubernamental pero sin significado respecto a la valorizaciones cruzadas que tienen lugar en toda transacción voluntaria), Con esos supuestos controles los gobernantes imponen sus caprichos personales con lo que indefectiblemente aparecen faltantes y desajustes de diverso calibre.

 

Además, la manía igualitarista presupone la falacia que la riqueza  es estática y que se basa en la suma cero (lo que uno gana lo pierde otro). Sin duda que la utopía comunista no es patrimonio exclusivo de Marx, hubo un sinfín de textos en esa dirección como los de Tomás Moro, Tommaso Campanella, William Godwin y no pocos religiosos desviados del mensaje cristiano de la pobreza de espíritu. Tal vez en este último caso sea pertinente detenerse a considerarlo.

 

Dos de los mandamientos indican “no robar” y “no codiciar los bienes ajenos”. En Deuteronomio 27, 17 se lee “Maldito quien desplace el mojón de su prójimo”, también en Deuteronomio (8, 18) “acuérdate que Yahveh tu Dios, es quien te da fuerza para que te proveas de riqueza”. En 1 Timoteo (5, 8) “si alguno no provee para los que son suyos, y especialmente para los que son miembros de su casa, ha repudiado la fe y es peor que una persona sin fe”. En Mateo (5, 3) “bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” fustigando al que anteponga lo material al amor a Dios (amor a la Perfección), en otras palabras al que “no es rico a los ojos de Dios” (Lucas 12, 21), lo cual se aclara la Enciclopedia de la Biblia (con la dirección técnica de R. P. Sebastián Bartina y R. P. Alejandro Díaz Macho bajo la supervisión del Arzobispo de Barcelona): “fuerzan a interpretar las bienaventuranzas de los pobres de espíritu, en sentido moral de renuncia y desprendimiento”  y que “ la clara fórmula de Mateo  -bienaventurados los pobres de espíritu- da a entender que ricos o pobres, lo que han de hacer es despojarse interiormente de toda riqueza” (tomo vi, págs. 240/241). En Proverbios (11,18) “quien confía en su riqueza, ese caerá”. En Salmos (62, 11) “a las riquezas, cuando aumenten, no apeguéis el corazón”. Este es también el sentido de la parábola del joven rico (Marcos 10, 17-22) ya que “nadie puede servir a dos señores” (Mateo 6, 24).

 

Lamentablemente hoy día las cosas han cambiado en el Vaticano, en este sentido y con independencia de otros párrafos véase con atención un pasaje donde queda evidenciado lo que escribía el papa León xiii en la primera Encíclica sobre temas sociales que a continuación reproduzco para destacar que nada ni remotamente parecido fue hasta ahora escrito o dicho por Francisco sino que viene afirmando todo lo contrario en cuanta oportunidad tiene de expresarse.

 

“Quede, pues, sentado que cuando se busca el modo de aliviar a los pueblos, lo que principalmente,  y como fundamento de todo se ha de tener es esto: que se ha de guardar intacta la propiedad privada. Sea, pues, el primer principio y como base de todo que no hay más remedio que acomodarse a la condición humana; que en la sociedad civil no pueden todos ser iguales, los altos y los bajos. Afánense en verdad, los socialistas; pero vano es ese afán, y contra la naturaleza misma de las cosas. Porque ha puesto en los hombres la naturaleza misma grandísimas y muchísimas desigualdades. No son iguales los talentos de todos, ni igual el ingenio, ni la salud ni la fuerza; y a la necesaria desigualdad de estas cosas le sigue espontáneamente la desigualdad de la fortuna, lo cual es por cierto conveniente a la utilidad, así de los particulares como de la comunidad; porque necesitan para sus gobiernos la vida en común de facultades diversas y oficios diversos; y lo que a ejercitar otros oficios diversos principalmente mueve a los hombres, es la diversidad de la fortuna de cada uno”. Y, por su parte, el papa Pio xi,  al conmemorar la Encíclica de León xiii, consignó que “nadie puede ser, al mismo tiempo, un buen católico y verdadero socialista”.

 

Y como, entre otros, explicaba Eudocio Ravines, “el socialismo no trata de una buena idea mal administrada, se trata de una pésima idea que arruina a todos, lo cual comienza con pequeñas intervenciones estatales que escalan ya que un desajuste lleva a otra intromisión y así sucesivamente”. En esta línea argumental subrayaba Alexis de Tocqueville “Se olvida que en los detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hombres. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar la una sin poseer la otra”. En resumen entonces, los yerros más gruesos y dañinos en materia social comenzaron con Platón los cuales deben refutarse para evitar males, especialmente para proteger a los más necesitados que son siempre los que más sufren los embates de políticas equivocadas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Igualdad y derechos

Por Gabriel Boragina: Publicado el 17/12/16 en: http://www.accionhumana.com/#!/2016/12/igualdad-y-derechos.HTML

 

“Desde antiguo el hombre buscó un argumento sólido para resolver el problema de la existencia y fundamento del derecho y con él, situar al hombre dotándolo de normas naturales igualitarias. De allí, entonces, que las doctrinas del derecho individual, al considerar que el individuo nace libre, le otorga ciertos poderes o derechos, los derechos individuales naturales. Por ello, al mismo tiempo que ejerce ese conjunto de derechos tiene la obligación de observar y respetar los mismos derechos de los demás individuos, de modo de producir una limitación de los derechos individuales, asegurándose así si ejercicio de los de todos.”[1]

