SIR JOHN COWPERTHWAITE, CUANDO LA MORAL CREA UNA POTENCIA

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  en: http://www.elefete.com/sir-john-cowperthwaite-cuando-la-moral-crea-una-potencia-2/

 

Aunque no es perfecto, el nuevo libro de Neil Monnery, “Arquitecto de la prosperidad: el Señor John Cowperthwaite y la realización de Hong Kong” debería ser leído por todos los dirigentes, no solo políticos, sino empresarios, editores y todos aquellos que tengan que ver, directa o indirectamente, con el desarrollo macroeconómico de un país.

Es un relato fascinante -desprovisto de intencionalidad política- acerca del auge de Hong Kong como una de las principales potencias económicas a nivel global. Pero entremos en tema.

Lo cierto es que la economía probablemente nunca pretendió ser una ciencia -solo una profesión, como la ingeniería- y nunca debió intentar serlo. Adam Smith, lo mismo que los escolásticos españoles de la escuela de Salamanca, que describieron inicialmente con brillantez al mercado, eran solo moralistas. Siendo que la moral es el estudio de la naturaleza humana y, por ende, del comportamiento que el hombre debe tener para adecuarse eficientemente al ordenamiento natural del cosmos.

Por eso dice Adam Smith que “Poco más se requiere para llevar a un Estado al nivel más alto de opulencia… que la paz, impuestos sencillos, y una administración tolerable de la justicia; todo lo demás siendo el resultado del curso natural de las cosas. Todos los gobiernos que obstaculizan este curso natural, que obligan a las cosas hacia otro canal… son antinaturales, y para respaldarse a sí mismos se ven obligados a ser opresivos y tiránicos”.

Hong Kong, el territorio que el Visconde Palmerston, entonces Secretario de Relaciones Exteriores del Gran Bretaña, describió como “una isla infértil con difícilmente una casa en ella”, era muy pobre. Terminada la Segunda Guerra Mundial y la ocupación japonesa, su PIB per cápita llegaba a un tercio del de Inglaterra pero, para cuando se traspasó la soberanía a la China comunista, era 10% superior. Increíblemente, el Partido Comunista Chino (PCCh) ha respetado el libre mercado existente en la isla y el resultado ha sido que, en 2015, su PIB per cápita fue 40% superior al de los británicos

Fue John Cowperthwaite, hombre de grandes convicciones morales -sin las ambiciones típicas de los políticos- y admirador de Adam Smith, el que sentó las bases de este “milagro”. Monnery, en su libro, asegura que Cowperthwaite no fue el primer defensor de un gobierno limitado que supervisó la economía y las finanzas de la colonia, pero sí fue el primero que lo hizo por razones intelectuales y no puramente pragmáticas, como las de los secretarios financieros Geoffrey Fellows (1945-1951) y Arthur Clarke (1951-1961), que establecieron un régimen de impuestos bajos y de flujos libres de productos y capitales.

A esos fundamentos, Cowperthwaite (1961-1971) agregó no solamente el vigor de sus convicciones, sino también un sucesor elegido a dedo, Philip Haddon-Cave (1971-1981). Y deliberadamente se negó a recoger estadísticas económicas para evitar la intromisión de los funcionarios en la economía, es decir, para evitar a quienes creían que la economía era una ciencia que el hombre podía manejar con su razón -en base a matrices econométricas- y no solo el desarrollo espontaneo del mercado.

Para cuando Haddon-Cave se fue, el éxito del experimento de Hong Kong era tan evidente que hasta el PCCh se comprometió con gusto a mantener su estatus a pesar de que contradecía completamente a su fundación ideológica.