La igualdad es una ficción que sólo adquiere sentido dentro de un marco legal. Es muy importante tener en cuenta esto último. En dicha búsqueda de “normas naturales igualitarias” creo que hay que distinguir dos grandes grupos. Un primer conjunto (y dominante) en el curso de las primeras etapas de la historia, se encontraba constituido por los representantes del poder y los filósofos e ideólogos que defendían lo que se conocería como “El poder divino de los reyes”. Así, muchos filósofos importantes de la antigüedad –como, por ejemplo, Platón, al decir de K. R. Popper- no dudaban en construir verdaderas apologías de la desigualdad entre castas, estamentos rígidos, divididas una clase dominante y otra dominada, en la que los miembros de una no podían mezclarse ni pasar a formar parte de -y con- los integrantes de la otra. La igualdad se concebía entonces únicamente como algo común entre los pertenecientes a una misma casta social, y así, se habló de la “igualdad entre los iguales”: los nobles eran iguales entre sí en virtud a su condición de realeza, y los plebeyos también eran iguales entre sí, pero en razón de su estado de plebeyos. La ley reconocía y sancionaba estas diferencias clasistas que –naturalmente- sólo favorecían a las clases privilegiadas (las de “sangre azul”) en detrimento de las clases inferiores. En esta fase histórica, aun estamos muy lejos de “las doctrinas del derecho individual”. Estas llegarán muy tardíamente en el devenir de los tiempos, y harán su aparición recién a finales del siglo XVIII (si bien, por supuesto, es posible registrar antecedentes aislados). Puede decirse que, hacia esta época se produce el punto de inflexión entre un concepto de “igualdad” dentro del grupo, tribu o clase, hacia otro en el cual el destello del de “individuo” empieza a sobresalir por sobre el de casta. En este curso, la doctrina del derecho divino de los reyes -que imperaba durante buena parte de la historia del mundo antiguo y moderno- empieza a experimentar un quiebre en el pensamiento dominante de filósofos políticos, historiadores y otros intelectuales de relieve.

“Por estas doctrinas se llega, pues, al principio de la igualdad de los hombres, al aceptarse que todos nacen con los mismos derechos. Que deben conservar y observarse las mismas limitaciones para todos. “Por otra parte —dice Duguít— esta doctrina implica y sobreentiende que la regla de derecho ha de ser siempre la misma, en todos los tiempos y en todos los países, para todos los pueblos; nada más lógico, toda vez que se funda en la existencia de los derechos individuales naturales del hombre, los cuales han sido y serán siempre y dondequiera los mismos derechos para todos los hombres”,[2]

La igualdad de derechos o igualdad ante la ley es -como dijimos- una creación intelectual fruto del pensamiento liberal. Es la única igualdad “social” concebible y -al mismo tiempo- realizable. Mi derecho a disponer de algo que es mío (propiedad) termina donde comienza el derecho ajeno a lo suyo. Cada derecho es absoluto en su propia esfera. Algunos autores hacen matices conceptuales donde nosotros vemos sólo una cuestión terminológica. El tema se complica más aun por la multiplicidad de significados de la palabra “natural”. Así, el diccionario de la Real Academia Española nos presenta exactamente diecisiete acepciones de la misma, a muchas de la cuales se puede aplicar el sustantivo “derecho” como -por ejemplo- a la primera (1. adj. Perteneciente o relativo a la naturaleza o conforme a la cualidad o propiedad de las cosas) por la cual un “derecho individual natural” vendría a ser un derecho individual “perteneciente o relativo a la naturaleza o conforme a la cualidad o propiedad de las cosas”. Pero si tomamos la sexta acepción (6. adj. Regular y que comúnmente sucede) entonces un derecho individual natural vendría a ser “el derecho individual que regular y que comúnmente sucede”. Por último, si adoptamos la acepción siete (7. adj. Que se produce por solas las fuerzas de la naturaleza, como contrapuesto a sobrenatural y milagroso), un derecho individual natural seria el que se produce de tal modo.

El problema -a nuestro modo de ver- no radica tanto en calificar a los derechos como naturales o no, sino que definir concretamente la noción de derecho y más que a delimitarla, en determinar su contenido. El contenido del derecho viene dado por la ley y, como ésta, el derecho puede ser justo o injusto en la medida que las leyes que conforman tal derecho lo sean o no. Es decir, es necesario trazar una separación entre derecho y justicia, concepciones emparentadas sin duda, pero no necesariamente coincidentes y, lamentablemente, la mayor parte de las veces contrapuestos.

La igualdad ante la ley, que ordinariamente esgrimen como objetivo los liberales, necesita de un análisis ulterior que vaya más allá y que profundice en la idea de ley, dirigiéndola hacia la de justicia, y reformulando aquel principio tantas veces repetido, en el sentido de que la igualdad ante la ley es deseable como meta en la medida que esa ley sea justa y no en el caso contrario, porque ante la ley injusta debe mantenerse la desigualdad, por la que nadie debe ser sometido al imperio de una ley injusta. Esto nos conduce nuevamente a la extrema relatividad del significado del término igualdad que designa una ficción que nunca se ha dado y no se da en el mundo real.

[1] Dr. Antonio Castagno. Enciclopedia Jurídica OMEBA Tomo 14 letra I Grupo 02. Voz “igualdad”.

[2] Castagno, A. Enciclopedia….Ob. cit. Voz “igualdad”.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.