Cowperthwaite, fue el hombre correcto en el momento preciso: en la década de 1960, cuando el socialismo estaba en su ascenso, fue capaz de articular las razones para mantenerse en el mismo camino. Ante los políticos que opinaban que debía planificar su futuro económico, expresó su “profunda aversión y desconfianza a cualquier cosa de este tipo en Hong Kong…  una multiplicidad de decisiones individuales por parte de empresarios… producirá un mejor y más sabio resultado que una sola decisión por parte de un gobierno, o de una junta, con su conocimiento inevitablemente limitado acerca del sinnúmero de factores involucrados, y con su inflexibilidad… “

Coincidiendo con lo expuesto en “El uso del conocimiento en la sociedad” (1945) de Friedrich Hayek, que asegura que la asignación de “los recursos limitados requiere del conocimiento disperso entre muchas personas, sin que individuo o grupo alguno de expertos sea capaz de adquirirlo todo” y a diferencia de muchos tomadores de decisiones alrededor del mundo, quienes sucumbieron ante la “planificación central” del socialismo. Y Sir John remató parafraseando la famosa “mano invisible” de Smith: “es mejor camino depender de la ‘mano escondida’ del siglo diecinueve que lanzarle los torpes dedos burócratas… En particular, no podemos dañar… la libertad de la empresa competitiva”.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Alberdi y el gasto público (3)

Por Gabriel Boragina Publicado  el 19/3/17 en: http://www.accionhumana.com/#!/2017/03/alberdi-y-el-gasto-publico-3.HTML

 

En el excelente comentario que el prócer argentino Juan Bautista Alberdi hace de la Constitución de su país, que en rigor constituye una explicación de la filosofía económica que inspira a dicha Carta Magna, se destacan ideas de gran valor. En muchos casos de gran actualidad. En otros, como es lógico imaginar, ciertos pasajes tienen en mira la situación histórica concreta en la que el insigne letrado se desenvolvía. Alberdi dedica gran atención al gasto público, al que le asigna diferentes finalidades, algunas válidas para su tiempo y otras para el suyo y el nuestro.

“La Unión nacional, es decir, la reinstalación constitucional de la integridad nacional del pueblo argentino, y la paz y el orden interiores de la República, son con razón, a los ojos de la Constitución, el primero y más grande objeto del gasto público, Ese interés representa hoy toda la causa política de la Nación Argentina, como en otra época consistió en la de su independencia de la España.”[1]

Este es un pasaje eminentemente histórico. Alberdi tiene en mente la situación de anarquía que vivía la Argentina durante la tiranía rosista, y el desmembramiento que el país sufría y que dieran origen a las luchas fratricidas entre “unitarios” y “federales”, alentadas por el mismo Juan Manuel de Rosas durante su larguísimo gobierno. Lograda la independencia, Alberdi pensaba que la primera prioridad del país era su unificación, y en cierto modo no le faltaba razón. El mismo Preámbulo de la Constitución que comenta así lo establecía, muestra de la vital importancia que para aquellos hombres tenía el proyecto.

“La obligación del gobierno general de destinar una parte del gasto público interior a las obras y trabajos de utilidad nacional, no debe medirse por la grande necesidad que el país tiene de esas obras. La Constitución anduvo muy acertada en hacerlas depender más bien de las facilidades estimulantes ofrecidas al espíritu particular de empresa, que de los recursos de un Erario naciente y desprovisto de medios actuales.”[2]

En los albores de la organización del país, las arcas del estado eran muy reducidas como no podía ser de otro modo, de la misma manera que cualquier emprendimiento nuevo nace con escasos recursos materiales. También así era la situación de la flamante Argentina. En este lúcido pasaje, Alberdi juiciosamente pone el acento en la necesidad de dejar –al menos en parte- en manos de la actividad privada el emprendimiento y financiamiento “a las obras y trabajos de utilidad nacional”, no tanto por razones de que el estado no debiera ocuparse de ellas, sino porque en aquella etapa, los recursos del Tesoro eran escasos, dado el carácter incipiente de la nación en gestación.

“Otro medio de economizar gastos en sueldos de empleados, es emplear pocos agentes, hábiles y honrados, en lugar de muchos ineptos y sospechosos. Y como no se consigue el servicio de hombres de capacidad notable y de respetabilidad acreditada sino por compensaciones dignas de tales prendas, los sueldos crecidos pagados a la aptitud son un medio de disminuir el gasto público en empleados de hacienda.”[3]

Párrafo en extremo juicioso, completamente ignorado en nuestros días y -podríamos decir- tanto en nuestro siglo como en el anterior. Parece que ya en la época del Alberdi esto era un problema, de otro modo no hubiera reparado en el asunto como para darle importancia. Lo cierto es que el consejo no fue atendido, excepto por esos tiempos y, como decimos, desde el siglo pasado hasta el presente el procedimiento seguido ha sido por completo el inverso al aconsejado por Alberdi. No es difícil imaginar cómo se escandalizaría nuestro autor si contemplara el derroche presente, ya en empleos públicos inútiles y superfluos, sino en la dilapidación sistemática de dineros públicos en prebendas y privilegios a sectores que directamente no trabajan, ni en el sector publico ni en el privado, viviendo de subsidios, planes sociales, transferencias directas y demás dádivas otorgadas por el estado asistencialista. Veamos que pensaba del gasto público aplicado a la educación:

“Si la dirección del gasto público es un medio de reglar la educación, las arcas del Tesoro deberían abrirse con doble facilidad cada vez que se trate de pagar la enseñanza de artes y oficios, de lenguas vivas, de materias exactas, de conocimientos positivos para el pueblo, en lugar de gastar dinero en difundir la metafísica, que conviene más a las épocas de demolición que a las de creación y organización.”[4]

Evidentemente, Alberdi parecía opinar que la educación era asunto estatal antes que privado. Nuevamente hay que tener en cuenta el contexto histórico en el que escribía: una nación de gran extensión territorial, prácticamente desértica y con una elevadísima cuota de analfabetismo. Como vemos, Alberdi era patrocinador de lo que hoy en día podríamos llamar las carreras de “índole práctica”. Escribía para un país en donde casi todo estaba por hacerse. Había que construirlo culturalmente. No deja de llamar la atención su alusión a la metafísica como más propia de “épocas de demolición”. Hay un cierto dirigismo educativo en el párrafo, que denota las preferencias personales del autor en materia educacional.

“A propósito de este ramo del gasto público, convendrá no olvidar que la Constitución argentina hace depender la cultura del país de la educación que dan las cosas por sí mismas, de esa educación que se opera por la acción de la cultura extranjera venida en las poblaciones civilizadas de la Europa, y en los demás elementos de prosperidad y cultura que ella nos envía ya formados, al favor de las sabias franquicias que le abre la Constitución moderna argentina.”[5]

Una nueva referencia a un tipo de educación de orden práctico (“la educación que dan las cosas por sí mismas”) y –naturalmente- esa educación, atento las necesidades del momento que vivía la naciente nación, debería provenir casi enteramente del exterior, en particular de Europa, sin lugar a dudas el centro cultural por antonomasia de la época en la que nuestro autor escribe su obra. Hoy diríamos -frente a eta cita- que Alberdi estaba proponiendo que el estado importara la educación del exterior. Teniendo en cuenta el contexto, la idea era altamente plausible. Veía en ella una acción necesaria por parte del estado.

[1] Alberdi, Juan Bautista. Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina según su Constitución de 1853.

  1. 199

[2] Alberdi….Ob. cit. pág. 199-200

[3] Alberdi….Ob. cit. pág. 201

[4] Alberdi….Ob. cit. pág. 204

[5] Alberdi….Ob. cit. pág. 205

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Macri y Arruabarrena en la misma trampa

Por Gustavo Lazzari. Publicado el 16/2/16 en: http://opinion.infobae.com/gustavo-lazzari/2016/02/16/macri-y-arruabarrena-en-la-misma-trampa/

 

En estos tiempos las similitudes entre Boca y la Argentina son llamativas. Okey, hay distancias, pero análogamente están en situaciones parecidas. Y sus gestores están cometiendo el mismo error. En el caso de Rodolfo Arruabarrena, el director técnico de Boca Juniors, está gestionando una crisis futbolística pensando en la gente, en los dirigentes, en los jugadores y posiblemente en los representantes. No está pensando en cómo tomar las posibles decisiones impopulares que sean necesarias. ¿Colgar a Agustín Orión?, ¿al Cata Díaz?, ¿a Fernando Gago?, ¿bajarle los humitos a Carlos Tévez mandándolo a banco para que vea que también es mortal? U otras decisiones fuertes.

Arruabarrena está respetando a esa vaca sagrada llamada hincha que paga su entrada, que sufre el trabajo de la semana, que necesita descargar sus frustraciones y otros credos religiosos que nos impusieron durante años. Humo en estado puro y de la más alta toxicidad.

En rigor, el hincha no es más que un asistente (muchas veces ignorante) sin derecho a formar o parar un equipo. No tiene tal derecho. No es cierto que su opinión es sagrada. Debe ser respetada, como todo, por supuesto, pero no tiene derecho a que su injuria sea una verdad religiosa ni su escupitajo un decreto. Es más, el gestor ni debería escuchar el aplauso o la reprimenda. Es nada más que un espectador. Si le gusta, que pague la entrada y si no, que mire en televisión programas de cocina los domingos a la tarde. Pagar la entrada, comprar el abono a un palco o una platea no dan títulos de nobleza. No convierten la pasión en razón, ni dan derecho a veto a nada.

En la gestión pública de la Argentina actual, sucede algo parecido, obviamente salvando las distancias. El Gobierno de Mauricio Macri parece gobernando para los focus groups y las encuestas, lo que limita las soluciones reales que se deben llevar a cabo.

La Argentina tiene, desde hace décadas, un Estado gigante, inútil y parasitario. No puede desde cortar el pasto en una autopista hasta ofrecer los más mínimos servicios públicos. Funciona mediocremente entre 15 y 25 grados. Fuera de ese rango, todo es un caos. Podríamos enumerar más de un indicador por cada función pública (seguridad, salud, educación) para graficar el grado de deterioro irreversible.  Ni es eficiente para los trámites absurdos que impone. Que nos hayamos acostumbrado y que hayamos “bajado la vara” es otro asunto. Que nos guste es otro aún peor.

El Estado no da más. La estructura fiscal es inviable y en cada rincón del gasto público hay desidia, corrupción y una inutilidad alarmante.

No son las personas. Agradeceré no entorpecer el razonamiento con comentarios sentimentales. La cuestión no es de los empleados públicos en cuanto a personas. Es el sistema. Un sistema que inutiliza al más talentoso. A Bill Gates en la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) se le colgaría el sistema. Un Estado colapsado, lleno de funciones, sin responsabilidad. Partido liquidado.

Esto lo saben todos los actores políticos y económicos. Pero nadie se anima ni siquiera a plantearlo por temor a la gente. Los riesgos de la impopularidad. “Las elecciones son en dos años”. Políticos tribuneros.

Al igual que el Vasco Arruabarrena, Macri también está enfrascado en no atacar las soluciones de fondo. No es culpa de Macri, ni del macrismo, ni de Cambiemos. Si me corrés, hasta Cristina, en su delirio, cayó en la misma trampa. La sociedad tiene los patos desordenados. Por eso las encuestas no sirven para nada. La sociedad quiere fiestas y no pagarlas. Detesta al Estado, pero desea fervientemente un puestito para robar y salvarse.

El ministro de Economía, Alfonso Prat-Gay, fue clarísimo: “Si pretendemos bajar la inflación en dos meses, tendríamos que hacer un ajuste inaceptable”. El Gobierno optó por la vía gradual. Hacer de a poco para que la gente no se dé cuenta. Y cuando se da cuenta, salir con disparates como los siempre populares y nacionales controles de precios o sistemas de información. Todo encuestado previamente. Ahora maquillados por la web (Nota aparte: Muchas veces me pregunto si los que inventaron internet, pensaron alguna vez las boludeces que hacen los Gobiernos con tan maravilloso invento. La AFIP a la cabeza).

Para ayudar a Macri y también, quizás, al Vasquito Arruabarrena tenemos que tratar, desde la sociedad civil, de acomodar los patitos. Tenemos que sembrar ideas que nos permitan asignar las prioridades públicas correctas (el fútbol gratis no puede ser más importante que la calidad educativa, por ejemplo). Tenemos, por sobre todo, que tratar de revalorizar palabras tales como respeto, propiedad, libertad, individualidad, paz.

En mi opinión personal, éste debe ser el rol del liberalismo en la Argentina. Los tan vilipendiados ateneos liberales tienen un rol importantísimo. Sembrar ideas correctas en la sociedad, a través del debate, la razón, el ejemplo y el diálogo. Para que los gestores de la cosa pública puedan aplicar las soluciones que el enfermo necesita y no lo que los parientes del enfermo quieren escuchar. Por suerte, por ahora, solamente por ahora, todavía existen médicos que operan conforme a la biología y no hacen una encuesta en el hall del hospital.

Respetar la democracia es una cosa. Incuestionable. Que dos más dos sea cuatro también es incuestionable.

Pasarán muchos años para que un Gobierno pueda racionalizar el Estado. Quizás tantos como los que necesita un director técnico para tomar decisiones racionales frente a una tribuna humíferamente emocional.

 

 

Gustavo Lazzari es Licenciado en Economía, (UCA), Fue Director de Políticas Públicas de la Fundación Atlas para una Sociedad Libre, y fue investigador del Proyecto de Políticas Públicas de ESEADE entre 1991-92, y profesor de Principios de Economía de 1993 a 1998 y en 2002. Es empresario.

Igualdad, fraternidad y comunismo

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 14/6/15 en: http://www.libremercado.com/2015-06-14/carlos-rodriguez-braun-igualdad-fraternidad-y-comunismo-75930/

 

Lamentó Rosa Montero la ausencia de “las viejas proclamas de igualdad y fraternidad“, y escribió en El País:

Esto de la desigualdad es una historia tan repetitiva que resulta cansina (…) la pobreza es más cancerígena que los genes. Por ejemplo, la supervivencia de los niños a la leucemia aguda, el cáncer infantil más común, es del 90% en Canadá y del 16% en Mongolia.

Hay aquí algunos errores. En primer lugar, la identificación entre desigualdad y pobreza, que obviamente son cosas distintas. En segundo lugar, si lo que le preocupa a doña Rosa es la desigualdad en el mundo, tengo buenas noticias: ha disminuido apreciablemente en el último medio siglo, sobre todo por la mayor prosperidad relativa de los países más poblados del planeta: China y la India. Tanto ha disminuido la desigualdad en el mundo que lo reconoce sin ambages Thomas Piketty, el nuevodarling del progresismo igualitarista.

Es una temeridad afirmar que la pobreza es más cancerígena que los genes. Los países pobres tienen por regla general peor sanidad que los ricos, y de ahí que los niños y los adultos de los países pobres tengan una tasa de supervivencia a las enfermedades menor que en los países ricos. Ponerse dramático hablando de igualdad y fraternidad puede confundir a los lectores, empezando por la idea de que ellos son de alguna forma responsables de que se mueran niños de leucemia en Mongolia, cuando la pobreza, que es lo que está detrás de todo esto, no depende de lo que sucede fuera de ese país, sino esencialmente de sus propias instituciones: de la paz, la justicia y la libertad dentro de sus fronteras.

Hablando de instituciones, de libertad e igualdad, es interesante que la señora Montero haya puesto el ejemplo de Mongolia, un país que, en efecto, es muy pobre, pero la escritora elude subrayar que no es pobre por azar sino porque allí se impuso a la población el sistema más criminal y empobrecedor que jamás haya sido perpetrado contra los trabajadores en toda la historia de la humanidad: el comunismo. En efecto, los comunistas aplicaron allí el comunismo durante casi setenta años, entre 1924 y 1992. Y, efectivamente, el comunismo esgrimió “las viejas proclamas de igualdad y fraternidad” y procedió a aniquilarlas.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Paz, felicidad y riqueza

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 23/6/13 en http://www.eluniversal.com/opinion/130623/paz-felicidad-y-riqueza#.UcajhqBASCc.facebook

                           Aunque muchas veces se nos nuble el entendimiento, debería parecernos lógico que la paz traiga felicidad y, juntas, riqueza al menos -o “al más”- riqueza espiritual. Es que la coacción, la falta de paz, ya lo decía Aristóteles, lo que logra es evitar el desarrollo intrínseco (equilibrado, espontáneo) de la naturaleza desde que es efectuada por una fuerza extrínseca (extraña) al orden natural y, por tanto, lo perturba. Así, sin olvidar que el ser humano no es “matematizable” y por tanto estos indicadores no son ni precisos y ni científicos, no sorprende que los ranking de países ricos coincidan a grandes rasgos con los felices y los libres, los menos coaccionados por sus gobiernos con “leyes y regulaciones”.

                             La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en un estudio reciente, comparó la situación en 34 países y concluyó que por su calidad de vida la decimosegunda economía del mundo y tercera en el índice de Libertad Económica –elaborado por la Heritage Foundation que encabeza Hong Kong–, Australia, se ha coronado por tercer año consecutivo como “la nación más feliz del mundo”, seguida por Suecia (18 en el ranking de Libertad), Canadá (6), Noruega (31), Suiza (5), EEUU (10), Dinamarca (9), Países Bajos (17), Islandia (23) y Reino Unido (14). Muy atrás, en todos estos índices está, por caso, Venezuela agobiada por la pobreza, inseguridad y violencia.

                              “En general, los australianos están más satisfechos con sus vidas que la media de los países de la OCDE”, según el estudio sobre el estado de bienestar que resalta que, un 84% de la población australiana, dice que a diario tiene mayor número de experiencias positivas (sensación de descanso, cumplidos, placer, entre otros elementos) que negativas (preocupaciones, tristeza, aburrimiento). Se valoraron factores como el de la renta per cápita, empleo, vivienda, seguridad, educación, medioambiente, salud, comunidad, equilibrio entre el trabajo y la vida familiar, etc.

                                  Un australiano gana al año un promedio de US$ 43.908, una cantidad que se sitúa por encima de la de US$ 34.466 de los países industrializados y, además, los ciudadanos de esta nación oceánica tienen mayores probabilidades de encontrar un empleo que sea de su agrado. Con una tasa de desempleo de 5,5%, los hogares australianos tienen en promedio una renta disponible –lo que queda para ahorro o consumo– neta anual de US$ 28.884. En comparación, en Chile (7 en el ranking de Libertad Económica) la renta disponible es de US$ 11.039, en México (50) de US$ 12.732 y en España (46) de US$ 22.847, según la OCDE.

                                   El 73% de la población australiana de entre 15 y 64 años tiene trabajo remunerado, mientras que en España el 58%, en México y Chile el 60% y en Brasil (100) el 68%, según el informe. Y además, dada la eficiencia y productividad que supone el no violentar al orden natural (la falta de “regulaciones” coactivas), los australianos trabajan menos, un promedio de 1.693 horas anuales frente a las 1.702 de los canadienses y 1.787 de los estadounidenses. Los australianos tienen una expectativa de vida al nacer de 82 años, como en España, y un 85% dice tener “buena salud” aunque la tasa de obesidad es muy alta en Australia, el 24,6% de los 23 millones de habitantes es obesa, porcentaje superior al de la mayoría de países de la OCDE y que es del 17,8%.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

 

El plan no se ajusta a los estándares antilavado

Por Roberto Durrieu. Publicado el 11/5/13 en http://www.lanacion.com.ar/1580897-el-plan-no-se-ajusta-a-los-estandares-antilavado

Las “empresas del delito” y los grupos mafiosos tienen un objetivo común: acumular poder económico con miras a financiar sus actividades criminales, con potencial suficiente para amenazar la paz y la seguridad de las naciones. Con el fin de detener el avance económico de las organizaciones delictivas, las Naciones Unidas diseñaron un sistema global de prevención y control del lavado de dinero, al cual nuestro país adhirió y ratificó por ley los tratados internacionales sobre la materia.

Sin embargo, existen países que se alejan del régimen supranacional antilavado al invitar a repatriar capitales con una promesa: no se investigará el origen de los fondos. El profesor Urger en su libro Compitiendo por el dinero criminal denominó esta política de inversión como la “Estrategia Seychelles”; luego de que el Estado de “Seychelles”, una isla de 80.000 habitantes del océano Índico, invitara en 1995 a los capitales del mundo a invertir en su país, sin indagar sobre la procedencia de la inversión, siempre y cuando la misma fuera superior a US$ 10.000.

En los últimos años, países como España, Italia y Rusia también desarrollaron políticas fiscales por el estilo, pero sin llegar a contradecir un elemento fundamental del sistema legal antilavado: conocer la entidad e identidad real de la inversión. Estos países desarrollaron planes de repatriación de activos, pero sus organismos de control se reservaron la facultad de examinar, rigurosamente, que las inversiones no provenieran de la delincuencia organizada.

El Poder Ejecutivo acaba de remitir al Congreso un megaplán de blanqueo de dólares, tendiente a reactivar los mercados energético e inmobiliario del país. La pregunta de rigor, entonces, consiste en determinar si el nuevo plan de blanqueo se trata de una “Estrategia Seychelles” o, por el contrario, se asimila más a una política fiscal como las desarrolladas anteriormente por España o Rusia.

Según el texto del proyecto, los requisitos para los que deseen blanquear sus ahorros en dólares blue (no declarados) están ligados, por ejemplo, al depósito del dinero en un banco argentino y a la presentación de declaraciones juradas ante la AFIP especificando el monto repatriado, la fecha de constitución y los datos personales del titular del depósito. También se indica que los funcionarios públicos, sus familiares y quienes estén imputados o mencionados en investigaciones penales sobre narcotráfico, trata de personas, venta de armas, prostitución infantil, fraudes, corrupción, entre otros delitos aberrantes, no podrán adherirse al blanqueo.

La propuesta oficial resulta ser un tanto ingenua e ineficiente. El proyecto no incluye mecanismos concretos y eficaces tendientes a evitar que el crimen organizado internacional (y nacional) invierta su dinero, por ejemplo, en nuestra empresa petrolera de bandera, a través de la utilización de “hombres de paja” o testaferros. Así, los delincuentes podrán exteriorizar su voluntad de blanquear sus ganancias en dólares, pero a nombre de una empresa o ciudadano honesto (sin prontuario), que actúe como prestanombre o pantalla de la maniobra. Los diseñadores del proyecto oficial deberían saber que la mafia y los ladrones profesionales nunca tocan a la puerta de tu casa en persona y con una cédula de identidad en la mano. El incentivo principal de todo criminal experimentado es reciclar sus ganancias con impunidad y sigilo. Y para ello, la utilización de testaferros, empresas fachada o sociedades off shore, es moneda corriente. El síntesis: el proyecto oficial se encarga de definir el cómo y el quién podrá adherirse al blanqueo; pero poco (o nada) se expresa sobre los mecanismos de control tendientes a distinguir entre los dólares blue que provengan de la simple evasión fiscal (los no declarados) y los que derivan de la corrupción, desarmaderos, venta de droga o armas.

El proyecto de ley no se ajusta, técnicamente, a los requerimientos internacionales antilavado. Es hora de que la dirigencia reaccione. Es hora de impedir, con políticas claras y efectivas, que el crimen organizado logre invertir sus activos en actividades comerciales de nuestro país.

 Roberto Durrieu (h) es Abogado, (UCA), Master en Derecho, (Duke University), y D. Phil in Law, (Oxford University). Ha sido profesor del Master en Derecho Empresario de ESEADE.